Nosotros tres

Jean Echenoz · Capítulo 5 de 31

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Nosotros tres

Capítulo 5

Pero antes, so pretexto de oscuras cláusulas del seguro, Meyer tendría que desroblar las placas renegridas del Mercedes, siguiendo las instrucciones de la joven que las mete en la bolsa informe. Luego cargaría en el maletero su equipaje de mano, maletín y neceser de tocador en piel de avestruz de color rojizo, mientras ella se instalaba en el asiento delantero del coche, fumando otro Benson sin decir palabra.

No hablaría mucho más hasta Marsella. Él sí intentaría algún inicio de conversación, pero en vano: sólo obtendría en respuesta tres monosílabos apenas murmurados, ni siquiera un par de gestos evasivos con la punta de los dedos, y casi ni una mirada. Cuando se le ocurrió presentarse, indicar, por lo que fuera, al menos su nombre de pila, la conductora del ex Mercedes amarillo reaccionó con un movimiento automático de cabeza, sin manifestar su propia identidad. Conforme, llamémosla Mercedes y dejémoslo correr. Ayudad al prójimo, pensaba Meyer no sin amargura. Le importaría abrocharse el cinturón, sugirió después algo ofensivamente.

Luego manipulaba demasiado nervioso la radio sin pedirle su opinión a la joven, topando con un programa de informaciones prácticas: una voz gangosa recalcaba que los niños pequeños, debido a su reducida estatura, resultaban poco visibles para los conductores de camiones pesados. Demasiado nerviosamente también cambió de emisora: una trepidante musiquilla sugería a las oyentes que aprovecharan a fondo, sin perder un minuto, las supergangas a precios tirados que ofrecía un centro comercial. Meyer apagó la radio excesivamente nervioso.

Silencio completo hasta Marsella, ya no hubo más distracción salvo cuando unas obras comprimieron el tráfico en un solo carril con limitación de la velocidad: Meyer pudo seguir entonces treinta planos en una película rosa en el televisor, fijado cerca del retrovisor, de un autocar español verde detrás del cual se arrastraron el tiempo que duró un tercer Benson. Mercedes acababa de sacar unas gafas negras de su abrigo de pieles. Estaban llegando.

Antes de la catástrofe, la entrada en Marsella presentaba unas largas y abruptas pendientes a un lado y otro de la autopista. Pendientes provistas de bloques de pisos de alquiler descoloridos, gran hospital pálido que dominaba una lluvia de casitas enlucidas, alcaldías de barrio prefabricadas, bastantes huertos y parcelas edificables. Algunas villas de finales de siglo con terrazas y campaniles convertidas en institutos de acción social a no serlo en centros de medicopsicopedagógicos. Algunos solares vacíos más, pero también dos o tres grandes superficies enmarcadas en campos de carritos. Empezaba a hacer calor, el sol embadurnaba el panorama con un aire pesado, habitado por los olores fantasmas de las fábricas de jabón disueltas y las de aceite en quiebra, áspera e insípida atmósfera en la que no se adivina la proximidad del mar, hacia el cual sin embargo descendían. Meyer empezó a sudar. ¿Dónde puedo dejarla?

Con un ondear de hombros y omóplatos, apretando los codos contra el cuerpo y alzándose un poco, Mercedes acababa de quitarse el abrigo de pieles debajo del cual una blusa verde claro, bastante escotada, liberaba una precisa y preciosa idea de su busto. En cualquier sitio, respondió con voz distraída, una parada de taxis. Luego, al meterse por el tramo de vía rápida suspendida que da acceso al centro por encima de los muelles, por encima de las dársenas de atraque y los diques de carena, la joven demasiado indiferente se asomó al mar. Habrase visto, piensa Meyer, por quien se toma.

Amoscado por sentirse un poco amoscado, bruscamente afanoso de quitársela de delante, frenó con violencia en la primera parada, ¿le va bien esta? Sin aguardar una respuesta, con paso marcial fue a sacar del maletero el maletín y el neceser de tocador que dejó sin consideración directamente en la arena sucia, sordo a las protestas del avestruz ultrajado. Mercedes se tomaría todo el tiempo, por supuesto, para bajar del coche antes de acercarse, negligente, mirando a otra parte, con el abrigo echado de cualquier modo en el brazo. Iba a agacharse hacia sus pertenencias, cuando Meyer descontento de sí mismo se anticipó a su movimiento, recogiéndolas para tendérselas con una sonrisa seria. Pues bien, la joven sonrió a su vez. Pues bien, lejos de lo previsible, la más radiante sonrisa del mundo inunda de pronto a Meyer como un sol sentimental, un sentimiento continental cargado de todo lo que se espera, todo lo que se espera del siglo. Ahora es cuando, súbitamente, ágil y rápido, debería saltar a bordo de esta sonrisa, acomodarse y huir con ella para toda la vida —pero vaya, la chica se ha ido.

Para llegar a la casa de Nicole bastaba mantener luego un simple rumbo este-sureste, paralelo a la costa. Pero el sol, el calor, la falta de un plano de Marsella y la sonrisa de Mercedes hicieron que Meyer emocionado acabara perdiéndose. Primero extraviándose en pleno centro de la ciudad, luego desviándose irresistiblemente hacia su periferia: los bares fueron escaseando, como las tiendas de comestibles, las calles se transformaron en carreteras, luego se estrecharon, sinuosas y cruzadas por bandas a la deriva de perros marginados, deambulando sin placa de identidad.

Perdido, reconociendo su error, los esfuerzos de Meyer por reducirlo no lograron sino agravarlo, como se estrangula mortalmente un nudo que se quiere deshacer: bajo sus ojos se descomponía la periferia urbana. Al extremo de un camino sin arcén, una construcción gris y baja podía ser un refugio de paso. Al extremo de otro se habían agrupado tres caravanas inhóspitas, cubiertas de abigarradas telas y antenas torcidas. Cada vez menos viviendas, algún que otro edificio desierto de una sociedad de obras públicas, un almacén que vigilaban otros modelos de perros, domesticados, incorporados al orden del lenguaje articulado, mejor alimentados pero menos amigos de bromas. Luego el paisaje empezó a presentar auténticos lotes rurales relativamente conservados: pequeñas zonas hortícolas, silos, pequeñas granjas flanqueadas por corrales. Definitivamente desorientado, Meyer paró ante una de ellas para preguntar el camino.

Aparcado el coche a un lado de la carretera, con medio neumático en la cuneta, Meyer se acercó a la entrada. A primera vista no había nadie en el patio, tan sólo un plátano en el centro. Después Meyer distinguió la cabeza y el pecho luciente de un caballo loco en la penumbra de una cuadra, recio animal espumeante con ojos helados de terror y que, encabritándose de pronto, empezó a dar golpes con los remos anteriores contra la puerta de su compartimiento. El choque repetido de los cascos sonaba primero de modo siniestro, luego Meyer advirtió, por algunas señales más, que una atmósfera inquieta pesaba sobre el corral: temblequeante hilera compacta, las gallinas se habían encaramado a una rama del plátano, ocupando la rama de encima algunos patos hipertensos, lejos del redondel de agua fangosa al borde del cual, mirada inmóvil y cerdas erizadas, cuatro cerdos parecían en estado de shock. Todos ellos respiraban menos un miedo preciso —los malos tratos, los oficiales carniceros, los hornos microondas— que un profundo malestar indeterminado. Sólo dos nuevos perros beige y gris, tumbados en el umbral de la granja, parecían aún en paz consigo mismos.

Por lo demás, después de que Meyer llamara dos veces en el marco de la mosquitera, salió el granjero, que no tenía pinta de mala persona. Con una voz que denotaba a un tiempo el final de la siesta y la tierra catalana, indicó con mucho gusto la dirección del mar. Luego, habiendo empezado de nuevo a dar golpes el caballo, como un enorme juguete mecánico estropeado, los dos perros mudos junto a la puerta se irguieron bruscamente, tiesos sobre la punta de sus uñas descascarilladas. Temblorosos, se pusieron a aullar de consuno, acompañados en off por todos sus congéneres del vecindario, perros guardianes y perros caídos en desgracia, pastores alemanes o bastardos al margen de la ley. Frunciendo una plácida ceja, el cultivador se agachó hacia los suyos para calmarlos en su lengua materna, lentamente volvieron a tenderse gimoteando. ¿Qué les pasa?, preguntó Meyer.

La tormenta, quizá, supuso el cultivador. Antes de que estalle se ponen así, a veces. A veces. ¿Ha entendido bien el camino? Sí, dijo Meyer, gracias. Una hora más tarde, con un cielo nada borrascoso, llegaba delante de la casa de Nicole.