Matices de la magia

Lorena A. Falcon · Capítulo 3 de 39

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Matices de la magia

Capítulo II

SI BIEN ELLA SIEMPRE ESTABA cerca de magos y siempre presenciaba charlas sobre magia, lo cierto era que la mayoría de la población del reino no era mágica. No fue hasta que conoció a Ysabel que se percató de todo lo que existía fuera de la magia. Aunque no era justo decir eso, ya que la magia estaba en todos lados y todo el mundo la acumulaba. Aunque muy pocos, los magos, podían acceder a ella y usarla.

—Es que nunca lo entendí bien —reconoció Ysabel.

—Es fácil —dijo Johanna—. ¿Cómo describirías a alguna persona buena? ¿Qué la hace buena?

—Hacer cosas buenas.

—¿Ves? Es fácil.

—No, no lo entiendo.

—Cada cosa que haces gasta energía y a la vez acumula, eso es la magia: acumulación de energía que luego puedes canalizar. Esa acumulación depende de tus acciones —frunció el ceño— y también de tus intenciones.

—Entonces, cada buena acción acumula magia blanca. ¿Por qué? ¿Por qué es blanca? Si es acumulación de magia, ¿no debería ser simplemente energía?

—No —dijo Johanna—, porque tiene la misma firma que la acción que la generó y, por lo tanto, sirve solo para hacer magia de ese mismo tipo.

—Entonces, solo se pueden hacer ciertas cosas con la magia blanca.

—Sí, como curar, proteger, cultivar, no se puede hacer nada que cause daño.

Ysabel vaciló otra vez.

—Entonces…, no entiendo para qué sirve la magia negra, por qué la dejan existir.

Johanna se encogió de hombros.

—Porque no todo lo peligroso es malo. Por ejemplo, el fuego, solo un mago negro puede hacerlo crecer y quemar cosas, ya que eso es malo, pero a veces necesario.

—No se me ocurren muchos usos para la magia negra —insistió su amiga.

—A mí tampoco, pero es que no nos enseñan mucho de ella. —Recordó las palabras de su padre—. Sin embargo, se acumula como la blanca y es mejor no ignorarla.

—Pero entonces, cuando haces algo bueno con la magia, acumulas otra vez, por lo tanto, ¿no deberías tener reservas siempre?

—No funciona así —sacudió la cabeza Johanna—, se acumula solo por la acción en sí, no por la energía que le hayas agregado.

Ysabel apretó los labios.

—Sea como sea, los magos siempre son raros y es mejor no confiar en ellos.

—¿En serio los demás nos odian tanto?

—No es odio, más bien incomodidad. Se meten en todo, en el cultivo, en las construcciones, en la creación y mantenimiento de la comida y algunos gremios ya se están quejando de que ahora también están en la confección de ropa. ¿Por qué?

Johanna se encogió de hombros.

—Supongo que para hacerla más durable, ¿no es eso bueno?

—Sí, pero lo que no convence es que se necesite un mago —bajó la voz a un murmullo—, muchos temen que, si seguimos así, se requerirá un mago para cada tarea y entonces, ¿para qué se necesitará a los demás?

Johanna parpadeó.

—No somos tantos magos.

Ysabel frunció los labios.

—Nunca suelen ser muchos los tiranos.

Siguieron caminando por la ciudad. Por primera vez, prestó atención a cómo la miraban. Sus ropas la marcaban como maga y la mayoría de la gente desviaba la mirada de ella. Aunque no había agresividad, se notaba cierta tensión. Le preguntó a su padre cuando regresó a su casa.

—Siempre hay aprensión hacia lo desconocido o lo que no se entiende bien, pero la magia siempre estuvo aquí. No te preocupes, terminará acomodándose.

Johanna abrió la boca y la cerró sin decir nada. La cuestión era ¿cómo?

—¿Por qué de repente estas preguntas? ¿Fue por la visita?

Johanna frunció el ceño hasta que entendió.

—No, solo por la forma en que me miran cuando saben que soy maga.

¿Qué sucedió con la visita?

—Nada de lo que debas preocuparte —sonrió su padre—, tampoco de cómo te miran los demás, eres lo que eres y punto.

Él continúo caminando como si ya hubiera dado por terminada la conversación. Johanna lo siguió, todavía pensativa, y se quedó parada en el umbral de la siguiente habitación.

El salón era enorme, aunque no el más grande que hubiera visto. Sin embargo, era demasiado para una familia tan pequeña. Ella siempre se había preguntado cuál era la necesidad de cenar en aquella mesa que los situaba tan lejos unos de otros que tenían que levantar la voz para hablar entre ellos.

—No te quedes allí parada —dijo su madre—, ven a sentarte, ya han servido la cena.

Ella se acercó a su lugar, al lado de su hermano mayor y frente al hermano del medio, que se sentaba junto a su madre.

—Estamos pensando en una nueva división de la institución.

—¿Como algo separado? —preguntó Sixtus, el hermano sentado junto a su madre.

El padre tomó un trago antes de contestar.

—No estamos seguros, la práctica todavía es demasiado pequeña para mantenerse por sí sola, pero ya no es algo que pueda hacerse por magos no especializados, dedicados a ello.

Ella comió su cena sin levantar la vista. No tenía idea de qué hablaban, pero los demás parecían saberlo y no quiso demostrar su ignorancia. No era la primera vez que la dejaban fuera de sus decisiones.

—Tal vez si pasaras más tiempo con nosotros… —sugirió su madre.

«¿Es que acaso lee la mente?».

—¿Perdón, madre?

—No sabes de qué hablamos porque no pasas tiempo con tu familia.

—Ella debe practicar —comentó el menor de sus hermanos—, ya falta menos para su elección.

—No veo la hora de que te separes de ese profesor.

—Él es bueno.

—No lo dudamos, querida —dijo su padre—, pero su familia… Sabes que caridad o curación es la única razón por la que nos relacionamos con los magos negros.

—No sé para qué curarlos si no los queremos —murmuró ella.

—Porque es lo correcto —dijo Primus, el hermano mayor, con su voz algo alta en el registro.

—Esos son los comentarios por los cuales no me gusta tu profesor —

explicó su madre—. ¿Por qué no un buen modelo de mago blanco?

—Está Tomás… —dijo ella con algo de esperanza en la voz.

—Es muy bueno —agregó Primus.

—Sí —dijo la madre—, buena familia, deberías pasar más tiempo con él, ¿pensaste alguna vez en…?

—Ahora no —intervino su marido.

Ella se sonrojó. Sabía lo que su madre iba a preguntar y llevaba meses, incluso años, ignorando las alusiones, solo era un amigo para ella, ¿por qué no podía tener un amigo?

—También está Ysabel—dijo su hermano con una sonrisa.

Ella se lo agradeció en silencio, A veces tenía esos ataques de bondad salvadores, aunque la mayor parte del tiempo la ignorara.

—Ella no es maga —aclaró la madre.

—La caridad siempre es buena —dijo Primus.

—No digo que no, solo que le falta relacionarse más con magos, eso es lo que ella es.

—Regresando al tema de la caridad —agregó el padre—, ¿qué piensas?

El hermano mayor parecía estar meditándolo. Ella lo observó. ¿Por qué tendría que pensarlo? Él era un curandero, toda su vida se había enfocado en eso. Ya quisiera ella tener tan claro lo que deseaba ser.

—No lo sé —admitió Primus—, no puedo dejar mis responsabilidades.

—A él le gusta curar —dijo Sixtus—, ¿por qué sacarlo de su pasión?

El padre enarcó las cejas.

—¿Entonces tú?

El menor se encogió de hombros. Ella cada vez entendía menos y no pudo evitar preguntar.

—La nueva división necesitará alguien que la dirija —explicó su padre

—, debemos proponer candidatos.

Ella frunció el ceño.

—¿No crees que tu hermano pueda? —preguntó su madre.

—No, no es eso, es que, no sé, siempre pensé en alguien mayor. —Bajó la vista.

—No estaría solo —dijo el padre—, alguien con experiencia debería acompañarlo.

—Creo que debería hacerlo yo —propuso Primus.

Ella murmuró su aprobación. Sus hermanos, solo pocos años mayores, ya estaban encaminados. «¿Y yo? —Miró al mayor—. Ojalá fuera como él.

Tal vez debería observarlo más».

PRIMUS ERA EL PRIMERO que se levantaba en la casa, poco antes del amanecer, incluso antes que varios de los criados. Johanna, todavía pegada al sueño, lo siguió a la cocina, donde su hermano consumió un rápido desayuno y se llenó un bolso de provisiones. Lo siguió por la calle hacia las partes más alejadas de la ciudad, pero todavía dentro de los muros interiores. Caminaba como si no tuviera ningún destino fijo y cada tanto se detenía, a veces para mirar alrededor, otras para acercarse a alguien que parecía haber dormido a la intemperie y ofrecerle un poco de comida.

No tardó en llegar a uno de los asilos para aquellos que no tuvieran trabajo ni familiares que cuidaran de ellos, todavía tenía un poco de provisiones y se apresuró a llevarla a la cocina, donde estaban preparando el desayuno. Johanna intentó seguirlo con sigilo, allí había mucha gente y pocos magos atareados que iban de un lugar a otro. Se le ocurrió que podría haber muchos más, ¿por qué no estaba allí lleno de magos blancos? Tal vez hubiera más asilos como ese, no sabía cuántos podría haber en el reino. Se había quedado perdida en sus pensamientos cuando sintió que le tocaban el hombro.

Con un salto, dio la vuelta. Su hermano le sonreía.

—¿Por qué me seguías?

—Yo no…, yo no… —suspiró—, solo quería…, mmm…, ayudar.

—Pues me hubieras avisado, siempre se necesitan manos por aquí. Ven

—le hizo un gesto—, primero les daremos de desayunar y luego veremos quién necesita curación.

Johanna asintió.

«Sí, ¿por qué no había pensado en pedirle ayuda? —Contuvo un suspiro

—. Porque, en realidad, no quería, quería hacerlo por mí misma».

Pero incluso entonces, cuando copiaba todos los movimientos de Primus, incluidas las sonrisas que les dedicaba a las personas, sentía que vestía una máscara y creía que cada una de esas personas lo notaba, que la miraban como en aquel callejón cuando intentó ayudar al niño. No sentía que estuviera haciendo nada bueno, más allá de los constantes ánimos de su hermano.

Solo entrada la tarde se animó a detenerse un poco y revisar sus reservas de magia. Con miedo, extendió sus sentidos, sí, por suerte había logrado aumentar su caudal. Suspiró y dejó caer los hombros. Solo un poco, pero estaba allí. Escuchó pasos que se acercaban y, por instinto, se ocultó tras una puerta. Era uno de los magos que dirigía la institución de caridad y otro que estaba con la de la sanación. Iban hablando ensimismados en su charla.

—Esto no puede continuar así —dijo uno de ellos—, cada vez hay más resentimiento en las afueras, debemos controlarlo.

—No somos suficientes —advirtió el otro.

El primero lo miró.

—Sí, lo somos, pero la mayoría no quiere salir. Y entonces solo logramos la desconfianza de los demás, no podemos permitirnos eso, no si queremos lograr nuestro segundo paso.

—La gente sin magia es desconfiada por naturaleza.

—Tal vez… —se quedó pensando—, tal vez si…

—No —lo cortó el otro—, la magia es clara, es blanca o negra, no hay otra forma.

—A lo mejor si dejáramos…

—No, ¿por qué insistes? Perderíamos mucho si dejáramos abiertas tantas opciones.

—Pero ¿y lo que podríamos ganar?

—El siguiente paso está claro, no te desvíes, debemos seguir con el plan. Tal vez haya que reforzar entre las personas comunes de afuera la idea de que pueden y deben confiar en la magia. Prepararemos unas excursiones para la semana que viene.

Se oyeron otros pasos y los magos se callaron. Era Primus el que se acercaba.

—Ah, Primus —dijo el mago de la caridad—, justo hablábamos de un nuevo proyecto y creo que eres el indicado para llevarlo a cabo.

Le puso una mano en la espalda y se alejaron de allí. Desde detrás de la puerta, Johanna los observó alejarse. ¿Qué era lo que había escuchado?

¿Era esa la razón por la cual los demás desconfiaban tanto de los magos en las afueras de la ciudad? ¿Eran esas las cosas que Ysabel decía que ella no sabía y que no tenía idea de lo que sucedía? ¿Cuál era ese segundo paso?

Sacudió la cabeza. Eran demasiadas preguntas, demasiadas dudas que no eran importantes para su propio destino. Tenía cosas más urgentes en las que pensar. Volvió a controlar sus reservas de magia, la buena tremolaba, pero la negra había crecido otra vez. ¿Por qué? Se mordió el labio.

Claro, había escuchado conversaciones ajenas. Tal vez debería hablar con su hermano, tal vez si hiciera lo correcto… Pero ¿qué le diría? No había sido capaz de comprender todo lo que habían dicho, ni la mitad siquiera.

Tendría que investigar un poco más.

—Pero no tengo tiempo para esas cosas —suspiró—, tengo que pensar en mí.

Apretó los labios y miró alrededor. No era bueno pensar de esa manera egoísta, sintió ganas de volver a comprobar sus reservas, pero le dio miedo lo que pudiera encontrar, así que se abstuvo.

Salió del asilo sin avisarle a su hermano. Afuera ya comenzaba a anochecer y, de repente, sintió un dolor en el estómago, no había comido en todo el día y ni siquiera lo había notado. Decidió regresar a su casa y llevarse comida para encerrarse en la habitación, mientras seguía debatiéndose entre hablar sobre ello o no.

«Tal vez con Ysabel —pensó— o con Iván, él debería…». Pero no, sería peor con él, tenía esa tendencia a mirarla más allá de sus preguntas.

Pasó por la institución donde trabajaba su madre y se preguntó si todavía estaría allí. A ella sí que no podría preguntarle nada, terminaría más acosada de preguntas y con ninguna respuesta. Incluso cuando era niña, su madre parecía querer interrogarla todo el tiempo, como si tuviera que comprobar a cada rato que no se le olvidaran las más básicas lecciones. No se dio cuenta de que se había detenido a observar el edificio. Era una de las instituciones más grandes y con más magos blancos, se ocupaba de coordinar todas las tareas de caridad y curación y comida. Sin embargo, a

ella nunca le había quedado clara su función. Sí sabía que era uno de los nexos con el gobierno civil de la ciudad. El edificio se erguía por tres pisos, cada uno de los cuales tenía el alto de dos, por lo cual le ganaba en estatura a todos los demás, incluso estaba a la par de la Casa de Gobierno.

Los recuerdos fluyeron con facilidad.

—¿Quién es él? —preguntó Johanna mientras veía a un hombre, seguido por otro, entrar apresuradamente en la oficina del director.

Estaba en la institución central de magia blanca. Su madre la había llevado allí porque básicamente no tenía dónde dejarla.

—Es el regente de la ciudad —dijo ella con desaprobación—, deberías saberlo, ¿qué es lo que te enseñan?

Johanna se encogió de hombros.

—Me dijeron que hay un regente, pero no me mostraron su foto. ¿Y

quién es el otro hombre?

—Su secretario.

La madre la miró con intensidad. Ella comenzó a ponerse incómoda.

—Dime cómo es nuestra forma de gobierno.

Ella bufó.

—Johanna.

—Está bien —puso los ojos en blanco—, no sabía que habría examen hoy.

—Deberías estar en la escuela —echó un vistazo a la puerta cerrada del director—, no veo ninguna razón para que estén cerradas hoy.

Se volvió hacia su hija, a la espera. Johanna puso los ojos en blanco nuevamente, pero recitó:

—Somos una ciudad estado, regida por un regente votado por la asamblea, compuesta por los nobles, los magos y un representante de los comerciantes y otro de los gremios, aunque estos no siempre tienen voto. El regente no puede ser mago.

Se calló. La madre la seguía mirando.

—¿Más?

—¿Y por qué ciudad estado?

—Porque hace mucho mucho tiempo nuestra ciudad se separó del reino.

—¿Y las otras?

—Son ahora nuestras vecinas.

—¿Y cómo son nuestras relaciones?

Johanna miró hacia la puerta del director a su vez.

—¿No muy buenas?

La madre apretó los labios.

—Pueden ser algo tensas, todavía hay bastante por definir.

—¿Y por qué el regente no puede ser mago? —preguntó Johanna a su pesar.

—Demasiado poder —replicó su madre sin prestarle atención.

Su padre se acercaba a ellos. Era un hombre alto y delgado. Su expresión siempre parecía indicar que estaba cansado, pero ella sabía que era una muestra de indolencia poco real. En pocos años, había ascendido hasta un puesto bastante jerárquico dentro de la institución.

—Tendremos visitas.

—¿De quién?

—Los reinos vecinos. Vendrán los regentes y algunos magos.

La madre se sentó.

—¿Por qué no solemos hablar con ellos? —preguntó Johanna.

Su madre la miró con irritación.

—Tendré que hablar en la escuela, cada vez enseñan menos.

—Regina —dijo su esposo y se volvió con expresión plácida hacia su hija—. Sí sabes por qué nos separamos, ¿no?

Johana se mantuvo en silencio. La madre gruñó por lo bajo, pero su padre no se inmutó.

—Hubo diferencias entre los diversos grupos sobre la magia y su acumulación.

—Es la razón por la que dejamos que haya magos negros —dijo Johanna.

—Sí y no —respondió su padre—. Primero, no es que dejamos que haya, la acumulación de magia negra existe, se quiera o no, y es mejor no ignorarla. Pero no fue la única razón. Sabes que no todos tienen magia ni todos en la misma cantidad. Fue difícil conseguir un gobierno conjunto y todavía más mantener sus relaciones con los vecinos, que también son inestables internamente.

—Pero ellos también tienen magos blancos y negros como nosotros,

¿qué tan diferentes pueden ser? —Johanna frunció el ceño.

—Hay matices.

—Esposo, todavía es muy joven.

Johanna miró de uno a otro sin estar segura de lo que se decían en silencio. Entonces, apareció Tomás con sus padres.

—Hola, ¿quieres ir a ver la procesión? Podremos mirar desde lejos.

Sus padres la dejaron ir y ella se fue con su amigo.

—¿Tus padres también están preocupados?

—Todos lo están —replicó Tomás con gesto serio, miraba al horizonte.

Allí, cerca de los muros, había grupos de magos. Y Johanna sabía que debía de haber tanto blancos como negros, por la forma en que estaban separados unos de otros.

—Ven —dijo Tomás—, podemos hacer algo para ayudar a las personas que esperan bajo el este sol tan fuerte.

Johanna apretó los labios para no contestar y lo siguió. Ella también sufría calor, pero no le vendría mal subir sus reservas de magia blanca, que siempre estaban bajas.

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