Posesion
Capítulo XXX
¿En qué dirección? El agua llovía sobre ella por todas partes.
Se produjo un ruido crujiente; muy débil al principio, pero que se fue haciendo cada vez más fuerte, como el chasquido de un trozo de madera al romperse bruscamente. Era como si alguien estuviera abriendo un cajón de embalaje. El ruido se extendió, rodeándola, casi ensordeciéndola. De repente cesó y por un momento no hubo sonido alguno.
Miró a su alrededor, en la oscuridad, tratando de orientarse, tratando de encontrar el camino correcto. Pero no había otra cosa salvo la oscuridad.
Oyó un rumor, muy débil al principio, como un trueno distante que se transformó en un rugido estridente, exactamente detrás de ella. Se giró en redondo y por un instante la vio: la luz de la sala de baile. Después el muro de agua.
No.
El muro de agua que cayó sobre ella, lastimándola.
La luz fue lo primero en desaparecer. Después el sonido. Se hizo el silencio cuando el agua la alcanzó, la envolvió y la arrastró por el suelo.
Un silencio completo. Absoluto.
CAPÍTULO XXX
Todo era blanco, muy blanco, suave, difuso, lechoso. Dedos blancos se deslizaban sin ruido a su alrededor, dejando ondas silenciosas en su despertar. La consciencia era todavía tan débil que apenas registraba lo que le estaba sucediendo. Tabletas, pensó, medicamentos que le hacían sentirse bien, soñar bellos sueños que costaba trabajo abandonar para despertarse.
La severa mirada; las frondas de un bigote; ojos azules acerados.
¿Cuánto tiempo llevaba allí?
–¿Estás bien, muchacha? – ella sonrió débilmente-. Esto está muy cargado… ¿Puedo abrir la puerta?
Ella afirmó. Se oyó el golpe de la persiana al abrirse y de pronto la habitación se llenó de una luz brillante. Desapareció la ilusión para dar entrada a la realidad como a una intrusa. Otro día había pasado. Un día más que no tenía importancia.
–¿Qué día es hoy, Philip?
–Dieciocho de mayo.
«Jesús!» Inesperadamente Alex trató de incorporarse, pero el profundo dolor de su espalda se lo impidió.
–¿No hay cambios?
–Creo que estoy un poco mejor.
Durante unos pocos minutos siguieron sentados en silencio. Alex observó a Philip que fumaba, el parpadeo de sus pestañas; trató de pensar de nuevo, luchando contra el efecto de las drogas que, precisamente, se le administraban para impedir que pensara.
–Yo los maté -exclamó-. Vinieron a ayudarme y yo los maté.
–Aquello era muy inseguro. Podía haber pasado en cualquier momento.
Debía haber estado precintado.
–Yo abrí la válvula. Me equivoqué. Pensé que era la rueda de la puerta.
Ella miró el azul de sus ojos. La luz parecía danzar en ellos reflejándose sobre la profundidad de un lago. Estanque medieval. Sintió un escalofrío.
–Yo los maté.
–No, por Dios, no.
–Lo hice.
–Un accidente, muchacha. Un accidente.
–Y ni siquiera estuve en su funeral. No fui al funeral de mi propio esposo. – Vio cómo Philip se ponía de pie y se dirigía a la ventana. Se apoyó en el alféizar y miró fuera-. También debí asistir al de Otto. El estuvo en el de Fabián.
–En Alemania -dijo Philip amablemente- Creo que se llevaron su cuerpo a Alemania.
Hubo otro largo silencio. Alex tembló.
–Ni siquiera le mandé flores a Otto… ni a la chica.
–¿La chica?
–Carrie.
–¿Carrie?
–La chica que… -Hizo una pausa y lo miró-. Ya sabes. La chica que estaba allí.
–¿Quién estaba dónde?
–Bajo el lago.
–¿Qué chica estaba bajo el lago?
–Aquella que Fabián… -hizo una pausa.
¿Por qué no quería él hablar de ello? ¿Por qué continuaba negando?
Él retrocedió y se sentó cerca de la cama.