Montañas en llamas

David Joy · Capítulo 1 de 40

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Montañas en llamas

Capítulo 1

 

La lluvia chorreaba por el parabrisas polvoriento. Raymond Mathis agarró el volante con fuerza e intentó recordar si había algo que mereciera la pena robar. La puerta de su casa estaba abierta y desde el camino supo quién había entrado. Lo cierto era que todo lo que no estuviera clavado habría desaparecido. Empezó con lo que resultara fácil de empeñar, pero ahora el chico robaba cualquier cosa que considerara de valor.

Al otro lado del patio, el último perro de Ray aulló desde la caseta. Hubo una época en la que criaba a los mejores cazadores de ardillas y mapaches salidos del condado de Jackson, una estirpe de terriers de montaña negros y marrones que obligaban a cualquier cosa que trepara a encaramarse a los árboles. Había criado beagles para hacer pasar conejos por las zarzas antes de que los forasteros llenaran la tierra de carteles de prohibido el paso, y este era el último de ellos, un esbelto ejemplar llamado Tommy Two-Ton que tenía el pelo de la cara de color gris y que estaba balanceándose con las patas traseras sobre una alambrada medio caída.

Al cruzar el patio, Ray agradeció que esta vez el muchacho al menos hubiera encerrado a la perra. Era vieja y ciega, pero no había perdido el olfato. Aquel verano, el chico entró en la casa, dejó la puerta abierta de par en par y Tommy pasó casi una semana desaparecida hasta que Ray la encontró dos caletas más allá, jadeando y renqueando hambrienta por la carretera después de haber perseguido sabía Dios qué toda la noche. Cuando un perro olisquea algo, no hay marcha atrás y, en ese sentido, perros y hombres no son tan distintos. Ray entendía a Tommy igual que entendía al chico. Ambos buscaban algo que no tenían por qué buscar, pero sabía que un pensamiento podía penetrar en la mente de un hombre y consumirlo por completo.

—¿Lista para cenar?, —dijo Ray, deslizando el pestillo de la puerta.

Los tablones de la caseta para cinco perros se habían vuelto grises, pero eran tan robustos como el día que los colocó. La lluvia se deslizaba por la parte trasera del tejado de zinc y se filtraba en el suelo en cuanto caía. La perra aullaba melancólica y solitaria como si no hubiera visto un alma desde hacía años. Cuando se abrió la puerta, cruzó el patio a galope, entró en la casa y, al sacudirse el agua, las orejas le golpearon los carrillos.

Eran las primeras lluvias que regaban las montañas en varios meses. El suelo estaba tan seco que, al detenerse en el patio, Raymond casi pudo oír la tierra lamiendo lo que caía, intentando mojarse lo suficiente para no morir de sed. Las crestas de las montañas estaban ardiendo, el aire olía a humo y las previsiones meteorológicas no anunciaban ningún frente. Ray imaginaba que aquella racha era tan solo una broma macabra. Aun así, se quedó allí mirando el cielo y dejó que las gotas le golpearan los párpados mientras rezaba para que el chaparrón durara.

Llevaba un sombrero de ala estrecha calado hasta las cejas, un mono Key con manchas oscuras a la altura de las rodillas y un abrigo de lona con un rudimentario parche cosido en el hombro derecho. Con su metro noventa y cinco y sus más de ciento treinta y cinco kilos, era un gigante cuyos gruesos antebrazos parecían postes de madera. Sus manos, como las de su padre, engullían todo lo que sostuvieran. Recordaba que de niño fue a una subasta de ganado y un hombre le dijo a su padre que con unas manos como aquellas podría estrecharle la mano a Dios. Durante toda su vida, Ray imaginó que era cierto.

La granja, hecha de listones de madera, parecía casi plateada bajo la lluvia y las tejas de cedro estaban cubiertas de musgo. Una ligera brisa empujó la puerta principal contra la pared interior. Las luces del salón estaban encendidas. El chico ni siquiera había necesitado utilizar la llave, porque Ray no había cerrado. En aquella región apartada no había más amenazas. Podría haber cambiado las cerraduras y sus hábitos, pero entonces el muchacho habría roto las ventanas o echado la puerta abajo y Ray habría tenido otra cosa más que arreglar. Quizá por eso no se molestaba, o quizá una esperanza enterrada en lo más hondo de su corazón le decía: «Algún día no volverá para robar. Algún día volverá para quedarse».

A veces se culpaba a sí mismo por los errores del chico. Cuando su mujer, Doris, contrajo un cáncer, Ray ni siquiera parpadeó cuando los analgésicos dejaron de hacer efecto. Estaba demasiado ocupado viéndola marchitarse por completo. A veces se preguntaba si la ausencia de su hijo había tenido la culpa, pero lo cierto era que antes de las pastillas fue el cristal, y antes del cristal fueron las pastillas, y antes fueron el alcohol, la hierba y cualquier cosa que pudiera conseguir. Semanas antes, la policía había encontrado al chico apoyado en el muro de ladrillo delante de la casa de Rose con una aguja en el brazo, pálido y con la boca abierta como si estuviera muerto, y nada de aquello fue culpa de nadie excepto de él mismo.

Ray aún lo veía así, como un chico, y en muchos sentidos era un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Ricky tenía cuarenta y un años y un pie en la tumba. En ocasiones, Ray se preguntaba si alguna gente nacía en desgracia, y la idea le dolía especialmente, porque esa no era forma de pensar en su propia sangre, porque esa no era forma de pensar en su hijo.

Tommy Two-Ton se encontraba al lado de su cuenco de comida a la entrada de la cocina, y Ray se agachó a rascarle detrás de las orejas. La perra apoyó todo su peso en la palma de la mano de Ray. Una neblina lechosa le enturbiaba los ojos, y olfateó cuando Ray fue a la despensa a buscar un saco de comida.

El cajón de los cubiertos estaba abierto, y en él no quedaba más que el recubrimiento de flores descascarillado. Ray cerró los ojos y se pellizcó el tabique nasal. Habían desaparecido unos cubiertos de acero inoxidable desparejos.

—Tenía muchos más cubiertos que cucharas y muchas más cucharas que cuchillos planos. ¿No es así?, —dijo Ray a la perra mientras sostenía el saco de veinte kilos encima del cuenco y vertía el pienso por una esquina rota. Tommy comió un poco y, mientras masticaba, miró hacia arriba con sus ojos lechosos. No tenía la menor idea de lo que le decía el anciano, pero aun así estaba satisfecha.

En el dormitorio, Ray se desabrochó los tirantes y tiró el mono a los pies de la cama. Llevaba mono todos los días de su vida y traje los domingos, igual que su padre y su abuelo, que habían sido enterrados con los suyos puestos. En el centro de la cómoda había un joyero de castaño que le había comprado a su mujer el Día del Patrimonio Montañés; seguía en el mismo lugar en el que ella lo había dejado. Ray se miró en el espejo del tocador. Justo bajo los ojos le nacía una espesa barba entrecana que le llegaba hasta el pecho. Un duro vello facial cubría sus labios y siempre parecía que sus palabras salieran de la nada, que su estado de ánimo permaneciera oculto. Se quitó el sombrero agarrándolo por la corona, se pasó los dedos por el pelo que le quedaba y soltó un gran suspiro. Luego levantó el pequeño cierre de latón del joyero y estuvo un buen rato tocando el borde de la tapa con el dedo hasta que encontró valor para abrir la caja.

El pequeño medallón de plata y la alianza de la madre de Doris se hallaban en el fondo de terciopelo negro. El anillo de plata formaba un óvalo retorcido y prácticamente se había desgastado hasta partirse en dos debido al trabajo de su madre en los campos de repollo. El anillo de oro y la alianza de un cuarto de quilate que había comprado en Hollifield’s para pedirle la mano a Doris estaban atados con un delgado hilo verde, ya que a ella nunca le había gustado mucho llevar joyas. Aparte de eso, solo había un penique deslustrado que una niña le había regalado a Doris junto a la charcutería de Harold, una de esas cosas inesperadas que acaban en tu mano y guardas el resto de tu vida por ningún motivo en particular.

Ray bajó la tapa y cerró el joyero. Luego apoyó los nudillos encima de la cómoda y se acercó al espejo. Tenía los ojos inyectados en sangre y amarillentos, y su color azul claro se había vuelto casi gris. Agradeció que algunas cosas aún fueran sagradas, si no para siempre, al menos momentáneamente.

Cerrando los ojos, inhaló hasta que su pecho no pudo contener más aire e intentó imaginar dónde podía estar el chico. El repiqueteo de la lluvia sobre el tejado cesó, y el silencio le dejó la mente vacía. Apenas había llovido lo suficiente como para limpiar el polvo del mundo. No recordaba la última vez que una oración había obtenido respuesta.