Pintado sobre el vacío

Manuel Arce · Capítulo 1 de 17

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Pintado sobre el vacío

Capítulo I

 

D ESDE la ventana de la alcoba Benjamín Borbolla contempla el paisaje. Hay en sus ojos como un vehemente deseo de hacer suya esta calma especial que parece flotar en el valle.

De madrugada ha llovido con suavidad y se advierte sobre las tierras. Aún los árboles apenas si tienen hoja. Todo está ligeramente húmedo y empañado. Hasta en la palidez azul del cielo, y en lo temerosamente que el sol se va izando desde la otra parte de los últimos picachos, se adivina la caricia nocturna de la lluvia.

Benjamín se pasa una mano por la frente. Por primera vez, desde hace meses, ha dormido de un tirón. Madrid está muy lejos para él. Piensa en Ramiro Ávila, en Blázquez, en Calleja… en la vida literaria… Todo se ha quedado muy lejos. No puede evitar el recordar a Eusebio y se estremece. ¿Y si no es él quien está equivocado, sino Eusebio que ha querido pasarse de listo?… ¿Y si toda la tremenda duda que le amarga no es otra cosa que el resultado de unas sutiles sospechas de Eusebio? No puede creer en el suicidio de Adela y, sin embargo…

Benjamín Borbolla respira profundamente. Aquí en el pueblo los días se le han pasado sin sentir. Tres días ya y aún no se ha atrevido a abrir su diario. ¿Qué teme encontrar en él?… Sí; éste es el descanso que necesita… Lo que el doctor Gálvez le ordenó… María y Felipe habían contribuido a la fugacidad aquella de los tres días en los que ni siquiera había querido salir de casa…

Hoy sin embargo, Benjamín Borbolla se ha decidido a dar un paseo. Bien sabe que este paseo no lo dará solitario. Adela irá con él, en su pensamiento. Porque Adela es una parte de este paisaje que él está viendo desde la ventana.

Benjamín Borbolla baja a la cocina. María le tiene preparado el desayuno. Como de costumbre: un tazón de leche y mantequilla. María le pregunta si ha descansado bien. Sí, muy bien. Gracias. María le dice que todavía no sabe qué comidas son las que le apetecen. Pero él come de todo. Benjamín Borbolla encuentra excelente el desayuno y se lo dice y María se alegra y le asegura que es la única manera de engordar, cosa que le hace falta, porque está como una percha y pálido como un cadáver. También le dice que la noche de su llegada no le habían reconocido…

María le acompaña hasta el zaguán. Le pregunta si piensa saludar a don Arsenio, pero él dice que no; que prefiere dar un paseo por el campo. Se disculpa diciendo que le duele un poco la cabeza. Cosa de nada.

Benjamín sale al camino. El sol está más alto. Una tibieza agradable le templa el cuerpo. Benjamín Borbolla se interna en un húmedo sendero que serpentea por medio de unas rastrojeras. El senderillo va descendiendo insensiblemente, atraviesa un bosquecillo de alisas y conduce hasta el río. Benjamín ha llegado hasta el final de este sendero. El río viene crecido. El río discurre entre cantos y arrastra toda la clase de maleza. La ribera está cubierta de leños, de escajos y de helechos. Y también las aguas muertas de la orilla, ajenas al tumultuoso precipitarse de la corriente central. Él contempla el discurrir de las aguas y algo le hace seguir aquel camino que marcha paralelo al río, ribera abajo. El sendero apenas está insinuado sobre la mala hierba que crece entre el río y la ringlera de avellanales que resguardan los sembrados de las avenidas que el invierno precipita desde las cumbres. Borbolla conoce bien esta parte del río: de muchacho se bañó en estos lugares. A veces se dejó arrastrar por la corriente hasta la desembocadura…

El río acaba internándose mansa y anchamente en el mar. Pero mucho antes su lecho comienza a verse arenoso y las aguas pierden su potable pesadez para convertirse en marineras. Todo esto lo sabe Benjamín Borbolla. Ve que la marea está baja. Cuando la marea sube, las aguas del río suspenden su frenética carrera hacia la mar desde mucho más arriba… Las fuertes mareas de septiembre llegan hasta el molino y cuando se retiran dejan en los sembrados ribereños restos de una vegetación salada y submarina. Todo esto lo sabe él.

Han pasado seis años. No quisiera pensar… y sin embargo… También entonces era primavera. Todo se expresaba con los verdes tiernísimos de los primeros brotes. Él había cortado una rama de avellano y Adela se colgaba de su brazo. ¡Eran felices! Él entonces no lo sabía. Tampoco ahora podría decir en qué consiste la felicidad. Comienza a sospechar que la felicidad no es un algo concreto y específico que nos habita, sino simplemente «aquello»: algo que sobrevenía de pronto… Algo que en aquel tiempo, en aquellos momentos, a Adela y a él los envolvía. Ahora sí sabe que han sido felices; que cuando paseaban, hacía seis años, por este mismo sendero, ambos participaban de tal estado. «Bésame», le dijo Adela. Lo recuerda. Y él la besó. La besó una y otra vez. Hasta agotar la respiración; hasta que estuvieron a punto de caer al río; hasta que ella protestó… «¿Eres feliz?» Y él le coge el mentón. «¡Feliz!… ¿qué es eso?…» Adela le mira con reproche. A él le gusta jugar con las preguntas de Adela. ¡Son tan ingenuas!… «No sé lo que es… pero ¿lo crees?, di…» Y él responde que sí. «Bésame otra vez». «¡Nos van a ver!» «¡Es igual: que nos vean!…» No la deja seguir. Aún siente en los labios la huella de su boca y ya le está diciendo: «¡Antes eras tú quien temías que pudieran vernos!…» «Antes era diferente». «Era igual…» «No: era diferente… no estábamos casados…» «¡Pero nos queríamos igual!» «Es posible…» Caminaban hacia la desembocadura del río…

Sí; lo recuerda bien. ¡Parece que la está viendo! Adela va colgada de su brazo. Adela es pequeña: apenas le llega al hombro. Cuando está descalza es aún más pequeña: casi parece una niña. A él le gusta que su mujer tenga, precisamente, esta estatura. Por las noches ella se queda dormida con la cabeza descansando en su hombro. Y a él le gusta sentirla así, muy próxima, separados apenas por la suave frontera de la piel… Adela caminaba cogida de su brazo y la cabeza rozándole el hombro. Caminaba en silencio. De pronto se detenía: «¿Te acuerdas lo que nos pasó en el Retiro cuando éramos novios?» Y apenas hecha la pregunta mira hacia otra parte como si el lejano acontecimiento la ruborizase. «¿En el Retiro?…» «¡Sí, con el guarda!» Y ríen los dos. «Tú te pusiste muy serio… ¡Nunca se me olvidará!… ¿Por quién nos ha tomado? —le dijiste—. Sí: ¿por quién nos ha tomado?… ¿Recuerdas que te pusiste muy digno? Y yo tratando de calmarte… ¡Me sentía tan avergonzada!… La gente empezaba a mirarnos y tú, nada: ¡discutías!…» ¡Claro que lo recordaba! Y también lo recuerda ahora y hasta sonríe y su sonrisa tiene un fugaz aleteo de lejana alegría.

Benjamín Borbolla ha dejado tras él las tierras de labrantío y comienza a pisar las junqueras que crecen en la duna, a la desembocadura del río.

El mar es de un azul pálido en la lejanía; entremezclado de grises y de verdes a lo largo de la costa; espolvoreado de espuma blanca entre las escolleras. La gran roca que se eleva allí, a trescientos metros de la desembocadura, parece más grandiosa con la baja marea. Se llama El Castro. Vuelan gaviotas sobre él. Las gaviotas anidan en la cima. Cuando Benjamín Borbolla era un niño, Felipe le llevó un día al islote. Emplearon la barcaza del molino para llegar hasta El Castro. Llevaron una cesta para llenarla de huevos. Los huevos de las gaviotas eran buenos y sabrosos. Felipe los había probado en varias ocasiones. No tuvieron suerte: antes de llegar a la cima, el cielo comenzó a cubrirse de enormes alas. Las gaviotas protestaban del asalto; las gaviotas graznaban y se arrojaban violentas sobre ellos, a picotearles. El roce de sus alas era agudo. Benjamín Borbolla recuerda cómo se cubrió la cabeza con el cesto. A Felipe le hicieron sangre en una mano. El regreso fue jadeante y desordenado. Encallaron la barcaza en la arena de la playa y se sentaron a descansar. Parecían haber librado una batalla. Sobre El Castro las gaviotas continuaron mucho tiempo graznando asustantemente… Benjamín aún recuerda ahora cómo aquellos graznidos se confundían con el batir del mar y cómo el viento los arrastraba hacia ellos en una orquestación intermitente, sonora, escalofriante…

Hoy el mar apenas parece rozar la costa y, sin embargo, flota en la atmósfera un silencio poblado de embates sonoros y lejanos. Benjamín Borbolla trata de divisar las ruinas celtohispánicas que aseguran que hay en El Castro. No logra verlas. Sigue a lo largo de la duna y llega hasta la playa. La playa hace una media luna y está resguardada de los vientos del noroeste por unas altas escolleras. Las olas rompen con suavidad. El sol brilla sobre la arena húmeda cada vez que las olas regresan al mar en repliegues maestros. Borbolla piensa en un lienzo de Chirico: la misma soledad; igual poder de sugerencia… ¡Si apareciese de pronto un caballo brioso, de largas crines!… Tal vez no: tal vez era mejor así. Resultaría demasiado falso… ¿Por qué pensar ahora en Chirico?

El paisaje estaba ahí, frente a él. Un paisaje siempre virgen. Cada día igual y, al mismo tiempo, distinto cada día. Cada día diferente y siempre verdadero. Y él, ¿quién era?… ¿Por qué no ver las cosas sencillamente?… ¿Por qué no saberse desnudo frente a esta verdad sencilla y natural? Poder ver el mar, el campo y disfrutar lo que encierran en sí mismos… Gozar la naturaleza sin postizos literarios… Sin falsos prismas conceptuales o estéticos… O, ¿acaso es tarde para él?

Benjamín regresa por el camino de la playa. El sendero bordea un promontorio de rocas antes de adentrarse en el bosque de pinos. Hasta el pinar llegan las gaviotas en días de tormenta. Cuando vuelan sobre los pinastros, sus graznidos se escuchan desde el pueblo. Es un poco más largo este camino. Cuando Benjamín Borbolla sale a la carretera general, se encuentra un poco cansado. Está más animado sin embargo. Hasta le parece notar apetito. Ahora comienza a estar seguro de que se repondrá totalmente. Piensa en Adela, en su accidente y, por primera vez, su conciencia recibe este recuerdo sin el menor sobresalto. ¿Por qué no volver sobre su vida?… Pasará la tarde leyendo. ¿En su habitación?… ¿En el campo? Da lo mismo… Es posible que sufra con la lectura, pero necesita una respuesta. No puede condenarse a vivir con el peso de esta duda. Su diario ha de darle la respuesta.

Benjamín Borbolla camina por un bosquecillo de hayas. De pronto, algo distrae su pensamiento: un pájaro; un pájaro que canta. «Mi canto es como el del pájaro.» ¿De quién era?… Ya lo recuerda: Goethe. «Si un pájaro supiera decir precisamente lo que canta, por qué canta, y qué es lo que canta, no cantaría.» ¡Un pájaro! Nunca sabrá por qué, cada vez que piensa en los pájaros, se acuerda de su corazón… Efectivamente él había sido feliz. Hacía seis años, cuando paseaba por la ribera del río llevando a Adela colgada de su brazo, él era feliz aunque no lo supiera. O, acaso, porque no lo sabía. Exactamente igual que el poeta: igual que el pájaro de Goethe. «¡Qué lejano todo aquello!… ¡Adela…!» ¡Había sido necesaria su muerte para salvar el abismo que les separaba!

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