Macario

B. Traven · Capítulo 2 de 17

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Macario

Capítulo II

Habiendo empleado largo tiempo en encontrar un lugar suficientemente apartado en lo más profundo del bosque, se encontraba con un apetito feroz, dispuesto a gozar de su pavo. Se acomodó lo mejor que pudo sobre el suelo y con un suspiro de profunda satisfacción se recargó en la cavidad de un árbol grande, sacó el pavo de la canasta, extendió las hojas de plátano ante él a manera de mantel y colocó al ave sobre ellas con un gesto de reverencia como para ofrecerlo a los dioses.

Pensaba acostarse después de comer, y dormir hasta la noche, convirtiendo el día en verdadera fiesta, la primera en su vida desde que tenía memoria.

Al mirar aquel pavo tan bien preparado y al aspirar el sabroso aroma del buen asado, ese aroma que no tiene paralelo entre los veinticinco millones conocidos por la raza humana, exclamó con admiración:

—Debo decir que es una gran cocinera, sólo que nunca tiene oportunidad de demostrarlo.

Fue aquélla la más profunda expresión que su gratitud pudo encontrar. Su esposa habría reventado de orgullo y habría sido feliz más allá de todo límite si él hubiera dicho aquello en su presencia alguna vez en su vida. Pero eso no lo habría hecho él jamás, porque en presencia de ella las palabras se resistían a salir de sus labios.

Se había lavado las manos en un arroyo cercano y todo estaba a punto para aquella solemne ocasión, en que se verían colmados los deseos de un hombre capaz de rogar durante largos años para que se le concediera tan gran merced.

Asegurando la pechuga del pavo con la mano izquierda, tomó con la derecha una de las gruesas piernas del animal para separarla y empezar a comer.