Pecado

Benjamin Black · Capítulo 20 de 29

Páginas del PDF

Pecado

Capítulo 19

 

Sin embargo, Jenkins no estaba por ninguna parte. Había hablado con la señora Duffy, eso le contó ella misma a Strafford, y le había preguntado por qué había limpiado la sangre de la biblioteca y de las escaleras. Luego había deambulado por la casa un rato y había vuelto a inspeccionar la habitación donde había dormido el padre Tom y el lugar del pasillo donde le habían atacado y apuñalado. El ama de llaves le había seguido mientras husmeaba, para vigilarlo, sospechando, supuso Strafford, que aunque fuese policía, o precisamente por eso, se sentiría tentado de robar. Después, se puso el abrigo y el sombrero y salió de la casa, momento en el cual la señora Duffy juzgó que su deber había terminado y bajó a su cuarto en el sótano a por su costurero para darle la vuelta al cuello de una de las camisas del coronel Osborne.

Tal vez, aventuró, el oficial Jenkins hubiese sacado a Sam a dar un paseo. Sam era el labrador negro; le había cogido afecto al oficial. Strafford intentó imaginar a Jenkins y al perro andando por la nieve, con el perro olisqueando en busca de conejos y Jenkins descubriendo en su interior al amante de la naturaleza que no había sabido que era hasta ese momento.

Strafford se marchó, riéndose para sus adentros.

La vivienda estaba vacía. Dominic había ido a una fiesta navideña en casa de unos amigos en New Ross; la señora Osborne estaba descansando —el doctor Hafner había pasado a verla mientras Strafford estaba en Scallanstown— y habían enviado a Lettie a la farmacia Sherwood’s en Enniscorthy a comprar lo que le había recetado. El coronel Osborne estaba en los establos con el veterinario del pueblo; a pesar de la impresión que había sacado Strafford a partir de las despreocupadas alusiones del coronel de que «los caballos» debían de consistir al menos en un par de docenas de purasangres, en realidad eran solo cinco: dos yeguas y un semental viejo, además del castrado del padre Lawless.

El castrado del padre Lawless, pensó Strafford, e hizo una mueca de dolor al recordar los pantalones ensangrentados del cura.

También él deambuló por la casa, sin ver a nadie, oyendo solo los ruidos del día que empezaba: alguien que limpiaba las estufas, la fregona cantando, la cadena de un váter viejo, el grifo de un baño. Era una mañana normal en una modesta casa de campo del sureste de Irlanda; esas eran la vida y las circunstancias con las que Strafford estaba familiarizado, y, sin embargo, no se sentía parte de ellas ni ahí ni en ninguna otra parte.

Le había dado a entender a Rosemary Lawless que se había hecho policía para liberarse de su educación; sin embargo, se había convertido en un marginado, un observador. ¿Era eso libertad? En Ballyglass House tenía la sensación de ser el fantasma de lo que podría haber sido. «Desarraigado» era una palabra que había descubierto hacía poco y que había recordado; le parecía ser el ejemplo exacto del hombre desarraigado.

Suspiró, fue al rincón de detrás de la cortina, volvió a sentarse en el taburete y a coger el auricular del teléfono, y una vez más le habló la operadora, una mujer de voz cansada con un fuerte resfriado. Le dio el número de la comisaría de la Garda de Pearse Street y, después de una larga espera, le pasaron con el comisario jefe Hackett. Que no estaba de muy buen humor.

—¡Al fin! —dijo irritado—. Hace dos horas que le he llamado… ¿Dónde estaba?

—He ido a ver a la hermana del cura.

—¿Y? ¿Qué tenía que decir?

—Muy poco. ¿Sabía que su padre era J. J. Lawless?

—¿Me está diciendo que usted no?

—¿Y quién quería que me lo dijera? Sacarle información a esta gente es como… no sé cómo, pero muy difícil.

—Pensé que sabría arreglárselas —refunfuñó Hackett—. Por eso le asigné el caso. —Strafford juzgó más conveniente no responder a eso; estaba aprendiendo a navegar por las aguas turbulentas del mal humor de su jefe. Hackett era un hombre decente con un trabajo complicado y Strafford le respetaba, puede que incluso le cayera simpático a su manera callada. Hacía poco que habían ascendido a Hackett a comisario jefe (el nombre pomposo del cargo le avergonzaba) y lo último que necesitaba nada más tomar posesión era tener que investigar un asesinato, sobre todo el asesinato de un cura. Volvió a guardar silencio, a Strafford le divertía pensar que las interferencias electrónicas en la línea eran el ruido del cerebro del jefe al funcionar, y luego preguntó—: ¿Es lo único que le contó, que su padre era J. J. Lawless?

—Sí, no estuvo muy comunicativa —respondió Strafford—. Pero, por lo que dijo, quedó claro que el padre Lawless y su padre, el héroe del IRA, no se llevaban bien.

—¿Ah, no? Vaya, menuda sorpresa. ¿Sabe usted algo del valiente J. J. Lawless?

Hacía honor a su nombre, aunque ganara una fortuna con la abogacía.[1] En la Guerra Civil disparaba a la gente en la cara, era su marca de fábrica.

—No lo sabía —replicó Strafford.

—Y metió a su mujer en un manicomio.

Strafford rascó con la uña del pulgar un poco de pintura descascarillada de la pared.

—Dijo que estaba atormentado.

—¿Quién? ¿J. J. o el cura?

—Se refería a su hermano.

—Bueno, habría sido un cura muy raro si no lo hubiese estado. Todos los curas están medio chiflados, pero no le cuente a nadie que se lo he dicho. Y, a propósito, por eso lo he telefoneado antes: lo han llamado a una audiencia con su excelencia reverendísima el arzobispo.

—¿El arzobispo?

—El doctor McQuaid en persona… ¿Quién si no? Tiene una casa allí, en las afueras de Gorey, en la costa. Es su refugio de verano, como suele decirse; su —soltó una risa— Castel Gandolfo, Dios sabe por qué estará allí ahora en pleno invierno. A lo mejor está de retiro espiritual, meditando sobre el estado de su alma. El caso es que tiene que ir a verle.

—¿Por qué?

—¿Y cómo quiere que lo sepa?

Strafford suspiró. Era un suceso preocupante; como si te llamaran a entrevistarte con Robespierre.

—He visto la historia en el Irish Press —dijo.

—Yo también. ¿Y qué?

—Supongo que el comunicado llegó del palacio, ¿no?

—Nosotros emitimos uno también, pero nadie hizo ni caso. Los asuntos de la Iglesia no son asunto nuestro.

—¿Ni siquiera cuando se trata de un asesinato? —Hackett guardó silencio—. Decía que se había caído por las escaleras —añadió Strafford.

—¿Y?

—Que no se cayó por ninguna escalera.

—Eso es un tecnicismo.

—No, no lo es; es la verdad. En mi opinión, lo que ha hecho el periódico es desinformar.

—Los periodistas se equivocan —dijo cansado Hackett—. Además, ¿qué importancia tiene cómo bajase? Podían haber dicho que bajó volando y habría dado igual.

—Cuando bajó esas escaleras estaba perdiendo sangre por una arteria principal. A ese hombre lo asesinaron.

—¡No me grite, inspector!

—¡No le estoy gritando! —Volvieron a guardar silencio. Para los dos fue como retroceder del borde del precipicio; de nada les serviría discutir. Strafford se movió inquieto en el hueco del rincón. El auricular estaba caliente y parecía respirar, como una boca en su oído. Los teléfonos le desconcertaban por la húmeda sensación de intimidad que le producían, todo lo que se decía por ellos sonaba como una insinuación—. ¿Han llegado ya los resultados de la autopsia? —preguntó.

—No hay nada en ellos que no supiéramos —replicó Hackett—. El cura murió del golpe y la pérdida de sangre: ahí tiene usted la ciencia, esta vez Harry Hall y sus secuaces se han superado. Fue un ataque «frenético», como dirían los sabuesos de la prensa.

—Sí, si llegaran a enterarse —puntualizó Strafford. Hackett prefirió hacer como si no le hubiese oído.

—A propósito —dijo el jefe, aclarándose la garganta—, había otra mancha en los pantalones del cura, además de sangre.

—¡Ah! ¿Y de qué era?

—De semen.

Strafford volvió a toquetearse los dientes con las uñas.

—¿Solo semen? —preguntó—. ¿Nada más? ¿No había fluidos femeninos?

—No. Supongo que hasta los curas se la cascan de vez en cuando.

—Sin duda.

Estuvieron en silencio al menos medio minuto, luego Hackett habló de nuevo.

—Vaya a ver a McQuaid —dijo—. Será lo de siempre: la discreción es vital, preservar el buen nombre de la Iglesia, proteger la reputación del hijo de uno de los mayores héroes de la madre Irlanda. Dígale lo que quiere oír. Pero cuidado. Es melifluo y nada idiota… ni mucho menos. ¡Ah!, y escuche, yo no le diría, ya sabe, lo de que se la cascaba.

Strafford se las arregló para arrancar la pintura de la pared; desprendió un leve olor a moho.

—Dígame, jefe. Me interesa saberlo: ¿se supone que debo resolver este caso o no?

—¿Qué quiere decir con que si tiene que resolverlo? —preguntó Hackett—. ¿Para qué cree que le he enviado allí?

—Me da la sensación de que todo el mundo estaría más contento si se quedara sin resolver. ¿Es eso lo que me va a decir el arzobispo con su estilo melifluo y nada idiota?

Hackett soltó otro suspiro cansino.

—Vaya a hablar con él, haga el favor. ¿Le importa? Le quedaría muy agradecido, de verdad.

—De acuerdo, señor. Iré a verle. Creo que podré mañana.

—Hoy, inspector. Hoy.

—Hoy. Sí. De acuerdo. Ahora iré.

Colgó. Le latía la oreja por la presión del auricular y le zumbaba la cabeza por las constantes interferencias de la línea. Apartó la cortina —su olor mohoso era otro eco de su infancia— y salió al vestíbulo. La casa le pareció de pronto un laberinto del que, fuese adonde fuese, no sería fácil encontrar la salida. A menudo se preguntaba si no debería buscar otra forma de ganarse la vida, pero ya era demasiado tarde.

Cuando llegó a la carretera de Dublín comprobó que estaba casi limpia de nieve y que era más fácil transitar por ella que por las carreteras secundarias que había estado recorriendo desde su llegada a Ballyglass. Encendió al máximo la calefacción. Cuando intentó poner en marcha la radio solo oyó un ruido de interferencias peor que el de la línea telefónica.

Era igual en todas partes, nada ni nadie quería hablarle con la claridad suficiente para que pudiera entender lo que decían.

Había poco tráfico. Cuervos solitarios, negros negrísimos, aleteaban despacio sobre los campos de nieve inmaculada. Un rebaño de vacas pintas esperaba en un rincón enfangado al escaso refugio de los árboles sin hojas.

Un coche había patinado en el puente de Enniscorthy y estaba cruzado en los dos carriles de la carretera por lo que, mientras lo apartaban, tuvo que esperar detrás de una fila de camiones de carbón vacíos que volvían del puerto de Rosslare Harbour. Dejó el motor en marcha; debía de tener rajado el tubo de escape, porque el coche se llenó de humo y tuvo que apagar el contacto. Mientras pasaba el tiempo, se dedicó a contemplar en silencio el río que fluía debajo de los arcos del puente como una turbia oleada de color gris plata. Intentó identificar patrones en el modo en que fluía, pero no lo consiguió. Más abajo, donde el río tenía espacio para ensancharse, el agua iba más despacio y aquí y allá se formaban remolinos en la superficie y luego se tragaban a sí mismos. En ambas orillas, la nieve se plegaba al llegar al borde como una gruesa manta de lana.

Pensó en la pregunta que le había hecho a Hackett, y cuanto más lo pensaba más insistente se volvía. ¿Lo habían enviado a Ballyglass solo para cumplir con la rutina de investigar el asesinato del cura y luego regresar a Dublín, después de unos días sin resultados, escribir su informe y archivarlo en un estante y dejar que cayera en el olvido, las páginas amarillearan y la carpeta se curvase por los lados? La vida no era como en las películas, se dijo —como si lo necesitara—, y la mayoría de los asesinatos no llegaban a resolverse. ¿Por qué iba a ser este caso distinto de tantos otros?

A esa pregunta solo podía dar, eso creyó, una respuesta: era diferente porque se lo habían asignado a él. Harry Hall podía estar demasiado aburrido para que le importase quién había apuñalado al cura y mutilado su cadáver, y Hackett podía temer las consecuencias de que descubriese al asesino. Pero él no era Hackett y, desde luego, no era Harry Hall. El arzobispo movería el dedo y se lo llevaría a los labios para recomendarle discreción, pero Strafford no quería ser discreto. Un hombre había muerto de una manera espantosa —solo en las novelas policíacas más amables el cadáver acababa en la biblioteca sin antes haber pasado, aunque fuese brevemente, por un infierno de angustia y sufrimiento— y su muerte merecía más que unos cuantos párrafos mentirosos en un periódico.

Por fin apartaron el coche a un lado, y los camiones empezaron a moverse trompeteando como elefantes y resoplando nubes gris azuladas de humo por el tubo de escape. Strafford encendió el motor, toqueteó el cambio de marchas como si estuviese despertando a un perro, soltó el embrague y siguió el viaje.

No se hacía ilusiones sobre la misión que tenía por delante. La muerte del cura era una molestia para todos —para los Osborne, para Hackett y sin duda también para el arzobispo— y todos preferirían que se olvidase. ¿Era él el único que se lo tomaba como una afrenta personal? No podía llorar, como Rosemary Lawless, por el muerto; no le pedían compasión. Hacía mucho que había perdido la fe en la posibilidad de la justicia, pero ¿no podría al menos conseguir una especie de ajuste de cuentas? No sería tanto pedir.

A un kilómetro de Ballycanew pasó por una placa de hielo y notó que los neumáticos perdían agarre; por un segundo o dos el coche pareció despegarse de la carretera y volar mientras se deslizaba con elegancia hacia la izquierda, subía a la cuneta cubierta de hierba, y el motor se ahogaba y se paraba. Strafford soltó las manos del volante, suspiró y blasfemó. Tendría que apearse, hacer una señal a algún vehículo, volver al pueblo por el que acababa de pasar, encontrar un teléfono y pedir ayuda. Maldijo de nuevo, esta vez con más violencia. Casi nunca maldecía; era cuestión de educación. Jamás había oído a su padre blasfemar ni decir palabrotas.

El coche, por suerte, era un bicho pequeño y resistente —él lo llamaba el jabalí— y solo tuvo que tirar una vez del estrangulador y, con gran alivio por su parte, el motor cobró vida con una sacudida y un estremecimiento. Siguió el viaje.

La casa del arzobispo estaba lejos de la carretera principal, al final de un zigzag de calles cada vez más estrechas que llevaban a un camino de barro con una cresta de hierba en el centro. Strafford se perdió y tuvo que parar a preguntar tres veces, una en una taberna y dos en una granja —que resultó ser la misma, para gran regocijo del granjero y su mujer—. La casa, cuando por fin la encontró, se alzaba en un promontorio solitario, delante del mar y del horizonte vacío. Era un edificio de una sola planta revestido de piedra, con ventanas sencillas y una puerta principal muy estrecha. Strafford tuvo que parar el coche, apearse y abrir una puerta de hierro negra que daba a un sendero corto de grava. A su izquierda, había un rebaño de ovejas desperdigado por una pendiente cubierta de nieve; a su derecha, al pie de unos toscos escalones de piedra, una playa se curvaba hacia el norte y enseguida se disolvía en la fantasmal niebla marina.

Al lado de la casa había aparcado un enorme Citroën negro en un cobertizo con el techo de hierro corrugado. Las ventanillas del coche tenían cortinas de tela que podían echarse para garantizar la intimidad episcopal; el cristal del parabrisas era tan grueso que Strafford dudó si no sería antibalas. La idea no era tan absurda, en vista del destino sufrido por el padre Tom Lawless a manos de una persona o personas con poco respeto por el clero.

Le abrió la puerta un anciano menudo de aspecto vagamente eclesiástico, con los ojos llorosos y una maraña de venillas rotas en los pómulos. Llevaba un delantal largo en forma de tubo, con el cordel atado con fuerza por delante. Strafford le dio su nombre y el hombre asintió con la cabeza y no dijo nada, solo le cogió el sombrero y la gabardina y le indicó con un gesto que pasara. Lo llevó por un pasillo oscuro, al final del cual abrió otra puerta que conducía a una habitación corriente en la que ardía un fuego de carbón. A cada lado de la chimenea había dos sillones idénticos de cuero y, entre los dos, una mesita cuadrada con las patas talladas con florituras. Sobre la repisa de la chimenea, había una reproducción de un cuadro, en tonos rosados y blancos pasteles, de un Jesús increíblemente apuesto de barba suave, con la cabeza inclinada con languidez a un lado, que señalaba con dos dedos a su corazón desnudo, sangrante y orlado de llamas. Su padre llamaba a esta estampa, que podía verse por doquier en la católica Irlanda, la Mujer Barbuda.

—Su excelencia estará enseguida con usted —dijo en voz baja el hombrecillo y salió y cerró la puerta sin hacer ruido.

Strafford fue a la ventana y contempló el mar de color peltre y un cielo de nubes sucias como polvo de tiza pisoteado. Las gaviotas daban vueltas y volaban en picado, vagas formas como fragmentos de nubes que se hubiesen desprendido.

La puerta se abrió a su espalda y entró el arzobispo. Se estaba frotando las manos, y por un momento Strafford recordó, de manera incongruente, la primera vez que vio a Sylvia Osborne, cuando irrumpió en la cocina de Ballyglass House haciendo el mismo gesto.

—Buenos días, inspector. Ha sido muy amable por venir con este tiempo tan inclemente.

—Buenas tardes, excelencia.

El arzobispo era un hombre adusto y delgado, de mejillas hundidas y orejas prominentes. Tenía los labios finos y la nariz gruesa y carnosa demasiado grande para su cara; sus ojos eran pequeños, agudos y despiertos, con los párpados ligeramente hinchados. Llevaba una sotana que le llegaba hasta el suelo con un ancho fajín de seda a la cintura y en lo alto de la cabeza larga y estrecha, un solideo de seda carmesí. Otro actor disfrazado para interpretar su papel, pensó sombrío Strafford. El hombre se adelantó y tendió mecánicamente el anillo de arzobispo para que Strafford lo besara, pero al ver que Strafford no tenía intención de hacerlo, alteró un poco el ángulo de la mano y la usó para señalar uno de los sillones, como si esa hubiese sido su intención en un primer momento. «Melifluo», había dicho Hackett; oh, sí, muy melifluo y muy siniestro.

—Siéntese, inspector, por favor —dijo—. ¿Puedo ofrecerle una copa de jerez? — Pulsó el timbre eléctrico que había en la pared de al lado de la chimenea—. Qué tiempo tan espantoso. He venido a descansar un poco, pero ahora me arrepiento. Esta es una casa de verano, y no hay forma de impedir que se cuelen las corrientes de aire y las rachas de viento helado del mar.

Se sentaron uno enfrente del otro. Strafford vio la punta de las zapatillas de terciopelo rojo del arzobispo que asomaban por debajo del dobladillo de la sotana.

—Sí —coincidió Strafford—, hace muy mal tiempo, es cierto.

El arzobispo le miró con una sonrisa gélida.

—Ah, bueno, no debemos quejarnos; el tiempo es otra de las pruebas que nos impone Dios, por el bien de nuestra alma.

Strafford notó cómo los ojillos agudos lo observaban con intensidad.

—Siento haber tardado tanto en llegar —dijo—. Había un coche bloqueando el puente en Enniscorthy, y luego me salí de la carretera en Ballycanew.

—¡Oh, Dios mío! ¿Está usted bien? ¿No se ha hecho daño? ¿Se ha estropeado el coche?

—No. He vuelto a ponerlo en marcha como si nada.

—Me alegra oírlo. —Se oyó un golpecito en la puerta y el hombrecillo del delantal volvió a aparecer. El arzobispo le llamó Luke y le pidió que trajera el jerez; el hombrecillo asintió con la cabeza y se fue—. No sé qué es lo que haría sin el pobre Luke —dijo el prelado—. Lo pasó muy mal en la guerra, en la primera. Neurosis de guerra. Lleva conmigo más tiempo del que ambos podemos recordar.

Se produjo un silencio. El arzobispo ladeó la cabeza y miró el fuego, donde un carbón estaba emitiendo un agudo silbido. Fuera se oían los gritos de las gaviotas y, de fondo, el suave susurro de las olas en la orilla.

—Qué espanto lo de Ballyglass —dijo el arzobispo con los ojos fijos en las llamas. Había apoyado los codos en los brazos del sillón y juntó las manos con los pulgares entrelazados. Sus manos estaban tan exangües como su rostro.

—Sí, es espantoso —coincidió Strafford.

Reparó en que estaba respirando a todo pulmón, como un luchador, pensó irónico, al salir al cuadrilátero.

El criado Luke volvió con una botella de jerez y dos copitas muy ornamentadas en una bandeja redonda de madera cubierta con un tapete de encaje. También había otra bandeja con galletas Marietta. Luke dejó la bandeja de las copas en la mesa y llenó con cuidado las copas del vino marrón oscuro y glutinoso con la mano temblorosa.

—¿Alguna cosa más, excelencia?

—No, por ahora no, Luke, gracias.

—Entonces iré a Gorey, nos hacen falta huevos.

—Claro, Luke, claro. —Otra vez esa sonrisa fría y seca a beneficio de Strafford —. ¡No podemos quedarnos sin huevos!

Luke asintió con la cabeza y volvió a marcharse, cerrando otra vez la puerta con cuidado y sin ruido; podría haber sido la puerta de una cripta.

El arzobispo le dio una copa a Strafford. Bebieron. El jerez estaba dulce como un jarabe.

—Estas copitas —dijo el prelado, sosteniendo la suya a la altura de los ojos— fueron un regalo del cardenal Mindszenty, directas de Budapest. Llegaron en valija diplomática; sabrá usted, claro, que el cardenal vive en la embajada estadounidense, donde le concedieron asilo después de que los soviéticos aplastaran el alzamiento húngaro. Si lo que dicen los periódicos sobre la situación allí es cierto, y me temo que lo es, es probable que tenga que quedarse bastante tiempo. Otro de los guerreros de la Iglesia perseguidos por defender la paz.

Strafford sabía lo de Mindszenty y su oposición a los comunistas, lo de su encarcelamiento y tortura; también estaba al tanto de las acusaciones contra él de ser un nazi entusiasta y un antisemita implacable. Supuso que había sacado su nombre a colación como una especie de prueba, pero, si lo era, Strafford no entró al trapo y guardó silencio. Bebió otro trago de jerez.

Fuera oyó el gruñido del motor del Citroën al ponerse en marcha; debía de ser Luke que iba a comprar huevos.

—Excelencia, ¿puedo preguntar por qué me ha hecho llamar?

—¡Oh, pero si no le he hecho llamar! Le dije al inspector jefe de la Garda… ¿Conoce usted al inspector jefe Phelan? Es un buen hombre, un hombre de fiar, le dije que sería bueno que usted y yo tuviésemos una conversación. —Otra vez desvió los ojos hacia el fuego—. ¡Pobre padre Lawless! ¡Qué crimen tan horrendo!

—¿Conoce los detalles de la muerte del padre Lawless?

—Desde luego que sí. El inspector jefe Phelan me ha telefoneado hoy, después de saber los resultados de la autopsia. Se ha cometido un pecado espantoso. El padre Lawless, Dios se apiade de su alma, era uno de los sacerdotes más populares de la diócesis… de todo el condado, de hecho de toda la provincia de Leinster. Su muerte es una enorme tragedia. ¿Quiere otro traguito de jerez? ¿No está muy fuerte el fuego? Tal vez podríamos apartar un poco los sillones. Estos días me afecta mucho el frío.

—Monseñor, el Irish Press ha publicado hoy una columna…

—Y el Independent también. Aunque veo —frunció los labios— que no ha salido en el Irish Times. Supongo que leerá usted el Times. Tengo entendido que es usted uno de nuestros hermanos separados.

—Mi familia es protestante, sí; si es a eso a lo que se refiere —dijo cohibido Strafford, que estaba decidido a no dejarse enredar—. Solo he visto la del Irish Press.

—La noticia en el Independent era muy parecida.

—Como sabrá por su conversación telefónica con el inspector jefe Phelan, la noticia es, como mínimo, incompleta.

El arzobispo dejó la copa en la bandeja, se dio la vuelta en la butaca, cogió el atizador, lo clavó en el fuego y atizó con fuerza las brasas.

—Imagino —dijo— que habrá sido porque el resultado de la autopsia no se ha conocido hasta esta mañana y los periódicos salieron anoche. —Se recostó en el sillón, volvió a apoyar los codos en los reposabrazos y una vez más juntó las yemas de los dedos—. La gente olvida a menudo —añadió, mirando al techo— que los periódicos siempre publican noticias atrasadas. La radio, claro, se supone que es mucho más inmediata, pero a menudo me he dado cuenta de que las noticias de la radio apenas se diferencian de las de los periódicos. De hecho, tengo la sospecha de que los de Radio Éireann se basan más en las noticias de los periódicos de lo que están dispuestos a admitir. ¿O estoy siendo mal pensado? —Frunció de nuevo los labios, pero esta vez sonrió casi con picardía—. ¿Usted qué cree?

Strafford dejó también la copa, con la mitad del jerez imbebible sin beber.

—Doctor McQuaid —dijo—, dentro de un par de días enviaré mi informe sobre la muerte del padre Lawless. Ya he mandado por medio de un colega mis conclusiones preliminares a mi superior en Dublín. Dice usted que los resultados de la autopsia se conocieron esta mañana; no es cierto, es decir, lo que se ha publicado es una versión muy selectiva de los mismos. El padre Lawless no murió por una caída; si el inspector jefe Phelan le ha dado todos los detalles de lo que ha descubierto el patólogo, ya sabe usted cómo murió. Cuando los periódicos se enteren de los verdaderos detalles del caso…

—Cuando… —murmuró el arzobispo. Estaba mirando sus dedos en punta con una expresión deliberadamente preocupada. Strafford no dijo nada al principio, pero él también entrelazó los dedos, con los pulgares hacia fuera y se inclinó hacia delante en la silla.

—Me gusta pensar que solo tengo una cosa en común con los periodistas —dijo — y es la curiosidad. Aquí hay una «historia», como dirían ellos, una historia trágica, pero también sensacionalista, y puede estar seguro de que querrán publicarla.

El arzobispo, sin mover la cabeza, desvió la mirada de la yema de los dedos al hombre que tenía delante.

—Querrán publicarla, claro —dijo en voz baja—. De lo contrario no estarían haciendo su trabajo. Pero ¿cree usted que llegarán a enterarse?

—Lo que creo es que hay cosas demasiado grandes para ocultarlas.

El arzobispo se sentó más erguido, ladeó un poco la cabeza y miró de reojo a Strafford.

—«Ocultarlas» es una palabra que me preocupa.

—¿Puedo preguntar, excelencia, qué palabra usaría usted?

—«Callarlas» sería más exacto, en este contexto. ¿No cree?

Strafford hizo ademán de responder, pero el arzobispo, sonriendo, alzó la mano para cortarle y, todavía sonriendo, se levantó de la silla, fue a la ventana y se quedó allí con las manos a la espalda, contemplando el frío y desolado paisaje del mar de color gris metálico y el cielo aún más gris.

—La nuestra es una nación joven, inspector Stafford.

—Strafford.

—Perdóneme: Strafford. Como digo, es una nación joven, que conserva intacta la mayor parte de su inocencia primitiva. Si nos hubiesen dejado, habríamos madurado. Pero siglos de opresión nos han mantenido retrasados, dominados y, como digo, inocentes. —Se volvió y miró a Strafford—. Espero no ofenderle diciéndole estas cosas. Su gente…

—¿Mi gente? Con el debido respeto, excelencia. No soy uno de los opresores ingleses de los que habla. Soy tan irlandés como usted.

—Claro, claro. —El arzobispo se apartó de la ventana para mirar a su invitado—. Pero recuerdo que una vez la gran novelista angloirlandesa, Elizabeth Bowen, me dijo, fue en una fiesta ofrecida por el embajador británico, una tarde de verano en el jardín de detrás de la embajada en Merrion Square, recuerdo que me dijo que su sitio estaba en algún lugar en mitad del mar de Irlanda, entre Irlanda e Inglaterra. Me pareció muy ingenua y reveladora. Debe de ser raro estar encallada así. Aunque, claro —dejó escapar una leve risa—, en sentido estricto no se puede estar encallado en mitad del mar.

Volvió despacio hasta la chimenea, con la cabeza baja, mirándose la punta de las zapatillas que aparecían, una detrás de la otra, debajo de la sotana. Se detuvo delante del fuego y extendió las manos que, delante de las llamas susurrantes, estaban tan pálidas como el esqueleto de una sepia.

—La señora Bowen es protestante, claro. Siento el mayor respeto por su Iglesia y por su credo, que ha producido tantas nobles inteligencias… o sensibilidades, si me permite decirlo así. Pero, en fin —soltó un pequeño suspiro—, el protestantismo no es tanto una religión como una reacción contra una religión. —Sonrió a Strafford con una mirada gélida—. Insisto, no se ofenda usted, por favor. No hago más que señalar un hecho. ¿Qué fue la Reforma, después de todo, sino una protesta contra los defectos de la Iglesia de Roma? Una protesta justificada, siento decirlo, en los días de Lutero y sus seguidores. No es casualidad que la palabra «protesta» siga formando parte del nombre mismo de su fe.

—Me educaron como miembro de la Iglesia de Irlanda —dijo Strafford.

—¡Ah, sí! Pero, como dijo el polifacético Shakespeare, ¿qué es un nombre?

El arzobispo, todavía de pie delante del fuego, apoyó una mano en la repisa de la chimenea e inclinó la cabeza hacia las llamas, lo que dio un tono chillón a su rostro fino y pálido.

Strafford se levantó de la silla y miró su reloj.

—Monseñor, esta conversación me parece muy interesante, pero no tengo tiempo para discusiones teológicas…

—Sí, sí, sí, ¡discúlpeme! Sé lo ocupado que debe de estar. Pero la muerte del padre Lawless ha sido un golpe para todos y será un golpe especialmente fuerte para sus parroquianos y para los católicos en general.

—Para todo el mundo en general, sean católicos o protestantes, ¿no cree?

—Claro, sí, eso he dicho… para todos.

Los dos hombres estaban de pie, observándose. Strafford notó el calor del fuego en la pernera del pantalón. Miró hacia la ventana y vio que otra vez había empezado a nevar sin demasiada fuerza. Pensó en las carreteras; no le gustaría quedarse atrapado ahí, en ese sitio frío con ese hombre frío. Volvió a consultar el reloj.

—Sí, tiene usted que marcharse, lo entiendo —dijo el arzobispo levantando conciliador las manos—. Pero antes de que se vaya, unas últimas palabras, ahora que tenemos ocasión. —Bajó los ojos—. Como le he dicho, conservamos, como nación, un notable, algunos dirían que deplorable, grado de inocencia. En muchos sentidos somos como niños, tenemos la sencillez y el encanto de un niño y, al mismo tiempo, he de confesarlo, la capacidad para el mal de un niño. Tardaremos mucho en alcanzar la madurez. Al fin y al cabo, crecer es un proceso lento y a menudo doloroso que no conviene forzar. Algunos de nosotros tenemos el deber de juzgar qué es lo mejor para la congregación, discúlpeme, para la población en general. Como dice el señor Eliot, estoy seguro de que estará usted familiarizado con su obra: «Los hombres no soportan demasiada realidad». El contrato social es un documento frágil. ¿Entiende mi punto de vista?

Strafford se encogió de hombros.

—Sí, supongo que sí. Pero aun así, la verdad…

—¡Ah, la verdad! —El arzobispo volvió a levantar las dos manos—. Qué concepto tan difícil. No hay mucho que decir a favor de Poncio Pilatos, pero uno siente una chispa de comprensión cuando preguntó, en su impotencia: «¿Qué es la verdad?».

—En este caso, doctor McQuaid —dijo Strafford despacio—, la pregunta es fácil de responder. El padre Lawless no se cayó por las escaleras y se partió el cuello; lo acuchillaron en el cuello y luego…

El arzobispo, que había bajado las manos, volvió a alzarlas por tercera vez y cerró los ojos mientras movía la cabeza.

—Basta, basta —suspiró—. Sé por el inspector jefe Phelan lo que ocurrió después. —Hizo una pausa, dio un paso hacia Strafford y volvió a hablar—. ¿De verdad cree, inspector, que la divulgación pública de unos hechos tan espantosos puede traer algo bueno?

—Como el asesinato, excelencia, la verdad acaba sabiéndose, por muy espantosa que sea.

El arzobispo sonrió.

—El mercader de Venecia, sí. Es usted un hombre muy leído. —«Para ser un policía», imaginó Strafford que le habría gustado añadir—. Pero la vida es real, no una obra de teatro, y algunos aspectos de la realidad, ¿cuál fue la palabra que utilicé antes?, es mejor callarlos. Veo que no está usted de acuerdo. En fin, haga lo que considere más oportuno. Usted tiene sus obligaciones —sus ojos adquirieron un brillo duro— igual que yo tengo las mías.

Strafford se estaba preparando para marcharse. Luke no había vuelto de hacer la compra y se preguntó dónde estarían su gabardina y su sombrero. El arzobispo le puso una mano en el hombro y fueron juntos hacia la puerta.

—Gracias por venir desde tan lejos, inspector, en estas circunstancias. Quería conocerlo en persona. El inspector jefe habla maravillas de usted; cree que tiene un brillante futuro por delante, como inspector.

—Me alegra saberlo —dijo secamente Strafford—. No es un hombre muy dado a los halagos.

—No —dijo abstraído el arzobispo—; no, desde luego. A menudo pienso en lo difícil que debe de ser para un joven abrirse paso en el mundo actual. Han sucedido tantas cosas terribles en nuestra época, tantas guerras y revoluciones, tanta muerte y destrucción. —Se detuvieron en el vestíbulo—. Una vez más, gracias por venir. —Al llegar a la puerta principal, el prelado esbozó apenas una sonrisa pálida, mientras los ojos le brillaban—. Esté seguro, inspector, de que observaré sus progresos con el mayor interés. —La gabardina y el sombrero de Strafford colgaban del perchero en la puerta—. Aquí están sus cosas; ¡qué gabardina tan fina con el frío que hace!

Cuando abrió la puerta, se coló una ráfaga de aire helado que arrastró consigo un remolino de copos de nieve, uno de los cuales se posó sobre la frente de Strafford, como para darle una bendición helada.

Se apresuró entre la nieve hasta el coche, subiéndose el cuello de la gabardina. Al alejarse en el automóvil, volvió la vista atrás y vio al arzobispo en la puerta con una mano levantada para despedirse. Tenía nieve en la pechera de la sotana. No parecía importarle. Un hombre frío, en un mundo frío.