Madrid. La novela

Antonio Gómez Rufo · Capítulo 5 de 35

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Madrid. La novela

3. La Posada del Peine

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La Posada del Peine

 

Mayo de 1610

 

Olía a tierra quemada en varias manzanas a la redonda y una nube de humo sucio

se adueñó del cielo de Madrid. El incendio producido en algunas casas de las afueras

de la Puerta de Atocha no hubo manera de sofocarlo hasta que diez construcciones de

madera quedaron reducidas a un revoltijo de maderas negras y cenizas,

ennegreciendo la tierra bajo sus cimientos y produciendo un olor al que, por

desgracia, los madrileños se iban acostumbrando por su cada vez mayor frecuencia.

Los incendios eran continuos a causa de los descuidos, del exceso de escombros, de

las ascuas y fuegos levantados por el viento en la noche y, en definitiva, del

apresuramiento en levantar las casas necesarias para cobijar a los más de cien mil

vecinos que habitaban Madrid en 1610, de los que cuatro de cada cinco no habían

nacido en la ciudad.

Porque la primera gran oleada de forasteros había poblado una villa que cien años

antes era una aldea con un puñado de casas, una iglesia, un cuartel y algunas tierras

de labor en torno al Alcázar. Ahora era una gran ciudad que, además de ser la capital

del Imperio español, aquel que se extendía por el oeste hasta los más lejanos lugares

del continente americano y por el este y el norte hasta recónditas tierras

mediterráneas y europeas, era también la capital de España, la sede de la Corte y el

centro de poder más decisivo desde la caída del Imperio romano.

Madrid era, en la primera década del siglo XVII, una población de grandes

dimensiones que, precisamente por su vertiginoso crecimiento, también era

desordenada, maloliente, descuidada, sin criterio urbanístico ni un Concejo capaz de

organizar la vida ciudadana. Un caos que se convirtió en una enorme preocupación

para sus munícipes y para la Corte, empezando por el rey Felipe III, que pasaba más

tiempo solicitando soluciones al descuido de su Corte que aportando oro para llevar a

cabo las que se le sugerían.

El incendio de las casas situadas en las cercanías de la Puerta de Atocha no era el

primero de aquel año; ni tampoco sería el último. Y el temor que generó en los

vecinos se limitó a ser una inquietud más, siempre aterrados por la posibilidad de que

se extendiera de una casa a otra y, como las fichas de un dominó, acabara

convirtiendo la ciudad en un erial ennegrecido, y por eso mismo con cada nuevo

fuego incontrolado eran centenares los vecinos que se aprestaban a ayudar a

sofocarlo, incrementando el caos en lugar de resultar eficaces, hasta que una calle ancha cualquiera ejercía de cortafuegos y, más o menos, devolvía por un tiempo la

calma a los paisanos y a sus autoridades.

Las construcciones que usaban la madera para sus pilares, suelos y techos, eran

las que más abundaban. Una madera que se traía de la sierra de Guadarrama y con

ella se hacían, en efecto, las vigas de los edificios, las cerchas que sostenían los

tejados y buena parte de los pavimentos, zócalos y artesonados. Por otra parte, casi

todos los muebles del interior de las casas eran también de madera. Los grandes

troncos que llegaban a la ciudad día tras día eran almacenados en los llamados

«corrales de la madera». El primero, y quizás el más antiguo de todos, precisamente

el que dio nombre a la calle de la Madera, estaba al norte de la Villa, al final del

camino de Fuencarral. Fue una mujer, Catalina de la Cerda, la que estableció allí su

almacén de maderas en 1612, un lugar hasta donde llegaban todas las semanas

carretas de bueyes o mulas cargadas de troncos o arrastrándolos.

Por eso, pronto se extendió el negocio: era necesario, imprescindible, para

abastecer a Madrid en su crecimiento, y fueron los monjes jerónimos de El Paular

quienes se establecieron en el Corral de Maderas de San Bruno, junto a la Cava Alta.

Ellos obtenían sus troncos de unos bosques del valle de Lozoya, privilegiados por

cesión concedida por la Corona al monasterio de El Paular en 1675.

Pasados los años, ya en 1837, con la desamortización de Mendizábal, los monjes

tuvieron que poner a la venta su concesión, y su adjudicatario, Andrés Andréu, los

vendió a la Sociedad Belga de los Pinares de Fincas Españolas. Esta sociedad creó

una serrería en la calle Atocha, en 1840, entre las calles Alameda y Cenicero.

También hubo otros muchos almacenes de maderas que se fueron creando desde

aquellos primeros años: el de Martínez, en el número 37 de la calle Atocha, como

taller de carpintería, almacén de maderas y vivienda de Martín Martínez; la Fábrica

de Maderas de la Ronda de Valencia, en el número 5, en 1904, que llamó la atención

por su arquitectura y por su fachada de ladrillo con influencias del estilo

neomudéjar… Pero fue en el moderno barrio de Malasaña en donde se ubicaron más

almacenes de madera desde mediados del siglo XIX, así como talleres de ebanistería y

de carpintería. Porque a finales del siglo XIX, llegó de París y de La Habana una moda

que fue muy bien recibida por los madrileños, la de utilizar los tarugos de madera

como si fueran adoquines en las entradas de los portales de los edificios para que los

carruajes al salir o al entrar no hicieran tanto ruido como lo hacían al transitar sobre

la piedra. Hasta la actualidad se mantiene este pavimento de madera en diferentes

edificios en las calles de San Marcos y Miguel Servet, así como en el vestíbulo del

palacio de Linares y en el palacete de la Trinidad.

 

El olor a tierra quemada de aquel día, no obstante, no impidió a Juan Posada

inaugurar su nueva hospedería, eufórico al lado de su madre, María, que lo

contemplaba arrobada por el acierto de su hijo y la satisfacción de saber que sus consejos habían producido aquel fruto. La hostería fue bautizada como la Posada del

Peine, en recuerdo al primer mesón que ella conoció al llegar a Madrid, del que

también copió la peculiaridad de dotarla con un peine en cada habitación. Una

inauguración sonada con un gran convite al que asistieron muchos de los vecinos

cercanos y algunas autoridades municipales en el mes de mayo de 1610.

Hasta entonces, muchos habían sido los acontecimientos a celebrar y los lutos a

llevar en el seno de las familias de Alonso, Juan y Guzmán.

El actor Alonso Vázquez y su esposa Teresa habían fallecido unos años antes.

Teresa la primera, en 1600, a causa de un mal de vientre que le robó la vida en poco

más de un mes de terribles sufrimientos, y Alonso un año después, en 1601, sin

motivo aparente, aunque los más allegados creyeron leer en sus ojos una profunda y

prolongada tristeza de la que no supo escapar, como si la estrella de cristal que le

esperaba en el cielo hubiera agotado su paciencia. Además, para añadir más dolor a la

pérdida de su esposa, Juan Posada, su gran amigo Juan, con quien había compartido

treinta y cinco años de afecto y complicidad, había muerto también pocos días

después de Teresa, sin que la suya, por ser una muerte anunciada en los pliegues de

su rostro desde hacía tiempo, fuera por ello menos ácida y desoladora. La esposa de

Juan, María de Tormes, aceptó la muerte de su marido con entereza, como si hubiera

guardado el luto desde mucho antes de producirse, y su duelo se limitó a musitar

rezos silenciosos mientras continuaba atendiendo el negocio familiar con su hijo,

Juan, que enterró a su padre resignado a lo inevitable, sin derramar una lágrima.

Juan había cumplido treinta años cuando se quedó huérfano. Clarita, por su parte,

perdió a su padre y a su madre cuando apenas tenía dieciséis años, y justo cuando

Diego se quiso ir a la Universidad de la ciudad de Alcalá. Y como, en su despedida,

Diego anunció solemnemente que cuando acabara sus estudios universitarios

marcharía por unos años a la Universidad de Bolonia para continuar estudios de

leyes, y dejó dicho con contundencia y claridad que por su cabeza no se cruzaba la

idea del matrimonio, Clara vivió el luto de su ausencia con más intensidad que la de

la pérdida de sus padres y, además, durante más tiempo. Y todo ello sin sentir el frío

ni el calor, como nunca lo había sentido su padre.

Hasta que, como asidua asistente al Corral del Príncipe, enamorada del teatro por

herencia familiar, se topó un día con los ojos chiquitos y vivarachos de un actor

descarado y dado a las bromas, efervescente y locuaz, llamado Miguel Argote, y la

vida empezó de nuevo a girar para ella. Es lo que tiene el amor desventurado: a veces

sólo se corta su hemorragia con el dolor de un hierro al rojo que cicatriza la herida.

En aquellos primeros años de 1600 también iniciaron el viaje a sus estrellas de

cristal los padres de Diego: Clara en 1603 y Guzmán de Tarazona seis años después.

La muerte de Clara fue tan accidental y absurda que quedó resguardada en el secreto

familiar porque rozaba el ridículo: se golpeó con una traviesa de madera de la

buhardilla de su casa mientras ordenaba una pila de libros de su marido, cayó por las

escaleras sin sentido y, en el rellano de la primera planta, se clavó en el cuello el adorno de un candelabro que reposaba sobre una mesita de pared, desangrándose en

un instante al seccionarse la yugular. Guzmán la enterró blasfemando, improperios

que fueron oídos por el párroco que ofició el funeral y que, a continuación, lo

denunció a las autoridades eclesiásticas y civiles, así como a la Inquisición,

convencido de que el diablo se había apoderado del alma de aquel hombre, si bien se

libró de ser preso y enjuiciado por sus pasados servicios prestados a la ciudad y por la

intercesión de su majestad. Pero para evitar agravios comparativos y una afrenta al

Santo Oficio, se le prohibió volver a salir de casa so pena de procesamiento y

ajusticiamiento o destierro.

Allí en la casa, encerrado y atendido por una vieja ama que cuidó de él hasta su

muerte en 1609, se limitó a continuar con sus lecturas y a alimentar su curiosidad por

todo, un afán por conocer que lo devoraba. Diego, su hijo, que no asistió al entierro

de su madre porque recibió tarde la carta en que se le comunicaba la noticia, después

fue a visitarle algunas veces, pero luego de partir hacia Bolonia ya nunca regresó de

visita, como tampoco a darle tierra cristiana.

 

Aquellos años no sólo se colmaron de acontecimientos luctuosos. También se

produjeron celebraciones de fiestas de Navidad, el enlace matrimonial de Juan

Posada con Inés Sánchez, hija de un tahonero de la Calle Mayor, la proclamación de

Felipe III como rey tras la muerte de su padre, Felipe II, en 1598, y una serie de

algaradas populares de protesta por la decisión del nuevo rey de trasladar la Corte a

Valladolid el 11 de enero de 1601. También se oyeron por doquier los murmullos de

admiración que se extendieron como zumbidos de abeja por la publicación de una

obra titulada El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, impresa en la imprenta

de don Juan de la Cuesta en 1605 y que todo el mundo quiso saber de qué trataba, a

tenor de su repercusión en los mentideros, que preguntaban sin cesar a quienes sabían

leer. Y, por supuesto, no faltaron las festividades y algarabías desmesuradas con

motivo del regreso de la Corte a Madrid en 1606, una celebración bañada en vino

recio e hipocrás con tal exceso que dejó varios muertos y heridos, muchos de los

cuales no fueron causados por indigestiones sino por las disputas solventadas con

arma blanca en tabernas durante la tarde o en callejuelas sin iluminar en las horas más

avanzadas de la medianoche. El regreso de la Corte fue, con todo, excusa para un

gran alborozo en el pueblo de Madrid, que así recuperaba su seña de capitalidad y

con ello la construcción de nuevas iglesias y edificaciones civiles, casas y palacetes

que se extendieron hasta más allá de lo que se podía pasear sin fatigarse. Palacios

que, como el de las Siete Chimeneas, levantado entre 1574 y 1577 por el arquitecto

Antonio Sillero para don Pedro de Ledesma, secretario de Indias, ponían límite a la

ciudad por el este, marcando una linde que pronto iba a ser rebasada.

Una casa, la casa de las Siete Chimeneas, que según se contaba en las crónicas

fue una de las más enigmáticas construcciones de Madrid y desde siempre dio lugar a numerosas leyendas. Se narraron muchos aspectos curiosos en torno a ella, como el

hecho de, a pesar de su alcurnia, no tuviera ningún escudo de propietario, aunque tal

vez sí lo tuviera y después se eliminara en alguna de sus diferentes reformas, pero el

caso es que, pasado el tiempo, no conservó ninguna identificación nobiliaria.

También fue motivo de murmuración su lejana ubicación del centro en esos años, y

aún más sorprendió el exagerado número de chimeneas para el tamaño de la casa.

Pero lo más enigmático y escalofriante era la especie de maleficio que siempre se

cernió sobre todos sus habitantes a lo largo de la historia.

Desde las primeras noticias sobre esta casa, relacionadas con un montero de

Carlos V, todo fueron supersticiones. Dicho montero, se decía, la mandó construir

para una hija suya, Elena, de la que se aseguraba que mantenía una relación amorosa

con Felipe II. Quizá porque, acaso por disimular, el propio monarca le organizó una

boda con un capitán del ejército, de nombre Zapata, que murió enseguida en una

campaña en Flandes. La joven, entonces ya viuda, desamparada del rey, se quedó sola

y desconsolada, dejó de comer y descuidó su aspecto. Y cuando murió, nadie tuvo

noticias de que su cuerpo saliera de la casa para ser enterrado, ni tampoco que se

celebraran funerales por ella.

Los sirvientes, deslenguados y tal vez asustados, comenzaron a dar pábulo al

rumor de que había sido asesinada, y la noticia llegó a oídos de la Justicia, que

decidió interrogar al padre para ver cómo explicaba lo que se comentaba. Y aunque el

atribulado padre aseguró no saber nada de los bulos ni acusaciones, lo cierto es que al

poco se ahorcó colgándose de una viga de la casa.

Y desde ese momento comenzaron las historias trágicas protagonizadas por sus

inquilinos, y las leyendas sobre el edificio, porque algunos campesinos que

regresaban a sus casas al anochecer aseguraban haber visto a través de los ventanales

una figura espectral femenina de cabellos largos, ataviada con un vestido blanco de

seda y una antorcha. Decían que se golpeaba el pecho y dirigía su mano en la

dirección donde estaba el Alcázar. Una especie de fantasma que dijeron haber visto

varias veces numerosos testigos.

Después nadie se atrevió a vivir allí. Por eso, en el siglo XIX el Banco de Castilla

compró el edificio y lo reformó por completo. Y, sea como fuere, la casa nunca

volvió a tener un propietario particular desde Elena, sino que siempre estuvo

vinculada al Estado, la Banca o algún organismo oficial.

Encima, para abundar en la leyenda, se aseguró que durante las obras llevadas a

cabo por el banco se levantó el suelo del sótano para realizar una instalación de

tuberías y los obreros encontraron entre las ruinas el esqueleto de una mujer joven

junto a un puñado de monedas de oro del siglo XVI. Más tarde cambió de propietario

y fue la sede del Banco Urquijo en los años ochenta del siglo XX, lugar en donde se

cometió el asesinato de los marqueses de Urquijo, un crimen que siempre permaneció

sin resolver y rodeado de misterio. Destino trágico, en fin, de los inquilinos o

propietarios de dicha vivienda, que, actualmente, es la sede del Ministerio de Cultura.

Al lado del cuerpo rectangular inicial con las siete chimeneas y la gran cornisa de

ladrillo, donde destaca la sobriedad de la edificación tradicional de los Austria,

conserva unas columnas clásicas a modo de ornamentación. Y también destaca el

gran torreón de la ampliación, con su galería clásica en ladrillo en la parte superior, la

balconada con decoración renacentista en piedra y el gran arco de entrada, de corte

clásico, de medio punto, con sillares almohadillados.

 

El regreso de la Corte y del rey a la ciudad no sólo fue el reconocimiento de un

error; fue, sobre todo, la consolidación definitiva de Madrid como la urbe más

importante del mundo.

También se celebró una boda más en 1607. Porque Clarita aceptó casarse con el

cómico Miguel Argote, actor principal del Corral del Príncipe, del que se había

enamorado tras verse asaeteada por su mirada húmeda y el brillo de unas pupilas que

encandilaban desde el escenario y que de cerca abrasaban, por su osadía. Huérfana

como era, y con una dote considerable por la herencia familiar, el cómico se fijó en su

fino talle, en sus pies pequeños, en su rostro de inocencia y en su mirar desinhibido,

tan arriesgado como el suyo, o tal vez pudiera ser que más, y no tardó en cortejarla y

requebrarla hasta que ella dio un sí que llevaba guardado en el camafeo de su corazón

desde hacía mucho tiempo.

La boda se celebró en el convento de la Piedad Bernarda una mañana fría y sin

sol que no impidió que la novia luciera un vestido fino sin más abrigo que la cubriese.

Seguía sin sentir frío ni calor, nada que alterase su imperturbable sensación corporal.

En la ceremonia, María de Tormes ofició de madrina con solemnidad e

imperturbabilidad, seria y sin emoción alguna, con la firmeza que la caracterizaba,

mientras que Diego, en Italia, tuvo conocimiento del enlace por una carta que le

escribió la propia niña informándole de su inminente contrato nupcial, dejando bien

claro que se lo comunicaba porque era su deber de buena amiga, nada más que por

ello, y acabando la misiva con un entrañable abrazo de hermana.

«Las estrellas son pájaros de vidrio que vuelan muy alto, allá donde se pierde la

mirada de los hombres, ¿recuerdas? —le escribió Clara en su carta—. Tú mismo me

lo decías a los pies de la iglesia de Santiago cuando éramos niños. Pero estabas

equivocado, mi querido Diego. El pájaro de vidrio es el amor, y por eso se rompe

tanto con las mudanzas. Ahora voy a conservar el mío para mi esposo, se llama

Miguel Argote, que, aun siendo quizá frágil, quiero que adorne mi vida por el resto

de los días que me conceda vivir el Señor. Te aseguro que es un hombre bueno y de

palabra, y eso, a mí, me basta».

 

Durante la noche de bodas, Miguel Argote le dijo a Clarita que le hubiera gustado

casarse en el convento de Santa Isabel. Lo dijo entre risas, y como Clarita no comprendió a qué venía la humorada de su esposo, se lo preguntó:

—No sé qué es lo que tanta gracia te hace…

—Es que me he acordado de un suceso que me han contado y todavía no puedo

evitar divertirme.

—Pues cuéntame, esposo, que hoy es noche de muchas alegrías y quiero

compartirlo todo contigo.

—¿No te asustarás?

—¿Y por qué habría de asustarme?

—Porque a mí me mueve a risa, pero a otros les llena de pavor. ¿Conoces la

historia de doña Prudencia Grillo?

—No.

—Era una mujer que vivía en la calle del Príncipe, durante el reinado de don

Felipe II, nuestro señor.

—¿Y qué cuento hay con esa tal doña Prudencia?

—Divertido, muy divertido. —Volvió a reír Miguel Argote—. Dicen que era una

joven muy bella y muy rica, hija de un banquero.

—¿Y qué más?

—Que, siendo tal, se enamoró de un pobre alférez, un tal Martín de Ávila, tan

joven y apuesto como ella. Pero con la mala fortuna que le correspondió embarcarse

en la armada de nuestro rey que se dirigió a invadir Inglaterra.

—De eso tuve noticias, sí. Una escuadra invencible.

—Eso decían —cabeceó Argote—. Pero el caso es que la despedida entre ambos

estuvo llena de lágrimas y dolor, él por tener que partir a la guerra y ella por no poder

impedirlo. Y, ante tal situación, el joven alférez no tuvo mejor ocurrencia que

prometerle que si algo malo le ocurriese, ella sería la primera en saberlo, porque

enviaría a su espíritu para que, atravesando puertas y paredes, arrojara un cajón de la

cómoda al suelo en señal de desgracia.

—Me parece que ahora entiendo tus risas, esposo. Burlón era el señor alférez.

—Y eso no es todo —siguió Miguel—. Porque una noche la tal Prudencia se

despertó muy de medianoche, presintió que algo malo le había ocurrido a su amado y

no tuvo mejor ocurrencia que salir corriendo de su estancia para no presenciar la

caída del cajón. Pero no le dio tiempo: el cajón se desprendió de la cómoda, cayó al

suelo con estrépito y ella se volcó en lágrimas.

—¿Y cómo acabó el cuento?

—Pues aunque sea difícil de creer, todos dicen que es verdad lo que se cuenta.

Porque días después llegaron de El Escorial noticias de la derrota de la escuadra

naval y la relación de bajas, entre las que se encontraba el alférez don Martín.

—Pues, siendo así, no le veo la gracia —se desentendió Clarita.

—Mujer, porque no hay quien pueda creerse suceso así con fantasma incluido,

por tal me río. Y porque, además, lo cierto es que la joven Prudencia ingresó en un

convento y hoy es superiora del de Santa Isabel, y, según dicen, ella sigue asegurando que aquello es cierto. Por eso me divertía tanto la broma… Si nos hubiéramos

desposado allí, le habría preguntado por el hecho. Porque gracia tiene, ¿o no?

—Lo que no tiene gracia —replicó seriamente Clarita, con un gesto grave—, es

que sea nuestra noche de bodas y tú andes entreteniendo a tu esposa con cuentos de

fantasmas en lugar de estar a lo que tendrías que estar.

—Ay, mujer —asintió Miguel Argote—. Ni una. Ya veo que no me vas a pasar ni

una… Quién me mandaría a mí meterme en estas cosas del matrimonio…

—¡Miguel…!

—Ay, esposa mía. —El marido inició sus arrumacos—. Con lo que yo te quiero…

 

Juan Posada e Inés Sánchez formaban también un matrimonio muy bien avenido.

Compartían casa con María, su madre y suegra respectivamente, y atendían con

agrado las recomendaciones de la vieja mujer para que ampliaran un negocio que a la

legua se veía próspero. Y, convencidos también de ello, en 1610 se abrió al público la

Posada del Peine en la calle del Vicario Viejo, que después pasó a llamarse Marqués

Viudo de Pontejos, junto a la principal parada de diligencias de la capital en la

contigua calle Postas, denominada así por ser el destino de viajes y de mercaderías.

Formada por tres edificios contiguos, la posada llegó a ser el más importante

establecimiento hotelero de Madrid de su tiempo, y su nombre respondía al hecho de

que colgaba un peine del techo de cada una de sus habitaciones, atado a un cordel

para que los viajeros no se lo llevaran, algo que a María le había hecho mucha gracia

cuando lo conoció a su llegada a Madrid y también porque pensó que la existencia del

peine era un servicio añadido al lujo de los aposentos, lo que a buen seguro sus

huéspedes agradecerían y tal vez comentarían jocosos, extendiendo así la fama de la

nueva posada madrileña.

Recordando su propia vida y rememorando lo que tantas veces había relatado

Guzmán de Tarazona, el ilustrado amigo de la familia, doña María amenizaba las

sobremesas y los ratos de esparcimiento contándole a su nuera Inés las múltiples

curiosidades que había llegado a conocer de la ciudad de Madrid, algunas de ellas

sumidas ya en las neblinas del tiempo o borrosas por los muchos días transcurridos

desde que las conoció, porque lo cierto es que la memoria se esconde con los años en

lugares de difícil acceso y lo que se trata de rebuscar a trompicones lo dificulta aún

más la natural torpeza de la edad. Pero lo que el tiempo difumina, el ingenio suplanta,

y así doña María tenía conversación grata con la que entretenía a su nuera en las

horas pausadas en que se sentaban a descansar.

—Decía don Guzmán, el padre de Diego, que aquí vivió hace seiscientos años un

sabio astrónomo llamado Abul-Qasim Maslama, que, además, era matemático y

dirigía las siete escuelas de Astronomía que había en Madrid. ¿No te parece

asombroso?

—¡Siete escuelas!

—¡Y hace ya seiscientos años!

—No puede ser. Nadie se acordaría… ¿Seiscientos años? ¿Tanto tiempo? —Inés

no era capaz de calcular cuánto era eso y le parecía una eternidad.

—Sí, sí, así lo aseguraba don Guzmán. Porque, si mal no recuerdo, el pobre Abul-

Qasim murió en el año de 1008 en Córdoba, y ahora estamos en 1610, o sea que

figúrate lo que ha llovido desde entonces. Era tan popular que le conocían como

Abdul al-Maierit, que quiere decir «el madrileño».

—¡Un infiel madrileño! —se escandalizaba Inés.

—¡Pues claro! ¿Qué te crees? Madrid fue una ciudad árabe hasta que el rey

Alfonso VI la hizo suya, y sólo desde entonces es una ciudad cristiana.

—Menos mal. —Se santiguó Inés, confortada—. Y bendito sea don Alfonso VI.

—Bueno, no tan bendito. —María se levantó para beber un vaso de agua del

cántaro que tenía sobre la mesa.

—¿Por qué dice eso, señora?

—Porque ese rey, tan célebre, anduvo jugando con nuestra ciudad a su antojo. —

María alzó las cejas y negó repetidas veces con la cabeza—. Repara en que primero

donó la hondonada de San Martín al abad de Silos, más tarde cedió la Rinconada de

Perales al arzobispo de Toledo y después… ¡yo qué sé cuántas cosas más! No me

extraña que no tardaran ni cien años los infieles en volver a entrar al asalto en Madrid

e incendiar la ciudad. Si no la querían los reyes cristianos, ¿para qué iban a quererla

los moros, debieron de pensar? Por eso en el año del Señor de 1109 la arrasaron, la

dieron fuego, se fueron prestos y no dejaron ni cuatro casas.

—No lo entiendo. —Se alzó de hombros Inés y también dio un sorbo de agua de

su vaso—. Con lo bonita que es nuestra ciudad.

—Muy bonita, sí, todo lo que tú quieras, pero fue moneda de cambio siempre,

hija —cabeceó María, lamentándolo—. Así ha sido durante muchos años. Luego,

claro, catorce años después el rey Alfonso VII se arrepintió de los malos actos de su

padre y otorgó el primer fuero a Madrid. Esto debió de ocurrir… déjame que me

acuerde de lo que decía don Guzmán… Sí, allá por el año 1123, sí. Eso es. Desde

entonces ya fue una ciudad, pero hasta entonces…

—Ay, señora María… —suspiró Inés—. ¡Cuántas cosas sabe usted!

—No tantas, no tantas —respondió la mujer, arqueando las cejas, con evidente

modestia—. Pero lo que sé con certeza es que tenemos que ir a ver en qué anda tu

esposo porque, si mi hijo sale a su padre, te aseguro que estos hombres no saben nada

de cómo llevar un negocio. Bueno, ni él ni ninguno. Si no fuera por nosotras…

 

A pesar de la mala opinión que María decía tener de su hijo, lo cierto fue que Juan

Posada puso en pie la más importante fonda hostelera de Madrid y la que mejor

atravesó las incertidumbres de los tiempos, convirtiéndose en ejemplo para otras

muchas que se fueron abriendo en la villa y en otras muchas ciudades de Europa. Tanto fue así que la estirpe de los Posada mantuvo el negocio, de generación en

generación, durante siglo y medio, hasta que finalizando el siglo XVIII, allá por 1796,

adquirieron la Posada del Peine unos nuevos propietarios, los hermanos Espino,

ilusionados con ella y con la ambición necesaria para mejorar aún más el

establecimiento.

Lo primero que hicieron los Espino fue solicitar una licencia para alzar una nueva

planta a la posada y contratar a un arquitecto, a la sazón el estirado y escrupuloso don

Francisco Álvarez Acevedo, para que llevara a cabo la ampliación, lo que hizo con

dedicación y meticulosidad aunque también disgustado continuamente con los

albañiles, hasta el punto de que despidió a decenas de ellos hasta ir encontrando los

que satisfacían sus gustos y obedecían sus órdenes sin rechistar y con presteza. Y sin

ahorrar tampoco múltiples discusiones con el arquitecto municipal encargado de

vigilar la obra, el célebre Juan de Villanueva, que soportó al arquitecto Acevedo más

de lo que pensó nunca que pudiera resistir. Finalmente el trabajo se culminó a la

perfección y la posada continuó siendo la mejor de cuantas daban hospedaje en la

capital de España.

Muy poco después, en 1803, volvió a ampliarse la casa por la necesidad de

aumentar aposentos para su mucha clientela y para ello los hermanos Espino

adquirieron una casa situada al lado justo de la posada, pero ya sin Acevedo como

arquitecto. Luego, la Posada del Peine no se reformó de nuevo hasta 1863, cuando se

alzó una planta más y se elevó tres pisos sobre el terreno. Fue un afamado arquitecto

del momento, don Juan Antonio Sánchez, el autor de la elevación del inmueble y,

además, el diseñador de una reforma estructural de todo el edificio, necesitado de

apuntalamiento y de una fijación de su cimentación. En total, la posada contaba

entonces con ciento cincuenta habitaciones y seguía siendo una bandera madrileña

del prestigio.

Pero con ello no acabó su engrandecimiento. En 1892 sus nuevos dueños

volvieron a buscar una mejora de la imagen de la casa y, coincidiendo con la

conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento de América, uno de los tres

cuerpos que componían la edificación fue adornado en su parte superior con un

templete en el que se incrustó un gran reloj, maquinaria que con el tiempo acabó

destruyéndose, aunque siempre quedó el hueco en donde había estado colocada la

esfera. No es de extrañar, así, que después de muchos años y tras la existencia de

diversos propietarios del hotel, el edificio lo adquiriera a principios del siglo XX el

maestro relojero Girod para su fábrica de relojes, cuyo taller se instaló en la primera

planta de la gran casa, nuevamente reformada.

De la antigua posada sólo se siguieron conservando las fachadas de aquellos tres

edificios originales, con los tres estilos arquitectónicos diferentes que fueron dándose

a través de los tiempos. Pero todavía se podía seguir leyendo su nombre, el mismo

que con el paso de los años lo leyeron miles de madrileños y de forasteros, ilustres o

no, que se hospedaron en ella o pasaron junto a su fachada. De hecho, la Posada del Peine se mantuvo abierta al público y a pleno rendimiento hasta el año de 1970,

cuando la pátina del tiempo borró su esplendor y sus últimos propietarios decidieron

cerrar sus puertas. Aunque no de modo definitivo porque en el año 2006, ya en el

siglo XXI, situada a pocos metros de uno de los arcos de acceso a la Plaza Mayor de la

capital, muy cerca de la Puerta del Sol y frente al Palacio de Santa Cruz, sede del

Ministerio de Asuntos Exteriores, se reabrió de nuevo como un centro más de la

cadena hotelera madrileña High Tech. Por tanto, aquel sueño de Juan Posada, y de su

madre María de Tormes, continuó cuatro siglos después siendo una estrella más de la

historia de Madrid.

 

María de Tormes murió en 1619 a la edad de setenta y un años, víctima de un mal

aire que le atravesó los pulmones mientras tendía la ropa recién lavada en la trasera

de la posada.

Sintió el cuchillo del frío entrar por su espalda con la facilidad con que habría

entrado en un cubo de mantequilla, suavemente y sin resistencia, hasta los adentros

de su pecho, un cuchillo de los muchos que venían lanzados desde la sierra de

Guadarrama en noviembre, diciembre, enero, febrero y marzo. Lo sintió, pero no le

dio importancia. Otros muchos alfileres habían traspasado su toquilla durante tantos

años seguidos que de aquella nueva puñalada se olvidó. Pero aquella noche sintió,

antes de acostarse, un frío distinto, un frío en los huesos de las piernas que no sabía a

qué se debía, ni por qué sentía tan mal cuerpo, humedad en la nariz y un rosario de

estornudos que le causaron dolor de párpados y calentura en la frente. Pidió a su

nuera Inés una manta más, y luego otra. El frío no se le iba, sino que aumentaba más

y más mientras ardía su frente y su cuello como si todo hubiera engordado dentro de

ella y le costara respirar. De nuevo pidió otro favor: leche caliente. Pero ya no pudo

beberla. Cuando Inés se la llevó a su estancia María se sacudía en espasmos sobre la

cama, decía frases inconexas, se agitaba como una demente a la vez que pronunciaba

palabras soeces y, al fin, perdió el conocimiento. El físico que acudió a su lecho no

tardó en diagnosticar fiebres pulmonares y prescribió paños húmedos continuos sobre

la frente y una sangría.

Tres días después, sin recobrar el sentido, María de Tormes murió tras un

espasmo exagerado. Juan e Inés, acompañados de Clarita y su esposo, Miguel Argote,

la velaron la noche entera antes de comprar una sepultura en la cripta de San Ginés de

Arlés, en donde fue inhumada al día siguiente.

María había sido una mujer de gran carácter y con el don de comprender las

necesidades ajenas para satisfacerlas y, así, obtener de ello beneficios. Sin duda,

dominaba el arte del comercio, quizá por intuición, acaso por herencia familiar, si

bien nunca dio a conocer el oficio de su padre ni tan siquiera su procedencia y origen.

Un don natural, en todo caso, que transmitió poco a poco a su nuera Inés Sánchez y,

sobre todo a la mayor de sus nietas, Isabel, que desde muy pequeña ya se entendía a la perfección con su abuela y hacía preguntas ingeniosas que parecían inadecuadas

para su edad.

—Esta niña ha salido a mí —repetía María de Tormes.

—A la familia de los Posada, sí —respondía Inés.

—A quien sea —María insistía, sin replicar—. Lo que te aseguro es que en sus

manos la Posada del Peine sobrevivirá al paso del tiempo.

—Quizá, cuando se case, no quiera…

—Pues casada y todo azuzará a su hermano Juan para que la defienda, ya lo

verás.

—De eso estoy segura —aceptó Inés.

—Ya puedes estarlo —concluyó su suegra, María de Tormes.

Juan Posada e Inés tuvieron tres hijos: Isabel, Juan y María, nacidos entre 1628 y

1630. Y a ellos les facilitaron una educación elemental hasta que tuvieron edad para

empezar a ayudar en la posada. Y les contaron, como habían hecho sus padres con

ellos, las viejas historias de Madrid, la ciudad en que habían nacido y a la que tenían

que aprender a querer.

Porque todo madrileño, les aseguraron, tenía que amar por igual a su ciudad y a

sus vecinos, y del mismo modo a los forasteros que decidieran asentarse en ella. Era

una manera de ser que no debían ignorar, porque si ya en 1264 habían llegado

muchos mudéjares expulsados del valle del Guadalquivir y nadie les consideró

impuros ni extranjeros, con el paso del tiempo no era propio de un madrileño ser

descortés con nadie que buscara cobijo en Madrid.

—Hasta un regimiento de soldados forasteros quiso el rey Alfonso XI que se

acuartelaran para siempre aquí —remachaba Juan sus consejos—. Y si unos extraños

vinieron para defendernos y protegernos, ahora nos toca a nosotros proteger y

defender a los extraños.

—Pero la reina Isabel expulsó a los judíos de Madrid —objetó Isabel,

seguramente después de oírselo decir a su abuela María.

—Cierto —asintió Juan y, tras meditarlo unos segundos, aclaró—: Pero fue una

expulsión de todos los reinos de España, no sólo de Madrid. También así Madrid

obedeció a sus reyes, que eran suyos aunque doña Isabel naciera en el Madrigal de las

Altas Torres y don Fernando en el lejano Aragón. Además, mucho tenemos que

agradecer a nuestra reina Isabel: no tomó en cuenta que Madrid se sumara al bando

de doña Juana en la disputa sucesoria por Castilla, ni tampoco que se rebelara contra

ella al lado de los comuneros de Juan de Padilla. Al contrario, se conformó con

castigar con un año de cesantía a los miembros del Concejo y después volvió a

permitir la existencia de un nuevo corregidor y de un Concejo cuyos regidores eran

los mismos del anterior. Incluso les ayudó dándoles licencia para ordenar las vías de

Madrid y les facilitó la construcción de un matadero municipal que es el más grande,

variado, abundante y próspero de España.

Al entierro de María de Tormes acudió un gentío desmesurado. El cortejo funerario desde la Posada del Peine a la iglesia de San Ginés fue seguido por varios

centenares de personas que guardaron un silencio desacostumbrado mientras los

pilluelos, aprovechando la multitud, hicieron una saca sin precedentes de bolsas de

dinero a los compungidos asistentes a las honras fúnebres. Como consecuencia,

aquella misma noche el corregidor de la Villa dictó severas órdenes de policía para

poner fin a la pillería callejera, una disposición que logró poner entre rejas, en las

semanas siguientes, a pan y agua, a varios centenares de ladronzuelos.

 

Y eso que no era fácil dar con quienes, por un motivo u otro, decidían ocultarse

en las casas de Madrid. Porque sus casas, en lugar de ser construidas de un modo

natural, por causa de la llamada «regalía de aposento» se edificaban de un modo muy

particular, un invento de los madrileños más avispados que fue conocido con el

sobrenombre de «casas a la malicia».

Las casas a la malicia, o casas de incómoda partición, surgió por la decisión de

Felipe II de obligar a todo vecino «que no estuviera exento de hacerlo» a ceder una o

varias habitaciones a un funcionario real de los muchos que se instalaron en Madrid

cuando se convirtió en la sede de la Corte. Esos funcionarios tenían derecho a ocupar

la mitad de la superficie útil de la casa de una familia madrileña, y para evitar el

expolio, los vecinos se construían sus viviendas con habitaciones ocultas, o de difícil

acceso, de tal modo que no se vieran desde la calle, para que, a la hora de ceder esa

mitad útil, sólo se contabilizara lo que se mostraba, no lo que se ocultaba en altillos,

patios, traseras, corrales, buhardillas y toda clase de espacios que quedaran fuera de

lo que aparentaba ser la superficie útil. Esa manera de escamotear metros para evitar

la invasión de los funcionarios del rey era conocida por todos, pero imposible de

descubrir, lo que obligó a las autoridades a buscar una solución que no llegó hasta

muchos años después, con la Visita General de 1749, que realizó un catastro general a

toda la ciudad.

Porque las autoridades municipales, en concreto el Concejo y su corregidor,

fueron quienes propusieron tan molesta medida del realojo obligatorio. No se trató de

una orden surgida de una ocurrencia de Felipe II a su llegada a Madrid, sino que

fueron ellos mismos quienes ofrecieron tal regalía al rey como contrapartida a que

Madrid fuera la capital del reino y la Corte se instalara de manera definitiva en la

ciudad. Como era natural pensar, y así lo pensaron de inmediato los madrileños, los

miembros del Concejo se libraron de tal invasión porque se declararon exentos de

aquella carga de la cesión del aposento obligado, no en balde lo formaban miembros

destacados de la burguesía local y lo propusieron sin temor a quedar afectados por la

norma. Ellos estaban exentos de cumplirla, lo que fue conocido y criticado por

muchos vecinos, optando por reformar sus casas con estancias ocultas, para

contrarrestar la injusticia y el abuso de las autoridades.

Otras familias y otras viviendas también consiguieron librarse del huésped engorroso: fueron las casas pequeñas, las de difícil partición, las que decidieron pagar

una suma al Concejo para quedar exentas y los propietarios que donaron una buena

cantidad de dineros directamente al rey. Pero librarse de todo coste no fue tan fácil,

porque las viviendas pequeñas y las de difícil partición tenían que sustituir el

hospedaje imposible por un canon, a modo de alquiler, pagadero al Concejo, lo que

en todo caso era de agradecer porque en cualquier caso resultaba preferible pagarlo a

tener que soportar a un emperifollado funcionario campando por la casa a todas

horas, cualquiera que fuera el humor con que se levantara cada día.

Esta fue la causa de que Madrid se llenara de casas pequeñas o de estructura

compleja y de difícil partición, las que fueron conocidas por todos como las «casas a

la malicia». Y es que Madrid pasó de tener dos mil quinientas casas en 1561 a más de

diez mil en 1618, muchas de ellas de tal guisa o malicia. Todo hasta que, desde 1759

a 1769, se levantó la Planimetría General de Madrid, tras una exhaustiva visita a

todas las casas, que, una vez revisadas, eran marcadas con un azulejo, un azulejo que

siguieron conservando muchas de ellas a través de los tiempos.

 

Clara y su esposo Miguel Argote, desde la muerte de doña María, pasaban mucho

más tiempo en la posada, acompañando a Juan y a Inés. Él, aunque tenía que dedicar

muchas mañanas y casi todas las tardes a su oficio en el Corral del Príncipe,

ensayando las obras que representaba, o actuando en ellas, no dejaba pasar ocasión de

acompañar a su mujer de visita a casa de los Posada, y muchas veces hacían

consideraciones acerca de qué sería de Diego, el hijo de Guzmán y de Clara, del que

no tenían noticias desde su marcha a Bolonia para estudiar leyes. Sólo un año

recibieron una carta por Navidad, llena de saludos y buenos deseos, pero nada sabían

de la marcha de sus estudios, del ejercicio de su profesión, de sus ideas de regreso o

de si había cambiado de estado.

Miguel se había convertido en el actor más popular de Madrid. Clara, por su

parte, atendía la casa con esmero y esperaba el momento de concebir un hijo, lo que

le estaba resultando difícil. Su marido lo achacaba a la manía, heredada de su padre,

de no abrigarse en invierno ni de aligerar sus ropas en verano, y aunque aseguraba

que nunca tenía frío por muy crudo que fuera enero ni calor por muy asfixiante que

saliera julio, lo cierto era que aquella naturaleza ajena a la temperatura del ambiente

era una rareza a la que podía culparse de cualquier cosa, incluida su gran dificultad

para engendrar una nueva vida.

En ocasiones Miguel regresaba tarde a casa, aunque lo que más le gustaba era

compartir la cena con Clara. Y entonces trasnochaban mientras él le contaba, con

todo lujo de detalles, que había sido presentado a un escritor, o a un pintor, o a un

autor teatral, y que no le había quedado más remedio que compartir con cualquiera de

ellos horas de conversación en tabernas, ante jarras de vino y platos de queso,

oyéndolos disertar acerca de la bondad de las obras propias y de la zafiedad de las ajenas, lo que a Miguel le divertía en grado sumo porque le recordaba las opiniones

que unos actores tenían de otros, siempre criticándose entre ellos.

Hasta que una noche tardó más de la cuenta en regresar a casa y a Clara le asaltó

un rosario de temores y una ristra de malos pensamientos. Unos miedos injustificados

al principio, pero que pronto se hicieron de roca cuando oyó unas voces acercándose

a la casa y luego varios golpes apresurados a la aldaba de su puerta.

—¡Abrid, señora! —gritó alguien—. ¡Abrid!

Clara corrió a mirar por la mirilla y después se apresuró a descorrer el gran

cerrojo.

—¡Dios mío!

—Es su marido, señora —informó uno de los hombres que lo traían en volandas

—. Ha sido herido.

—¡Miguel!

—Ha sido ahí, junto al palacio del secretario de Indias, ante la casa de las Siete

Chimeneas. Cuando lo hemos visto, estaba postrado de rodillas, a punto de

desfallecer. Unos malhechores le han herido para robarle.

Miguel sangraba abundantemente por el costado izquierdo, pero no había perdido

el conocimiento. Pidió calma a su mujer y pidió que le tendieran en su cama y

avisaran al cirujano. Clara, pálida como la luna que aquella noche iluminaba los

cielos, rogó a los hombres que lo traían que cumplieran con lo que pedía su marido y

puso agua a hervir, para limpiar la herida y cortar la hemorragia.

—Ha sido ahí al lado —dijo él, tomándola de la mano—. Unos villanos cubiertos

con grandes capas me han apuñalado y después me han robado la bolsa.

—¿Y la guardia, los alguaciles?

—Nadie había. La calle quedó vacía y yo no he tenido fuerzas para alzarme ni

para pedir auxilio. Menos mal que estos buenos hombres, pasado un buen rato, han

acudido en mi auxilio. Tendrás que darles una gratificación. Si no hubiera sido por

ellos, habría muerto sobre el empedrado.

—No es necesario, señora —dijo el más robusto, que parecía hablar en nombre de

todos—. Es lo menos que podíamos hacer por el actor que mejores ratos nos ha hecho

pasar en el Príncipe.

—Muchas gracias, señores. Son ustedes muy amables.

—Pronto vendrá el cirujano, señora. ¿Necesita algo más?

—No, no, muchas gracias. Y tengan cuidado. Las noches de luna llena invocan

locuras hasta en los hombres sensatos.

—Pierda cuidado, señora. Ya nos retiramos a nuestras casas.

Aquella herida no resultó grave y tardó poco en curarse. Pero desde entonces

Miguel Argote procuró volver a casa pronto o, de retrasarse, dejarse acompañar, bien

por la cojera de don Francisco de Quevedo, por la arrogancia de don Luis de

Góngora, por el soldadesco humor de don Miguel de Cervantes, por la verborrea de

don Félix Lope de Vega, por la amena conversación de don Diego Velázquez o por muchos otros de los autores, escultores, pintores, músicos y filósofos que trabajaban

en aquellos tiempos en la ciudad; o incluso custodiado por algunos de los compañeros

del Príncipe que no querían dejar solo a su actor protagonista para no tener que volver

a suspender funciones por causa de otro mal encuentro.

Por eso fueron muchos los anocheceres que Miguel y Clara pasaron de visita en

casa de Juan e Inés, merendando o conversando en una silla junto a la puerta de

entrada, a la fresca de las noches más caliginosas de los meses estivales. Para algunos

huéspedes, encontrar en la posada al gran cómico Miguel Argote era un aliciente más

para volver a la posada en cuanto ocasión tuvieran de viajar otra vez a Madrid, y no

eran pocos los vecinos madrileños que se sumaban al corrillo de la noche sólo para

oír la voz armoniosa y rotunda del cómico, deleitándose con las historias que contaba,

muy diferentes, pero igual de entretenidas, que las que recitaba por las tardes subido a

las tablas del escenario del corral.

—¿Conocéis a don Diego Velázquez, señor? —quiso saber un vecino.

—Hábil con los pinceles, sí señores —respondió él.

—¿Y de amable, lo es mucho? —preguntó otro.

—Siempre que se halague su destreza, mucho —sonrió él—. Pero no se les ocurra

compararle con otro maestro pintor, señores; saldría entonces su carácter agrio y

aumentaría la frecuencia de su parpadeo.

—¿Como si fuera un cómico? —se aventuró a decir, sarcástica, una vecina.

—De igual modo, sí —concluyó Argote, sin saber si sonreír o dar por acabada la

conversación—. De todos modos, ¡cómo les gusta a ustedes criticar, señores!

—¡Es que la crítica une mucho, maestro!

Otras veces le rogaban que recitase alguna escena de las obras que representaba,

de Lope de Vega, como El acero de Madrid, La discreta enamorada o El villano en

su rincón. Pero él se resistía a poner en riesgo su voz al relente de la noche o a la

polvareda de la calle reseca y, en compensación, alguna noche, sólo alguna noche, se

mostraba condescendiente y entonces distraía a sus contertulios con algún poemilla

de Quevedo o con alguna de sus más afiladas obras poéticas, aquellas que dirigía a su

a veces amigo y otras veces odiado Luis de Góngora, el de la prominente nariz, y que

clavaba como puñales en el centro de su antipático ego. La más celebrada era,

siempre, la acidez de aquel soneto que decía: Érase un hombre a una nariz pegado,/

érase una nariz superlativa,/érase una alquitara medio viva,/érase un peje espada

mal barbado;/era un reloj de sol mal encarado,/érase un elefante boca arriba,/érase

una nariz sayón y escriba,/un Ovidio Nasón mal narigado./ Érase el espolón de una

galera,/érase una pirámide de Egito,/los doce tribus de narices era;/érase un

naricísimo infinito,/frisón archinariz, caratulera,/sabañón garrafal, morado y frito.

Un soneto que a Miguel Argote le gustaba recitar a su modo, rehecho, que incluso se

celebraba más que el original del cojo y frecuentemente malhumorado don Francisco.

 

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa;

érase una nariz sayón y escriba;

érase un pez espada muy barbado;

era un reloj de sol mal encarado.

Érase una alquitara pensativa;

érase un elefante boca arriba;

era Ovidio Nasón más naridado.

Érase el espolón de una galera;

érase una pirámide de Egito,

los doce tribus de narices era;

érase un naricísimo infinito,

muchísima nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

 

Al margen de estos requerimientos al cómico por parte de algunos vecinos, de lo

que más se conversaba en aquellas noches en que se reunían los amigos a la puerta de

la Posada del Peine era de los acontecimientos que vivía Madrid, de las noticias que

llegaban del Concejo y de las decisiones del rey en lo que se refería a la ciudad.

—Hoy hay nuevas de interés, señores —anunció el cómico.

—¡Reunión de gatos! —exclamó alborozado uno de los contertulios—. Contad,

señor, contad…

—¿Gatos? —se interesó Argote, sin saber a qué se refería aquel paisano.

—¿Acaso no sabéis que nosotros somos gatos? ¿Vos no?

—Pues no lo sé —alzó los hombros y arrugó los labios—. Si no os explicáis…

Y entonces uno de los presentes, Isidro Calatrava, ataviado con su camisola

blanca, faja a la cintura que recogía su estómago prominente, bombachos de tela

negra, albarcas de esparto y un rostro orondo y de triple papada que se enmarcaba

con unas patillas tan generosas como alborotadas, suspiró lamentando la ignorancia

del cómico y, tras carraspear, trató de hacerse entender.

—Gatos somos los madrileños con padres que también fueron madrileños. ¿Los

de vuecencia no lo son?

—Sí, yo nací en Madrid —respondió Argote—. Pero mis padres, no. Ellos

vinieron a la Corte desde Valladolid, donde crecieron. Pero nacieron en Medina.

—Entonces no sois gato —sonrió Isidro con una sonrisa de medio lado con la que

trataba de mostrar un aire de superioridad.

—¿Y vos sí, don Isidro?

—De padre y madre, sí señor —sonrió aún más satisfecho—. De abuelos no,

claro… Eso, en Madrid, sería mucho pedir.

—¿Pero qué diablos es eso de presumir de gato? —insistió el cómico—. No le

veo mérito ni causa de regocijo. ¿No es preferible ser cristiano?

—¡Oiga, oiga, que a mí, a cristiano, no me gana nadie! —respondió el madrileño irritado—. Pero también soy gato, mira este…

—Sigo sin comprender lo que decís, señor —se resignó Argote.

—Porque no sabéis nada, señor actor. —Isidro dejó escapar sus malas pulgas—.

Los madrileños nos gusta denominarnos gatos en honor a un gran antepasado nuestro,

un hombre excepcional. ¿Acaso no conocéis su historia?

—Lo lamento —admitió Miguel—. Pero estoy seguro de que me la vais a relatar

ahora mismo…

—Pues sea —se ajustó Isidro Calatrava el fajín y sacó pecho para hablar.

Los demás se arremolinaron en torno a él, unos para conocer también la historia,

otros para refrescar la memoria que tenían desbaratada y unos pocos para escuchar al

gran contador de acaecidos que siempre era Isidro. Y el hombre, orgulloso de la

atención que había concitado, no ahorró detalles para explicar que fue Muhammad I,

el hijo de Abderramán II, quien protegió Madrid con una muralla que, en efecto,

defendió la Villa durante más de doscientos años. Aquella monumental muralla se

levantó en el año 865 y no fue hasta el año del Señor de 1083 cuando el rey

Alfonso VI tuvo que enfrentarse a ella. Bueno, en realidad no iba a hacerlo: de hecho,

su intención era tomar Toledo para la cristiandad, pero alguien le dio aviso de que a

sus espaldas quedaba una guarnición fortificada musulmana, llamada Magerit, o

Mayrit, y que sería conveniente tomarla también para no dejar al enemigo armado

tras ellos.

—El caso, señores, es que Alfonso VI sitió Madrid, pero no supo cómo tomarla

porque su muralla la defendía tan bien que intentarlo era un riesgo demasiado elevado

para la vida de sus hombres.

—¿Y qué hizo?

—La muralla era alta por todos sus lados —siguió narrando Isidro—, pero por

uno de ellos era tan imponente que ni siquiera estaba defendida porque los infieles

daban por sentada la imposibilidad de escalarla. Con lo que no contaban era con que

un joven, madrileño además, y harto de soportar la tiranía de los musulmanes, huyó

de la ciudad, se unió a los cristianos y, sin encomendarse a nadie ni pedir licencia al

rey, comenzó a escalar el desguarnecido muro ante la mirada atónita del resto de la

soldadesca, horadando mientras ascendía huecos en la muralla con su cuchillo para

que los ejércitos reales siguieran sus pasos sin dificultades al escalar.

—Qué hábil…

—Sí. Y alcanzó la cima, arrojó una soga por la pared y la ascensión en tropel de

los soldados de Alfonso VI fue tan veloz que la acción del muchacho facilitó al rey

una rápida victoria. Se llamaba Gato, eso dijo cuando fue preguntado. O así lo

llamaron por su demostrada agilidad, nunca se supo con certeza. Pero a partir de

aquel momento adquirió el nombre de Gato y él y sus descendientes usaron aquel

nombre e incluso dibujaron un gato y una daga en su escudo de armas.

—Qué cosas…

—Así es —concluyó Isidro—. A nadie extrañó, por tanto, en Madrid que el mejor homenaje a un madrileño fuera ser considerado gato y, como tal gato, valiente y

arrojado, igual que aquel muchacho. Y su linaje, el de los Gatos, fuera tan popular,

para siempre. Un orgullo madrileño que los vecinos fueron conocidos como tales

siempre que fueran gatos-gatos, es decir, madrileños de nacimiento con padre y

madre también nacidos en Madrid.

Aquella explicación gustó a Miguel Argote y a cuantos, aquella noche de calor

estival, se reunieron ante la Posada del Peine para, sentados a su puerta, pasar las

horas de ardentía y bochorno hasta que la fresca diera licencia para enfilar la cama y

disponerse a dormir. Y cuando al cabo se disolvió el corrillo, muchos marcharon

orgullosos de ser gatos y decididos a repetir a familia y amigos la historia que esa

noche se les había dado a conocer.

Y otros, que no lo eran, diciéndose para ellos mismos que presumirían de serlo y

dispuestos a adjudicarse el calificativo felino, aunque fuesen unos recién llegados a

Madrid o sus padres fueran los que llegaran antaño de otras lejanas geografías.