Muerte y juicio
Capítulo 4
momento: pedir la identificación, extender el billete y cobrar la multa.
También le divertía la retahíla de las consabidas excusas, que hubiera podido recitar hasta en sueños: se me habrá caído; el tren iba a salir y no quería perderlo; lo tiene mi esposa, que está en otro compartimiento.
La revisora, consciente de todo ello y del tiempo que este incidente la haría perder al final del largo viaje desde Turín, no pudo reprimir un gesto de impaciencia, casi de irritación.
–Por favor, signore, despierte y déme su billete -dijo inclinándose y sacudiéndolo por el hombro. Bajo la presión de su mano, el hombre, lentamente, se apartó de la ventana, cayó de lado sobre el asiento y se deslizó al suelo. Al caer, se le abrió la americana, dejando al descubierto la camisa manchada de rojo. Del cuerpo emanaba el olor inconfundible a orina y excrementos.
– Maria Vergine -jadeó la mujer que, andando hacia atrás muy despacio, salió del compartimiento. Por la izquierda se acercaban dos pasajeros que se dirigían hacia la puerta anterior-. Lo siento, señores, pero esta puerta está bloqueada; tendrán que apearse por detrás.
Acostumbrados a las anomalías, los hombres dieron media vuelta y se alejaron hacia la parte posterior del coche. Ella miró por la ventana y vio que el tren estaba llegando al final del puente. Dentro de tres o cuatro minutos entraría en la estación. Entonces se abrirían las puertas y los pasajeros se apearían y dispersarían, llevando consigo los recuerdos del viaje y de las personas a las que hubieran visto en los pasillos del largo tren.
Sacudidas y chirridos indicaban que estaban entrando en agujas. La cabeza del tren ya estaba bajo la cubierta de la estación.
Hacía quince años que Cristina Merli trabajaba en el ferrocarril y nunca había visto utilizar este recurso, pero entonces hizo lo único que se le ocurrió: entrar en el compartimiento de al lado y tirar con fuerza del freno de alarma. El gastado cordón se rompió con un pequeño chasquido y ella se quedó esperando, no sin una curiosidad distante, casi académica, lo que fuera a ocurrir ahora.
4
Las ruedas se bloquearon y patinaron y el tren se detuvo bruscamente; los pasajeros cayeron al suelo de los pasillos o fueron proyectados al regazo de los desconocidos sentados enfrente. A los pocos segundos se bajaban
ventanillas y aparecían cabezas que indagaban la causa de aquella insólita parada. Cristina Merli abrió una ventanilla del pasillo, aspiró agradecida el aire frío y se asomó para requerir ayuda del exterior. Por el andén venían corriendo una pareja de la polizia ferrovia.
–Aquí, aquí -les gritó la mujer. Como no quería que nadie más que la policía oyera lo que tenía que decir, no volvió a hablar hasta que los hombres estuvieron debajo de la ventanilla.
Al oír la noticia, uno regresó corriendo a la estación y el otro fue a hablar con el maquinista. Lentamente, después de dos falsas arrancadas, el tren entró en la estación y se detuvo en su lugar habitual de la vía 5. En el andén había gente que esperaba a los pasajeros o que deseaba subir al tren de la noche para ir a Trieste. En vista de que no se abrían las puertas, los que aguardaban se agolpaban en el andén preguntándose unos a otros qué ocurría. Una mujer, suponiendo que se trataba de una de tantas huelgas de trenes, dejó caer la maleta y levantó las manos por encima de la cabeza.
Mientras los pasajeros comentaban, molestos, aquella demora incomprensible, otra prueba más del mal funcionamiento de los ferrocarriles, seis policías armados con metralletas aparecieron por el extremo del andén y se apostaron a lo largo del tren uno a cada dos coches.
En las ventanillas se multiplicaban las cabezas, los hombres gritaban con impaciencia, pero nadie prestaba atención a sus protestas. Las puertas del tren permanecían cerradas.
Al cabo de varios minutos, alguien dijo al sargento que mandaba la unidad, que el tren tenía un sistema de altavoces. El sargento subió a la locomotora y, por el micrófono explicó a los pasajeros que en el tren se había cometido un asesinato y que se les retendría en la estación hasta que la policía pudiera tomar nota de nombres y direcciones.
Cuando el sargento acabó de hablar, el maquinista abrió las puertas y los policías subieron al tren. Desgraciadamente, nadie había pensado en explicar lo ocurrido a los que esperaban en el andén, que se precipitaron al tren y se mezclaron con los demás pasajeros. En el segundo coche, dos hombres trataban de apearse a toda costa, decían al agente apostado en el pasillo que ellos no habían visto nada, que no sabían nada y que ya llegaban con retraso. El policía se cruzó la metralleta sobre el pecho bloqueando el pasillo y les hizo entrar en un compartimiento, donde ellos se quedaron