Pintado sobre el vacío
Capítulo II
L AS gaviotas se posan sobre las aguas y tornan a elevarse rápidamente. Algunas hacen un vuelo bajo, casi rasante al mar. Las gaviotas van y vienen. Y también se quedan como suspensas sobre el agua, aleteantes, indecisas y reanudan el vuelo de pronto. Otras veces las gaviotas hunden sus picos en las verdosas aguas y arramplan con su presa vuelo arriba. También hay unas cuantas al final de la playa, muy cerca del festón con el cual ribetean las olas la dorada arena. Se hallan muy tiesecitas recibiendo el viento de pechuga.
Benjamín Borbolla, sentado entre las junqueras, observa este trajín de las aves. Una gran serenidad envuelve el paisaje. Una soledad poblada, para él, de invisibles testigos. Benjamín presiente esta oculta compañía. Teme que, cuando el sol se apague tras de los árboles que parece estar coronando con el metal encendido de su forma, la playa se llene de fantasmales figuras. Algo así como si el mar vertiese de su fondo los invisibles seres que lo mueven y lo encrespan. El corazón de Benjamín Borbolla parece querer acelerar el empuje de su sangre. Siente cómo esta sangre le llega a la cabeza; cómo le bate en las sienes, cómo se le desparrama por la frente. Es como un mar encrespado esta sangre. El corazón le late con fuerza. Tiene la mano puesta sobre su latido y no puede calmarlo. ¿Qué piensa? ¿Qué recuerdos dejan en su frente estas continuas oleadas de su sangre?… ¿Qué ha vertido a la playa de su pensamiento esta sangre que le llega de su corazón enfermo y asustante?
Benjamín parece seguir el vuelo de las gaviotas, pero no es así: se encuentra lejos. Está en Madrid. Es un día destemplado y plomizo de diciembre. Va mirando los números de los portales. Al fin encuentra el que busca. La casa es vieja. Tiene un largo portal que llega hasta el patio. La escalera es inmensa, destartalada… Recuerda que unos niños jugaban en el descansillo del primer piso. Fueron ellos quienes le dijeron en qué piso vivía el tranviario. Él llevaba la dirección completa pero quiso asegurarse. Se la había dado el propio juez que procedió a levantar el cadáver. El juez comprendió inmediatamente su deseo. Le parecía lógico. Él le dijo que deseaba saberlo todo: cómo iba ella en aquel momento… Acaso el tranviario había visto su rostro… El juez le comprendía perfectamente… Benjamín Borbolla deja caer el llamador. Bajo el llamador hay un letrerito María, planchadora. La puerta se abre. Pregunta por el tranviario. Es una joven muy delgada quien le ha abierto. Le dice que no está. Le explica su necesidad de verlo y, como el tranviario no puede tardar, la joven le invita a que entre. Le ha pasado a un cuarto grande, destartalado. Hay ropa amontonada por todas partes. Ropa recién lavada y lista para la plancha. María, la planchadora, trabaja al otro lado de la mesa. Sí; don José resulta ser su marido. Le invitan a sentarse. María no cree que tarde. La jovencita delgada trae para él una silla de la alcoba. Él agradece la atención y se sienta. Está cansado. Hace allí un calor sofocante. La silla se va un poco hacia los lados. La planchadora no le quita ojos. Él procura disimular lo incómodo que se encuentra en aquella silla. La planchadora dobla una camisa. Le pregunta si pertenece a la Compañía donde trabaja su marido. Él le dice que no. La planchadora extrae alfileres de su acerico y los coloca, delicadamente, sobre la tela de la camisa. El acerico es rojo. Tiene forma de corazón. Le pende de una ancha cinta sobre su seno caído y voluminoso como si se tratase de un gran escapulario. Este acerico en forma de corazón está acribillado a alfilerazos y bastante deteriorado. Borbolla piensa que es un corazón muy usado, muy trabajado y excesivamente malherido. Y no sabe si es la inestabilidad de la silla o el acerico de la planchadora lo que le produce desasosiego. Pero se encuentra enfermo. Tiene la impresión de que la sangre no le llega a la cabeza. Todo se nubla un poco y luego se le pasa. La planchadora va de una a otra parte. Cojea un poco al andar. Le muestra una pierna vendada. Le explica que tiene varices y le habla de don Gregorio, el médico que la asiste. Él afirma con la cabeza absurdamente. Hace calor en la habitación. Llaman a la puerta. Se trata de don José. Al fin podrá saber si sus inquietudes tienen o no fundamento; si sólo son figuraciones que su conciencia juzgadora ha desorbitado hasta convertirlas en obsesionante pesadilla. Sabrá la verdad. Una sola palabra de este hombre puede revelársela. Hasta un simple gesto de su rostro descubriría si la muerte de Adela ha sido un accidente… o un suicidio. ¿Y si Adela se ha suicidado?… Si Adela llegó a descubrir sus relaciones… y en una desesperada reacción histérica dispuso de su vida… ¿De qué puede servirle conocer la verdad, si la verdad encierra tan horrenda determinación en Adela? ¿Cómo vivir conociendo este secreto de su muerte? Don José le escucha atentamente. Se hace cargo de que el visitante tiene algo importante, algo muy importante que preguntarle y que desea hablar a solas. Don José no puede sospechar de qué se trata y, acaso por esto, le mira un poco recelosamente. Pero le lleva por un largo pasillo y le cede el paso a una alcoba. Ya están los dos solos, frente a frente. Él ve su propia imagen reflejada en el espejo. El luto acentúa la palidez de su rostro. Fue tan inesperado ese encontrarse frente al espejo del armario que tardó en reconocerse. Además su delgadez… No sabe cómo empezar. El tranviario le mira inquisitivo: «¿Usted dirá…?» «Mi mujer murió a causa de un accidente…, el mes pasado… El día 15…» Don José, el viejo tranviario, ha empalidecido. «¿Su mujer?» Y él asiente nervioso con la cabeza. «¿Usted era el marido de la muerta…? Usted… Créame, ¡lamento mucho lo que pasó…! Yo, la verdad, yo… ¡Aún no sé cómo pudo ocurrir…! ¡No existe el menor peligro en esa parte del recorrido…! ¡Jamás, jamás ha pasado nada: ni el menor rasguño…!» Casi no puede atender a las palabras del tranviario, ¿Qué ha querido decir…, qué puede él deducir de tales palabras? «No existe el menor peligro en esa parte del recorrido…» «Me retiran dentro de dos meses… Nunca he pillado a nadie… ¡Ni un solo rasguño!…» Comienza a notar que le falta el aire. El corazón le late aceleradamente. Sus rodillas parece que van a doblarse. Un sudor frío transpira su frente. Hace un esfuerzo: «He venido a saber… algo muy confidencial lo que quiero preguntarle… He venido a que me diga… a que usted me diga cómo fue…, cómo pasó… ¿Vio usted su cara?… ¿Cree usted que mi mujer… que ella quiso…?» No puede seguir. Pero no hace falta. Don José, el tranviario, ha comprendido; ha comprendido perfectamente y le mira entre asustado y pensativo. Le mira como no viéndolo: como si lo que viese fuere la escena del atropello. Él está suspenso de esta mirada. Quisiera ver por los grises ojos del tranviario esta misma escena que indudablemente el viejo está reconstruyendo en su memoria. ¿Cuál será su respuesta?… Don José niega, aún pensativo, con la cabeza. «No, no lo creo… No podría afirmar tal cosa… ¡Dios me libre!… Es difícil: ¡fue todo tan rápido!… Ella era un bulto más en la acera… Y, de pronto, ¡zas! Me di cuenta de que estaba bajo las ruedas… ¡Perdóneme: no puedo afirmarle nada!… ¡Ni siquiera había pensado en el suicidio!… ¡Después… es tan horrible una cosa de éstas! Yo estuve varios días sin poder comer…» Benjamín no desea saber más. Está viendo su figura en el espejo, lívida, casi cadavérica, que se desvanece y vuelve a tener forma. Se da cuenta de que está a punto de caerse; de derrumbarse como un saco vacío sobre el piso. El corazón le late descompasadamente: tres o cuatro latidos muy fuertes, inusitados y, de súbito, deja de sentirlo. ¿Qué le pasa? Todo oscila en su torno. Hasta la cama…
Todavía ahora, al recordarlo, a Benjamín Borbolla le parece que se está viendo en aquella horrible alcoba empapelada de gris; respirando aquella atmósfera agobiante de resudores que emanaban de las sillas; del alto colchón hundido por su centro; del vaso de agua con su platito encima… De aquella atmósfera más hecha de usos íntimos que de aire. Sí, Benjamín Borbolla, aún ahora, sentado entre las junqueras, rodeado de noche, cree poder confundir el brillo que la pálida luna posa sobre las aguas con aquel destello que producía la bombilla al reflejar su luz en el espejo del armario, en casa del tranviario…
Salió enfermo de aquella casa. La noche la pasó en vela. Sus dientes chocaban unos con otros por causa de una destemplanza especial. ¡Y el corazón! El corazón le golpeaba tan pronto violento como desfallecido. Su latir iba menguando y él ponía la mano sobre el pecho tratando de sentirlo; temiendo que pudiera detenerse. A la mañana siguiente llamó a Gálvez por teléfono. Apenas si se tenía en pie… Y por la tarde ya se encontraba en la clínica…
El cielo está cubierto de pequeñas nubes densas y velocísimas. Por esta causa, de vez en cuando, la luna retira su plateada serpentina de la cresta de las olas y la oscuridad que lo llena todo hace más sonoro el batir del mar en las escolleras.
Benjamín inicia el regreso. A su paso por entre los pinastros, el silencio que lo envuelve todo hace más contundentemente sonoros los profundos latidos de su corazón. Teme por su salud. ¿Creerá efectivamente el doctor Gálvez que su estancia en el campo ha de restablecerle?
La mañana la ha pasado en el monte. No llegó hasta la cumbre. Se cansaba demasiado. Pero ascendió lo suficiente como para contemplar desde arriba el valle y el mar. El paisaje era maravilloso y en aquella altura se había sentido como desligado del mundo; como súbitamente liberado de todas sus preocupaciones. Y luego estuvo alegre durante la comida. Se dio cuenta de que tanto María como Felipe le observaban complacidos. No duró mucho su alegría: cuando decidió sestear un rato los recuerdos hicieron presa en él nuevamente. Se le vinieron a la memoria las palabras de Eusebio; aquellas palabras dichas por Eusebio la tarde misma que enterraron a Adela: «Jamás llegaste a comprender lo que significabas para ella… Adela era una buena muchacha; una mujer digna de mejor suerte… ¡Lástima que te quisiera hasta…!» No, Eusebio no dijo más. Dejó cortada la frase. Él apenas entendió el sentido. Estaba demasiado aturdido. Sólo después estas palabras le fueron llegando, una a una, cargadas de amargura hasta convertirse en algo obsesivo e insufrible. ¿Qué había querido decir Eusebio? ¿Es que Adela se había sincerado alguna vez con Luisa porque sabía de sus relaciones con Esther? Adela siempre había estimado a los Alonso… Tal vez esta amistad se fue consolidando por la conmiseración que la familia Alonso despertaba en su espíritu tan propenso al sentimentalismo. Adela sabía la pésima situación económica que padecían con resignación. A él nunca le gustó mucho este compadecerse constante de Adela por los Alonso. Eusebio era otro sentimental empedernido. Su pintura lo reflejaba. Todos sus cuadros destilaban un sentimentalismo vulgar. Eusebio creía que si pintaba de tal modo era porque tenía que vender cuadros para vivir. Pero no era verdad. Era incapaz de hacer algo de interés. Faltaba empuje en sus telas: faltaba soplo… Le faltaba la fuerza, el vigor para crear. Eusebio era manso… Posiblemente, como Adela dijo de él en cierta ocasión, tratando de defenderle: «Será demasiado bueno para ser artista»… Es posible. Todo es muy posible: hasta que el auténtico artista se encuentre, no en el bien ni en el mal, sino en un estadio aparte… ¿Qué fue lo que sospechaba Eusebio para hablarle como le habló? Si no hubiese sido por Eusebio ni remotamente se le hubiera ocurrido pensar que lo de Adela pudo ser otra cosa que un desgraciado accidente. Pero si Eusebio sabía, sospechaba, el suicidio… Aunque él llegase a olvidarlo, ¿cómo no seguir sintiéndose culpable —sí, culpable— en la conciencia de Eusebio? Él podía ocultar, estrangular si era preciso, la voz interior que lo acusaba; pero en Eusebio, en el recuerdo de Eusebio, esta voz perduraría como un eco; igual que un eco obsesivo, inextinguible…
Benjamín Borbolla no pudo dormir; tuvo que dejar la alcoba y salir al campo. Caminó hasta cansarse y al final buscó refugio en las dunas, entre las junqueras. Ni la serenidad del mar, ni el vuelo incesante de las gaviotas lograron serenar su espíritu.
Ahora, ya de regreso, piensa que no puede seguir condenado a tal duda; que ha de conocer la verdad y que es en su diario donde debe continuar la búsqueda. Tal vez una palabra, una simple palabra allí escrita, pueda…
OceanofPDF.com