Pirata

Connie Mason · Capítulo 1 de 8

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Pirata

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Connie Mason

Pirata

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Para mi marido, Jerry. El pirata que robó mi corazón hace casi medio siglo.

Prólogo

Nueva Orleáns, 1804

Guy DeYoung no temía a la muerte. Lo que le atenazaba , el corazón era la idea de dejar a Bliss a merced de un hombre como Gerald Faulk.

Remolinos de nubes de espesa niebla ocultaban casi por completo al pequeño grupo de hombres que se encontraba de pie bajo el dosel que formaban los llamados "Robles del Duelo". Tentáculos inquietantes y grises de la planta conocida como musgo de Florida, caían hacia el suelo en la húmeda madrugada, oscureciendo la visión de los dos contrincantes situados frente a frente.

Guy DeYoung escogió una pistola del refinado estuche que sostenía su padrino, consciente de que su adversario quería matarlo. Era el primer duelo de Guy; un a ffaire de coeur. Imprudentemente, se había enamorado de Bliss Grenville, la hija del hombre que le había contratado como capataz de sus cuadras. Al verse correspondido, se había sentido loco de felicidad, y se habían casado en secreto, sin el consentimiento paterno y sin que el anterior prometido de Bliss lo supiera.

Cuando Guy había informado a Claude Grenville del matrimonio y de que habían consumado sus votos, Grenville se había quedado de piedra. Lo llamó "advenedizo muerto de hambre" y "Cajún sin futuro". Grenville tenía

puestas sus esperanzas en el matrimonio que había concertado entre Bliss, de diecisiete años, y Gerald Faulk, un rico armador y exportador. Él era un importante inversor en el negocio de Faulk y había contado con mantener una relación larga y próspera con su futuro yerno. En el momento en que Faulk se enteró de que su prometida se había casado con otro hombre, se consideró la parte ofendida y retó a Guy.

Ahora se encontraban bajo los "Robles del Duelo", cercados por una arcada de hojas verdes de las que goteaba el rocío de la mañana.

Gerald Faulk sonrió con despreció a Guy mientras jugaba con su pistola.

–Estás loco, Guy DeYoung. Deberías haberlo pensado mejor antes de aspirar a algo que está por encima de tus posibilidades. Nadie lamentará tu pérdida.

–Bliss me quiere -se burló Guy-. Eso es mucho más de lo que tú puedes decir.

Faulk, un apuesto hombre de cabellos claros y fino bigote, tuvo la audacia de reírse de su adversario.

–Pobre iluso. Bliss solo se estaba divirtiendo contigo: tú eres solo un capricho. Ya me ha pedido perdón por su imprudencia y yo, generosamente, se lo he concedido.

Pronunciaba las palabras de forma despreocupada, pero su mirada traicionaba su rabia.

–Bliss se arrepiente de casarse contigo en contra de los deseos de su padre.

Eres basura, DeYoung. ¡Tan pobre como las ratas! Claude Grenville ya ha solicitado la anulación.

–¡Estás mintiendo, Faulk! – escupió Guy-. Bliss me ama y nunca me engañaría. A ella no le importa el dinero.

–El resultado de este duelo decidirá el futuro de Bliss -declaró Faulk-. Tú y yo sabemos qué es lo que estás buscando. ¿Sabes que no puede tomar posesión de su herencia hasta que no cumpla los veinticinco años, no?

–No necesito su dinero -dijo Guy sintiéndose insultado-. Me labraré mi propia fortuna.

–¿Que te labrarás tu propia fortuna? ¡Ja! ¿Y haciendo qué, exactamente?

¿Barriendo excrementos de caballos? Espero que hayas disfrutado de Bliss, porque ya no vas a tener otra oportunidad con ella -escupió Faulk.

De repente, apareció entre la niebla una mujer cabalgando con una nube de cabellos rojizos a su espalda, que frenó su caballo haciéndolo resbalar.

–¡Esperad! – gritó desmontando y corriendo hacia los duelistas.

–¡Dios mío, Bliss! ¿Qué haces aquí? – gritó Guy tomando a la joven en sus brazos y apartándola del peligro-. Cariño, no puedes hacer nada: por favor, vete a casa.

–No lo entiendes. – Bliss jadeó mirando asustada por encima del hombro-.

Mi padre… ha dicho que tú… las autoridades… sé que tú no lo has hecho.

–Los duelos no están muy bien vistos, pero no son ilegales -afirmó Guy, incapaz de entender lo que decía-. Quizás tenga que irme de aquí por un tiempo, pero tú puedes venir conmigo.

–Apártate, Bliss -ordenó Faulk bruscamente-. Tu amante y yo tenemos que solucionar un asunto. Si no te hubieras comportado como una niña mimada, no habríamos tenido que llegar a esto.

Bliss dirigió toda la intensidad de su mirada turquesa a Faulk.

–Gerald, te lo suplico, no lo hagas. ¿Qué ocurrirá si te mata? ¿O si te quedas lisiado? ¿Qué pasará con…?

–Voy a ganar -respondió Faulk con seguridad.

Guy miró a Bliss con consternación. Parecía que toda su preocupación se concentraba en Faulk: Bliss estaba actuando como si Faulk fuera el hombre que ella amaba. ¿Acaso Faulk estaba en lo cierto acerca de Bliss? No, no podía ser… no podía pensar eso. Bliss lo amaba y nunca lo engañaría.

–Apártate, amor mío -indicó Guy.

–Pero mi padre…

En aquel momento Guy no tenía tiempo de escuchar lo que Bliss estaba intentando decirle. Se lo podría contar después, cuando se hubiera ocupado de Faulk. Se dirigió hacia su padrino, quien se adelantó rápidamente para evitar que Bliss quedara dentro de la zona de duelo. Después, el padrino de Faulk leyó las normas mientras los adversarios se colocaban espalda con espalda, rozándose apenas. Al oír la orden, dieron los diez pasos requeridos y se pararon.

Cuando terminó la cuenta, uno de los padrinos gritó:

–Vuélvanse y disparen como crean conveniente.

Ambos se giraron, levantaron las pistolas y apuntaron.

El tiro de Faulk pasó a toda velocidad junto a Guy, rozándole la oreja. El de Guy, que estaba dirigido al hombro de Faulk, se incrustó en el pecho de este al girarse en su intento por esquivar la bala de Guy.

Bliss gritó cuando Faulk se llevó las manos al pecho y cayó al suelo.

Levantando sus faldas, corrió y se arrodilló junto a él. Las desesperadas palabras que dirigió a su antiguo prometido permanecerían en la mente de Guy hasta el final de sus días: "¡No te mueras, Gerald! ¡No te mueras, por favor!".

Levantó hacia el cielo el rostro aterrorizado y bañado en lágrimas. Tenía los

labios lívidos y a su rostro le había abandonado todo color.

–¡Mira lo que has hecho! – gritó a Guy-. Dios mío, ¿por qué ha pasado esto?

Guy sintió como si se estuviera desgarrando por dentro. No quería creer lo que estaba viendo, pero ahora se daba cuenta de que Faulk tenía razón cuando dijo que Bliss había estado jugando con él. Su expresión se endureció y su corazón se volvió de piedra. Aunque él había sido el vencedor del duelo, le parecía como si en realidad hubiera perdido.

A pesar de la furiosa rabia que lo invadía, Guy se percató de un alboroto, un ruido procedente de voces que gritaban y cascos que golpeaban el suelo. Se puso tenso, pues sus sentidos le avisaron del peligro que corría.

–¡Allí está! ¡Cogedlo! Ese traidor vendió dos de mis caballos más valiosos y se quedó con el dinero. Ahora acaba de matar a un importante ciudadano de Nueva Orleáns.

La densa niebla se estaba levantando con la ayuda del sol de la mañana. A través de la delgada capa de vapor, Guy vio a Claude Grenville cabalgando hacia él seguido muy de cerca por una docena de Guardias de la Ciudad.

Solo había un pensamiento en la mente de Guy: ¡Huir! No sabía nada de esos caballos robados, pero era suficientemente astuto como para darse cuenta de que el padre de Bliss había inventado falsas acusaciones para mantenerlo lejos de su hija. Guy lanzó a Bliss una mirada perpleja y llena de odio, convencido de que ella era cómplice de lo que estaba sucediendo.

Después, giró sobre sus talones y huyó.

Corrió a toda velocidad por la hierba húmeda y resbaladiza, alejándose de los imponentes robles, sin darse cuenta de que la sangre le resbalaba por el cuello debido al rasguño de la oreja. Su única posibilidad de escapar eran las ciénagas y los pantanos al sur de la ciudad, en los que una persona podía perderse para siempre. Pero no iba a poder ser: demasiados hombres contra uno solo. Pronto lo alcanzaron, golpearon y arrastraron al Calaboso, esa oscura y húmeda prisión donde muchos hombres antes que él habían

terminado sus días.

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Capítulo 1

Nueva Orleáns, 1805

–No puedes seguir así, Bliss -reprendía Claude Grenville a su hija-. Tu hijo murió, y no es probable que tu amante abandone el Calaboso en un futuro próximo. No hay nada que nos impida conseguir la anulación de ese desastroso matrimonio. Eras menor de edad, y obviamente te viste forzada a escaparte con ese joven cazador de fortunas.

–No quiero la anulación, padre -respondió Bliss, dirigiéndose a la ventana con apatía para contemplar los jardines inundados de sol.

–Hemos hablado sobre este tema una y otra vez, Bliss -dijo Claude Grenville en un evidente tono de impaciencia-. Gerald ya se ha recuperado por completo de su herida y todavía quiere casarse contigo, a pesar de tu imprudente unión con Guy DeYoung. Esperé hasta el nacimiento de tu hijo para comenzar el proceso de la anulación porque no quería que un bastardo manchara nuestra buena reputación. Ahora que ese impedimento ha desaparecido, ya puedo solicitarla, y la boda se podrá celebrar para el otoño.

Bliss, con el rostro pálido, levantó su abanico y se dio aire pausadamente.

Ya no le interesaba casi nada. Sus tentativas de visitar a Guy en el Calaboso habían fracasado, frustradas, suponía, bien por su padre o por Gerald Faulk.

Sabía que habían utilizado su considerable influencia y sus amistades en altas instancias para evitar que se juzgara a Guy, y eso solo hacía que se sintiera más decidida que nunca a resistir los esfuerzos de su padre para que se casara con Gerald. No se casaría con nadie mientras Guy estuviera vivo y languideciendo en algún lugar dentro de los muros putrefactos del Calaboso. Sabía perfectamente quiénes eran los responsables de la injusticia cometida contra Guy y los odiaba por eso.

Tras haber dado a luz a su hijo muerto, Bliss había perdido casi por completo las ganas de vivir. Pero su fuerte instinto de supervivencia y la esperanza de que Guy saliera algún día de prisión, la sostuvieron, insuflándole el coraje para seguir adelante. Reunirse con el hombre al que amaba se convirtió en su fuerza motora.

–Puedes pedir la anulación si quieres, padre, pero no me puedes obligar a casarme con Gerald Faulk -argumentó Bliss-. No pueden tener a Guy encarcelado para siempre. Cuando salga, estaremos juntos de nuevo.

Claude fijó su mirada en los beligerantes ojos turquesa de su hija y reconoció la derrota. Acababa de ser informado de que el nuevo juez había revisado el caso de Guy y dispuesto que ya había cumplido una condena lo suficientemente larga, puesto que nunca se había probado delito alguno. Por tanto, planeaban dejarlo pronto en libertad. Claude había mandado un mensaje urgente a Gerald Faulk para que viniera, y esperaba que llegara de un momento a otro.

–Aunque DeYoung salga de la cárcel, él no tiene ningún medio de vida -

arguyó Claude-. Es un don nadie. Un impulsivo cajún con antecedentes delictivos. Trabajó como mi capataz, Dios santo. ¿Esa es la clase de hombre que deseas como marido?

–Lo amo -afirmó Bliss, levantando su pequeña barbilla puntiaguda de manera desafiante-. Nos iremos juntos de aquí a donde nadie lo conozca.

–Gerald Faulk te puede proporcionar una buena vida -insistió Claude-.

Tiene un negocio próspero y es respetado en la ciudad, a pesar de ser americano. Al contrario que algunos nativos de Nueva Orleáns, yo he aprendido a convivir con los americanos que invadieron el territorio después de que fuera vendido a los Estados Unidos. He realizado una gran inversión en la empresa naviera de Faulk y espero enriquecerme gracias a ella. Me ha prestado dinero para poder hacer frente a mis acreedores. Así que cuando me pidió tu mano, no vi ninguna razón para negársela: todo habría salido bien si tú no te hubieras encaprichado del capataz y hubieras huido con él.

–Guy quiere matricularse en la universidad y ser abogado -replicó Bliss.

–Es un cazador de fortunas que está detrás de tu herencia -manifestó Claude-. Por suerte, no puedes tocar tu dinero hasta que no cumplas veinticinco años.

–Me niego a escuchar tus insultos, padre -respondió Bliss mirándolo a la cara-. Nunca amaré a otro hombre: estoy dispuesta a esperar a Guy toda mi vida.

–¿Molesto? – preguntó Gerald Faulk entrando en el salón-. El mayordomo me hizo pasar.

–Adelante, adelante -invitó Claude estrechando la mano de Faulk-. Te estaba esperando.

–Disculpadme -dijo Bliss girándose bruscamente-. Tengo que consultar algo a la cocinera acerca de la cena de esta noche.

Gerald Faulk observó cómo Bliss atravesaba la habitación y sintió la tensión de sus ingles. La deseaba desde el primer momento que la vio, y la podría haber hecho suya, si no hubiera sido porque el maldito Guy DeYoung se la había robado. Incluso había prestado dinero al derrochador de su padre con ese fin. Deseaba a Bliss por muchas razones: la quería en su cama, quería su herencia y la quería porque le facilitaría la entrada en la sociedad francesa de Nueva Orleáns. Esos franceses eran como un clan y recelaban de sus orígenes americanos. Una vez que estuviera dentro de la familia Grenville, confiaba en que su negocio de transporte floreciera.

–¿Hablaste con Bliss sobre nuestro matrimonio? – preguntó Faulk una vez que Bliss hubo abandonado la habitación.

–Por supuesto -respondió Claude gesticulando impacientemente-. Pero el resultado ha sido el mismo de siempre: se niega a casarse contigo, con anulación o sin ella.

–No necesitas su consentimiento para obtener la anulación -le recordó Faulk-. Eres su padre. Puedes obligarla a que acepte la boda. Casi muero por su culpa y ambos me tenéis que compensar por eso. Además, eres mi socio y te he prestado dinero cuando lo has necesitado: quiero a Bliss y voy a hacerla mía sea como sea.

Claude suspiró con tristeza:

–Me falta valor para obligarla después… después de lo que le he hecho. Por eso no la he presionado para obtener la anulación. Bliss no quiere ni oír hablar de ello. Aunque yo la solicitara, Bliss no se casaría contigo.

–Eres demasiado indulgente con ella -repuso Faulk con un bufido de disgusto-. Hiciste lo que tenías que hacer: los dos estuvimos de acuerdo.

–Es verdad -afirmó Claude distraídamente-. No te preocupes, esa parte de nuestro trato todavía está en pie. El hijo de un hombre de baja extracción social habría arruinado la vida de Bliss. Hice lo que pensé que era lo mejor pero, ¿y ahora? Lo más seguro es que a DeYoung lo dejen en libertad en breve, y Bliss todavía sigue encaprichada con él.

Faulk prestó más atención:

–¿Estás seguro de que lo van a soltar pronto?

–Recibí la información ayer mismo de alguien al que pago para mantenerme informado. Una de las numerosas peticiones de puesta en libertad de DeYoung debe de haber llegado a los tribunales. No sé porqué nuestros influyentes amigos han sido incapaces de evitarlo tal y como hicieron con las otras, pero ha caído en las manos del nuevo juez. Examinó los cargos, se enteró de que nunca se le había juzgado y dictaminó su puesta en libertad. Parece ser que el juez ha decidido que DeYoung ya ha permanecido en prisión lo suficiente.

–¡Maldita sea! Hay que hacer algo inmediatamente. No basta con obtener la anulación, si Bliss sigue en contra de nuestro matrimonio.

Claude miró a Faulk indeciso:

–¿Qué propones?

Los claros ojos de Faulk destellaron con determinación maliciosa mientras se acariciaba el bigote con su largo dedo.

–Déjame a mí los detalles. ¿No quieres que DeYoung se quede con tu hija, verdad?

Indignado, Claude se puso tenso.

–¡Por supuesto que no! Su madre, que Dios la tenga en su gloria, se revolvería en la tumba si supiera que la herencia de su hija iba a parar a manos de un muerto de hambre. Los antepasados de Marie eran aristócratas franceses. Tú no eres tampoco el aristócrata que ella hubiera deseado para su hija, pero hoy en día ya no quedan muchos de esos. Al menos tú tienes los medios para proporcionarle a Bliss una buena vida.

–Entonces, no hay nada más que hablar -dijo Faulk-. Yo me ocuparé de DeYoung. Con él fuera de juego, Bliss no tendrá ninguna razón para esperarlo. DeYoung solo abandonará el calabozo en un ataúd.

Claude palideció:

–¡Un ataúd! No quiero saber nada de eso, Gerald. Haz lo que tengas que hacer, pero no esperes que yo te ayude.

Arriba, en su habitación, Bliss se paseaba de un lado a otro con nerviosismo hasta que oyó el crujido de las ruedas del carruaje de Faulk sobre el empedrado de la entrada de la casa. Esperó hasta que el vehículo desapareciera tras las puertas de la plantación antes de lanzarse escaleras abajo a enfrentarse con su padre. Lo encontró contemplando el retrato de su

madre, con las manos a la espalda y una expresión pensativa en su rostro.

–¿Le dijiste que no iba a casarme con él?– preguntó abruptamente cuando él se volvió-. Puedes obtener la anulación, pero no me casaré con Gerald mientras Guy viva.

–Se lo dije -respondió Claude con una voz tan rotunda que hizo que Bliss sintiera escalofríos en su elegante espalda. Nunca había visto a su padre así.

¿Qué es lo que había ocurrido entre Gerald y él?

–Supongo que no hay nada que pueda decir para convencerte de que consigas la puesta en libertad de Guy o me dejes visitarlo. Ni siquiera sabe nada de nuestro hijo.

Y Dios mediante, nunca lo sabrá, pensó Claude:

–En este momento no tengo ganas de hablar de esto contigo -dijo-. Tengo otras cosas en la cabeza. Bliss, solo tienes dieciocho años, y eres una belleza. ¿Por qué te empeñas en destrozar tu vida por un hombre que todo el mundo sabe que es un ladrón?

–¡Guy no es un ladrón! Gerald y tú os inventasteis la acusación. ¿Te crees que no sé que te has encargado de que Guy siga en la cárcel mediante intrigas políticas? Puede que solo tenga dieciocho años, pero soy lo suficientemente mayor para reconocer la manipulación cuando la veo.

Nunca te perdonaré lo que nos has hecho a Guy y a mí, padre.

Girando sobre sus talones, abandonó la habitación con toda la dignidad que pudo reunir. Claude la vio marchar con una expresión entre decidida y entristecida. Quería a su hija y no quería que echara por la borda su vida por un hombre que estaba muy por debajo de ella en la escala social. Los padres de Guy habían sido pobres jornaleros y el hijo no era mucho mejor que ellos. Además, su alianza con Gerald tenía que funcionar, puesto que él estaba al borde de la bancarrota. Las cosechas se habían echado a perder tres años seguidos, su amante le estaba pidiendo más de lo que él se podía permitir y había pedido dinero prestado al banco para poder invertir en la

empresa de Faulk. Bliss no recibiría su herencia hasta que no cumpliera los veinticinco años, y que se lo llevaran los diablos si dejaba que Guy DeYoung se hiciera con ella. Claude ya había hecho un trato con Faulk para compartir la herencia de Bliss y no iba a renunciar a ello.

El Calaboso

Guy DeYoung se giró hacia la izquierda con mucho dolor, teniendo cuidado de no agravar el estado de la costilla rota, resultado de la última paliza que había sufrido. Abatido, se puso a roer un pedazo de pan y fijó la vista en la oscuridad. Durante el año que llevaba en el Calaboso, había recibido palizas habitualmente, cada una de ellas administrada con los buenos deseos de los Grenville y de Gerald Faulk, o al menos eso es lo que le decía el sádico guardián que esgrimía el palo.

Todas las súplicas para que el juez le concediera una audiencia habían terminado con otra paliza. Guy no tenía ni idea de si alguna de sus numerosas peticiones le había llegado al juez y casi había perdido la esperanza. Totalmente demacrado, Guy apenas sobrevivía en la oscura, húmeda y fría celda. Era una mera sombra del hombre que una vez había sido. Su pálida cara lucía una barba tan espesa y negra como sus largos y enmarañados cabellos. Sus ojos gris plata, antes rebosantes de vida, hervían ahora de odio y sueños de venganza.

La ropa le colgaba a jirones de su debilitado cuerpo y sus botas de cuero se habían podrido hacía tiempo. A pesar de las privaciones, palizas, su casi inanición y el tratamiento brutal de los sádicos guardianes, había sobrevivido y evitado enloquecer gracias a sus sueños de venganza. Lo que más le dolía era el aislamiento, el sentimiento de haber sido apartado del mundo exterior. Guy sabía que era a Grenville y a Faulk a quien debía agradecérselo. Sus poderosos amigos se habían preocupado de que sus peticiones de juicio nunca llegaran a los tribunales. Ojalá hubiera matado a Gerald Faulk cuando tuvo la oportunidad.

Sabía con seguridad que no existía ninguna prueba que sustentara las falsas

acusaciones de robo. Y supo por un guardián amigo que Gerald Faulk todavía vivía, así que no tenía pendiente ninguna acusación de asesinato.

Sin embargo sus esperanzas de una absolución rápida habían disminuido con el paso de los días, hasta incluso había empezado a dudar de volver a ser libre algún día.

Guy no hubiera sabido nada de todos los acontecimientos del mundo exterior, si no hubiese sido por André Cardette, un amigo de la infancia que ahora trabajaba como guardián en la prisión. Él no era como los otros guardianes. Nunca participaba en las palizas. Proporcionaba a Guy todos los pequeños consuelos que podía sin tener que sacrificar su trabajo, que necesitaba para mantener a su numerosa familia. André había evitado que muchas de las palizas administradas por guardianes demasiado celosos de su tarea terminaran de forma trágica. Guy sabía que si André hubiera podido hacer más por él, lo habría hecho.

Guy gruñó y cambió de posición de nuevo, incapaz de sentirse cómodo en la pila de paja enmohecida que le servía de cama. Ya no notaba el repugnante olor que provenía de su cama y de su cuerpo, que cualquier otro encontraría insoportable. Entre paliza y paliza, trataba de mantener un programa de ejercicio, pues temía que sus miembros se atrofiaran por falta de movimiento si no hacía un esfuerzo. Su fuerza no tenía nada que ver con la de antes, pero gracias a su estricta disciplina, era más fuerte de lo que parecía. Sin embargo, la paliza de la noche anterior había sido especialmente despiadada. Por desgracia, André no había estado allí para moderar su brutalidad. Guy no sabía cuánto tiempo más podría resistir ese infierno.

De repente, Guy oyó que una llave se introducía en la cerradura y volvió la cabeza hacia la pesada puerta de roble. Cuando se abrió, el súbito destello de luz le hizo parpadear.

–¿Estás bien, Guy?

André. Guy respiró aliviado. No creía que pudiera sobrevivir a otra paliza.

–Tus amigos casi acabaron conmigo anoche. ¿Has venido para comprobarlo?

André no se merecía el comentario, pero no pudo evitar decirlo. Le dolía tanto todo que tan solo su rabia lo mantenía en su sano juicio.

–Lo siento, Guy, no había nada que yo pudiera hacer.

Entró en la celda y cerró la puerta. Guy se apartó de la luz.

–¿Te duele mucho?

–Sobreviviré -gruñó Guy-. Esta vez sólo ha sido una costilla rota.

Se encogió de hombros e hizo una mueca de dolor agarrándose el costado:

–¡Quién sabe qué pasará con la próxima paliza! ¿Traes noticias?

André se acercó y se agachó junto a Guy.

–Escúchame atentamente, mon ami -susurró-. Tus enemigos han pagado a los guardianes que están de servicio esta noche para dejar la llave en la cerradura de la puerta. Tienes que estar preparado para un visitante inesperado. Un asesino entrará en tu celda para matarte. En tu certificado de defunción constará que tu fallecimiento se debió al tifus y se te enterrará con inusitada rapidez en el cementerio para indigentes.

Guy lanzó un juramento:

–¿Cómo te has enterado?

–Lo sé porque se me ha encargado la tarea de descubrir tu cuerpo por la mañana. Los ricos pueden hacer lo que quieran, incluso acabar con la vida de una persona, pero los pobres tienen que sufrir. Guy, he hecho todo lo que he podido por ti porque somos amigos desde la infancia. Ojalá hubiera podido hacer más, pero tengo que pensar en mi familia. Necesito este

trabajo, por miserable que sea. Lo único que puedo hacer es avisarte y darte esto.

Sacó un cuchillo de aspecto siniestro de la chaqueta de su uniforme y se lo tendió a Guy.

–Cógelo y utilízalo inteligentemente. Mi turno termina ahora. Tengo que volver con un ataúd de pino al amanecer. Tendré el triste deber de informar sobre tu muerte. Si todavía sigues vivo cuando venga, quizás podamos pensar en algún plan.

–André.

El guardián se volvió cuando ya estaba a mitad de camino de la puerta.

–Gracias. Si Dios existe, estoy seguro que te bendecirá por esto. Por desgracia, yo ya he perdido toda mi fe en Él.

André asintió, comenzó a decir algo pero lo pensó mejor y salió despacio de la celda, cerrando con llave la puerta tras él.

Los dedos de Guy agarraron con fuerza el mango del cuchillo. Se sentía bien con él en su mano. Era sólido y mortífero. Flexionó los músculos de su brazo, probando su fuerza. Ciertamente, ya no era lo que solía ser, pero serviría. Después, se tumbó sobre la paja y esperó.

Horas después, oyó a alguien arrastrar los pies detrás de la puerta. El chasquido metálico de la llave girando en la cerradura. Un crujido sordo al abrirse la puerta. Pasos sigilosos al entrar una figura tapada por la estrecha abertura.

Después de vivir durante meses en ese ambiente gris y negro, como el de una cueva, Guy estaba acostumbrado a la oscuridad. Se preparó mientras el asesino se arrastraba silenciosamente hacia él. A la vez que calculaba a qué distancia estaba el asesino, Guy se obligó a sobreponerse al dolor de sus costillas.

Tensó sus músculos notando que el asesino se encontraba cada vez más cerca. Cuando percibió la presencia amenazante del hombre sobre él, contuvo el aliento. Guy supo el momento exacto en el que el asesino levantó su brazo; rápidamente, rodó a un lado, poniéndose de pie de un salto para enfrentarse con su enemigo. El hombre pareció sorprenderse, que era exactamente lo que Guy esperaba. Utilizó su ventaja momentánea para lanzarse al ataque. El hombre se recuperó mientras rechazaba el golpe de Guy, apartándolo blandiendo su cuchillo en un gran arco.

Giraron el uno frente al otro en un combate silencioso, haciendo amagos de ataque y retirándose, manchando su cuchillo con sangre a cada golpe. Guy jadeaba, casi al límite de su resistencia, cuando de repente vio una oportunidad. Fingió que se dirigía a la derecha. Cuando el asesino evitó el golpe, Guy le hundió el cuchillo en el pecho. La hoja del cuchillo del asesino, que ya estaba en movimiento cuando Guy había atacado, continuó su mortal camino, hiriendo a Guy en el ojo derecho.

Dolor. Insoportable. Debilitador. Quemándolo por fuera y por dentro. Cayó sobre las rodillas, llevándose la mano al ojo para detener la hemorragia.

Jadeaba mordiéndose el labio para evitar gritar. Con el ojo sano vio que la sangre manaba del pecho del asesino, que yacía inmóvil. Puso un oído sobre el torso del hombre con esfuerzo: los pulmones no se movían y el corazón no latía. Estaba muerto.

Guy se dejó caer sobre la sucia paja, demasiado agotado para sentir nada, demasiado amargado para pensar más allá de la pérdida de su ojo. Otro bonito regalo de Gerald Faulk y los Grenville. Se juró a sí mismo que, de alguna manera, de algún modo, les haría pagar por el dolor y el sufrimiento que le habían causado. El amor que una vez había sentido por Bliss se había esfumado y se había convertido en un odio intenso. Su visión llorando sobre el cuerpo de Faulk tras el duelo se le había quedado grabada de forma indeleble.

Guy no sabía cuánto tiempo había permanecido tumbado sobre la astrosa paja, aferrándose con las manos el ojo herido. El dolor hacía parecer que el

tiempo se había detenido. Se incorporó a duras penas cuando la puerta de la celda se abrió y entró André.

Más que verlo, lo sintió cuando éste se arrodilló junto a él:

– ¡Sacre bleu! ¿Estás muerto? ¿Os habéis matado el uno al otro?

Guy levantó la cabeza con gran esfuerzo:

–Estoy vivo, pero quizás no por mucho tiempo. El asesino está muerto.

André sofocó un grito cuando vio la sangre que se colaba por los dedos de Guy:

–¿Estás muy mal?

–No importa. ¿Has traído el ataúd?

–Está detrás de la puerta. Los hombres que lo trajeron están esperando en la sala de los guardianes para llevárselo. ¿Qué te propones?

–Ayúdame a cambiar mis ropas por las del asesino. Dijiste que han pagado a los guardianes de servicio para hacer la vista gorda mientras el asesino entra y sale, así que voy a suplantarlo. Necesito que metas el cuerpo del asesino en el ataúd, cierres la tapa y llames a los hombres para que se lo lleven y lo entierren rápidamente.

–Lo haré, mon ami. ¿Puedes arreglártelas tú solo? ¿Qué te ha hecho?

–Me las apañaré -respondió Guy sombríamente-. Creo que he perdido un ojo, pero sobreviviré. La sed de venganza me mantendrá con vida.

André le quitó rápidamente la ropa al asesino, mientras Guy se despojaba de sus harapos. Después del intercambio, André arrastró el ataúd a la celda y depositó dentro el cuerpo, que comenzaba a ponerse rígido. Tras hacerlo, clavó la tapa con la empuñadura de su espada.

–Te debo mi vida, André, pero necesito pedirte una cosa más -dijo Guy mientras se preparaba para marcharse.

–¿Qué quieres que haga?

–No le cuentes nada de esto a nadie. Todo el mundo debe creer que Guy DeYoung tuvo una muerte vil en el Calaboso.

André asintió.

–No se lo contaré a nadie, por tu bien y por el mío. ¿Adónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer?

–Solo hay un lugar al que puedo ir. Dicen que los hermanos Lafitte ayudan a los fugitivos. Voy a pedirles que me lleven a su fuerte de Barataria. Nadie me buscará allí mientras me recupero.

–¿Te vas a hacer pirata? Se sabe de sobra que, aunque puede que los Lafitte no lo sean, comercian con bienes procedentes de los piratas del Caribe, y que Grand Tèrre es su refugio. Se dice que los hermanos se han hecho inmensamente ricos por la mercancía robada.

El destrozado rostro de Guy se endureció.

–Haré lo que tenga que hacer para sobrevivir. Adiós, André.