Malas intenciones
Karin Fossum
Malas intenciones
Inspector Sejer: 09
ePub r1.0
Titivillus 16.05.2022
OceanofPDF.com
Título original: Den onde viljen
Karin Fossum, 2008
Traducción: Lotte Katrine Tollefsen
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Dødvannet, la Laguna de los Muertos, así lo llamaban. Era como un pozo
entre montañas escarpadas: si te metías, te hundías hasta las rodillas en el
lodo inestable. Junto a la orilla, oculta en parte por unos abetos, había una
cabaña de troncos de madera. En la ventana estaba Axel Frimann, mirando
hacia fuera. Era la medianoche del 13 de septiembre, y la luna lanzaba un
brillo blanco azulado sobre el agua, había algo mágico en todo aquello. En
cualquier momento, el monstruo del lago podía emerger de las
profundidades. Al pensarlo, le pareció notar que el agua se movía, una
oscilación, como si algo ascendiera hacia la superficie. Pero no ocurrió nada
más, una sonrisa que nadie vio se deslizó por su rostro. Les propuso a los
demás dar una vuelta en la barca.
—¿Habéis visto qué luz? —preguntó—, es una pasada.
Philip Reilly estaba entretenido leyendo un libro. Se echó hacia atrás su
larga melena.
—Tal vez —dijo—. Una vuelta por el agua. ¿Qué dices, Jon?
Jon Moreno estaba absorto en el fuego de la chimenea. Las llamas le
daban calor, lo mareaban. Sostenía el blíster de un medicamento para la
ansiedad; cada cuatro horas presionaba una pastilla para hacerla salir a
través del aluminio y se la metía en la boca.
¿Si quería ir con ellos al agua?
Observó a Axel y a Reilly. Había algo en sus ojos, algo esquivo…,
pensó, pero estoy un poco alterado, estoy enfermo y medicado; tranquilo,
son mis amigos, solo desean lo mejor para mí. Sin embargo no quería salir
al agua, no en mitad de la noche, a la fría luz de la luna. No se fiaba del
todo de sí mismo. Aquí dentro, junto a la chimenea, se sentía seguro, aquí,
entre las paredes de troncos, junto a buenos amigos, porque eran sus
amigos, ¿verdad? Intentó captar la mirada de Reilly, pero este se había
puesto de pie, toqueteaba algo en una estantería.
—Es importante que estés en movimiento —dijo Axel—, la angustia
empeora si te estás quieto. Tienes que hacer circular la sangre y que el
oxígeno llegue a todas las células, vamos.
Jon no quería decepcionarles, lo hacían por él, querían que viviera una
experiencia, y en el hospital no tenía muchas. Solo largos días en los que no
ocurría nada, un eterno deambular por los pasillos. Ahora le sonreían para
darle ánimos, Axel con sus ojos oscuros, Reilly con los suyos grises. Por
eso se obligó a levantarse de la silla mientras se metía el blíster de las
pastillas en el bolsillo; no iba a ninguna parte sin ellas. Fue a coger el
teléfono móvil que estaba sobre la mesa, pero lo dejó allí. La angustia
vibraba por su cuerpo como una corriente eléctrica, pensó que en algún
lugar había un demonio apretando un interruptor, encendía y apagaba,
encendía y apagaba, hasta que le faltaba el aire.
—Ponte la chaqueta —dijo Axel—. Hace frío.
Jon miró a su alrededor buscando la chaqueta, no recordaba dónde la
había dejado, pero Axel la encontró y se acercó con ella. Reilly sopló para
apagar una lámpara de parafina que tenían encendida y una oscuridad
repentina los envolvió. Jon se dejó caer de rodillas para atarse las botas.
Primero un nudo y una lazada y luego un nudo. Axel y Reilly esperaban.
—¿Qué pasa con la chimenea? —preguntó Jon.
—No estaremos fuera mucho rato, no hay peligro —dijo Axel—.
Venga, vamos.
—¿No ponemos un parachispas?
Axel se encogió de hombros.
—Vale.
Fue a la cocina, oyeron que trasteaba bastante, salió con el parachispas
y lo colocó frente al fuego. Era de hierro forjado y estaba decorado con dos
lobos que enseñaban los dientes.
Jon observó los lobos, luego a sus dos amigos.
—Entonces ¿estamos listos? —dijo Axel.
Reilly asintió. Jon se metió las manos en los bolsillos. Axel le dio unas
palmadas en el hombro, la mano era cálida y segura, confía en nosotros,
decía la mano, solo queremos tu bien, estás con los tuyos.
Era viernes 13 de septiembre. Salieron a la negra noche y buscaron los
remos que estaban en el cobertizo.
Un estrecho sendero llevaba a la orilla de Dødvannet.
La barca volcada estaba entre los juncos, con el fondo hacia arriba, verde y
abultado como una vaina de guisantes. Axel y Reilly la agarraron, le dieron
la vuelta. Por dentro estaba sucia y resbaladiza; a la luz de la luna vieron un
bicho correr por el borde y desaparecer.
—Una lagartija —dijo Axel.
Jon tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Observaba
la barca con escepticismo, no tenía ganas de sentarse en las bancadas
sucias. Axel leyó sus pensamientos y pasó la manga de la chaqueta por la
bancada.
—Siéntate al fondo —ordenó.
Jon subió, obediente, a la barca. Observó el agua negra, tal vez ni
siquiera tuviera fondo, solo un fango infinito. Sería bueno dejarse caer,
pensó, detener para siempre la corriente de angustia que recorría su cuerpo.
Una presión en la cabeza, un escozor ardiente en los pulmones, y todo
habría terminado. Axel y Reilly empezaron a empujar, la barca se deslizó
con facilidad entre los juncos y Jon sintió que oscilaba de un lado a otro.
Estaba completamente quieto sobre la bancada, un chico delgado de manos
pequeñas. Paseó la mirada por el paisaje, las montañas escarpadas que
rodeaban el lago. Axel y Reilly agarraron un remo cada uno, les costó un
poco dar con el ritmo. La barca cogió velocidad.
—Mira qué luz —dijo Axel.
La luz de luna era fría y blanca, todo lo que les rodeaba tenía un brillo
metálico. Reilly se concentró en remar, la barca se deslizaba firme por la
laguna, el agua corría lentamente como plata por las palas. Jon se aferraba a
la bancada con las dos manos. Estaba cercado por la oscuridad y el agua
negra, la angustia era como una espina.
Axel rompió el silencio.
—¿Y tu psicólogo, Jon?, ¿puedes hablar con él?
—Ella —corrigió Jon—. Se llama Hanna Wigert. Sí, con ella puedo
hablar.
—¿Es mayor? —quiso saber Axel.
—Cuarenta, más o menos —dijo Jon—. Además, es psiquiatra.
—Es lo mismo —opinó Axel.
—No —dijo Jon—, no es lo mismo.
Los hombres daban largas y potentes remadas.
—¿Y habláis de todo? —preguntó Axel.
Jon miró hacia otro lado.
—Supongo que sí. Sobre todo de la infancia —dijo—. Pero no hubo
ningún problema en mi infancia.
Se sentía mareado. A la luz de la luna el rostro de Axel era de un blanco
azulado, y sus ojos, grietas negras.
—Pero tu padre se largó —señaló Axel—. Eso no sería fácil…
Jon se encogió sobre la bancada.
—Todo el mundo pierde a alguien en algún momento —dijo—, y sigue
viviendo. Yo también lo hice. Fue bien, nos las arreglamos sin problemas.
El remo de Axel cortó el agua como un cuchillo.
—No —dijo—, es una tontería. Los tres sabemos de qué va todo esto.
¿O no, Jon?
La barca se quedó en absoluto silencio.
Jon bajó la cabeza, tenía problemas para respirar y Hanna le había
explicado lo que tenía que hacer cuando ocurriera eso. Ponte de pie, le
había dicho, para que los pulmones tengan espacio para expandirse. Pero no
se atrevía a levantarse en la barca, por eso se quedó doblado hacia delante,
boqueando.
Reilly empezó a murmurar unos versos que se había aprendido de
memoria.
—«Si Dios quisiera castigar a los hombres por su perversidad, no
dejaría ninguna criatura viva sobre la faz de la tierra. Pero les concede una
tregua hasta el plazo fijado. Cuando el plazo haya llegado, no sabrán
retardarlo ni avanzarlo un solo instante».
—Vaya —dijo Axel—, no se puede negar que te sabes la Biblia.
—El Corán, Axel, el Corán.
—¿Es lo mismo?
—No —repuso Reilly—, no es lo mismo.
Axel metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una cajetilla de
Marlboro. La llama del encendedor, rojiza, se reflejó en su rostro.
—¿Por qué nos paramos? —preguntó Jon.
—Solo voy a fumar un poco —respondió Axel.
Jon se miraba fijamente los pies, se había mareado. Estaba lejos de la
cabaña y más lejos aún del hospital. Les estorbo, pensó, soy el punto débil.
No soy capaz de hacer las mismas cosas que ellos. La mirada de Axel arde
como su cigarrillo, sus ojos nunca me dejan en paz. Reilly tenía la mirada
clavada en el fondo del bote. Él también parecía sentirse incómodo; era
como si en todas partes le faltara espacio, las piernas y los brazos eran
demasiado largos. Las manos grandes descansaban sobre las rodillas.
Oyeron unos crujidos en la orilla, tal vez fuera un pájaro que levantaba el
vuelo, se dijo Jon. Axel dio otra calada, Jon veía el movimiento reiterativo,
seguía la brasa con los ojos, tenía un efecto casi hipnótico sobre él. ¿Por
qué no hablan?, pensó, ¿a qué esperan? ¿Es que quieren deshacerse de mí,
por eso fueron a buscarme al hospital, por eso querían salir al agua en la
oscuridad? El miedo llegó de puntillas, y era absurdo, porque se trataba de
sus amigos, no de sus adversarios, se regañó un poco, estar ahí sentado
angustiándose como un niño no tenía sentido. Contrólate, Jon Moreno.
Pero no era capaz de controlarse. Quién pudiera levantar el vuelo como
ese pájaro, alejarse de todo volando, de la angustia y las recriminaciones. Se
levantó de la bancada, despacio, como sonámbulo. Entonces se cayó por la
borda.
Todo ocurrió despacio, en silencio, solo un leve chapoteo que se
transformó en unas pequeñas ondas. Y desapareció.
Reilly se levantó de golpe, la barca se tambaleó, quería saltar al agua,
pero Axel tiró de él para que se sentara.
—¡Déjalo! —gritó—. ¡No vas a poder! No conseguirás volver a subirlo
al barco, la ropa absorbe demasiada agua, y os hundiréis los dos. ¡Déjalo!
—¡Jon no sabe nadar! —gritó Reilly.
Axel lo sujetó. La barca se estabilizó.
El agua estaba brillante e inmóvil.
Arrastraron la barca a tierra.
Todo había ocurrido tan deprisa… Reilly casi no había tenido tiempo de
pensar, pero ahora lo hacía. Y Jon también lo había hecho, mientras se
tragaba el agua fría y limosa, mientras se hundía hacia el fondo, supuso que
ahora todo se había acabado. Se había acabado. Pero yo sigo aquí, pensó
Reilly, y me despierto cada día con un gemido. Entraron pateando el suelo
de la cabaña. Axel encendió la lámpara de parafina; el fuego de la chimenea
se había apagado, solo quedaban unas brasas. Retiró el parachispas con los
dos lobos y echó un tronco nuevo, las llamas se avivaron. Reilly se dejó
caer sobre una silla, el cuerpo encorvado y los grandes puños sobre los
muslos. Luego se llevó la mano deprisa al bolsillo interior para coger un
frasquito. Recordaba a una de esas botellas de champú de los hoteles, y
estaba llena de un líquido transparente. Echó un poco en el tapón y se lo
llevó a la boca.
—¿Qué te metes? —quiso saber Axel.
—G.
—¿Y qué es G?
Reilly cerró los ojos.
—Nada para ponerse pesado. Es una sustancia que existe en el cerebro
de manera natural, solo elevo el nivel.
Se quedó quieto esperando el efecto de la droga, enseguida le llenaría la
cabeza y el cuerpo, pronto se sintió ligero como un corcho, y una ola lo
levantó, lo elevó, y el dolor permanente con el que vivía se esfumó como
nieve derretida.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Axel tardó mucho en responder.
—Tengo una propuesta —dijo—. No haremos nada. Esperaremos a
mañana, entonces llamaremos. Diremos que Jon ha salido mientras
estábamos durmiendo. Que nos levantamos y encontramos su habitación
vacía. Así será un poco más fácil. Estamos en mitad de la noche y les
llevará varias horas conducir hasta aquí. De todas formas, ahora no podrían
dragar el fondo para buscarlo. ¿Qué dices, Reilly?
Reilly sacudió la cabeza.
—Pero tenemos que llamar —opinó—. ¿Adónde vamos a llamar?
¿Quién vendrá?
—Vendrán buzos —respondió Axel—. Vendrá gente de la policía y de
la Cruz Roja. Y puede que traigan perros. Habrá un montón de gente
pululando por aquí. Además, estoy pensando una cosa —añadió—. No
tengo ganas de contarle a Ingerid que nos quedamos sentados viendo cómo
se ahogaba Jon. No quiero tomar parte en esto más de lo imprescindible.
Fue una decisión que tomó Jon.
—Pero si no tuvo elección —dijo Reilly.
—Estaba enfermo —observó Axel.
Se quedaron de nuevo en silencio ante la chimenea. La droga
distanciaba a Reilly.
Además, a él le parecía bien que Axel se hiciera cargo de la situación,
que decidiera.
—Tenemos que ponernos de acuerdo en algunos puntos importantes —
resolvió Axel—. Yo me levanto el primero. Veo que Jon no está. Voy
corriendo a avisarte. Salimos al bosque dando gritos, pero después de una
hora nos rendimos y llamamos para pedir ayuda.
—Preguntarán cómo estaba Jon —señaló Reilly—. Si notamos algo.
—No vimos nada extraño en él —dijo Axel—. Jon estaba como
siempre. Y no hemos encontrado ninguna carta. Tenemos que sacar su saco
de dormir, sigue en la funda. Diremos que se fue a dormir a las doce y que
desde entonces no lo hemos visto.
Entraron en la alcoba más pequeña, donde solía dormir Jon. Reilly
desenredó el saco de dormir y lo puso sobre la cama, abrió la cremallera y
lo removió un poco. Axel puso la mano en el hombro de Reilly.
—Vamos a sentarnos y tomarnos una cerveza.
—Se hundió como un plomo —dijo Reilly.
—Lo sé —asintió Axel.
Volvieron a ocupar su sitio ante las llamas. Reilly sostuvo la mirada de
Axel a la luz cambiante.
—Te parece bastante oportuno, ¿verdad? Que ya no esté…
Axel apretó los dientes.
—Me parece es que vas a tener cuidado con lo que sale por esa boca.
—Me he fijado en ti algunas veces, cuando lo mirabas —dijo Reilly—.
Creo que Jon te percibía como una amenaza. Sentía que lo estabas
controlando todo el rato.
—Te estás dejando llevar por tu imaginación —contestó Axel—. Basta
de colocarte, te vuelves incoherente. Mañana, cuando venga gente, más vale
que te mantengas despejado.
Volvieron a quedarse un rato en silencio.
—¿No vamos a llamar? —dijo Reilly—. ¿No vamos a llamar
inmediatamente para pedir ayuda?
Axel se puso de pie, a dar vueltas por la habitación.
—Quitarse la vida es una decisión que se toma a solas y yo no quiero,
literalmente, ser testigo de eso.
—Pero fuimos testigos. Y tenemos que hablar con su madre. Nos lo
preguntará todo. Nos reprochará que no tuviéramos más cuidado.
—Por eso quiero darle a la policía otra versión —explicó Axel—. Salió
solo. Todo estaba fuera de nuestro control, porque estábamos durmiendo.
Pero estamos destrozados, por supuesto. ¿Podrás hacerlo?
Reilly le dedicó una mirada sombría.
—Sí —dijo—. No me cuesta nada estar destrozado.
Reilly se despertó temprano.
La luz se abría paso por una rendija de la cortina, y con un escalofrío
recordó lo sucedido. Pensó que Jon se había dejado morir por él y por Axel,
que había asumido la culpa porque era el más débil, porque era el eslabón
que podía romperse. Pero ninguno de nosotros merece la muerte, se dijo, no
somos gente malvada. El día se colaba por la ventana y como una columna
de luz le taladraba el colchón. Su primer instinto fue pegarse contra la pared
y cerrar los ojos, no volver a levantarse, no asumir nada. Pero salió a rastras
del saco de dormir, se puso los viejos pantalones de pana y abrió la puerta
del cuarto de estar. Ahí estaba Axel Frimann mirando por la ventana.
—He bajado hasta a la orilla —dijo.
—¿Por qué?
—Solo quería comprobarlo. Que todo estaba en orden.
Reilly lo miró perturbado. El cabello largo estaba enredado tras las
horas pasadas en la cama, recordaba a un troll de los cuentos, con la barbilla
prominente y una nariz afilada con el caballete torcido.
—Nada está en orden —opinó.
—No digas esas cosas —rogó Axel.
—Pero es la verdad.
Axel se sentó en el sofá y puso los pies encima de la mesa.
—Eso de la verdad ya lo hemos discutido —dijo—. Son muchas las
verdades que es mejor no tocar. Imagínate que la gente dijera siempre la
verdad, no podría ser. La sociedad se descompondría. Tenemos que
construir cada día desde el principio —afirmó—. Algo que la gente pueda
ver, asumir y creer.
—No puedes hablar por los demás —repuso Reilly—. Hay otros que no
opinan lo mismo que tú.
Axel lo miró desafiante.
—Pues piensa en la madre de Jon, cuando sepa que lo ha perdido.
Piensa en lo horrible que será. Y piensa cómo sería si, además, descubriera
que su hijo no era como ella creía y su reputación se viera gravemente
manchada. ¿Cómo lo llevaría? No me vengas con verdades, la gente no las
soporta. Y tampoco las quiere. ¡Escúchame!
Se levantó con brusquedad y fue a la cocina a zancadas. Reilly oyó el
tintineo de la cafetera y que echaba agua de un cubo con un cazo. Él fue a la
habitación y consiguió ponerse una camiseta. Se acercó a la ventana y miró
hacia abajo, hacia Dødvannet, que estaba allí como un espejo verde
negruzco. Puede que ya se hubiera acumulado una capa de lodo sobre el
cuerpo delgado de Jon, de forma que los buzos no lo vieran a la luz de las
linternas. Jon era menudo y delgado, Jon podría pasar por un tronco, una
pequeña irregularidad del fondo. Se apartó de golpe y salió de la cabaña, se
derrumbó sobre la escalera, dos grandes lascas de piedra.
Axel fue tras él.
—Tómatelo con calma —dijo—. Jon lleva mucho tiempo enfermo. Lo
hemos visto venir.
Reilly se quedó con la cabeza entre las manos, incapaz de hablar.
Necesitaba con desesperación algo con lo que tranquilizarse, pero Axel le
había prohibido drogarse hasta que todo estuviera superado. La palabra
«superado» se repetía en su cabeza, como si hubieran cometido un delito,
como si hubieran tirado a Jon de la barca.
—Lo he pensado bastante, claro —añadió Axel—, lo reconozco. ¿Qué
crees que ha hecho Jon en la unidad del hospital? Ha ido a terapia, y ha
hablado. Ha estado hablando durante cuatro semanas. Le han animado a
contarlo todo, las cosas más íntimas, lo que le tortura, lo que le llevó a
derrumbarse. Tarde o temprano la verdad saldría a la luz. Nos habría
aplastado, y no estaríamos aquí, sentados junto al lago. ¿Oyes lo que te
digo?
—No sabemos nada de cómo lo hubiera llevado —dijo Reilly—. Son
solo suposiciones. La gente supera toda clase de cosas.
Axel cogió un palo y empezó a remover la tierra delante de la escalera.
—No hay nada de que hablar al respecto —contestó—. Jon estaba
ingresado en Ladegården porque padecía ansiedad y depresión, y estaba
medicado. La policía tardará poco en relacionarlo. Mientras tanto, nosotros
debemos valorar nuestra libertad.
—Si esa libertad es una tortura —dijo Reilly—, no vale gran cosa. Tú
no sientes el dolor como el resto de la gente —afirmó.
Se quedó mirando hacia el interior del bosque. Desde donde se
encontraba parecía sombrío y secreto, con abetos negros. La luz atravesaba
las copas en largas columnas inclinadas. Un pino se había desplomado, las
raíces se abrían con dramatismo entre tanto verde, como una garra.
Entonces vio algo entre los árboles, algo que lanzaba destellos blancos.
Axel siguió con la mirada la mano que señalaba.
—Ahí hay alguien —dijo Reilly.
—No, cállate —respondió Axel.
Reilly se había puesto de pie y se hacía visera con la mano. No dudó ni
un instante de que algo se movía entre los troncos.
—¿No te habrás drogado?
—Viene gente —dijo Reilly.
Se alteró muchísimo.
—Imagínate si nos vieron anoche. Supongo que habrá más cabañas,
pueden habernos observado con prismáticos. La luna daba una luz infernal.
—Nos vieron los cuervos —bromeó Axel—. Y seguro que se van a
chivar a las urracas y ¡chas!, lo sabe todo el bosque.
Reilly daba vueltas sobre sus largas piernas.
—Hay algo que se arrastra —señaló—. Ahí, entre el brezo, a la derecha
del abeto. Joder, cómo se arrastra.
Cruzaron la explanada que se abría ante la cabaña, pasaron entre unos
arbustos y miraron entre los troncos de los abetos. Reilly aceleró, pasó por
encima de piedras y troncos, el cabello largo se agitaba como la crin de un
caballo. En el suelo, al pie de un árbol, había un gato muerto. Y, junto al
gato, cuatro gatitos, también muertos. Pero un quinto gateaba entre la
hierba, alejándose.
Sucedió algo con Philip Reilly. La visión del gatito que se arrastraba
indefenso entre el brezo lo conmovió. Nunca había visto algo tan pequeño,
algo tan condenado como esa minúscula criatura. El acontecimiento de la
noche lo había vuelto vulnerable, y se ablandó como la mantequilla al sol.
—¿Lo has visto? —dijo—, qué cosita más pequeña.
Axel lo observaba atónito. El gran Reilly con sus enormes puños se
agachó y cogió al gatito, era blanco con unas manchas grises. De su boca
desdentada salieron unos débiles quejidos. Los ojos casi no se veían,
sorprendentemente azules; la cola, un muñón delgado como un hilo.
—Me lo llevo dentro —dijo Reilly—. Tiene que comer.
Axel acercó la mano para zarandearle, a ver si se espabilaba.
—Oye —dijo—, tenemos bastantes cosas que hacer, tenemos que
llamar. No puedes entretenerte con ese engendro ahora, ¿te has vuelto loco?
Reilly agitó la mano para apartarlo. Fue al trote hacia la escalera de la
cabaña con el gatito entre los dedos; apenas pesaba unos gramos. Entrecerró
el puño, el gatito pateó y le hizo cosquillas en la palma.
—¿Tenemos algo de leche?
—No —contestó Axel—. Y los gatos tampoco deben tomarla, tienen
que beber agua, si no engordan, la leche de vaca es pesada de digerir.
—¿Gordo?
Reilly abrió la mano.
—¿Has visto lo delgado que está? No pesa nada.
Axel pasó a su lado y entró en la cabaña, Reilly fue detrás. Sujetaba al
bicho como un huevo recién puesto, todo su ser largo y desgarbado estaba
concentrado en el pequeño animal. Abrió un armario. Miró entre cajas y
bolsas.
—¿Leche en polvo? —dijo.
—No —respondió Axel.
—¿Leche condensada?
—Ni rastro.
Reilly parecía desanimado.
—No fuimos capaces de salvar a Jon —dijo—, pero vamos a salvar a
este. Una vida por otra. Lo dice el Corán. Necesitamos una caja de zapatos
y una toalla —añadió—. ¿Tenemos una caja?
—Deja ese gato —ordenó Axel—, tenemos que hablar. Debemos
ponernos de acuerdo en las cosas que vamos a decir, ¿podrías intentar
concentrarte cinco minutos? ¿Por qué has metido al gato? No puedes seguir
así. ¿Has tomado algo?
Reilly no le hizo caso.
—Agua —dijo—. Busca un platito. Puedo hacer una papilla con miga
de pan. ¿Tú no trajiste una barra de pan?
Dejó al gatito sobre la encimera, donde se quedó con patitas
temblorosas. En el estante de arriba de la alacena encontró una caja de
galletas vacía, estaba decorada con figuras de Disney, reconoció a
Cenicienta, Blancanieves y Pinocho.
—Esta irá bien —dijo—. Esta caja está pidiendo a gritos que alguien se
vaya a vivir dentro.
Axel tenía el teléfono móvil en la mano. Parecía alterado.
—La cuestión es adónde llamar —dudó—, a la policía, o a la unidad del
hospital. O a la madre. ¿Tú qué crees, Reilly? ¡Eh! ¿No puedes esforzarte
un poco?, ¡estoy intentado salvarte el pellejo!
—¿Salvarme el pellejo? —preguntó Reilly.
—Podías haberte callado con esa mierda tuya del islam —contestó Axel
—. Dijiste que el plazo iba a vencer. Dijiste que la condena se acercaba.
—Fuiste tú quien quiso salir al lago.
Le dio la espalda a Axel Frimann. Se ocupó de que el gatito bebiera.
Luego encontró un trapo de cocina colgado de un gancho y lo colocó en el
fondo de la caja de galletas como un pequeño nido. Metió al gatito con
cuidado; este enseguida se enroscó. Estuvo un rato admirando al animalito,
que había calmado su sed y se había tranquilizado. No sabía que tuviera
tanto talento como cuidador. Resultaba muy vivificante.
—¿Qué hacemos con la gata madre? —preguntó—. ¿Y los gatitos
muertos?
—¿Ahora resulta que debemos hacer algo con ellos?
Axel le mostró el teléfono.
—¿Puedes intentar seguirme?
—Los cogerá el zorro —dijo Reilly, preocupado.
—Por supuesto. De eso vive.
—Podríamos taparlos. O enterrarlos.
—El zorro tiene olfato —respondió Axel—, por si no lo sabías.
Reilly admiró al gatito en la caja de galletas. Una cosita gris y blanca
sobre un trapo de cocina de cuadros. Una pequeña maravilla cubierta de
pelo.
—Será mejor que hables tú —murmuró—. Tú sabes qué decir.
Axel marcó el número de la unidad donde Jon había estado ingresado
cuatro semanas. Su voz estaba cargada de preocupación cuando explicó lo
ocurrido.
—Nos levantamos a las nueve —dijo—. Y su habitación estaba vacía.
Mientras esperaban, fueron recorriendo los senderos.
Reilly observaba a Axel y su manera de caminar, pateando enérgico,
como un actor cargando las pilas antes de entrar en escena. Y el papel que
debía representar era el del amigo, sensato pero preocupado, de Jon
Moreno.
—Tal vez habría podido arrastrarlo a tierra… Si tú no me hubieras
retenido.
Axel protestó:
—Jon habría golpeado y pateado como un salvaje. Llevaba un
chaquetón marinero y gruesas botas de cordones, y tú, un jersey de punto
tan gordo como un jubón. Estábamos a una eternidad de la orilla. No habría
sido posible. No hay manera de levantar a un hombre desde una barca tan
pequeña, os habríais ahogado los dos. Cierra la cancela —añadió—. Por
aquí pastan las ovejas. Oigo cascabeles.
Reilly cerró la verja con un enganche de alambre enrollado. Seguía a
Axel con pasos pesados, el lago se hallaba a su derecha con la superficie
negra e inmóvil, y Jon estaba en el fondo con los pulmones encharcados.
Volvió a pensar en el gatito, y así daba vueltas su cabeza, el gato y Jon, el
gato y Jon.
Philip Reilly medía casi dos metros de estatura y estaba bastante
delgado. Tenía el cabello largo, de color arena, lo dejaba crecer a su aire, y
llevaba una larga gabardina con grandes bolsillos.
—Si tuviera un jardín con árboles frutales te contrataría de
espantapájaros —dijo Axel.
Reilly no reaccionó ante el insulto.
Si Axel opinaba que parecía un espantapájaros, no había problema, no
le importaban esas cosas. Además, estaba indignado. Iba dándole patadas al
suelo; arena y tierra volaban alrededor de sus pies. Jon, pensó. El chico Jon.
El hombrecito Jon.
—No me hundas —prosiguió Axel—. No soy ningún delincuente, y tú
tampoco. Tienes que aprender a mirar hacia delante y a hacerte valer.
Gesticulaba con fuerza.
—Dispara al exhalar —dijo—. Y mantente en movimiento. Sé un
tiburón, joder.
Reilly no respondió. No había mucho que decir y casi era mejor que
fuera Axel quien llevara la voz cantante.
Habían llegado hasta una vieja valla carcomida.
—Ahí hay algo colgado —dijo Axel—. Un bañador viejo. ¿Lo has
visto?
—Está mohoso —contestó Reilly—. Déjalo donde está.
—Un bañador —repitió Axel.
Era amarillo con rayas negras. Lo cogió y se quedó tirando de la tela
elástica.
—Es un auténtico disfraz de abeja —dijo.
Tiraba una y otra vez del bañador.
—¿Te lo imaginas, Reilly? Una abeja muy grande yendo de un lado a
otro por la playa dándole a la gente un susto de muerte.
—Jon está muerto —dijo Reilly—. Compórtate. Ya no estamos en la
guardería. No sé de qué demonios estás hecho.
Axel volvió a dejar el bañador sobre la valla.
—Puedes llorar —dijo—. O puedes correr esta carrera conmigo y salvar
tu vida.
Axel Frimann caminaba. Resultaba un placer para la vista, fueras
hombre o mujer, eso era indiscutible. Sus miembros se coordinaban con
ligereza, los hombros hacían que los brazos se balancearan, las caderas
controlaban las piernas, avanzaba moviéndose con elasticidad y elegancia, a
la vez perezoso y eficiente. Reilly caminaba detrás, el cabello agitado al
viento, los faldones de la gabardina oscilando como velas, la cabeza no
sabía lo que hacían las piernas, y se desplazaba por el sendero como una
brazada de leña a la que alguien hubiera puesto ruedas. Axel empezó un
discurso sobre la buena voluntad. Que ese fue su punto de partida, y que el
resto de la historia era una pura desgracia que escapaba a su control. Uno de
los cambios de humor de la naturaleza les había afectado en un momento de
debilidad. Axel habla y habla, pensó Reilly. Mi vida nunca ha tenido una
meta, un sentido, pero no he hecho daño a nadie. Ahora no estoy seguro de
nada.
Axel le puso la mano en el hombro.
—Repeat es la mayor agencia de publicidad de Noruega —dijo—. Gano
setecientas cincuenta mil coronas al año. Llevo toda la vida esperando un
trabajo como este. Y nadie me lo va a quitar.
Reilly abrió los brazos como si estuviera crucificado.
—Nunca acabaremos con esto —objetó—. Tendremos que arrastrarlo
toda la vida. Y no sé si lo aguantaré.
—Podrás con ello —zanjó Axel—. No eres una nenaza como Jon.
Reilly era un hombre de paz, pero la ira hizo que se congestionara.
Volvió corriendo a la cabaña, entró en la cocina al trote para ver cómo
estaba el gatito. Aún respiraba.
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