Oh, Jerusalén

Dominique Lapierre · Capítulo 50 de 54

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Oh, Jerusalén

Epílogo

 

La paz que descendió sobre Jerusalén aquella mañana de julio de 1948 debía revelarse precaria. La ciudad permanecía dividida. Otras dos batallas se desarrollarían aún: una en el Negev, y la otra en Galilea. Tan sólo a inicios de 1949, las Naciones Unidas consiguieron que Egipto, Líbano, Jordania y Siria firmasen un armisticio con Israel. Si aquellos acuerdos consagraban la detención de las hostilidades, no pusieron fin al estado de guerra. Los Estados árabes proclamaron insistente y resueltamente su voluntad de suprimir un Estado al que se negaban a aceptar y reconocer.

Así terminó, no obstante, el conflicto que los israelíes llamaron su guerra de la Independencia. La joven nación pagó cara su supervivencia. Casi seis mil de sus miembros cayeron durante los combates. Proporcionalmente, aquello representaba más pérdidas que las que sufriera Francia durante toda la Segunda Guerra Mundial. Los israelíes se encontraron dueños de un territorio de mil trescientos kilómetros cuadrados y de ciento doce poblaciones inicialmente atribuidas al Estado árabe por el plan de reparto de Palestina.

Los árabes sólo conservaban trescientos treinta kilómetros cuadrados y catorce localidades pertenecientes al Estado judío.

De todas las desgracias engendradas por aquella guerra, ninguna dejó un fermento de desacuerdo más duradero que el de la tragedia de los refugiados árabes, comenzado por el éxodo de las primeras familias de Jerusalén. El número de árabes expulsados de Palestina jamás fue establecido con precisión. Si los Estados árabes aseguran que fue cerca de un millón, las Naciones Unidas estimaron su número entre quinientos y setecientos mil.

David Ben Gurion determinó la posición de su país respecto a aquel problema desde el mes de junio de 1948. Ordenó que «las localidades abandonadas fuesen inmediatamente ocupadas por familias judías». Hizo saber que Israel aceptaría, en el marco de eventuales negociaciones de paz, el regreso de cien mil refugiados. Una mayor proporción de ciudadanos árabes podría alterar la naturaleza fundamental del Estado judío y ponerlo en peligro, motivando que los distintos Gobiernos israelíes rechazaran, a continuación, sobrepasar aquella proporción.

Los Estados árabes no mostraron, por su parte, ninguna prisa en acudir en ayuda de sus hermanos exiliados. Aunque ricas y poco pobladas, Siria e Irak les cerraron sus puertas. Para no modificar su delicado equilibrio confesional, Líbano aceptó solamente a un número limitado. Egipto los colocó en la estrecha franja de Gaza. Únicamente Jordania, el más pobre de todos los Estados árabes, llevó a cabo un esfuerzo real para acogerles.

Pasto a la vez de la propaganda árabe y de la mala disposición de Israel, los refugiados palestinos fueron amontonados en campos sórdidos, donde sobrevivieron gracias a la caridad de las Naciones Unidas. Pero si el mundo entero los abocó al olvido, ellos no olvidaron, y señalaron como culpable de su desgracia al mundo entero. En la miseria de aquellos campos nació y creció toda una generación, alimentada con los sueños de una venganza y de un regreso a la tierra perdida que jamás conoció. Después de la Guerra de los Seis Días, aquellos palestinos hicieron su entrada en el escenario del Oriente Próximo con el nombre de feddayin, recordando a la opinión internacional que también tenían que decir su palabra en el drama de aquella región.

El conflicto nacido la tarde en que treinta y tres naciones decidieron dividir Palestina, produciría otras víctimas y suscitaría muchos trastornos. El conde Bernadotte, mediador de las Naciones Unidas, que esperó devolver la paz a la Tierra Santa desgarrada, cayó en Jerusalén, el 16 de setiembre de 1948, bajo las balas de los terroristas del grupo «Stern». Dos meses después, Mahmud Nukrachy Pachá, el egipcio que deseó mantener a su país apartado de la guerra, pero que no osó yugular sus ambiciones, no pudo evitar la cita que tenía con un verdugo. Fue asesinado en El Cairo por un miembro de la secta de los Hermanos Musulmanes. El libanés Riad Solh fue, a su vez, abatido durante el verano de 1951.

Una tarde de aquel mismo verano, el rey Abdullah asistía a una recepción en Jerusalén. Contemplando los tejados de la ciudad vieja sobre la que reinaba entonces, el soberano beduino estaba melancólico.

—Si algo me sucediese, él debe ser colocado a la cabeza de la casa de los hachemitas —dijo a su Primer Ministro señalando a su nieto, Hussein.

Al día siguiente, 20 de julio de 1951, a mediodía, se cumplía la predicción del judío Ezra Danin, que fue a visitar al rey en compañía de Golda Meir. Abdullah fue asesinado cuando penetraba en la mezquita de Omar para la oración del viernes.

El iraquí Nuri Said cayó a su vez, víctima de las fuerzas desencadenadas por el conflicto de Palestina. Más sordo que nunca a todas las advertencias, aquel al que una nueva generación de revolucionarios consideraba como el agente del colonialismo británico en Oriente Próximo, fue derrocado por un golpe de Estado, en julio de 1958. Fue asesinado cuando intentaba huir, disfrazado de mujer, y un jeep arrastró su cuerpo a través de las calles de Bagdad.

Siempre alerta, Hadj Amin Husseini vive, en una de las colinas de Beirut, entre sus guardaespaldas y el último signo de sus perpetuos esfuerzos por reforzar su seguridad: un refugio atómico. Si ya no desempeña un papel activo en la resistencia palestina, profesa siempre el mismo odio a los ingleses y a los judíos y está convencido de que un día podrá, con la gracia de Alá, volver a encontrar su feudo de Jerusalén.

Tal como había conducido el combate de su pueblo para la independencia, David Ben Gurion presidió la transformación de su Estado en una entidad económica viable. Primer Ministro desde 1948 a 1963, con una interrupción de dos años, ha visto duplicarse la escasa población de su país; a sus inmigrantes, conquistar nuevas tierras en las arenas del Negev —que, a costa de tantas luchas, anexionó al Estado—; a sus ingenieros, dotar a Israel de una sólida infraestructura industrial. Lleva, en la actualidad, en el kibbutz de Sde Boker, a orillas del Negev, una vida sencilla y tranquila. Retirado del mundo, pero atento a todos sus ruidos, trabaja en sus Memorias, esquila la lana de los corderos y acude cada día a recogerse sobre la tumba de su esposa. Paula.

Primer embajador de Israel en la Rusia Soviética, la hija del carpintero de la Rusia de los zares regresó a su tierra en 1949. Golda Meir fue a continuación, y durante años —en Jerusalén y luego en las Naciones Unidas—, la artífice de la diplomacia israelí. Cuando se retiró, por motivos de salud, fue llamada, en 1969, a convertirse en Primer Ministro, función que aún desempeña en la actualidad.

En Jerusalén, el edificio Mandelbaum, donde Jacob Ben Ur y sus compañeros del «Gadna» detuvieron los autocañones de la Legión Árabe, se convirtió en el símbolo internacional de la división que separaba la ciudad más deseada del mundo. Destacándose sobre un paisaje de ruinas y alambradas, una puerta se convirtió, en aquel lugar, en el único punto de encuentro entre los mundos judío y árabe.

Los accesorios de la guerra formaron, poco a poco, el decorado permanente de la Ciudad de la Paz. Fortificaciones y barreras de alambradas se alzaron en pleno corazón de la aglomeración, mientras que una extensa «tierra de nadie», sembrada de ruinas y minas, trazaba en su seno una dolorosa cicatriz. Durante casi veinte años, el resto oxidado de la autoametralladora judía destruida durante los combates de la puerta de Jafa permaneció al pie de las murallas. Los judíos ortodoxos fueron cada atardecer del sábado a aquellas fortificaciones a contemplar soñando, por encima de los tejados, las piedras ocultas de su muro perdido. Otros, con ocasión del aniversario de la muerte de una esposa o de un hijo, trepan a las terrazas de Mea Shearim para dirigir interminablemente sus miradas hacia las blancas piedras del cementerio del monte de los Olivos, adonde ya no podían ir. Mordechai Weingarten, el rabino a quien un oficial británico le entregara, el 14 de mayo de 1948, la llave de la puerta de Sión, era uno de aquellos fieles. Desde la caída del barrio judío de la ciudad vieja, y hasta su muerte, el viejo rabino reguló su vida según los rígidos principios del duelo judío. Fue su forma de expresar su aflicción por la pérdida del antiguo barrio que gobernara durante tantos años.

Al otro lado de la ciudad, los árabes también trepaban a las murallas para ver los tejados de sus casas perdidas, en adelante ocupadas por inmigrantes judíos. Tampoco faltaban los musulmanes que dirigían una mirada emocionada hacia su cementerio, en la actualidad enclavado en pleno corazón de una ciudad judía, al que no podrían ya ir.

En 1949, el Gobierno de Israel hizo de Jerusalén su capital, contra la voluntad de las Naciones Unidas y de América, que aún albergaban la esperanza de dar a la ciudad su estatuto internacional.

Prohibidas a sus fieles, las antiguas piedras del Muro de las Lamentaciones sólo vieron pasar a escasos turistas o a los niños árabes que jugaban en la estrecha callejuela que lo rodeaba. Despojadas de todo objeto de valor, las ruinas del barrio judío se tostaban al sol como las dislocadas piedras de un cementerio profanado, prueba evidente, para los árabes, de la marcha definitiva de los judíos de los que, durante tantos siglos, fueron vecinos.

En junio de 1967, tras haber, por dos veces, pedido al rey de Jordania que detuviera el cañoneo sobre la nueva Jerusalén, Israel entró en guerra con Jordania. Los paracaidistas de Uzi Narkis, el oficial que, una noche de mayo de, 1948, ordenara a sus agotadas fuerzas que abandonaran las murallas, se apoderaron de la ciudad vieja tras cuarenta y ocho horas de combates. Tras la secuela de aquella victoria, una trastornada multitud se precipitó hacia el Muro. Paracaidistas, viejos rabinos extasiados, ministros, mujeres y niños de todos los barrios de la ciudad nueva, se entremezclaron en una plegaria común de acción de gracias. Fue un instante de emoción cuando un pueblo muy antiguo descubría de nuevo el lugar más sagrado de su historia. Entre los primeros en contemplar aquellas piedras se hallaban los dos hombres que esperaron apoderarse de ellas en 1948: Dov Joseph y David Shaltiel.

Los primeros días que siguieron a la guerra de junio de 1967 dieron lugar, en las calles de Jerusalén, a extraordinarias escenas de fraternidad. Árabes y judíos renovaban viejas amistades, volvían a encontrar los lugares, ruidos, olores y paisajes de su antigua vida, en común. Durante aquellas breves horas, las fortificaciones y las torres de vigilancia fueron desmanteladas, arrancadas las alambradas, la «tierra de nadie» borrada, y la ciudad, reunificada.

Pero la gracia de aquella unidad reencontrada debía pronto turbarse, y la euforia de las primeras horas quedaría barrida. Respetando siempre escrupulosamente los Santos Lugares y la libertad de culto, el Estado de Israel, ansioso por consolidar sus nuevas conquistas, anexionó oficialmente la ciudad vieja. Las autoridades animaron a nuevos inmigrantes a instalarse en Jerusalén, y luego elaboraron un plan destinado a unir más íntimamente la ciudad al resto del país, mediante la construcción de nuevos arrabales. El Gobierno hizo, en fin, saber que la cuestión de Jerusalén no podría ser objeto de ninguna transacción con vistas a una negociación de paz, salvo en lo que concernía a los Santos Lugares, para los que podría acordarse un estatuto especial.

Juzgando que la política israelí tendía a reducir su presencia y su función, los árabes de Jerusalén se encerraron en una súbita hostilidad. La aparición de los feddayin en las fronteras de la Palestina ocupada resonó pronto a través de las calles de la ciudad. Como en 1948, bombas terroristas la desfiguraron, derramando sangre en la plaza de un mercado, en un refectorio de la Universidad y en un almacén abarrotado en una víspera de sábado.

Las fortificaciones y alambradas que dividían la ciudad han desaparecido, pero queda una frontera en el corazón de sus habitantes. Para que la antigua oración del pueblo judío «Si alguna vez te olvidase, Jerusalén…» no se convierta en el grito de reunión de otro pueblo semita, judíos y árabes deberán, ante todo, eliminar esta frontera. No es descabellado pensar que las piedras que fueron ya el escenario de tantos milagros, atestiguaran un día éste. Escrita por el gran rey hebreo que hizo de Jerusalén su capital, la invocación del salmo de David es tan necesaria para los niños de la Jerusalén de hoy como para los de la Jerusalén de ayer.

Impetrad la paz sobre Jerusalén:

¡Qué la paz reine en sus murallas

y la prosperidad en sus palacios!