Pirata

Connie Mason · Capítulo 4 de 8 · parte 1/3

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Pirata

Isla Pine

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Mientras la silueta de la Isla Pine surgía ante sus ojos, Hunter se sentía acosado por la angustia. Dirigió el esquife hacia la orilla, esquivó las olas rompientes sin problemas y lo varó en un trecho desierto de blanca arena.

Supo que algo no iba bien en el momento en que desembarcó. Parecía que todo seguía igual, pero había algo que no le gustaba. Entonces vio que Caesar se aproximaba hacia él y su corazón se aceleró.

–¿Está bien Bliss? – preguntó.

¡Maldición! Si le había pasado algo a Bliss, no se lo perdonaría nunca. Esa reacción le dio que pensar: ¿desde cuándo le importaba tanto ella?

–Se la ha llevado Gasparilla, capitán -respondió Caesar-. Se enteró de que no había llegado a La Habana y vino a investigar. Estaba enfadadísimo. Me alegro de que no estuviera cuando llegó. ¡No sé lo que habría pasado si lo hubiera encontrado aquí! Sus hombres estaban armados hasta los dientes y tenían ganas de pelea. Cuando se enteró de que se había ido, dijo que iba a llevar a la señorita a La Habana y que luego volvería a ocuparse de usted.

–¿Cuándo ha pasado todo esto? – inquirió Hunter.

Le ponía enfermo pensar que Bliss y Faulk podían estar juntos. Ella no le pertenecía a ese hombre: siempre sería de Guy DeYoung.

–El Doña Rosalía zarpó con la marea de ayer. Todavía puede alcanzarlos, capitán. Sabía que querría ir tras ellos, así que ordené a la tripulación que preparara al Predator para un viaje a Cuba. Ya hemos cargado la bodega con provisiones.

Hunter le dio una palmada de gratitud en la espalda:

–Eres un buen hombre, Caesar. Has hecho justamente lo que debías.

¿Cuándo podemos zarpar?

–Cuando quiera.

–Avisa a la tripulación. Voy a buscar mis armas y me reuniré con ellos en la playa.

Caesar le sonrió enseñando sus blancos dientes.

–No se preocupe, capitán. Cleo y yo hemos llevado a bordo todo lo que necesita. La marea está subiendo y es mejor que se vaya ya. Solo tiene que ocuparse de traer a la señorita sana y salva.

Hunter se apresuró: haría todo lo posible por encontrar a Bliss y su hijo.

Llegó a Cuba escasas horas después de Gasparilla. Se le cayó el alma a los pies cuando vio que no había ni rastro de su barco. Entonces, reconoció un barco de la compañía de Faulk amarrado al final del muelle y se puso de mejor humor. Era posible que Bliss estuviera a bordo del Southern Star.

Solo había un modo de averiguarlo, y lo tenía que hacer antes de que el barco abandonara el puerto.

Hunter esperó a que se hiciera completamente de noche, ancló el Predator justo detrás del Southern Star y ordenó extinguir todas las luces. La noche era tan oscura que su barco parecía solo una sombra recortada contra el cielo.

Después, completamente vestido de negro, Hunter bajó la escala y se sumergió en las sombrías aguas.

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Capítulo 8

Bliss se encontraba en el diminuto camarote del Southern Star, escuchando la arenga de Gerald sobre su matrimonio. El grumete se acababa de llevar los restos de la cena y Gerald no parecía tener intención de marcharse, a pesar de que ya era muy tarde.

Se había negado a probar bocado antes y se había quedado dormida nada más embarcar. Ya era de noche cuando había despertado. Para entonces, estaba muerta de hambre, y había recibido de buena gana la bandeja de comida que le había llevado Gerald. Lo que no iba a permitir era compartir la mesa con un hombre al que despreciaba.

–He venido hasta aquí para rescatarte, querida -dijo Gerald, paseándose de arriba abajo ante ella-. Lo menos que podías hacer era mostrarte agradecida.

No fue fácil reunir dinero para tu rescate: hipotequé mi casa para obtenerlo, lo que significa que ahora tu deuda conmigo es enorme.

Añadió de manera ofensiva:

–Todavía te deseo, aunque no tengo ninguna duda de que has sido la amante de ese pirata. Nunca le perdonaré que me quitara lo que era mío. ¿Te violó?

Don Alizar me contó que el pirata te raptó y te retuvo en su isla.

Bliss se ruborizó. Era verdad que Hunter la había seducido, pero no había sido en contra de su voluntad, aunque nunca lo admitiría ante un villano como Gerald Faulk.

–Me da igual lo que creas. Te pagaré la deuda con mi pensión mensual -

prometió-. Es tarde, Gerald. Es mejor que te vayas ya. No tengo nada más que decirte.

–¡Tu pensión mensual, bah! A ese ritmo, tardarás años en devolverme el dinero. Cuando nos casemos, tu herencia me compensará por todo lo que he sufrido por ti. Incluso pasaré por alto lo que has hecho, y eso que la mayoría de los hombres te lo echarían en cara. Pocos estarían dispuestos a casarse con los despojos de un pirata. Acéptalo, Bliss: soy tu única esperanza.

Bliss sintió que le estallaba la cabeza de rabia.

–¡Cómo te atreves a hablarme así! Nada podrá convencerme -declaró con firmeza-. Mi padre y tú os merecéis todas las desgracias del mundo.

Durante seis años me hicisteis creer que mi hijo había muerto y nunca os perdonaré.

–El hijo era de Guy DeYoung -arguyó Faulk, como si ese hecho excusara su despreciable comportamiento.

–Él es todo lo que me queda de Guy -sostuvo Bliss-. Voy a encontrarlo, y no podrás detenerme.

Faulk la miró pensativamente. Sabía por experiencia lo testaruda que podía resultar Bliss. Si decía que no se casaría con él, lo decía en serio. Tenía que haber algún modo de hacerle cambiar de idea. De repente, se le ocurrió algo y después de reflexionarlo, supo exactamente cómo hacer que cediera.

–¿De verdad deseas tanto estar con tu hijo, querida? – preguntó melosamente.

–En este momento, él es lo único que me importa.

Era verdad. A pesar de su fuerte atracción por Hunter, su relación era todo pasión y sólo estaba sustentada por el deseo: no podía sobrevivir en el mundo real. Sus sentimientos hacia Hunter eran intensos, pero no tanto como los lazos que le unían a su hijo.

–Entonces, escúchame con atención, Bliss -dijo Faulk deteniéndose ante ella y haciéndole ponerse en pie-. Te llevaré a Mobile para recoger a tu hijo,

a cambio de que prometas que te casarás conmigo en cuanto volvamos a Nueva Orleáns.

–¿Por qué tendría que creerte? – preguntó Bliss con recelo-. Ya me has mentido antes. Además, la idea de casarme contigo me repugna.

–No te exigiré que te cases conmigo hasta que no haya cumplido mi parte de la promesa. Esto te dará prueba de mi sinceridad.

–¿Cómo puedo estar segura de que no tratarás de apartarme de mi hijo de nuevo?

Las mentiras acudían con rapidez a los labios de Faulk:

–Nunca se me ocurriría una cosa así.

–¿Me prometes que lo tratarás bien? – inquirió Bliss, incapaz de creer a un hombre que había demostrado ser tan falso en el pasado.

–Lo juro -declaró Faulk con una perfecta mezcla de sinceridad y arrepentimiento-. Haré todo lo que pueda para que tu hijo y tú estéis juntos.

Y para separaros en cuanto seas mi esposa, pensó. Ninguna mujer iba a decirle lo que tenía que hacer. Tan pronto como pusiera sus manos sobre su herencia, le enseñaría a obedecerle.

Bliss escudriñó su rostro, dudosa. Tenía una cosa a su favor, sin embargo: no tendría que casarse con Gerald si él no mantenía su palabra. Y una vez que su hijo estuviera con ella, podría hacer lo que quisiera. Encontraría la manera de rehusarlo hasta que él se cansara de esperarla, pero primero tenían que encontrarlo.

–No nos casaremos hasta que mi hijo no esté conmigo -insistió Bliss.

–Por supuesto.

Faulk asintió enfadado con una leve reverencia. Necesitaba el dinero, y no tenía otra opción. Una vez que estuvieran casados, ya le enseñaría él quién mandaba. Lo que le hacía falta a Bliss Grenville era una buena paliza, y él era el hombre apropiado para propinársela. Pero lo primero era lo primero: su prioridad en ese momento era convencerla de su sinceridad.

–¿Ves lo bien que me estoy portando contigo? Pondremos rumbo a Mobile tan pronto como la mercancía esté cargada mañana.

Satisfecha, Bliss se giró, a la espera de que él se fuera: estar en la misma habitación con Gerald le ponía enferma.

Pero a Faulk no se le echaba tan fácilmente. La agarró por los hombros con firmeza, y la atrajo hacia sí, con los ojos brillantes de deseo.

–No tan rápido, querida. Te he esperado mucho tiempo. Lo menos que puedes hacer es sellar nuestro pacto con un beso.

Ni Bliss, ni Faulk eran conscientes del hombre de negro que había subido a bordo del Southern Star mientras hablaban. Tampoco se dieron cuenta de que había burlado a los vigilantes y que estaba espiándoles por la portilla.

Había llegado a tiempo de oír las últimas palabras de Faulk.

¿Qué clase de pacto era ese? No tuvo tiempo de pensarlo. Lo siguiente que dijo Faulk le llenó de rabia.

–Después de que estemos casados, haremos más cosas aparte de besarnos.

Si el pirata te enseñó trucos de cama que no conozco, quiero que me los enseñes. Primero te llevaré a Mobile, y después nos casaremos.

Antes de que Bliss pudiera protestar, Faulk la agarró de su largo pelo y le acercó el rostro al suyo. Después la besó, abriéndole la boca con la lengua.

Bliss sintió arcadas, pero no pudo evitarlo.

Hunter continuó observando la escena, casi loco de celos. Hasta ahora había estado dispuesto a perdonar a Bliss cualquier cosa. Había planeado llevarla

a Mobile a buscar a su hijo, pero esto era demasiado. No podía soportar que ella aceptara tan rápidamente a Faulk y que le permitiera criar al hijo de Guy. Cuando estuvieran casados, se convertiría en su tutor legal. ¡No!

Sabía que su barco era rápido: sin carga, podía dejar atrás a cualquier otro.

Zarparía hacia Mobile él solo, y rescataría a su hijo antes de que el Southern Star llegara . En cuanto a Bliss, por él, podía pasar el resto de su vida con Faulk. O eso intentó hacerse creer.

Dios mío, cómo le dolía. Pensaba que ya no tenía sentimientos, pero ver a Bliss en brazos de Faulk le había demostrado que todavía era vulnerable, que esa mujer todavía podía hacerle daño, y eso le enfurecía. Se juró en silencio librarse de ese pequeño atisbo de emoción que había en su interior.

Hunter volvió a fijarse en lo que pasaba dentro del camarote: vio que los amantes se separaban y se percató de que Faulk se preparaba para marcharse. Se quedó mucho más que sorprendido. Había supuesto que Bliss se llevaría a Faulk a la cama, pero al parecer lo estaba rechazando. Su boca se curvó en un amago de sonrisa, y se retiró a la oscuridad para esperar a que Faulk saliera. Cuando pasó un tiempo prudencial, se coló en el pasillo y se dirigió hacia el camarote de Bliss; una vez allí, abrió la puerta y entró.

Ella se encontraba mirando por la portilla hacia la oscuridad de la noche.

Sintiendo una presencia, se volvió e intentó vislumbrar quién había entrado.

Al ponerse bajo la luz de un farol, la oyó tomar aire con sorpresa.

–Hunter -suspiró ella con labios temblorosos.

–Sí, soy yo.

–¿Cómo has llegado aquí? Debes irte antes de que Gerald te descubra.

Él se aproximó hacia ella lentamente, con una sonrisa burlona en sus labios.

–Eso es precisamente lo que voy a hacer: irme. He sido estúpido al pensar que necesitabas que te rescataran.

–¿Que me rescataran?

¿Estaba de broma? Rescatarla significaría volver a la isla, donde continuarían donde lo habían dejado. Al menos Gerald había prometido llevarla a Mobile a buscar a su hijo. Eso era mucho más de lo que Hunter había hecho, pues cuando ella le contó lo de su hijo y le había pedido ayuda, él había reaccionado huyendo.

–Tienes razón. No necesito que me rescaten.

Que Dios le perdonara la mentira. Si no fuera por su hijo, habría estado feliz de irse a cualquier lugar del mundo con Hunter. Su vida había estado vacía durante demasiado tiempo.

–No debería haber venido -él se giró para marcharse.

–¡Hunter, espera!

Se volvió hacia ella, con el rostro recortado por la parpadeante luz y las sombras. Solo el brillo de su ojo de plata mostraba sus agitados sentimientos.

–¿Qué pasa?

–Yo… Oh, Dios mío, no sé. Vete.

Su sincera angustia le afectó, por mucho que él no quisiera reconocerlo. Se acercó a ella lentamente, rechazando con la razón lo que su cuerpo le pedía.

La deseaba. Deseaba a su esposa con todo su corazón. La alcanzó y la apretó contra sí fuertemente. Ella lo miró. Él observó su bello rostro, deleitándose en esas facciones tan perfectas de las que se había enamorado hacía tanto tiempo. Ella interpuso las manos entre ambos, rechazándolo primero, para luego agarrar su camisa y atraerlo hacia sí. Hunter gimió, rindiéndose y cubriéndole la boca con la suya.

Al explorar su boca con la lengua, él sintió que el corazón de ella latía con la misma fuerza que el suyo. Bebió los gemidos guturales de sus labios y la cogió en sus brazos para llevarla hasta la estrecha cama, maldiciendo su debilidad por Bliss. No podía marcharse sin probar por última vez su dulce pasión. Era como una droga: sabía que ella no era buena para él, pero el éxtasis que sentía cuando estaba entre sus brazos era un aliciente demasiado fuerte.

Bliss sintió el duro cuerpo de Hunter sobre el suyo, y de repente lo deseó tanto como él la deseaba a ella, a pesar de que una inquietante voz le prevenía de que no saldría de esa situación con el corazón intacto. Entonces, una idea aterradora le vino a la mente: si atrapaban a Hunter allí, lo matarían.

–Hunter, no puede ser. Vete antes de que te cojan.

–Dime una cosa antes, Bliss. ¿Estás embarazada de mí?

Bliss ahogó un grito de asombro ante la pregunta. ¿Por qué quería saber eso? Era posible, aunque muy improbable:

–No lo sé.

–Mala suerte -masculló él.

Ella iba a preguntarle qué quería decir, cuando sintió frío en la parte inferior de su cuerpo y se dio cuenta de que Hunter le había subido la falda hasta la cintura. Su ropa todavía estaba húmeda por haber venido nadando.

Temblando, percibió cómo su ardoroso miembro se abría camino entre sus piernas.

–Pensé que te ibas a ir.

–Todavía no. No hasta que acabe lo que he venido a hacer. Ábrete para mí -

murmuró separándole las piernas con su rodilla.

Su voz tenía un matiz áspero, que ella percibió como desesperación, y cuando lo miró se sorprendió al ver en su rostro una mirada atormentada que no tenía nada que ver con el placer. Después él la embistió y dejó de pensar.

Con sus poderosas manos sobre sus caderas, amoldó su cuerpo al de ella y empezó a moverse.

–Quiero estar más dentro de ti -gimió él sobre sus labios.

Ella arqueó la espalda y él se deslizó aún más en su interior, acelerando su pasión con sus rápidas y firmes acometidas. Su cuerpo se tensaba como la cuerda de un arco mientras sentía que el órgano viril alcanzaba el centro de su ser, tocando su alma. Ascendió cada vez más alto, hasta que relámpagos brillantes se hicieron astillas en su interior, abrasándola con deslumbrantes chispazos de placer.

A él, cada embestida le hacía arder de excitación; su necesidad de fluir en su interior era tan intensa que tenía que apretar los dientes para evitar derramar su semilla antes de que Bliss llegara a la cima del placer. Su boca selló la suya y su lengua comenzó a imitar los movimientos rítmicos de su sexo. Cuando ya no pudo más, puso su mano entre las piernas de ella y buscó su lugar más sensible.

Manteniendo el ritmo frenético de sus caderas, acarició su diminuto centro de placer, llevándola al borde del abismo de la pasión. Después se hundió en ella tan profundamente que el placer le hizo desplomarse, sintiéndose invadido por oleadas de explosivo éxtasis.

Oyó que Bliss gritaba, sintió que se estremecía debajo de él y supo que ella también había llegado a la cumbre de la pasión. Permaneció en su interior hasta que sus contracciones disminuyeron y la tensión de sus piernas se aflojó. Después, se levantó de la cama y se puso bien la ropa. No pudo evitar mirar a Bliss por última vez, y al instante se arrepintió de haberlo hecho. Tenía un aspecto deliciosamente lascivo tumbada sobre la cama, con los labios hinchados por sus besos y sus muslos húmedos y brillantes por su

semilla. Tuvo que darle la espalda.

–Cuando te tengo delante, no me puedo controlar -dijo él con aspereza-.

Pero eso tú ya lo sabes.

–¿Qué vas a hacer ahora?

–Voy a volver a hacer lo que mejor hago -respondió él dedicándole una sonrisa burlona-. ¿Estás segura de que no quieres venir conmigo? Podemos retomarlo donde lo dejamos.

–Yo… no, no puedo. Gerald me ha prometido que me llevaría a Mobile a buscar a mi hijo. No puedo abandonarlo: ya he llegado demasiado lejos.

–Cuando te cases, Faulk se convertirá en el padrastro de tu hijo -señaló él con una fiera expresión en el rostro.

–Así es como son las cosas -respondió Bliss con acritud.

Pero no es así como va a ser esta vez, dijo para sí misma. No tenía ninguna intención de casarse con Gerald Faulk, ni en ese momento, ni nunca.

–Hazme caso -aconsejó Hunter-. Asegúrate muy bien de que tu marido está muerto antes de casarte con Faulk.

Bliss saltó de la cama palideciendo.

–¿Qué quieres decir?

–Imagínatelo.

Él abrió la puerta y miró a ambos lados del pasillo.

–¡No puedes decir algo así y marcharte sin más! – exclamó Bliss.

Él le dedicó una sonrisa torcida que le resultó extrañamente familiar y la

dejó aturdida.

El sonido del picaporte la hizo reaccionar, y se arrojó a la puerta para evitar que se marchara, pero él ya se había ido, desapareciendo tan silenciosa y misteriosamente como había llegado. Sus inquietantes palabras flotaban en el aire como una oscura nube. ¿Qué sabía Hunter de Guy que ella desconocía?

Hunter nadó de vuelta al Predator sin que nadie lo viera. Estaba decidido a encontrar a su hijo antes de que Bliss y Faulk llegaran a Mobile. Hasta el momento en que los había visto besándose, había tenido la intención de revelar su identidad a Bliss, sacarla del barco de Faulk y zarpar con ella hacia Mobile para rescatar a su hijo juntos. Trató de convencerse de que había seguido a Bliss a Cuba por el bien de su hijo, pero sabía que era mentira.

No te engañes, le susurró una vocecita en su interior. Querías remover Roma con Santiago para llevarte a Bliss porque ella es tu mujer y todavía la amas. ¡Sedujiste a tu propia esposa y la trataste como una prostituta!

Intentaste que se quedara embarazada como parte de tu venganza.

Qué extraño que todavía le quedara algo de conciencia, pensó Hunter subiendo a bordo del Predator. Tendría que hacer algo para remediarlo.

El Predator, bautizado con el nuevo nombre de Boston Queen llegó a la bahía de Mobile una semana más tarde. Llevaba bandera americana, una de las muchas de diversos países que Hunter tenía a mano y utilizaba según la ocasión.

Hunter se puso su mejor camisa negra, y pantalones y chaqueta de ese mismo color antes de desembarcar. Llevaba su espada, pero dejó todas sus pistolas menos una a bordo del Queen. También llevaba un gran saco de monedas de oro bajo su chaqueta. Hacía como que buscaba un cargamento para llenar su bodega, pero eso era en lo que menos estaba pensando mientras preguntaba cómo llegar a la Calle Water a un estibador del puerto.

La calle se encontraba en un sórdido barrio, no lejos de los muelles.

Burdeles baratos y tabernas coexistían con residencias privadas y pensiones.

La mayoría de los edificios presentaba un estado deplorable. Hunter preguntó por la familia Holmes en varios lugares, y unos cuantos dijeron que el nombre les sonaba, pero ninguno sabía dónde vivían. Supuso que los lugareños recelaban de ese misterioso forastero vestido de negro con un parche en el ojo.

Desesperado, Hunter decidió llamar a todas las puertas hasta dar con Enos Holmes. Era una calle larga, pero no tenía otra opción.

En ese momento vio a un niño que salía de una taberna con una garrafa llena de cerveza. Tenía un aspecto escuálido y a Hunter le dio pena, lo que en él no era habitual. Debía de tener la misma edad que su propio hijo. Algo del niño le conmovió y lo llamó. El chico se paró y se volvió. Cuando vio al extraño vestido de negro, abrió mucho los ojos e hizo ademán de echar a correr.

–¡Espera! No te vayas. No te haré daño. Estoy buscando a una persona y he pensado que tal vez podrías ayudarme.

El chico aminoró el paso pero no se paró.

Hunter lo alcanzó y le puso una mano en el hombro.

–No te entretendré.

–¿Qué… qué quiere, señor? – levantó la cabeza y miró a Hunter a pesar del miedo-. Si no llevo pronto la cerveza a casa, Enos me pegará.

Hunter apenas escuchó sus palabras. Su corazón empezó a latir con fuerza en el momento en que vio el intenso color turquesa de los ojos del niño: eran exactamente iguales a los de Bliss. Se arrodilló ante el desarrapado muchacho y la mano le tembló al acercarla para acariciarle su oscuro cabello.

–¿Cómo te llamas, hijo?

–Bryan.

–¿Y de apellido?

El niño sacudió la cabeza.

–Enos y Meg dijeron que era un bastardo, que nadie me quería. Meg me quería, pero se puso enferma y murió. Ahora estamos solos Enos y yo.

Cuando Hunter tocó al niño, se sintió tan próximo a él que no necesitó más pruebas para saber que era su hijo. Y no era un bastardo, por mucho que se lo hubieran dicho. Había nacido de un matrimonio legítimo, pero había sido despojado de sus padres por un par de canallas sin escrúpulos que justificaban su acción por puro egoísmo.

–¿Puedo irme ya, señor? Enos me despellejará vivo si no le llevo su cerveza.

–Dámela, hijo, yo te la llevaré. Voy contigo: tengo que solucionar un asunto con Enos.

–¿Sí? Él nunca recibe visitas -intrigado, Bryan corrió por la calle, mirando hacia atrás de vez en cuando para asegurarse de que Hunter lo seguía. Se paró ante una desvencijada pensión de dos plantas.

–Vivimos en el segundo piso. ¿Seguro que quiere subir?

–Por supuesto -respondió Hunter-. Ve tú delante.

El pasillo, estrecho y sombrío, desprendía un fuerte olor a orina y madera podrida. Las escaleras gimieron bajo el peso de Hunter mientras seguía a Bryan hasta el rellano del segundo piso. Faltaba un escalón y una parte del pasamanos se había caído. Le enfurecía pensar que su hijo había vivido en

esas condiciones.

Bryan se paró ante una puerta casi destrozada y giró el picaporte. Miró hacia atrás de nuevo para asegurarse de que Hunter estaba allí.

Lo recibieron unas ásperas palabras:

–Ya era hora, pequeño bastardo. Por tu propio bien, espero que no se haya derramado ni una sola gota.

Un hombre alto y demacrado, con poco pelo y labios estrechos, apareció en el umbral. Se limpió la punta de su enrojecida nariz y miró a Bryan como a través de una borrosa neblina. No vio a Hunter, oculto por las sombras, al agarrar a Bryan del cuello y sacudirlo brutalmente.

–¿Dónde está mi cerveza? Si has perdido mi dinero, me las pagarás. Ese maldito avaro de Grenville apenas me manda lo suficiente para pagar el alquiler y la cerveza.

Hunter ya había oído bastante: tenía ganas de retorcer el pescuezo a Enos Holmes. Dio un paso adelante, colocando la garrafa sobre una desvencijada mesa.

Los ojos de Enos se abrieron de sorpresa y tragó saliva atemorizado al verlo.

–¿Y tú quién eres?

–Soy tu peor enemigo -respondió Hunter fríamente.

Enos se volvió a Bryan, culpándolo evidentemente por traer a su casa a ese inquietante forastero. Levantó el puño con intención de pegar al niño.

–¡Te la has ganado, chico! ¿Cuántas veces te he dicho que no hables con extraños?

Antes de que su mano alcanzara a Bryan, Hunter lo cogió de la muñeca y lo apartó.

–Si le pones la mano encima, eres hombre muerto.

Los ojos de Enos casi se le salían de las órbitas:

–¿Quién eres? ¿Qué te hace pensar que puedes entrometerte entre mi hijo y yo?

–Sabes muy bien que tú no eres su padre.

Hunter quería dar una buena paliza a Enos, pero no delante del niño.

–Bryan, llévate la cerveza a la cocina y quédate allí mientras hablo con Enos.

–Quédate donde estás, chico -ordenó Enos con evidente terror.

–Haz lo que te digo, Bryan.

El tono de voz de Hunter no dejaba otra alternativa, y Bryan se limitó a coger la cerveza y arrastrarla hasta la cocina como le había dicho.

–Me las pagarás -le gritó Enos mientras se marchaba.

–Lo dudo -dijo Hunter controlando su rabia de forma admirable.

Echó un vistazo a la habitación, cuyos escasos muebles raídos estaban cubiertos de polvo, y arrugó la nariz.

–Tengo una propuesta que no podrás rechazar, Holmes.

–¿Qué clase de propuesta? – preguntó Enos con curiosidad.

–Como probablemente ya te habrás imaginado, Claude Grenville no te va a

mandar el dinero que pediste. De hecho, no te va a pagar más.

–¿Te ha mandado Grenville?

–No exactamente.

–Entonces, ¿quién eres y qué demonios quieres?

–Quiero al chico y estoy dispuesto a recompensarte por todos estos años que ha estado contigo.

–¿Quieres pagarme por librarme del enano? – preguntó Enos ansiosamente-.

¿Cuánto?

–¿Es esto suficiente? – inquirió Hunter asqueado ante la avaricia del hombre y mostrándole un saco de monedas de oro del que sacó unas cuantas para enseñárselas.

Enos casi salivó de la emoción al oír como Hunter las hacía sonar delante de sus narices.

–¿Para qué quieres al chico? – preguntó.

–Eso no te interesa. Todo lo que tienes que saber es que tendrá un hogar decente y se le tratará bien.

–Meg y yo criamos al chico desde que era un bebé. Sé que Meg se revolverá en su tumba si le pasa algo -arguyó Enos, fingiendo preocupación.

–Tienes mi palabra. El chico estará bien. Y con esto tú tendrás suficiente dinero para salir de este agujero y empezar una nueva vida. Ya no tendrás que depender de la generosidad de Grenville para salir adelante.

–Siempre he querido ir a Boston -afirmó Enos-. Allí vive una cuñada mía que es viuda y yo siempre le gusté.

Se frotó la barbilla sin afeitar, meditando al parecer sobre la oferta.

–Bien, es tu oportunidad. ¿Qué decides?

–No sé, tengo curiosidad. ¿De qué conoces a Claude Grenville? ¿Qué sabes sobre Bryan?

–Sé todo lo que hay que saber -respondió-. Bryan es mi hijo.

–Pero… Claude me contó que el padre de Bryan había muerto y que su madre no lo quería.

–Las dos cosas eran mentira. Respóndeme, Holmes.

–Llévatelo. Sin el dinero de Grenville, no puedo mantenerlo.

–Sabía que aceptarías -dijo Hunter sombríamente-. De todas formas, tengo una condición.

–¿Qué? – preguntó Holmes con beligerancia -. Eso no lo habías mencionado.

–Quiero que te vayas de aquí hoy mismo.

Holmes se rascó la coronilla.

–¿Hoy mismo? No sé, es demasiado apresurado.

–Así tiene que ser -Hunter volvió a hacer sonar el saco de monedas delante de él-. Aquí dentro hay un botín digno de un rey.

El hombre se humedeció los labios.

–Hay un barco que sale para Boston pasado mañana. Lo sé porque esperaba que el dinero de Grenville llegara a tiempo para comprar un billete.

–¿Qué ibas a hacer con Bryan? – preguntó Hunter con actitud serena pero tranquila.

–Bueno, yo…

–¿Lo ibas a abandonar, no?

–Al fin y al cabo no es mi hijo -gimió Holmes-. Meg se ocupó de él mientras estuvo viva pero murió de calenturas hace dos años.

–Me dan ganas de matarte -dijo Hunter haciendo ademán de desenvainar la espada-. No digas una sola palabra más: recoge tus cosas… ya.

–¿Ahora?

–Sí. Puedes alquilar una habitación al lado del puerto hasta que el barco zarpe. Incluso te acompañaré para asegurarme de que cumples tu parte del trato.

Ni Hunter ni Holmes se habían dado cuenta de que Bryan había estado escuchando su conversación. En ese momento, lo vieron aparecer con una expresión esperanzada:

–¿Me va llevar con usted, señor?

El duro semblante de Hunter pareció relajarse al encontrarse ante la mirada color turquesa del niño:

–¿Nos has oído?

Bryan asintió con entusiasmo.

–Ha dicho que usted es mi papá. Enos y Meg me dijeron que yo no tenía papá y que mi mamá no me quería. Dijeron que mi abuelo me había abandonado porque yo era un niño malo.

Hunter gimió consternado. Si Claude Grenville hubiera estado allí, habría tenido dificultades para contenerse.

–No te dijeron la verdad, hijo. Claro que tienes papá, y te quiere mucho. Yo no sabía nada de ti hasta hace muy poco.

Bryan miró a Hunter con una expresión demasiado seria para alguien tan joven.

–¿Por qué no me quería mi mamá? ¿Me va a llevar con ella?

–Ella tampoco sabía nada de ti, le dijeron que habías muerto. Ya hablaremos de ella después. Te va a gustar el Boston Queen.

–¿Puedo llamarle "papá"? – preguntó Bryan con timidez-. Nunca se lo he llamado a nadie.

Hunter cogió al pequeño en sus brazos y lo abrazó con fuerza, sintiéndose de maravilla. En el hueco que había dejado su corazón, sentía ahora un hormigueo cálido. Le había pasado con Bliss, y ahora con su hijo. ¿Sería eso amor?

–Me encantaría que me llamaras "papá".

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Capítulo 9

El Southern Star entró en la bahía de Mobile con la marea y en uno de los largos muelles que se adentraban en el agua. Bliss se paseaba por la cubierta con impaciencia, deseando salir del barco cuanto antes para ir a buscar a su hijo. Mientras tanto, Faulk se reunió con ella.

–¿Cuándo podremos bajar? – preguntó Bliss con ansiedad.

–Pronto. Van a poner la pasarela dentro de un momento.

–Quizá alguien en el puerto nos pueda indicar dónde está la Calle Water -

sugirió Bliss.

–No deberías ser tan optimista -dijo Faulk-. No tienes ni idea de con qué te vas a encontrar: el chico podría haber muerto. O puede estar tan maleducado que ni siquiera quieras llevártelo. Si su lenguaje vulgar y modales ordinarios son un motivo de vergüenza, quizás sería mejor dejarlo donde está.

Bliss se encaró con él.

–¿Qué estás diciendo? ¿Estás loco? No me importa en absoluto su educación: es mi hijo y lo querré tal y como sea. Él es todo lo que me queda de Guy.

–Como quieras -dijo Faulk agriamente-. Ya está la pasarela. ¿Nos vamos?

El práctico del puerto les dijo cómo llegar. Bliss había memorizado la dirección: número 710. Estaba cerca, así que decidió caminar hasta allí en lugar de esperar a que Faulk alquilara un coche. A medida que se aproximaban a su destino, Bliss se sentía más preocupada por su hijo.

Pensaba que ese sórdido barrio no era un lugar adecuado para criar a un niño. Abundaban las tabernuchas y los burdeles, y las casas necesitaban una reparación urgente.

–Allí es -indicó Faulk señalando una pensión de dos pisos de madera-. ¿Voy a preguntar?

–No, lo haré yo misma -respondió Bliss preparándose para su primer encuentro con su hijo. Se preguntó qué le habrían dicho al niño sobre sus padres y cómo reaccionaría cuando se enterara de que ella era su madre.

Con el corazón palpitante, subió la escalera central. Justo cuando llegaba a lo alto, salía una anciana con un mugriento delantal blanco y una escoba en la mano.

–¿Busca a alguien? – preguntó la señora mirando a Bliss de arriba abajo y sonriendo a Faulk con complicidad-. Si está buscando un nidito de amor para usted y su… eh… señora, ha venido al lugar adecuado. Al contrario que la mayoría de las patronas, yo no soy una cotilla.

Bliss hubiera querido responder como se merecía a esa descarada, pero decidió dejarlo pasar.

–Estamos buscando a uno de sus inquilinos -explicó-. Enos Holmes. ¿Está en casa?

–No está.

–¿Cuándo cree que volverá? – preguntó Bliss maldiciendo la mala suerte que había retrasado su llegada.

La patrona se encogió de hombros.

–No va a volver.

–¿Qué quiere decir? Estoy dispuesta a pagarle por la información.

–Y yo la vendería si la tuviera. Enos saldó sus cuentas conmigo antes de ayer y dijo que se marchaba y que no regresaría.

–¿A dónde se ha ido? – preguntó Bliss con desesperación-. ¿Se ha llevado al niño?

–No estoy segura. Ya le dije que yo no era una cotilla. Lo que hagan mis inquilinos es su problema, siempre que me paguen a tiempo. Creo recordar que dijo algo acerca de volverse a casar.

Bliss se tambaleó como si la hubieran golpeado. ¿Qué podía haber pasado para que Enos huyera?

–¿Sabe cómo se llama su prometida?

–Ahora que lo dice, no recuerdo que él estuviera viendo a ninguna mujer o que mencionara ningún nombre. Qué le vamos a hacer, unos inquilinos vienen y otros se van.

Dando el asunto por zanjado, comenzó a barrer con más energía de la necesaria, casi tirando a Bliss.

–Debe haber algo más que pueda decirme -suplicó Bliss-. Si lo hace, le daré una moneda de oro. ¿Vio al niño? ¿Está bien?

–¿Dónde está esa moneda? – preguntó la mujer, recelosa.

Bliss extendió la mano hacia Faulk y éste, de mala gana, le dio una moneda de oro. Ella se la ofreció a la mujer.

–Aquí está. ¿Qué más recuerda?

La mujer se la arrebató de la mano y se la guardó entre sus abundantes pechos.

–No vi al chico cuando Enos se marchó, pero supongo que está bien. Casi nunca estaba enfermo. No era una familia cariñosa, por así decirlo. Meg Holmes se portó bien con él mientras vivió, pero murió y lo dejó con Enos.

Después, las cosas fueron de mal en peor para el chico.

–Todos los años recibían dinero -continuó-. Tengo la impresión de que alguien les pagaba por cuidar del niño. Eso es todo lo que le puedo decir.

–¿No sabe a dónde ha podido ir Enos?

–No tengo ni idea. Espero que no tuviera nada importante que tratar con él, porque parecía que se iba para siempre.

–Quizá esté llevando al chico a casa de tu padre en Nueva Orleáns -sugirió Faulk-. ¿Por qué no nos vamos inmediatamente? Si Enos se ha estado ocupando del chico solo, probablemente quiera librarse de él antes de casarse de nuevo.

Bliss sintió renacer su esperanza. Gerald tenía razón. Pero aún así, seguía dudando.

–¿Hay algún orfanato en la ciudad donde Enos pueda haber dejado al niño antes de irse? – preguntó a la patrona.

–Que yo sepa no -respondió ella volviendo a su tarea.

–Aquí ya no tenemos nada que hacer -afirmó Faulk instándola a que bajara las escaleras-. Estoy convencido de que estará en Nueva Orleáns, es lo más lógico.

–Enos podría haber abandonado a mi hijo.

–No lo creo. Es evidente que necesita dinero, y tu padre es su única fuente de ingresos. Vamos, si nos damos prisa podemos zarpar con la marea de la tarde.

–No hasta que lo haya buscado por toda la ciudad. – terció Bliss levantando la barbilla testarudamente-. Mi hijo puede estar viviendo en la calle como un mendigo.

Sabía que a Gerald se le estaba acabando la paciencia, pero le daba igual.

–De acuerdo -aceptó él no muy convencido-. Si esta buena señora me da una descripción, ordenaré a mi tripulación que salga a buscarlo.

Bliss escuchó con suma atención a la patrona, que pintó al muchacho como un espabilado niño de seis años, algo delgado para su edad pero sano en general. Sus únicos rasgos distintivos eran su espeso cabello oscuro y los ojos color turquesa.

Apesadumbrada, Bliss volvió al Southern Star con Faulk. Más tarde, organizaron una búsqueda exhaustiva, y Bliss tomó parte activa en ella. Al cabo de siete frustrantes días, se dio por vencida. Desanimada y acongojada, se retiró a su camarote mientras el barco soltaba amarras y ponía rumbo a Nueva Orleáns. A pesar de la desilusión, todavía tenía la esperanza de encontrar a su hijo con su padre.

De repente, se dio cuenta de que no sabía su nombre. De todas formas, tampoco importaba: no lo necesitaba. Algo en su interior le decía que podría reconocerlo en cualquier lugar.

Hunter se enteró de muchas cosas sobre su hijo durante el viaje de Mobile a la Isla Pine. Hablando con él, supo cómo había sido su vida. Un hecho era evidente: era un superviviente y se enfrentaba a la adversidad con coraje y valentía. Tenía un carácter fuerte y una naturaleza curiosa. Había resistido a años de negligencia, a pesar del cuidado un tanto caótico de su madre adoptiva, y después de la muerte de ésta, había sufrido maltrato verbal y físico por parte de Enos.

En la casa había comida solo esporádicamente. Si quedaba dinero después de que Enos se hubiera gastado casi todo en las tabernas, Meg compraba

víveres y rellenaba las alacenas. Cuando ya no quedaba más, simplemente no comían. Tras la muerte de Meg, la vida de Bryan había empeorado: se había visto obligado a buscar su sustento entre la basura de las tabernas.

Hunter estaba sorprendido por el tremendo amor que sentía por su hijo. Se sentía revitalizado, aunque inseguro ante las emociones contra las que había luchado tan duramente y durante tanto tiempo. Se encontró volviendo sobre el pasado: si el destino no se hubiera interpuesto entre ellos hacía siete años, Bliss y él todavía estarían juntos, disfrutando de su hijo como una familia.

Quizá incluso habrían tenido más hijos.

Pensó en Bliss tal y como la había dejado sobre la cama del Southern Star con los labios hinchados por sus besos, las piernas extendidas con sensual abandono y una mirada borrosa por la pasión. El súbito deseo que el recuerdo le había ocasionado, le hizo acalorarse. Sintió que su miembro se endurecía al acordarse del suave perfume de su piel, el sabor de su boca, el modo en que gritaba su nombre al llegar a la cima del placer.

Dios mío, ¿cómo podía haber permitido que Faulk se la llevara? ¡Maldita sea, era su esposa! Pero la única manera de volver junto a Bliss era revelándole su identidad y arriesgándose a que le mandaran de nuevo a prisión. Y si las autoridades se enteraban de que era un pirata, probablemente acabarían colgándole. La piratería era un grave delito, castigado con la pena de muerte.

Hunter dejó de pensar, al ver a Bryan trepando por la escalera para reunirse con él en la cubierta superior. Sonrió abiertamente al chico, observando lo robusto que se había puesto tras unos días de comidas nutritivas y juegos sin preocupaciones. El sol y la fresca brisa marina le habían dado un aire saludable, que no tenía cuando vivía en la miseria.

–¿Cuándo llegamos, papá? – preguntó Bryan devolviéndole la sonrisa.

–Sigue mirando y pronto podrás ver la silueta de la isla.

–Nunca he estado en una isla. ¿Nos quedaremos allí para siempre?

–No lo sé -respondió evasivamente Hunter.

Todavía no había hecho planes para el futuro. Criar a su hijo en un mundo de piratas no le apetecía, ni tampoco dejar que lo criaran Bliss y Faulk.

Tenía suficiente dinero para vivir donde quisiera durante el resto de su vida, e incluso podría dejar a Bryan una herencia considerable. Podrían ir al norte a St. Louis o al este, a Boston; a Londres o a París: a lugares donde no lo persiguiera su pasado.

–¿Crees que mi madre me querrá ahora? – preguntó el niño pensativamente-. ¿La veré algún día?

–Si puede ser, sí, hijo mío -prometió Hunter-. Tenemos que superar algunos obstáculos, pero eres demasiado joven para entenderlo.

Obstáculos como el que Bliss prefiriera a Faulk, o el que quisiera que éste fuera el padre adoptivo de su hijo, pensó sombríamente. Estas y otras cosas eran de las que tenía que ocuparse antes de que Bryan pudiera conocer a su madre.

Y Hunter tenía que aprender a comportarse de nuevo en sociedad, si es que decidía volver.

–Mira papá, ¡la isla! – gritó Bryan excitadamente.

Junto a él, Hunter vio crecer la isla ante sus ojos conforme el barco se acercaba.

–Algo no va bien, capitán -avisó el vigía mientras maniobraban para entrar en la laguna.

El primer oficial, Ty Greene, le tendió a Hunter un catalejo. Hunter examinó la costa con rostro serio. De repente, se puso tenso y juró en voz baja, pasándole el catalejo a Greene.

–¡Maldita sea! – juró a su vez Greene-. Nos han atacado. El pueblo ha desaparecido… lo han quemado por completo.

–Gasparilla -dijo Hunter con los dientes apretados-. Dame el catalejo otra vez.

Se lo puso en el ojo y buscó supervivientes por la playa. Para entonces, la destrucción ya se podía contemplar a simple vista y la tripulación se puso a gritar: algunos piratas tenían familia en la isla, y otros, mujeres de las que se habían encariñado.

–¿Ve a alguien, Capitán? – preguntó Greene con ansiedad.

–A nadie. Fletaremos una barca y buscaremos por toda la isla a las mujeres y los niños. Probablemente se escaparon a la selva cuando oyeron el primer disparo de Gasparilla.

Hunter pidió a Greene que escogiera una docena de hombres para que lo acompañaran a tierra y fue a sacar las armas. Bryan, al que al parecer habían olvidado con el desconcierto, lo siguió:

–¿Algo va mal, papá? – preguntó cuando lo alcanzó.

–Nada de lo que tengas que preocuparte. Tengo que ir a tierra durante un rato pero volveré. Tú espérame aquí.

Bryan se quedó despidiéndolos con la mano, mientras él y sus hombres bajaban por las cuerdas al esquife.

Los hombres remaron en silencio la corta distancia que les separaba de la costa. Los restos carbonizados del pueblo se veían claramente desde ahí, y era evidente que Gasparilla había actuado concienzudamente: no quedaba en pie ni una sola casa ni cabaña. La mayoría habían quedado reducidas a escombros chamuscados.

Dejaron el esquife sobre la arena y caminaron entre las ruinas buscando a

supervivientes. Algunos escombros todavía humeaban, lo que llevó a Hunter a pensar que el ataque no había tenido lugar hace mucho.

–No hay cuerpos, Capitán -informó uno de los hombres después de completar el reconocimiento.

–Vamos a mi casa -sugirió Hunter-. Quizá haya alguien allí.

Incluso antes de llegar a los restos de su propia casa, se vio abrumado por el acre hedor a madera chamuscada. Era como una pesadilla: su casa ya no existía. Habían quemado todos sus tesoros de manera que no se podían ni distinguir. Los altos pinos con barbas de musgo verde hacían guardia sobre los despojos carbonizados, como burlándose de él. Se le puso un nudo en la garganta y apartó la mirada.

–Dividíos y buscad en el manglar -ordenó Hunter a los hombres, que le miraban como pidiendo instrucciones.

–No me sorprendería nada que Gasparilla se hubiera llevado a todos los habitantes de la isla y los hubiera vendido como esclavos -murmuró a Greene.

Al parecer, sus hombres estaban pensando lo mismo, pues podía leer la desesperación y rabia en sus sombríos rostros.

De repente, un hombre salió de la selva. Hunter hizo ademán de desenvainar la espada, pero la soltó al reconocer a Caesar.

–Le estaba esperando, Capitán -dijo Caesar tropezando en su prisa por aproximarse-. Rezábamos porque Gasparilla no le hubiera encontrado.

–¡Estáis a salvo! – exclamó Hunter con gran alivio-. ¿Dónde están los otros?

–En el norte de la isla, con los indios. Cleo y yo sospechamos que Gasparilla volvería después de su primera visita y empezamos a preparar

todo cuando usted se marchó. Avisamos a los del pueblo para que huyeran en cuanto vieran aparecer el Doña Rosalía, y las mujeres nos ayudaron a llevar todos sus objetos de valor al pueblo indio. Los indios ofrecieron su ayuda también cuando se enteraron de lo que había pasado. La mayoría de sus objetos valiosos ya estaban escondidos en el pueblo mucho antes de que Gasparilla llegara con sus grandes cañones.

Hunter se quedó sin palabras.

–¿Habéis hecho eso por mí?

–Sí, Capitán, usted se ha portado mucho más que bien con todos nosotros.

–¿Quieres decir que nuestras mujeres y familias están bien? – preguntó uno de los hombres.

–Todos lograron escapar -respondió Caesar-. Yo estuve vigilando cuando Gasparilla y sus hombres saltaron a tierra y quemaron lo que quedaba del pueblo. Después prendieron fuego a la casa del capitán. Gasparilla estaba furioso porque Hunter no estaba aquí. Le oí jurar que lo encontraría y acabaría con él. Algunos de sus hombres querían registrar la selva para encontrar a las mujeres, pero él se lo prohibió. No quería molestar a los Calusa, pues sabía que son amigos del capitán.

Hunter estaba asombrado: le resultaba inconcebible que Caesar, Cleo y todos los demás hubieran hecho eso por él. No se merecía una lealtad tal.

Por primera vez en siete años, se sentía agradecido hacia otro ser humano.

Su alma había estado tan vacía durante tanto tiempo que había pensado que en ella solo cabía el odio y la amargura.

–Volvamos al barco -dijo con voz ahogada-. Navegaremos hasta el pueblo indio y recogeremos a los supervivientes. Una vez que todo el mundo se encuentre sano y salvo a bordo, decidiremos qué hacer. Gasparilla es un hombre vengativo: no descansará hasta que se haya resarcido por mi traición.

–Todos estamos con usted, Capitán -afirmó un pirata barbudo.

Los demás lo apoyaron con una salva de hurras.

Caesar se quedó con Hunter atrás mientras los otros se encaminaban a la playa:

–¿Y el botín que está escondido en la isla?

–Voy a llevarme casi todo a mi barco. Quiero compartir una parte con mi tripulación y el resto se quedará aquí hasta que vuelva a buscarlo. Todavía tengo que decidir qué voy a hacer con mi vida: ahora tengo un hijo y debo pensar en él. Vamos, volvamos al barco a por un par de palas.

Tres horas después, habían desenterrado cuatro grandes cofres llenos de tesoros y los habían subido al barco. Solo quedaban dos, y Hunter decidió dejarlos donde estaban por el momento. Una vez que los cofres estuvieron a salvo en la bodega del Boston Queen, Hunter tomó él mismo el timón, y puso rumbo al norte de la isla.

Tamrah y Tomas los recibieron en la playa cuando desembarcaron. Los piratas y sus mujeres se reunieron con grandes muestras de alegría.

–Esta noche haremos una gran fiesta para celebrar vuestra vuelta -anunció Tamrah con timidez.

–Te agradezco la ayuda que nos ha prestado tu pueblo -dijo Hunter.

–Te debo muchísimo por haberme dado a Tamrah -terció Tomas en un inglés vacilante.

–Espero haber acertado, Tomas -respondió Hunter mirándole a los ojos.

–Por supuesto que has acertado -dijo Tamrah a su vez-. Me siento feliz al lado de Tomas, y te pido perdón por lo que le hice a tu mujer. Fue un error por mi parte pensar que yo podría llegar a ser algo más que tu amiga o tu

hermana: ahora sé que aquí es donde tengo que estar.

–Estás perdonada -afirmó Hunter-. Tu padre me pidió que te protegiera y he hecho lo que he podido. Ahora le toca a Tomas.

–¿Dónde está Bliss? – preguntó Tamrah-. Cleo dijo que ibas a buscarla.

Antes de que Hunter pudiera responder, apareció Bryan, que había llegado a tierra en otra barca.

–¿De quién es este niño? – preguntó Cleo con curiosidad.

Hunter cogió a Bryan en sus brazos para que todos lo vieran:

–Es mi hijo. Se llama Bryan.

–Su hijo… pero… -Cleo se detuvo repentinamente, fijándose en el muchacho detenidamente. Unos graves ojos color turquesa le devolvieron la mirada. Sofocó un grito de sorpresa y miró inquisitivamente a Hunter.

–Sí, es cierto lo que estás pensando, pero te pido que no digas su nombre delante del niño.

–¿Lo ha sabido desde siempre? – preguntó Cleo cuando se repuso de la sorpresa.

Hunter dejó a Bryan en el suelo y pidió a Tamrah que le buscara algo para comer. Bryan se marchó con ella, sin ser consciente del alboroto que su presencia había levantado.

–No sabía que tenía un hijo hasta el día en que salí con el esquife para ir a Sanibel. Me supuso tal conmoción que tuve que irme solo para pensar.

–No sabía que Bliss y usted se conocieran antes de que la trajera a la isla.

–Nunca le revelé mi verdadera identidad. Al parecer, la apartaron de su hijo

al nacer: su padre le contó que había muerto y ella lo creyó. Ella sabe desde hace muy poco también que está vivo, e iba en su búsqueda cuando Gasparilla atacó su barco y se la llevó a Captiva.

–¿Y por qué no está aquí?

–Es una historia muy larga, Cleo -respondió Hunter con cansancio-. Y no quiero contártela ahora. Basta con que sepas que Bliss no sabe que yo soy Guy DeYoung, el hombre con el que se casó hace siete años, y ahora está con su prometido.

–¡Su prometido! – exclamó Cleo horrorizada-. ¿Cómo puede casarse con otro hombre si ya está casada? Yo creía que eso no se podía hacer.

–Bliss piensa que su marido yace en una tumba de un cementerio para indigentes.

–¿Qué va a hacer? Gasparilla ha jurado matarlo. Si continúa siendo pirata, la vida de su hijo correrá siempre un grave peligro. ¿Es eso lo que quiere para él?

–No. Quiero que tenga una vida mejor que la que yo he tenido, que disfrute del dinero que he acumulado -explicó, frunciendo el ceño-. Sé que he conseguido la mayor parte de mis riquezas de forma ilegal, pero no puedo cambiar el pasado. Ahora me preocupa el futuro.

La fiesta de esa noche fue muy bien recibida. Los piratas estaban de nuevo junto a sus mujeres y sus hijos y el ron fluía a raudales. Hunter acostó a Bryan en una de las cabañas hechas con troncos y hierba, y se reunió con él poco después, pues tenía mucho en que pensar.

La piratería no era un modo de vida ni práctico ni seguro para él, ahora que tenía un hijo al que proteger. Hunter sabía cómo funcionaba la retorcida mente de Gasparilla: cuando se le metía algo en la cabeza, era como un perro tras un hueso. Si permanecía en la Hermandad, lo acosaría

continuamente, pues ahora era su enemigo.

Sabía lo que se jugaba antes de llevar a Bliss a la Isla Pine, pero había preferido ignorarlo. En ese momento, no podía pensar en otra cosa que no fuera la mujer que había sido su esposa. Cuando repasó los motivos que le habían llevado a seducirla, no se sorprendió demasiado al darse cuenta de que había estado engañándose a sí mismo acerca de sus sentimientos. Era dolorosamente consciente de que la había raptado porque la había echado de menos, porque la necesitaba y la amaba todavía, por mucho que intentara apartar su recuerdo de su mente y su corazón.

Hunter había aprendido mucho sobre sí mismo desde que Bliss había vuelto a su vida: todavía era vulnerable y todavía le podían hacer daño. Todavía estaba casado con Bliss y tenían un hijo juntos. Su mente buscaba respuestas y las encontraba. De madrugada, hizo planes para el futuro: un futuro que quizá podría incluir a Bliss.

El Predator, con la bandera negra de nuevo, levó el ancla y zarpó hacia el norte. A bordo se encontraban los habitantes del pueblo pirata y los tesoros que se habían salvado de la casa de Hunter. Pusieron rumbo a Barataria, la fortaleza de Jean Lafitte.

Seguir: parte 2 de 3