Obsesión prohibida
Capítulo 7
IZAR había dejado que Liliana le hiciera perder los estribos, y no parecía ser capaz de serenarse. Había perdido por completo el control de la situación. Jamás hablaba de su infancia. Nunca le había contado a nadie las penurias que había pasado de niño. La mayoría de la gente daba por hecho que sus padres habían muerto, no que ni siquiera sabía quién era su padre y que su madre no había sido digna jamás de tal nombre. ¿Por qué diablos le había contado todo aquello a Liliana, precisamente a Liliana?
Y ahora que se lo había contado, y encima sin ningún motivo de peso, ¿por qué estaba empeorando las cosas dejando que siguiese provocándolo? Era como si ejerciera algún tipo de embrujo sobre él cada vez que estaba con ella; tenía que alejarse de ella para liberarse de él, tenía que calmarse y aclararse la mente.
De hecho, había tenido toda la intención de poner fin a aquella desastrosa cena e irse a correr unos cuantos kilómetros en la cinta o a hacer unos cuantos largos en la piscina para ver si con eso lograba recobrar el control sobre sí mismo y apaciguar sus ánimos, pero entonces ella había tenido que levantarse de la silla. Y él había perdido la cabeza al vislumbrar su larga y torneada pierna. Y ahora estaba sonriéndole con picardía, como si supiese lo atraído que se sentía por ella.
La Liliana que estaba mirándolo en ese momento parecía muy segura de sí misma. Esa noche estaba tan elegante que se le había cortado el aliento al verla, porque el vestido que llevaba parecía hecho a medida para resaltar sus curvas. Además, se había hecho un recogido clásico con gruesas trenzas en un guiño a un estilo más moderno, y se había maquillado los ojos de un modo que le daba un aire exótico y misterioso.
Por las fotografías de su graduación que había visto en la página web de la universidad, sabía que era guapa, y quizá siempre hubiera intuido que, teniendo como tenía los genes de su madre, algún día heredaría el título de Clothilde de la mujer más admirada y elegante de Europa y buena parte del mundo, pero no se había dado cuenta hasta esa noche de que eso ya había pasado. Era como si la Liliana que tenía ahora ante sí hubiese estado ahí desde un principio, escondida tras esa otra Liliana mal vestida y peinada del Bronx, pero ahora que tenía las herramientas adecuadas hubiese salido a la luz. ¡Y cómo brillaba!
Sí, no había duda de que la heredera Girard Brooks era ya una mujer hecha y derecha, y que estaba lista para reclamar su trono. Eso debería alegrarlo, pero no era precisamente esa la sensación que recorría su cuerpo en ese momento. Más bien era una sensación de ira mezclada con deseo. Notaba una sensación de tirantez en la entrepierna, y estaba a solo un paso de subirla encima de la mesa y disciplinarla con la lengua, y con los dedos.
–¿Qué has dicho? –le espetó.
Ella levantó la barbilla, desafiante, y lo miró a los ojos para responderle.
–No puedes obligarme a casarme contigo –dijo en un tono altanero que no le había oído antes–. Y lo sabes. Crees que te obedeceré solo porque es lo que he hecho hasta ahora. Pero la realidad es que no eres más que mi tutor legal –encogió un hombro–. Si quieres que me convierta en tu esposa, te sugiero que por una vez intentes impresionarme un poco.
Lo cual no era un «no» en redondo, pensó Izar. Sin embargo, antes de que pudiera hacer esa observación, Liliana arrojó su servilleta sobre la mesa con mucho dramatismo, se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, como si para ella la velada ya hubiese concluido.
Izar ni se lo pensó; la agarró por el brazo antes de que pudiera entrar por la puerta y la hizo girarse hacia él para luego atraerla hacia sí.
–Esto es exactamente a lo que me refería –lo increpó furiosa.
Si hubiera podido, lo habría fulminado con la mirada. Pero Izar ya estaba cansado de tanto hablar. Lo único que había conseguido hablando con ella había sido hacerle perder los estribos y acabar contándole cosas que nunca le había contado a nadie. Y aquello era inadmisible.
La atrajo aún más hacia sí, dejando suelto a ese monstruo rugiente y lujurioso que habitaba en su interior, y se apoderó de su boca.
Los labios de Liliana tenían un sabor más dulce que cualquiera de los mejores vinos que había probado. Y era suya…, rugía algo dentro de sí. Pero quería más.
Liliana gimió contra su boca y él sintió ese gemido como un fuego incontrolado que se coló bajo su piel y descendió hasta su entrepierna. La deseaba tanto… Liliana le rodeó el cuello con los brazos cuando la atrajo aún más hacia sí, y él ladeó la cabeza para poder devorar mejor cada rincón de su boca. Introdujo las manos entre los rubios mechones de su cabello y deshizo las trenzas para que quedara suelto y le cayera sobre los hombros como una sedosa cascada que desprendía el aroma a frutas de su champú.
Y a pesar del festín que estaba dándose con su boca, con esos labios carnosos y esa lengua traviesa, seguía sin ser suficiente. Quería más.
Sin dejar de besarla la hizo retroceder de espaldas hasta la mesa y la sentó sobre el borde. Solo entonces despegó sus labios de los de ella. Los ojos azules de Liliana brillaban como si estuvieran llenos de estrellas, y sus mejillas estaban encendidas.
Se puso de rodillas frente a ella, pero no para pedirle que se casara con él, sino para devorarla, como el lobo feroz del cuento.
–Izar… –susurró ella.
Su voz sonaba ronca, su pecho subía y bajaba, y en sus ojos se leía el mismo deseo que se había disparado por sus venas. Le puso las manos en las caderas y la notó estremecerse, pero no hizo ademán alguno de apartarlo ni de zafarse de él. De hecho, no veía en ella la menor vacilación.
–Prepárate –le advirtió él.
Liliana se agarró al borde de la mesa y él le levantó el vestido, dejando al descubierto esas piernas perfectas, torneadas. Se le estaba haciendo la boca agua.
Se las abrió un poco más con sus anchos hombros, y sonrió al oír el gemido ahogado y suplicante de ella. Se inclinó y apretó los labios contra su monte de Venus, cubierto por unas braguitas de encaje.
Liliana levantó las caderas y emitió un largo y dulce gemido. Izar succionó mientras le sujetaba las caderas, y luego comenzó a juguetear con ella, lamiendo las braguitas, mordisqueándola suavemente a través de la tela…, y perdió la noción del tiempo, envuelto como estaba en su aroma y con sus muslos enmarcándole el rostro.
Cuando notó que estaba dispuesta, tiró de las braguitas, que se rasgaron sin demasiado esfuerzo, y aquello pareció sacudir a Liliana como una descarga eléctrica.
Todo su cuerpo se estremeció: fue un temblor que subió por sus preciosos muslos, por el abdomen y aún más arriba. Su respiración se había tornado trabajosa. Izar se metió las braguitas rotas en el bolsillo de la chaqueta, asió a Liliana por las caderas y tiró de ellas hacia delante.
–Izar…
–Shhh… Vamos a ver quién es aquí quien tiene el poder –susurró contra sus labios vaginales.
Notaba tenso por el deseo cada músculo de su cuerpo, pero inclinó la cabeza un poco más y comenzó a lamerla.
Las manos de Liliana se enredaron en su cabello. Le tiraba del pelo y gemía dulcemente. La torturó sin piedad, haciendo que se balanceara, arqueándose impúdicamente contra su boca. Solo cuando gritaba de placer de tal manera que casi estaba a punto de compadecerse de ella, succionó con fuerza el clítoris.
Liliana explotó. Se estremeció durante un largo rato, y mientras la observaba, con la cabeza echada hacia atrás, ajena a todo, desnuda de la cintura para abajo y despatarrada sobre la mesa como si fuera su festín personal, Izar pensó que jamás le había parecido tan hermosa como en ese momento.
Se irguió, y dejó caer la falda del vestido de Liliana, ignorando lo que le pedía el cuerpo. No se trataba de satisfacer sus propias necesidades. Se trataba de demostrar quién tenía el poder. Era ella quien lo había dicho.
Liliana hizo ademán de levantarse, pero parpadeó cuando volvió a derrumbarse contra el borde de la mesa, como si las piernas no le respondieran, y él la sujetó hasta que se repuso.
–He disfrutado muchísimo con esta conversación acerca de que eres tú quien tiene el poder –le dijo Izar con malicia. Liliana se sonrojó–. Deberíamos repetirlo. Tal vez cuando hayas recobrado el aliento.
Se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta, consciente de que, si no se marchaba de inmediato, la tomaría allí mismo, sobre la mesa.
Había una parte de sí que no comprendía por qué tenía que contenerse, pero otra parte de él, la que llevaba años dominando el mundo empresarial, era más sensata. Durante todo ese tiempo había tratado a Liliana como si fuese frágil, quebradiza, como un objeto de colección que había que mantener a salvo en una repisa, en vez de como a una socia en potencia. Ahora se daba cuenta de que se había equivocado.
Liliana estaba empezando a sentir la atracción del poder, y era evidente que quería saber lo que se sentía al ejercerlo. Pero no había nada más peligroso e incontrolable que un advenedizo al poder cuando había probado ese dulce néctar. Quizás después de lo de esa noche reflexionaría y se daría cuenta de que el poder era un arma de doble filo.
–Esto… esto no cambia nada –jadeó Liliana detrás de él mientras se alejaba, y él reprimió a duras penas una sonrisa–. Sé que lo que te he dicho es la verdad. Sobre ti. Sobre los dos.
–Si tú lo dices… –respondió él, girando la cabeza, pero sin detenerse–. La boda será en Navidad; empezaremos a planificarla mañana.
Y la dejó allí, acalorada, jadeante y temblorosa.
El día siguiente amaneció despejado y soleado, y Liliana debería sentirse encantada de que, después de casi dos semanas encerrados en la villa, Izar hubiera decretado que ese sería el día en que aprovecharían para hacer una salida.
El problema era que no había dormido nada. Al meterse en la cama estaba tan agitada de deseo, y tan avergonzada de haber dejado a Izar que hiciera lo que se le antojara con ella, que le había costado muchísimo conciliar el sueño. ¿En qué había estado pensando? ¿Por qué le había dejado hacer aquello?
A lo largo de todas esas horas de desvelo, dando vueltas en la cama, se había jurado que huiría de allí, aunque tuviera que hacerlo calzándose unas raquetas para poder avanzar por la nieve. Y se había jurado también que jamás, jamás, permitiría que volviera a tocarla, y mucho menos entre las piernas. Toda la noche había notado allí abajo un calor húmedo insoportable.
Sin embargo, al despertarse por la mañana había ido a ducharse, como cada día, y luego había bajado a desayunar como una obediente autómata. Era como si no tuviese control alguno sobre sí misma, como si el poder que ejercía Izar sobre ella fuera tan fuerte que no podía escapar a él de ningún modo.
Al entrar en el comedor, bañado por el sol que entraba a raudales por el ventanal, se detuvo y se quedó mirando a Izar, que así, con los rayos del sol, parecía menos intimidante, y casi humano.
–¿Piensas quedarte ahí de pie toda la mañana? –la provocó en un tono amable, sin levantar la vista de su tableta–. Deberías haberme dicho que lo tuyo era el arte interpretativo. Déjame adivinar cómo se llama esta performance que estás representando ahora: «No desayunaré sin tener antes una discusión».
Se comportaba como cualquier otra mañana, pensó Liliana. Claro que para él nada había cambiado.
La verdad era que no tenía muy claro por qué ella tenía la sensación de que todo había cambiado, de que esa mañana el mundo de repente le pareciera irreconocible. O quizá fuese solo una percepción suya. Se sentía como si Izar la hubiera agarrado por los pies, la hubiera puesto boca abajo y la hubiera agitado como a una maraca.
–Esto tiene que parar –le dijo.
No fue a sentarse a la mesa con él, sino que se cruzó de brazos y lo miró irritada, a pesar de la cantidad de veces que él le había dicho que esa postura la hacía parecer vulgar, como una verdulera.
–Si te refieres a tratar de intimidarme con esa cara de pocos amigos que tienes estoy de acuerdo –respondió él tan tranquilo.
–No estoy bromeando. Estoy cansada de que me…
–¿De que te qué? –la cortó él, dejando a un lado la tableta y fijando sus ojos negros en ella–. ¿De que te dé tanto placer que empieces a gritar a pleno pulmón y acabes jadeante sobre la mesa del comedor? ¿O de que te diga unas cuantas verdades que preferirías no tener que afrontar? ¿O quizá lo que encuentras de mal gusto es que hable de esas cosas a plena luz del día?
Liliana no se había esperado esa respuesta. Lo que había esperado era que cambiase de tema. No que… que le soltase eso y se quedase ahí sentado, mirándola divertido. El brillo astuto de los ojos de Izar la hacía sentirse incómoda, y de pronto notaba calor en las mejillas y un cosquilleo por todo el cuerpo. Tragó saliva.
–Yo no grité –le dijo con altivez.
Izar se limitó a sonreír.
Horas después, Liliana se reunió con Izar en el vestíbulo, como él le había ordenado. Seguía de mal humor, o quizá estaba de peor humor que en el desayuno, porque esa era la segunda vez en el día en que le había obedecido cuando había tenido intención, como mínimo, de armar una zapatiesta.
–Ponte algo informal –le había dicho Izar mientras desayunaban–, pero recuerda que esto es Saint Moritz, no un poblacho de montaña de Colorado donde los hombres llevan barba y esas espantosas camisas a cuadros de franela.
–No tengo ni idea de a qué te refieres –había respondido ella para fastidiarle.
–Piensa en algo sofisticado y chic –le contestó Izar sin alterarse–. No es momento para que te recrees en tu concepto universitario de la moda.
Lo que más le había molestado de esa pulla hacia el atuendo con que la había visto en Nueva York, en su fiesta de cumpleaños, era que si había empezado a vestirse así era porque por una vez había querido integrarse, y por eso había imitado el estilo de sus amigas. No le parecía que hubiera nada vergonzoso en eso. Sin embargo, de pronto se encontraba con que ahora estaba de acuerdo con él, y eso la sulfuraba y mucho.
Resultó que estaba descubriendo que le gustaban aquellas prendas tan bien confeccionadas y de corte impecable que Izar había hecho que le llevaran. Le gustaban mucho más que las que había comprado en distintas cadenas de tiendas de Nueva York. Llevaba menos de dos semanas en compañía de Izar y ya había perdido por completo su identidad.
–Si no quieres que aparezca con una sudadera y unos vaqueros no tienes más que decirlo –le había espetado a Izar con el ceño fruncido–. No es tan difícil. Además, me pondré lo que me dé la gana.
Y, sin embargo, al final no había bajado vestida ni mucho menos con una sudadera y unos vaqueros. Y no solo porque de toda la ropa que él le había proporcionado no había ni una prenda que pudiera disgustarle, sino porque, aunque en un principio se había propuesto desafiarlo, había acabado escogiendo un vestido corto de lana, informal pero chic, y unos leggings gruesos, y había completado el conjunto con una bufanda, un anorak y unas botas de nieve con un ribete de piel sintética.
Parecía una de esas famosas a las que los paparazzi fotografiaban en las calles de Saint Moritz, y se detestaba por ello.
–Estás muy guapa –le dijo Izar, sosteniéndole la puerta cuando fueron a salir.
Y ella, aunque no querría admitirlo, no pudo evitar que la recorriera una cálida sensación al oírle ese cumplido, simplemente porque por una vez había conseguido agradarlo.
Por suerte, esa sensación se desvaneció rápidamente cuando la ayudó a subirse en el asiento de atrás de un todoterreno que estaba esperándolos en lo alto de una estrecha carretera con marcas de quitanieves que no había visto hasta ese momento porque los abetos que había frente a la casa lo tapaban.
–Creía que habías dicho que no había manera de bajar al valle si no era con esquís o con un helicóptero –apuntó cuando estuvieron sentados y el chófer inició el descenso por la sinuosa carretera.
–Te mentí –fue la sucinta contestación de Izar–. Pero eso da igual. Lo que importa es que aún no me has demostrado que eres tú quien tiene el poder, como decías ayer.
–Pues yo creía que sí lo había hecho –replicó ella. Le ardían las mejillas, pero le sostuvo la mirada como si le fuese la vida en ello. Ya no era una virgen asustadiza, e iba siendo hora de que dejase de actuar como tal–. ¿No es eso lo que se deduce de lo que pasó anoche?
Para su sorpresa, Izar sonrió, y la invadió otra cálida oleada, más intensa que la primera.
–La verdad es que no –respondió con suavidad–. Pero, volviendo a lo que estábamos hablando, no tengo el menor interés en retenerte como si fueras mi prisionera. Demuéstrame que puedo confiar en ti y podrás ir y venir cuando te plazca.
–¿Cómo voy a demostrarte algo así cuando no quieres creerlo? –le espetó Liliana–. Lo que quieres es controlarme, no confiar en mí.
–Si confiara en ti no tendría que controlarte –repuso él.
–Quieres que me case contigo –apuntó ella sacudiendo la cabeza–. Para eso yo tendría que confiar en ti, y no es así. ¿Y sabes por qué?, porque tus motivos no están precisamente claros.
–No podrían estar más claros: quiero que seas mi esposa. ¿Qué más motivos necesitas?
Liliana miró hacia delante para asegurarse de que la luna que los separaba del chófer estaba cerrada y él no podía oírlos. Lo que ella quería era que Izar se enamorara de ella y… ¡No! Pero… ¿en qué estaba pensando? No era eso lo que quería. Ni siquiera aunque Izar fuera capaz de amar, cosa de la cual estaba segura que era incapaz.
Pero lo que tampoco quería era anularse a sí misma, que era lo que Izar pretendía que hiciera, casándose con él. Eso sería un suicidio. Y aun así…
–Pues a mí me parece que lo que quieres es que obedezca tus órdenes y haga tu voluntad –le dijo con una voz hueca que no le parecía la suya–. Lo que me describiste con tanto detalle en el avión. Eso no es un matrimonio.
–¿Ahora resulta que eres una experta en lo que respecta al matrimonio? – exclamó él, burlón–. Vaya, pues debo decir que me sorprende, teniendo en cuenta que hasta la fecha no has tenido siquiera una relación. A menos – añadió enarcando las cejas–, que me hayas ocultado que has tenido toda una ristra de novios.
–Yo no te he ocultado nada –respondió ella irritada.
Prefería no mirarle –sabía que estaba intentando provocarla–, así que giró la cabeza hacia la ventanilla, por donde se veían el lago helado y las imponentes montañas que lo rodeaban.
–Quiero tener lo que había entre mis padres: amor, cariño, un matrimonio de verdad. No veo sentido en casarse por menos.
Izar suspiró, y Liliana deseó fervientemente no haber dicho eso. Estaba segura de que ahora destrozaría los recuerdos que tenía de sus padres, igual que destrozaba todas sus ilusiones y todo a lo que ella se aferraba.
–Lo que había entre tus padres era algo muy poco habitual –respondió él con voz ronca. Era como si estuviese rememorando recuerdos de ellos que consideraba especiales y que se había guardado para él–. No puedes quedarte sentada con la esperanza de que algún día encuentres algo así. Puede que te pases la vida entera esperando en vano.
Liliana, que seguía con la mirada fija en la ventanilla, levantó la barbilla, desafiante, y le dijo:
–Pues esperaré toda mi vida, aunque pueda ser en vano.
–A mí me parece que es mejor casarse por razones más prácticas.
Cuando Izar tomó su mano, la recorrió un cosquilleo, llenándola de confusión. Su instinto de autoprotección le decía que apartase la mano, pero no lo hizo. No podía. Además, le habría resultado difícil, porque la mano de Izar, grande y fuerte, había engullido a la suya y no la soltaba.
–Me refiero a intereses comunes, a objetivos comunes –añadió él.
–Ya, a lo que tú te refieres es al cincuenta por ciento de la compañía – respondió ella con aspereza–. No es lo mismo.
Izar se limitó a sonreír.
–Voy a contarte una cosa, algo bastante duro que simboliza una cruda realidad, para la que ya deberías empezar a prepararte –dijo al cabo de un rato.
Liliana suspiró con hastío.
–No puedo ni imaginarme qué entiendes por algo «bastante duro» con las cosas tan poco amables que me escribías en tus cartas, y las críticas que me sueltas sin pestañear cualquier día, cuando estamos desayunando.
Izar ignoró su sarcasmo.
–Lo que iba a decir es que eres guapa y eres rica. Y que si me rechazas pasarás el resto de tu vida con un montón de hombres detrás de ti, hombres de cuyos motivos siempre dudarás. ¿Te querrán por tu cara o tu cuerpo como si fueras para ellos una pieza más para su colección? ¿O irán solo detrás de tu dinero? ¿Querrán hacerse quizá con la compañía? ¿O tal vez te ven como una especie de fetiche porque tus padres eran famosos y murieron jóvenes?
Liliana tiró de su mano para intentar soltarla, pero él no se lo permitió.
–Ya, claro, porque es imposible que nadie se enamore de mí –le espetó molesta–. ¿Cómo iba nadie a enamorarse de mí? No sé cómo se me ha podido pasar siquiera por la cabeza que eso pudiera ocurrir.
–Quizás sí que haya alguno que sienta algo por ti –respondió Izar con mucha calma–. Pero… ¿cómo lo sabrás? ¿Cómo sabrás que no finge?
Liliana volvió a tirar de su mano, esa vez con más fuerza, y aunque él por fin la soltó, aún podía sentir su tacto. Era como si la hubiera marcado a fuego. Maldito Izar…
–¿Y tú qué? –le espetó–. ¿Son esos los argumentos que vas a utilizar para venderte, para convencerme de que me case contigo?
Sabía que debería estar enfadada, que debería sentirse insultada. Y así era, pero para sus adentros no podía evitar desear que Izar fuera alguien que no era. No dejaba de imaginárselo diciendo las palabras que sabía que jamás diría. Era triste incluso el mero hecho de que ansiara que las dijera. Más que triste.
–¿Me estás diciendo que te elija a ti porque al menos contigo tengo claro que no vas detrás de mi dinero y porque ya sé, de antemano, la pobre opinión que tienes de mí? –lo increpó, al ver que él no respondía.
–No –contestó él, divertido, y con esa seguridad apabullante que tanto la exasperaba–. Te casarás conmigo porque es lo que debes hacer. Porque es la única opción que tienes, y también porque es lo más racional. Da igual que te muestres indignada; sabes que lo que digo es la verdad. Y sé que lo aceptarás, antes o después, porque te conozco mejor de lo que te conoces tú misma.
Liliana apretó los dientes.
–No tengo la menor duda de que crees que es así. Pero no por eso tienes razón.
–Ya lo creo que la tengo. ¿Cómo explicas si no que siempre me cueste tan poco sacarte de quicio?
Y tuvo la desfachatez de sonreírle, como si supiera que, aunque ella no lo admitiría jamás, estaba loca por él. Hacía rato que habían llegado a Saint Moritz, y en ese momento el chófer detuvo el todoterreno delante de un lujoso hotel.
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