Mi tio Pancho novela

Wilson Izquierdo González · Capítulo 1 de 8

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Mi tio Pancho novela

Dedicatoria

Esta obra está dedicada

a la memoria de mi tío:

Francisco Izquierdo Ríos

autor del inolvidable

y universal cuento “El bagrecico”

El autor.

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SUMARIO

Página

00. CERO:

Prólogo del autor

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01. UNO:

Los orígenes

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02. DOS:

La generación Izquierdo Ríos

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03. TRES:

Una inusitada revuelta en Saposoa 059

04. CUATRO:

El viaje del otro Bagrecico

079

05. CINCO:

Un largo y penoso viaje por tierra que,

Pancho hizo para hacerse maestro. 095

06. SEIS:

La fertilidad del castigo

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07. EPILOGO

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PROLOGO DEL AUTOR:

Añoranza de cómo conocí a mi tío Francisco Izquierdo Ríos Un fresco jueves 23 de septiembre en los que La Ochora y toda la selva peruana acostumbraban celebrar el “Día de la Primavera”, al percatarse de mi llegaba de la escuela a la casa de mi abuelita donde yo vivía, nuestra vecina María Valles me hizo llamar con el tercero de sus hijos, para que fuera yo en ese momento a su casa a conocer a uno de mis hermanos que, por haber venido desde Moyobamba de excursión, estaba allí invitando a un pequeño grupo de sus compañeros del colegio, sendos vasos de espumeante chicha dulce de maíz con panecillos hechos también de harina del mismo cereal, que doña María Valles amasaba y, cocía en su propio horno.

― Entra Wishón ―me dijo cariñosa la vecina María―

y ven a abrazarte con Jorge, el segundo de tus hermanos que quiere conocerte y, por eso está aquí en esta mi humilde chocita.

Vaya, vaya, con que uno de mis hermanos está aquí y quiere conocerme ―me dije para mis adentros― y tirando mi capachera de cuadernos a la espalda, me acerqué a él para hacer lo que doña María me estaba pidiendo. Grande fue la sensación de satisfacción y alegría cuando vi que mi 9

hermano Jorge, ya todo un joven, se acercó hacía mí, un rapazuelo, con los brazos abiertos. Y mil veces más grande fue la sensación de cariño al sentir la calidez del abrazo de mi hermano mayor. Hasta ese día mi mundo familiar cotidiano sólo estaba compuesto de mi abuela y mis tíos maternos; y, claro, también por mis primos hermanos, los hijos de mi tío Luis ―hermano mayor de mi madre― y de mi tía Leticia, su esposa, que vivían a varias cuadras de mi casa.

Aquella vez que tuve mi primer encuentro con mi hermano Jorge quise invitarle a almorzar en la casa de mi abuelita, que daba pensión a los maestros del pueblo porque cocinaba muy rico; pero, él se disculpó cortésmente indicándome que, como todos los excursionistas habían traído su fiambre, tenían que reunirse en el campo de fútbol del Club “Dos de Mayo” del pueblo, que quedaba camino a El Chorro, para degustarlo en grupo junto con los dos profesores que los acompañaban.

No recuerdo ahora cuantos años pasaron desde aquella vez en que feliz y alegremente “me reconocí” con mi hermano Jorge, ni puedo precisar cuándo tendría yo otro encuentro así de sui géneris y especial con él. Pero… ocurrió la vez que fui invitado por la Municipalidad de Saposoa en mi calidad de escritor y pariente directo del agasajado, para participar en el homenaje anual que allí celebran en honor de Francisco Izquierdo Ríos, mi tío Pancho, hermano menor de mi padre: Hildebrando. Estaba yo ofreciendo la 10

conferencia que había preparado para esa ocasión cuando desde el patio escuché que decían a viva voz:

― ¡Wilson!, ¡Wilson!

No puedo ser yo ―me dije― y seguí con mi disertación; pero, esta vez con más fuerza, aquella voz gritó:

― ¡Wilson Izquierdo! ¡Wilson Izquierdo! ¿Dónde estás? Soy tu hermano Jorge. Queremos verte con urgencia. Estoy acá en el patio con la familia que hemos venido desde Lima.

El público que me estaba escuchando sonrió, con esa sonrisa me indicaba que podía hacer una pausa para salir a atender el llamado de mi hermano. Cuando lo hice y como él mismo me lo advirtiera, no estaba solo. Estaba acompañado de dos de sus hijos, de su esposa y de mi hermana Ana Isabel.

Después de los abrazos y muestras de cariño dadas y recibidas, les invité a pasar al aula donde les presenté a todos ellos al público que me estuvo esperando, indicándoles que mi hermana Ana Isabel acababa de publicar un libro en la ciudad de Lima con el título de la

“La Autobiografía”, una compilación de escritos sueltos y de carácter autobiográfico que dejara mi padre antes de morir, ―mecanografiados en su vieja máquina de escribir marca “Remington” y, sistematizados y complementados, finamente por ella―, que me había servido como 11

bibliografía, justamente, para esta disertación. Como en ninguna del mundo el tiempo es cruel y no perdona, éste pasó muy raudo y resultó que ya fue hora de almorzar, por lo que, con mucha delicadeza uno de los asistentes a mi conferencia me pidió:

― Profesor Izquierdo, como ya es hora de atender al estómago, sería muy del caso que usted concluya la conferencia a primera hora de la tarde. Ahora, siquiera un momentito, reúnase con su familia y, por no ser domingo, precisamente, le recomiendo que vaya al mercado y pregunte por la señora Charo. Ella prepara los mejores juanes de Saposoa y sólo allí, en una de las esquinas del mercado, los vende todos los días, menos los domingos.

Agradecí gustoso la sugerencia, me comprometí a terminar la conferencia a las tres de la tarde en punto, y nos fuimos a deleitarnos con los “avispa juanes” de arroz y otros de yuca que doña Charito nos ofreció en su prolijo puesto del mercado. Allí Jorge y Ana Isabel me informaron haber visitado la casa donde vivieron los Izquierdo Ríos allí en Saposoa, entre otras cosas. Luego nos despedimos algo rápido, porque el conductor de la movilidad que debía transportarlos hasta el aeropuerto de Tarapoto comenzó a llamarlos a gritos, debido a que ya se les iba el tiempo y el viaje era de dos horas o más.

A las tres de la tarde en punto y, una vez de nuevo en el aula donde hube dejado mi conferencia a medio terminar, 12

hablar en Saposoa de mi tío Pancho Izquierdo Ríos: “el mítico jaguar de la espesura” , connotado escritor de la Amazonía y gran cultor de la literatura infantil y juvenil, me obligó a recordar cómo es que lo conocí personalmente, durante la época más feliz de la existencia de cualquier ser humano: la niñez.

Mi madre alguna vez me dijo:

― Hijo tú tienes un tío, hermano menor de tu papá, que es un gran escritor. Cuando yo era pequeña y tenía doce años, tu padre era el director de la Escuela de Varones de La Ochora. Posiblemente por encargo de tu tío Pancho, él, a todos los alumnos de ambas escuelas ―en el pueblo había una de varones y otra de mujeres, además de una escuelita elemental; pero, claro a esos niños no les pidieron nada por ser muy pequeños―, nos encargaron que preguntemos a nuestros padres y abuelos, que nos cuenten las historias del pueblo que ellos recordaran, que las escribamos con nuestras propias palabras en una hoja de nuestro cuaderno y que las entreguemos a él cuando las tengamos listas. Todo el tiempo que trabajó tu padre acá en La Ochora hizo eso. Nos dijo a modo de explicación, de que hacía tal cosa porque su hermano Francisco; que era también profesor como él y que en ese tiempo trabajaba en Soritor; tenía la afición de escribir las mágicas historias de los pueblos de la selva y que, con ellas estaba preparando un hermoso libro que ya publicaría algún día.

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― ¿O sea que mi tío y mi papá, con la ayuda de algunos de sus colegas, recogían de los niños de las escuelas las historias de cada pueblo y, sobre la base de ellas, mi tío Pancho escribiría sus libros con la esperanza de publicarlos algún día?

― Más o menos, así como tú lo dices hijito. Pero, las historias que nosotros recogíamos sobre lo que nos contaban los mayores, eran muy sencillas y por lo general estaban pésimamente escritas. Tu tío Francisco las arreglaba, les agregaba magia, fantasía y belleza literaria o, a veces, también las convertía en otra historia completamente nueva y original. Para esas cosas tu tío Pancho tenía una gran imaginación y una originalidad que sólo los escritores de gran valía, como él, la poseen.

― ¿Y cuándo puedo conocer a mi tío Francisco?

― Hoy mismo, hijo mío. En la tarde vamos a ir a visitarlo para que tú lo veas y conozcas en persona, a la Clínica Anglo Americana en la que ahora se encuentra internado porque fue operado; y, donde, para suerte nuestra, trabaja tu tía Oderay. Ya he quedado con ella así.

Él, como ya te vas a dar cuenta, es una persona muy cariñosa con los niños y, contigo, que eres su sobrino de sangre, imagino que lo será mucho más.

Después de almorzar yo no veía la hora en que mi madre me dijera que ya podíamos ir a tomar un ómnibus de la línea 14 que nos llevaría desde Barrios Altos, donde vivía 14

mi madre, hasta la Clínica Anglo Americana. Cuando por fin lo hicimos, mi tía Oderay nos acompañó a mi madre y a mí, hasta la habitación donde mi tío Pancho se encontraba recuperándose de su operación que, creo que no pregunté ni me acuerdo de qué sería.

La ilusión de conocer al gran escritor de “Los cuentos del Tío Doroteo” que hube leído en la casa de mi abuela, y de otros muchos cuentos que yo escuché que él había escrito, me tenían igual que cuando nos llevan al circo para ver al mejor mago del mundo. Para mí, mi tío Pancho era un mago que, de la nada o de un simple rumor que circula entre la gente del pueblo, podía sacar un cuento misterioso, fantástico, único y original en su género, donde la selva, esa verde realidad que lo envolvía todo, era el ambiente natural donde todo eso ocurría.

― Vaya, vaya, cómo ha crecido este hombrecito ―me dijo como mirarme por encima de unos “lentes de cerca”

que estaba utilizando para leer el periódico― ven acá hijito para que pueda cariñarte por lo menos la cabecita, soy tu tío Pancho, hermano menor de tu padre. Aquí me tienes en cama todavía, pero ya pronto dejaré está clínica.

Después de acariciarme los cabellos como dijo, buscó debajo de su almohada y me entregó una bolsa de papel con una infinidad de caramelos de color y sabor a fresas, que yo presuroso recibí y guardé. Esperó a que lo mirase de nuevo y entonces me dijo:

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― Tu tía Oderay me advirtió ahora al medio día, que ibas a venir a visitarme, por eso encargué que me compraran en la bodega italiana de al frente, los dulces que te acabo de entregar. Son de sabor a fresa, hijo. Te van a gustar. Porque a mí… hasta ahora me gustan.

― Entonces tío, le puedo dejar algunos caramelos de los muchos que usted acaba de regalarme ―le dije―.

― No niño. Esos los he comprado para ti. Son tuyos.

Solamente tuyos. Algún día te acordarás de mí con alegría por habértelos regalado yo, precisamente.

Y cuánta razón tuvo en eso, mi tío… ese cuentista genial autor de El Bagrecico.

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UNO