Mi tio Pancho novela

Wilson Izquierdo González · Capítulo 4 de 8

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Mi tio Pancho novela

Una revuelta inusitada en Saposoa

En la página 37 del libro “La Biografía” de mi señor padre, don Hildebrando F. Izquierdo Ríos se narra este episodio épico, ocurrido en la tranquila vida de un apacible pueblo como Saposoa:

“En mil novecientos veinte Saposoa se levantó en armas dispuesta a nombrar su propia autoridad política, en reemplazo de un subprefecto de apellido Guerra, quien, apoyado por vecinos foráneos, venía desde hacía algún tiempo, cometiendo una serie de abusos en agravio del pueblo. Vecinos de Juanjui, en su mayoría licenciados del ejército, hicieron su ingreso al pueblo, burlando la vigilancia oficial, armados de carabinas Winchester en refuerzo a los piquetes de hombres y mujeres de Saposoa…

― ¡Hildebrando! ¡Hildebrando! ―era Pancho, quien le llamaba a gritos, para que éste se levantara de la cama 59

donde dormía. Luego le dio el relleno que consideraba más que urgente, darle de primera mano ―: levántate rápido hermano para irnos a ver qué ocurre en la plaza de armas.

Toda la gente está que corre hacia allí. He visto desde la puerta de la casa que se están yendo todos con sus escopetas al hombro. Así que… ¡apúrate!

― Yo no me voy a la plaza. Y… tú, tampoco. Es peligroso. Además, si hacemos algo sin pedir permiso al papá, éste, ya sabes que hará. Acuérdate de la cuera que recibimos cuando nos fuimos, a tu insistencia, a velar a la patrona de Tingo del Sapo: Santa Bárbara, ―le contestó Hildebrando como levantarse de la cama y vestirse, quien, por ser el hermano mayor, tenía un poco más de racionalidad y buen juicio en su pensamiento―.

― Es que nunca he visto tanto alboroto en el pueblo, hermano. Algo raro o muy grave está ocurriendo en estos momentos y, yo… no me lo voy a perder.

― Te digo que no te irás y mucho menos solo ―le volvió a reiterar la prohibición, Hildebrando―.

― Si no quieres que me vaya solo, entonces tendrás que acompañarme. ―Él sabía que, tendría que hacerlo―.

― Pero… si ni siquiera hemos tomado desayuno, todavía. Si no nos vamos a desayunar, la mamá y el papá o, juntos, nos echarán de menos y, cuando lo averigüe el 60

papá, ya sabes lo que nos ocurrirá. Yo no me arriesgo. Así que, si quieres, vete tú solo, como has nacido.

― Hermano, vamos a ver qué pasa en esa dichosa plaza. Avanzaremos primero mezclándonos con la gente que va hacia allí y, ya bien cerca, entraremos a alguna huerta para, desde allí, bien escondidos, ver por nosotros mismos todo el alboroto que está ocurriendo.

No lograron llevar a cabo su ingenioso plan a cabalidad.

Tuvieron que dar media vuelta con la rapidez del rayo y volver a la seguridad de su hogar; porque, tan pronto lograron entrar a una huerta de la vecindad de la plaza, varios perros de los dueños de la casa salieron al trote a morder a los que trataban de invadir esa propiedad privada.

Cuando llegaron a su casa y se fueron a tomar desayuno, su padre no estaba en la mesa. Al notar su ausencia, Pancho que era el más preguntón, inquirió a su madre:

― Mamá, y… ¿dónde está don Hildebrando F.

Izquierdo Saavedra, nuestro querido padre?

― Por allí estará pues, muchacho preguntón ―fue la escueta respuesta de su madre―.

― Me parece que Hildebrando y yo lo hemos visto en medio de la trifulca que se ha armado en la plaza ―le mintió descaradamente a su madre, porque no vieron nada por los malditos perros. Así y todo, su madre le creyó―.

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― Lo que es a mí, no me ha dicho a dónde se iba ir ese marido mío ―le contestó inocentemente, su madre, para luego añadir―. Pero, ya he echado de menos que la retrocarga Remington con la caja de cartuchos calibre doce, no está en su sitio o donde debería estar. Además, corren rumores de que la gente de Saposoa quiere sacar en burro al subprefecto Guerra, por los muchos abusos que viene cometiendo en el pueblo. Dicen que se da la gran vida, pide fiado en las cantinas y cuando tiene hambre manda que le preparen gallina guisada. Pero, no quiere pagar sus cuentas y les grita a sus acreedores como a delincuentes que quieren chantajearle, dizque para robarle la plata que no tiene, porque el gobierno le paga muy poco.

Además, otra de sus perlas es, que acosa descaradamente a las jovencitas menores de veinte años, a las que trata de seducir diciéndoles que, si le hacen ciertos gustitos, les va a llevar a la capital de la república, para que allí vivan como reinas, en una enorme casa que él tiene en la avenida

“La Colmena”, en el mismo centro de Lima.

En su libro “La Biografía” don Hildebrando F. hijo, nos narra ese pasaje de la historia de Saposoa de esta manera:

… Este valiente pueblo, así conformado, avanzó hacia la plaza de armas con la intención de apoderarse del archivo del subprefecto Guerra y apresarlo junto a sus cómplices.

Fueron cabecillas de esta revuelta don Alfredo Pérez, don Lorenzo Caro, don Fidel Tuesta, don Ricardo Abanto y 62

don Hildebrando F. Izquierdo Saavedra, mi señor padre y el de mi hermano menor Francisco, cuando yo tenía diez años cumplidos y Pancho apenas nueve…

… La balacera en calles y plazas duró dos días, con un saldo de muchos muertos: dos soldados, un gendarme y varios civiles ― como siempre, son los civiles los que pagan pato― . El subprefecto Guerra con dos gendarmes que le quedaban y los amigos que secundaban sus planes, dejaron una mañana la ciudad con rumbo desconocido…

Al desaparecer de Saposoa el subprefecto Guerra, sin que los insurrectos lograran sacarlo del pueblo en burro, como era la costumbre hacer en esos tiempos, con los maestros y autoridades que incumplían sus funciones o hacían abuso de ése su limitado poder; porque, simplemente eran designados a dedo por los del gobierno y, más bien, al no ser elegidos por el pueblo ni poseedores del poder que sólo él puede conferir con su voto y su confianza, siempre eran personas oportunistas que mediante actos de “sobonería”

o influencia de algún familiar rico, lograban arribar a estos cargos.

Frente a la situación de facto de no tener subprefecto en su provincia, que los mismos insurrectos consideraban irregular, de buena fe más que todo y, tratando de corregir el simplón autoritarismo de la capital de la república, de 63

enviar subprefectos de Lima que desconocían por completo la realidad de los pueblos del interior del país, decidieron, pasado el zafarrancho de combate y, antes de dar cristiana sepultura a sus muertos, elegir un subprefecto del lugar, conocedor de la realidad de Saposoa y por lo tanto, más justo y más probo que el defenestrado Guerra, para lo cual, tratando de evitar ser elegido para ese cargo, don Hildebrando F. Izquierdo Saavedra, a voz en cuello, habló a la población allí constituida:

― Amigos y conciudadanos de Saposoa, ante lo que acaba de ocurrir, tenemos la imperiosa necesidad de elegir a un subprefecto que, por conocerlo todos, sepamos que va a cumplir sus funciones a toda cabalidad y como lo esperamos. En tal situación, yo propongo a don Lorencito Caro, como el nuevo subprefecto de Saposoa, elegido democráticamente por todos nosotros a fin de evitar que Lima nos siga enviando a dedo a gente ociosa, sin conocimiento de la función y encima corruptos. Pero, como esta elección debe ser todo lo democrática que necesita ser, los demás vecinos que hagan sus propuestas.

― Yo lo propongo a usted don Hildebrando, para el cargo de subprefecto de Saposoa ― dijo a viva voz don Ricardo Abanto, para luego continuar―. Todos aquí lo conocemos. Es probo y justo como queremos que sea nuestro próximo subprefecto. Vive acá en Saposoa, aunque tiene su fundo en San Andrés, que está ahicito no más―.

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― Agradezco la propuesta de mi amigo Ricardo Abanto. Pero, debo aclarar que, en justicia, a quien le corresponde esa honorable designación es a don Lorenzo Caro, por ser el organizador y líder natural de esta reclamación armada del pueblo de Saposoa. La destitución por nuestra mano, del subprefecto Guerra, la consideramos justa y necesaria. Por lo que le pido a mi amigo Ricardo Abanto que retire su propuesta, a fin de que, quedando la mía solamente, el designado sea don Lorenzo Caro.

― Me parece muy juiciosa y razonable la petición de mi buen amigo don Hildebrando F. Izquierdo Saavedra.

Por lo tanto, retiro, señores, mi propuesta ―dijo levantando la voz don Ricardo Abanto―.

Ante esta coyuntura que le caía del cielo a don Hildebrando F. Izquierdo Saavedra, más rápido que inmediatamente intervino para orientar el desenlace que deseaba:

― Entonces amigos, no habiendo más propuestas, levantemos la mano todos los que deseamos que don Lorencito Caro sea el nuevo subprefecto de Saposoa. A voz de tres. Una, dos y… ¡tres! ―Y todos, o casi todos, levantaron la mano en señal de aprobación, ante lo cual Hildebrando F. Izquierdo Saavedra levantó la mano derecha en alto de don Lorenzo Caro y lo declaró ganador del cargo de subprefecto de la provincia de Huallaga―.

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Hildebrando F. Izquierdo Ríos en su libro “La Biografía”, detalla este y otros hechos de la revuelta socio política de 1920, habida en Saposoa, con su estilo de parca sencillez:

… El pueblo asumió el mando y designó como subprefecto de la provincia a don Lorenzo Caro, cuyo nombramiento desconoció el gobierno, calificando el hecho de subversión y desacato. Dispuso, así mismo, que el prefecto de Moyobamba don Artemio Arciniega, se trasladara al lugar de los sucesos con diez gendarmes y 50 soldados de línea del Comando Militar de Iquitos a fin de restablecer el orden y el respeto a la autoridad, además de volver las cosas a su lugar. Tan pronto llegó a Saposoa, ―significa no menos de una semana de viaje, a pie y a caballo, por caminos intransitables― el prefecto de Moyobamba don Artemio Arciniegas, procedió a iniciar la captura de los comprendidos en esta desafortunada sentencia…

En el libro “La Biografía” al referirse al comportamiento de la familia Izquierdo Ríos ―su familia―, frente a los graves hechos ocurridos en la tranquila y sosegada Saposoa, don Hildebrando Izquierdo Ríos lo hace de este modo tan singular y práctico:

… En busca de seguridad nos alejamos de la ciudad y fuimos a nuestro fundo San Andrés. Pasaron dos semanas y se conoció que los cabecillas del motín eran buscados 66

vivos o muertos. Mi padre estaba tranquilo en nuestro fundo, cuando de repente vimos venir al tambo al

“macho” en un galope muy desusado en él, con la hirsuta cola y la cabeza en alto volteando de un lado a otro, como buscándonos para anticiparnos la fatal noticia del extraño caso que estaba comenzando a suceder en el fundo.

Estábamos siendo invadidos por 5 gendarmes armados...

… Mi padre al verlo así alborotado, salió hacia la tranca del patio, lo que le valió para advertir a los cinco gendarmes que avanzaban con sus fusiles en posición de tiradores. Sin pensarlo, botó al suelo el cuchillo que tenía en la mano y corrió en zigzag por el pasto hasta alcanzar el monte más cercano. Los gendarmes dispararon paralelo, pues se oyeron casi simultáneamente cinco disparos de fusil que, con toda felicidad, terminaron en el vació. Mi padre no se detuvo a pesar de los disparos, ni mucho menos se entregó a sus verdugos. Corrió y corrió en zigzag hasta llegar al monte y allí se refugió, perdiéndose dentro de sus entrañas…

… En esos momentos la confusión era enorme en todo el ámbito del fundo. Mi madre no dejaba de correr por aquí y por allá, con lágrimas en los ojos; pero, con un brío y un enfado inusitados en ella. Mi hermano Francisco y yo, por nuestra parte, aunque llenos de espanto, avanzamos con coraje y resueltamente, al lugar desde donde provenían los disparos…

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… El humo de la pólvora de las balas invadió muy pronto los espacios libres de los contornos del tambo. Pero, no caímos desfallecidos, ni mucho menos amedrentados.

Seguimos protestando con actitud valiente y enérgica, frente a los abusos de estos soldados, en defensa de la vida de nuestro padre ―que, hacía ratos, se refundió en el monte― y, sobre todo, de la vida de la autora de nuestros días y las de nosotros mismos…

… Una carabina de marca Winchester con catorce balas esperaba ser usada, escondida en el techo de crisnejas del tambo. Igualmente, un revólver con cinco tiros, calibre treinta y dos, descansaba debajo del colchón de nuestro padre. Con estas armas que teníamos, bien pudo haberse convertido la mañana en un encuentro sangriento. Más bien, se guardó calma y mucho tino en aquellos actos, nos obstante la indignación que nos causó aquel allanamiento armado…

…Unos minutos después, todo el ambiente hedía a pólvora de fusilería y las nubes de humo que dejaron los disparos seguían copando todo el ambiente, movidos por el viento.

Los gendarmes con fusil en mano comenzaron a revisar nuestras habitaciones, una por una, introduciéndose en la cocina, en la letrina y hasta en el chiquero de los puercos.

No encontraron nada que comprometa a nuestro padre, puesto que la carabina Winchester y el revólver que a él le pertenecían, permanecieron a buen recaudo. Con la ayuda 68

de mi hermano Francisco dejamos debajo de las crisnejas del techo del tambo, esas armas. Y allí se quedaron bien aseguradas hasta que los gendarmes se fueron…

… Las caras de estos desventurados sujetos, además de producir en nosotros un razonable temor y una bien ganada repugnancia, nos causaron también furia y hasta ganas de venganza. ―Los gendarmes eran una especie de mercenarios asesinos, por orden de quien les pagaba el sueldo, constituido mayormente por licenciados del ejército sin trabajo―. Echaron lazo a nuestro heroico

“macho” y le pusieron bozal con la soga que, antes de ello, nos robaron. Montados tres de los cinco forajidos en el lomo pelado del animal, tan apiñados que parecían

―“cuycas”― o lombrices, se marcharon a Saposoa. Se vengaron así con el “macho” en represalia por la proeza que, momentos antes, había hecho mi padre: burlar con bravura y valentía sus intenciones de apresarlo vivo o muerto…

Debido a su audaz fuga, conseguida además con un poco de buena suerte, a don Francisco F. Izquierdo Saavedra, aquella vez, no lo apresaron ni vivo ni muerto, como era la orden impartida por el torpe e irreflexivo prefecto Artemio Arciniegas de Moyobamba, pues huyó al monte y por allí sus perseguidores ya no quisieron meterse. Se infiere que el prefecto Arciniegas era en verdad un hombre irreflexivo 69

y de poca instrucción, pues, de haber poseído ambas cosas, habría sabido que ningún pueblo se levanta contra sus autoridades si no tiene motivos bien fundados para hacerlo.

Tendría bien clara en la cabeza que, Tupac Amaru II, no se levantó contra el corregidor Areche, por ejemplo, porque éste fuera un hombre bondadoso y justo, sino porque era abusivo, autoritario, mandamás ignorante y gobernante nombrado a dedo, como el tristemente subprefecto Guerra y como el mismo Artemio Arciniegas que, posiblemente, procedían de Lima. El apellido Arciniegas nunca existió en la ciudad de Moyobamba y, si bien el apellido Guerra si es frecuente, presumiblemente el abusivo aquel era de Iquitos y no de estos rumbos.

Mi padre, don Hildebrando F. Izquierdo Ríos, siempre en su libro “La Biografía”, nos cuenta cómo ocurrieron los otros hechos aleatorios y colaterales, posteriores al levantamiento en armas ocurrido en Saposoa, que diera lugar a muchas odiosas persecuciones y los subsiguientes abusos en contra de los que, en legítima defensa de sus derechos, injustamente confiscados, hicieron lo que consideraron necesario para restablecerlos:

… Una vez que los gendarmes llegaron a Saposoa, soltaron de sus amarras y le dieron libertad al “macho”, en plena vía pública. El animal dio media vuelta y, tirando las ancas al aire, les soltó tres ruidosos vientos de olores 70

fétidos ―o, mejor dicho: 3 cuescos― que dejó anonadados a sus captores, según manifestaron a nuestra familia los presentes, mucho tiempo después. Luego, en carrera loca retornó al fundo. Al atardecer, de nuevo cuadró patas en la tranca del patio y dirigió su mirada, con las orejas avizoras puestas adelante, buscándonos. A partir de ese momento el “macho” se convirtió en un miembro más de nuestra querida familia, envuelta en graves y delicadas preocupaciones…

… Mi padre, al ganar el bosque, tomó la derecha y trepó un cerro, cruzando con zapatos y todo, la quebrada de San Andrés, en su afán de despistar a sus perseguidores.

Vuelta un tanto la calma, mi hermano Francisco y yo, acompañados de algunos trabajadores fieles, del fundo, comenzamos a buscar a nuestro padre hollando con nuestros machetes la tupida vegetación, en todos los lugares que creíamos que podía estar.

Recién al oscurecer de ese día dimos con él. Lo hallamos sentado en una piedra del cerro, al que en su huida se trepó, esperando la llegada de la noche. El ojo izquierdo lo tenía cerrado y su mandíbula inferior la tenía dura, sin movimiento, debido, posiblemente, al impacto psicológico sufrido hacía poco. Se le hizo compañía y pasamos la noche junto a él, echados en el suelo a un lado de la piedra donde lo encontramos sentado…

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… Este hecho doloroso afectó seriamente su salud y, notoriamente, su conducta. Fue el principio de la enfermedad que, más tarde, lo llevaría a la muerte. Al día siguiente resolvió internarse más en el monte, aún más lejos de donde lo encontramos. Se internó en aquella parte de la selva que, hasta esa fecha, estaba inexplorada por el género humano, por lo que se dice que estaba virgen, todavía…

… Decidió que el que lo acompañaría sería mi hermano menor Francisco de nueve años de edad, justificando esa decisión porque yo, su hijo mayor Hildebrando, me quedaría como el “hombre de la casa”. En esa situación pasaron cuatro meses, visitados tan sólo por un peón enviado por mi madre, quien le llevaba a mi padre cigarrillos, medicinas y alimentos; y, a mi hermano Francisco, revistas, ya que desde que él aprendió a leer, se convirtió en un devorador incansable de todo lo que estuviera escrito…

En los cuatro meses que mi tío Pancho estuvo con su padre, solos y en el monte, a merced de los mosquitos y zancudos, que son los usuales inquilinos de estos lugares inhóspitos, es más que seguro que habría escuchado de boca de su prófugo progenitor, muchas de las historias sobre la selva que él, después, escribiría con tanto afán y tesón, todas las veces que, en su vida de maestro, tuviera un poco de ocio.

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Es conocido el hecho de que, por hacer conocer sus derechos a los campesinos, cada vez que llegaba trasladado por castigo a cada uno de los diferentes lugares del departamento de Amazonas, no sólo escribió los cuentos que le escuchó a su padre, aquellos cuatro meses que lo acompañó en el monte, sino que, recogió de cada lugar las costumbres, tradiciones, mitos y cuentos.

Yo, francamente, presumo que su más famoso cuento “El Bagrecico”, así como, “El colibrí con cola de pavo real”

y muchos otros, de la selva y no de la sierra de Amazonas, los incubó cuando estuvo acompañando a su padre en el monte. Imagino que tendría largos y provechosos diálogos con él. Que le sonsacó de a pocos, porque tiempo tuvo de sobra, todo lo que ―aquel bonachón viejo se metió de revolucionario―, tenía en hasta ese momento en la cabeza.

― Papá, ¿y tú sabes algún cuento o historia sobre el tan mentado Chullachaqui?

― Claro que sí, Pancho. Pero, si quieres que te cuente algo sobre ese ser misterioso, hazme primero y, ahorita, un mapacho con las hojas de tabaco que, recién hemos secado al sol. Tú ves mejor que yo para hacer eso y tus deditos te obedecen más que a mí.

― Te haré tu mapacho, papá. Pero mientras te lo hago, puedes ir contándome alguna cosa sobre ese diablo.

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― Sí, tienes razón. Dicen que es el diablo. Pero yo creo que, más bien, es un duende que vive en la selva, especialmente, en los árboles de ojé o en los renacales. Con la resina del ojé se limpia de sus bichos. También se alimenta de sus frutos y cuida a los animales del monte que, como a él, el ojé les alimenta y les da cobijo.

― Pero, ¿acaso los espíritus comen y se infestan con lombrices y otros bichos, que afectan a los humanos?

― El Chullachaqui es un duende muy especial. Eso es lo que yo creo. Cuida a la selva de los que la depredan y la selva, para él, es como su madre. La selva lo esconde, lo protege, lo alimenta, lo cura, entre otros beneficios.

― Yo, en cambio, he oído que roba a los niños, pero los cuida hasta donde puede. Que teme a las mujeres y que es muy bromista con los hombres. ¿Es eso cierto, papá?

― Así dice la gente. Lo cierto es que, el Chullachaqui es un ser mágico y misterioso de la selva, que asume las características mágicas que la fantasía de la gente le asigna en cada zona o región de la Amazonía.

― Y… ¿la runamula existe, papá?

― Esta, también, es un ser mágico y misterioso.

Aunque diferente al Chullachaqui.

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― ¿Acaso es una mujer?

― Allí, justamente radica el embrollo del asunto, hijo. Más bien es una forma de control social que la sociedad ha inventado, para mantener las buenas costumbres y, sobre todo, para favorecer la apropiación de valores éticos y morales como el respeto, la honestidad, entre otros, muy importantes para la sociedad.

― Doña Gumercinda Torres me contó a mí en Saposoa, antes de la revuelta contra el subprefecto Guerra, que la runamula es una mujer que convive maritalmente con un cura y, que los viernes de luna llena, el mismo shapingo llega vestido de negro, saca de su casa a la mujer, la ensilla y la chalanea por todas las calles del pueblo.

― Ya ves muchacho que, lo que dije ¿es muy cierto?

― Ya te entendí, papá. O sea que, ¿la gente ha inventado esa historia, para meter miedo a las mujeres, para que éstas no convivan con curas?

― ¿Qué comes muchacho que, a pesar de tu corta edad, comprendes mejor que muchos adultos que conozco, lo que yo trato de enseñarte?

― Como harto pescado, papá. Solo eso no más es lo que comemos ahora, ¿no es cierto? Pero, en la casa, allá en el fundo de San Andrés o en nuestra casita de Saposoa, mi 75

mamá nos daba de comer además de pescado, carne de chancho o de res, cuando por milagro la vendían en el mercado, plátanos y frejoles, además de mucha fruta.

― Por eso eres tan listo, condenado muchacho.

Ahora hazme otro mapacho, sino los zancudos nos matan

―le pidió el favor su padre, como darle una pequeña palmada de aprobación en la espalda―.

― ¡Aja! Pero, después me cuentas lo del ayay mama, papá. Me tienes que contar, además, del yacu mama, del yacu runa y muchas otras historias más, como la del tunchi, por ejemplo.

― Cómo tiempo es lo que más nos sobra acá en este nuestro escondite, te los contaré con mucha alegría y satisfacción, condenado muchacho curioso y preguntón empedernido…

Hildebrando Izquierdo Ríos, nos narra en la página 39 de su libro “La Biografía”, como es que, por fin, acabó esta aciaga asonada mediante la cual, el pundonoroso y valiente pueblo de Saposoa, trató de enmendar los errores que la centralización del Perú en Lima, la capital de la república, ha ocasionado durante mucho tiempo, a todo el país, especialmente, a aquellas provincias más alejadas de ese

“centro” como lo son las del departamento de San Martín, pujante pero olvidada parte de la fabulosa y mágica región de la selva:

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… Quedé en el fundo con mi madre y tres hermanos menores: Carmen, Irene y Guillermo, asumiendo las tareas que dejó mi padre. Fue, pues, para mí, cosa habitual vestir al “Macho” los fines de semana con sus elegantes arreos. Luego, montarlo y viajar a Saposoa ben busca de víveres, medicinas y noticias frescas de la actuación prefectural en relación con los acusados del motín. Allí observé con mucha extrañeza, la forma en que eran enviados a Iquitos los cabecillas del levantamiento popular. Se les apresaba y, amarrados a una balsa de topa, tenían que llegar hasta esa ciudad. Así se hizo con Alfredo Pérez, Lorenzo Caro y Ricardo Abanto. Don Fidel Tuesta murió en la refriega y mi padre se defendió, no se dejó apresar. Este fue el fin de los cinco cabecillas…

…Pasada la tormenta, mi padre dejó su refugio y se trasladó al fundo, después de cuatro meses de obligada ausencia. Los gendarmes no volvieron a pisar el pasto de San Andrés y mi hermano menor Francisco, por lo que era de verse, había adquirido una sabiduría que sólo la experiencia y el conocimiento de los secretos de la selva, le puede dar a un niño inteligente y sagaz, como lo fue él...

… Posiblemente que, los hechos ocurridos en San Andrés hicieron pensar a mi padre en mudarse a Moyobamba, ciudad de su nacimiento y sede de instituciones y autoridades departamentales, condiciones éstas que, suponía, le iban a favorecer mejor en sus actividades 77

ocupacionales. Miraba también, con ojos de buen cubero que ya iban tomando cuerpo que, Moyobamba como capital del departamento, poseía el único Colegio de Educación Secundaria de toda la Amazonía, así como, instituciones culturales y una sociedad puritana de mucho rango, heredada de la colonia. Moyobamba, en tiempos del virreinato, fue capital de la Comandancia General de Maynas, con un camino inca de herradura directo a Quito y otro, mejor conservado, a Trujillo…

… Para esa época, el prefecto Artemio Arciniegas ya no ocupaba ese cargo. Por lo que, para irnos allá, vendimos la casa de Saposoa en treinta libras esterlinas. El fundo San Andrés tuvo en la venta dificultades legales. El

“macho” viajó con nosotros. No lo podíamos dejar. Era de la familia. La víspera del viaje yo contaba con once años y Francisco, diez, aunque parecía de más edad. Mi hermana Carmen tenía ocho años, Irene seis y Guillermo, tres. Nuestro padre cumplía treinta años y su esposa, veinte y siete A esas edades dejamos nuestra tierra, a mediados de enero, de mil novecientos veinte y uno…

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CUATRO