Nacidos para ser héroes

Christopher McDougall · Capítulo 3 de 40

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Nacidos para ser héroes

Capítulo 3

Chris tomó la delantera. Las zarzas formaban una maraña espesa a lo largo del sendero y el suelo era inestable a causa de los guijarros. La huella insistía en virajes donde no debía —dando media vuelta o desapareciendo en barrancos imprevistos—, pero Chris no cejaba de avanzar. Siempre que el sendero parecía terminar, él a su vez desaparecía entre la maraña hasta que, finalmente, la indicación de su mano me llegaba de nuevo:

—¡Eh!

«No», me decían mis entrañas, «esto está mal». ¿Para qué iba alguien a despejar un camino que de pronto se daba de bruces con una roca? ¿O se introducía en un barranco, y luego salía de él, en lugar de bordearlo? Tuve que recordarme que estábamos avanzando según la lógica de las cabras; en Creta, las cabras abren la marcha y los pastores las siguen, adaptándose al instinto del animal en el paisaje. Una vez que dejé de dudar de la lógica cabruna, reparé en lo pulido de las piedras y recordé algo más: el agua solo circula en una dirección. No importaba lo raros que fuesen los giros a que nos condenabanesos vericuetos; estábamos ganando altitud. De manera imperceptible, estábamos abriendo un hoyo, igual que un gusano, en el promontorio y hacia arriba.

—¿No te impresiona? —dijo Chris—. Es posible que, antes de que llegáramos nosotros, nadie haya caminado por este sendero desde la ocupación alemana. Es como entrar en un antiguo sepulcro.

Muy pronto, nos hallamos traqueteando a un paso constante por la senda. O, más bien, Chris, traqueteaba y yo lo seguía. Él abría la marcha y avanzaba sin problemas, mientras yo me concentraba en mantener su ritmo. Soy diez años más joven que Chris y, según creía, estoy en mucha mejor forma que él, por lo que resultó humillante enfrentarme al hecho de que este funcionario de servicios sociales sesentón, que nunca hace ejercicio y que parecería más cómodo sentado en una mecedora leyendo el periódico de los domingos, pudiese avergonzarme con su resistencia y agilidad cerro arriba.

—Debe de ser algo innato —me dijo, encogiéndose de hombros.

¿Lo era? Para averiguarlo estaba yo en Creta, precisamente.

 

En la Antigüedad, los hombres llamaban a Creta «la Astilla», y cuando el avión en el que viajamos está a punto de aterrizar, sin que exista ningún indicio de tierra a la vista, entendemos por qué. Justo cuando parece que vamos a hundirnos en el mar, el piloto escora el avión y la isla aflora ante nuestros ojos con sus bordes de espuma, como si acabara de surgir de las profundidades. En el puerto situado detrás del aeropuerto, se yergue una lóbrega fortaleza de piedra, una reliquia veneciana del siglo XVI, que solo contribuye otro poco a la sensación de estar entrando en un túnel del tiempo, a un paso de ingresar en un mundo convocado desde el pasado.

Creta cuenta con otro apodo —«la Isla de los Héroes»— que descubrí solo por accidente. Estaba investigando acerca de Filípides, el antiguo mensajero griego que inspiró el maratón olímpico, cuando me topé con una extraña referencia a un Filípides moderno llamado George Psychoundakis, más conocido como «el Payaso». El Payaso inspiraba algo reverencial. Cuando las fuerzas de Hitler invadieron Creta, de la noche a la mañana pasó de ser un criador de ovejas a ser un correo en las montañas de la isla al servicio de la Resistencia. De algún modo, George fue capaz de sortear desafíos que asombrarían a cualquier atleta olímpico: podía escalar promontorios nevados con una mochila de treinta kilos a la espalda, correr ochenta kilómetros o más por la noche a base de una dieta famélica que solo consistía en heno hervido, y ser más astuto que un escuadrón de la muerte de la Gestapo que lo tenía acorralado. George no era siquiera un soldado entrenado; era un pastor que llevaba una vida lenta y apacible hasta el día en que los paracaidistas alemanes comenzaron a caer sobre su casa.

Hasta entonces, yo creía que los secretos de antiguos héroes como Filípides eran en parte un mito o se habían perdido para siempre, pero ahora había, según decían, un hombre normal que realizaba las mismas hazañas de hacía dos mil quinientos. Y no estaba solo en su cometido. El propio George contaba la historia de un compañero de pastoreo que había salvado él solo a una aldea llena de mujeres y niños cuando estaban a punto de ser masacrados por los alemanes. Estos habían acudido al pueblo buscando armas y sospecharon al ver que todos los hombres se habían marchado y ninguna mujer se negaba a decir nada. El comandante alemán alineó a las mujeres para su ejecución, pero justo cuando iba a dar la orden de fuego, su cabeza estalló en el aire. Un pastor llamado Costi Paterakis había corrido al rescate a través de los bosques, y llegó justo a tiempo de hacer puntería desde una distancia de cuatrocientos metros. Los demás alemanes se dispersaron para ponerse a cubierto… Y quedaron al alcance de las miras telescópicas de los combatientes de la Resistencia que venían pisándole los talones a Costi.

«Aún me parece uno de los momentos más espectaculares de la guerra», decía un agente británico de la Resistencia local que salvó la vida gracias al silencio de esas valerosas mujeres. La historia es tan conmovedora que nos resulta fácil olvidar lo que verdaderamente se necesitó para que ocurriera. Costi hubo de dejar a un lado su instinto de conservación y exponer su propio cuerpo al peligro; tuvo que cubrir varios kilómetros a campo abierto y a toda velocidad, sin desfallecer; tuvo que dominar con rapidez la rabia, el pánico y la fatiga, y refrenar su corazón agitado en el momento de apuntar con firmeza su arma. No fue solo un acto de coraje: fue el triunfo del heroísmo innato y el autodominio del cuerpo.

Cuanto más he indagado en Creta durante los años de la Resistencia, más historias como esa he encontrado. ¿Hubo de veras un estudiante de secundaria peleando codo con codo con los rebeldes tras las líneas alemanas? ¿Quién fue el prisionero famélico que escapó de un campo de prisioneros de guerra y se convirtió en maestro de las represalias, llegando a ser conocido como «el León»? Y sobre todo, ¿qué ocurrió realmente cuando un puñado de inadaptados intentó sacar a hurtadillas de la isla al comandante alemán? Hasta los nazis comprendieron, al desembarcar en Creta, que habían entrado en un tipo absolutamente distinto de combate. El día que fue condenado a muerte por crímenes de guerra, el jefe del Estado Mayor de Hitler no culpó a los jueces de Nuremberg por su destino. No culpó a sus tropas por perder la guerra; ni siquiera al Führer por abandonarlo a su suerte. Echó la culpa a la Isla de los Héroes.

«La resistencia increíblemente tenaz de los griegos retrasó en dos o tres meses vitales el ataque alemán a Rusia», se lamentó el general Wilhelm Keitel poco antes de ser conducido a la horca. «De no ser por ese prolongado retraso, el resultado de la guerra hubiese sido completamente distinto… Y otros estarían hoy aquí sentados.»

Y en ningún otro punto de Grecia fue la Resistencia más ingeniosa, más diligente y duradera que en Creta. Cabe preguntarse, entonces, ¿en qué se apoyaba exactamente?

Hubo una época en que esa pregunta no habría supuesto ningún misterio. Durante buena parte de la historia de la humanidad, el arte del heroísmo no se dejaba en manos del azar; era más bien un empeño multidisciplinario centrado en la nutrición óptima, el autodominio corporal y el condicionamiento psicológico. Las destrezas del héroe eran estudiadas, practicadas y perfeccionadas, y enseguida pasaban de padres a hijos y de maestros a discípulos. El arte del heroísmo no consistía solo en ser valiente; era cuestión de ser tan competente que la valentía dejaba de ser la cuestión. No se trataba de que uno cayera por una buena causa; el objetivo era resolver el modo de no ser abatido. Aquiles y Ulises (Odisea) y el resto de los héroes clásicos detestaban la idea de morir y se aferraban con uñas y dientes a cada segundo de vida. El gran logro de un héroe en términos de inmortalidad era ser recordado como un paladín, y los paladines no mueren absurdamente. Todo giraba en torno a la habilidad de desencadenar los tremendos recursos de fuerza, resistencia y agilidad que mucha gente no se da cuenta que posee.

Los héroes aprendían a utilizar su propia grasa corporal como combustible en vez de depender de grandes explosiones de azúcar, como hacemos casi todos hoy en día. Aproximadamente, una quinta parte de nuestro cuerpo es grasa almacenada; un cúmulo de valiosa energía calórica lista para ser quemada y suficiente para impulsarnos a subir y bajar una montaña sin ingerir una pizca de comida… siempre y cuando sepamos cómo sacarle provecho. Valerse de la grasa como combustible es un secreto que suelen olvidar los atletas participantes en pruebas de resistencia, pero cuando en efecto lo recuperan, los resultados son asombrosos. Mark Allen, el mayor triatleta de la historia, dio el gran salto adelante cuando descubrió una forma de quemar la grasa corporal en lugar de los carbohidratos. Esto revolucionó su enfoque de la disciplina y lo condujo a seis títulos de Ironman y a terminar siempre entre los tres primeros en casi cualquier carrera, durante toda su trayectoria, además de ser reconocido en 1997 como el «hombre en mejor forma del mundo».

Los héroes tampoco acumulan gran masa muscular; en lugar de ello, se valen de la fuerza magra, pero muy eficaz, de la fascia, el poderoso tejido conjuntivo que recubre nuestro cuerpo como un gran envoltorio de goma. Bruce Lee era un practicante regular de las artes marciales hasta que quedó fascinado con el Wing Chun, la única arte marcial creada por una mujer. El Wing Chun se apoya en golpes secos «fasciales» en lugar de la fuerza muscular. Lee se volvió tan asiduo a controlar el poder de su fascia que terminó perfeccionando un golpe de unos tres centímetros de alcance, un breve latigazo en que el puño apenas se movía y podía hacer volar por la habitación a un hombre que era el doble de su tamaño. El poder de la fascia es un recurso igualitario y casi inagotable. Es la razón de que los guerreros masái, en sus rituales de saltos, puedan brincar hasta la altura de un hombre, y es la esencia del pancracio griego y el jiu-jitsu al estilo brasileño, dos de las modalidades más letales de autodefensa jamás ideadas.

Los héroes han de ser maestros de lo impredecible. Entrenan su amígdala practicando «movimientos naturales», que solían ser el único tipo de movimientos que conocíamos. Solo para sobrevivir, los humanos debían ser capaces de correr por el páramo sorteando por encima o rodeando cualquier obstáculo en su camino, saltando sin miedo y aterrizando con precisión. Al inicio de la década de 1900, un oficial de marina francés llamado Georges Hébert se volcó en el estudio del movimiento natural, observando la forma de jugar de los niños cuando correteaban, trepaban y reñían y comenzó a apreciar la importancia de la espontaneidad y la improvisación. Cuando después se evaluó a los discípulos del movimiento natural de Hébert en cuanto a su fuerza, velocidad, agilidad y resistencia, alcanzaron marcas que estaban a la par de las que obtenían los decatletas de clase mundial.

Esta es la razón por la que los griegos no esperaban a que los héroes aparecieran; ellos los forjaban. Perfeccionaban la dieta de un héroe que frena el hambre, aumenta el poderío individual y transforma la grasa corporal en combustible para la acción. Desarrollaban técnicas para controlar el miedo y las descargas de adrenalina, y aprendían a disponer de la fuerza oculta y muy notable del tejido elástico corporal, que es mucho más poderosa y efectiva que los músculos. Hace más de dos mil años se tomaron muy en serio el asunto de liberar a nuestro héroe interior. Y luego desaparecieron de escena.

O quizá no. Cuando un profesor de enseñanza secundaria de la localidad de San Antonio, en Texas, llamado Rick Riordan empezó a reflexionar acerca de los chicos problemáticos de su clase, quedó sorprendido por una idea que, en rigor, venía a ponerlo todo patas arriba: o bien los más salvajes de entre esos chicos no eran hiperactivos, o bien eran tan solo héroes fuera de contexto. Después de todo, en otra época, el mismo comportamiento que hoy en día se aplaca mediante el Ritalin y sanciones disciplinarias hubiera sido un sello de grandeza, el florecimiento temprano de un verdadero paladín. Riordan barajó esta idea, imaginando las posibilidades. ¿Qué pasaría si a los niños fuertes y asertivos se los reorientase en lugar de des alentarlos? ¿Y si hubiera para ellos un lugar, un campamento de entrenamiento al aire libre que fuese como un parque recreativo, donde pudieran dar rienda suelta a esos instintos naturales de correr, luchar, trepar, nadar y explorar? Lo llamaríamos Campamento Híbrido, fue lo que concluyó Riordan, porque eso es lo que en realidad somos: mitad animales y mitad seres superiores, a medio camino entre ambos y no muy seguros respecto a cómo equilibrarlos. Riordan se empleó en la escritura y dio origen a un personaje que es un chico problemático de un hogar disfuncional llamado Percy Jackson, quien llega a un campamento en mitad del bosque y se transforma cuando el atleta olímpico que lleva dentro se manifiesta, es pulido y reorientado.

La fantasía de Riordan, de una escuela para héroes, de hecho existe hoy en día: en pequeñas partes dispersas en todo el planeta. Las habilidades han sido fragmentadas, pero buscando un poco, uno da con todas ellas. En un parque público de Brooklyn, una antigua bailarina de ballet se precipita hacia la vegetación circundante y regresa con una bolsa de la compra repleta de los mismos superalimentos en que confiaron en su momento los antiguos griegos. En Brasil, el que fue un vendedor ambulante en las playas está reviviendo el arte olvidado del movimiento natural. Y en una cuenca polvorienta de Arizona llamada Oráculo, un genio silencioso desaparece en el desierto tras brindar sus enseñanzas a unos pocos y grandes atletas, y aunque parezca extraño, a Johnny Cash y los Red Hot Chili Peppers: es decir, el antiguo secreto de emplear la grasa corporal como combustible.

Pero el mejor de todos los laboratorios de enseñanza fue una cueva en una montaña detrás de las líneas enemigas; fue allí donde, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, un puñado de pastores griegos y aficionados británicos se confabularon para hacer frente a cien mil soldados alemanes. No eran gente fuerte por naturaleza, ni estaban entrenados de modo profesional, ni eran conocidos singularmente por su coraje. Eran hombres buscados, que serían inmediatamente ejecutados si daban con ellos, pero que, apoyándose en una dieta de hambre, crecieron en su potencial. Cazados y perseguidos por una jauría, se fortalecieron. Se convirtieron en personas nacidas para ser héroes que decidieron seguir las huellas del mayor de todos, Ulises, e intentar su propia versión del caballo de Troya.

Era una misión suicida… Suicida, claro está, para cualquiera que no dominase cierto arte muy, muy antiguo.