Misericordia

Jack Wolf · Capítulo 1 de 36

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Misericordia

Capítulo 2

2

 

Fue así como durante los cuatro años siguientes de mi vida los pasé estudiando.

Robarle las manzanas del huerto al rector fue la gota que colmó el vaso de la

paciencia de ese clérigo colérico tan firmemente decidido a salvar mi alma y, sobre

todo, a alejarme en lo sucesivo de su propiedad. El sermón con el que se propuso

convencer a mi padre de mi naturaleza demoníaca fue tan implacable que terminó por

quebrar cualquier reserva que éste hubiera podido tener respecto a la idea de

mandarme a la escuela. El rector Ravenscroft se aferró a esa oportunidad y le insistió

a mi padre para que escribiera las cartas pertinentes. Sin embargo, mi padre recuperó

parte de su dignidad y se mostró reacio a satisfacer la petición del rector, pues, al fin

y al cabo, era el benefactor del eclesiástico. Alegando falta de tiempo y de ganas de

ocuparse del asunto, requirió con cortesía al rector que él mismo se hiciera cargo de

mi educación o, en su defecto, que encontrara a un tutor adecuado para mí. El rector,

por su parte, quedó muy contrariado por ese nuevo e inesperado giro de los

acontecimientos y se negó a tenerme en su aula. No obstante, acabó encontrando un

tutor para mí y pocos días más tarde quedé sentenciado y confinado. En la planta baja

de la casa, habilitaron un aula al lado de la biblioteca de mi padre, de manera que éste

pudiera, al menos en teoría, seguir de cerca mis progresos, fruto de las horas que

dedicaba a los libros cada día de la semana, entre cinco y siete, con la única

excepción natural del sabbat. Yo me quejaba con amargura, pero la única persona que

se compadecía de mí fue la anciana ama de llaves de mi padre, la señora Henderson,

a la que cariñosamente llamaba señora H. Era la mujer que se había encargado de

hacerme las veces de madre desde que se marchara la última de mis niñeras y, tal vez

por eso, fue la única a la que no le pasó inadvertido mi desasosiego.

El aula, que había sido un salón de uso más bien escaso, era una estancia oscura,

húmeda y mohosa, con grandes ventanales cubiertos con cortinas. La única

comodidad era la chimenea que ardía cada día durante el invierno para conservar los

libros. A menudo me distraía mirando por la ventana los campos de Shirelands,

barridos por la lluvia o colmados por el sol, con las montañas calizas al fondo.

Deseaba de todo corazón recuperar la libertad de pasear por los prados salpicados de

flores, de escuchar los graznidos de las águilas ratoneras y sentir el viento adusto en

los oídos. En otras ocasiones, pensaba en la posibilidad de escabullirme solo hasta la

ribera.

Echaba mucho de menos a Nathaniel y al principio esto me hizo derramar muchas

lágrimas, pero seguíamos viéndonos por la iglesia y se nos permitió escribirnos. Por

sus escasas cartas me enteré de que él también compartía mi desdicha y de que ansiaba emanciparse de su padre, puesto que éste deseaba que él también aceptara los

votos y siguiera sus pasos en la Iglesia. Incluso yo me daba cuenta de que la

determinación de su padre iba por malos derroteros: era tan incapaz de imaginar a

Nathaniel enfundado en una sotana como de aprender a tocar la siringa. Nathaniel ya

se consideraba un hombre hecho y derecho, si bien todavía no era mayor de edad, por

lo que no veía motivos suficientes para obedecer a su padre.

Hacia el verano del cuarenta y cuatro yo seguía siendo un niño, aunque había

crecido y cambiado mucho. El mocoso rollizo que había sido años atrás había

quedado casi olvidado. Por aquel entonces era más bien un joven desgarbado y

huesudo, alto y anguloso, con las manos grandes y los dedos largos. Al rector

Ravenscroft le habría costado afirmar que mi alma seguía vinculada al diablo, puesto

que cumplía a rajatabla todas las prácticas religiosas. Lo que el rector no podía

sospechar, sin embargo, era que mi alma pertenecía a un dios racional.

Seguir dando crédito al espantoso misterio de las Escrituras y de la vocación

religiosa me parecía tan difícil como convertir el agua en vino. El mío era un dios

creíble, un dios cuyos principios podían descubrirse y probarse, un dios comprensible

para la razón humana. El mundo era una Biblia abierta y el reto consistía en aprender

a leerla.

Recurrí a los filósofos: a Descartes, a Harvey, a Baglivi, a Hook. Empecé a

comprender que el mundo estaba formado según los principios de número, peso y

medida y me di cuenta con claridad de que esos conceptos podían aplicarse al

funcionamiento del cuerpo humano. Fuera cual fuese la condición del alma que

albergara, el cuerpo humano era una máquina expuesta a las lesiones, a la enfermedad

y al deterioro, pero que también podía repararse.

Esos pensadores supusieron para mí un consuelo durante las oscuras horas que

seguían a la iglesia, en las que mis sentidos se tambaleaban. Cuando muera mi padre

y Shirelands Hall sea mío, pensaba, construiré un gran laboratorio en el ala este y

pasaré en él todas las horas de vigilia dedicado a la experimentación. Más que en un

mero cirujano, me convertiré en un gigante de la filosofía natural. Buscaré en los

vínculos más profundos de la carne para descubrir el funcionamiento de la

maquinaria que ésta contiene. Seré el profeta de un nuevo mundo en el que la lógica y

la razón ocuparán el lugar que hasta el momento ha tenido la superstición. El sabor

del electuario de la razón me parecía de lo más dulce y, a la vez, más efectivo que

cualquier triaca. El conocimiento podía sanar cualquier enfermedad. Sería la

salvación de mi mente, de mi alma. Quería estudiar todos los procesos de la vida,

desde los más insignificantes hasta los más profundos; me propuse mesurar y

circunscribir el mismísimo dolor.

No le conté a nadie cuál era mi ambición, puesto que nadie la habría entendido. A

principios de otoño del cuarenta y cinco, cuando me acercaba a la edad de quince años, me asignaron otro tutor. A esa edad, había estado ya bajo la tutela de seis

maestros que, sin excepción, habían llegado a la misma conclusión. «Es demasiado

avispado», solían decirle a mi padre. «El latín y Euclides son demasiado simples para

él. Con todo el respeto, señor Hart, debe ser un erudito de Oxford o de Londres quien

se encargue de la educación de su hijo». Y en cada una de esas ocasiones, mi padre

respondía con un suspiro antes de buscar a otro coadjutor o estudiante.

Sin embargo, esa vez contrató a un escocés protestante llamado Robert Simmins

que había sido oficial del ejército antes de ejercer de maestro en la escuela de St Paul,

puesto del que había sido despedido recientemente, al parecer, de forma precipitada.

Yo sospechaba que el motivo debía de haber sido algún tipo de escándalo,

seguramente relacionado con la bebida, pero jamás llegué a descubrirlo. Desde el

primer momento me quedó claro que el coronel Simmins albergaba serios prejuicios

contra mí. Imagino que tales prejuicios no se fundamentaban más que en la pereza

intelectual de los mediocres que ven una amenaza en todo aquello, y en todo aquel,

que sea considerado inteligente y, en lugar de esforzarse por comprenderlo, suelen

reaccionar ante ello con desdén. En realidad no puede decirse que fuera mal hombre,

sus defectos no eran más que debilidades tan comunes como ínfimas, más

merecedoras de envidia que de desprecio. No obstante, la impaciencia que me

caracterizaba a los quince años me llevó a despreciarlo, y ni siquiera me di cuenta de

lo mucho que podría haber aprendido de un tutor que se había propuesto, por encima

de todo, curarme de mi inteligencia.

Este tutor tenía un hijo llamado Isaac, que era bastante menor que yo. Para mi

gran asombro e indignación, permitieron que Isaac recibiera su educación junto a mí,

de manera que parecía una pulga sobre el lomo de un perro. Tenía once años y resultó

ser un renacuajo de constitución liviana y aspecto afeminado, con el pelo castaño y

enmarañado, los ojos grandes y marrones y unas cejas sorprendentemente gruesas y

nerviosas. De inmediato sentí aversión por aquel chico, más que nada por su padre,

aunque enseguida quedó claro que, lejos de tratarse de una antipatía recíproca, yo le

caí muy bien al pequeño Simmins. Me di cuenta de que aceptaba de buen grado el

papel de sirviente y de chivo expiatorio, tanto dentro como fuera del aula. Si su padre

me ordenaba calcular una suma tediosa y absurda, le tocaba a su hijo resolverla. Si

tenía que afanarme en una traducción de Tácito y en realidad me apetecía leer a

Ovidio, le pedía que cometiera alguna travesura con el objetivo de airar al tutor y

disimular así mi falta de atención. Además, se encargaba de llevarme los libros,

sacarle brillo a mis zapatos e incluso accedía con gusto a ayudarme a vestirme. Esa

devoción servil, que, de hecho, inspiró un afecto reacio en mi alma egoísta, fue en

aumento en cuanto descubrí algo acerca del origen de Simmins. Su madre había sido

la única sobrina de un baronet menor, de manera que su condición social podría haber

sido parecida a la mía si su padre hubiera sido rico. Sin embargo, el mundo seguía girando a pesar de esas vicisitudes.

Un sábado, el día cuatro de diciembre del mil setecientos cuarenta y cinco, el

pretendiente al trono Carlos Eduardo Estuardo, que llevaba meses causando

problemas en el norte, se apoderó de Derby. La noticia, que se extendió enseguida por

Collerton y no tardó en llegar a Shirelands durante la noche, llenó de temor a sus

habitantes. A pesar de que la señora H. ordenó a los sirvientes que nos ocultaran la

ansiedad que sentían y, sobre todo, el motivo que la causaba, cualquier intento fue en

vano. Se instaló en ellos el convencimiento de que no pasarían muchas horas antes de

que el Estuardo siguiera su andadura hacia el sur, en dirección a Londres. Teniendo

en cuenta la ubicación rústica de Shirelands, si decidía ocupar antes Oxford, se

aproximaría peligrosamente. El espectro de la guerra me aterrorizó mucho más de lo

que lo había hecho el cuento de Raw Head y Bloody Bones en el pasado. Esa noche

fui incapaz de pegar ojo.

A las cuatro y media de la mañana decidí dejar mis cavilaciones y salí de mi

cámara mientras todos dormían y me dirigí sigilosamente a la del pequeño Isaac

Simmins. Creía que él escucharía mis preocupaciones con oídos atentos y

comprensivos, a pesar de lo temprano que era. Llamé varias veces a la puerta de

Simmins, pero éste, puesto que no compartía la agonía que yo sufría, no respondió.

Cuando intenté abrir con el picaporte me sorprendí al comprobar que la puerta estaba

abierta, decidí entrar a hurtadillas y plantarme frente a la cama del chico.

En efecto, Isaac Simmins dormía profundamente. Tenía la boca abierta y llevaba

un gorro de dormir blanco, demasiado grande para su joven cabeza. Lo llevaba tan

calado que le cubría los ojos, las orejas y gran parte de la cara, como si de una

capucha de horca se tratara.

—Simmins —susurré—. Isaac.

No se movió. Tendí una mano hacia él y retiré suavemente la tela que le cubría el

rostro. En principio lo había hecho con la intención de despertarlo, pero enseguida me

sentí incapaz de estropear la imagen tierna e idílica que ofrecía aquel chico

durmiendo. Me aparté y contemplé a Simmins con orgullo, casi como si me

perteneciera, como si estuviéramos en Roma y yo fuera un emperador que miraba

fijamente a su esclavo favorito.

En ese momento se instaló en mi mente una idea inquietante cuya semilla

consistía, sin duda, en esa horrible ansiedad que me había obligado a levantarme de la

cama. Pensé en la posibilidad de que quien había entrado a hurtadillas en los

aposentos de Simmins no hubiera sido yo, sino un desconocido. Uno de los rebeldes

de Carlos Eduardo Estuardo, un espía, un asesino. Y supongamos, pensé, que fuera él

y no yo quien estaba allí contemplando en silencio a aquel chico indefenso. ¿Acaso

no podría inclinarse hacia él, como imaginaba estar haciendo yo mismo, y taparle la

boca con una mano mientras con la otra le rodeaba la garganta y presionaba con fuerza y sin piedad hasta apagar por completo la llama vital de Simmins, sin que

hubiera poder alguno en la tierra, ya fuera científico o de otro tipo, capaz de

reavivarla?

Esa idea me aterrorizó, tanto por su esencia como por el hecho de que hubiera

nacido de mi imaginación. Retrocedí con violencia para apartarme de Simmins, a

pesar de no haber posado, en realidad, ni un solo dedo sobre su cuerpo, y salí

rápidamente de su cámara para refugiarme en la mía, tras la puerta cerrada con llave.

Una vez en mi habitación, me metí en la cama y me quedé allí el resto de la noche,

encogido de miedo y empapado por un sudor frenético, con los sentidos convulsos

ante cualquier susurro que pudiera presagiar el avance del enemigo, horrorizado ante

la posibilidad de que mi fantasía se hiciera realidad.

 

El lunes por la mañana, después de pasar esa noche, el día siguiente y aún otra noche

en ese estado de agitación temerosa, sentía un intenso dolor de cabeza y tenía la

mirada nublada y oscurecida, como si el sol no hubiera salido para mí y hubiera

decidido pasar la mañana vagando justo por debajo del horizonte. Me costó

sobremanera concentrarme en las lecciones y tuve la sensación de que el tiempo

pasaba muy lentamente.

El coronel Simmins empezó la mañana con las tablas de multiplicar, con las que

yo solía demostrar una gran facilidad. Ese día, sin embargo, pasé verdaderos apuros

y, por supuesto, eso despertó su ira.

—¿Es que esa cabeza no está dispuesta a estudiar hoy? —me preguntó airado—.

¿O acaso no es usted tan listo como nos ha hecho creer? ¡Tonto de capirote! ¡Vuelva

a empezar con la tabla!

Y eso hice, aunque tampoco conseguí resolver la tarea con éxito.

—En verdad le digo, señor Hart, que difícilmente podría haberlo hecho peor —

observó mi tutor con una satisfacción considerable.

—¡Pardiez! —protesté yo, herido en lo más hondo—. ¿Cómo puede esperarse que

me concentre mientras siento cernirse sobre mí la amenaza de la guerra?

—Con buen criterio, se le prohibió escuchar las habladurías de los sirvientes —

dijo el coronel Simmins con el gesto torcido. El tono gélido de su voz hizo que de

repente un escalofrío recorriera mi cuerpo, si bien no comprendí por qué. Al fin y al

cabo, mi tutor y yo jamás llegamos a congeniar lo más mínimo desde la desdichada

hora en la que nos conocimos y no era nada habitual que se dirigiera a mí con tanta

frialdad—. Si menciona de nuevo esas solemnes tonterías me veré obligado a darle

unos buenos azotes.

Dicho esto, nos puso a su hijo y a mí a traducir un largo pasaje de Suetonio acerca

de los doce césares, según dijo, para ver si de ese modo recuperaba mi inteligencia

ausente, además de prohibirme mencionar cualquier otro tema durante el resto del día.

Así pues, permanecimos sentados hasta las cinco en punto, cuando una expresión

extraña se apoderó del semblante de mi tutor que, sin mediar ningún tipo de

explicación, abandonó el aula. Yo dejé la pluma de inmediato y me acerqué corriendo

a la estrecha ventana para mirar hacia la oscuridad que reinaba fuera.

—¿Qué… qué hace, señor Hart? —me preguntó Simmins con timidez tras un

momento en que no me moví ni dije nada.

—Estoy buscando a los escoceses —dije yo.

—Pero… —se atrevió a exclamar Simmins en tono de leve protesta—. El ejército

de Carlos Eduardo Estuardo se encuentra a varias millas de aquí, señor. Además, si

mi padre vuelve y no está ocupando usted su asiento se pondrá furioso.

—¿De veras crees —dije mientras me volvía para mirarlo fijamente— que me

asusta la ira de tu padre? Los escoceses se acercan, eres un necio si crees que no

llegarán esta misma noche. Y, cuando estén aquí, Simmins, los castigos de tu padre te

parecerán ridículos en comparación. Y lo mismo digo sobre el que te proferiré yo si

vuelves a cuestionarme. —Simmins bajó la cabeza—. Te hablo de la muerte, Isaac —

dije con un suspiro—. No eres más que un mocoso. Ven para que pueda acariciarte la

cabeza.

Simmins se levantó de la silla, se acercó con la cabeza gacha y se arrodilló a mis

pies. Yo sonreí mientras recordaba, por el momento sin implicaciones siniestras, la

bella imagen con la que me había obsequiado dos noches antes. Le puse una mano

sobre la coronilla enmarañada y le revolví el pelo.

—Eres más dulce que un confite de ciruela —dije—. Esperemos que los rebeldes

te perdonen la vida.

Lo dije a modo de broma, aunque con una cierta crueldad. Sin embargo, cuando

las palabras salieron de mis labios, parecieron llenar el aire como una maldición. El

terror se apoderó de mí de nuevo. ¿Realmente los escoceses le perdonarían la vida?

¿Me la perdonarían a mí? ¿Se acercaría un intruso hasta mi cama a hurtadillas y me

taparía la boca con la palma de la mano? Sin apartar la mía de la cabeza de Simmins,

desvié mi atención hacia el lúgubre nubarrón negro que se alzaba tras el cristal de la

ventana. El enemigo estaba cerca, podía notar que reducían el cerco a nuestro

alrededor, como si una soga me rodeara el cuello, cada vez más prieta. El tutor había

sido militar, pensé. Sin duda debe de estar al corriente de la presencia del enemigo,

¿no? ¿Seguro que no estaba subestimando el peligro?

Un débil sonido resonó a lo lejos: un débil tamborileo.

Tambores, eran tambores.

De repente, noté que Simmins se apartaba de mí con un respingo. La puerta del

aula se abrió y entró el tutor dando tumbos y apestando a vino de Oporto. Nada más

verme junto a la ventana con las cortinas descorridas, aparentemente ocioso tras haber abandonado la traducción de Suetonio sobre la mesa, así como el tintero

abierto, en el que se estaba secando la tinta, soltó un rugido furioso que de inmediato

me hizo rememorar al rector.

—¡Ponte a trabajar, chico! —gritó mientras se me acercaba tambaleándose.

Esquivé el brazo que alzó hacia mí, me senté de nuevo en mi lugar rápido como una

centella y me quejé aduciendo que tan sólo había sido una breve pausa. El tutor, con

el ceño fruncido y el cuerpo empapado en sudor bajo la gruesa casaca de sarga, cruzó

el aula hasta donde me encontraba, puso sus grandes manos sobre mi traducción, se

inclinó sobre el escritorio y acercó tanto su rostro al mío que no pude ver más que los

minúsculos capilares rojos que palpitaban en sus globos oculares.

—Señor Hart, es usted una vergüenza —me espetó—. ¡Un vago, un gandul y un

holgazán! ¿Cuánto tiempo lleva dedicado a este pasaje de Suetonio? ¡Aquí, el joven

Isaac, con sólo once años, ya ha terminado! ¡Dudo que haya llegado siquiera a

Calígula! ¡Esta noche no cenará! ¡Se quedará aquí sentado, trabajando!

De repente, el tamborileo se oyó mucho más fuerte. Me sobresalté y me volví

instintivamente hacia el peligro que se cernía sobre nosotros, como un conejo al oír

acercarse a los sabuesos.

—¿Qué? —gritó mi tutor—. ¿Tiene miedo, señor?

Agarrándome con rudeza por los hombros, me obligó a mirarlo cara a cara.

—No —protesté—. Es que…

El retumbar de tambores se volvió ensordecedor. Me sorprendió que el coronel

actuara como si no los oyera. Fue entonces cuando me vino a la mente la idea de que

tal vez sí pudiera oírlos, de que fuera precisamente ése el motivo por el que estaba

gritando, se le acumulaban salpicaduras de saliva en la barbilla y el cuello de la

camisa blanca de lino le presionaba la nuez. Tenía que esforzarse para hacerse oír por

encima del ruido de los tambores.

—¡Ya están aquí! —grité.

—¿Qué le ocurre, señor? ¿Acaso no me ha oído?

—¡Los escoceses!

Por un momento, el tutor pareció bastante confundido. Enseguida apareció en su

rostro una expresión que interpreté como maliciosa.

—Aquí no hay ningún rebelde, señor —dijo con los ojos entrecerrados.

Esa afirmación, que me pareció una mentira descarada, y el desprecio con el que

me habló hicieron que se me revolvieran las tripas. De repente me di cuenta de que,

siendo como era escocés, el coronel Robert Simmins tenía un buen motivo para no

preocuparse por los tambores, incluso para desoírlos, a pesar de que retumbaban ya

con tanta fuerza que las paredes a nuestro alrededor vibraban con cada golpe. ¿Qué

prueba tenía yo, al fin y al cabo, de que él fuera leal a nuestro rey Jorge? Mi padre,

que yo supiera, lo había contratado tras interrogarlo sólo de un modo superficial acerca de su historial. Debe de ser, pensé, un espía de Carlos Eduardo Estuardo. O

algo mucho, mucho peor, a pesar de no saber exactamente lo que eso pudiera

representar.

¿Por qué se había ausentado del aula? ¿Habría ido a abrir la puerta de entrada de

Shirelands Hall?

El tutor regresó al escritorio y, horrorizado, comprobé que llevaba una vara de

abedul en la mano. Con los labios temblorosos, dio dos pasos hacia mí.

—Levántese, señor Hart.

No me moví.

—¡Levántese!

De repente, y para mi absoluto asombro, cuando el coronel Simmins dio un paso

más hacia mí, se encogió hasta convertirse en una miniatura, como un hombre visto a

través del extremo equivocado de un telescopio. Su voz sonó como el chillido de una

rata. Recordé a Nathaniel Ravenscroft llamando a los mochuelos desde el granero,

cuando caía el sol, con las manos alrededor de la boca. De súbito, el hielo que se

había formado en mis tripas se convirtió en agua.

Antes de darme cuenta, me puse de pie, crucé la estancia de un salto y agarré la

vara blanca con la mano, sin que me costara ningún esfuerzo arrebatársela a su

propietario.

—¡No! —grité.

Los tambores seguían retumbando en mis oídos con más fuerza que nunca.

Agité la vara en el aire para comprobar el silbido que emitía al restallarla y sonreí.

Parecía el sonido de las alas de un mochuelo. Con ese salto repentino que había dado

me libré de cualquier tipo de terror que me hubiera paralizado hasta entonces. La vara

silbó una vez más mientras describía con ella un ocho en el aire y el infinito apareció

frente a mis ojos. Mi tutor no era más que un ridículo homúnculo, un gnomo.

¡Es cosa de brujas!, pensé. ¡Brujería escocesa! Solté un bufido despectivo ante

esa idea, como suelen hacer los campesinos para mantener alejado al diablo.

Quedé asombrado al comprobar que, al oír ese sonido, el gnomo empezó a

alejarse, a retroceder poco a poco, como si tuviera miedo.

—¿Y ahora qué, sucio espía? —exclamé—. ¿Quién está asustado ahora, eh? ¡Te

daré un buen mensaje para tu aspirante al trono!

Acto seguido, avancé hacia él con la vara en alto.

De repente, el pequeño Simmins se levantó de su silla y se interpuso entre mí y

aquella criatura que no paraba de farfullar y que me pareció que intentaba encontrar

el camino hacia la puerta.

—S… señor Hart, cálmese —dijo mientras posaba las suaves palmas de sus

manos sobre mis mejillas para volver mi cabeza hacia sus ojos—. Por favor, c…

cálmese, señor. Me s… separarán de usted.

—Querido Simmins —dije—. No dejaré que te haga daño.

Mi atención no se había desviado del gnomo durante más de un segundo, pero

cuando intenté buscarlo con los ojos de nuevo me sorprendió comprobar que había

recuperado su tamaño humano. Eso me complació, puesto que una pequeña parte de

mí había considerado injusto atizar a una criatura tan débil e indefensa, por terrible

que me pareciera lo que hubiera cometido. Ya no tenía reparos. Aparté al pequeño

Simmins, aplasté la cara del tutor contra la pesada puerta y descargué la vara sobre su

espalda. Un gruñido escapó de sus labios mientras sus torpes dedos forcejeaban con

el pestillo.

Lo azoté con fuerza de nuevo, incluso una tercera vez. Sin embargo, algo que tal

vez fuera compasión detuvo mi mano. Di un paso atrás mientras bajaba el brazo. El

tutor siguió manoteando la puerta durante un minuto más, pero parecía atrancada,

puesto que no consiguió abrirla. Al final, se volvió poco a poco hacia mí y me miró

con una astucia amedrentada, como una rata amenazada.

—La vara —me pidió al fin, aunque sus ojos buscaban una escapatoria. Lo miré

fijamente.

—No —dije, y me encogí de hombros.

—¡Tú! —chilló el tutor—, te has metido en un buen lío. Devuélveme la vara.

Di medio paso hacia delante moviendo la mano como si aceptara la reprimenda,

aunque en realidad sólo lo hice para ver cómo reaccionaba. Al final, el tutor soltó un

gañido y, encogiéndose de miedo, se cubrió la cabeza con las manos, con una

expresión de terror en el rostro. La compasión me había detenido la mano, pero el

desprecio volvió a enfurecerla.

—¡Eres escoria! —le espeté—. ¡No mereces mi compasión, rata inmunda!

¡Gnomo! ¡Espía!

Dejé caer la vara, salté sobre él y lo agarré por la garganta, aplastándolo contra la

pared enyesada del aula.

—Animal —dije—. Recibirás tu propia medicina.

Eché atrás el puño y lo golpeé en la boca una, dos, no sé cuántas veces más. Cada

vez me invadía más la calma, pero a pesar de todo no me detuve. No quería

detenerme. Los tambores seguían retumbando en mis oídos.

 

Muchas semanas después de ese incidente, mucho después de que Carlos Eduardo

Estuardo —que dicho sea de paso jamás llegó a avanzar más al sur de Derby— se

hubiera batido en retirada, me explicaron que ese episodio violento había sido el

resultado de la dolencia que se había apoderado de mi cuerpo. Lo que no acerté a

saber fue de qué enfermedad se trataba. Sin embargo, el médico de mi padre, que

todavía poseía una mente medieval, diagnosticó que había sufrido un exceso de

humores coléricos y melancólicos. Me prescribió un tratamiento de reposo absoluto con frecuentes sangrías y una dieta muy minuciosa que supuestamente equilibraría

mis flujos. Se me obligó, además, a rechazar cualquier cosa que pudiera estimular la

producción de bilis amarilla o negra, así como para asegurar que la flema no tomara

demasiada preeminencia.

Cuando la señora H. y el lacayo consiguieron al fin apartarme de mi tutor, ya le

había dejado los ojos morados y la nariz seriamente ensangrentada. A raíz de eso

abandonó su cargo con una compensación en oro que superaba con creces su peso,

mientras que mi padre había perdido ya tanto la paciencia como la confianza que

había depositado en la idea de que yo pudiera recibir una tutoría satisfactoria, por lo

que no llegó ningún sustituto. Me pareció de maravilla recuperar la libertad de ese

modo y estoy seguro de que eso contribuyó a equilibrar mis humores. Durante un

tiempo eché de menos al joven Isaac Simmins, quien se había convertido en un

consuelo para mí en una medida mucho mayor de lo que yo hubiera estado dispuesto

a admitir, aunque tampoco eso tardó en quedar atrás. El tamborileo, que al parecer

había sido una especie de alucinación que había tomado forma dentro de mi cabeza,

no tardó en desaparecer. Hacia el año nuevo, que por aquellos tiempos se celebraba a

finales de marzo, ya me encontraba del todo recuperado. En mayo volví a la iglesia y

en julio, para mi inmensa sorpresa, volví a ser bienvenido por la rectoría. Tal vez por

eso fue inevitable que en el mes de agosto de mil setecientos cuarenta y seis volviera

a deambular por el campo junto a Nathaniel Ravenscroft.