Metanoia

Carlos Edmundo de Ory · Capítulo 2 de 42

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Metanoia

Introducción

Prólogo

 

Sabéis lo que es la sensibilidad suspendida, esa vitalidad terrorífica y partida en dos,

ese punto de cohesión necesaria en la que el ser no se alza más, ese sitio amenazador, ese lugar aterrante.

ANTONIN A [1] RTAUD, El Pesa-nervios

Introducción a un libro. Prólogo a un autor como intento descabellado de la mostración de una vida y una obra que se pretenden ofrecer en síntesis, más a menudo epílogo, algo difícil siempre de acometer, pero preciso tributo de presentación a los lectores. Uno más de cientos de libros condenado, tal vez y de nuevo, al silencio de las estanterías. La traducción, sin embargo, de una experiencia.

Aún no ha llegado el momento y no hemos pretendido nunca la recuperación del hombre. Carlos Edmundo de Ory hace tiempo se recuperó a sí mismo desde las algas de su silencio y a partir de la liberación de tantas caracterizaciones propias del cargo de poeta, esa palabra que hoy empieza a doler en los oídos plena de extrañas connotaciones.

Es el problema de la poesía como el problema del hombre. Los homenajes pueden carecer de sentido en casos como éste. Los homenajes son, a menudo, modos de secreta adulación y pensamos que nada hay que agradecer, ni siquiera una obra, tan sólo la fidelidad y la autenticidad de un camino. Por eso, Carlos Edmundo de Ory tal vez hoy en demasiadas palabras, en muchas bocas y más bocas que vendrán, labios encendidos. Por eso dice que escribe sólo para encontrar seres, para sentirlos, también los seres de dentro, escritura linterna de Diógenes buscando mundos paralelos, más allá o más acá de nuestros propios actos. Buscando casi siempre.

Y anotamos una historia. Es esta la historia de una revolución de sudor y noches, noches de Cádiz, Madrid, Lima, París o la actual cabaña en Amiens, esa ciudad de Francia que se ubica no lejos de las olas de la Caleta gaditana, como las otras costas, un charco de Atlántico sin alas de por medio.

Nuestro intento es así un esfuerzo más por hacerla traducible, un modo hipotético de implantarla en toda su virulencia, la catarsis precisa o un breve arañazo al olvido. Contar nuestra historia en la onda de frecuencia que nos sea posible, pero sin que la ley se establezca o se haga la luz definitiva. Se trata, pues, de aproximarnos a una compleja trayectoria hoy repetida, decía, en buen número de páginas impresas, aunque no por ello menos ausente, menos cargada de silencio.

Sucede que la comprensión racional suele ser la mínima exigencia para la difusión de una obra e implica igualmente comprensión de una vida, un pensamiento o un modo peculiar de realizar el proceso vital a través del tiempo. Sólo si nuestra lógica consigue descifrar los elementos, sólo si en la clarividencia se muestran los papeles y la historia aparece definida, sólo entonces nos hacemos partícipes del juego.

Pero en el juego no estaban previstas formas nuevas, las nuevas reglas que algunos hombres quisieron proponer. Y se quedaron fuera.

Una obra, por otra parte, sólo existe como tal en el acto mismo de ser realizada en el interior de un perceptor que la recibe, pero también adquiere su esencia en los momentos anterior y posterior al acto creativo; la obra nace del silencio, en él se configura y toma cuerpo, a partir de él se genera la levadura de su consistencia. Sólo el tiempo es ahora el trazador de su destino y el encargado de convertir en acto sus potencias.

Hasta no hace mucho, sin embargo, se han resistido en este país la impetuosidad, la mostración desnuda de un vitalismo incluso cruel, el alto voltaje de una voz que arranque de la abierta denuncia o la queja, el timbre de una tangible existencia en la superación del lenguaje, un lenguaje excedido a sí mismo hasta sus últimas metamorfosis.

Por eso la historia de España reciente es la historia también de los anticristos, la negación de un Ortega tardío, Bretón ateo, Kafka, Eluard, Vallejo o Joyce prohibidos, Hólderlin en absoluto silencio, el surrealismo anulado, topificado o minimizado hasta su aniquilamiento, historias de un exilio y una España erradicada de sus tierras, cerrada en sus fronteras a todo avance de la cultura internacional, volcada, por tanto, y exclusivamente, a su pasado cultural. Todo esto fue pretendido y encuadrado como masonería, pseudofrancofilia, infiltración judaizante, marxismo internacional y anarquía, tumores a curar en esta nuestra reserva espiritual de Europa. Y de aquí la razón de las tendencias revisionistas que sobre el periodo inmediato observan no sólo los estudios literarios, de aquí la rápida cadena de recuperaciones, explicable también porque todo ese «mal» había permanecido en las catacumbas.

Esta edición, como las que la han precedido dentro de una valoración positiva en la perspectiva global de lo que supone la obra de Ory, responde entonces a esta nueva posición de la crítica que, desde la década de los 60 viene dando un distinto enfoque a la vanguardia española, posición coincidente, por otra parte, con la que lanzó a lectores y editores a la búsqueda de aquellos «heterodoxos» de nuestra literatura desde posguerra.

Pensamos que una nueva edición puede aportar algo a aquellos que se interesan por los calambres de la expresión poética, aunque Ory tenga aún mucha obra por hacer y sólo parcialmente nos sea posible observar, a través de estas páginas, el diálogo intraducibie de la soledad.

Y pensamos también que poco debería decirse y mucho menos de lo gratuito por ya afirmado, que no es poco, pero la finalidad de un lector universitario o con deseos de una más amplia información, así como el enfoque de esta colección, obligan a una extensión y profundidad no exenta de riesgos: la edición crítica.

Hablaremos entonces de estilos y tendencias, utilizaremos la terminología al uso que nos ofrece la investigación literaria, pero sin dejar de ser conscientes de que ésta tiene sólo un valor relativo, de difusión y deuda a un código de comunicación por el que nos entendemos y simplificamos. Bajo este prisma quisiéramos ser entendidos, pues, en sentido estricto, cualquier titulación, cualquier afirmación definitoria de un autor, una tendencia o una obra sólo son válidos si se los acepta en su complejidad, superando la superficialidad con que, en razón del espacio de que se dispone, pueden ser tratados. Por esto, la crítica es a menudo el mejor modo de no llegar a nada si en reglamentación y clasificación se traduce, si no es aproximación personal y compleja al complejo mundo que se nos ofrece, recreación a través de la inmersión pacífica o violenta entre los hilos de ese mundo. Es preciso estar abiertos a la mostración del hombre, a su emisión de sensaciones y la vivencia con el poeta de su experiencia creativa, traducción del acto mismo en esa recreación que como lectores estamos en posición de realizar.

Y nuestra introducción no puede ser, finalmente, sino resumen improvisado, colecta de referencias a las que acudir para una aproximación más detallada, información o anécdota sobre una obra. Al hombre habrá que buscarlo irremediablemente en los textos, redescubrirlo dentro de nosotros superando la superficie de una lengua y tomando contacto con esa nuestra naturaleza profunda, una corriente de la que Ory no es sino mero traductor con responsabilidades inciertas. Se trata de un acto de inmersión voluntaria y aproximación al rito de la poesía, algo más allá de un libro y unos versos, algo más cerca de un coloquio entre nosotros sobre una biografía de sonidos en el tiempo.

Por esta razón, tal vez, la Metanoia, catarsis o cambio a lo largo de un proceso bajo las fuerzas transformadoras de la poesía, la captación de intensas vibraciones desatadas con frecuencia en el crepúsculo, un fantasma de angustia con el que Ory se enfrenta y del enfrentamiento surge la liberación, se abre la herida, un paso más y el testimonio luego del papel escrito. Metanoia o transformación total de la conciencia, cambio de espíritu, rito nocturno y relato de una personal experiencia.