Madrid, 1616
CAPÍTULO II - Las otras memorias de Gonzalo de Córdoba.
CAPÍTULO II
LAS OTRAS MEMORIAS DE GONZALO DE
CÓRDOBA
Según el científico austriaco Edwin Schrödinger, la física cuántica explica que un gato encerrado dentro de una caja pueda estar vivo y muerto a la vez. Erasmo había oído hablar de esa paradoja, que tenía que ver con algo denominado «superposición de estados». Él no sabía mucho de física. Una vez había estado tentado de pujar por una primera edición en inglés de los Principia de Newton, aunque desistió al comprender que la venta no se cerraría por menos de 60.000 euros de vellón. Y eso que se trataba de física de la antigua, de la que él había tenido que estudiar para la reválida del bachillerato. La física cuántica y sus paradojas ya quedaban muy lejos de su humilde mente de profesor de literatura jubilado y bibliófilo en activo. Pero en aquel preciso instante la paradoja del gato no le parecía ninguna abstracción, sino algo muy real.
Nadie le había pedido que fuera él el encargado de abrir la caja de plomo. Aun así, la actitud de los presentes ponía de manifiesto que le concedían ese honor. De modo que allí estaba Erasmo, con las palmas de ambas manos colocadas sobre la cubierta del estuche de plomo, consciente de que el gato de dentro estaba todavía vivo y muerto a la vez. Bastaría con el simple gesto de alzar la tapa para resolver la paradoja. Sin embargo, ¿y si el gato estaba muerto? Peor aún, ¿y si ni siquiera había gato?
—Profesor…
La voz de Pilar había sonado muy lejana. Aun así, lo sacó momentáneamente de sus divagaciones.
—Voy. Ya la abro.
Aunque tal vez no fuera tan fácil. Desde luego, no parecía que la caja contara con nada parecido a una cerradura. Pero tal vez el herrero que la fabricó hubiera soldado la tapa una vez guardado en el interior lo que quiera que contuviese. O quizás el tiempo. El tiempo podía haber provocado que la tapa quedara fijada, adherida al borde de la caja hasta convertir ambas piezas en un solo bloque. Y qué curioso que se tratara de una caja de plomo. Precisamente de plomo. Como la que Cervantes imagina al final de la primera parte del Quijote, la caja que se había hallado «en los cimientos derribados de una antigua ermita» y que contenía «unos pergaminos escritos en letras góticas pero en versos castellanos» en los que se recogían muchas noticias sobre la tercera salida de don Quijote. A Cervantes parecían gustarle las cajas de plomo. Quizás…
—¡Profesor!
Esta vez el sobresalto fue mayor.
Y de repente Erasmo fue consciente del peso de la plancha de plomo que formaba la tapa de la caja.
Y de que la caja estaba abierta.
***
—Pues sí, es un libro.
La perogrullada del esquiviano Miguel Córdoba flotó en el aire del desván durante unos segundos que para Erasmo y Pilar fueron de inmovilidad total. En el interior de la caja había un libro, en efecto. Un único libro. Se trataba de un volumen de tamaño discreto, pero de dimensiones que parecían rebasar ampliamente el formato de cuarto menor en que habían sido impresas ambas partes del Quijote. Aquello, para empezar, era una mala noticia, porque descartaba el hallazgo de alguna primera edición que pudiera venderse por varios millones de euros. Pero ahí acababan las suposiciones, porque el libro estaba provisto de una encuadernación en pergamino que ocultaba su portada. No había nada escrito sobre la piel de la tapa.
—¿A qué espera, profesor? ¡Ábralo!
Erasmo extrajo cuidadosamente el libro de su estuche de plomo, tratando de contener los leves temblores que se habían apoderado de sus manos. Y todavía le resultó más difícil disimular su nerviosismo cuando abrió el volumen aproximadamente por la mitad. Al hacerlo notó que el estuche de metal había cumplido bien su función de proteger su contenido de la luz, la humedad, los bichos y los cambios de temperatura, los cuatro jinetes del apocalipsis bibliofílico. De hecho, el estado de conservación del volumen era excelente. El papel de las hojas era de buena calidad y no se apreciaban manchas de humedad ni de microorganismos. La encuadernación parecía haber resistido bien el paso de los siglos. Entre los libros que Erasmo guardaba por motivos estrictamente sentimentales, se contaban algunos de sus días de seminarista que habían envejecido mucho peor. En definitiva, aquella caja o estuche de plomo había actuado como una perfecta cápsula del tiempo. Pero, además de su buen estado de conservación, aquel volumen presentaba otra peculiaridad.
—¡Es un manuscrito encuadernado!¡Y la escritura me resulta familiar!
—¿Es de Miguel de Cervantes? —preguntó Matilde esperanzada.
—No lo parece. Lo siento —repuso Erasmo.
Y lo sentía de verdad. En sus propias carnes.
—Yo también he visto antes esa escritura —terció Pilar entonces—. Fíjese en los rasgos finales en forma de curva, como encerrando la palabra. Y en las abreviaturas.
Erasmo hizo un esfuerzo por vislumbrar los detalles que Pilar mencionaba, para lo que tuvo que inclinar la cabeza en una torsión que le resultó dolorosa. Aun así, el ventanuco del desván apenas consentía una claridad cenicienta que la solitaria bombilla del cielorraso mitigaba de un modo harto insuficiente. Lo cierto es que Erasmo apenas veía nada más allá de que se trataba de texto manuscrito, y así hubo de confesarlo:
—Como sabes, Pilar, veo menos que el gato de porcelana del tango. ¿Quieres hacer los honores?
La muchacha tomó el manuscrito de las manos de Erasmo y lo sostuvo con el mismo cuidado que si se tratara de una criatura recién nacida.
—Es letra procesal —dictaminó al fin—. Letra de escribano.
—¿Otro documento civil? —preguntó él con un timbre de decepción en la voz.
—En absoluto —respondió la muchacha tras deslizar la vista por algunas líneas y repetir la operación en otras páginas—. Se trata de una narración escrita en primera persona. Mejor dicho, de una crónica. ¡Una nueva crónica de Gonzalo de Córdoba!
***
El poeta T. S. Eliot escribió, en cierto verso memorable, que el hombre no puede soportar demasiada realidad. Erasmo pensó que quizás el motivo fuera que, a partir de cierto grado de saturación, la mente deja de percibir la realidad tal como es. Y él estaba empezando a sentirse aquejado de ese síndrome, cuyo nombre ignoraba, si es que lo tenía. Quizás el proceder más juicioso fuese tratar de imponer cierta cordura en aquella montaña rusa de emociones en que se había convertido la mañana.
—Veamos —dijo con su mejor voz profesoral—. Quizás nos estemos precipitando. Antes has dicho que se trata de letra de escribano, y por tanto no puede tratarse de la letra de Gonzalo de Córdoba. Hasta yo mismo, a pesar de mi mala vista, habría podido identificar la letra de Gonzalo sin problemas. La conozco mejor que la de mi difunta Almudena, a quien Dios tenga en su gloria.
—De acuerdo, profesor. Ahora, dígame, ¿se acuerda usted del oficio del hijo de Gonzalo de Córdoba e Isabel de Saavedra, el tocayo y antepasado de Miguel, aquí presente?
Erasmo enarcó las cejas.
—Escribano —musitó.
—Eso es. Y usted sabe que todos los de su oficio empleaban una caligrafía similar, la llamada letra procesal.
—Que a su vez procede de la letra cortesana que se impuso en tiempos de los Reyes Católicos.
—Correcto. Aunque cada escribano tenía su estilo peculiar, su marca de fábrica.
—Cada maestrillo tenía su librillo, efectivamente.
—Efectivamente. Por algo les habían dado estudios sus padres. Como nuestro amigo Gonzalo a su hijo Miguel. ¿Y no recuerda dónde hemos tenido ocasión de conocer la peculiar escritura de Miguel de Córdoba?
Erasmo evocó entonces aquellas cajas de cartón repletas de viejos legajos que se habían llevado de aquella misma casa cuatro años antes. Eran copias de documentos en los que habían participado varios escribanos sucesivos, y los de fecha más temprana estaban redactados en una caligrafía idéntica a la que Pilar le estaba poniendo ahora ante las narices. La letra de Miguel de Córdoba, escribano de Esquivias y primer vástago de la estirpe que habían fundado cierto aprendiz de librero y una muchacha madrileña fruto de los amores prohibidos entre un poeta y la mujer de un tabernero.
—¿Y sois capaces de entender eso? —preguntó el último vástago de la mencionada estirpe—. Pero si parecen patas de bichos.
Erasmo y Pilar lo ignoraron.
—¡Podríamos comparar las escrituras! —exclamó él, presa de un repentino entusiasmo—. Hace un tiempo doné todos esos legajos al Archivo Histórico Provincial de Toledo. Tengo algún contacto allí. A lo mejor todavía tenemos tiempo hoy.
—Creo que no va a hacer falta. Mire. Lea aquí.
Pilar le estaba mostrando las primeras líneas del manuscrito, que Erasmo se esforzó por leer sin éxito.
—Perdone, profesor. Yo se lo leo. Dice así: «Me llamo Gonzalo de Córdoba, y aunque no sea esta mi escritura, doy fe de que sí son estas las palabras que salen de mi boca».
Aquello tenía que ser una broma. Una broma para la que Pilar había recabado la colaboración del matrimonio de Esquivias. Pero Erasmo desechó la idea al cabo de un instante, pues la muchacha jamás habría actuado de un modo tan frívolo y cruel, y menos aún con su viejo profesor. Entonces la realidad del hallazgo se abrió paso en su mente con el fragor de una carga de caballería y ya no hubo forma de detenerla. A partir de ese momento, Erasmo tuvo la convicción de que todo iba a cambiar. Estaba seguro de ello porque ya había vivido una situación idéntica. Solo quedaba esperar y comprobar la magnitud de la conmoción. El gato de Schrödinger había saltado fuera de la caja y estaba muy vivo, y no había forma humana de volver a encerrarlo.
—Entonces, ¿vale algo?
Esta vez Miguel sí que logró captar la atención de Erasmo y Pilar, quienes se volvieron hacia él como si el hombre acabara de materializarse en la habitación.
—Y tanto. Se trata de un documento valiosísimo —dijo la muchacha.
—Os ha tocado la lotería, amigos —la secundó Erasmo.
Y para sus adentros pensó: «Nos ha tocado a todos».
***
Pilar guardó silencio en la conversación que siguió, pero no dejó de fruncir el ceño en ningún momento, lo que a Erasmo no le pasó por alto. Sin embargo, no por ello cejó en su intento de llevarse la nueva crónica de Gonzalo con él a Madrid. Tal era su prioridad y no iba a escatimar argumentos para conseguirlo.
—Por supuesto, como buenos amigos que sois, podéis contar con mi ayuda experta. El manuscrito debe guardarse en un sitio seguro. Y no estoy hablando de la Biblioteca Nacional ni de ningún archivo público. Sería un error táctico airear el hallazgo. Si lo hiciéramos, lo más probable es que se presentara la Brigada de Patrimonio para incautarlo como bien cultural de interés público. Luego pasarían años antes de que vierais algo de dinero. Y sería poco, porque el Estado siempre compra a la baja. Eso si no encuentran alguna artimaña legal para quedárselo gratis. Lo guardamos en mi caja de seguridad, si os parece. Y empiezo a mover hilos y a sondear el mercado desde ahora mismo. ¿Qué me decís?
Y mientras así hablaba, Erasmo aferraba el manuscrito con tal fuerza que, según observó Pilar, habrían hecho falta unas tenazas para separar sus dedos del pergamino de la cubierta. También pensó que los consejos que Erasmo estaba dando a la pareja no eran en absoluto malos, aunque sí sospechosamente interesados. En aquellos instantes Miguel y Matilde habían entablado una de esas conversaciones telepáticas que solo las parejas que llevan muchos años juntas son capaces de mantener. Miguel se rascaba la cabeza y miraba a su esposa, quien asentía de forma casi imperceptible y curvaba los labios en una ligera sonrisa.
—Pues claro que sí —respondió por fin el hombre—. Os lleváis el libro y no se hable más. ¿Es que podía estar en manos mejores? Por cierto, son casi las tres. ¿Y si os venís a casa y coméis con nosotros?
—Otro día, amigos, otro día. Tenemos que apresurarnos a poner vuestro tesoro a buen recaudo.
***
—Me muero de hambre, profesor. ¿Tanta prisa había por salir pitando? No puedo evitar sentirme como un atracador que acaba de dar un palo en una sucursal bancaria y huye con el botín.
Erasmo miró a Pilar en silencio mientras ella conducía de vuelta a la capital. De pronto le vino el pensamiento de que en el mundo del mercado de libros antiguos nadie es inocente. Él mismo tenía en su haber más de una jugarreta con algún librero despistado como víctima. Y también le había tocado ejercer de pardillo en alguna ocasión, sobre todo allá a principios de los setenta, cuando hacía sus primeros pinitos como coleccionista y su imaginación dibujaba un futuro lleno de Sanchas, Ibarras, Elzeviros, Bodonis, Manuzios y (¿quién puede poner límites a la Divina Providencia?) quizás hasta manuscritos, incunables y góticos. Entre las varias lecciones recibidas por aquellos días, nunca olvidaría Erasmo aquella ocasión en que, paseando por el Rastro madrileño, recaló en el puesto de un gitano y dio en revolver en un heterogéneo montón de volúmenes cuyo aspecto, a primera vista, no parecía muy prometedor. Por eso casi se le detuvo el pulso cuando se topó con un delgado librito en cuarto con encuadernación en pergamino rígido que, una vez abierto, resultó ser un gótico provisto de una preciosa portada ilustrada con un grabado xilográfico que mostraba un reloj de torre con campanas rodeado de una hermosa orla de cuatro piezas. Estaba fechado en 1541 y el título rezaba Despertador de peccadores. Inuentado por vno de ellos. Su precio: 20.000 pesetas.
Erasmo manoseó el librillo durante un buen rato (el gitano no le quitaba ojo de encima), pasó una a una las dieciséis hojas (estaba sin foliar ni paginar), comprobó la secuencia de signaturas, olió el pergamino, olfateó las hojas y comprobó cómo sonaban al pasarlas. No las tenía todas consigo, las tapas eran un poco más grandes que las hojas y sospechó que podría tratarse de una «boda», o sea, de un truco clásico entre los vendedores de antigüedades que consiste en completar un objeto con piezas de otro, en este caso embutir un facsímil en unas tapas antiguas que no le correspondían.
¿Qué hacer? El ejemplar parecía demasiado barato para ser auténtico (es decir, demasiado caro para ser falso). El gitano podía ser un ignorante o todo lo contrario, un sinvergüenza que intentaba engañar al incauto pardillo. En todo timo es esencial la codicia del timado, y Erasmo sucumbió a ella. Decidió comprar el sospechoso volumen, pero, eso sí, regateando para tranquilizar la conciencia. Al cabo de un rato, el volumen era suyo por 15.000 pesetas.
Se puso a investigar y pronto descubrió, desolado, que el gitano era cualquier cosa menos un ignorante. El Despertador de peccadores resultó ser un facsímil de los que ejecutó el famoso y travieso bibliófilo decimonónico don José Sancho Rayón, alias el Culebro. Era bello y raro, sí, pero no valía ni de lejos los tres mil duros que había aflojado por él.
Erasmo jamás contó a nadie el vergonzoso episodio del gitano y del gato por liebre, porque en el mundo del coleccionismo la reputación lo es todo, y quienes la tienen de tontos se convierten en un auténtico imán para los estafadores. La que él había logrado construirse con los años, en cambio, era de bibliófilo infalible y astuto, y dudaba que hubiera en España un librero de viejo que no se pusiera en guardia al verlo entrar a su establecimiento. De hecho, había tenido que recurrir al disfraz en más de una ocasión, como en aquella célebre en que consiguió hacerse con el primer manuscrito de Gonzalo de Córdoba (al menos con buena parte de él) haciéndose pasar por un guiri despistado, y al irrisorio precio de 200 euros. Pero esto era muy distinto. Es cierto que se había valido de su capacidad de persuasión para llevarse el manuscrito prestado, pero nada más lejos de su voluntad que la idea de apropiárselo. No era el objeto lo que ambicionaba. No le importaba su rareza ni el valor que pudiera alcanzar en el mercado. Eran las palabras de Gonzalo lo que Erasmo codiciaba, la continuación de aquella historia de poetas y libreros que cuatro años atrás había cambiado su vida y que ahora amenazaba con volver a hacerlo. Así las cosas, Erasmo no fue capaz de percibir el menor signo de remordimiento en su conciencia.
—Hemos hecho lo correcto —dijo poniendo sus pensamientos en palabras—. Lo que no significa…
—Lo que no significa que no podamos aprovechar la ocasión y leer lo que el bueno de Gonzalo se dispone a revelarnos. ¿No es así?
Erasmo rio.
—Se te da muy bien terminar mis frases, Pilar. Empezamos a parecer…
—¿Un matrimonio?
Erasmo no pudo evitar sonrojarse ligeramente. Por suerte la muchacha mantenía la vista fija en la carretera y en el tráfico circundante, que era ahora más denso que durante el viaje de ida de esa misma mañana.
—Iba a decir un padre y una hija —dijo cabizbajo.
Y ahora fue el turno de Pilar para reír.
—Prométame una cosa —dijo ella asumiendo de pronto un gesto serio—. Prométame que no tiene la menor intención de apropiarse de la crónica con malas artes. Estamos de acuerdo en que el manuscrito pertenece a ese matrimonio de Esquivias. ¿No es así?
—Por supuesto, por supuesto —respondió Erasmo quizás con demasiada vehemencia—. Nunca hubo nadie cuyas intenciones fueran más rectas.
Pilar se volvió hacia él sonriendo y entornó los ojos. Qué bien le sentaba aquella expresión de picardía.
—En fin, profesor, ahora que el trabajo sucio está hecho, no pienso desaprovechar la ocasión de seguirle los pasos a nuestro amigo Gonzalo, y supongo que también a Cervantes. Pero ¿verdad que antes me invitará usted a comer?
—Faltaría más —respondió Erasmo, que no había pensado en otra cosa desde que salieron de Esquivias—. ¿Qué hay de tu trabajo en la facultad? ¿Estás libre?
—Como un pájaro. Esto de la enseñanza universitaria es un auténtico chollo. De hecho, es lo más parecido que se ha inventado a vivir sin trabajar.
«Muy cierto», pensó Erasmo.
***
Gladys, la asistenta dominicana de Erasmo, se había marchado ya, no sin antes dejarle preparado un estofado de carne y verduras, y unas instrucciones para calentarlo en el microondas. La cantidad era más que suficiente para dos personas. Aun así, Erasmo dedicó unos minutos a mezclar los ingredientes de una ensalada que él denominaba «Claude Garamond» en homenaje al famoso impresor renacentista: atún, apio picado, cebolleta en rodajas, pepinillos dulces, mahonesa y medio tomate, todo ello aromatizado con eneldo y una pizca de pimienta, y aliñado con el jugo de medio limón. Por último, descorchó una botella de Castillo Ygay gran reserva especial de 2005, pues la ocasión bien lo merecía.
Comieron con cierta prisa y en silencio, cada cual extraviado en sus propias reflexiones, aunque era más que probable que los pensamientos de ambos confluyeran en ese manuscrito que descansaba sobre el escritorio de Erasmo, latiendo dentro de su estuche de plomo como un isótopo radiactivo a punto de desencadenar una reacción de fisión nuclear. Por fin, ambos contribuyeron a llevar los platos y cubiertos usados a la cocina y dejarlos en el fregadero para que Gladys se ocupara de ellos a la mañana siguiente. Todavía sin cruzar una palabra, el bibliófilo y su antigua alumna se encaminaron hacia el despacho, donde tomaron asiento a ambos lados del escritorio. Los dos sabían que aquel era un momento solemne, aunque los únicos testigos fuesen los libros antiguos de la colección de Erasmo, hijos ilustres de la imprenta de otros tiempos alineados en las estanterías de lujoso roble.
Pilar se dispuso a levantar la tapa de plomo y Erasmo contuvo el aliento. Sin embargo, la muchacha se quedó congelada en mitad del proceso y volvió a cerrar el estuche.
—No, profesor.
—¿No qué? —preguntó Erasmo alarmado.
—El manuscrito no puede quedarse aquí, en su casa.
—Pero si tengo caja fuerte. Está justo a tu espalda.
—Una caja fuerte más bien tirillas, puesto que ya ha sido reventada sin problemas en una ocasión.
—¡Cambié el modelo! —protestó Erasmo—. ¡Me costó un riñón!
Pilar negó con la cabeza.
—Da lo mismo. No podemos arriesgarnos. Mi banco está abierto esta tarde y tengo alquilada una caja de seguridad. Allí es donde guardo el primer manuscrito de Gonzalo. Llevemos este segundo manuscrito de inmediato.
—¿Sin leerlo?
—Más adelante, profesor. Después de que hayamos tomado medidas. Ahora no es seguro.
—¡Pero si nadie sabe que lo hemos encontrado! ¿Qué mejor medida de seguridad que esa?
Pero Pilar no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer.
—Es demasiado arriesgado —insistió—. Aunque…
Erasmo se aferró a ese «aunque» como si se tratara de un conjuro capaz de abrir un resquicio a la esperanza.
—Dime, te escucho.
—¿Se acuerda de Hernán?
—¿Hernán Pérez? ¿Tu amigo? ¿El restaurador de la Biblioteca Nacional que conocimos en Alcalá de Henares?
—Ahora está aquí en Madrid, en la sede del paseo de Recoletos. Desde que usted lo conoció, hace cuatro años, ha prosperado mucho. Le concedieron el Premio Nacional de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. ¿No lo vio en los periódicos? Lo recibió de manos del rey en persona.
—Ah —repuso Erasmo, inseguro de adónde quería llevarlo Pilar y poco impresionado por la mención a la realeza—. ¿Y en qué puede ayudarnos tu amigo?
—En el taller de restauración de la Nacional deben de tener un escáner de manuscritos y libros antiguos. Podríamos pedirle que hiciera una copia digital de la crónica de Gonzalo. De ese modo dispondríamos del texto a nuestro capricho sin arriesgarnos a que nos roben el manuscrito, como ya ocurrió con el anterior.
Erasmo entornó los ojos. Aunque por lo común desconfiaba de lo que él denominaba «monsergas digitales», la idea le pareció atractiva. Sin embargo, tenía alguna objeción que formular.
—¿Y no equivaldría eso a darle tres cuartos al pregonero? Si llevamos el manuscrito a la Nacional, casi puedo imaginar a Martín cayendo sobre él como un buitre.
Erasmo se refería a Martín Abad, director de la institución, su amigo del alma y experto en fondo antiguo, pero también su rival encarnizado en más de una aventura cinegética. De hecho, para muchos bibliófilos el hecho de mentar a Martín Abad venía a ser lo mismo que invocar al demonio, pues no era infrecuente que el bibliotecario se personara en las subastas para ejercer su derecho de tanteo en representación del Estado, privando a los coleccionistas de las preciadas piezas que acababan de adquirir. Él se defendía diciendo que obraba así en ejercicio de su cargo, pero Erasmo sabía muy bien que aquella demostración pública de su autoridad le producía un placer secreto que solo podía catalogarse como sadismo en estado puro. Erasmo sospechaba que el restaurador Hernán Pérez, como funcionario de la institución que era, no dudaría en servirle aquella satisfacción en bandeja a su jefe supremo.
—Bueno… verá, profesor —vaciló Pilar—. Creo que ejerzo cierta influencia sobre Hernán. ¿Tiene usted inconveniente en que lo tantee? Creo que puedo conseguir que el asunto quede entre nosotros.
Erasmo creía saber a qué tipo de influencia se refería Pilar, pues recordaba muy bien las miradas de cordero degollado que el restaurador dedicaba a la muchacha, con quien había trabajado durante unos meses en la sede de la Nacional en Alcalá de Henares.
Cualquier observador medianamente atento habría sabido que Hernán Pérez estaba enamorado de Pilar hasta las trancas, y Erasmo no podía culparle por ello.
—Adelante, Pilar —acompañando sus palabras con un gesto de su mano derecha —. Estamos juntos en esto y ya sabes que tengo plena confianza en ti.
Qué bien sonaba la palabra «juntos» cuando la frase iba dedicada a su antigua alumna, quien en ese momento se ponía de pie para salir del despacho. Al parecer, ella prefería mantener aquella conversación telefónica a solas.
***
Pilar tardó unos minutos en regresar, minutos que Erasmo dedicó a contemplar fijamente la caja de plomo, a elucubrar sobre el contenido del manuscrito y a consumirse de impaciencia. Finalmente, la muchacha regresó con su teléfono móvil en la mano y una sonrisa que proclamaba que se había salido con la suya, lo que a Erasmo le pareció la cosa más natural del mundo.
—Nos va a ayudar —dijo Pilar—. Pero tendremos que esperar hasta mañana. Hernán trabaja de ocho a tres, y cualquier visita fuera de su horario normal podría levantar sospechas. También he llamado a Miguel y Matilde y les he solicitado permiso para hacer una copia digital del documento. No sé si me han entendido muy bien, pero me han autorizado a hacer lo que consideremos necesario.
—¿Entonces? —preguntó Erasmo con el alma en vilo.
La muchacha volvió a ocupar lentamente su asiento y le dedicó un gesto que a Erasmo le recordó el que su madre empleaba cuando le dejaba salir a la calle para jugar con los muchachos del pueblo.
—Creo que podemos arriesgarnos a quedarnos con el manuscrito hasta mañana. Hasta entonces, nada nos impide empezar a leerlo.
En la mente de Erasmo se materializó el equivalente a una apoteosis pintada en el techo de un palacio barroco, con nubes algodonosas teñidas de oro, explosiones solares, coros angélicos y docenas de personajes en pelotas adorando al Creador.
Pilar había retirado por fin la tapa de plomo y tenía el manuscrito abierto sobre la mesa, bajo la lujosa lámpara lectora de vidrio verde.
—Lee, Pilar —dijo Erasmo saboreando cada sílaba—. Lee para mí.
***
Me llamo Gonzalo de Córdoba, y aunque no sea esta mi escritura, doy fe de que sí son estas las palabras que salen de mi boca. No obstante lo dicho, quizás debiera ser mi hijo Miguel, aquí presente, quien se ocupara de dar fe, pues tal es su oficio, el de fedatario de las cosas públicas y escribano del concejo de Esquivias. Porque no en vano quiso Dios darme medios y dineros para mandarlo a Alcalá de Henares a instruirse en leyes y latines y pragmáticas, lo cual hizo con gran aprovechamiento, siendo él muchacho despejado y de inteligencia clara como antes lo fuese su padre, si el bondadoso lector me disculpa la inmodestia. Y luego de darle instrucción, me alcanzó también el dinero para pagarle a quien antes fuera titular de esta escribanía la gran suma que pidiera por su cesión. Con ello quedó mi peculio muy menguado, pero todo lo di por bien invertido con tal de que mi hijo Miguel se ganara la vida y aun hiciera fortuna, que a punto está de hacerse edificar una gran casa en la parte más noble de la villa de Esquivias, donde residimos. Y todo ello se lo ha procurado escribiendo, que parece cosa de prodigio que alguien se gane tan bien la vida con trabajo tan descansado. Aunque ahora recuerdo aquello de scribere qui nescit nullum putat esse laborem, que en romance viene a significar que quien no sabe escribir piensa que eso no es trabajo. Y también lo de scribere qui scit nullum putat esse maiorem, es decir, que quien sabe escribir piensa que no hay trabajo mayor. Sea como fuere, ¿qué cosa mejor podemos legarles a los hijos que conocimientos y saberes para que no tengan necesidad de partirse el lomo trabajando como yo hube de hacerlo desde que era apenas un mocoso? A mi difunta Isabel, su madre, le ilusionaba verlo tomar los hábitos, pero a mí me complace más el camino por él elegido, pues curas hay demasiados y escribanos pocos, y mi pensamiento es que cada hombre debería ser dueño de arreglar sus asuntos con el Altísimo sin necesidad de tanto intermediario, mientras que para los negocios con los otros hombres y con la Corona siempre habrá necesidad de que intervenga alguien versado en letras y en leyes. Y mientras estas palabras toma al dictado, me advierte Miguel de que al decir tales cosas hablo como los herejes, y que si estos papeles cayeran en manos de algún familiar del Santo Oficio no tardara yo ni un periquete en dar con mis huesos en el potro o en la mazmorra, cubriendo de paso de ignominia a la familia entera. Pero yo le pido que pierda cuidado y se sosiegue, que nadie habrá de leer los hechos que se narrarán en esta crónica durante muchos años, pues lo que aquí se cuente no solo me comprometería a mí, sino también a otras personas muy principales de todos conocidas. Y así, una vez ultimada mi historia, tomaré precauciones para que estos papeles se escondan en lugar seguro donde nadie los encuentre hasta que hayan pasado muchos años, por lo menos doscientos o trescientos o aun cuatrocientos, que para entonces todos calvos, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga, amén.
Pero me dice mi hijo Miguel que estoy perdiendo el hilo de mi relato, y yo le digo que tenga paciencia con su padre anciano, y le recuerdo que pasan ya de los setenta los años que llevo fatigando los caminos de este mundo, y que a edad tan provecta todos los hilos son madejas enredadas. Quisiera Dios que mis manos sostuvieran todavía con firmeza la pluma, como ocurría hace menos de dos lustros, cuando en otros papeles narré los hechos de mi infancia y mi juventud primera, cuando era yo aprendiz en la librería que Francisco de Robles tenía en Madrid, y mi camino se cruzó con el de ese otro Miguel que habría de convertirse en mi maestro y mi amigo, y finalmente en mi segundo padre. Ese Miguel a quien yo di en tratar de don por ser él noble en hechos y en espíritu, y mucho más que otros que alardean de hidalguía por simple razón de nacimiento, sin que sus actos los hayan hecho acreedores a nobleza alguna. Ese don Miguel, en fin, que el lector conocerá como Miguel de Cervantes Saavedra, hogaño gloria y espejo de los poetas castellanos, y al que yo en cambio conocí como hombre oscuro y atribulado y maltratado por la vida. En mi crónica anterior, la que escribí de mi puño y letra, me referí a las circunstancias de nuestro encuentro y a cómo se gestó la novela intitulada del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha que luego sería la llave de su fama, ya que no de su fortuna (que jamás la hubo), y a las peripecias que corriera el manuscrito de la mentada historia, que muy cerca estuvo de extraviarse para siempre, y a los aconteceres no menos admirables y peligrosos que vivimos don Miguel y yo mismo hasta recuperar esos papeles que él amaba como hijos predilectos de su ingenio que eran.
Pero esa crónica ya quedó registrada, y ahora el momento ha llegado de embarcarme en la narración de una aventura nueva cuando menos tan curiosa y admirable como aquella, y cuyo centro será también un libro, aquel en el que don Miguel narrara la tercera salida de don Quijote y de Sancho, que aunque no fue robado ni anduvo nunca perdido, pasó por no menos peripecias y azares y peligros que el primero. Permíteme, lector curioso, que sea yo tu guía a lo largo de estas páginas. Consiente en que me encargue de dar voz y figura y sustancia a las personas que realizaron los hechos que aquí se consignen, algunas de las cuales te serán ya familiares, mientras que otras asomarán a esta historia por vez primera, siendo quizás la más notable de todas ellas la figura del poeta inglés Guillermo Shakespeare, al que yo conocí y al que pronto tú conocerás también. Ten la bondad y la paciencia, amantísimo lector, de que sea yo, Gonzalo de Córdoba, hijo de un herrero, monaguillo aunque nunca fraile, aprendiz de librero y de otras cosas que pronto se sabrán, quien se encargue de narrar todos estos hechos admirables que siguen, de los que fui testigo y hasta actor principal, pues quiso la suerte que, a pesar de la humildad de mi cuna, pudiera yo mezclarme con algunas de las personas más notables que haya conocido esta época y las venideras. Y puesto que mi vista se agota y mis manos de anciano se sacuden como ramas movidas por el viento, que sea mi hijo Miguel, a quien di estudios para que pudiera ganarse la vida escribiendo, quien se encargue de registrar con papel y con tinta los hechos que ahora siguen, y cuyo principio coincide con el final de los que ya se narraron.
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Concluía mi primera historia allá a principios de 1605, en el séptimo año del reinado de Su Católica Majestad don Felipe, el tercero así llamado por ser este un nombre que acomoda bien a los reyes de España, que no en vano tenemos un cuarto hoy en día y, si Dios o el diablo no lo remedian, no tardará en subir al trono un quinto, aunque para entonces el hijo de mi madre ya habrá dejado este valle de lágrimas. Tenía yo por entonces veinticuatro años, trabajaba para Robles, el librero madrileño establecido también en la corte vallisoletana, y mi cometido principal por aquellas fechas consistía en transportar a don Quijote y a Sancho Panza desde Madrid hasta la Corte, pues aunque ellos se trasladaban por sí solos a lomos de un rocín y de un jumento, tal cosa acontecía solo en la ficción de su novela, y por tanto era necesario llevar dichas novelas (que bien que pesaban y abultaban) en carretas desde la imprenta de la calle de Atocha, que era donde nacían, hasta la librería que mi amo Robles había abierto en Valladolid, a dos pasos de la catedral, que era donde mejor se vendían. No digo que los únicos libros que me ocupara yo de transportar fueran los del Ingenioso hidalgo, que había otros muchos, desde los más píos hasta los más licenciosos, pasando por otros muchos cuya naturaleza no es menester glosar ahora. En fin, que había otros muchos libros, pero por aquellos primeros meses del año 1605 el único que los lectores solicitaban era el del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, el que contaba las dos primeras salidas del caballero, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra y dedicado al duque de Béjar, que se vendía por ocho reales y medio en la casa de Francisco de Robles, librero del rey nuestro señor. De hecho, se vendía tan bien que muy pronto empezaron a venderlo también en Lisboa, y como de estos libros lisboetas mi amo Robles no viera un maravedí, a comienzos de la primavera ya existía una segunda edición con privilegio ampliado a Castilla, Aragón y Portugal, y en ella ya fueron corregidos buena parte de los dislates y gazapos que las prisas habían deslizado en la primera edición, aunque de eso ya hablé en su momento.
La cuestión es que no había ni cortesano ni clérigo ni soldado ni persona común con algunas letras dispuesto a perderse el libro del que todos hablaban, el del caballero loco y enamorado cuyas aventuras y las de su escudero hacían retorcerse de risa hasta al más severo y adusto de los hombres, y eran además espejo del mundo y de los seres que lo habitan, aunque esto último no se empezó a decir hasta pasados unos años. Y hasta los que no sabían leer (que eran los más) se divertían con las desventuras del Caballero de la Triste Figura y de su escudero, pues el libro se había vuelto tan famoso que sus episodios más felices comenzaban a leerse públicamente en tabernas y mentideros. Y así mi vida era un ir y venir entre Madrid y Valladolid, esto es, lo mismo que había sido desde que los pucelanos (usado sea el gentilicio sin ánimo de ofender) convencieron a Su Majestad y a Lerma, su valido, de que la ciudad del Pisuerga era lugar mejor y más provechoso para acoger a la corte, lo que había ocurrido cuatro años antes de las fechas que ahora nos ocupan. Pero la suerte quiso que todas estas idas y venidas, que para mí suponían tarea penosa e ingrata, acabaran siendo más bien viajes de recreo y de solaz, y esto ocurrió desde el momento en que encontré allí a don Miguel de Cervantes, que se había establecido con su familia en el Rastro Nuevo de los Carneros, junto al matadero, a las afueras de la ciudad. Y no solamente por don Miguel, cuya amistad sería ya de por sí motivo de peso para que Valladolid dejara de figurárseme el agujero pestilente y atestado que en realidad era, sino también por la familia de don Miguel, que se había trasladado con él, y para más exactitud por su hija única aunque natural, Isabel de Saavedra, mi Isabel, de la que yo estaba tan enamorado que no podía ni abrocharme las calzas, y si me pincharan el cuerpo no manara de él sangre, sino algalia y ámbar, como dijera don Quijote en la aventura aquella de los mercaderes toledanos que iban a comprar sedas a Murcia.
Pero volviendo al asunto de la novela, diré que esta salía de la librería casi a la misma velocidad que entraba, y que nunca había visto yo a mi amo Francisco de Robles tan ufano con un libro, pues las más de las veces lo que brotaba de su boca eran quejas y lamentos por las pérdidas que le había provocado este o aquel poeta, que en mala hora había accedido a llevar sus desvaríos a la estampa, y por el triste negocio que era aquel de mercader de libros en el que todo eran ruina y sinsabores. Se guardaba muy bien, eso sí, de mencionar que era el comercio y la impresión de libros lo que hacía de él un hombre respetable, pues si fuera por los otros negocios que tenía en Madrid, no se hubiese hablado de él como Francisco de Robles, librero del rey nuestro señor, sino como Francisco de Robles, garitero y alcahuete. Pero con Cervantes y su don Quijote las cosas habían tomado un rumbo bien distinto, pues de pronto ocurrió que un libro le estaba haciendo ganar más dinero que sus casas de juego y de lenocinio, y eso era algo que a mi amo Robles sorprendía y complacía por igual, no así a mi señor Miguel de Cervantes, quien siendo consciente de la buena ventura que su libro gozaba entre los lectores, no acababa de ver los frutos de su ingenio traducidos a escudos y reales, como correspondía conforme al acuerdo que tenía firmado y rubricado con el librero Robles.
—¡Ay, Gonzalo! —me decía Cervantes—. Cuando regreses a Madrid mira de decirle a tu amo Robles que ando escaso de dineros, que son cinco las mujeres que tengo a mi cargo y que todas comen y visten ropas, y se empeñan en dormir en camas y bajo un techo. Y que si tu amo Robles no me da lo que en justicia debo recibir, puede que para Pentecostés no nos encuentres más en esta casa del Rastro de los Carneros, que aunque pequeña y estrecha casa es, sino bajo el puente del Esgueva, que como sabes es el río más pestilente e insalubre de cuantos fluyen por el reino.
Y yo sufría y penaba con todo esto, porque aunque lo del puente lo dijera en tono de chanza, sabía yo que algo de verdad había tras ello. Además, don Miguel estaba pidiendo solamente lo que le correspondía en justicia, y si bien era cierto que Robles le había adelantado dinero para subsistir durante el tiempo que tardó en terminar la novela, no menos cierto era que mi amo llevaba ganados sus buenos diez mil reales, y eso solo con la primera edición, y que de ellos Cervantes había recibido unas migajas que apenas bastaban para atender los gastos de subsistencia de su familia. Y luego supo del librero de Lisboa que se estaba lucrando sin su permiso, y de otro de Valencia que estaba haciendo lo propio, y su sangre de antiguo soldado y hombre de bien comenzó a bullir con la indignación que el amable lector podrá imaginar.
Muchas veces, en Madrid, le mencioné a Robles el asunto del dinero de Cervantes. Pero él nada decía. Se limitaba a mirarme en silencio y a reír taimadamente. Y como mucho me entregaba una bolsa de monedas que eran muchísimas menos de las que él ganaba y de las que don Miguel merecía. «Ve y entrégale esto a tu señor Cervantes —me decía—. Recuérdale que ya cobró sus buenos dineros cuando aún no había escrito ni una palabra de su Don Quijote. Y no me mires con esa cara de pasmo, que sé de buena tinta que andas refocilándote con su hija Isabel en lugar de dedicarte a mi negocio, que es para lo que yo te pago». Y yo, que aunque pobre tenía mi honra por un valioso patrimonio, y también la honra de Isabel (que al ser ella la dueña de mis pensamientos era como si su honra y la mía fueran una sola), tenía que sujetarme para no abrirle la cabeza en dos a aquel granuja, porque de haberlo hecho seguramente habría acabado en galeras, lo que no habría sido de gran ayuda ni para mí ni para Isabel, ni para mis padres y hermanos, ni para Cervantes, ni para ninguna de las personas a las que yo tenía en estima o de mí dependían para su sustento. Así pues, callaba y le llevaba a don Miguel la pequeña bolsa con la promesa de que la próxima vez procuraría que esta fuera más grande, a lo que él respondía con la sonrisa cansada del hombre al que la vida ha vapuleado a conciencia, y me ponía la mano sobre el hombro para darme las gracias, y me llamaba «mi buen Gonzalo» o «el hijo que no tuve».
Dicen que ante el dinero, o la promesa del dinero, es cuando un hombre alcanza el fondo de su auténtica bajeza. Y yo pensé que Robles había alcanzado el fondo de la suya cuando me envió como su emisario a Valencia para negociar con el librero José Ferrer, quien acababa de imprimir la novela de Cervantes en octavo, como si de un librucho cualquiera se tratase, y se estaba lucrando a costa de las ventas del libro en la ciudad levantina. Robles había conocido a Ferrer tiempo antes, pues todos los mercaderes de libros se conocen (y los granujas también), y no quería sino una parte del negocio, por lo que hube de recordarle a Ferrer que mi amo Robles poseía el privilegio de impresión de la novela en Aragón, y luego acordar con él un porcentaje de las ventas que satisficiera la codicia de mi amo y le ayudara a olvidar el desliz del librero valenciano. De todo esto Cervantes jamás supo nada, pues mi lealtad hacia mi amo y patrón pudo esta vez más que mi devoción por don Miguel, y puede que el deseo de conservar mi trabajo tuviera también algo que ver. La cuestión es que los beneficios de Robles crecieron sin que Cervantes llegara a ver un solo maravedí, y que las cosas iban de mal en peor en la casa del Rastro de los Carneros sin que yo supiera qué hacer para remediarlo.
Desde que puse el pie en ella por vez primera, jamás viví un solo día en que la paz reinara en aquella casa, que se asemejaba más a las tierras de Flandes, con sus cuarenta años de guerras, que al hogar de una familia cristiana. Reñía la hermana mayor, Andrea, con Magdalena, la menor, y eran las suyas pugnas interminables y laberínticas como solo pueden mantenerlas dos mujeres sin hombres que pasaban la vida solas cosiendo junto a la ventana. Reñía Andrea con su hija Constanza, que a la sazón era ya mujer madura y poco amiga de dejarse avasallar por su madre ni por la Santísima Virgen que bajara del cielo ex profeso para ello. Magdalena, por su parte, le reñía a su sobrina prohijada por un quítame allá esas pajas, aunque mi Isabel, al igual que su padre, era de naturaleza tranquila y poco dada a pendencias, y procuraba desaparecer del campo de batalla en vez de enzarzarse en aquellas discordias interminables de las que todas salían escaldadas en alguna medida. Por supuesto, quien más reñía era doña Catalina, la esposa de Cervantes, a la que yo di en llamar la Giganta, pues competía en tamaño con aquellos célebres Briareo y Golías y Morgante, y en violencia e iracundia superaba a cualquiera de ellos. ¿Y qué hacía don Miguel mientras tanto? Pues sencillamente lo que siempre había hecho, esto es, encerrarse en su despacho al fondo de la casa para poder escapar de aquella hueste de mujeres airadas y así poder escribir sus historias. Al poco de que el Ingenioso hidalgo viera la luz, había reanudado aquella serie de novelas cortas al modo italiano que él llamaba ejemplares, pues según decía no había ninguna de ellas de la que no se pudiera sacar algún ejemplo provechoso. Dos de aquellas novelas que don Miguel tenía escritas desde tiempo atrás, la del Curioso impertinente y la del Cautivo, habían acabado dentro del Ingenioso hidalgo, pues tal había sido idea de mi amo Robles para engordar el libro y poder así venderlo más caro, como si de una vaca o un marrano se tratase. Las nuevas no deseaba don Miguel hacerlas formar parte de ninguna historia mayor, que siempre le había parecido aquella argucia impropia de su arte. Si acaso, las juntaría todas en un libro para ellas solas. La que ahora componía se titulaba, El coloquio de los perros, pues trataba precisamente de dos perros del Hospital de la Resurrección, que se halla en Valladolid, muy cerca de donde Cervantes vivía. Los chuchos adquirían por algún prodigio el don de la palabra y se narraban el uno al otro sus aventuras y tribulaciones con sus sucesivos señores, como un día hiciera Lázaro de Tormes en aquella novela que leía mi primer amo, el párroco de Lucena, y en la que también yo adquirí muchas de mis primeras letras.
Pero ahora que lo pienso he hablado sobre lo mucho que se reñía en aquella casa sin aclarar que el motivo principal de tanta riña eran las estrecheces en que vivía la familia (pues, como dicen, donde no hay harina anda la tremolina), porque cuando no se sabe si se podrá pagar la renta o si será posible poner un plato en la mesa para la cena no es raro que el trato entre las gentes de una familia se avinagre, especialmente entre las mujeres, que nunca fueron amigas de vivir juntas bajo el mismo techo, y en aquella casa eran cinco las que tenían que hacerlo. Algo aportaba doña Catalina de las rentas que le daba su hacienda en Esquivias, aunque cuando lo hacía jamás dejaba de recordarles a sus cuñadas que vivían de limosna y que eran unas muertas de hambre, a lo que ellas replicaban que aquellos pocos maravedíes no le daban el derecho de tratarlas como criadas, y que eran ellas con sus labores de costura las que sostenían el peso de la casa, aunque lo cierto es que en aquella casa cada vez se cosía menos y se reñía más. Entretanto, don Miguel se ocultaba entre sus libros y sus ficciones, tal vez añorando los años de cautiverio entre los berberiscos, que sin duda eran gentes mucho más amables y pacíficas que las féminas de su familia, y perdóneseme la chanza.
Y así estaban las cosas cuando vino a ocurrir aquella desgracia de Ezpeleta, que no fue sino fruto de algo que estaba gestándose desde tiempo atrás, tanto como Cervantes y los suyos llevaban viviendo en Valladolid, o puede que más, pues la desgracia es una alimaña que huele a sus presas desde lejos, y la de don Miguel había demostrado ser asaz feroz y de olfato fino, pues no importaba dónde él fuera, allá que se la encontraba.
Pero dice mi hijo Miguel que basta por hoy, que ha de dedicar tiempo a sus quehaceres, y no seré yo quien discuta con todo un señor escribano. Así que quede Ezpeleta para mañana, que no tengo yo por descortés el hacer esperar un día a quien lleva cuarenta años muerto, y descansen ahora mi voz y mi memoria.