Miedo mortal
Capítulo 33
Jason no pasó una buena noche. Cada vez que cerraba los ojos veía la expresión de Hayes en el instante anterior a la catástrofe y de nuevo experimentaba la espantosa sensación de impotencia al ver cómo la sangre se le escapaba de la boca junto con la vida.
La imagen continuaba acosándolo mientras conducía hacia su trabajo; de pronto recordó algo que había olvidado comentar a Curran y Shirley. Hayes había afirmado que su descubrimiento no era un secreto, que alguien lo usaba. Pese a ignorar el significado de esas palabras, Jason decidió que telefonearía al detective en cuanto llegara al PBS.
Sin embargo, no bien hubo cruzado la puerta del edificio, cuando lo llamaron por los altavoces para que se dirigiera sin tardanza a la unidad coronaria. Brian Lennox había empeorado. Después de un rápido examen, Jason comprendió que apenas podía hacer nada por él.
Los integrantes del equipo de cardiología cuya opinión había solicitado el día anterior tampoco se mostraron optimistas, si bien uno de ellos, Harry Sarnoff, había ordenado que se realizara un estudio coronario de urgencia esa mañana, pues la única esperanza que quedaba consistía en comprobar si una operación lograría salvar al paciente.
Fuera del compartimiento de Brian, la enfermera preguntó:
–Si el paciente sufriera un paro cardíaco, ¿deberíamos practicarle técnicas de reanimación? Hasta sus riñones parecen deteriorados.
Jason detestaba tomar esa clase de decisiones, pero se mostró firme en que el paciente fuera mantenido con vida a cualquier precio, por lo menos hasta que tuvieran los resultados de la cardiografía.
El resto de la ronda contribuyó a deprimirle aún más. Los casos de diabetes no evolucionaban como cabía esperar. Dos pacientes habían sufrido una insuficiencia renal y el tercero amenazaba con padecerla.
Lo más desalentador era que esas personas no habían ingresado en la clínica por ese motivo; la insuficiencia renal se había presentado mientras eran tratados por otros problemas.
Tampoco los dos enfermos de leucemia respondían al tratamiento.
Ambos habían desarrollado cardiopatías significativas aunque habían sido internados por problemas respiratorios. Y los dos enfermos de sida
empeoraban notablemente. Los únicos pacientes que mejoraban eran dos muchachas con hepatitis. El último paciente de la ronda de Jason era un hombre de treinta y cinco años aquejado de fiebre reumática en su infancia, que había acudido a la clínica para someterse a una evaluación de las válvulas cardíacas. Gracias a Dios su estado permanecía estacionario.
Al llegar al consultorio Jason tuvo que mostrarse severo con Claudia. La noticia de la muerte de Hayes ya se había difundido por todo el PBS, y Claudia exhibió una curiosidad descontrolada. Jason manifestó que no pensaba hablar del tema. Ella insistió. El doctor le ordenó que saliera del consultorio. Más tarde Jason se disculpó y le relató sucintamente los hechos. A las diez y media recibió una llamada de Henry Sarnoff con noticias deprimentes. Las arterias coronarias de Brian Lennox estaban mucho peor, pero sin bloqueo focal. En otras palabras, la arteriosclerosis se extendía a un ritmo veloz, y no había ninguna posibilidad de realizar una intervención quirúrgica. Sarnoff aseguró no haber visto jamás un desarrollo tan rápido de ateromas y le pidió permiso para utilizar ese caso en un trabajo suyo, a lo que Jason accedió.
Después de la llamada de Sarnoff, Jason se encerró en su consultorio durante unos minutos. Cuando se sintió emocionalmente preparado, telefoneó a la unidad coronaria para hablar con la enfermera a cargo de Brian Lennox. Tras comentarle los resultados de la cardiografia, le indicó que no practicaran al paciente técnicas de reanimación.
Puesto que no había esperanzas para él, era mejor abreviar su sufrimiento. La enfermera estuvo de acuerdo. Después de colgar, Jason se quedó con la vista clavada en el teléfono. En momentos como ese solía preguntarse qué le había impulsado a estudiar medicina.
Cuando llegó la hora de la comida, Jason decidió informarse de los resultados de la autopsia de Hayes. Con luz diurna, el depósito de cadáveres no resultaba un lugar tan tétrico; tan sólo era uno de los muchos edificios vetustos, deteriorados y no demasiado limpios de la ciudad. Incluso los detalles arquitectónicos egipcios resultaban más cómicos que imponentes. De todos modos evitó la sala de depósito de cadáveres y se dirigió directamente a la estrecha oficina de Margaret
Danforth, situada junto a la biblioteca. La doctora estaba inclinada sobre su escritorio, comiendo una gran hamburguesa. Lo saludó con la mano y sonrió.
–Bienvenido.
–No quisiera molestarla – dijo Jason tomando asiento. Una vez más se maravilló de lo menuda y femenina que parecía para ese trabajo.
–No es ninguna molestia. Esta mañana he practicado la autopsia al doctor Hayes. – Se recostó en la silla, que crujió un poco -. Reconozco que quedé bastante sorprendida.
No era cáncer. – ¿Qué era, entonces?
–Un aneurisma. Un aneurisma aórtico que estalló dentro del árbol traqueobronquial. ¿Padeció Hayes alguna vez la sífilis?
Jason meneó la cabeza.
–No, que yo sepa. Lo dudo bastante.
–Lo cierto es que tenía un aspecto extraño – afirmó Margaret -. ¿Le importa que siga comiendo? Debo realizar otra autopsia dentro de unos minutos.
–En absoluto – contestó Jason, asombrado de que la mujer pudiera comer en ese lugar. De hecho él se notaba el estómago revuelto. De todo el edificio emanaba un leve olor a pescado -. ¿Qué tenía un aspecto extraño?
Margaret masticó y tragó.
–La aorta poseía una consistencia terrosa, al igual que la tráquea.
Nunca he visto nada parecido, salvo en un individuo de ciento catorce años cuya autopsia realicé. ¿Se imagina? Su historia salió publicada en The Globe. Tenía cuarenta y cuatro años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Sorprendente. – ¿Cuándo tendrá el informe microscópico?
–Dentro de dos semanas – respondió Margaret -. No contamos con financiación suficiente para disponer de personal de apoyo adecuado. Y
las placas se retrasan bastante.
–Si pudiera darme algunas muestras, me encargaría de que nuestro Departamento de Patología las procesara.
–Debemos procesarlas nosotros. Estoy segura de que usted lo comprende.
–No propongo que ustedes no lo hagan, sino que también nosotros podríamos hacerlo. Eso nos permitiría ganar un poco de tiempo.
–No veo por qué no – concedió Margaret.
Se puso en pie y, tras dar otro bocado a la hamburguesa, indicó a Jason que la siguiera. Ambos subieron por la escalera a la sala de autopsias.
Era un recinto largo y rectangular, con cuatro mesas de acero inoxidables. El olor a formaldehído y a otros fluidos era abrumador.
Dos de las mesas se encontraban ocupadas, y las otras dos eran limpiadas en ese momento. Margaret, perfectamente cómoda en ese medio, seguía masticando el último resto de su almuerzo mientras conducía a Jason hasta una especie de tina. Después de revisar numerosos frascos con tapa de plástico, separó algunos. Luego extrajo el contenido de cada recipiente, lo colocó sobre una tabla de corte y separó un trozo con una cuchilla. A continuación tomó unos frascos vacíos, les puso un etiqueta, vertió formaldehído en ellos e introdujo las respectivas muestras. Cuando hubo acabado, metió los frascos en una bolsa de papel vegetal y se la entregó a Jason. La operación fue realizada con notable eficiencia.
De regreso en el PBS, Jason se dirigió al Departamento de Patología, donde encontró al doctor Jackson Madsen absorto sobre su microscopio. El doctor Madsen era un hombre alto y enjuto que, a los sesenta años, todavía se jactaba de participar en maratones. Al ver a Jason manifestó cuánto lo compadecía por haber tenido que presenciar la muerte de Hayes.
–Por lo visto aquí no hay secretos – dijo Jason un tanto molesto.
–Por supuesto que no – replicó Jackson -. Un centro médico es como un pequeño pueblo; vive de los chismes. – Al ver la bolsa de papel vegetal, añadió -: ¿Tienes algo para mí?
–En cierto modo, sí – respondió Jason, que comenzó a explicarle la procedencia de las muestras. A continuación le preguntó si, puesto que en el laboratorio municipal tardarían dos semanas en procesar las placas, le importaría realizar esa tarea en los laboratorios del PBS.
–Lo haré con mucho gusto – contestó Jackson y tomó la bolsa -. Ya que estás aquí, ¿deseas que te dé los resultados del caso Harring?
Jason tragó saliva.
–Por supuesto. Adelante.
–Ruptura cardíaca. El primer caso que he visto en años. El ventrículo izquierdo se abrió en dos. Cuando seccioné el corazón tuve la impresión de que todas las arterias coronarias estaban afectadas. Ese hombre tenía la peor enfermedad coronaria que he visto en mucho tiempo.
"Menudo golpe para nuestro maravilloso plan de prevención", pensó Jason. Un poco a la defensiva, explicó a Jackson que había vuelto a estudiar el historial clínico de Harring, sin encontrar en el electrocardiograma realizado apenas un mes antes nada que preludiara lo que había de desencadenarse y terminar con la vida del paciente.
–Tal vez deberías revisar tus electrocardiógrafos – sugirió Jackson
-. Te aseguro que el corazón de ese hombre se hallaba en un estado calamitoso. Mañana contaremos ya con las secciones microscópicas.
Después de salir del Departamento de Patología, Jason reflexionó sobre el consejo de Jackson. En ningún momento había contemplado la posibilidad de que existiera un electrocardiógrafo defectuoso. Cuando llegó a su consultorio la descartó por completo, pues si esas máquinas funcionaran mal, ya se habrían percatado de ello. Además se usaban dos electrocardiógrafos distintos para la prueba de reposo y la ergometría. De pronto recordó algo. Sin duda Hayes había sido sometido a un chequeo completo al entrar a formar parte del PBS, como todos los nuevos empleados.
Después de que Claudia le informara de los mensajes telefónicos que había recibido, Jason le pidió que averiguara si existía un historial clínico del doctor Alvin Hayes y, en caso afirmativo, que lo consiguiera.
Evitando a Sally, se dirigió a Radiología. Con la ayuda de una secretaria del departamento localizó la carpeta de Alvin Hayes. Tal como suponía, contenía una radiografía de tórax realizada seis meses antes. La estudió brevemente. Luego, armado con la placa, buscó a uno de los cuatro cardiólogos del cuerpo médico. Se acercó al doctor Milton Perlman, que en ese momento salía de una sala, le describió la muerte de Hayes y los resultados de la autopsia, y le entregó la radiografía.
Milton se llevó la placa a su consultorio, la calzó sobre un negatoscopio y encendió la luz. Observó atentamente la radiografía antes de volverse hacia Jason.
–Aquí no se aprecia ningún aneurisma – afirmó, con su típico acento virginiano -. La aorta presenta un aspecto normal, sin calcificaciones. – ¿Es posible eso? – preguntó Jason.
–Tiene que serlo – respondió Milton, fijándose en el nombre y el número de la placa -. Supongo que siempre existe la posibilidad de un error en la identificación de la radiografía, pero lo dudo. Si este hombre murió de un aneurisma, lo desarrolló en el curso del último mes.
–No sabía que eso pudiera ocurrir. – ¿Qué quieres que te diga? –
replicó Milton, alzando las manos.
Jason regresó a su consultorio meditando la cuestión. Un aneurisma podía formarse de manera vertiginosa, sobre todo si la víctima padecía de una combinación de enfermedad arterial e hipertensión. Sin embargo al revisar los estudios clínicos realizados a Hayes descubrió que, tal como sospechaba, tanto su presión arterial como sus sonidos cardíacos eran normales. Ante la inexistencia de trastornos vasculares, solo cabía aguardar el análisis de las secciones microscópicas. Tal vez Hayes había contraído una extraña enfermedad infecciosa que había afectado a sus arterias, incluida la aorta. Por primera vez Jason se preguntó si acaso estaban presenciando el nacimiento de una nueva y terrible enfermedad.
Después de cambiarse la chaqueta por una bata blanca, salió de su consultorio y se topó con Sally. – ¡Está muy retrasado con sus pacientes! – regañó ella. – ¿Alguna otra novedad? – replicó Jason, echando a andar hacia el gabinete de exámenes A.
Gracias a una combinación de trabajo duro y buena suerte, Jason logró ponerse al día con el plan de visitas. La suerte consistió en que ese día no acudieran pacientes nuevos a quienes debía dedicar más tiempo, ni pacientes antiguos con problemas nuevos. A las tres de la tarde disfrutó de un momento de descanso cuando un paciente canceló su visita.
Jason no consiguió apartar de su mente lo ocurrido con Hayes en toda la tarde. Y, puesto que disponía de un poco de tiempo libre, se dirigió al sexto piso, donde se hallaba el laboratorio del doctor Alvin Hayes, pensando que quizá la asistente de este sabría si el gran descubrimiento a que había aludido el difunto tenía alguna base real.
En cuanto salió del ascensor, Jason tuvo la sensación de estar en otro mundo. Uno de los incentivos que la PBS había brindado a Hayes para que aceptara su oferta había consistido en la construcción de un nuevo laboratorio que ocupaba gran parte del sexto piso.
La zona adyacente al ascensor estaba amueblada con cómodos sillones de cuero, alfombras mullidas y hasta una enorme librería con puertas de vidrio que contenía las últimas publicaciones acerca de biología molecular. Más allá de esa sala de recepción había una habitación estéril donde los visitantes debían colocarse delantales blancos y cubiertas protectoras en los zapatos. Jason accionó el picaporte de la puerta y, al encontrarla abierta, entró.
Se puso el delantal y los protectores de zapatos e intentó abrir la puerta interior.
Como suponía, estaba cerrada. Junto a ella había un timbre; lo pulsó y aguardó. Sobre el dintel parpadeó una pequeña luz roja perteneciente a una cámara de televisión de circuito cerrado. A continuación la puerta se abrió con un zumbido, y Jason entró.
El laboratorio estaba dividido en dos secciones principales. La primera, de fórmica y azulejos blancos, incluía una gran sala central con varias oficinas contiguas. Los tubos fluorescentes del techo arrojaban una luz deslumbradora. El recinto albergaba un gran número de equipos sofisticados, la mayoría de los cuales Jason no logró reconocer. Una puerta de acero cerrada separaba la primera sección de la segunda, y junto a ella un letrero rezaba: SALA DE ANIMALES E
INCUBADORA DE BACTERIAS.
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