Morbo Gótico
Capítulo 5
No resultaba sencillo vivir con aquel insomnio autoimpuesto. La fobia a dormir persistía desde que era niña. No tenía miedo a la oscuridad, sino a las pesadillas que noche tras noche se colaban férreas, incansables, como aquellas serpientes que decía la leyenda entraban en las habitaciones de las recién paridas para mamar de sus pechos mientras el bebé languidecía.
Había probado miles de remedios, desde tomar pastillas que la atontaban sumergiéndola en un sueño pesado e igualmente inquieto, hasta ver comedias en vídeo de la época dorada de Hollywood, argumentos que en su mente se acababan llenando de monstruos.
Desde que ella recordaba, sufría pesadillas todas las noches, invariablemente, como la maldición de aquel titán cuyo hígado era devorado por un águila, y por ser inmortal, cada día la víscera volvía a crecer, siendo de nuevo manjar para la bestia.
Nuno ya dormía desde hacía rato y ella comenzaba a perder su batalla diaria contra el cansancio. Se acercó al balcón y abrió la puerta de cristal. El aire fresco y húmedo de la noche la reconfortó y le permitió asestar un último golpe para vencer al sueño y alejarlo por unos instantes. Observó las luces de la vieja Lisboa que brillaban con timidez, difuminadas bajo la oscuridad y el tupido velo que proporcionaba la incansable lluvia. Respiró el olor a tierra mojada y todos sus miedos y temores desaparecieron de repente. Prendió un nuevo cigarro con una larga calada que la reconfortó, calentándole los pulmones. Expulsó el humo en un soplo que se diluyó entre el torrente de agua, devolviendo los reflejos amarillos que proporcionaban las lámparas de la casa. Terminó el cigarro sin pensar en nada, liberando su mente, para dejarse llevar simplemente por el olor de la lluvia y el placer que le concedía cada nueva calada. Cerró el balcón y se desplomó otra vez en el sofá.
Nuno le insistía para que abandonara el tabaco, pero ella no se sentía capaz. No fumaba mucho, tan solo cinco o seis cigarros al día y normalmente tres o cuatro de ellos caían por la noche, como un ansiolítico que la ayudara a templar su ánimo y controlar el pavor que le producía pensar en el momento de irse a la cama. Sus ojos se cerraron por unos instantes y los abrió sobresaltada. Sabía que ya no podría mantenerse mucho más tiempo despierta, estaba agotada. Así que había llegado el momento de la rendición, de levantar la bandera blanca que era la sábana y meterse dentro, junto a su marido, para dejarse llevar sin remedio a un mundo que él no comprendía y del que no podría rescatarla. Y es que Nuno no podía entender su fobia a dormir, su pánico a las pesadillas. Son solo sueños, decía. Olvídate de ellos e intenta descansar. Era fácil decirlo para alguien que disfrutaba de un sueño tranquilo y relajado, alguien que dormía profundamente y se levantaba por las mañanas descansado y con ánimos nuevos. Pero en su caso era todo lo contrario. Después de sus pesadillas interminables se despertaba aún más cansada de lo que se había acostado, física y mentalmente. Sin embargo, sabía que tenía que dormir. Nadie puede sobrevivir más de nueve o diez días sin conciliar el sueño, así que no tenía escapatoria. Hiciera lo que hiciera, siempre volvía a caer, tenía que rendirse y levantar la sábana blanca en son de paz, para dejarse envolver en una tortura agotadora. Si tienes fobia al sueño, deberías asistir a terapia con alguna de tus compañeras, le había dicho él. No obstante, no resultaba tan sencillo. Llevaba sufriendo las pesadillas con regularidad desde la infancia y el miedo y la ansiedad estaban ya tan arraigados que eran parte de su forma de ser y Nicolasa pensaba que jamás podría librarse de ellos.
Por fin le venció el cansancio, cerró los ojos y sin poder evitarlo fue arrastrada al mundo sibilino y luctuoso que tanto temía. Nuno, a su lado, dormía plácidamente. La respiración pausada y monótona de Nicolasa empezó a mostrar una cadencia agitada y sus ojos comenzaron a moverse bajo los párpados.
Se encontraba en la cocina, terminando de preparar unos filetes a la plancha para la cena. En ese momento entraba Nuno con la cara desencajada en una mueca de furia.
—Te he dicho que dejes de fumar, ¿es que no me has oído? —le gritaba.
—¿Qué dices? No estoy fumando —Nicolasa se sentía muy asustada, nunca había visto a su marido gritar de aquella manera.
—¿No estás fumando? —Nuno se aproximaba a ella y la cogía por los pelos, empujándole y acercando su cara a la plancha donde la carne comenzaba a adquirir un color tostado—. ¿Y de dónde sale ese humo? ¿Te crees que soy tonto?
—Nuno, ¿te has vuelto loco? —Nicolasa forcejeaba con él intentando desasirse, pero le resultaba imposible. Su marido era mucho más fuerte—. Es el humo de la carne que estoy cocinando. ¡Suéltame!
Entonces él se enfurecía mucho más y le pegaba un fuerte puñetazo en la cara. Su nariz rozaba la plancha candente por un instante y Nicolasa soltaba un rugido de dolor a la vez que le asestaba una fuerte patada a su marido. Este retrocedía y volvía a dirigirse a ella montado en cólera.
—¡Eres una guarra y una mentirosa! Te voy a matar.
Dos nuevos puñetazos la hacían caer al suelo. Nuno le propinaba otra serie de patadas.
—¡Jódete, puta! —Entonces, sacaba una jeringuilla—. Ahora vas a probar mi medicina.
En ese momento la mente de Nicolasa se bloqueó por completo. Trató de moverse y no pudo, intentó gritar y las palabras no se articularon, deseó morirse pero sus deseos no se cumplieron. Lentamente Nuno cargaba la jeringuilla con un líquido transparente de un pequeño bote de medicinas. Caminaba hacia ella y Nicolasa continuó inmóvil, aterrada, suplicando en su mente para que terminara todo lo antes posible.
Se despertó en medio de la oscuridad, incapaz de sentir su propio cuerpo. Nuno dormía plácidamente y Nicolasa intentó acompasar la respiración a la de su marido. Quizás tuviera suerte y aquella fuera la única pesadilla de la noche.