Muerte en la Acrópolis

Andrea Maggi · Capítulo 5 de 20

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Muerte en la Acrópolis

Capítulo IV. En el que Apolófanes conoce a la viuda de Epigenes

CAPÍTULO IV

En el que Apolófanes conoce a la viuda de Epigenes

 

Acompañé a casa a mi madre bajo una lluvia torrencial. A lo largo de todo el recorrido de vuelta no me dirigió una sola palabra. Cruzamos el umbral completamente callados. Dos siervas la llevaron a una de las habitaciones de la planta superior y otras dos me proporcionaron a mí una túnica seca para que pudiera quitarme la mojada.

Afuera arreciaba la tempestad con inmensa violencia. Las calles se habían convertido ahora ya en torrentes de lodo y nadie se atrevía a sacar la nariz de su casa. Me senté en un asiento de dura madera y me sequé delante del fuego que las siervas habían encendido en el hogar del centro de la estancia. Pregunté por Midas y me dijeron que había sido llevado a la oscuridad del establo.

La lluvia no disminuía, es más, cuanto más tiempo pasaba más crepitaba ruidosamente. Volví a pensar en el oráculo del sacerdote de Poseidón. ¡No era nada insensato! Sentí agradecimiento por el dios que me había ahorrado una ruina segura. De haber dejado zarpar a mi nave cargada de mercaderías, bajo aquella cortina de agua y en medio de la borrasca en mar abierto, me habría ido a pique.

La sierva de más edad corrió la cortina y entró en la estancia, que se había oscurecido debido al espesor de las nubes. Sostenía una bandeja llena de pastas a base de miel. Devoré un puñado de ellas que resonó bajo mis dientes.

—Quisiera ver a mi madre —dije.

La sierva me dirigió una mirada ceñuda y respondió irritada:

—Sofronia está descansando.

—Sube y dile que me gustaría verla en su habitación. —Repuse con firmeza.

—Pero las órdenes…

—¡Ahora! —troné.

La sierva de más edad se estremeció, puso cara de resentimiento y acto seguido desapareció detrás de la cortina. Al poco reapareció y me rogó que la siguiera.

Subí la escalera que llevaba al gineceo. La lluvia caía en diagonal y anegaba los porches del patio interior. La reverberación de los truenos hacía vibrar la tierra. En la planta superior el temporal que batía sobre el techo se oía con mayor intensidad. El silbido del vendaval me hizo estremecer. La sierva abrió la puerta y me pidió que me acomodara.

El cuarto era modesto como el resto de la casa. La yacija colocada en un ángulo estaba en orden, recubierta de suaves pieles. Un arcón en el que descansaba una estatuilla votiva de Atenea era el único mueble presente de cierto tamaño. Unas espléndidas alfombras multicolores, adornadas con figuras geométricas de motivos blancos y amarillos, embellecían las blancas paredes y el suelo.

Mi madre trabajaba en el telar. Estaba sentada en un escabel, envuelta en un largo traje de magnífico drapeado. Tenía la vista fija en la urdimbre. Una tela preciosa, ya acabada en su parte superior, colgaba del larguero. Tejía en silencio. Las manos separaban con destreza las urdimbres pares de las impares y hacían pasar por entre medias el hilo de la trama. El susurro del hilo corriendo sobre el hilo era reconfortante. Me retrotrajo a la infancia. Pero el rostro de mi madre era duro y triste.

Me senté en el asiento que había junto al suyo. Ella siguió observando la tela que crecía bajo sus manos como si yo no me encontrase siquiera a su lado. Me sentí incómodo. No sabía por dónde empezar para conseguir su perdón, por lo que, tal como sucede a menudo en tales circunstancias, comencé de la peor manera. Traté de justificarme. Le conté mi decisión de defender a Eurifemo en el tribunal y del éxito que había conseguido en la vista.

—Nos habríamos retrasado en cualquier caso por culpa de esta lluvia.

—¿Y esto debería consolarme? —vociferó volviéndose de golpe hacia mí y dejando caer el hilo de la trama—. Has llegado con retraso con tu asno piojoso que no hacía más que rebuznar. ¿Y por qué? ¿Por haber tomado parte en un proceso por homicidio en el que has defendido al asesino que solo tú consideras inocente? Por haber cometido esta sandez, has olvidado que tu madre te esperaba en el Ágora para celebrar el sacrificio a la Madre de los dioses en memoria de tu difunto padre. ¿Qué debería pensar? ¿Que ese licántropo te importa más que la memoria de tu padre?

Había levantado la voz. No lo hacía a menudo. Ello me apenó no poco.

—Ese licántropo, como tú lo llamas, no es culpable. Y si no lo hubiese defendido yo, habría sido condenado.

—¡Bien! Que los dioses te lo paguen. Todos, a excepción de la Madre de los dioses, que esperaba un cordero descuartizado en su altar precisamente hoy. ¡Y que ahora estará encolerizada con nosotros!

Su rostro se contrajo en una expresión de abatimiento. Me miró en silencio con unos ojillos penetrantes. De golpe los desorbitó.

—¡Yo sé qué es lo que te ha ofuscado la mente hasta hacerte olvidar tus deberes!

Desde un principio me temía que volviese una vez más sobre el asunto.

—¡Esa condenada prostituta!

Alcé los ojos al techo.

—Madre, Filoxena no es una prostituta…

—¡Por Hera, llámala como te parezca! Para mí, una mujer que recibe en su casa a muchos hombres y se hace pagar por su compañía es una prostituta.

—Es una filósofa, una socia mía en los negocios y también un espíritu noble. Se ha tomado en serio el proceso y hoy estaba entre el público siguiendo la vista…

—¿Un espíritu noble? —preguntó ella. Me di cuenta demasiado tarde de que no hubiera tenido que hablar a mi madre de la presencia de Filoxena en el tribunal—. Por la bondadosa Hera, pero ¿cómo razonas, hijo mío? Para ella tú eres un botín fácil. ¿Y de veras crees que tu amiga estaba allí para escuchar tu alegato? Que te lo digo yo: seguro que está pensando en sonsacarte una bonita suma. Debes alejarte de ella, pues no es de fiar. Pero sobre todo debes renunciar a la defensa de Eurifemo.

—No puedo dejarle abandonado justo ahora. Eurifemo es inocente.

—¡Culpable o inocente, es una cuestión que a ti no te incumbe! —tronó perentoria mi madre.

Estaba fuera de sí. Decidí dejar morir aquella conversación. Hubo un instante de silencio, tan solo roto por un rayo que cayó cerca.

—Celebraremos el sacrificio una vez que se haya pasado la tormenta. —Traté de tranquilizarla.

Por toda respuesta, mi madre bajó la mirada.

—Ahora, si no te importa, estoy ocupada con mi trabajo en el telar.

—¿Me despides? Pero si está aún descargando. ¿No oyes el viento, como ulula afuera?

—¡No me irás a decir que te da miedo el ulular del viento, justo ahora que te has convertido en el defensor de un licántropo! Te deseo un buen regreso, hijo — comentó, yendo hacia la puerta y abriéndola de par en par.

 

Estuvo descargando durante cuatro días seguidos. La noche del quinto, la cólera de Zeus se aplacó, las nubes se aclararon, el mar se calmó y el cielo sobre Atenas se serenó mostrando de nuevo su bóveda tachonada de estrellas.

Al amanecer, salí de casa. La aurora extendía sus rosados dedos sobre toda la tierra y teñía de una tenue claridad las colinas circundantes. Me senté fuera de la puerta con las sandalias en la mano mirando el mar por fin plano. Unté las sandalias con sebo y las froté, pero por más que me esforzaba, no conseguía sacarles lustre. Aquella mañana mi ánimo no alzaba el vuelo, oprimido por un peso insostenible. ¡Cómo sabía mi madre echarme el muerto!

Me levanté, pues, y me dirigí hacia la orilla. De pie sobre la rompiente pedregosa, desaté mi quitón y lo dejé caer al suelo. Me quedé en taparrabos. El sol calentó mi cuerpo, aterido por la humedad de los días anteriores. Entré en el agua y alcancé a nado un alto escollo que distaba alrededor de un estadio de la orilla. A fuerza de brazos y piernas trepé sobre la superficie rocosa, aprovechando los ralos arbustos que asomaban aquí y allá de la escarpada pared. Llegué a lo alto del escollo. El viento

soplaba impetuoso. Miré hacia abajo. El mar distaba diez orgías[1] y allí abajo acariciaba amorosamente la roca, tras haberla azotado durante días con una gran violencia.

«Si mi ánimo no quiere alzar el vuelo, querrá decir que deberé volar con todo el cuerpo».

Hinché el pecho. El viento fresco del mar sopló sobre la piel mojada y me hizo estremecerme. Abrí los brazos y sin más pérdida de tiempo me lancé de un salto al vacío. Un silencio total me envolvió. Mi cuerpo descendió de golpe hacia el azul. Traté de mantenerlo tenso para entrar en el agua con la correcta inclinación. La zambullida, aquel tremendo interregno entre la tierra y el mar, me susurró palabras tremendas en los oídos. A un palmo del agua bajé la cabeza y la protegí con las manos extendidas hacia delante. Entré en el azul con gran estruendo. Me quedé suspendido en lo profundo durante unos instantes, contemplando el fondo con la vista vuelta opaca por el agua. Luego gané la superficie a brazadas y nadé hacia la orilla.

Con un palo puntiagudo recogido en la playa pesqué dos gruesos peces y luego regresé a casa. En el patio interior los limpié de las tripas, los metí en un asador, encendí un fuego y los puse a asar.

Estrepsíades hizo su entrada en el patio. No parecía en absoluto de buen humor.

—¡Una zambullida de locos! Digna de aquel que ha defendido a Eurifemo en el tribunal. Si te hubiese visto tu madre, se habría muerto de pena —comentó.

—Lo necesitaba. —Respondí mirando distraídamente a los peces que se tostaban junto al fuego.

—Siéntate —ordené a mi esclavo.

Estrepsíades se resistió, titubeante debido a la insólita petición.

—Amo, la verdad no sé si es oportuno…

—Si decido tratar como un igual a mi esclavo, mi esclavo no debe negarse. Es una orden. Los otros esclavos de casa no se molestarán por ello. Siéntate y hazme compañía —dije con una sonrisa.

Estrepsíades obedeció, no convencido del todo. Se sentó enfrente de mí, permaneciendo un poco rígido.

Los peces que se estaban tostando desprendían un aroma delicioso. Una vez asados, los retiré del fuego y ofrecí uno a mi esclavo. De entrada Estrepsíades opuso un elegante rechazo.

—Comer con el amo es demasiado…

—Vamos, Estrepsíades, te lo mando. No puedes negarte.

Finalmente, conseguí convencerlo. Comimos en silencio, cogiendo los asadores entre las manos y arrancando la carne con los dientes. Una vez que me hube acabado mi pescado, tiré las sobras entre las llamas y las miré cómo se ennegrecían y abarquillaban sobre sí mismas.

—Una vez saciado el estómago, centrémonos en el proceso. A juzgar por el humor de Cratilo, creo que no se dará por vencido tan fácilmente. Por Cástor y Pólux, ¿por qué un logógrafo ilustre como él se ha tomado la molestia de tomar parte en un proceso de poca monta como es este? Y además, ¿a qué tanta cólera? Su reacción a mi defensa ha sido desproporcionada. He visto a muchos colegas suyos perder grandes causas, y sin embargo mantener una compostura envidiable.

Terminada su comida, Estrepsíades se limpió la barba con el dorso de la mano.

—A veces el orgullo herido juega malas pasadas, amo.

—¿Orgullo herido? ¿Y de qué? ¡Cratilo todavía no ha perdido el proceso! Tengo la impresión de que el origen de su rabia hay que buscarlo en otra parte. Se diría que tiene una gran prisa por cerrar el debate con una condena inmediata.

—Esto es lo que trata de hacer todo hábil logógrafo. Pero ya se sabe que casi todos los procesos se prolongan por lo menos dos o tres sesiones.

—Es la práctica, en efecto —admití.

—Tal vez está a tal punto convencido de la culpabilidad de Eurifemo que en su interior no admite contradicciones.

—Pero ¿qué le habrá empujado a abrazar la causa de Epigenes?

—La ganancia fácil, supongo.

—No lo creo. Es un aristos, las riquezas no le faltan. De este proceso, a simple vista, nadie sacará grandes ventajas. Podría haberlo hecho en nombre de una antigua amistad con la víctima, pero oyéndole hablar, se hubiera dicho que Epigenes ni siquiera lo conocía. Es algo de lo que deberé cerciorarme cuanto antes. Hay otro detalle que me ha dejado perplejo. Su discurso no estaba, después de todo, tan estudiado. ¿Por qué un experto logógrafo como Cratilo se apresura a defender la acusación de homicidio por cuenta de alguien a quien, por lo que parece, ni siquiera conoce y luego, al término de la primera sesión, hace semejante papelón?

—Tal vez tiene asuntos más urgentes que despachar y la prolongación de este proceso representa para él una carga añadida a todos sus compromisos. Por lo demás, es un pritano: tiene otras responsabilidades.

—Lo que dices no hace sino reforzar mis dudas. ¿Por qué, pues, se ha comprometido en primera persona en este proceso insignificante cuando el Hado que se cierne sobre Atenas debería reclamarlo a otra parte? El discurso de la acusación hacía aguas por todas partes. Temía que se hubiera vuelto mucho más difícil enfrentarse a un adversario tan experto. ¿No te parece extraño?

—¿El qué, amo?

—Un hombre es asesinado en circunstancias cuanto menos oscuras. Es acusado del homicidio un demente que tiene sin duda muchas culpas, pero seguro que no la de haber dado muerte a ese hombre. No obstante, el orador de la acusación, uno de los logógrafos más influyentes entre los que frecuentan habitualmente los tribunales atenienses, quiere cerrar el proceso a toda costa a la primera sesión defendiendo una tesis acusatoria más que imperfecta y monta en cólera cuando la defensa consigue identificar todos sus puntos flacos.

—En efecto, es algo poco claro.

—Si queremos adjudicarnos también la próxima sesión y devolver a casa a Eurifemo sano y salvo, debemos saber más sobre la relación que existía entre Cratilo y la víctima. Pero por ahora la cuestión de la que quiero ocuparme es otra…

Estrepsíades se me anticipó.

—¿Por qué no la ausencia de la mujer de Epigenes en el proceso?

La agudeza de mi esclavo me dejó por un instante sin palabras.

—¡Ya! En el proceso han intervenido el arconte rey en calidad de presidente del jurado y un pritano en calidad de acusador. Pero la mujer de la víctima no estaba en el tribunal ni Cratilo la ha sacado a relucir. Ni una vez siquiera. ¿Qué puede significar todo esto?

—Podría ser un detalle poco importante.

—Hasta la luz más tenue, mi querido Estrepsíades, resulta preciosa cuando se recorre un camino completamente desierto.

—¿Qué tienes intención de hacer, amo?

—Lo que hubiera tenido que hacer desde el primer momento, de haber tenido tiempo. Iré a hacerle una visita a la viuda de Epigenes. Tú, mientras tanto, ocúpate del carnero que deberé sacrificar hoy a mi padre. Será mejor que vaya. Al Sol le trae sin cuidado nuestra comodidad.

 

Según la tradición, Prasia es el lugar del Ática al que llegan las ofertas de los hiperbóreos para el dios Apolo. Los hiperbóreos entregan sus primicias a los arimaspos y estos las pasan a los isedones, que a su vez las llevan a Sinope, desde donde son transportadas a Prasia a través de algunas ciudades colonizadas por los griegos. Son los atenienses, además, los que desde el puerto de Prasia transportan las ofrendas a la isla de Delos para presentarlas al dios.

Atravesé por colinas recubiertas de hierbajos. Rebaños de cabras pacían vigiladas por sus pastores. Entre las rocas asomaban miles de lirios. Un fresco perfume a lavanda se alzaba en cada lugar. Las casas de los pastores, de los pescadores y de los mercaderes se alzaban al resguardo de las colinas, a la sombra de los numerosos pinos de hojas de aguja.

La viuda de Epigenes vivía en una casucha ruinosa. A mi llegada, até a Midas a una estaca junto a un rocín todo pellejo y huesos. En la trasera, la viuda estaba inclinada dando de comer a los gallos hambrientos. Estos tenían el aspecto fiero de muchos pequeños guerreros de barbas escarlatas. Algunos ostentaban las señales de los numerosos enfrentamientos. Esbocé tímidamente un saludo. La viuda se volvió hacia mí y poco faltó para que me llevara un mamporrazo. Era una mujer de una rara fealdad, tan fea que se me cruzó por la mente la sospecha maligna de que Epigenes se había suicidado debido al aspecto de su mujer. Solo renuncié a aquella hipótesis ante la idea de que un hombre, por más desesperado que esté por su mujer, nunca podría desgarrarse de aquel modo a sí mismo con sus propias fauces. Esteno, el nombre de una de las dos Gorgonas hermanas de Medusa, le sentaba que ni pintado. Su figura, gorda y tosca, como la del marido, se hallaba cubierta de la cabeza a los pies por un peplo largo y negro. Un velo ceñía su cabeza dejando al descubierto el horrendo rostro. Tanto podía tener treinta años como sesenta. Los ojos saltones estaban dominados por un ceño cejijunto y sombrío. La barbilla y el contorno del rostro estaban recubiertos de una leve pelusilla y los labios finos descubrían de vez en cuando una dentadura torcida e incompleta. No conseguía apartar la mirada de la horrible verruga que le asomaba del caballete de la nariz.

—¿Quién eres? ¿Y qué quieres? —preguntó, agresiva, con una voz de grajo.

Me presenté y le dije que estaba tratando de esclarecer la muerte de su marido.

—Me han dicho que fue desgarrado por un licántropo. ¿Lo han condenado ya a muerte a ese monstruo?

—A decir verdad, no. —Respondí yo—. Contrariamente a lo que te han dicho, no es el llamado el licántropo el asesino de tu marido. ¿Se puede saber por qué no estabas presente en la vista?

Esteno me miró fijamente como si tuviera ante ella a un idiota.

—Los pobres no pueden dejar de trabajar para vivir, ¿sabes? No tengo esclavos ni Zeus me ha concedido el regalo de un hijo. Por eso, si quiero ganarme la vida, he de ocuparme yo de los animales de la mañana a la noche. ¿Quieres saber por qué no estaba presente en la vista por el homicidio de mi marido? Pues porque no me lo podía permitir. ¡Por aquí los dracmas no llueven del cielo!

«He aquí una mujer capaz de demoler a un hombre», pensé.

De camino, a lomos de Midas, había estudiado mentalmente una serie de preguntas, pero la viuda me puso en tal aprieto que las olvidé todas. Así, sin pensar en lo que decía, abrí la boca y formulé una pregunta verdaderamente absurda, de la que solo a continuación me pregunté la razón, sin conseguir encontrarla.

—¿Querías a tu marido?

La mujer reviró sus horribles ojos, luego escupió al suelo.

—No sigas molestándome con tus estúpidas preguntas. Si no te importa, tengo cosas que hacer.

Se volvió y empezó a dar de comer de nuevo a sus gallos. Su voz de grajo era un tormento para mis oídos. Traté de controlarme. Aquella mujer me incomodaba y me hacía decir despropósitos.

Recuperé el control y proseguí.

—¿Conoces a Cratilo, el logógrafo de la acusación? ¿Has hablado alguna vez con él?

La mujer se volvió de nuevo hacia mí.

—Es el hombre que estuvo aquí el día en que encontraron el cuerpo de Epigenes. Se ofreció a defenderlo de la acusación en el proceso.

—¿Te pidió una compensación por sus servicios?

—Me dijo que no tenía que preocuparme por sus honorarios. Dijo que no me pediría nada.

—¿Por qué asumió la acusación sin pretender una compensación? ¿Era un buen amigo de Epigenes?

—Estoy segura de que no lo había visto en la vida.

—¿No te pareció extraño que se ofreciese a ayudarte sin pretender nada a cambio?

—Francamente, me importó un pitoche. Un lío menos para mí.

¿Era posible que Cratilo hubiese elegido comprometerse en aquella causa sin un fin concreto? Algo se me escapaba.

—¿A qué se dedicaba Epigenes?

Esteno escupió al suelo de nuevo, esta vez muy cerca de los pies.

—Sabes, muchacho, cuando te he visto llegar me has parecido un listo. —Tras decir esto, señaló a los gallos que picoteaban en tierra—. Epigenes era un criador de gallos de pelea, como lo era su padre y como lo fue también su abuelo. Todos nacidos criadores de gallos. Todos muertos criadores de gallos.

—¿Y los suyos eran gallos ganadores?

La viuda estalló en una tos catarrosa y cargó un tercer esputo. Al hacerlo se volvió, si ello es posible, aún más horrenda.

—Más o menos. Ganaban de vez en cuando y de vez en cuando recuperaban las plumas. Ya se sabe. El Hado es a veces benévolo, otras es cruel incluso con los gallos. Nunca te puedes fiar.

—¿Y bastaba esta sola actividad para sosteneros?

La carcajada amarga volvió a Esteno mucho más desagradable.

—¡No me atrevería a decir tanto! Epigenes se las ingeniaba para tratar de ganarse la vida.

—¿En qué tipo de negocios?

—En el comercio marítimo. Y te diré otra cosa. Epigenes no entendía nada de comercio marítimo.

—¿Por qué lo dices?

—He llegado a enterarme de que su nave se hundió hace varios días frente a Calcis; todo el cargamento comprado en el Ponto, que debía ser revendido en el mercado del Pireo, se perdió. Y con ella todas nuestras ganancias.

Tras oír lo que decía la mujer, prometí para mis adentros a Poseidón otro sacrificio por haber perdonado a mi cargamento con aquella profecía.

—¿Cuándo partió la nave?

—Hará cosa de veinte días. No lo recuerdo exactamente. Epigenes entonces me dijo que una vez terminado el negocio nos haríamos ricos.

—¿Cómo te enteraste del naufragio?

—El capitán de la nave, un tal Xuto, fue el único superviviente y regresó precisamente esta semana a Atenas. Vino aquí para avisar a Epigenes de la desgracia. No podía saber que en el ínterin mi marido estaba muerto.

—¿Tenía Epigenes negocios con algún ateniense del Falero?

—No lo creo. Por lo que sé, no había puesto nunca los pies en el Falero.

De pronto me acordé de la pregunta más banal que hubiera tenido que hacerle solo empezar nuestra conversación.

—¿Cuándo viste a tu marido por última vez?

La mujer contó escrupulosamente con los dedos y luego respondió:

—Con hoy hace once días.

—¿Once? ¿Quieres decir que no veías a Epigenes desde hacía seis días cuando su cadáver fue encontrado en el Falero?

—Así es. Una tarde salió de casa sin decir nada y ya no volvió.

Callé durante unos instantes. Reflexioné. Luego proseguí con la pregunta más sensata que se me pasó por la mente.

—¿Debía ver a alguien?

El semblante de la viuda se ensombreció.

—Solía salir, al atardecer, una vez por semana. Siempre la misma tarde.

—¿Nunca le preguntaste adónde iba?

—No hacía falta, no sé si comprendes lo que quiero decir —respondió suspirando.

Noté una profunda amargura en el tono de su voz. Nunca me sentí más incómodo. Podía evitar tanta indiscreción.

—¿Notaste algo de insólito cuando salió de casa por última vez? ¿Estaba nervioso? ¿No te dijo nada de particular? ¿Se sentía amenazado? ¿Te habló de alguien que podría haberle hecho daño?

Esteno meneó la cabeza.

—Se comportó como otras veces.

—¿Llevaba algo consigo? ¿Armas, dinero?

—Solo unos pocos dracmas. Nada más.

—¿Estás segura?

—De esta casa no sale nada sin que yo lo advierta.

—¿Nada de insólito?

Esteno pensó en ello.

—Nada más.

Al cabo de una breve pausa, sus ojos se desorbitaron.

—¡Espera! Esa tarde tenía otra cosa. Una llave.

—¿Qué tipo de llave?

—No tengo ni idea. No era la de casa. Nuestra puerta la cerramos con una tranca de madera, pues no hemos tenido nunca cerraduras. Era una llave de buena factura. Seguramente servía para abrir una puerta importante.

—¿Qué significa una puerta importante?

—Quiero decir algo de ricos.

—¿Desde hace cuánto tiempo la tenía?

—Desde hacía varios días. La custodiaba celosamente. No se separaba nunca de ella, ni siquiera cuando se iba a dormir.

—¿De dónde la sacó? ¿Se la dio alguien?

—No tengo ni idea. No me dijo nunca nada de esa llave.

Me remonté con la memoria a la mañana en que Estrepsíades había registrado el cadáver de Epigenes: no había encontrado encima ni dracmas ni esa llave. ¿Tal vez Tirseno había «limpiado» el cadáver antes de lanzar la voz de alarma?

Pedí a la mujer que me mostrase el antigraphe, o sea, la copia de la syngraphe, el contrato de navegación estipulado por el marido. Le dije que era un mercader y que entendía bastante de negocios. Tal vez, leyendo bien el contrato, se podían conseguir una indemnización por la pérdida del cargamento. Esteno entró en la casucha y salió de ella casi al punto con un rollo descolorido en la mano. Lo desplegó y leí con atención. La fecha de su estipulación se remontaba a unos treinta días antes. Decía que Epigenes y un tal Damasipo, ateniense, habían prestado al capitán de una nave, un tal Xuto, la suma astronómica de setenta minas para un viaje de Atenas al Bósforo, y que habían fijado una tasa de interés del doscientos veinticinco por mil. Xuto vendería el cargamento en los puertos de Mende y Escione en la península calcídica, más allá del Bósforo tracio y luego a lo largo de la costa del río Borístenes, en Sarmacia. Con lo obtenido, el capitán adquiriría otras mercancías o trigo, pieles, carnes en salazón y esclavos para revenderlos en el mercado del Pireo una vez de vuelta en Atenas. Lo que le quedara de aquella venta, una vez saldada la deuda con ambos socios, serían sus beneficios. El contrato dejaba bien claro, entre otras cosas, que, en caso de que la nave durante el viaje se fuera a pique por causas naturales, la deuda sería considerada nula. El único testigo citado en el contrato era un tal Lisícrates.

—¿Quién es este Lisícrates? —pregunté a Esteno.

—Otro criador de gallos. Un amigo de Epigenes.

—¿Y Damasipo?

La viuda se encogió de hombros.

—Nunca lo he oído mencionar.

Tres cosas de aquel contrato me parecieron anómalas.

Primero: ¿cómo había conseguido Epigenes reunir la suma para él enorme de setenta minas haciendo negocios con un solo socio? Generalmente, inversiones muy inferiores a aquella se hacían juntando el capital de cuatro socios por lo menos y cuando todos eran grandes mercaderes o bien ciudadanos acomodados.

Segundo: ¿quién era el tal Damasipo?

Tercero y último: ¿qué ventaja perseguía este último perfecto desconocido para meterse en un negocio tan arriesgado, convirtiéndose en socio de un tipo poco recomendable como había sido Epigenes? El tal Damasipo no debía serlo menos.

—Lo que está claro por este contrato —expliqué a la viuda— es que no tienes derecho alguno a una indemnización. Ya puedes decir adiós a las tan anheladas ganancias de tu marido. ¿Qué me dices de ese capitán llamado Xuto?

—Se lo había oído mencionar con anterioridad a Epigenes. Había tenido ya que ver con él por pequeños negocios marítimos.

—Se comprende por qué se dio tanta prisa en avisar del naufragio a su socio. Desaparecida la nave, la deuda quedaba anulada, amiga mía. Y ninguna indemnización. Quería dejar las cosas bien claras. ¿Dónde le puedo encontrar?

—Cuando está en tierra, va a emborracharse a las tabernas de peor reputación del Pireo. ¡Pero ándate con cuidado, joven! Esos no son sitios para señoritos como tú. Están llenos de ladrones, asesinos y desgraciados provenientes de todos los rincones del Egeo.

Cuando me despedí de Esteno, me prometí ir antes o después a tener una charla también con el tal Xuto.