Mujeres imperfectas
Abril Entusiasmo
Caí a su lado empapado en sudor. Ella, en cambio, mantuvo las piernas levantadas a pesar de que sus brazos y cabeza habían cedido amorrándola al colchón. Descansamos unos minutos, hasta que de pronto se levantó como si hubiera pisado un muelle y me anunció que debía ir al baño.
Tardó en salir, tanto que me encontraba adormilado cuando volvió. Vi como aquel cuerpo perfecto se detenía delante de la cama, con ojos llorosos me escrutaba y se daba la vuelta para volver al comedor. La seguí con la mirada y no dije nada cuando espié como se vestía en silencio.
Lo primero que hizo Rosa al llegar al trabajo aquel lunes fue entrar en mi despacho y cerrar la puerta. ¿Qué tal con Marta? Bien, le contesté, le di el meneo que me pedisteis. Cuenta, cuenta. Un caballero no habla de estas cosas. Aunque en lo más profundo de mí sentía haberme portado como un cerdo.
ABRIL
4. ENTUSIASMO
Mi última experiencia, este mismo mes, ha sido una de las más sorprendentes de mi vida, por la situación pero sobre todo por el cómo y el quién.
Había tenido que viajar a Valencia para reunirme con dos proveedores. No era habitual en mis funciones laborales, pues me dedico a la venta, pero no era la primera vez que a través de algún contacto nos surgía alguna oportunidad que había que valorar. En este caso, un muy buen cliente me había derivado a un potencial suministrador de la ciudad del Turia, así que concerté reunión una semana en la que no preveía ninguna punta de trabajo.
Ya que vas, me pidió mi jefe, visita también a un conocido mío con el que trabajé hace unos años que ahora se dedica a facilitar contratos con las administraciones públicas. No me hizo ni puta gracia, pues la concertación pública es un auténtico mamoneo de chanchullos, pero no pude negarme.
Me organicé la agenda de modo que comería con el contacto, no sin antes avisar a mi jefe que la factura del restaurante podía ser abultada a lo que me dio carta blanca, con Ramiro lo que haga falta, y dejé para la tarde la reunión con el hipotético proveedor pues quería verlo en su empresa y conocer sus instalaciones.
Si ya tenía pocas ganas de ir a Valencia, el trayecto, que debería demorarse un poco más de dos horas y media, superó las cuatro. Primero por una retención quilométrica provocada por un accidente al sur de Tarragona que me tuvo bloqueado casi una hora. Pero como lo que empieza mal, suele acabar peor, la prisa por recuperar el terreno perdido, me hizo bajar a mayor velocidad de la debida, sin percatarme que un Ford Mondeo camuflado me cazó a más de 150 km/hora pasado Castellón. Un quilómetro más adelante, me esperaba un coche patrulla invitándome a seguirles hasta el área de servicio de Burriana donde más que leerme los derechos me entregaron la receta preceptiva en la que me avisaban que la multa ascendería a 180€.
Por si esto fuera poco, ya estaba entrando en Valencia cuando me avisó Rosa, la administrativa más eficiente de la compañía, para avisarme que tendrás que pasar la noche en la ciudad. ¿No jodas? El ya famoso Ramiro acababa de llamar al despacho, no tenía mi número de móvil, para avisar que no podría comer con él pero que me invitaba a reunirnos cenando. Con estudiado retintín, mi compañera añadió que esa noche iba a ser movida y que tuviera cuidado en no pillar ninguna enfermedad venérea, acompañado de una carcajada monumental.
Tenía casi 2 horas muertas así que decidí ir a comer tranquilo en el centro de la ciudad mientras Rosa me buscaba hotel para pasar la noche y concertaba la reunión con el susodicho para el día siguiente por la mañana. Ni de coña iba a pagarle las copas y las putas al caradura de marras.
Estaba a medio arroz, sí es un tópico pero si vas a Valencia es un crimen no degustar uno, cuando mi compañera me dio las coordenadas del hotel que me había encontrado, chulo, acogedor y muy romántico, me soltó con sorna. No me toques los cojones. Y me confirmaba que el distinguido Sr. Ramiro me atendería gustosamente en su despacho a las 11.00 de la mañana.
-¿No puede verme a primera hora?
-Parece que ya tenía una reunión anterior programada –me respondió con una sonrisa de oreja a oreja que no podía ver pero que sabía perfectamente que iluminaba su rostro.
-Sí, con las sábanas.
-Siempre puedes aceptar su invitación a cenar… -ahora ya oía su regocijo-…y lo que surja –estallando en una carcajada.
-Vete a la mierda, cabrona. –Pero cualquier charla con ella tenía la graciosa virtud de ahuyentar la mala leche y quitarle hierro al asunto.
La reunión de la tarde fue relativamente bien, el producto era interesante, podía encajarnos y el matrimonio que dirigían aquella empresa me parecieron muy serios y formales, algo que deberían demostrarnos en el día a día de la relación, que es exactamente lo que le conté a mi jefe cuando le llamé al salir de la visita.
El hotel que me había reservado Rosa estaba relativamente cerca del centro de la ciudad, así que tuve que volver a entrar en ella pues la reunión había tenido lugar en las afueras, al norte de Valencia, pero el infausto Ramiro tenía el despacho en la misma calle Colón, el corazón económico comercial de la villa.
Debí llegar sobre las 7, dejé el coche en la zona habilitada para cargar y descargar pasajeros del hotel y entré para registrarme. Me atendió una chica joven, de unos veintitantos, morena de ojos, nariz y labios grandes. Cuando me aposté en el mostrador de recepción confirmé que, exceptuando en altura, todo lo demás en aquella chica era grande. No debía medir más de metro 65 pero superaba los 80 quilos. La sonrisa con la que me recibió también era inmensa. En la placa identificativa que colgaba de la solapa de la americana azul que vestía pude leer que se llamaba Amparo, uno de los nombres más comunes de la zona.
Le tendí mi DNI para que procediera al check-in cuando me sorprendió con un ¡mira qué casualidad, somos primos! Ante mi cara de pasmo, me explicó que ella también se llamaba Baulac de segundo apellido y que obviando seis primos y dos tías no había conocido aún a nadie que se apellidara así.
Amparo era una chica muy agradable. Aprovechando que había poco movimiento en el hotel a aquellas horas, como en todo el día me confirmó, entablamos una breve charla sobre el futuro de nuestro apellido pues según afirmó, somos pocos y vamos a desaparecer porque en tu caso también es apellido materno. La consolé contándole que tenía un primo con el apellido en primer lugar, hijo del hermano de mi madre, aunque tuve que reconocerle que no sabía si habíamos elegido al heredero correcto pues creo que le atraigo más yo que tú, a lo que respondió con una sonora risotada.
Aparqué en el parking subterráneo del hotel, subí a la habitación, muy amplia, la verdad, para tratarse de un tres estrellas, y me di una buena ducha pues necesitaba relajarme para quitarme la mala leche acumulada, aunque Rosa, los proveedores y ahora la chica del hotel me estaban ayudando a mitigar el cabreo que llevaba encima. Solamente pude cambiarme el bóxer, pues me había comprado unos mientras paseaba por el centro después de comer y bajé a buscar un sitio en el que cenar para volver pronto y conectarme al portátil para matar cuatro encargos que tenía del trabajo.
En ese momento Amparo atendía a una pareja de jubilados a los que aconsejaba sobre una ruta por la Valencia histórica que podían emprender al día siguiente pero que de noche tenía un encanto especial, además de recomendarles un par de restaurantes en aquellas callejuelas. Los abuelos le agradecieron las indicaciones en un español muy justo con marcado acento británico a la vez que despidiéndose me instaban a dejarme guiar por aquella chica tan maja.
Así que eso hice. No es que la joven hiciera bien su trabajo, es que lo hacía con pasión. Le encantaba su oficio y estaba enamorada de su ciudad, algo no tan común de ver en hoteles u oficinas de turismo. En los diez escasos minutos que me estuvo exponiendo las bondades de su tierra, descubrí a una chica afable, simpática, alegre, incansable en su empeño, que logró evadirme de la mierda de día que llevaba. Incluso acabé preguntándole si no le gustaría cambiar Valencia por Barcelona para que viniera a trabajar a mi empresa. Su franca e incansable sonrisa rechazó mi ofrecimiento con timidez.
En aquel momento apareció otra chica, la antítesis de Amparo pues era alta, delgada y seria que avisaba a mi posadera en un tono bastante seco que le diera cinco minutos para cambiarse y le dejaba la noche libre.
-¿Has acabado el turno?
-Sí, por fin –respondió soltando un ligero suspiro. Al ver mi cara de sorpresa por su gesto, se explicó: -Llevo aquí desde las 8 de esta mañana. Somos tres para hacer el turno pero hoy nos ha fallado un compañero y nos ha tocado un turno de doce horas.
-Nadie diría que estás cansada.
-Pues te prometo que lo estoy. Los zapatos me están matando –completó sin perder la sonrisa.
-Mira, prima –me lancé –hoy he tenido un día de mierda debido a un cliente que no sólo me parece un capullo integral sino que encima me ha desmontado todos los planes. Y tú, haciendo tan bien tu trabajo, te prometo que no es un cumplido, has logrado que se me pasara el cabreo, además de hacerme desear visitar tu ciudad. –Hice una pausa, porque necesitaba respirar y porque quería que fuera digiriendo mis palabras. –Así que, ya que no estás dispuesta a aceptar mi propuesta de empleo –sonreí a lo que ella hizo lo mismo –¿qué te parece si me enseñas este paseo por la Malvarrosa que me has recomendado y yo a cambio te invito a cenar?
De entrada se quedó de piedra, con la sonrisa congelada. Supongo que estaba sopesando si lo decía en serio, cosa que creo que confirmó en seguida; si buscaba algo más, aunque no era esa mi intención pues no respondía al perfil de chica que me pone a tono pero es cierto que hay mucho viajante que le tira los trastos a todo lo que se mueve, sean camareras, azafatas o recepcionistas de hotel; incluso si podía ser peligroso, pues hay bastante tío raro por ahí.
-Si no tienes planes -añadí.
Tardó un rato en aceptar, no os creáis que fue tan fácil, y tuve que prometerle que no se encontraba ante un psicópata descuartizador de jóvenes recepcionistas. Para más seguridad, tienes copia de mi carnet de identidad, así que puedes dejar sobre aviso a tu compañera, a lo que respondió con un gesto de hastío hacia la chica que me hizo sonreír.
Dame diez minutos, fue el pistoletazo de salida de una de las veladas más agradables que he tenido los últimos meses. La esperé en el coche, en la planta -2 pues no quería que su compañera la viera saliendo con ningún cliente. Por las habladurías, me explicó después, y porque la delgada era una harpía.
Apareció puntualmente embutida en un vestido recto de una sola pieza pensado para disimular formas, aunque no lo lograba pues las chicas de talla grande difícilmente pueden disimular lo indisimulable. Montó en el asiento del copiloto del Passat que mi empresa paga religiosamente mediante un leasing a tres años y me guió para que pudiéramos llegar a la famosa playa de la Malvarrosa. Por el trayecto me estuvo señalando calles y edificios que había que conocer de Valencia, ejerciendo eficientemente de guía turística.
Aparcamos en la Avenida de los Naranjos, límite sur de la playa y punto más próximo desde el centro de la ciudad, así, me dijo, podrás recorrer completo el quilómetro de longitud que tiene hasta la acequia de Vera, en Alboraya, su límite norte. Mientras paseábamos por el Paseo Marítimo que la complementa, construido hace unos 25 años, me fue explicando la historia de la playa y del barrio del mismo nombre.
-Un jardinero del Botánico que se situaba en lo que hoy es el barrio de Malvarrosa compró unos terrenos en la playa hace 150 años para ampliar el jardín y plantó una variedad de geranio de tonos rosados y violetas llamado malvarrosa, lo que dio nombre a la playa y al barrio colindante. –Me dijo el nombre del impulsor pero más allá de recordar que tenía apellido francés, no logro rememorarlo. También me mostró la casa restaurada de Blasco Ibáñez, importante novelista local, así como varios edificios singulares mientras me explicaba bastantes actividades festivas y culturales que solían realizarse en aquellas arenas.
Tardamos una hora en cubrir el paseo momento en que volvimos para ir a cenar. Le pregunté donde me aconsejaba hacerlo pero ahí se mostró cauta pues no es lo mismo aconsejar a clientes del hotel que saberse invitada, así que la tranquilicé diciendo que seguramente tardaría en volver a la ciudad por lo que quería cenar bien, que no se preocupara del precio que mi empresa me lo pagaría, lo que era una verdad a medias pues mi jefe me permitía tirar la casa por la ventana con Ramiro pero no con una recepcionista de hotel, y que necesitaba evadirme del día que había tenido, a lo que ella me estaba ayudando.
Casa Carmela fue el local elegido, en el que era indispensable pedir la Paella del Senyoret. Aunque obviamente lo conocía, ella nunca había estado así que tuve que ser yo quien eligiera el sitio. ¡Gracias TripAdvisor! El típico local modesto en apariencia pues conserva la decoración marinera de antaño, pero de carta amplia, comida excelente y cuenta abultada.
Amparo comió con ganas, disfrutando como pocas veces había hecho, afirmó. Ciertamente el arroz estaba delicioso pero estaba repitiendo la comida del mediodía y no acabé de saborearlo tanto como lo hubiera hecho en otras circunstancias.
Durante la cena, mi guía turística me estuvo comentando un poco de su vida. La mediana de tres hermanos, vivía con los padres cerca de Manisses, había estudiado Turismo porque le encantaba viajar pero le gustaba aún más presentar su ciudad a los visitantes, algo que yo había confirmado en carne propia. También le conté un poco de mí, poco personal y bastante más profesional, a la vez que la invitaba a viajar a Barcelona para devolverle la visita turística.
Su carácter afable, siempre con la sonrisa a punto, y una simpatía contagiosa me estaban cautivando. Sin duda era, y así se lo dije, una de las personas más adecuadas con la que pasar una velada a pie de playa. El comentario la detuvo en seco, con la cuchara del helado de mango a medio labio, mirándome con timidez y ligeramente ruborizada. Para no incomodarla, insistí en su faceta de Cicerone y en lo bien que lo había hecho, tratándome como un buen amigo cuando hacía menos de cuatro horas que nos conocíamos.
-Felicidades, eres la mejor guía turística del país –exclamé en tono triunfal.
El comentario la relajó un poco, pero la mantuvo pensativa hasta que disparó:
-¿Iba en serio la oferta de contratarme en tu empresa?-La selección de personal o su contratación no dependen de mí, pero el puesto que tengo en mi empresa me da cierta influencia y si algún día quieres dejar Valencia y venir a Barcelona, sí, yo te contrataría sin dudarlo – afirmé mientras aquellos grandes ojos marrones me escuchaban atentos. –Si le pones la misma pasión que me has demostrado hoy, tanto en el hotel como en la playa, serías una de las mejores trabajadoras de mi empresa, sin importar el cargo que desempeñaras. Y puedo asegurarte que somos bastante eficientes.
-Gracias de corazón -me respondió, mostrando ahora una sonrisa de satisfacción que sin duda la había hinchado en su orgullo. –Me ha gustado Barcelona cuando la he visitado, pero me gusta más Valencia y no creo que nunca trabaje en algo distinto.
-Lo ves, eso es pasión.
Pedí la cuenta, de la que insistió pagar una parte aunque me negué, y salimos del restaurante para coger el coche. Prometí llevarla a su casa y le tendí una tarjeta mía para que me llamara cuando tuviera que venir a mi ciudad. Aunque el trayecto hasta Manises a las 11 y pico de la noche debía ser rápido, la ingente cantidad de semáforos que encontramos en rojo parecían pretender demorar nuestra separación, comentario que hice en voz alta. Su respuesta fue una mirada traviesa, entre curiosa y expectante, sin duda preguntándose qué había pretendido insinuar.
Su mirada me envalentonó, así que antes de que el semáforo cambiara a verde, acerqué mi rostro al suyo y la besé. Me recibió con timidez, cual pajarillo asustado, pero no me rechazó. Volví a besarla, esta vez con más decisión, pero Amparo no movió ni un músculo de su aparato motor, solamente los labios.
Estábamos en una calle de doble carril, así que nos dimos cuenta que el semáforo había cambiado cuando un coche pasó por nuestra izquierda como una exhalación. Puse primera, salí de en medio y me detuve en la siguiente manzana en una parada de autobús. Ahora sí, me abalancé sobre ella sin que ninguno cambiara de asiento y nuestras bocas se unieron con verdadera ansia. Pero si había alguna certeza aquella noche, era que ni el coche ni las calles valencianas iban a ser testigos de ningún acto impuro. Ahora fue el autobús el que nos echó de nuestro escondite, despertándonos con un bocinazo que nos hizo saltar en los asientos.
Arrancamos, inquietos al principio, a carcajada limpia a los pocos segundos pues ambos teníamos el corazón a mil revoluciones y tenía más culpa el conductor de línea que nuestros teje-manejes. El siguiente semáforo volvía a cambiar a rojo, hecho que aproveché para invitarla al hotel. Dudó. No sé si es adecuado, trabajo allí, a penas te conozco, pero después de devanarse los sesos unos instantes, aceptó.
Entramos en el parking pero allí me obligó a subir en el ascensor en viajes consecutivos. Por nada del mundo quería que nos vieran juntos, la podían despedir. Dejé la puerta de la habitación 313 entornada y esperé su llegada. Dos minutos. Entró lentamente, dubitativa. Era evidente que no estaba acostumbrada a escarceos esporádicos, por lo que le ofrecí algo de beber, aceptando el archisobrevalorado gin-tonic, así que yo me tomé el otro que había en la nevera de la habitación. Me pareció muy divertida, se lo dije, cuando me avisó que me lo cobrarían. Además eres muy guapa, completé.
La chica no estaba habituada a que se lo dijeran. Supongo que pocas mujeres con sobrepeso lo están, pero en el caso de Amparo era cierto. Su cara me había parecido hermosa cuando la había visto por primera vez esa tarde y cuando sonreía el efecto se amplificaba.
Me acerqué para besarla, dejando mi bebida sobre la mesita que sostenía la televisión y liberándola de la suya. La tomé de la cintura y, algo que nunca me había sucedido, sus pechos tocaron mi cuerpo antes que sus labios. Me rodeó por el cuello y mezclamos nuestros sabores. Como suelo hacer, me entretuve en su boca. Me gusta, gusta a las chicas y prolonga el acto, además de enardecer el anhelo amatorio.
Cuando mis manos buscaron el bajo del vestido para levantarlo, después de minutos de besos y caricias, me sorprendió pidiéndome atenuar la luz de la habitación. Sin duda, los complejos por mostrar un cuerpo no afín a los cánones de belleza preeminentes la avergonzaban. Mi respuesta fue tópica pero sincera.
-Eres guapa, me gustas y me gustará verte. –El color subió a sus mejillas, una leve sonrisa de timidez más que de satisfacción se dibujó en su cara y sus ojos se cerraron mientras acercaba sus labios a los míos para seguir besándome. La satisfice, así como mi curiosidad, pues mis manos volvieron a los bajos de su vestido y levantándolo se lo quité por la cabeza. Ante mí apareció un cuerpo rotundo, amplio, cubierto por una camiseta blanca de canalé de cuello de pico y pantys oscuros.
Bajé los labios a su cuello, lo recorrí para deslizarlos por su escote mientras mis manos se colaban por su cintura dirección norte. Antes de amasar aquel par de mamas, decidí quitar también la camiseta, con lo que mis lengüetazos pudieron recorrer un escote mucho mayor mientras iba agachándome para, casi arrodillado, tirar de sus medias hacia abajo.
Sé que los panties son una de las prendas femeninas más usadas, supongo que deben ser muy cómodos, además de decorar perfectamente las piernas y complementar un bonito vestido, pero cubriendo solamente la ropa interior, me parecen antiestéticos. A diferencia de una media con goma en el muslo, sin liguero, que me excitan un montón.
Besé su barriga, cerca del ombligo primero, en el límite con las bragas a continuación, siguiendo en vertical mientras me iba incorporando. Volví a su escote, a su cuello y de allí a su boca.
Me separé ligeramente de ella, tomándola de la mano cual bailarín para mirarla detenidamente. Amparo estaba gorda. La circunferencia de su cintura era parecida a la de su cadera, pero fuera por su piel aún muy joven sin arrugas o porque la armonía regía aquel cuerpo, la encontré atractiva. Se lo repetí. ¿De verdad te gusto? De verdad. Seguía ruborizada. Por aún hubo un segundo gesto de mi compañera de hotel que me pareció más tierno: intentaba disimular barriga conteniendo la respiración, igual como hacen las modelos, con la diferencia que éstas últimas sólo consigan que puedas contarles las catorce costillas.
La ropa interior no estaba conjuntada. El sujetador era blanco, completamente liso, mientras las bragas eran negras, tipo culotte con un poco de blonda en el inferior de los laterales.
La llevé a la cama y la tumbé sobre ella. Volví a recorrer su cuerpo con manos y labios, mientras la desnudaba completamente. Cuando descubrí sus pechos, grandes de pezón marrón, los sorbí con ansia como solía hacer siempre. Bajé a su entrepierna, donde encontré un pubis perfectamente arreglado en forma de triángulo en el que sumergí mi lengua. No tardó en gemir, mientras sus manos se aferraban a mi cabello. Soltaba muchísimo flujo, lo que me sorprendió al principio pues creo que nunca me han empapado la cara como lo hizo ella, pero se lo pasó teta. Yo también, sobre todo cuando tuve que sostenerla con fuerza de las caderas pues su orgasmo la estaba haciendo botar.
La dejé descansar. Mientras me desnudaba admiré aquella chica acomplejada por un cuerpo que tres siglos atrás habría constituido el súmmum de la belleza, pues era el patrón imperante en el Barroco, y ahora se veía obligada a esconderlo, rechazado por la dictadura de la moda.
Me tumbé a su lado, completamente desnudo y volví a acariciarla. Giró su cara, que no su cuerpo, hacia mí relajada y sonriente mientras su mano derecha asía mi pene. Quedé de lado para que tuviera un buen acceso a mi músculo principal mientras la besaba. Durante varios minutos ese fue el juego, tenía manos pequeñas de dedos anchos pero me sorprendió lo hábiles que eran, por lo que tuve que pedirle que parara o me correría en su muslo. Se detuvo sonriente, orgullosa de su buen hacer.
No dejamos de mirarnos mientras yo cogía un preservativo de mi bolsa y me lo enfundaba. Me acomodé entre sus piernas y la penetré. Con suavidad, besándola, mientras me abrazaba con fuerza y gemía en mis labios.
La segunda sorpresa que me llevé de aquella vagina fue el calor que irradiaba. Me quemaba, notaba mi polla rodeada de lava, ardía provocándome un placer intenso, distinto. Pero aún hubo una tercera sorpresa positiva. Su musculatura pélvica ejercía una presión muy aguda, se contraía al mismo ritmo que mi polla entraba, provocándome un masaje que solamente las mamadas de felatrices muy expertas suelen proporcionarte.
Tuve que parar varias veces para no correrme antes de hora, pues los suspiros y gemidos de Amparo me hacían prever que su orgasmo no estaba tan lejos. Finalmente me corrí yo antes, intensamente, con aquellos labios que succionaban mi miembro con maestría, pero no me detuve. La chica estaba próxima y la llevé a destino. Volvió a convulsionarse con fuerza. El peso de mi cuerpo amortiguó sus embistes pero no pude evitar que mi pene saliera de la cueva.
Me tumbé a su lado, boca arriba, felicitándola por el polvo que acabábamos de echar, no es literal pero se parece bastante a lo que dije, y le aseguré que había sido uno de los orgasmos más placenteros que había tenido nunca.
Durante unos minutos estuvimos en una especie de duermevela. Ambos bocarriba, yo con brazos y piernas estirados, cual Hombre de Vitruvio de Da Vinci, y ella con los brazos alineados a su cuerpo y las piernas abiertas y flexionadas.
-¿Te has acostado con muchas chicas? –rompió el silencio en un tono de voz entre curioso e introvertido. Con algunas, respondí. Dejó pasar unos segundos y volvió al ataque. -¿De verdad te ha gustado tanto como has dicho?
Me giré hacia ella, posé mi brazo derecho sobre su cuerpo cual abrazo y la besé suavemente mientras le preguntaba por qué iba a mentirle. Iniciamos entonces una conversación que me desagradó menos de lo que hubiera imaginado en que sus complejos afloraron acompañados de una especie de felicidad que supongo que solamente está al alcance de psicologías femeninas.
De ahí, derivamos a la experiencia de cada uno. Después de reconocerme que solamente había estado con otro hombre en toda su vida, un novio con el que estuvo saliendo durante dos años y con el que pensaba que se casaría, me inquirió sobre mi vida de pareja, que al poco definió como de donjuán pues exceptuando un caso, que ya os contaré otro día, el máximo número de encuentros que he tenido con una misma mujer se reduce a dos.
Supongo que se cobró la visita turística que me había dado, pues ahora fui yo el que tuvo que estar hablando casi por espacio de una hora, respondiendo una retahíla de preguntas a cual más intima sobre mis encuentros. Al final, me acabó reconociendo la envidia que sentía, a lo que le quité hierro pues no es oro todo lo que reluce.
Afortunadamente para mí, el interrogado, el sueño la venció con lo que la invité a quedarse a dormir en la amplia cama del hotel. Eran casi las 2 de la madrugada y me daba un palo monumental vestirme y llevarla, aunque le ofrecí hacerlo si lo prefería. La alternativa era, le dije, probar las comodidades de este hotel para que puedas conocerlo y valorarlo.
Se durmió con una sonrisa y me agradó mirarla. Al despertarme, el cuadro era inverso. Estaba tumbada de lado, con la cabeza apoyada en su brazo derecho, mirándome detenidamente. No habíamos cerrado las persianas y la luz del sol me había despertado. A ella también, me dijo. Eran las 8 y cuarto.
Se me acercó juguetona y empezó a besarme. Yo también seré una de las pocas amantes con las que has tenido dos encuentros, me dijo. Sonreí sin cambiar de posición, dejándole a ella toda la iniciativa. Su mano izquierda se coló bajo las sábanas para agarrar mi hombría, alegrándola al notarla ya en ristre. Abandonó mis labios para recorrer mi cuello, mi pecho, mi abdomen. Se detuvo cerca de mi pubis, se humedeció los labios y me anunció:
-No tengo mucha experiencia en esto, pero desde que me he despertado me muero por hacértelo. –Sus labios recorrieron mi glande y se detuvieron en el frenillo. Noté su lengua juguetona lamiendo la punta de mi pene. Se la sacaba, se la metía. Sorbía, chupaba, aspiraba.
Lo disfruté un buen rato, apartando los rizos oscuros que caían sobre mi abdomen para poder ver aquella dulce cara empalada. Mi mano los agarró en una cola y marqué el ritmo de la mamada. Le pedí que se detuviera. Quiero follarte. Ven, ponte encima de mí, le ordené mientras estiraba el brazo y tomaba otro preservativo. Se me encajó y empezó a moverse. La agarré de las caderas marcando un ritmo lento mientras nos mirábamos a los ojos. Estaba preciosa y volví a decírselo. Sonrió complacida. Solté sus caderas y amasé sus pechos, a dos manos, pero no podían abarcar tamaña cantidad de carne. Aceleró las embestidas, aumentó sus gemidos, noté intensamente los músculos de su vagina torturándome. ¡Dios! Grité cuando llegó al orgasmo y las convulsiones de su sexo se tornaron electrizantes. El mío fue la hostia. Largo, intenso, acompañado de pinchazos hirientes en el escroto. Os juro que llegué a gritar.
Después de la tempestad viene la calma, dicen. Pero duró poco, pues anunciándome que se hacía pis encima, con estas mismas palabras, salió disparada hacia el baño. Tardó en salir, así que supuse que tal vez estaba haciendo aguas mayores. Mientras, llamé al servicio de habitaciones y pedí que nos subieran desayuno para dos. Cuando salió del baño y se tumbó de nuevo en la cama se lo anuncié. Pegó un brinco tal que aún no he dejado de reírme. Que si estás loco, que me verán, que me pueden despedir. Cuando llamen a la puerta te encierras en el baño y nadie sabrá con quién estoy.
Así fue. Compartimos un desayuno abundante entre gestos cómplices y caricias. Se vistió mientras me duchaba, pues prometí llevarla a casa. Hoy entro a las cuatro, me había dicho. Antes de las 10, salíamos del hotel en coche, habiendo tomado las mismas precauciones que la noche anterior para que nadie la viera. La dejé en su casa prometiéndonos ambos que mantendríamos el contacto si visitábamos las respectivas plazas.
La reunión con Ramiro fue mejor de lo previsto. Era un cretino con todas las letras, además de moralmente discutible, un auténtico mafioso, vamos, pero mejor conectado de lo que yo preveía lo que seguramente nos reportará algún contrato interesante. Su comisión también lo será, seguro. Esta mañana he recibido una llamada de Amparo. Se ha apuntado a un curso de venta turística y atención al cliente que tendrá lugar en un hotel de la misma cadena situado en Barcelona.