Montañas en llamas
Capítulo 6
Cuando Denny llegó al lugar donde pasaba las noches, empezaba a tener el mono. El asfalto se convertía en un camino de gravilla que serpenteaba durante varios kilómetros hasta llegar a la autovía de Blue Ridge. A mitad de la cuesta, en la parte exterior de una curva lenta, un sembrado ascendía por la montaña hasta disolverse en una extensión de laureles, y era allí donde había aparcado cada noche durante el último mes. De momento, nadie lo había echado.
Para Denny, la sensación siempre comenzaba en las manos. Empezaban a sudarle y le dolían las articulaciones, y sostenía sus dedos temblorosos delante de los ojos con una tristeza hipnotizada, aterrado al saber lo que ocurriría si no pillaba. Luego aparecían las rampas en las piernas, la inquietud y las náuseas. Normalmente, si llegaba a ese punto estaba perdido, así que el truco era no ir tan lejos. Cuando lo hacía, se tumbaba en el suelo, quemándose vivo y congelándose hasta la muerte mientras un sudor frío le cubría la frente y el síndrome de abstinencia lo doblegaba como la gripe. En el momento álgido, unos tres días después, tenía la sensación de haberse marchitado por dentro, como si su cuerpo fuera una cáscara de la que no podía desprenderse, y pensaba: «Ya está. Esto es el final. Así voy a morir».
Estar así de enfermo bastaba para que un hombre suplicara clemencia a Dios y jurara que no volvería a hacerlo nunca más si conseguía llegar al otro lado. Pero entonces lo superaba y el dolor empezaba a remitir, y tras siete días limpio prácticamente se había recuperado del todo. Entonces le entraba un apetito insaciable y deseaba comerse todo lo que viera, así que iba a Ingles y se paseaba por la tienda zampándose una bandeja entera de magdalenas y lamiéndose el glaseado rosa y azul de sus dedos mugrientos. Cuando finalmente tenía la barriga llena, se decía a sí mismo que metería el pie en el agua sin zambullirse del todo, y no se daba cuenta de que había llegado al fondo hasta que estaba mirando hacia arriba, justo donde había empezado.
Denny retorció el puño alrededor del volante y contempló el bosque por el parabrisas hasta que la noche se tiñó de un negro profundo. El aire despedía un olor acre a causa del humo que traía el viento desde el noreste de Tellico. Después extendió el brazo hacia el asiento del acompañante y sacó un Gatorade rojo de una bolsa de plástico, desenroscó el tapón y dio dos tragos largos.
La sensación se volvió más intensa y, aunque la mercancía estaba en la parte trasera del coche, Denny no se movió. Siempre había un momento pasajero de duda, una fracción de segundo en la que se decía: «No tienes por qué ir más allá». No había razón para estar allí. Para él, su historia no era peor que la de cualquier otro.
Sí, lo había criado una madre soltera que padeció un cáncer; nunca había tenido seguro médico y no duró ni un año. Y sí, tuvo que irse a vivir con su tío, que trabajaba de bailarín indio para los turistas y en invierno los llevaba de gira a cantar canciones de góspel. Pero tenía una hermana gemela y ella no había acabado así. Carla trabajaba en el casino y estaba pensando en volver a la escuela. Quería ser profesora y ayudar a revivir la lengua cheroqui.
Denny no entendía por qué era el único que había acabado de aquella manera. No entendía qué había hecho para merecerlo. Un día se ganaba bien la vida instalando tejados y cortando árboles gracias a licitaciones estatales, y al siguiente yacía destrozado en un hospital. Una cosa llevó a la otra y ahora allí estaba. Recordar cómo había llegado a aquella situación le avergonzaba, y esa vergüenza se convertía en tristeza, la tristeza en ira y, a veces, era esa ira la que lo empujaba a seguir, aunque en aquel momento, no se trataba de eso. En aquel momento simplemente no quería encontrarse mal.
En el maletero del LeBaron amarillo claro llevaba una pequeña caja de aparejos de pesca de la marca Plano, como las que regalaban a los niños. Denny quitó el pestillo, abrió la tapa y, al retirar las bandejas, vio las agujas, una lata de Altoids que utilizaba para preparar la dosis, un trozo de tubo de goma y medio frasco de Klonopin que guardaba para cuando las cosas se ponían feas. Le sudaban las palmas de las manos y se frotó los ojos con la base de la muñeca.
Después de vaciar una bolsa en la lata, añadió un tapón de agua y, utilizando el émbolo de una aguja limpia, removió la mezcla hasta obtener una solución turbia. Sostuvo la jeringuilla entre los dientes como si estuviera mordiendo una paja. El sabor era amargo, la heroína probablemente no era pura y la habían cortado con leche en polvo. Todo lo que compraba estaba siempre adulterado. Tenía callos en las yemas de los dedos de quemar droga, así que no notó cómo se calentaba la lata al pasar el encendedor por debajo. Empezó a salir humo y, justo antes de que hirviera, paró y empezó a remover, y luego dejó la lata encima del parachoques para que se enfriara.
Cerrando el puño, vio cómo se le marcaban las venas del antebrazo. Siempre había tenido buenas venas. Se ató la goma a la altura del codo y esperó a que pareciera que todo estaba a punto de estallar. Luego, removió la solución una vez más y vació la lata con la jeringuilla.
Después de clavarse la aguja, la sacó un poco y vio cómo se llenaba el tubo de sangre. Respirando hondo y aguantando el aire en el pecho, se inclinó hacia delante y se quitó la goma del brazo. Todo cedió al unísono como un dique abriéndose a la luz, el calor y el sonido, y empezó a desplomarse con las piernas dobladas y los párpados caídos. Luego se pegó al parachoques trasero del LeBaron y se deslizó hasta caer sobre la hierba amarillenta con la cabeza apoyada en el frío acero y mirando al cielo.
El brillo nocturno se redujo a la luz de las estrellas, que parecían cristales rotos, y levantó las manos como si quisiera hundir los dedos en el firmamento e impregnarlos de aquel destello plateado. El mundo se cernió sobre él como niebla en una montaña, y aquel momento fue lo más parecido al amor que había sentido en mucho tiempo.