Memorias de un exorcista

Gabriele Amorth · Capítulo 50 de 84

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Memorias de un exorcista

La cuestión de los videntes

 

A la hora de diagnosticar un caso, disponer de unas fuentes de discernimiento fiables supone una gran ayuda para el exorcista, puesto que así no cuenta únicamente con su juicio. No obstante, Satanás utilizará cualquier imprudencia que cometa el exorcista en su contra, o en contra del poseído. Algunos afirman ser capaces de ver el carácter de una persona, o la historia de determinado lugar, con la misma claridad con que ven una pantalla televisiva. Otros afirman que pueden emitir un diagnóstico certero basándose en su presunta facultad para interpretar los movimientos del péndulo, o la disposición del aceite vertido en el agua, etcétera. Y, según una opinión muy generalizada, debemos considerar el valor de esos supuestos dones según los criterios expuestos en el Ritual de 1614. Pero ¿cómo podemos saber si tales dones proceden de Dios, de nuestra naturaleza humana, de los ángeles o los demonios?

Para saber si proceden de Dios, nos pueden ser de gran ayuda casos

análogos sobre videntes y apariciones. En el discernimiento de las apariciones, es útil preguntarle al vidente cómo entra en contacto con Jesús o la Virgen antes, durante y después de la aparición. De este modo, comprobamos si el vidente es consciente de la necesidad de adorar mayormente a Jesús. La veneración es la humildad en acto, algo que no puede proceder de Satanás ni de nosotros mismos. Con todo, aunque uno a crecido venerando a Jesús, ello no significa que las apariciones o dones provengan necesariamente de Satanás, pues también pueden venir de los ángeles, o de nuestra naturaleza humana.

Los ángeles pueden ayudarnos a detectar la presencia del demonio de

muchas formas, pero no creo que los ángeles empleen métodos que los demonios puedan imitar fácilmente con el fin de perjudicarnos. Así pues, estos dones (péndulo, aceite…) sólo pueden proceder del demonio, o de nuestra naturaleza humana. Nuestra naturaleza posee una gran riqueza interior, que es inexplicable. Por ejemplo, es común que, entre gemelos, uno sepa dónde se encuentra el otro, qué está pensando, etcétera. Con frecuencia, las madres intuyen qué les ocurre a sus hijos, sobre todo cuando es algo preocupante. Estas capacidades pueden ser naturales, sólo que, desde el pecado original, los hombres tienden más hacia la parte material de su naturaleza que a la espiritual, y por eso son menos propensos a desarrollar sus capacidades en esta última dirección. Vemos, por ejemplo, que el santo Cura de Ars era muy competente en el ámbito espiritual, pero, claro está, nadie puede atribuirse una santidad como la suya. Lo cierto es que debe evitarse el uso de estas capacidades, al menos a la hora de diagnosticar si un individuo está poseído.

Si un exorcista actúa con imprudencia, probablemente no se limitará a utilizar estos fenómenos extraordinarios, y tal vez otorgue excesiva importancia a sus poderes indagadores. Por ejemplo, al maligno le encantaría que un exorcista les atribuyera determinadas acciones a determinados demonios. De este modo, el exorcista asociaría los nombres de los diablos a unas acciones específicas. Y si luego el exorcista, al intentar expulsar a un diablo, se equivocase de nombre, el diablo siempre podría quedarse y fingir su marcha. Es importante tener en cuenta que entre los ángeles rebeldes democracia, sino una estricta jerarquía. Todos actúan y hablan según la voluntad de su superior; por eso muchos diablos simples dicen sus nombres. Si no, actuarían y hablarían en función de las circunstancias y exigencias de la persona atormentada y su exorcista.