Presunto inocente

Scott Turow · Capítulo 6 de 49

Páginas del PDF

Presunto inocente

Capítulo 4

alejando de él. Ya lo he dejado atrás.

CAPÍTULO 4

En la oscuridad se destaca la figura roja y azul de Spiderman sobre la cama de mi hijo. Es de tamaño natural y está en una postura de profesional de lucha libre, dispuesto a hacer presa a cualquier invasor.

Yo no crecí leyendo cómics; era una actividad demasiado frívola para la casa donde me crié. Pero, en cuanto Nat tuvo dos o tres años, comenzamos a explorar juntos los tebeos cada domingo. Mientras Barbara dormía, yo hacía el desayuno a Nat. Después, sentados en el sofá de la habitación del sol, con mi hijo sentado muy cerca de mí, comentábamos los progresos semanales de cada historieta. Nat perdía la furia descontrolada típica de un niño pequeño y quedaba reducido a una esencialidad más personal, pequeña y con un embeleso que se percibía a través de su cuerpo.

Así fue como llegué a establecer mi propia relación con el Lanzador de Telarañas. Ahora Nat, que ya va a escuela primaria y es casi autosuficiente, lee los cómics él solo. Tengo que esperar el momento oportuno para conocer el destino de Peter Parker sin llamar la atención. La verdad es que son historias francamente divertidas; intenté explicárselo a Barbara cuando me pilló, hace unas semanas, con una en las manos. – ¡Será posible! –

exclamó mi mujer, la cuasi-doctorada.

Toco el pelo de Nat, tan fino. Si siguiera toqueteándole, Nat acostumbrado a mis llegadas a altas horas, probablemente acabaría por incorporarse en la cama para murmurarme alguna gentileza. Esta es mi primera parada de cada noche. Tengo un deseo casi físico de su aliento tranquilizador. Justo antes de que Nat naciera, nos vinimos a vivir aquí, a Nearing, un antiguo puerto de ferrys en el cual los habitantes de la ciudad comenzaron a refugiarse

hace lo bastante como para que se considere más ciudad que barrio. Aunque en un principio fue Barbara la que propició este traslado, ahora abandonaría con gusto Nearing, al que muchas veces culpa de su aislamiento. Soy yo el que necesito distanciarme de la ciudad, un lapso de tiempo y de espacio que me permita crearme una sensación de protección frente a lo que veo a diario. Supongo que esa es otra razón por la que tenía tantas ganas de que Spiderman ocupara este lugar. La actitud de Spidy, de ágil vigilancia, me reconforta.

Me encuentro a Barbara bocabajo en nuestra cama, casi desnuda. Está sin aliento, con los músculos de su estrecha espalda contraídos y cubiertos de sudor. El vídeo zumba mientras rebobina. En la tele, acaban de empezar las noticias. – ¿Ejercicios? – le pregunto.

–Masturbación -contesta ella-. El único refugio del ama de casa solitaria.

Ni se molesta en echarme una mirada. A pesar de ello, me acerco y le doy un rápido beso en el cuello.

–Te llamé desde la estación de autobuses cuando perdí el de las 8:35. No estabas en casa. Te dejé un mensaje en el contestador.

–Lo he oído -dice ella-. Había ido a recoger a Nat.

Cenó con mamá. Quería quedarme un rato más en el ordenador grande. –

¿Te ha cundido?

–He perdido el tiempo -se gira con el pecho aprisionado en el sujetador deportivo.

Mientras me desnudo, recibo una lacónica relación de los sucesos del día: la enfermedad de un vecino, la cuenta del mecánico, las últimas ocurrencias de su madre. Barbara va enumerando toda esta información con un tono aburrido. De esta ofensiva suya, monótona, de esta amargura tan cansina que ni siquiera es un reproche, me defiendo de la forma más simple: fingiendo no notarla. Muestro interés por cada noticia, entusiasmo por cada

detalle. Y, mientras tanto, me voy cargando interiormente de una sensación familiar, como si mis venas se hubieran llenado de plomo. Estoy en casa.

Hará unos cinco años, cuando creía que estábamos preparados para tener otro hijo, Barbara anunció que volvía a la universidad, que se había matriculado en unos cursos de doctorado en matemáticas, rellenado la solicitud y pasado los exámenes sin decirme una palabra. Mi sorpresa la tomó por un reproche, y mis intentos de rechazar esa interpretación los aceptó con grandes reticencias. Pero yo no lo desaprobaba; nunca he creído que Barbara tuviera la obligación de quedarse en casa. Si reaccioné así, fue por otra cosa. No tanto por el hecho de no ser consultado, sino, más bien, porque ni siquiera lo hubiera intuido. De estudiante, Barbara había sido un portento en matemáticas; iba a clases para posgraduados que daban renombrados profesores junto a otros dos o tres estudiantes, todos ellos criaturas eremíticas de largas barbas descuidadas. Pero entonces, desdeñaba sus habilidades. Ahora, según me aseguraba, había descubierto que las matemáticas eran su verdadera vocación; sentía un interés devorador, del que no había oído una palabra durante más de media década.

En este momento Barbara está ocupada con su tesis.

Cuando la empezó, me dijo que proyectos como el suyo, soy incapaz de explicar en qué consiste, pueden, a veces, redactarse en una docena de hojas. Tanto si con esas palabras quería poner de manifiesto su esperanza o su ilusión, lo cierto es que la tal tesis se ha ido prolongando como una enfermedad crónica y se ha convertido en otra causa más de su dolorosa melancolía. Siempre que paso por delante de su estudio, la veo con un aspecto lamentable sobre su mesa de trabajo, la mirada fija en el único cerezo enano que ha logrado subsistir en la tierra caliza de nuestro jardín trasero.

A la espera de inspiración, lee. Nada que tenga algo que ver con este mundo: ni periódicos, ni revistas. Qué va. Viene de la biblioteca de la universidad cargada con p e s a d o s v o lú m e n e s s o b r e t e m a s a r c a n o s: psicolingüística, semiótica, braille y lenguaje gestual para mudos.

Es una fanática de los datos. Por las noches, se reclina sobre el brocado del

sofá del salón, comiendo bombones belgas, y, allí, hace sus descubrimientos sobre el funcionamiento de un mundo que nunca visita. Lee sobre la vida en Marte o las biografías de unos hombres y mujeres que la mayoría de nosotros encontraría aburridos y, desde luego oscuros.

A continuación, un torrente de cultura médica. Pasó el último mes con libros que trataban, al parecer, de criogenia, inseminación artificial e historia de las lentes.

Lo que ocurre durante estas visitas galácticas a otros planetas del entendimiento humano me es desconocido.

Sin duda, compartiría sus nuevos conocimientos conmigo si se lo pidiese.

Pero, con el tiempo, he perdido la habilidad de demostrar interés y Barbara considera mi apatía hacia estas materias como un defecto. Es más fácil guardar silencio mientras ella vaga por esos derroteros lejanos.

No hace mucho, se me ocurrió que a mi mujer con su abrupto manierismo social, su aversión por el género humano en general, su lado taciturno y su virtual parafernalia de pasiones privadas, en gran medida incomunicables, sólo se la podía describir como una persona misteriosa. No conserva ninguna amistad digna de ese nombre fuera de la relación que la une con su madre, a quien, cuando yo la conocí, Barbara apenas hablaba, y a la que todavía considera con escepticismo y desconfianza. Como mi madre, que en paz descanse, parece una cautiva voluntaria entre las paredes de su propia casa, consagrada al cuidado de nuestro hijo, al mantenimiento impecable de la casa y al trabajo sin fin con sus fórmulas y sus algoritmos.

Sin que al principio lo advirtiera, noto que ambos hemos dejado de hablar, incluso de movernos, y estamos mirando la televisión, cuya pantalla se ha llenado con imágenes del servicio celebrado hoy en recuerdo de Carolyn.

Se ve llegar el coche de Raymond y, por un breve instante, la parte de atrás de mi cabeza.

Acompañan al hijo hasta las mismas puertas de la capilla. El presentador del noticiario superpone su comentario a las imágenes: «Ochocientas

personas, incluidas muchas personalidades locales, se reunieron en una iglesia presbiteriana para presenciar el sepelio de Carolyn Polhemus, una ayudante del fiscal general, asesinada hace dos noches, en un acto brutal que implicó además su violación.» Ahora se ve salir a la gente. El alcalde y Raymond son filmados hablando con los periodistas, pero sólo se reproducen las palabras de Nico. Utiliza el registro más pausado del que es capaz y rehúsa contestar a cualquier pregunta relacionada con la investigación del caso. «He venido a recordar a una colega», les dice a los periodistas con un pie en el coche.

Barbara es la primera en hablar. – ¿Qué tal fue? – se ha envuelto en una bata roja de seda.

–Una gala -le contesto-, de alguna manera. Una reunión de luminarias. –

¿Lloraste? – ¡Vamos, Barbara!

–Te lo digo en serio -se ha echado hacia delante.

Ha encajado la mandíbula y hay una salvaje inercia en su mirada. Siempre me maravilla que tenga la rabia tan a flor de piel. Con los años, la superioridad de su ira se ha convertido en una fuente de intimidación. Sabe que yo tardo más en responder, reprimido por antiguos temores, por el oscuro peso de la memoria. Mis padres solían sostener violentas discusiones que, a veces, desembocaban en auténticas peleas. Recuerdo vívidamente una noche en que me despertaron sus gritos y descubrí a mi madre con un mechón de pelo rojo y reluciente de mi padre en una mano, mientras con la otra le pegaba con un periódico enrollado como si fuera un perro. Tras estas peleas mi madre permanecía postrada en la cama durante varios días, sufriendo terribles dolores de cabeza que la obligaban a permanecer en una habitación oscura y hacían caer sobre mí la prohibición de hacer ruido.

Sin otro lugar donde refugiarme me dirijo a la cesta de ropa limpia que Barbara ha traído de la lavandería y me pongo a emparejar calcetines.

Guardamos silencio por unos instantes, sumidos en el parloteo de la televisión y los ruidos nocturnos de la casa. Un pequeño ramal del río corre por detrás de los edificios a una manzana de distancia y, ahora que no hay

tráfico, llega hasta nosotros el sonido del agua. Dos pisos más abajo, se cierra un horno con un portazo. Por primera vez en el día de hoy, exhalará a través de los conductos una especie de efluvio grasiento.

–Nico ponía mucho ahínco en parecer triste -me dice por fin.

–Sin demasiado éxito, si le hubieras visto de cerca.

Estaba realmente radiante. Cree haberle metido un gol a Raymond.

–Y ¿es verdad?

Selecciono los calcetines y me encojo de hombros.

–Ha ganado mucho terreno con este asunto.

Barbara, testigo durante todos estos años de la imbatibilidad de Raymond, está obviamente sorprendida, pero en seguida pone en marcha a la matemática que hay en ella y la veo calcular las nuevas posibilidades. Se coge el pelo, de puntas grises y ensortijado, con el corte de moda y su cara bonita se ilumina de curiosidad. – ¿Qué harías si pasara? ¿Si Raymond perdiera?

–Aceptarlo. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

–Me refiero a tu trabajo.

El azul con el azul. El negro con el negro. No es fácil a la luz de una bombilla. Hace unos años hablaba de marcharme del despacho. Era cuando aún creía poder convertirme en abogado defensor. Pero nunca me decidí a dar el paso, y hace mucho tiempo que no hemos vuelto a hablar de mi futuro.

–No sé lo que haría -le digo honradamente-. Soy abogado. Continuaría en la práctica. O enseñaría. No lo sé. Delay dice que quiere mantenerme en el cargo de ayudante jefe.

–Y ¿tú le crees?

–No -llevo los calcetines a mi cajón-. Hoy no decía más que chorradas.

Llegó a decirme, todo serio, que el único oponente que le hubiera asustado era yo. ¿Sabes?, como si yo fuera capaz de apartar a Raymond y quedarme como su sucesor.

–Pues, deberías haberlo hecho -dice Barbara.

Me vuelvo a mirarla.

–De verdad -su entusiasmo, en cierto modo, no me sorprende. Siempre ha sentido por el jefe un genuino desdén de esposa. Y además, es sólo culpa mía. Soy yo el que carece de arrestos suficientes para hacer lo que a ojos de todo el mundo parece evidente.

–No soy político.

–Ya te las arreglarías -replica Barbara-. Te encantaría ser fiscal general.

Lo que me imaginaba: mi mujer tiene un conocimiento más profundo de mi naturaleza que yo mismo. Decido salirme por la tangente y le digo que todo esto es pura retórica. Raymond ganará.

–Bolcarro acabará por apoyarle. O atraparemos al asesino -y señalo la televisión con la cabeza- y llegará al día de las elecciones con su nombre en boca de todos los medios de comunicación. – ¿Cómo lo va a hacer? ¿Es que tienen un sospechoso?

–Tenemos una mierda. – ¿Entonces?

–Entonces, Dan Lipranzer y Rusty Sabich van a trabajar día y noche hasta poner al asesino a los pies de Raymond. Esa es la estrategia.

Cuidadosamente planeada.

El mando a distancia chasquea y la imagen de la televisión se reduce a una diminuta estrella central. A mi espalda, oigo un puchero, un ronquido. No es un sonido agradable. Cuando vuelvo la mirada, los ojos de Barbara, fijos en mí, se han quedado en un punto cero, llenos de un odio absoluto.

–Eres tan predecible -dice en voz baja y mezquina-. ¿Estás a cargo de la investigación?

–Por supuesto. – ¿Por supuesto?

–Barbara, yo soy el ayudante jefe del fiscal general y Raymond se juega la vida en estas elecciones. ¿Qué otro podría llevar la investigación? El se encargaría de hacerlo si no estuviera haciendo campaña catorce horas al día.

Fue la perspectiva de una escena así la que me causó un estado de extremo desasosiego cuando, hace un par de noches, tuve que coger el teléfono para decirle lo que había pasado. No podía dejar de hacerlo; eso hubiera sido fingir demasiado. Mi llamada tenía el único propósito de anunciarle que llegaría tarde. Le expliqué que la oficina era un caos absoluto. «Carolyn Polhemus ha muerto», añadí. – ¡Hum! – replicó Barbara con un tono frío-.

¿De una sobredosis? – preguntó.

Me quedé perplejo mirando el auricular y calculando la profundidad de este malentendido.

Pero ahora no puedo esquivarla. Su rabia es cada vez mayor.

–Dime la verdad. ¿No hay en eso un conflicto de intereses…?

–Barbara…

–No -dice. Se ha puesto en pie-. Contéstame. ¿Es eso profesional…? ¿El que lo estés haciendo tú? Hay otros ciento veinte abogados. ¿No han podido encontrar a alguien que no se acostara con ella?

Estoy acostumbrado a estas alzas de tono y bajas tácticas. Me esfuerzo por

permanecer ecuánime.

–Barbara, Raymond me ha pedido que lo haga. – ¡Venga ya, Rusty! No me vengas con esas porquerías de altos propósitos y causas nobles. ¡Explícale a Raymond por qué no puedes encargarte del caso!

–No quiero hacerlo. Sería dejarle en la estacada. Y resulta que a él ese asunto ni le va ni le viene.

Mi desasosiego es tan evidente que Barbara me abuchea. Me doy cuenta de que ésa es una táctica errónea. He escogido un mal momento para decir la verdad. Barbara siente muy poca compasión por mi secreto; si no fuera porque también a ella le dolería, lo publicaría en la cartelera. Durante el corto lapso en que, efectivamente, estuve con Carolyn, no tuve el valor o la decencia o el deseo de ser estorbado, o como quieran llamarlo, para confesarle nada a Barbara. Eso tendría que esperar hasta el final, una semana o dos después de que me hubiera resignado a la idea de que todo había acabado. Volví a casa temprano, a la hora de la cena, para compensar un mes de casi total ausencia a estas horas. Mi libertad me la procuró la falsa excusa de estar preparando un caso que, como había anunciado, iba a ser agotador. Nat se acababa de marchar a ponerse delante del televisor la media hora pactada. Y yo, sin saber cómo, me sinceré. La luna. Mi condición anímica.

Una copa. Los psicólogos hablarían de un estado de fuga. Yo estaba a la deriva, miraba a la mesa. Cogí el vaso alto que tenía ante los ojos; era idéntico a los de la casa de Carolyn. Y aquello me la recordó con tanta intensidad que perdí el control. Sollocé, lloré allí sentado con pasión y Barbara lo adivinó inmediatamente. No se le ocurrió que pudiera estar malo; no pensó que fuera la fatiga o la tensión del juicio, o una enfermedad de las glándulas lacrimales. Lo adivinó; supo que lloraba por una pérdida y no por vergüenza.

Su inquisitoria no tuvo nada de tierno, pero no fue muy prolongada.

¿Quién? Se lo dije. ¿Me iba a marchar de casa? Ya había acabado. Fue corto, le dije, apenas había durado.

Oh, fui un héroe. Allí sentado, en la mesa de nuestro comedor, con la cara entre los brazos llorando, casi aullando, sobre las mangas de la camisa. Oí el entrechocar de los platos cuando Barbara se levantó y empezó a recoger la mesa.

–Al menos, no tengo que preguntar quién dejó a quién.

Más tarde, después de llevar a Nat a la cama, subí errático, hundido y aún con un lastimoso aspecto, a verla al dormitorio donde se había refugiado.

Barbara estaba haciendo ejercicio otra vez, con aquella música insípida en el cassette, a todo volumen. Observé su contorsión doblemente atormentada, mientras yo seguía en completo desorden, tan vejado, tan vencido que parecía que sólo gracias a la piel, cáscara frágil, me mantenía de una pieza. Había entrado para decir algo tan prosaico como que quería continuar. Pero aquella frase no lograba emerger. La rabia con la que se castigaba el cuerpo, me mostraba claramente, incluso en mi estado, lo vano de mi esfuerzo. Me quedé mirando durante, quizá, cinco minutos. Barbara no me dirigió la mirada ni una sola vez, pero, al fin, en medio de una extensión articuló su opinión:

–Podrías habértelo hecho mejor -dijo algo más que no llegué a oír. La última palabra fue: puta.

Desde entonces hemos seguido juntos. En parte, mi asunto con Carolyn nos ha proporcionado una especie de extraño alivio. Al menos hay una causa ahora que justifica el efecto, que da ocasión a que se manifieste la negra rabia de Barbara, una razón real que explica por qué no nos llevamos bien.

Ahora existe algo que tenemos que remontar y, por consiguiente, una esperanza tangible de que las cosas pueden mejorar.

El asunto que se nos plantea ahora, tal como yo lo veo, es el siguiente: si lo dejamos o no a pesar de los progresos que podamos hacer. Durante meses, Carolyn ha sido un demonio, un espíritu que lentamente se iba exorcizando de esta casa. Y la muerte la ha devuelto a la vida. Comprendo la queja de Barbara pero no puedo, no puedo, ceder a su deseo. Y mis razones son

suficientemente personales como para caer en el reino de lo implícito, incluso de lo indecible.

Intento que lo comprenda, con una súplica sencilla y pausada:

–Barbara, ¿dónde ves la trascendencia? Es sólo una semana y media. Hasta las elecciones. Eso es todo.

Después será otro caso más de la policía. Homicidio sin resolver. – ¿Es que no ves lo que estás haciendo?, ¿a ti mismo?, ¿a mí? Barbara -vuelvo a decir.

–Lo sabía -me interrumpe ella-. Sabía que harías algo de eso. Cuando me llamaste el otro día. Lo deduje de tu voz. Vas a pasar por todo otra vez,

¿verdad, Rusty?

Eso es lo que quieres, ¿eh? Eso es lo que quieres. Está muerta y tú sigues obsesionado con ella.

–Barbara.

–Rusty, ya he soportado más de lo que podía aguantar. No pasaré por esto -

Barbara no llora en estas ocasiones; en su lugar, se refugia en el altivo abismo de una ira volcánica. Se enrosca sobre sí misma para reunir fuerzas, abrazada con sus amplias mangas de satén mientras se desploma en la cama. Coge un libro, el mando a distancia, dos almohadas. El volcán de Santa Elena ruge y decido marcharme.

Me dirijo al armario y cojo la bata.

Al llegar al umbral de la puerta, me habla. – ¿Te puedo preguntar algo?

–Claro. – ¿Que siempre quise preguntarte?

–Claro. – ¿Por qué te dejó? – ¿Carolyn?

–No, Perico el de los palotes -sus palabras están tan cargadas de amargura