Matices de la magia
Ella se despertó
ELLA SE DESPERTÓ antes de que el sol siquiera pensara en salir. Sus libros de magia estaban desparramados por toda su habitación, pero a ella no le importó. Pasó por encima de algunos y pateó otros fuera de su camino. Su habitación era amplia y le daba la oportunidad de acumular bastante desorden. Se lavó la cara y se acomodó el pelo sin mirarse al espejo antes de salir. Los amplios pasillos de su casa todavía estaban vacíos.
A esa hora, solo estarían llenos de gente la cocina y sus pasillos adyacentes.
Nadie se cruzó en su camino hasta que llegó a la calle.
El día, todavía oscuro, era fresco para ser primavera. El sol todavía no visitaba la región. Ella se arremangó y caminó con decisión hacia la parte más comercial de la ciudad. Sin duda, allí encontraría algo ante lo cual actuar, cualquier problema le daría la oportunidad de practicar su magia buena. Sabía que podría hacerlo, llevaba semanas acumulando buenas acciones para poder lograrlo y en su casa no se respiraba nada más. El lugar comercial estaba lleno de gente que preparaba sus tiendas para cuando las familias adineradas salieran a hacer las compras, familias como la suya. Se quitó el flequillo de la frente. No podía pensar en ello, no estaba allí para eso. Entornó los ojos y buscó entra las personas que se apresuraban de un lado para otro. El aire estaba lleno de olores, pero uno se abrió camino entre todos los demás: el aroma a pan recién hecho que salía de una panadería cercana llegó hasta su estómago, que gruñó en respuesta. Tal vez debería haber desayunado antes de salir. Sacudió la cabeza.
—No, no, no —murmuró—, no debo desconcentrarme.
Volvió a fijarse en la gente frente a sus ojos. Un comerciante intentaba bajar por sí solo unos grandes muebles de una carreta.
—¿Dónde está su ayudante? —murmuró ella.
Pero no había nadie más por allí. El hombre se colocó debajo del mueble, pero cuando cayó sobre su espalda, ella vio cómo se le torcía el tobillo y se balanceaba hacia un lado. Ella contuvo la respiración durante un segundo antes de ponerse en acción. Se adelantó con los dos brazos hacia delante, las mangas más arriba de los codos dejaban ver todos los tatuajes en sus antebrazos. Ella murmuró las entonaciones correspondientes para elevar el mueble por encima del hombre. El comerciante estaba sorprendido, pero antes de que pudiera verla a ella, su perro corrió hacia él.
El mueble estaba justo sobre el perro. El comerciante lo corrió de lugar y ella hizo un esfuerzo para alejarlo más aún, pero de repente venía corriendo uno de los tantos niños.
—No. —Jadeó ella y volvió a mover el mueble, ya no podía sostenerlo mucho tiempo.
¿Qué hacer? No el niño, no, mejor el perro, pensó y dejó que el mueble cayera. Escuchó un grito que tardó en asimilar. Cuando pudo fijar la vista, vio al comerciante en el suelo, al niño llorando a un lado, el perro ladrando al otro y el mueble sobre la pierna del hombre.
—No —dijo ella y se llevó la mano a la boca.
—¡Levántalo otra vez! —exclamó uno de los hombres.
—Yo... Yo...
—¡Vamos!
Ella obedeció, pero la magia no actuaba como quería, sino que el mueble se hundía más en la pierna.
—¡Detente! —gritó una mujer.
Y ella bajó los brazos. Huyó bajo las miradas punzantes de los que estaban allí. Oyó cómo se llamaban unos a otros para intentar quitar el mueble. Pero no se quedó allí para verlo. Llegó a su casa y a su dormitorio cuando los demás todavía dormían. Pateó los libros antes de tirarse sobre la cama.
—¿Cómo pudo salir mal? Tenía suficiente magia acumulada, debería haber salido bien.
«Pero no tenías un plan», le pareció oír la voz de su maestro.
—Sí lo tenía —ella apretó los dientes—, pero el perro, el niño... Elegí la mejor opción, ¿no?
Se dio vuelta en la cama y hundió la cara en la almohada, no podía hallar la respuesta a esa pregunta. Solo sabía que había perdido la magia
buena acumulada y había ganado de la mala. Suspiró y el aire caliente de su propio aliento le hizo perder la respiración.
«Lo intentaré otra vez —pensó—, lo lograré, se los demostraré a todos».
Pero ¿cómo conseguirlo? Tal vez si le preguntaba a él, pero sin que lo notara.
Se puso de pie de un salto, no tenía sentido esperar: debía tratar de solucionarlo lo más pronto posible. Así que volvió a salir con sigilo y corrió hasta la casa de su amigo, lo encontró justo cuando estaba abriendo la puerta. Le gustaba salir temprano para ayudar a aquellas personas que habían pasado la noche en la calle. A ella no le gustaba especialmente esa tarea. Pero lo haría con él, no solo porque le ayudaría a acumular magia blanca, la cual siempre le escaseaba, sino porque quería demostrarse algo.
—¿No hay lecciones hoy? —preguntó él con una sonrisa.
—Mi profesor tiene que hacer algo con su familia. —Se encogió de hombros ella.
—Pensé que ya no se hablaban.
—No exactamente, pero creo que uno de sus padres está enfermo. —Él asintió con seriedad—. ¿Y tú?
—Hoy son por la tarde.
—Aunque ya no las necesitas, ¿no?
—Siempre se precisa seguir mejorando —dijo él y se mordió el labio—.
¿Vendrás conmigo?
—Sí —respondió ella y se forzó a mostrar una sonrisa.
Después de ayudar a unas pocas personas, ella le pidió que la acompañara a las afueras de la ciudad. Allí buscó algún árbol caído o algunas ramas que le sirvieran a su propósito. Encendía el fuego como nadie más podía hacerlo, era muy buena para ello, aunque no era así para todos los magos blancos. Él esperó sentado en el suelo, con tranquilidad, como solía hacer todas las cosas. Ella enseguida se puso nerviosa. Invocó la magia. Sus niveles de magia blanca aún eran bajos, pero los usaría de todas formas. Apenas comenzó, la magia negra se despertó y ella no pudo controlarla. Encendió el fuego, pero había un exceso. Estiró la mano y lo envió hacia el agua cercana. El agua se removió y salió humo, pero se confundió con el humo del tronco. Quedó casi quemado. Su amigo se levantó a observarlo, sin mirar nunca hacia el agua. Ella jadeó.
—No está mal. —Sonrió él, pero se alejó rápidamente del tronco, tenía el rostro rojo.
—Lo siento —dijo ella.
—No te preocupes, ya lo harás mejor. De todas formas, es muy fuerte para un mago blanco.
«Descontrolado —pensó ella—, como un mago negro».
Vaciló.
—Ven —dijo él—, vamos a almorzar.
Ella lo siguió, pero estuvo muy callada todo el tiempo.
—Tengo que decirte algo —comentó cuando se separaron en la casa de él.
Ella bajó la mirada después de contarle. Él solo sonrió.
—Ya lo harás mejor la próxima vez, no te preocupes.
AMBAS IBAN DE REGRESO a la ciudad después de haber pasado medio día en el pequeño lago que estaba cerca de allí. Sus aguas eran tibias, según algunos, por el abrazo de la montaña en que se apoyaba. Iban charlando con alegría, todavía con el cabello mojado y la ropa semipegada al cuerpo. Se separaron poco antes de entrar a las puertas de la muralla. Su amiga vivía en las afueras, en una casa pobre que había heredado de la mujer que la crio cuando sus padres fallecieron. Ella había atravesado las puertas cuando recordó que llevaba consigo los restos del almuerzo que habían consumido ese día. No tenía sentido que se los quedara ella, tenía mucha más comida en su casa. Alzó la vista, el sol todavía no intentaba descender, así que se dio la vuelta y corrió hacia donde había dejado a su amiga y luego un poco más allá. Se detuvo cuando vio a un grupo de personas. No entendió lo que estaba sucediendo hasta que oyó el grito de su amiga. La joven estaba siendo tirada de unos brazos a otros entre risas. Ella miró cómo rebotaba entre los diferentes hombres, quienes todavía no habían notado su presencia. Tenía que hacer algo.
«Pero ¿qué?», se preguntó mientras revisaba en su mente lección tras lección que había leído en su libro.
No tenía ningún plan para ese tipo de situaciones. Ni para ningún otro, diría su maestro: su principal problema era que solía guiarse por sus
instintos. Y ella trataba de no ser así, de poder guiarlos hacia donde quería que...
Un grito más fuerte de su amiga la regresó a la realidad. Uno de los hombres había hundido su boca en su cuello y ella chillaba como un marrano. Ella se arremangó y elevó los brazos. Entonó la encantación para levantar un fuerte viento. Encontró a los demás hombres distraídos, pero no podía voltear a uno de ellos, no mientras aún tuviera a su amiga en sus brazos. Tendría que encontrar otra magia. Todavía tenía más acumulada, había estado juntando durante días y esta era una buena acción también, tendría que acumular un remanente. Su amiga gritó su nombre, pero ella vacilaba aún. ¿Qué hechizo usar? Los demás hombres ya comenzaban a revolcarse en el piso, mientras el viento que los retenía allí perdía fuerza. Su amiga golpeó en las espinillas al hombre que la retenía y él le cortó la pierna con un puñal. Ella elevó los brazos sin vacilar y lanzó un encantamiento que tiró a ambos al piso. Su amiga rodó hacia un costado y su ropa y pelo semihúmedos la salvaron del fuego que consumió al abusador. Ella no reaccionó cuando el resto de los hombres huyó entre alaridos de terror, ni cuando su amiga reclamó su atención, sino cuando se le acabó la magia, cuando sintió el cosquilleo de una nueva acumulación, una mala. Bajó los brazos y jadeó con fuerza.
—Debemos irnos de aquí —dijo su amiga y tiró de ella hasta lograr que sus piernas reaccionaran.
La llevó hasta su pequeña choza, sin una sola mirada al tronco chamuscado que dejaban atrás.
—¿Estás bien? —preguntó su amiga cuando lograron sentarse y tomar un poco de agua algo turbia.
Ella pestañeó con fuerza.
—No —musitó—. ¿Y tú? ¿Cómo estás tú?
Revisó y palpó a su amiga.
—Estoy bien —dijo ella y trató de sonreír.
—Tu pierna.
—Es solo superficial, no te preocupes. Por suerte, no habían llegado a...
—le tembló la voz—, gracias, gracias por salvarme.
—Volvía a darte la comida. —Ella se miró las manos vacías como si recién notara que estuvieran así—. Te vi... Los vi a ellos. —Negó con la cabeza.
—Hiciste bien —opinó su amiga.
—Pero ese hombre... Yo lo... —Apretó los labios. No podía decir la palabra en voz alta. Ni siquiera podía pensar en ella. ¿Qué había hecho?
Había acumulado maldad con una acción buena. Lo había perdido todo.
¿Realmente era mala?
«No, no, seré buena, lo lograré».
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