Piso compartido
La compra
Ahí afuera no hay nadie, pero en el felpudo descansan unas cajas de madera repletas de fruta, verdura, pescado y latas de conserva. Abajo del todo hay siete fiambreras etiquetadas con los nombres de los días de la semana.
—Son mis purés —me dice Rosario, que ahora está detrás de mí—. Estoy de los purés hasta el gorro, pero es lo único que puedo comer con la dentadura. O, bueno, sin ella, que se me cae. No te importará llevar las cajas a la cocina, ¿verdad, rica? Que tú todavía puedes agacharte sin que se te rompa nada.
—Esta semana te convidamos a lo que tenemos, que has llegado antes de tiempo, pero a partir de ahora tienes que rellenar la lista de la compra, como todas —dice la señora más alta, la de Las chicas de oro, señalándome un papel que cuelga de la nevera sujeto por un imán con forma de churro.
—Aquí cada una se hace su comida —añade la señora de la camiseta de Ajoblanco—. Soy Olvido, por cierto, que no me había presentado.
—Y yo, Esmeralda —dice la alta.
Las miro confundida. Son tan sigilosas que no las he oído llegar. Se mueven como si levitaran sobre los pañitos que llevan debajo de las zapatillas, para pulir el parqué. Aquí ningún movimiento se hace en balde.
Me presento yo también y dejo la compra en la encimera.
—Eso, déjalo ahí, hijuca, que ya lo recojo yo. Estarás cansada. Vete al salón con Olvido, que sois de la misma quinta y tendréis que hablar de vuestras cosas. No sabes lo contenta que está de que hayas venido, que ya se aburría con estas viejales, ¿verdad, Olvidito? —dice Esmeralda.
—Vete al cuerno —responde Olvido y, aunque se hace la ofendida, dibuja una pequeña sonrisa.