Majipur 4 - Valentine Pontífice
Capítulo 4
Mil kilómetros al este de la ciudad cristalina de Dulorn, en el valle cenagoso denominado Prestimion donde varios centenares de familias de raza gayrog cultivaban arroz y lusavándula en plantaciones muy diseminadas, la época de la cosecha de mediados de año estaba aproximándose. Las vainas de lusavándula, lustrosas, abultadas y negras, casi maduras, pendían en gruesos racimos en los extremos de tallos curvados que sobresalían de los campos semisumergidos.
Para Aximaan Threysz, la campesina más vieja y astuta del valle de Prestimion, esa cosecha representaba una excitación que hacía décadas no experimentaba. El experimento de desarrollo protoplástico que ella iniciara tres estaciones antes bajo la guía del delegado agrícola del gobierno estaba llegando a su culminación. En esa cosecha Aximaan había dedicado toda la plantación a la nueva especie de lusavándula: y allí estaban las vainas, ¡de tamaño doble que el normal, listas para ser arrancadas! Ningún otro campesino del valle se había aventurado a correr el riesgo, no hasta que Aximaan Threysz hubiera puesto en práctica el método. Y ya lo había hecho, pronto quedaría confirmado el éxito y todos llorarían, ¡oh, sí!, cuando ella se presentara en el mercado una semana antes que cualquiera con la cantidad acostumbrada de semillas.
Hundida en el barro junto al borde de la plantación, mientras apretaba los rebordes de sus dedos a las vainas más próximas e intentaba determinar el momento oportuno para la recolecta, vio que uno de los hijos de su primogénito se acercaba corriendo para darle una noticia.
–¡Padre quiere que te diga lo que acaba de oír en la ciudad! ¡El delegado agrícola salió de Mazadone y viene hacia aquí! Ya está en Helkaplod.
Mañana llegará a Sijanil.
–Entonces estará en el valle el Día Segundo -repuso Aximaan-.
Estupendo. ¡Perfecto! – Su lengua bífida se agitó-. Vete, hijo, vuelve con tu padre. Dile que el Día Marino celebraremos la fiesta en honor del delegado y que empezaremos la cosecha el Día Cuarto. Y quiero que toda la familia esté reunida en la casa dentro de media hora. ¡Venga, vete! ¡Corre!
La plantación pertenecía a la familia de Aximaan Threysz desde la época de lord Confalume. Ocupaba una zona en forma aproximadamente triangular que se extendía cerca de ocho kilómetros a lo largo de las orillas
de la Corriente de Havilbove, se desviaba hacia el sudeste casi hasta los lindes de la Reserva del Bosque de Mazadone y describía curvas tortuosas que la llevaban de nuevo al río en el norte. En esa zona Aximaan Threysz era ama y señora y regía los destinos de sus cinco hijos, sus nueve hijas, sus incontables nietos y las más de veinte liis y vroones que trabajaban de peones para ella. Cuando Aximaan decía que era el momento de sembrar, todos salían y sembraban. Cuando Aximaan decía que era el momento de la cosecha, todos salían y cosechaban. En la casona situada junto a la arboleda de androdragmas, la comida se servía cuando Aximaan se sentaba a la mesa, fuera cual fuese la hora. Incluso el horario de reposo de la familia estaba sujeto a los mandatos de Aximaan; los gayrogs invernan, pero ella no podía consentir que la familia entera estuviera dormida a la misma hora. El hijo mayor sabía que él siempre debía estar en vela durante las seis primeras semanas del reposo invernal anual de su madre. La hija mayor tomaba el mando durante las otras seis semanas. Aximaan Threysz concedía horas de reposo al resto de miembros de la familia de acuerdo con su criterio sobre lo que convenía a las necesidades de la plantación. Nadie ponía reparos, nunca. Incluso en la época de su juventud (en años increíblemente lejanos, cuando Ossier era Pontífice y lord Tyeveras ocupaba el Castillo) Aximaan había sido la única a la que todos recurrían, hasta su padre, hasta su compañero, en momentos de crisis. Ella había vivido más que esos familiares, incluso más que algunos de sus descendientes, muchas Coronas habían pasado por el Monte del Castillo y a pesar de ello Aximaan Threysz seguía viviendo. Su piel escamosa y recia había perdido el lustre hasta adoptar un tono purpurino con el paso de los años, las serpientes carnosas inquietas que eran su cabello habían pasado del azabache al gris claro, sus ojos fríos y verdes se habían vuelto turbios y lechosos, pero pese a todo Aximaan no dejaba de ocuparse de las tareas rutinarias de la hacienda. Nada de valor podía cultivarse en aquel terreno aparte del arroz y la lusavándula, e incluso estos cultivos presentaban dificultades. Los temporales del norte remoto llegaban con facilidad a la provincia de Dulorn a través del gran túnel de la Fractura y, aunque la ciudad de Dulorn en sí se hallaba en zona seca, el territorio occidental, ampliamente regado y muy aprovechado, era fértil y rico. Pero la región del Valle de Prestimion, en el lado oriental de la Fractura, era un lugar por completo distinto, húmedo y pantanoso, con un suelo de espeso mantillo azulado. Sin embargo, si se elegía bien el
momento, era posible plantar arroz al final del invierno, poco antes de los chaparrones de primavera, y sembrar lusavándula cuando acababa esta estación y también en las últimas semanas de otoño. Nadie en la región conocía el ritmo de las estaciones mejor que Aximaan Threysz y tan sólo los campesinos más imprudentes llevaban al campo las semillas antes de saber que ella había iniciado la siembra.
Pese a su carácter dominante, pese a prestigio y autoridad arrolladores, Aximaan poseía un rasgo que resultaba incomprensible a los pobladores del valle: respetaba al delegado agrícola provincial como si él fuera la fuente de toda sabiduría y ella la aprendiza menos capacitada. En dos o tres ocasiones por el año el delegado abandonaba la capital de la provincia, Mazadone, para hacer un recorrido de las marismas, y su primer alto en el valle era siempre la plantación de Aximaan Threysz. La gayrog le ofrecía alojamiento en la mansión, abría un barril de vino flamígero y otro de aguardiente de nika, ordenaba a sus nietos que fueran a la Corriente de Havilbove para cazar hiktiganos, los sabrosos animalillos que correteaban por las rocas de los rápidos, y hacía descongelar y asar con aromática leña de zuale una buena ración de filetes de bidlak. Y cuando acababa el festín, Aximaan se retiraba con el delegado y conversaba con él hasta bien entrada la noche temas tales como fertilizantes, injertos y maquinaria agrícola, mientras dos de sus hijas, Heynok, y Jarnok, tomaban nota hasta de la última palabra sentadas junto a su madre.
A todo el mundo le extrañaba que Aximaan Threysz, indudablemente más experta en el cultivo de lusavándula que cualquier persona, se preocupara tanto por lo que un insignificante funcionario pudiera explicarle.
Pero su familia conocía el porqué.
–Tenemos nuestras costumbres y nos mantenemos fijos en ellas -solía decir Aximaan-. Hacemos lo que hemos hecho antes, porque nos ha dado resultado antes. Plantamos las semillas, atendemos las plantas, vigilamos la maduración, recogemos los frutos y después volvemos a empezar de la misma forma. Y si una cosecha no es peor que la anterior, opinamos que estamos haciéndolo bien. Pero fallamos en realidad si tan sólo igualamos lo hecho hasta entonces. Imposible quedarse parado, en este mundo: quedarse parado es hundirse en el barro.
Tal era el motivo de que Aximaan Threysz estuviera suscrita a las publicaciones sobre agricultura, enviara algún nieto a la universidad de vez
en cuando y prestara mucha atención a lo que el delegado provincial tenía que decir. Y año tras año el método de cultivo de sus tierras sufría pequeños cambios, los sacos de semillas de lusavándula que Aximaan enviaba al mercado de Mazadone eran más numerosos que el año anterior y los relucientes granos de arroz formaban montones cada vez más altos en sus graneros. Siempre había una forma mejor de hacer las cosas y Aximaan Threysz se aseguraba de aprenderla.
–Nosotros somos Majipur -decía muchas veces-. Las grandes ciudades se asientan en cimientos de grano. Sin nosotros, Ni-moya, Pidruid, Khyntor y Piliplok serían yermos. Y las ciudades crecen año tras año, por lo que debemos trabajar cada vez más para alimentarlas, ¿no es cierto? No tenemos alternativa, se trata de la voluntad del Divino. ¿No es cierto?
Aximaan había sobrevivido ya a quince o veinte delegados. Éstos se presentaban un día siendo jóvenes, rebosantes de nuevas ideas aunque con frecuencia mostrándose apocados a la hora de ofrecerlas a la metamorfa.
–No sé qué podría enseñarle yo -insistían en decirle-. ¡Soy yo el que debería aprender de usted, Aximaan Threysz!
Y en consecuencia Aximaan tenía que pasar siempre por la misma rutina: hacer que el nuevo delegado se sintiera cómodo, convencerlo de que ella sentía un interés sincero en conocer las técnicas más recientes.
Cuando el último delegado se jubilaba y otro más joven ocupaba su lugar, la situación siempre era fastidiosa. Conforme Aximaan iba sumiéndose en una vejez cada vez más inmensa, iban aumentando las dificultades para establecer relaciones prácticas con los nuevos delegados antes de que transcurrieran varias estaciones. Sin embargo no existió problema cuando llegó Caliman Hayn, hacía dos años. Era un humano joven, de treinta o cuarenta años (por entonces cualquier persona que no pasara de los sesenta era joven para Aximaan) dotado de un carácter atrevido y natural que gustó mucho a la metamorfa. No dio muestras de estar impresionado por ella y tampoco se preocupó en adularla.
–Me aseguran que usted es la campesina más deseosa de ensayar nuevos métodos -había dicho él bruscamente, apenas diez minutos después de conocerla-. ¿Qué opinaría de un proceso capaz de duplicar el tamaño de las semillas de lusavándula sin alterar su calidad?
–Opinaría que están timándome -había respondido Aximaan-. Me parece demasiado bueno para ser verdad.
–Y sin embargo el proceso existe.
–¿Existe, ya?
–Estamos a punto de usarlo experimentalmente, con limitaciones. De los informes de mis predecesores deduzco que usted es famosa por su buena disposición para experimentar.
–Ésa soy yo -repuso Aximaan Threysz-. ¿De qué se trata?
Era, explicó el delegado, un método denominado acrecentamiento protoplástico, basado en el uso de enzimas que digerían las paredes celulares de las plantas a fin de hacer accesible el material genético interno.
Dicho material podía ser manipulado a continuación y finalmente la materia celular, el protoplasto, era introducido en un medio de cultivo y podía regenerar la pared de células. A partir de una sola célula era posible obtener una planta totalmente nueva, con características muy mejoradas.
–Pensaba que esos conocimientos habían desaparecido de Majipur hace miles de años -dijo Aximaan.
–Lord Valentine ha estimulado el renacimiento del interés por las ciencias antiguas.
–¿Lord Valentine?
–La Corona, sí -repuso Caliman Hayn.
–¡Ah, la Corona!
Aximaan desvió la mirada. ¿Valentine? ¿Valentine? Ella habría jurado que el nombre de la Corona era Voriax… Pero un instante después recordó que Voriax había muerto. Sí, y un tal lord Valentine lo había sustituido, eso había oído ella, y mientras seguía pensando recordó también que algo extraño le había ocurrido a ese Valentine… ¿Era el hombre cuyo cuerpo había sido cambiado por el de otro humano? Seguramente, debía ser él.
Pero personas como la Corona importaban muy poco a Aximaan Threysz, que desde hacía veinte o treinta años no había salido del valle de Prestimion y para la que el Monte del Castillo y la Corona eran cosas tan remotas que bien podían ser mitos. Lo que importaba a la metamorfa era el cultivo de arroz y lusavándula.
Los laboratorios botánicos del imperio, le explicó Caliman Hayn, habían producido una clon mejorada de lusavándula que precisaba estudio práctico en condiciones normales de cultivo. Invitó a la metamorfa a colaborar en la investigación… y como compensación él se comprometía a
no ofrecer la planta a ningún otro campesino del Valle de Prestimion hasta que Aximaan hubiera tenido oportunidad de probarla en todos sus campos.
La oferta fue irresistible. Aximaan recibió del delegado un paquete de semillas de lusavándula asombrosamente grandes, simientes lustrosas tan enormes como los ojos de un skandar, y las plantó en un rincón apartado de sus tierras en el que era imposible la polinización cruzada con las lusavándulas normales. Las semillas produjeron brotes rápidamente y de ellos surgieron plantas que diferían de la especie normal tan sólo por sus tallos, de grosor dos o tres veces superior al habitual. Pero cuando florecieron, las encrespadas floraciones purpurinas eran enormes, tan anchas como platos, y de las flores brotaron vainas de longitud pasmosa que, en el momento de la cosecha, contenían grandes cantidades de semillas gigantes. Aximaan Threysz sintió la tentación de usarlas para la siembra de otoño y cubrir todas sus tierras con la nueva especie de lusavándula con el propósito de obtener una cosecha superabundante el próximo invierno. Pero no podía hacer tal cosa, ya que se había comprometido a entregar gran parte de las semillas gigantes a Caliman Hayn para que las sometiera a estudio en los laboratorios de Mazadone. El delegado le dejó cantidad suficiente para plantar la quinta parte de sus tierras. Esa estación, sin embargo, Aximaan recibió instrucciones para mezclar las plantas gigantes con la normales a fin de provocar el cruce. Los técnicos pensaban que las características de las primeras serían las dominantes, aunque el punto jamás había sido comprobado a tan gran escala.
A pesar de que Aximaan prohibió a su familia comentar el experimento en el valle de Prestimion, fue imposible impedir que los demás campesinos tuvieran noticia del mismo. Difícilmente podían ocultarse las plantas de segunda generación con gruesos tallos que brotaban por todos los rincones de la plantación y, de un modo u otro, la noticia de lo que estaba haciendo Azimaan Threysz se propagó por el valle. Vecinos curiosos lograron ser invitados y contemplaron asombrados la nueva lusavándula.
Pero mostraron sus recelos.
–Plantas como ésas chuparán todo el alimento del suelo antes de dos o tres años -dijeron algunos-. Si ella sigue así, convertirá sus tierras en un desierto.
Otros pensaron que las semillas gigantes producirían comidas sin gusto o amargas. Algunos argumentaron que Aximaan Threysz casi siempre sabía
lo que se hacía. Pero incluso éstos se alegraron de que fuera ella la pionera.
Al acabar el invierno Aximaan hizo la cosecha: semillas normales, que fueron enviadas al mercado como de costumbre, y semillas gigantes que fueron empaquetadas y guardadas para la siembra. La tercera cosecha sería la decisiva, puesto que parte de las semillas gigantes procedía de la clon pura y otra parte, la mayor seguramente, era un híbrido de lusavándula normal y acrecentada, y quedaba por ver qué clase de plantas producirían las simientes híbridas.
A finales del invierno llegó la época de sembrar el arroz, antes de que se presentaran las tormentas. Una vez hecho eso, los terrenos más altos y secos de la plantación acogieron las semillas de lusavándula. Y durante la primavera y el verano Aximaan observó el crecimiento de los gruesos tallos, vio abrirse las enormes flores y alargarse y oscurecerse las pesadas vainas. De vez en cuando abrió una de éstas y atisbo las semillas, verdes y blandas. Eran grandes, no había duda. Pero… ¿y la calidad? ¿Y si eran de mala calidad, o simplemente no tenían calidad? Aximaan había apostado la producción de todo un año por eso.
Bien, la respuesta llegaría muy pronto.
El Día Estelar llegaron noticias de que el delegado agrícola se hallaba cerca y llegaría a la plantación, según lo previsto, el Día Segundo. Pero con las mismas noticias llegaron nuevas extrañas e inquietantes: el delegado que acudía al valle no era Caliman Hayn sino alguien llamado Yerewain Noor.
Aximaan no lograba entenderlo. Hayn era demasiado joven para haberse jubilado. Y le preocupaba verlo desaparecer justo cuando el experimento protoplástico se aproximaba a su fin.
Yerewain Noor resultó ser más joven incluso que Hayn, y fastidiosamente novato. Le faltó tiempo para explicar qué gran honor era conocer a Aximaan Threysz, con los floreos retóricos acostumbrados, pero la metamorfa le interrumpió. – ¿Dónde está el otro hombre? – preguntó ella.
Nadie parecía saberlo, dijo Noor. Comentó insatisfactoriamente que Hayn había partido sin previo aviso hacía tres meses, sin decir palabra y creando un caos administrativo inmenso en el resto del servicio.
–Todavía estamos haciendo conjeturas. Es evidente que Hayn estaba comprometido en numerosos estudios experimentales, pero no sabemos de qué tipo, con quién…
–Uno de esos experimentos tuvo lugar aquí -dijo con frialdad Aximaan-.
Prueba de lusavándula acrecentada protoplásticamente.
Noor gruñó.
–¡Que el Divino se apiade de mí! ¿Con cuántos proyectillos personales de Hayn tengo que toparme todavía? Lusavándula acrecentada protoplásticamente… ¿es eso?
–Parece como si usted no hubiera oído jamás esos términos.
–Los conozco, sí. Pero no puedo decir que sepa mucho al respecto.
–Acompáñeme -repuso Aximaan.
Se alejaron por el borde de los arrozales, en los que el arroz se alzaba ya hasta la altura de la cadera, y entraron en los campos de lusavándula. El enfado aceleró los pasos de la metamorfa. El joven delegado agrícola tuvo que hacer grandes esfuerzos para no quedarse atrás. Mientras andaban Aximaan le habló del paquete de semillas gigantes que Hayn le había entregado, de la siembra de la nueva clon en sus tierras, del cruce con lusavándula normal, de la generación de híbridos que en ese momento empezaba a madurar. Al cabo de unos instantes llegaron a las primeras hileras de lusavándula. De pronto la metamorfa se detuvo, consternada, horrorizada.
–¡Que la Dama nos proteja! – exclamó.
–¿Qué ocurre?
–¡Mire! ¡Mire!
El sentido de la oportunidad que poseía Aximaan Threysz había fallado por primera vez. Inesperadamente la lusavándula híbrida había empezado a dar semilla, dos semanas o quizá más antes del día previsto. Sometidos al cruel sol estival, las grandes vainas habían empezado a partirse, a abrirse bruscamente emitiendo un sonido tan desagradable como el de un hueso al quebrarse. Todas las vainas, igual que si las hubieran hecho estallar, lanzaban sus enormes simientes en distintas direcciones casi con la fuerza de una bala. Las pepitas volaban diez o quince metros y desaparecían en el denso estiércol que cubría los campos anegados. No había forma de frenar el proceso: al cabo de una hora todas las vainas estarían abiertas y la cosecha se habría perdido.
Pero eso no era ni mucho menos lo peor.
De las vainas no sólo brotaban simientes sino también un polvillo oscuro que Aximaan conocía perfectamente. Se adentró alocadamente en
los campos sin prestar atención a las simientes que chocaban con fuerza punzante contra su piel escamosa. Tras coger una vaina que aún seguía cerrada, Aximaan la abrió y una nube de polvo se alzó hacia su cara. Sí. Sí.
¡Roya de lusavándula! Una sola vaina contenía como mínimo un vaso de esporas y conforme vaina tras vaina iba cediendo al calor del día, las oscuras esporas que flotaban sobre los campos iban transformándose en una mancha bien visible en el aire, hasta que eran barridas por una brisa ligerísima.
Yerewain Noor también comprendía la situación.
–¡Llame a sus peones! – exclamó-. ¡Tiene que quemar todo esto!
–Demasiado tarde -dijo Aximaan en tono sepulcral-. Ya no hay esperanza. Demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde. ¿Qué puede frenar a las esporas ahora? – Sus terrenos estaban afectados sin remedio. Y
dentro de una hora las esporas se esparcirían por todo el valle-. Es el fin para nosotros, ¿no se da cuenta?
–¡Pero la roya de lusavándula fue eliminada hace tiempo! – Dijo neciamente Noor.
Aximaan Threysz asintió. Lo recordaba muy bien: las hogueras, las rociadas, el cultivo de clones resistentes a la roya, la exclusión de cualquier planta que tuviera disposición genética a cobijar el hongo letal… Hacía setenta, ochenta, noventa años. ¡Cuánto se habían esforzado para librar al mundo de aquella plaga! Y allí estaba de nuevo, en aquellas plantas híbridas. Tan sólo esas plantas en Majipur entero, pensó la metamorfa, eran capaces de ofrecer un hogar a la roya de lusavándula. Sus plantas, cultivadas con tanto cariño, atendidas con tanta pericia. Con sus propias manos había hecho que la roya volviera al mundo, la había dejado libre para arruinar las cosechas de sus vecinos.
–¡Hayn! – bramó-. ¡Hayn! ¿Dónde estás? ¿Qué me has hecho?
Deseó la muerte, en ese mismo momento, allí mismo, antes de que ocurriera lo que tenía que ocurrir. Pero sabía que no iba a tener tanta suerte, puesto que una vida prolongada había sido su bendición y ahora era su maldición. El ruido de las vainas al reventar resonaba en sus oídos como las armas de un ejército lanzado al ataque violentamente por todo el valle. He vivido un año de más, pensó: el tiempo suficiente para ver el fin del mundo.
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