Martes con mi viejo profesor

Mitch Albom · Capítulo 4 de 7

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Martes con mi viejo profesor

Henry Adams

–¿Qué vas a hacer? – le preguntaba Eva.

–No lo sé -decía él. Descartó el Derecho porque no le gustaban los abogados, y descartó la Medicina porque no soportaba ver la sangre.

– ¿Qué vas a hacer?

El mejor profesor que yo he tenido nunca se hizo maestro sólo por eliminación.

Un maestro afecta a la eternidad; nunca sabe dónde termina su influencia.

HENRY ADAMS

El cuarto martes

Hablamos de la muerte

Vamos a empezar con esta idea -dijo Morrie-: Todo el mundo sabe que se va a morir, pero nadie se lo cree.

Aquel martes estaba con talante metódico. El tema era la muerte, el primero de los enunciados de mi lista. Antes de mi llegada, Morrie había escrito algunas notas en pequeños pedazos de papel blanco para no olvidarse de lo que quería decir. Su letra temblorosa ya era incomprensible para todos

menos para él. Ya faltaba poco para el Día del Trabajo[2], y

yo veía por la ventana del despacho los setos de color de

espinaca del patio trasero y oía los gritos de los niños que

jugaban en la calle en su última semana de libertad antes

del comienzo de las clases.

Allá en Detroit, los huelguistas de los periódicos organizaban una enorme manifestación para el día de la fiesta, con el fin de demostrar la solidaridad de los sindicatos en contra de la dirección. Durante el vuelo había leído el caso de una mujer que había matado a tiros a su marido y a sus dos hijas cuando dormían, y que alegaba que los había querido proteger de «la gente mala». En

California, los abogados del juicio de O. J. Simpson se estaban convirtiendo en personajes muy famosos.

Allí, en el despacho de Morrie, la vida se vivía día a día y cada día era precioso. Ahora estábamos sentados los dos, a poca distancia de la última novedad de la casa: un aparato de oxígeno. Era pequeño y portátil, llegaba aproximadamente a la altura de la rodilla. Algunas noches, cuando Morrie no aspiraba el aire suficiente para poder tragar, se conectaban a la nariz los largos tubos de plástico, que se le adherían a los orificios nasales como una sanguijuela. No me gustaba nada la idea de que Morrie estuviera conectado a una máquina, e intentaba no mirarla mientras él hablaba.

–Todo el mundo sabe que se va a morir -volvió a decir-, pero nadie se lo cree. Si nos lo creyéramos, haríamos las cosas de otra manera.

–De modo que nos engañamos acerca de la muerte -dije yo.

–Sí. Pero existe un planteamiento mejor. El de saber que te vas a morir y estar preparado en cualquier momento. Eso es mejor. Así, puedes llegar a estar verdaderamente más comprometido en tu vida mientras vives.

–¿Cómo puede uno estar preparado para morir? – dije.

–Haz lo que hacen los budistas. Haz que todos los días se te pose en el hombro un pajarito que te pregunta: «¿Es éste el día? ¿Estoy preparado? ¿Estoy haciendo todo lo que tengo que hacer? ¿Estoy siendo la persona que quiero ser?»

Volvió la cabeza hacia su hombro como si tuviera allí al pajarito en aquel momento.

–¿Es éste el día en que voy a morir?

Morrie tomaba libremente ideas de todas las religiones.

Había nacido judío, pero se había vuelto agnóstico en su adolescencia, debido en parte a todo lo que le había pasado de niño. Le gustaban algunas ideas filosóficas del budismo y del cristianismo, y seguía sintiéndose a gusto dentro de la cultura del judaismo. Era un ecléctico en cuestión de

religión, y esto le había hecho ser todavía más receptivo a los estudiantes que fueron sus alumnos a lo largo de los años. Y las cosas que decía en sus últimos meses sobre la tierra parecían trascender todas las diferencias religiosas. Es un efecto característico de la muerte.

–La verdad, Mitch -me dijo-, es que cuando aprendes a morir, aprendes a vivir.

Yo asentí con la cabeza.

–Voy a decirlo otra vez -dijo-. Cuando aprendes a morir, aprendes a vivir.

Sonrió, y yo me di cuenta de lo que pretendía. Se estaba asegurando de que yo absorbía aquella idea sin avergonzarme haciéndome una pregunta. Era una de las virtudes que lo convertían en un buen maestro.

–¿Pensabas mucho en la muerte antes de ponerte enfermo? – le pregunté.

–No -respondió Morrie, sonriendo-. Yo era como todos.

Una vez dije a un amigo mío, en un momento de exuberancia: «¡Voy a ser el viejo más sano que has conocido nunca!»

–¿Qué edad tenías?

–Sesenta y tantos.

–Así que eras optimista.

–¿Por qué no? Como ya he dicho, nadie se cree de verdad que se va a morir.

–Pero todo el mundo conoce a alguien que se ha muerto -

dije yo-. ¿Por qué es tan difícil pensar en morirse?

–Porque la mayoría de nosotros vamos por ahí como sonámbulos -siguió diciendo Morrie-. En realidad, no conocemos el mundo plenamente, porque estamos medio dormidos, haciendo las cosas que automáticamente creemos que debemos hacer.

–¿Y el hecho de enfrentarse a la muerte lo cambia todo?

–Pues, sí. Te quitas de encima todas esas tonterías y te centras en lo esencial. Cuando te das cuenta de que te vas a morir, lo ves todo de una manera muy diferente.

Suspiró.

–Aprende a morir y aprenderás a vivir.

Advertí que ahora temblaba cuando movía las manos.

Tenía las gafas colgadas al cuello, y cuando se las llevaba a los ojos le resbalaban por las sienes, como si intentase ponérselas a otra persona a oscuras. Le ayudé con la mano a colocárselas en las orejas.

–Gracias -susurró Morrie. Cuando le rocé la cabeza con la mano, sonrió. El menor contacto humano le producía una alegría inmediata.

–Mitch. ¿Puedo decirte una cosa?

–Claro -dije yo.

–Quizás no te guste.

–¿Por qué no?

–Bueno, la verdad es que si escuchases de verdad al pajarito que está posado en tu hombro, si aceptases que puedes morirte en cualquier momento… entonces quizás no fueras tan ambicioso como eres.

Esbocé una leve sonrisa forzada.

–Las cosas a las que dedicas tanto tiempo, todo ese trabajo que haces, podrían parecerte menos importantes.

Podrías tener que hacer sitio a cosas más espirituales.

–¿Cosas espirituales?

–No te gusta esa palabra, ¿verdad? Te parece sensiblera.

–Bueno… -dije yo.

Intentó guiñar el ojo, con poco éxito, y yo me derrumbé y me eché a reír.

–Mitch -dijo él, riendo conmigo-, ni siquiera yo sé qué significa el «desarrollo espiritual». Pero sí sé que nos falta algo. Estamos demasiado comprometidos con las cosas materiales y éstas no nos satisfacen. Las relaciones de amor que mantenemos, el universo que nos rodea, son cosas que damos por supuestas.

Señaló con la cabeza la ventana, por donde entraba a raudales la luz del sol.

–¿Ves eso? Tú puedes salir allí fuera, al aire libre, en cualquier momento. Puedes dar una vuelta a la manzana corriendo y hacer locuras. Yo no puedo hacerlo. No puedo salir. No puedo correr. No puedo estar allí fuera sin miedo a ponerme enfermo. Pero ¿sabes una cosa? Yo aprecio esa ventana más que tú.

–¿La aprecias?

–Sí. Me asomo a esa ventana todos los días. Advierto los cambios de los árboles, la fuerza del viento. Es como si viera realmente el paso del tiempo por esa ventana. Como sé que mi tiempo casi se ha agotado, me siento atraído por la naturaleza como si la viera por primera vez.

Calló, y pasamos un momento sin hacer otra cosa que mirar por la ventana. Intenté ver lo que veía él. Intenté ver el tiempo y las estaciones, el transcurso de mi vida a cámara lenta. Morrie dejó caer ligeramente la cabeza y la volvió hacia su hombro.

–¿Es hoy, pajarito? – preguntó-. ¿Es hoy?

Morrie seguía recibiendo cartas de todo el mundo, gracias a sus apariciones en «Nightline». Se sentaba, cuando tenía fuerzas, y dictaba las cartas de contestación a sus amigos y familiares que se reunían para celebrar sesiones de redacción de cartas.

Un domingo, cuando sus hijos, Rob Jon, estaban en su casa, se reunieron todos en el cuarto de estar. Morrie estaba sentado en su silla de ruedas, con sus piernas delgadas cubiertas por una manta. Cuando sintió frío, uno de sus asistentes le puso sobre los hombros una chaqueta de nailon.

–¿Cuál es la primera carta? – dijo Morrie.

Un compañero suyo leyó una nota de una mujer llamada Nancy, que había perdido a su madre, víctima de la ELA. Le escribía para decirle lo mucho que había sufrido por la

pérdida y que sabía lo mucho que debía estar sufriendo Morrie también.

–Está bien -dijo Morrie cuando terminó la lectura de la carta. Cerró los ojos.

–Vamos a empezar diciendo: «Querida Nancy, me has conmovido mucho con lo que me has contado de tu madre.

Y comprendo lo que has pasado. Hay tristeza y sufrimiento por ambas partes. El dolor por la pérdida me ha hecho bien a mí, y espero que también te haya hecho bien a ti.»

–Quizás debas cambiar la última frase -dijo Rob.

Morrie reflexionó un momento y dijo:

–Tienes razón. ¿Qué te parece: «Espero que puedas encontrar el poder sanador del dolor por la pérdida»? ¿Está mejor así?

Rob asintió con la cabeza.

–Añade: «Gracias, Morrie» -dijo Morrie.

Leyeron otra carta de una mujer llamada Jane que le agradecía sus palabras inspiradoras en el programa

«Nightline». Lo calificaba de profeta.

–Es un elogio muy grande -dijo un compañero-. Profeta.

Morrie torció el gesto. Evidentemente, no estaba de acuerdo con aquel calificativo.

–Vamos a darle las gracias por sus grandes elogios. Y

decidle que me alegro de que mis palabras significaran algo para ella. Y no olvidéis firmar «Gracias, Morrie».

Había una carta de un hombre de Inglaterra que había perdido a su madre y que pedía a Morrie que le ayudase a ponerse en contacto con ella a través del mundo espiritual.

En otra carta una pareja quería desplazarse a Boston en coche para conocerle. Había una larga carta de una antigua alumna de posgrado que le contaba su vida después de dejar la universidad. Hablaba de un asesinato seguido de suicidio y de tres partos de niños muertos. Hablaba de su madre, que había muerto de la ELA. Manifestaba su temor de que ella, la hija, contrajese también la enfermedad.

Seguía y seguía. Dos páginas. Tres páginas. Cuatro páginas.

Morrie soportó todo el largo y sombrío relato. Cuando terminó por fin, dijo suavemente:

–Bueno, ¿qué respondemos?

El grupo se quedó en silencio. Al cabo, Rob dijo:

–¿Qué os parece: «Gracias por tu larga carta»?

Todos rieron. Morrie miró a su hijo y sonrió alegremente.

En el periódico que está cerca de su sillón hay una foto del lanzador de un equipo de béisbol de Boston que sonríe después de haber ganado el partido sin que marcara el equipo contrario. Pienso para mis adentros que, con todas las enfermedades que existen, Morrie ha tenido que contraer una que lleva el nombre de un deportista.

-¿Te acuerdas de Lou Gehrig? – le pregunto.

-Recuerdo su despedida en el estadio.

-¿Así que recuerdas su frase famosa?

-¿Cuál?

-Vamos. La de Lou Gehrig. «El orgullo de los Yankees». El discurso que resonó por los altavoces.

-Recuérdamelo -dice Morrie-. Repite el discurso.

Oigo por la ventana abierta el ruido de un camión de la basura. Aunque hace calor, Morrie lleva una camisa de manga larga, una manta sobre las piernas, tiene la piel pálida. La enfermedad lo posee.

Levanto la voz e imito a Gehrig, como si las palabras retumbasen por las tapias del estadio:

-Hoooy… siento que soooy… el hombre más afortunadooo… sobre la faz de la tierra…

Morrie cierra los ojos y asiente despacio con la cabeza.

-Sí. Bueno. Yo no he dicho eso.

El quinto martes

Hablamos de la familia

Era la primera semana de septiembre, la semana de la vuelta a las clases, y tras treinta y cinco otoños consecutivos a mi viejo profesor no lo esperaba una clase en un campus universitario. Boston estaba abarrotado de estudiantes que aparcaban en doble fila en las calles secundarias, que descargaban sus equipajes. Y Morrie estaba allí, en su despacho. Parecía fuera de lugar, como los jugadores de fútbol americano que se retiran por fin y que tienen que enfrentarse a aquel primer domingo en su casa, viendo la televisión y pensando yo podría hacer eso aún. A lo largo de mis relaciones con esos jugadores he aprendido que es mejor dejarlos en paz cuando empieza la temporada otra vez. No hay que decirles nada. Pero, por otra parte, no me hacía falta recordar a Morrie que se le acababa el tiempo.

Para grabar nuestras conversaciones, habíamos descartado los micrófonos de mano, porque a Morrie le costaba demasiado trabajo sujetar nada durante tanto tiempo, a favor de los micrófonos miniatura que suelen utilizar los presentadores de televisión. Estos micrófonos se pueden sujetar en el cuello o en la solapa de la ropa.

Naturalmente, como Morrie sólo llevaba camisas de algodón blando que le caían sueltas sobre su cuerpo que se encogía cada vez más, el micrófono se hundía y se agitaba y yo tenía que acercarme a ajustarlo con frecuencia. Aquello parecía gustarle a Morrie, pues así yo me acercaba a él, al alcance de sus brazos, y su necesidad de afecto físico era más fuerte que nunca. Cuando yo me inclinaba sobre él, oía su respiración trabajosa y su tos débil, y chascaba suavemente los labios antes de tragar.

–Bueno, amigo mío -dijo-, ¿de qué hablamos hoy?

–¿Qué te parece si hablamos de la familia?

–De la familia.

Reflexionó un momento.

–Bueno, ya ves a la mía, a mi alrededor.

Indicó con la cabeza las fotos de las estanterías, en las que se veía a Morrie de niño con su abuela; a Morrie de joven con su hermano, David; a Morrie con su mujer, Charlotte; a Morrie con sus dos hijos, Rob, que era periodista en Tokio, y Jon, que era informático en Boston.

–Creo que, a la luz de lo que hemos estado hablando todas estas semanas, la familia resulta más importante todavía -dijo.

»La verdad es que la gente de hoy no tiene cimientos, no tiene una base segura, si no es la familia. Me ha quedado muy claro desde que estoy enfermo. Si no tienes el apoyo, el amor, el cariño y la dedicación que te ofrece una familia, no tienes gran cosa. El amor tiene una importancia suprema. Como dijo nuestro gran poeta Auden, «amaos los unos a los otros o pereceréis». Yo lo anoté.

–«Amaos los unos a los otros o pereceréis.» ¿Lo dijo Auden?.

–«Amaos los unos a los otros o pereceréis.» -dijo Morrie-Es bueno ¿verdad? Y es muy cierto. Sin amor, somos pájaros con las alas rotas.

»Supon que yo estuviera divorciado, o que viviera solo, o que no tuviera hijos. Esta enfermedad, lo que estoy pasando, sería mucho más duro. No estoy seguro de que pudiera soportarlo. Claro que vendría gente a visitarme: amigos, compañeros, pero no es lo mismo que tener a alguien que no se va a marchar. No es lo mismo que tener a alguien que sabes que te tiene el ojo encima, que te está observando todo el tiempo.»

»Esto es parte de lo que es una familia, no es sólo amor, sino también hacer saber a los demás que hay alguien que está velando por ellos. Es lo que yo echaba tanto en falta cuando murió mi madre, lo que yo llamo «la seguridad espiritual» de uno: saber que tu familia estará allí, velando por ti. Nada en el mundo te dará eso. Ni el dinero. Ni la fama.

Me echó una mirada.

–Ni el trabajo -añadió.

La creación de una familia era una de las cuestiones que aparecían en mi pequeña lista: una de las cosas que uno quiere hacer bien antes de que sea demasiado tarde. Hablé a Morrie del dilema de mi generación a la hora de decidir tener hijos o no, cómo solíamos pensar que nos ataban, que nos convertían en esas cosas llamadas «padres» que no queríamos ser. Reconocí que yo mismo compartía algunos de estos sentimientos.

Pero cuando miraba a Morrie me preguntaba si, estando en su lugar, a punto de morir, y si no tuviera familia, ni hijos, ¿no sería insoportable el vacío? Él había criado a sus dos hijos enseñándolos a amar y a querer, y, como el propio Morrie, ellos no sentían timidez a la hora de expresar su afecto. Si él lo hubiera deseado, ellos habrían dejado todo lo que tuvieran entre manos para pasar junto a su padre cada minuto de sus últimos meses. Pero él no quería aquello.

–No interrumpáis vuestras vidas -les dijo-. De lo contrario, esta enfermedad nos habrá estropeado la vida a los tres en vez de a uno.

De este modo, aun muriéndose, manifestaba su respeto por los mundos de sus hijos. No es de extrañar que cuando se sentaban a su lado se produjera una catarata de afecto; se intercambiaban muchos besos y ellos se agachaban junto a la cama cogiéndole de la mano.

–Cuando alguien me pregunta si debe tener hijos o no, yo no digo nunca lo que debe hacer -decía ahora Morrie, contemplando una foto de su hijo mayor-. Le digo, sencillamente: «No hay experiencia igual a tener hijos». Eso es todo. No se puede sustituir por nada. No se puede hacer con un amigo. No se puede hacer con una amante. Si quieres tener la experiencia de ser completamente responsable de otro ser humano y de aprender a amar y a estrechar lazos de la manera más profunda, entonces debes tener hijos.

–Entonces, ¿volverías a tenerlos? – le pregunté.

Eché una mirada a la foto. Rob estaba besando a Morrie en la frente, y Morrie se reía con los ojos cerrados.

–¿Que si volvería a tenerlos? – me dijo, con aire de sorpresa-. Mitch, no me habría perdido esa experiencia por nada. Aunque…

Tragó saliva y dejó la foto en su regazo.

–…aunque hay que pagar un precio doloroso -dijo. –

Porque los vas a dejar. – Porque los voy a dejar pronto.

Frunció los labios, cerró los ojos, y yo vi caer la primera lágrima por su mejilla.

–Y ahora -susurró-, habla tú.

–¿Yo?

–De tu familia. Conozco a tus padres. Los conocí hace años, el día de la graduación. También tienes una hermana,

¿verdad?

–Sí -dije.

–Mayor, ¿verdad?

–Mayor.

–Y un hermano, ¿no es así?

Asentí con la cabeza.

–¿Menor?

–Menor.

–Como yo -dijo Morrie-. También tengo un hermano menor.

–Como tú -dije yo.

–Asistió también a tu graduación, ¿verdad?

Parpadeé, y vi mentalmente a todos nosotros allí reunidos, dieciséis años atrás, el sol cálido, las togas azules, entrecerrando los ojos mientras nos estrechábamos con los brazos y posábamos para hacernos fotos de Instamatic, y alguien decía: «A la una, a las dos, a las treeees…»

–¿Qué pasa? – dijo Morrie advirtiendo mi silencio repentino-. ¿En qué estás pensando?

–En nada -dije yo, cambiando de tema.

La verdad es que yo tengo, en efecto, un hermano, un hermano rubio, de ojos castaños, dos años menor que yo,

tan diferente de mí y de mi hermana, que tiene el pelo oscuro, que solíamos hacerle rabiar diciéndole que unos desconocidos lo habían dejado en la puerta de la casa cuando era recién nacido.

–Y un día volverán por ti -le decíamos. Él lloraba cuando le decíamos esto, pero se lo decíamos igual.

Se crió como se crían muchos hijos más pequeños, mimado, adorado, y atormentado interiormente. Soñaba con ser actor o cantante; volvía a reproducir, sentado a la mesa cuando cenábamos, las películas que había visto en la televisión, representando todos los papeles, mientras su sonrisa luminosa casi se le saltaba de los labios. Yo era el buen estudiante, él era el malo; yo era obediente, él transgredía las reglas; yo me abstenía de las drogas y del alcohol, él probaba todo lo que se podía meter en el cuerpo.

Poco después de terminar los estudios secundarios se fue a vivir a Europa, pues prefería el estilo de vida más informal que había encontrado allí. Pero siguió siendo el favorito de la familia. Cuando visitaba la casa familiar, yo me solía sentir rígido y conservador en su presencia alocada y divertida.

Con todo lo diferentes que éramos, yo razonaba que nuestros destinos nos lanzarían en direcciones opuestas cuando llegásemos a la edad adulta. Y tenía razón en todos los sentidos menos en uno. A partir del día en que murió mi tío, yo creí que sufriría una muerte semejante, una enfermedad temprana que acabaría conmigo. Por eso yo trabajaba a un ritmo febril y me preparaba para el cáncer.

Sentía su aliento. Sabía que se me venía encima. Lo esperaba como el condenado a muerte espera al verdugo.

Y yo tenía razón. Llegó.

Pero a mí me respetó.

Atacó a mi hermano.

Era el mismo tipo de cáncer de mi tío. De páncreas. Un tipo poco frecuente. Y así, el más joven de nuestra familia, con su pelo rubio y sus ojos castaños, tuvo que someterse a

la quimioterapia y a las radiaciones. Se le cayó el pelo; la cara se le quedó tan consumida como la de un esqueleto.

Tenía que haberme tocado a mí, pensaba yo. Pero mi hermano no era yo y no era mi tío. Era un luchador, y lo había sido desde sus primeros años, cuando luchábamos en el sótano y llegaba a morderme atravesando mi zapato con los dientes hasta que yo daba un grito de dolor y lo soltaba.

De modo que él plantó cara. Luchó contra la enfermedad en España, donde vivía, con la ayuda de un fármaco experimental que no estaba disponible en los Estados Unidos, ni lo está todavía. Recorrió toda Europa en avión para someterse a tratamientos. Después de cinco años de tratamientos, parecía que aquel fármaco iba expulsando al cáncer y lo hacía remitir.

Ésta era la buena noticia. La mala noticia era que mi hermano no me quería tener a su lado; ni a mí, ni a ninguno de la familia. Por mucho que intentábamos llamarle y visitarle, él nos mantenía a distancia, insistiendo en que su lucha debía realizarla por su cuenta. Pasaban meses enteros sin que oyésemos una sola palabra suya. Los mensajes que dejábamos en su contestador automático quedaban sin respuesta. A mí me desgarraba el sentimiento de culpabilidad, pues pensaba que debería estar haciendo algo por él, y me consumía la ira por su negativa a concedernos el derecho a hacerlo.

Así pues, una vez más, me sumergí en el trabajo.

Trabajaba porque el trabajo lo podía controlar. Trabajaba porque trabajar era razonable y responsable. Y cada vez que llamaba al apartamento de mi hermano en España y me respondía el contestador automático, con la voz de mi hermano hablando en español, un indicio más de cuánto nos habíamos distanciado, yo colgaba y trabajaba un poco más.

Quizás fuera éste uno de los motivos por los que me sentía atraído por Morrie. Él me dejaba estar donde mi hermano no quería dejarme estar.

Volviendo la vista atrás, quizás Morrie lo supiera todo desde el principio.

Es un invierno de mi infancia, en una cuesta cubierta de nieve de nuestro barrio de las afueras. Mi hermano y yo vamos en el trineo, él arriba, yo debajo. Siento su barbilla en mi hombro y sus pies en mis corvas.

El trineo se desliza con estrépito sobre las placas de hielo. Cogemos velocidad según vamos bajando la cuesta.

-¡UN COCHE! – chilla alguien.

Lo vemos venir calle abajo, a nuestra izquierda. Gritamos e intentamos apartarnos gobernando el trineo, pero los patines no se mueven. El conductor hace sonar la bocina y pisa el freno, y nosotros hacemos lo que hacen todos los niños: nos tiramos. Rodamos como troncos, con nuestros anoraks con capucha, por la nieve húmeda y fría, pensando que lo primero que nos tocará será la goma dura de la rueda de un coche. Vamos chillando, «AAAAAAH», y tenemos hormigueos de miedo, dando vueltas y más vueltas, viendo el mundo del revés, del derecho, del revés.

Y al final, nada. Dejamos de rodar y recobramos el aliento y nos limpiamos de la cara la nieve que gotea. El conductor gira al final de la calle, haciéndonos un gesto sacudiendo el dedo. Estamos a salvo. Nuestro trineo ha chocado en silencio con un montón de nieve y nuestros amigos nos dan palmaditas y nos dicen: «guay», y «podíais haberos matado».

Sonrío a mi hermano y nos sentimos unidos por un orgullo infantil. Pensamos que no ha sido tan difícil, y estamos dispuestos a enfrentarnos de nuevo a la muerte.

El sexto martes

Hablamos de las emociones

Pasé ante los laureles silvestres y el falso plátano y subí los escalones de piedra azul de la puerta principal de la casa de Morrie. El canalón blanco colgaba como una tapadera sobre la puerta. Llamé al timbre y no salió a recibirme Connie sino Charlotte, la esposa de Morrie, una hermosa mujer de pelo gris que hablaba con voz melodiosa.

No solía estar en casa cuando iba yo (seguía trabajando en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, tal como quería Morrie), y aquella mañana me sorprendió verla.

–Morrie lo está pasando mal hoy -me dijo. Fijó la vista durante un momento por encima de mi hombro, y después se dirigió a la cocina.

–Lo siento -dije yo.

–No, no, se alegrará de verte -dijo ella en seguida-. Estoy segura…

Se interrumpió a mitad de la frase, volviendo ligeramente la cabeza, escuchando algo. Después siguió diciendo:

–Estoy segura… de que se sentirá mejor cuando sepa que estás aquí.

Tomé las bolsas del supermercado, «mis víveres habituales», dije en broma, y ella pareció sonreír e inquietarse a la vez.

–Ya hay mucha comida. No se ha comido nada de lo que trajiste la última vez.

Aquello me cogió de sorpresa.

–¿No se ha comido nada? – pregunté.

Ella abrió la nevera y vi los recipientes de ensalada de pollo, fideos, verduras, calabacines rellenos, todo lo que había traído yo para Morrie. Abrió el congelador y había más cosas todavía.

–Morrie no se puede comer la mayor parte de esta comida. Es demasiado dura para que pueda ingerirla. Ahora tiene que comer cosas blandas y líquidos.

–Pero no me había dicho nada -dije yo.

Charlotte sonrió.

–No quiere herir tus sentimientos.

–No habría herido mis sentimientos. Lo único que quería yo era ayudarle de alguna manera. Lo que quiero decir es que lo único que quería era traerle algo…

–Ya le estás trayendo algo. Espera tus visitas con ilusión.

Habla de que tiene que realizar contigo este proyecto, de que tiene que concentrarse y dedicarle tiempo. Creo que le está dando una buena orientación…

Volvió a dirigirme aquella mirada distante, de conectar con algo desde otra parte. Yo sabía que Morrie estaba pasando malas noches, que no dormía, y eso quería decir que con frecuencia Charlotte tampoco dormía en toda la noche. A veces, Morrie se quedaba despierto en la cama tosiendo durante horas enteras: tardaba todo ese tiempo en despejarse las flemas de la garganta. Ahora había enfermeras que se quedaban en casa toda la noche y muchos visitantes a lo largo del día, antiguos alumnos, compañeros del claustro académico, maestros de meditación, que entraban y salían de la casa. Algunos días, Morrie tenía media docena de visitantes, y a menudo estaban en la casa cuando Charlotte volvía del trabajo. Ella lo llevaba con paciencia, aunque toda aquella gente de fuera consumía minutos preciosos que ella podía pasar con Morrie.

–… una orientación -siguió diciendo-. Sí. Eso es bueno, ya lo sabes.

–Así lo espero -dije yo.

Le ayudé a meter en la nevera toda la comida nueva. En la encimera de la cocina había todo tipo de notas, mensajes, informaciones, instrucciones médicas. En la mesa había más frascos de pastillas que nunca -Selestone para el asma, Ativan para ayudarle a dormir, Naproxen para las infecciones-, además de un preparado de leche en polvo y de laxantes. Oímos que se abría una puerta al fondo del pasillo.

–Quizás esté disponible ahora… voy a verlo.

Charlotte volvió a mirar mi comida y yo me sentí avergonzado de pronto. Tantos recuerdos de cosas de las que Morrie no disfrutaría jamás.

Los pequeños horrores de su enfermedad iban en aumento, y cuando me senté por fin con Morrie, éste estaba tosiendo más de lo habitual, con una tos seca y purulenta que le sacudía el pecho y que le hacía mover bruscamente la cabeza hacia delante. Después de un acceso violento, dejó de toser, cerró los ojos y respiró. Yo me quedé sentado en silencio, pues pensaba que se estaría recuperando del esfuerzo.

–¿Está la cinta en marcha? – dijo de pronto, con los ojos cerrados todavía.

–Sí, sí -dije apresuradamente, pulsando los botones de play y record.

–Lo que estoy haciendo ahora -dijo, con los ojos cerrados todavía-, es desligarme de la vivencia.

–¿Desligarte?

–Sí. Desligarme. Y esto es importante; no sólo para una persona como yo, que me estoy muriendo, sino para una persona como tú, que estás perfectamente sano. Aprende a desligarte.

Abrió los ojos. Suspiró.

–¿Sabes lo que dicen los budistas? «No te aferres a las cosas, porque todo es impermanente».

–Pero, espera un momento -dije yo-. ¿No estás hablando siempre de vivir la vida? ¿Todas las emociones buenas, todas las malas?

–Sí.

–Pues bien, ¿cómo puedes hacer eso si estás desligado?

–Ah. Estás pensando, Mitch. Pero el desapego no significa que no dejes que la vivencia penetre en ti. Al contrario: dejas que penetre en ti plenamente. Así es como eres capaz de dejarla.

–No te sigo.

–Toma el caso de cualquier emoción: el amor a una mujer, o el dolor por la pérdida de un ser querido, o lo que estoy pasando yo, el miedo y el dolor de una enfermedad mortal. Sí contienes las emociones, si no te permites a ti mismo llevarlas hasta el final, nunca podrás llegar a estar desligado; estarás demasiado ocupado con tu miedo. Tienes miedo al dolor, tienes miedo a la pérdida de un ser querido.

Tienes miedo a la vulnerabilidad que trae aparejado el amor.

»Pero si te sumerjes en estas emociones, permitiéndote a ti mismo tirarte de cabeza a ellas, hasta el final, por encima de tu cabeza incluso, las vives de una manera plena y completa. Sabes lo que es el dolor. Sabes lo que es el amor.

Sabes lo que es la pérdida de un ser querido. Y sólo entonces puedes decir: «Está bien. He vivido esa emoción.

Reconozco esa emoción. Ahora necesito desligarme de esa emoción por un momento».

Morrie hizo una pausa y me observó, tal vez para asegurarse de que yo entendía bien aquello.

–Sé que crees que sólo estamos hablando de la muerte -

dijo-, pero es lo que yo te repito: cuando aprendes a morir, aprendes a vivir.

Morrie me habló de sus momentos más temibles, cuando sentía el pecho bloqueado con ataques de tos o cuando no sabía si volvería a respirar. Eran momentos horribles, decía, y sus primeras emociones eran el horror, el miedo, la angustia. Pero cuando llegó a reconocer la sensación de esas emociones, su textura, su humedad, el escalofrío por la espalda, el sofoco que te recorre el cerebro, entonces fue capaz de decirse: «Está bien. Esto es miedo. Apártate de él.

Apártate».

Pensé en la frecuencia con que era necesario esto en la vida diaria. En cómo nos sentimos solos, a veces hasta el borde de las lágrimas, pero no dejamos salir esas lágrimas porque no debemos llorar. O en cómo sentimos un arrebato de amor por nuestra pareja, pero no decimos nada porque

nos paraliza el miedo a las consecuencias que pudieran tener esas palabras sobre la relación de pareja.

El planteamiento de Morrie era exactamente el contrarío.

Abre el grifo. Lávate con la emoción. No te hará daño. Sólo puede ayudarte. Si dejas entrar el miedo, si te lo pones como una camisa habitual, entonces podrás decirte a ti mismo: «Bueno, no es más que miedo, no tengo que dejar que me controle. Lo veo por lo que es».

Lo mismo pasa con la soledad: te dejas llevar, dejas salir las lágrimas, la sientes por completo, pero al final eres capaz de decir: «Bueno, éste ha sido mi momento con la soledad. No tengo miedo a sentirme solo, pero ahora voy a dejar de lado esa soledad y sé que hay otras emociones en el mundo, y voy a vivirlas también».

–Deslígate -volvió a decir Morrie.

Cerró los ojos, y tosió.

Y volvió a toser.

Y volvió a toser, más fuerte.

De pronto, estaba casi ahogándose, parecía que la congestión de sus pulmones se burlaba de él, saltando hasta medía altura, volviendo a caer después, robándole el aliento. Se ahogaba, después tosía violentamente y sacudía las manos ante sí, con los ojos cerrados, sacudiendo las manos, casi parecía un poseso, y yo sentí que la frente se me inundaba de sudor. Tiré de él instintivamente hacia delante y le di palmadas en la espalda, y él se llevó un pañuelo de papel a la boca y escupió un esputo de flema.

La tos cesó, y Morrie volvió a recostarse entre las almohadas de goma- espuma y absorbió aire.

–¿Estás bien? ¿Está todo bien? – pregunté yo, intentando ocultar mi miedo.

–Estoy… bien -susurró Morrie, levantando un dedo tembloroso-. Espera… un momento, nada más.

Nos quedamos en silencio hasta que volvió a respirar normalmente. Yo sentía el sudor en mi cuero cabelludo. Me pidió que cerrase la ventana, pues la brisa le daba frío. No le

dije que en el exterior hacía una temperatura de veintiséis grados.

Por último, con un susurro, dijo:

–Ya sé cómo quiero morir.

Yo esperé en silencio.

–Quiero morir serenamente. En paz. No como lo que acaba de pasar.

»Y aquí es donde entra en juego el desapego. Si me muero en pleno ataque de tos, como el que acabo de tener, tengo que ser capaz de desligarme del horror, tengo que decir: «éste es mi momento».

»No quiero dejar el mundo en un estado de miedo.

Quiero saber lo que está pasando, aceptarlo, ir a un lugar en paz y soltarme. ¿Me entiendes?»

Asentí con la cabeza.

–No te sueltes todavía -añadí en seguida.

Morrie sonrió de manera forzada.

–No. Todavía no. Todavía nos queda trabajo que hacer.

¿Crees en la reencarnación? – le pregunto.

-Quizás.

-¿En qué forma te gustaría volver?

-Si pudiera elegir, en forma de gacela.

-¿De gacela?

-Sí. Tan elegante. Tan veloz.

-¿De gacela?

Morrie me sonríe.

-¿Te parece raro?

Observo su cuerpo encogido, sus ropas sueltas, sus pies envueltos en calcetines, apoyados rígidamente sobre almohadones de gomaespuma, incapaz de moverse, como un preso con grillos en los pies. Me imagino una gacela que corre por el desierto.

-No -le digo-. No me parece raro en absoluto.

El profesor,

segunda parte

El Morrie que yo conocía, el Morrie que conocían tantos otros, no habría sido el hombre que era si no hubiera pasado unos años trabajando en un hospital psiquiátrico en las afueras de Washington D. C., un hospital que tenía el nombre engañosamente apacible de Chestnut Lodge, Casa de los Castaños. Era uno de los primeros empleos de Morrie después de obtener su master y su doctorado en la Universidad de Chicago. Después de descartar Medicina, Derecho y Empresariales, Morrie había llegado a la conclusión de que el mundo de la investigación sería un lugar donde él podría aportar algo sin explotar a los demás.

Morrie fue becado para observar a los pacientes psiquiátricos y registrar sus tratamientos. Esta idea nos parece corriente ahora mismo, pero era revolucionaria en los primeros años cincuenta. Morrie veía a pacientes que se pasaban todo el día gritando. A pacientes que se pasaban toda la noche llorando. A pacientes que se hacían las necesidades encima. A pacientes que se negaban a comer, a los que había que reducir a la fuerza, darles medicamentos, alimentarlos por vía intravenosa.

Una paciente, una mujer de mediana edad, salía todos los días de su habitación y se tumbaba boca abajo en el suelo de baldosas, se quedaba allí horas enteras, mientras los médicos y las enfermeras pasaban a su lado esquivándola. Morrie lo veía con horror. Tomaba notas, pues para eso estaba allí. Ella hacía lo mismo todos los días: salía por la mañana, se tumbaba en el suelo, se quedaba allí hasta el anochecer, sin hablar con nadie, sin que nadie le hiciera caso. Aquello entristecía a Morrie. Empezó a sentarse en el suelo con ella, hasta a echarse junto a ella, intentando sacarla de su tristeza. Por fin consiguió que se incorporara, e incluso que volviese a su habitación.

Descubrió que lo que más quería ella era lo mismo que quieren muchas personas: que alguien advirtiera su presencia.

Morrie trabajó cinco años en Chestnut Lodge. Aunque no estaba bien visto, se hizo amigo de algunos pacientes, entre ellos de una mujer que bromeaba con él hablando de la suerte que tenía ella de estar allí, «porque mi marido es rico, de modo que se lo puede permitir. ¿Se imagina que yo tuviera que estar en uno de esos psiquiátricos baratos?»

Otra mujer, que escupía a todas las demás personas, cobró simpatía a Morrie y lo llamaba amigo suyo. Hablaban todos los días, y el personal se animó, al menos, al ver que alguien había conectado con ella. Pero un día se fugó, y pidieron a Morrie que les ayudara a hacerla volver. La encontraron en una tienda próxima, escondida en la trastienda, y cuando entró Morrie ella lo fulminó con una mirada iracunda.

–¿Así que tú eres también uno de ellos? – le dijo con desprecio.

–¿Uno de quiénes?

–De mis carceleros.

Morrie observó que la mayoría de los pacientes que estaban ingresados allí habían sido rechazados y despreciados en sus vidas, se les había hecho sentir que no existían. También echaban de menos la compasión, que era algo que se le acababa en seguida al personal. Y muchos de aquellos pacientes eran gente acomodada, de familias ricas, pero su riqueza no les servía para conseguir la felicidad ni la satisfacción. Él no olvidó nunca aquella lección.

Yo solía decir a Morrie en broma que estaba varado en los años sesenta. Él me respondía que los años sesenta no habían sido tan malos comparados con los tiempos que vivíamos ahora.

Llegó a la Universidad de Brandeis después de su trabajo en el terreno de la salud mental, poco antes de que comenzaran los años sesenta. Al cabo de pocos años, el campus se convirtió en un foco de revolución cultural.

Drogas, sexo, cuestión racial, protestas por la guerra de Vietnam. Abbie Hoffman estudió en Brandeis. También estudiaron allí Jerry Rubin y Angela Davis. Morrie tenía en sus clases a muchos de los estudiantes «radicales».

Esto se debía en parte a que, en vez de limitarse a impartir las clases, el claustro de sociología se comprometió. Se oponía ferozmente a la guerra, por ejemplo. Cuando los catedráticos se enteraron de que los alumnos, que no mantenían una cierta nota media, podían perder sus prórrogas por estudios y ser llamados a filas, decidieron no dar ninguna nota. Cuando el rectorado dijo:

«Si no dan notas a estos estudiantes, todos suspenderán», Morrie encontró una solución: «Vamos a darles sobresaliente a todos». Y eso hicieron.

Así como los años sesenta abrieron el campus, también se abrió el personal del departamento de Morrie, desde los vaqueros y las sandalias que se ponían para trabajar hasta su visión del aula como un lugar vivo, que respira. Preferían los debates a las conferencias, la experiencia a la teoría.

Enviaban alumnos al Sur Profundo para que realizaran proyectos sobre los derechos civiles y al centro de la ciudad para que hicieran trabajos de campo. Iban a Washington a participar en manifestaciones, y Morrie solía viajar en los autobuses con sus alumnos. En uno de los viajes contempló divertido cómo unas mujeres con faldas sueltas y con cuentas del amor ponían flores en los fusiles de los soldados y se sentaban en un prado, cogidas de la mano, intentando hacer que el Pentágono levitase.

–No lo movieron -recordaba más tarde-, pero fue un buen intento.

Una vez, un grupo de estudiantes negros se encerró en el edificio Ford, en el campus de Brandeis, y le colgaron una

pancarta que decía: UNIVERSIDAD MALCOLM X. En el edificio Ford había laboratorios de química, y algunos miembros del rectorado temían que aquellos radicales estuvieran fabricando bombas en el sótano. Morrie conocía la realidad. Sabía cuál era el meollo del problema: que unos seres humanos querían sentir que tenían importancia.

El encierro duró varias semanas. Y podría haber durado más tiempo si no hubiera sucedido un día que Morrie pasaba cerca del edificio y uno de los manifestantes lo reconoció como uno de sus profesores favoritos y lo llamó a gritos pidiéndole que entrase por una ventana.

Una hora más tarde, Morrie se deslizaba por la ventana con una lista de lo que querían los manifestantes. Llevó la lista al rector de la universidad, y la situación se resolvió.

Morrie encontraba siempre buenas soluciones.

En Brandeis impartía asignaturas de psicología social, de enfermedad y salud mental, de procesos de grupo. En sus clases se daba poca importancia a lo que ahora llamaríamos

«conocimientos para la carrera profesional» y mucha al

«desarrollo personal».

Y, debido a esto, los estudiantes de Empresariales y de Derecho de hoy podrían creer que Morrie fue un estúpido ingenuo con sus aportaciones. ¿Cuánto dinero ganaron más tarde sus alumnos? ¿Cuántos grandes juicios ganaron?

Por otra parte, ¿cuántos estudiantes de Empresariales o de Derecho visitan a sus antiguos profesores después de dejar la universidad? Los alumnos de Morrie lo hacían constantemente. Y en sus últimos meses acudieron a él a centenares: de Boston, Nueva York, California, Londres y Suiza; de sedes sociales de empresas y de programas escolares en zonas urbanas pobres. Le llamaban. Le escribían. Hacían viajes de centenares de kilómetros en coche para dedicarle una visita, una palabra, una sonrisa.

«Nunca he tenido otro maestro como tú», decían todos.

Mientras sigo repitiendo mis visitas a Morrie empiezo a leer libros que tratan de la muerte, del modo en que las diversas culturas conciben el paso final. Hay una tribu de la región ártica de Norteamérica, por ejemplo, cuyos miembros creen que todas las cosas que hay en la tierra tienen un alma cuya forma es la del cuerpo que la contiene, en miniatura, de modo que el ciervo tiene dentro un ciervo pequeñito y el hombre tiene dentro un hombre pequeñito.

Cuando muere el ser grande, esa forma pequeñita sigue viviendo. Puede deslizarse al interior de algo que nace en las proximidades, o puede ir a un lugar de descanso temporal en el cielo, en el vientre de un gran espíritu femenino, donde espera hasta que la Luna puede volver a enviarla a la tierra de nuevo.

Dicen que, a veces, la Luna está tan ocupada con las nuevas almas del mundo que desaparece del cielo. Por eso tenemos noches sin Luna. Pero al final la Luna regresa siempre, como regresamos todos.

Eso es lo que creen.

El séptimo martes

Hablamos de miedo a la vejez

Morrie había perdido su batalla. Otra persona ya le limpiaba el trasero.

Lo afrontó aceptándolo con su valor característico.

Cuando ya no era capaz de llegarse al trasero cuando utilizaba el inodoro, informó a Connie de su última limitación.

–¿Te incomodaría hacerlo por mí?

Ella dijo que no.

A mí me pareció característico de él que se lo preguntase primero.

Morrie reconoció que le había costado cierto trabajo acostumbrarse, pues era, en cierto modo, una rendición

completa ante la enfermedad. Ya se le había despojado de las cosas más personales y más básicas: ir al baño, sonarse la nariz, lavarse las partes íntimas. Con la excepción de respirar y de ingerir la comida, dependía de los demás prácticamente para todo.

Pregunté a Morrie cómo conseguía seguir siendo positivo con todo lo que estaba pasando.

–Tiene gracia, Mitch -me dijo-. Yo soy una persona independiente, de modo que mi tendencia era resistirme a todo esto, a que me ayudaran a bajar del coche, a que otra persona me vistiera. Me sentía un poco avergonzado, pues nuestra cultura nos dice que debemos avergonzarnos si no somos capaces de limpiarnos el trasero. Pero después pensé: Olvídate de lo que dice la cultura. He pasado por alto la cultura durante buena parte de mi vida. No voy a avergonzarme. ¿Qué importancia tiene?

»Y ¿sabes una cosa? Una cosa muy extraña.»

–¿Qué es?

«Que empecé a disfrutar de mi dependencia. Ahora me gusta que me vuelvan de costado y me pongan pomada en el trasero para que no me salgan llagas. O que me sequen la frente, o que me den un masaje en las piernas. Gozo con ello. Cierro los ojos y me deleito con ello. Y me parece muy familiar.

»Es como volver a ser niño. Que una persona te bañe.

Que una persona te tome en brazos. Que una persona te limpie. Todos sabemos ser niños. Lo llevamos dentro. Para mi, es una cuestión de recordar el modo de disfrutarlo.

»La verdad es que cuando nuestras madres nos tenían en brazos, nos acunaban, nos acariciaban la cabeza, ninguno de nosotros se cansaba nunca Todos anhelamos de algún modo volver a aquellos días en que nos cuidaban por completo, con amor incondicional. La mayoría no nos cansábamos nunca.

»Sé que yo no me cansaba.»

Miré a Morrie y comprendí de pronto por qué le gustaba que mi inclinase sobre él para ajustarle el micrófono, para mover las almohadas o para secarle los ojos. El contacto humano. A sus setenta y ocho años, estaba dando como adulto y recibiendo como niño.

Aquel mismo día, más tarde, hablamos de la vejez. O

quizás debiera decir que hablamos del miedo a la vejez, que era otro de los puntos de mi lista de «las cosas que inquietan a mi generación». Cuando venía del aeropuerto de Boston había contado por el camino los carteles publicitarios en los que salían personas jóvenes y guapas.

Había un joven guapo con sombrero de vaquero, fumándose un cigarrillo, dos jóvenes hermosas sonriendo ante un frasco de champú, una adolescente de aspecto sensual con los vaqueros desabrochados, y una mujer provocativa con un vestido de terciopelo negro junto a un hombre de smoking, sujetando sendos vasos de whisky escocés.

No había visto ni un solo personaje que pudiera aparentar más de treinta y cinco años. Dije a Morrie que yo ya me sentía en la cuesta abajo, por mucho que intentaba desesperadamente mantenerme en la cumbre. Hacía ejercicio constantemente. Tenía cuidado con lo que comía.

Me observaba las entradas del pelo en el espejo. Había pasado de estar orgulloso de decir mi edad, por todo lo que había conseguido tan joven, a no tocar el tema, por el miedo a estarme acercando demasiado a los cuarenta, y, por lo tanto, al olvido profesional.

Morrie tenía una visión mejor de la vejez.

–Toda esa importancia que se da a la juventud… yo no me la trago -dijo-. Mira, sé lo triste que puede resultar el ser joven, así que no me digan que es tan maravilloso. Todos aquellos chicos que acudían a mi con sus penalidades, sus luchas, sus sentimientos de ineptitud, su sensación de que

la vida era desgraciada, que se sentían tan mal que se querían suicidar…

»Y además de todas las tristezas, los jóvenes no son sabios. Tienen un entendimiento de la vida muy limitado.

¿Quién quiere vivir todos los días cuando no sabe lo que está pasando? ¿Cuando la gente te manipula, te dice que si te compras tal perfume serás guapa, o que si te compras tal par de vaqueros serás atractivo… y tú te lo crees? Es absurdo.»

–¿No tuviste tú nunca miedo a hacerte viejo? – le pregunté.

–Mitch, yo abrazo la vejez.

–¿Que la abrazas?

–Es muy sencillo. Cuando creces, aprendes más. Si te quedaras en los veintidós años, serías siempre tan ignorante como cuando tenías veintidós años. El envejecimiento no es sólo decadencia, ¿sabes? Es crecimiento. Es algo más que el factor negativo de que te vas a morir, también es el factor positivo de que entiendes que te vas a morir, y de que vives por ello una vida mejor.

–Sí -dije yo-, pero si es tan valioso envejecer, ¿por qué dice siempre la gente: «Ay, si yo volviera a ser joven»?

Nunca se oye a nadie decir: «Ojalá tuviera sesenta y cinco años».

Sonrió.

–¿Sabes lo que se trasluce en eso? Vidas insatisfechas.

Vidas no realizadas. Vidas que no han encontrado sentido.

Porque, si has encontrado un sentido en tu vida, no quieres volverte atrás. Quieres seguir adelante. Quieres ver más, hacer más. No quieres esperar a tener sesenta y cinco años.

«Escucha. Debes saber una cosa. Todos los más jóvenes deben saber una cosa. Si estás luchando siempre contra el envejecimiento, vas a ser siempre infeliz, porque te va a llegar en todo caso.

»Y, Mitch…

Bajó la voz.

»La verdad es que tú te vas a morir al final.

Asentí con la cabeza.

»No importará lo que te digas a ti mismo.»

–Ya lo sé.

–Pero espero que eso no pase hasta dentro de mucho, mucho tiempo -dijo.

Cerró los ojos con un aire de paz y me pidió que le colocase las almohadas detrás de la cabeza. Necesitaba que le colocasen el cuerpo constantemente para estar cómodo.

Estaba sujeto en el sillón con almohadas blancas, con gomaespuma amarilla y con toallas azules. A primera vista parecía que estuvieran embalando a Morrie para transportarlo.

–Gracias -susurró mientras yo movía las almohadas.

–No hay de qué -dije yo.

–Mitch. ¿Qué piensas?

Hice una pausa antes de responder.

–Bueno -dije-, me pregunto cómo es que no envidias a las personas más jóvenes y más sanas.

–Ah, supongo que las envidio.

Cerró los ojos.

«Las envidio porque son capaces de ir al gimnasio o de ir a nadar. O a bailar. Sobre todo lo de bailar. Pero la envidia me invade, yo la siento, y después la suelto. ¿Recuerdas lo que dije del desapego? Suéltalo. Decirte a ti mismo: «Esto es envidia, y ahora voy a apartarme de ella». Y te alejas.»

Tosió, una tos larga, rasposa, y se llevó a la boca un pañuelo de papel y escupió débilmente en él. Allí sentado, yo me sentía mucho más fuerte que él,

desproporcionadamente más fuerte, como si pudiera levantarlo y echármelo al hombro como un saco de harina.

Mi superioridad me turbaba, pues yo no me sentía superior a él en ningún otro sentido.

–¿Cómo consigues no envidiar…?

–¿Qué?

–No envidiarme a mí.