Primer viaje en torno del globo

Antonio Pigafetta · Capítulo 1 de 20

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Primer viaje en torno del globo

Prefacio del traductor francés

 

En el siglo XV los italianos eran casi los únicos que comerciaban con los géneros que Asia suministra a Europa, particularmente especias, tales como

pimienta, canela, clavo, jengibre, nuez moscada y otros productos vegetales, tan buscados siempre, y aun hoy solicitados, más por sus virtudes que por su agradable sabor. Dichas drogas provenían de ciertas islas situadas cerca del ecuador, desde las cuales sus habitantes o sus vecinos las transportaban a la parte de las Indias que está entre estas islas y Europa, y los mercaderes de Europa iban a recogerlas allí. Antes que los árabes hubiesen ocupado y devastado el Egipto, el comercio se hacía por el mar Rojo, como en tiempo de los fenicios. Desde las orillas de dicho mar se transportaban las mercancías a las riberas del Nilo a lomos de camellos, después de haber ensayado en vano el cavar canales navegables. Conducíanlas por el Nilo en barcos a los puertos del Egipto, donde los navíos de Venecia, de Génova, de Amalfi y de Pisa iban a cargar; y cuando los árabes, por intolerancia religiosa, por despotismo político, o, mejor dicho, por una anarquía siempre favorable a los piratas, cerraron totalmente el paso al comercio en el golfo Arábigo, los mercaderes tuvieron que ir al golfo Pérsico, desde el cual, por el Eufrates, por el Indo y por el Oxus, llevaron los géneros de la India al mar Caspio o al mar Negro, y desde éstos al Mediterráneo, adonde los italianos iban a buscarlos para repartirlos por todas las costas de Europa y el interior, hasta las glaciares regiones de la Moscovia y de Noruega, donde tenían sus factorías.

 

Se comprende fácilmente que el precio de estos géneros debía de ser muy bajo originariamente, y que la necesidad de pagarlos muy caros era una

consecuencia de los gastos de transporte y de los riesgos que se corrían, ya en el mar Rojo, ya en los desiertos, además de la ganancia con que se quedaban aquellos por cuyas manos pasaban. Sabemos por un tal Bartolomé Florentino, negociante, que residió veinticuatro años en las Indias, al fin del siglo XV, que pasaban por doce manos diferentes antes de llegar a nosotros, y que cada uno ganaba el décuplo por lo

menos [1]; pero sobre todo el monopolio elevaba excesivamente el precio.

Cuando los insociables árabes hubieron anulado totalmente el comercio del mar Rojo, los genoveses se asociaron al emperador cismático de Constantinopla para establecer el comercio exclusivo en la parte del mar Negro, por Tartaria y Persia; y cuando el sultán del Egipto, después de haber sojuzgado a los árabes, abrió de nuevo el camino del Nilo, los venecianos, sus aliados, se apoderaron del comercio de los genoveses y fueron los únicos que suministraron a Europa entera géneros de la India. En fin, por un lado o por otro el monopolio hacía tributarias de los italianos a todas las naciones. Añádase a esto que hacia mediados del siglo XVI los moros, después de conquistado las islas que casi exclusivamente producían las especias, aumentaron el

precio, pues conocían su valor mejor que los indígenas [2].

 

El afán de lucro y el deseo de disminuir las dificultades y los riesgos hicieron concebir diversos proyectos para encontrar medios de

proporcionarse las mercancías de las Indias de primera mano. Esto sucedió en la época del renacimiento de las letras y cuando el arte de la imprenta, recién inventado, había ya esparcido más las luces que los antiguos nos transmitieron acerca de la navegación y de la figura de la Tierra. Se sabía que algunos navegantes fenicios, saliendo del mar Rojo, habían entrado en el Mediterráneo, con el mismo navío, por el

estrecho de Gibraltar [3]; por consiguiente, se conjeturaba que del océano Atlántico se podía llegar por mar a la desembocadura del mar Rojo, y, navegando al Este, arribar a las islas de las Especias.

Sabíase, además, sin duda ninguna que los antiguos habían conocido la esfericidad de la Tierra y la existencia de los antípodas, que en el tiempo de la ignorancia habían sido consideradas, no sólo como un error antifilosófico, sino como una herejía. Los viajeros que, siguiendo las huellas del veneciano Marco Polo, habían recorrido todas las costas del Asia, se aseguraron de que la Tierra formaba una curva del Este al Oeste; y los portugueses, que al comienzo del siglo XV visitaron todas las costas de Guinea, añadiendo sus conocimientos a los de los navegantes del norte de Europa, habían demostrado, por la elevación y el descenso de la estrella polar y del Sol, que la Tierra formaba una línea curva del Norte al Sur; que, por consiguiente, tenía figura esférica, y que podía darse la vuelta. Todo ello estaba muy de acuerdo con las observaciones de los astrólogos, quienes, a pesar de proponerse el fin ridículo de adivinar el porvenir, habían hecho, sin embargo, grandes progresos en astronomía.

Asimismo había relatos, aunque obscuros y vagos, de algunos marineros que pretendían haber sido transportados a las islas situadas entre Europa y América y aun hasta un nuevo continente, del que, incluso el nombre, todo era todavía desconocido. He aquí las bases sobre las cuales se fundaba la esperanza de llegar, saliendo del estrecho de Gibraltar, inmediatamente a Malucho (así se llamaba entonces a las islas de las Especias, que hoy denominamos Molucas), costeando África y singlando en seguida al Este, o atravesando el océano Atlántico hacia el Oeste. Había tal persuasión de no encontrar ningún obstáculo en esta última ruta, que los más célebres geógrafos de este tiempo no separaban en sus mapas por ningún continente, sino simplemente por el Océano, sembrado de algunas islas, las costas occidentales de Europa y África, del Asia oriental. Aportaré pruebas en la sección XII. Era éste un error, sin duda, pero muy perdonable a los geógrafos de la época, porque aunque los

antiguos habían medido con bastante exactitud la circunferencia de la Tierra [4] y dejado también reglas bastante ciertas para determinar la longitud de los lugares, se hacía de ellas muy poco caso por no entenderlas bien. A consecuencia de esta ignorancia del tamaño de la Tierra y de las longitudes, se imaginaba que deberían encontrarse en seguida al Occidente las islas, de las que sólo al Este y al Sur se conocía la distancia.

 

Esta idea embargaba el espíritu de Cristóbal Colón, que acumulaba a los conocimientos teóricos y prácticos de la navegación las luces que había

recogido de otros navegantes y todo el valor necesario para las grandes empresas. Convencido de la esfericidad de la Tierra, no hallaba la menor dificultad en atravesar el océano Atlántico con la ayuda de la brújula, de la que conocía no sólo la

declinación, sino también el medio de corregirla [5]. Pidió a los genoveses, sus compatriotas, que no tenían otro medio que éste para reanimar su comercio, navíos para la ejecución de su proyecto; pero los genoveses, ocupados en pequeñas especulaciones y atormentados sin cesar por las facciones domésticas que les sujetaban tan pronto a los reyes de Francia como a los duques de Milán, rechazaron sus proposiciones. Se dirigió entonces al rey de Portugal, que tampoco le escuchó, porque no creía que se pudiera llegar a las Molucas sino doblando el África; y únicamente España, después de largas y repetidas solicitudes, se determinó a confiarle algunos navíos. No obstante, Colón no tocó mas que en las islas de América, de la que sus sucesores descubrieron el continente, acariciando en vano la

idea de encontrar un camino al oeste de Méjico y por el istmo de Panamá [6].

 

La navegación de Colón originó disputas entre los españoles y los portugueses sobre algunas de las islas descubiertas, y aun más sobre las

tierras que se esperaba descubrir después. Los portugueses, cuando emprendieron sus navegaciones por las costas de África, habían tenido la previsión de aprovecharse de la opinión, generalmente admitida entonces, que el sucesor de San Pedro podía, como vicario de Jesucristo, disponer de los reinos que no pertenecían a potencias cristianas. Los papas Martín V, Eugenio IV y Nicolás V habían ya concedido a los portugueses el imperio de todo el territorio que acababan de descubrir en las costas de África. Alejandro VI, al cual, después del viaje de Colón, España y Portugal presentaron al mismo tiempo sus pretensiones, trazó una línea que, pasando por los polos, cortaba en dos el globo terráqueo. La isla de Hierro, una de las Canarias, donde Ptolomeo había fijado el primer meridiano, era el punto por el cual pasaba esta línea, que se llamó línea de demarcación. Dió, pues, el papa a los portugueses todo lo que pudiesen conquistar al este, y a los españoles, todo lo que descubrieran al oeste de esta línea. Pero cuando los portugueses se apoderaron del Brasil y quisieron comprender esta comarca en la parte oriental de la línea, se alejó 30o al oeste de la isla de Hierro.

Mientras que España extendía al Oeste sus conquistas, tanto como los crímenes y crueldades de sus caudillos, los portugueses, guiados en 1497

por Vasco de Gama, doblaron el cabo de Buena Esperanza, que Díaz, acompañado

del navegante veneciano Cadamosto, había descubierto en 1455 [7]. Costearon el África oriental y las islas que están entre este continente y Asia, y llegaron a Calicut, que era la factoría del comercio de las especias. A continuación, no sin sostener combates y guerras, tanto con los indígenas como con los moros, que habían invadido una gran parte de este país, alargaron su navegación hasta las islas Molucas; y en 1510 fundaron un establecimiento para monopolizar casi exclusivamente el comercio de la pimienta y los clavos de especia, que no se obtenían apenas mas que en estas

islas [8].

 

Los establecimientos portugueses en las Indias tenían entonces por gobernador y virrey al duque de Alburquerque, quien por su talento y su

valor había sabido hacer abortar todas las empresas de los venecianos, los cuales eran los aliados de Solimán el Magnifico e hicieron grandes esfuerzos para conservar en el

mar Rojo el comercio, que los portugueses querían transportar a Lisboa [9]. Después de este virrey fué cuando Magallanes emprendió su expedición para pasar cinco años

en las Indias [10]. Era un hidalgo portugués, y había cultivado las ciencias, habiéndose ocupado preferentemente de todo lo relativo a la navegación, estudio muy de moda a la sazón entre los caballeros portugueses; y emprendió este viaje para darse a conocer en la corte y obtener un empleo adecuado a sus talentos. Desde Calicut fué a Sumatra, donde tomó a su servicio un esclavo. Parece ser que no alargó su viaje hasta las

Molucas, aunque así lo dicen Angera, Ramusio y otros escritores [11], porque si hubiese llegado allí habría sabido que están bajo la línea equinoccial, y no hubiera ido a buscarlas, como lo hizo, a los 14o de latitud septentrional. De las Indias regresó a Lisboa. Durante este tiempo, Alburquerque había enviado a las Molucas a Francisco Serrano, pariente y amigo de Magallanes, con orden de erigir allí un fuerte, lo que no ejecutó porque todos los reyes de estas islas, con insensata ambición, pretendían que

se levantase en su territorio [12]; y Serrano, queriendo someterlos a todos al mismo tiempo, se proclamó soberano, aunque sólo con el título de pacificador. Ya veremos de qué manera fué la víctima de su ambición.

 

Ignoro qué derecho podría tener Magallanes a las mercedes de la corte; pero sus acciones prueban que poseía tanto valor como conocimientos,

a pesar de que diga lo contrario el jesuíta Maffei, quien le acusa de tener más vanidad

que mérito [13]. Si hemos de dar crédito a nuestro autor, debemos reconocer la moderación de las pretensiones de Magallanes, pues se limitaban a pedir al rey un aumento de paga de cien reis mensuales, según algunos autores, o de medio cruzado, según otros. Hay, no obstante, motivo para creer que durante su servicio a Portugal dió pruebas evidentes de valor y habilidad, puesto que el rey de España le hizo caballero de Santiago y le confió el mando de una escuadra.

 

Según dice Maffei [14], Magallanes, durante su estancia en Portugal, estuvo en correspondencia, tan frecuente como la distancia le permitía, con su

amigo Serrano, quien le invitó a volver a las Indias y aun a llegar hasta las Molucas, indicándole la distancia que les separaba de Sumatra, isla para él muy conocida. Pero si se nos permite hacer conjeturas y tratar de adivinar las causas por los efectos, hallaremos que es verosímil que Magallanes se quejase a Serrano de los pretendidos agravios recibidos en la corte de Lisboa; que Serrano, tal vez amenazado por el virrey, al cual no había obedecido en la construcción de la fortaleza, le propuso dar estas islas a España y le proporcionó al mismo tiempo los luminosos datos que pudo adquirir de los habitantes de las islas más orientales sobre la posibilidad de encontrar el cabo del continente descubierto por Colón, y de doblarle o quizás encontrar algún estrecho, pues ya los portugueses poseían el Brasil, descubierto por Cabral en 1500, en cuya comarca había pasado cuatro años Juan Carvajo, de quien habla frecuentemente Pigafetta, y en donde Juan de Solís, que buscaba un paso a las Indias,

fué asesinado con sesenta hombres de su tripulación y comido por los caníbales [15].

 

Acaso no es improbable que Magallanes tuviese por estos medios algún conocimiento de un paso del mar Atlántico al mar de las Indias; pero, según

comunicó confidencialmente a Pigafetta y a sus compañeros de viaje, fué de otra manera como él llegó al estrecho. Mientras que pretendía su ascenso en la corte de Lisboa continuó estudiando la geografía y la navegación, de manera que, según nuestro autor, llegó a ser uno de los más hábiles geógrafos y navegantes de su tiempo

[16]. Por esta fama se le permitió examinar todo lo que hasta entonces se había coleccionado sobre dichas materias y que se guardaba cuidadosamente en la tesorería. El infante D. Enrique, el cual fué el primero que proyectó los viajes para el descubrimiento de países nuevos, y los príncipes que le sucedieron habían reunido todas las noticias y los mapas que era posible procurarse por medio de los geógrafos, los navegantes y los astrónomos, que con la esperanza de recompensas iban allí a depositar sus descubrimientos. En esta tesorería fué donde Magallanes encontró un mapa de Martín de Bohemia, sobre el que estaba dibujado el estrecho por el cual se pasaba del mar Atlántico al que en seguida fué llamado Pacífico.

 

Para estar ciertos de que Magallanes buscó este paso porque lo había visto dibujado en el mapa de Martín de Bohemia, basta con leer lo que sobre el

asunto dice Pigafetta. Anotamos sus propias palabras tal como se leen en nuestro

manuscrito [17]. Es extraño que se haya negado esta verdad, que puede encontrarse en el extracto del libro de Pigafetta, publicado en francés por Fabre y en italiano por

Ramusio [18]; pero aun es más extraño que esta verdad, tan honrosa para Martín de

Bohemia, o, mejor dicho, Behaim [19], haya sido negada por Murr cuando se proponía

hacer su elogio [20]. No está de más hablar aquí de esta cuestión, que tiene íntima relación con el punto más interesante de la navegación que me propongo publicar. Otto, en una memoria inserta en el segundo volumen de las Transactións philosophiques de la Société de Philadelphie, ha querido probar, entre otras cosas, que Colón no fué quien descubrió América, ni Magallanes quien encontró el estrecho, para llegar, atravesándole, a las Indias por Occidente, sino que el mérito de estos descubrimientos se debe únicamente a Martín Behaim, de Nuremberg. Efectivamente, este Martín Behaim era uno de los más grandes geógrafos de su tiempo, y fué uno de los primeros que en 1492 hizo un mapamundi terrestre, que legó a su patria, donde todavía se conserva; también fué uno de los primeros que pasaron la línea con el famoso navegante Santiago Cano, en 1484; estuvo casado con la hija de Huerter, feudatario de la isla de Fayal, una de las Azores, en donde pasó muchos años, haciendo de vez en cuando viajes a Europa; siendo estimado y consultado por los sabios de su tiempo, así como por la corte de Lisboa, tuvo todos los medios para adquirir los más raros y extensos conocimientos geográficos de su siglo. Sin embargo, se pretende, sin razón, probar que Colón descubrió América después de

Behaim, como lo ha demostrado el conde de Carli, fallecido en 1795 [21]. Apoya Otto su opinión en una Crónica de Nuremberg, en la que se dice «que descubrió las islas de América antes que Colón, y el estrecho que tomó en seguida el nombre de Magallanes antes que Magallanes mismo»; y en el testimonio de Hartmann Schedel, quien dice que Magallanes y Cano, navegando, se encontraron en otro mundo. Pero Carli hace notar que la Crónica de Nuremberg no es contemporánea, y Murr ha comprobado que las palabras de Schedel han sido intercaladas en su manuscrito por otra mano. En efecto, no se las encuentra en la primera edición de su obra, que tenemos en nuestra biblioteca. Hay que añadir que la frase In alterum orbem accepti sunt puede interpretarse en el sentido de que pasaron la línea.

 

Con menos fundamento aún, Murr pretende que Martín Behaim no tuvo nunca la menor idea del estrecho de Magallanes. Habiendo tenido

ocasión de visitar los archivos de sus herederos, no encontró, según dice, ningún rastro de este documento. Además, en su globo terráqueo, que donó a la villa de Nuremberg, puede verse claramente —añade Murr— que Martín Behaim no sospechó siquiera la existencia de América. Este globo, del que Murr ha publicado el hemisferio que comprende la parte occidental de Europa y de África y la parte oriental de Asia; este globo, digo, permite ver que en este tiempo se creía poder ir por mar directamente desde las islas Azores a los reinos de Tungut, de Cambalu y del Tibet, no encontrando mas que la isla del Catay en todo el Océano que había de recorrerse. Se imaginaban que desde las islas Canarias podía llegarse a la isla de Antilia, y por esta razón Colón denominó Antillas a las islas que encontró más acá de América. De las islas de Cabo Verde, en el globo de Behaim, se iba, sin encontrar tierra ninguna, a Cipango (el Japón), que Marco Polo había dado a conocer en Europa, y del que también habla Pigafetta, que creía haber pasado a poca distancia de allí. Del Japón se iba a Cambaya, y, volviendo al Sur, a la grande y pequeña isla de Java, situadas sobre el mismo meridiano. Se ve, pues, que en el globo de que hablamos no hay detalle ninguno sobre América. Sin embargo, todo esto demuestra que en 1492 Behaim no conocía América, y que, por consiguiente, no podía facilitar datos a Colón, que partió este mismo año; pero no prueba en modo alguno que desde este período hasta el año 1506, que fué el último de su vida, no pudiese conocer todo lo que se había descubierto hasta entonces y trazarlo sobre un nuevo mapa. Sus viajes, su correspondencia con todos los sabios, sus cargos y empleos en la corte de Lisboa y, sobre todo, su estancia en las Azores le suministraron los medios, como ya hemos observado, de adquirir las luces que el azar o las investigaciones

proporcionaban a los navegantes. Varenius [22] pretende que Núñez de Balboa conoció en 1513 la existencia del estrecho en cuestión por las corrientes que sólo se producen en un canal abierto por los dos extremos y nunca en una bahía. ¿Por qué cualquier otro navegante no pudo hacer la misma observación en tiempos de Behaim y comunicársela a éste? Murr opina que esto es muy posible, pero pretende que no sucedió, y que Marco Antonio Pigafetta fué quien difundió en su Itinerario, publicado en Londres en 1585, la fábula del descubrimiento de América por Behaim, y añade que ignora si se menciona a Martín Behaim en la Relación del Congo de Felipe Pigafetta. Puede juzgarse, por la manera en que se expresa, que apenas conocía Murr los nombres y los títulos de los otros dos Pigafetta (Marco Antonio y Felipe), y que no tenía la más remota idea de nuestro caballero Antonio Pigafetta, ni de su Relación del descubrimiento de las Indias, ni de los extractos que del mismo se publicaron, y que tampoco había leído el Itinerario de que habla, porque en él no se nombra para nada a Martín Behaim. Felipe Pigafetta no le cita ni en su Relación del Congo, impresa en Roma en 1591, ni en su Itinerario de Egipto, cuyo manuscrito se halla en la biblioteca de mi amigo el Sr. Malacarne, profesor de cirugía en Padua, según dicho señor me lo ha comunicado por escrito. No debe, pues, dudarse de que Magallanes hubiese podido ver dibujado el estrecho en el mapa de Martín Behaim; pero es preciso decir que no se fió por completo, o que el mapa en cuestión era bastante inexacto, pues de no ser así, ni hubiese destacado al navío Santiago para reconocer la costa en que naafragó buscando el estrecho en el grado 52, ni tampoco se hubiera determinado a remontarse hasta el grado 75 si aquél no le encontraba.

 

Volvamos a la historia de Magallanes y a nuestro autor. Sea por vengarse de las

injusticias que él creía haber recibido, tal vez para conseguir el adelanto que solicitaba, Magallanes pasó a España para ofrecer sus servicios a Carlos V, con objeto de dirigir una escuadra corriendo siempre al oeste

de la línea de demarcación hasta las islas de las Especias, que se conocían más por los relatos de los italianos que habían navegado por ellas al Este, que por las relaciones de los portugueses establecidos allí desde hacía diez años, pero que ponían extremo cuidado en tener ocultos los descubrimientos que habían hecho, hasta el punto que, según dice Castañeda, se habría ignorado andando el tiempo el viaje de Gama, si éste

no se hubiera tomado el trabajo de escribirle y publicarle por su cuenta [23]. Carlos V, o, mejor dicho, el cardenal Cisneros, su primer ministro, regente de España en su ausencia, escuchó favorablemente el proyecto de Magallanes, quien le convenció de la posibilidad de ir por el Oeste, asegurándole al mismo tiempo que las islas de las Especias estaban en la parte del Globo perteneciente a España por la línea de demarcación, porque sin esto el cardenal virrey no hubiera nunca consentido que se invadiese un país que el papa había dado a otros. Para persuadirle de que las Molucas estaban en el hemisferio español, Magallanes no sólo tomó por testigo a Cristóbal Hara, quien, teniendo en las Indias casas de comercio, decía que estaba seguro por las

instrucciones de sus factores de la verdadera posición geográfica de estas islas [24], sino que apeló a la autoridad del famoso astrólogo Ruy Faleiro, que compás en mano demostraba sobre el mapamundi que las islas estaban situadas más acá de 180o de longitud occidental de la línea de demarcación. Como aun dudase el cardenal Cisneros, Faleiro dió a Magallanes un método para calcular la longitud, a fin de no

sobrepasar la línea [25]. Para desvanecer todo escrúpulo hubiera podido Faleiro embarcarse con Magallanes; pero como se preciaba de astrólogo, se excusó diciendo que preveía que esta navegación le sería fatal. Lo fué, efectivamente, para el astrólogo Martín de Sevilla que marchó en su lugar, sin prever que debía ser asesinado, como le acaeció en la isla de Zubu.

 

Tenemos una prueba de la importancia de las investigaciones sobre las longitudes hechas durante esta navegación, en la descripción que voy a

publicar. Apenas la escuadra estuvo en el mar Pacífico cuando el caballero Pigafetta consideró como un deber el señalar en su diario, no solamente la latitud, sino la longitud de la línea de demarcación; y para evitar toda equivocación advirtió que ésta se hallaba a 30o o al oeste del primer meridiano, situado a su vez a 3 al oeste de Cabo

Verde [26]. Explicándose con tanta precisión, es extraño que Fabre, que dió un extracto de su relación, no le haya comprendido, y que en lugar de decir grados de longitud de la línea de demarcación, diga siempre de la línea de su partida, o grado de longitud del cual partieron; y allí donde debía indicar la posición de esta línea tal como la señaló nuestro autor, diga y XXX grados del meridiano, el cual está a tres grados más al oriente que el cabo de Buena Esperanza. Como se ve, carece de sentido semejante manera de expresarse. Al traducir Ramusio a Fabre, omitió todo esto con razón, y hay que perdonarle cuando, por seguir literalmente el texto, en lugar de decir longitudine dalla linea di divisione, dice longitudine dal luogo donde si eran partiti o ; por consiguiente, aumenta en un error de 40 la longitud señalada por Pigafetta.

 

Pero los portugueses, interesados en determinar la verdadera longitud de las Molucas, acusaban a los españoles, no solamente de error, sino

también de mala fe; y Pedro Mártir de Anglería, gentilhombre milanés e historiógrafo

de la corte de España, contaba con bastante gracia en una de sus cartas [27], que habiéndose escogido veinticuatro astrónomos y pilotos, tanto portugueses como españoles, después de haber silogismado mucho, concluyeron que no se podía decidir la cuestión más que a cañonazos; sin embargo, Carlos V calculó que valía más vender a Juan III, rey de Portugal, en las 150.000 doblas que ofreció, sus pretendidos derechos sobre las Molucas, y se las cedió. Además, es cierto que estas islas, situadas por Pigafetta entre los 160o o y los 170 de longitud al oeste de la línea de demarcación, están realmente más allá de 180o; por consiguiente, pertenecían a Portugal en virtud de la bula del papa Alejandro VI. Sea como fuere, el rey de España, persuadido de que Portugal le había usurpado lo que le pertenecía, y dispuesto ya a encomendar a Esteban Gómez unas carabelas para emprender nuevos descubrimientos, no en confiar a Magallanes una escuadra para esta importante expedición, quien, con el fin de salvar todos los obstáculos, escogió a Gómez para que mandase uno de los navíos, elección de la que pronto tuvo que arrepentirse.

 

Mientras se trataba de este importante asunto en la corte de Madrid, Antonio Pigafetta, gentilhombre de Vicencio, estaba en Roma, donde

todos los italianos que tenían talento y aspiraban a hacer fortuna acudían, sobre todo en los buenos tiempos de León X. Era de familia hidalga originaria de la Toscana, y probablemente hijo del Mateo Pigafetta, doctor y caballero, que ocupó

frecuentemente cargos en la administración pública de su patria [28]. Tan ávido de gloria como de fortuna, se propuso buscar una y otra en los países lejanos del nuevo mundo que Colón y Américo Vespucio acababan de descubrir, y donde muchos italianos habían ya adquirido renombre y riquezas. Siguió a España a su conciudadano Francisco Chiericato, enviado como orador o embajador a Carlos V, para comenzar desde aquí sus viajes. Todo salió a medida de sus deseos, y puede verse en la carta dedicatoria de su obra cómo obtuvo del emperador la licencia de embarcar en la escuadra de Magallanes.

 

Pigafetta no era ciertamente muy sabio, aunque Marzari, historiador vicentino, nos

dice que era célebre en toda Europa por sus excelentes conocimientos

en filosofía, matemáticas y astrología [29]; mas había estudiado la

geografía y la astronomía necesarias para entender el manejo del astrolabio y determinar la latitud de los lugares; conocía también bastante la teoría de los fenómenos celestes para poder hacer las observaciones astronómicas, por las cuales se juzga sobre la declinación del imán, de la singladura de un navío y de las longitudes. Puede formarse idea de sus conocimientos en esta parte por su Tratado de navegación.

 

El afán de instruirse igualaba al saber de nuestro autor y aun le sobrepujaba. Tenemos una prueba en el estudio que hizo, durante su

viaje, de los diferentes idiomas de los pueblos que visitó, hasta el punto de formar

vocabularios más o menos extensos a medida que encontraba ocasión [30].

Procuraba enterarse siempre de las cosas por sí mismo, y así lo demostró en frecuentes ocasiones durante la realización de las misiones particulares de que fué encargado cerca de los reyezuelos de las islas que la escuadra visitó. Veremos por su relato que nunca dejó de recorrer los campos para examinar el cultivo de las principales producciones del país, de las cuales escribió la historia natural lo menos mal que pudo, sin la precisión de un botánico, es cierto, pero con toda la exactitud de un hombre de buen sentido. No limitándose a lo que se presentaba ante sus ojos, se esforzaba en instruirse sobre las comarcas donde la escuadra no anclaba, por los indios que voluntaria o forzosamente navegaban con él. Es preciso, por tanto, convenir en que no tenía conocimientos bastante extensos de Historia natural y de Física para apreciar debidamente cuanto veía y para distinguir la verdad de las fábulas y mentiras que le contaron sobre cosas prodigiosas, sobre los orejones, sobre las amazonas, sobre los pigmeos, etc., de los que con la mayor buena fe hizo ridículas descripciones.

 

Pero aunque no fuese hábil físico ni buen naturalista ni excelente astrónomo, como lo son, generalmente, los navegantes de nuestros días,

Pigafetta estaba lejos de merecer el injurioso desprecio con que le quiso cubrir De Paw, quien le llama un exagerado ultramontano, crédulo e ignorante, que, sin empleo

y sin carácter, hizo su excursión en el navío Victoria [31] .

Pero ¿puede hacerse el menor caso de las injurias de De Paw? No hay mas que leer sus Recherches sur les Américains para ver que es un escritor que, por las aserciones aventuradas, por no decir algo peor, y sin conocer los asuntos de que

habla [32] , como dice Pernetty , desde el fondo de su gabinete no se proponía mas que escribir un libro que pudiera complacer a los seudofilósofos, ya por la novedad de un ilusorio sistema sobre América, ya por la maledicencia y la religión. Por otra parte, no conocía mas que el miserable extracto de la obra de Pigafetta, hecho por Fabre, y condenó a la obra y al autor como si la hubiese examinado completa. Es verdad que otros escritores, entre los cuales está el célebre Tiraboschi, han hecho poco caso de la relación del viaje de Pigafetta; pero esto fué porque se imaginaron que no había escrito mas que lo que Fabre y Ramusio publicaron.

 

Pigafetta merece elogios, sobre todo por el cuidado que tuvo en anotar día por día todo lo que veía, todo lo que oía decir y todo cuanto les

sucedía a él, a sus compañeros de viaje y a la escuadra; tuvo además la suerte de no estar nunca imposibilitado para escribir, y mientras toda la tripulación sufrió largas enfermedades, él disfrutó siempre de una salud bastante fuerte para hacer diariamente sus observaciones; de manera que cuando a su vuelta llegó a las islas de Cabo Verde y preguntó qué día era de la semana, no se podía persuadir de que se había equivocado un día entero, habiendo llevado con regularidad su diario. Pigafetta no es el único que se haya sorprendido de haber perdido un día al dar la vuelta al mundo; esta pérdida, de la que no había duda, parecía entonces tan inexplicable, que más bien

se pretendía, dice Anglería [33], que nuestros navegantes no habían dado la vuelta a la Tierra, hasta que los astrónomos, y el cardenal Contarini el primero, demostraron que esto debía suceder a todos los que daban la vuelta al Globo singlando constantemente de Oriente a Occidente.

 

Al cabo de tres años, de los doscientos treinta y siete hombres que formaban la tripulación y de cinco navíos que componían la escuadra,

no se vieron, dice Anglería [34], llegar de vuelta a Sevilla, de donde habían salido, mas que diez y ocho hombres y un solo navío ruinoso y acribillado de vías de agua. Entre los diez y ocho hombres estaba Pigafetta. Cada uno se creyó en el deber de contar todo lo que le había sucedido, tanto más cuanto la corte de España quería publicar la relación de un viaje tan importante, porque nadie antes que estos navegantes había dado la vuelta al mundo. Pedro Mártir de Anglería, a quien acabamos de citar, del Consejo de Indias por el emperador, que había ya escrito la

historia de la navegación de Cristóbal Colón [35], fué el encargado de recoger todos los datos que podían lograrse del mísero resto de la tripulación. Probablemente pondrían en sus manos todos los diarios que se encontraban a bordo del navío, sobre todo de los que habían perecido; mas parece ser que Pigafetta guardó el suyo, porque

él mismo dice que fué a presentarse al emperador en Valladolid [36], y es presumible que le ofrecería una copia de su propia mano, guardando las notas originales.

A las órdenes que el emperador dió a Anglería para que escribiese la historia de esta expedición se unieron las peticiones del papa Adriano VI, al cual le unía gran amistad desde que éste ocupó en la corte la plaza de preceptor de Carlos V. Escribió, pues, Anglería esta historia, y él mismo dice que envió su manuscrito a Roma al papa, quien quería hacerlo imprimir a todo lujo; pero que no llegó a la Ciudad Eterna

hasta después de la muerte del pontífice [37] [38] . Ramusio añade que este manuscrito fué pasto de las llamas o perdido para siempre en el terrible saqueo que la capital del mundo sufrió en 1527.

 

El mismo Ramusio, uno de los primeros y más sabios compiladores de navegaciones y viajes, dice, además, a este respecto, que casi se

hubiera perdido el recuerdo de esta magna empresa si un hábil y gentilhombre vicentino, llamado el señor Antonio Pigafetta, no hubiera hecho una relación curiosa y detallada, de la que, como veremos en seguida, hizo un extracto en francés, que tradujo también al italiano, para insertarlo en su colección. Este libro existe en la Bibloteca Ambrosiana de Milán, y, al parecer, no solamente es inédito, sino que ni aun ha sido conocido por los que escribieron la historia de la pasmosa expedición. No es el diario propiamente dicho tal como Pigafetta lo presentó al emperador, sino una relación muy extensa que escribió, estando en Italia, para obedecer los ruegos de

Clemente VII, al cual se presentó en Monterosi a su vuelta [39], y a los del gran maestre de Rodas, De Villers Lisle-Adam, al que se dirige frecuentemente en la relación. Como en este libro añade Pigafetta a su nombre el título de caballero, puede deducirse que le escribió después del 3 de octubre del año 1524, día en que fué

nombrado caballero [40]. Pero si tenemos pruebas de que la obra la escribió algunos años después de la vuelta de su viaje, hay también motivos para creer que el caballero Pigafetta tenía delante las notas originales mientras la redactaba, porque dice repetidas veces oggi (hoy) copiando lo que había escrito el mismo día del suceso. Además, no le hubiera sido posible, siguiendo el orden del tiempo más que el de las cosas, conservar la memoria de una infinidad de objetos para él nuevos y de acontecimientos extraordinarios, que algunas veces he unido, sin alterarlos, para dar más continuidad y conjunto a la relación del autor.

 

Después de haber escrito su libro para el gran maestre de Rodas y de haber presentado al soberano pontífice una copia, de la que habla

Paulo Jovio [41], envió otra a la reina Luisa de Saboya, regente del reino por su hijo Francisco I (ocupado entonces con la desdichada guerra de la Lombardía, donde fué hecho prisionero), a la cual se había presentado Pigafetta cuando regresó a Italia para ofrecerle algunos productos del otro hemisferio. La reina dió a traducir al francés el libro al parisiense Antonio Fabre, que tenía reputación de ser un excelente filósofo y de saber italiano porque había residido mucho tiempo en Padua; pero éste, por evitarse molestias (per fuggir la fatica, como dice ingenuamente Ramusio), hizo solamente un extracto, y omitió quizás lo que no entendía; el resto fué impreso en

francés con muchas faltas [42]. A pesar de todos estos defectos, Ramusio, que, como ya he dicho, quería insertar en su gran colección esta primera navegación, la tradujo

al italiano y la publicó con otras dos relaciones de menor importancia [43].

 

No he podido averiguar lo que haya sido de las copias que el autor presentó a otros grandes personajes. El célebre presidente De

Brosses, que ha recogido con tanto cuidado como inteligencia todo lo que ha llegado hasta nosotros relativo a los descubrimientos de los europeos en las tierras australes,

hablando de la relación de Pigafetta, dice claramente que se perdió [44]. Parece que en tiempo de Montfaugon esta relación no existía entre los manuscritos de la biblioteca

real, porque en su catálogo [45] no menciona más que el título de la obra francesa, esto es, del extracto de Fabre, y hubiera citado, sin duda, el título italiano si hubiese encontrado el original. El P. Angel Gabriel de Santa María, que ha escrito en muchos volúmenes la historia literaria de Vicencio, dice decisivamente que hay una copia en el museo Saibanti, en Verona, y otra en la biblioteca del Vaticano, en Roma; pero lo mismo que la primera, no existe allí ni estuvo nunca, como me ha asegurado mi amigo el Sr. Delbene, secretario de la Sociedad italiana, que se ha tomado la molestia de investigar en los catálogos antiguos y modernos de este museo; en cuanto al segundo, acabo de recibir una nota de monseñor Marini, director de la biblioteca del Vaticano, en la cual me comunica que, después de haber hecho las buscas necesarias, no sólo no ha encontrado esta obra entre los manuscritos de esta biblioteca, sino que está seguro que tampoco existe en las bibliotecas Urbina, Palatina, Ottoboniana, Capponiana, etc.

Es preciso, además, conjeturar que las copias eran muy raras, y que ni aun la familia del autor poseía ninguna, puesto que Felipe y Marco Antonio Pigafetta, de los que hemos hablado en la sección XII, autor el último de una historia de las Indias orientales, no mencionan ni el viaje ni la obra de su hermano Antonio, lo que hace

suponer que no la habían leído [46].

He visto en la historia de Castañeda [47] que este escritor consultó un diario de este viaje, en el que los grados de longitud estaban marcados muy diferentemente, por lo que dice, de lo que pretendían los españoles para extender sus derechos por la parte

Oeste; y Maffei [48] nos enseña también que el español Barros había escrito la misma historia, basada en los relatos y diarios de los marineros. Ignoro la suerte de los diarios de que se sirvieron los historiadores; pero es muy cierto que no se publicaron nunca.

 

Podría suponerse que nuestro manuscrito es el mismo que presentó el autor al gran maestre de Rodas, porque está bastante bien escrito, en

caracteres de la escritura llamada entonces [49] cancilleresca, en buen papel, en folio menor; los mapas están iluminados, y está apropiadamente encuadernado. Podría creerse también que es la copia que ofreció al papa, pues, según dice Paulo Jovio, Pigafetta (al que por error llama Jerónimo) le ofreció, tanto por escrito como en

pintura [50] , las cosas más notables de los países que había visitado . Añádase a esto que nuestro sabio bibliotecario Sassi, quien en 1712 hizo el catálogo de nuestros manuscritos, escribió en la portada de éste: «Es, quizás, el original». Sin embargo, a pesar de todas estas conjeturas, opino que nuestro manuscrito no es mas que alguna de las copias que fueron presentadas a las personas ilustres de que acabamos de hablar. He aquí en lo que fundamento mi opinión:

 

1. o En la portada, y a la cabeza de la epístola dedicatoria, el nombre del autor está escrito Pigafeta; al final de la carta se lee Pagapheta, y al fin del Tratado de navegación pone Pigaphetta.

2. o El manuscrito está tan plagado de faltas de ortografía, de lenguaje, de sintaxis y de lógica, que frecuentemente no tiene sentido ninguno, como podrá juzgarse por los pasajes que algunas veces citaré en las notas.

3. o Un tercio del volumen está en blanco, lo que hace sospechar que esta copia estaba destinada a algún aficionado que deseaba añadir otras cosas, y que el caballero Pigafetta no la vió, pues al menos habría corregido las faltas más burdas y no hubiese, probablemente, añadido su Tratado de navegación; y, caso de hacerlo, no hubiera olvidado el poner en esta última parte la figura a la que remite al lector, y que no está.

 

Pero aunque este manuscrito no haya salido directamente de manos de Pigafetta, no es menos precioso, puesto que fué escrito en la

época en que vivió el célebre navegante, como acabamos de ver, y que, además, es auténtico, como puede juzgarse por su concordancia con todo lo que sabemos de esta navegación y de los países de que habla. Esta concordancia se nota particularmente en los vocabularios. Por otra parte, hasta los errores y las fábulas que en él se encuentran prueban la buena fe del escritor, que nos ha trasladado todos los relatos que se le hicieron y expuesto los fenómenos tal como se presentaron a sus sentidos. En fin, este manuscrito es único. No he podido descubrir de dónde el cardenal Federico Borromeo (nombre siempre esclarecido para las ciencias, y sobre todo por la biblioteca que fundó) obtuvo este manuscrito. Diré solamente que en el interior de la cubierta se leen estas palabras, roídas en parte por la polilla: Ce livre est du chevalier de Fórrete; y como sabemos por la historia de Malta que en tiempos del gran maestre Villers Lisle-Adam y de Pigafetta había dos caballeros jerosolimitanos apellidados

uno Forret y otro De la Forest [51], es probable que perteneciese a cualquiera de los dos.

 

Ahora bien: la que voy a publicar es la traducción de este manuscrito. Le he traducido en buen italiano, por decirlo así, de su

lengua original, que es una mezcla de italiano, de veneciano y de español, porque si le hubiese dado a la estampa tal y como está, en lugar de instruir deleitando, este viaje hubiera seguramente enojado y repelido al lector. Del italiano le he traducido al francés; pero en las notas frecuentemente he transcrito pasajes exactamente como están escritos en el manuscrito. He puesto los mismos nombres que el autor ha dado a los países nuevos que vió, indicando en las notas los que tienen actualmente. Por la misma razón he dejado en la obra los errores de Pigafetta sobre los objetos de Física y de Historia natural, contentándome con advertírselo al lector. He expuesto más decorosamente ciertas costumbres que el autor por sí mismo ha oído contar. No ignoro que en las narraciones de nuestro viajero hay frecuentemente cosas inútiles y

algunas veces absurdas; pero diré, como el presidente De Brosses [52], que sobre todo se siente la curiosidad de saber cómo han sido vistas las cosas por el primero de todos que las ha visto, y que es necesario respetar las observaciones de los más

antiguos viajeros, aunque a menudo carezcan de un recto juicio [53]; y como los autores célebres han hecho llegar hasta nosotros, aun en los extractos, las faltas e inexactitudes de sus escritores, pienso que era preciso seguir su ejemplo al publicar este viaje.

 

Falta hablar de los mapas que adornan nuestro manuscrito. Hay veintiuno, en los que Pigafetta delineó la América meridional y

todas las islas del mar Pacífico y de las Indias orientales donde anclaron nuestros viajeros, las que vieron al pasar o, al menos, les fueron indicadas como situadas en su ruta. Estos mapas están coloreados: el mar, en azul; la tierra, en color de hollín; las montañas son verdes, y las casas o chozas, blancas. En uno de los mapas hay una piragua, embarcación usada por estos pueblos, con dos hombres, y en otro se ve el árbol que produce el clavo de especia. Para que el lector pueda formarse una idea de estos mapas, reproduzco cuatro, dibujados e iluminados fielmente según los originales. El primero representa la América meridional; el segundo, las islas de los Ladrones, junto a las cuales está la piragua que antes he mencionado; el tercero, la isla de Zubu, con casas, y la de Matam, donde pereció Magallanes; el cuarto, las islas Molucas, con una parte de Gilolo y un árbol de clavo de especia. El primero y el último están reducidos casi a la mitad de su tamaño; los otros, cerca de una tercera parte. Por estos mapas, así como por los otros, que he creído inútil hacer copiar, se ve que todo está falto de exactitud; pero también se ve que el autor ha puesto los objetos tal como los ha visto o como le han sido descritos. Esto nos revela por qué en sus mapas el Norte está abajo y el Sur arriba, de manera que sería necesario darles la

vuelta para ver los lugares en la posición que los geógrafos les dan comúnmente [54].

 

Para dar una idea del modo que el caballero Pigafetta dibujó sus mapas, y para hacer inteligible toda la obra, he añadido dos mapas y

una vista del estrecho de Magallanes, tal como los han dado los modernos, con el fin de poder compararlos con el dibujo que hizo el autor. El primer mapa, que va al fin de esta obra, es un planisferio terrestre en el que está indicado por puntos el viaje de Pigafetta. El segundo mapa permite ver de una ojeada el conjunto de mapas del manuscrito, en los que nuestro viajero representó el archipiélago de las Filipinas y de las Molucas, desde las islas Marianas hasta la de Timor; e igualmente he indicado por puntos la ruta que el barco siguió en medio de tantas islas, que forman, por decirlo así, un laberinto en un mar que asusta, aun hoy, a los más atrevidos navegantes. A primera vista, los mapas de Pigafetta parecen dibujos faltos de sentido o, al menos, inútiles para la geografía, puesto que no se encuentra ninguna relación entre un mapa y otro y no tienen marcados los grados de longitud y latitud. Pero cuando se reúnen todos los mapas, colocándolos sucesivamente según el autor habla de las islas en ellos representadas, se ve que pueden formar uno solo, y que Pigafetta, con una exactitud mayor de la que puede esperarse para su tiempo, ha suministrado el primero de los materiales para la geografía de estos mares. Yo mismo he reunido, no sin paciencia, todos estos mapas, reduciendo sus dimensiones, conservando, no obstante, sus proporciones tanto como me ha sido posible, encerrando en un solo cuadro todo el archipiélago, no omitiendo más que las islas de los Ladrones y las islas Infortunadas, demasiado alejadas de las otras. Este mapa debe el lector tenerlo presente para seguir la ruta de Pigafetta desde el momento que abandona las islas de los Ladrones hasta que vuelve a entrar en el océano Asiático, que él llama Laut-Chidol, o mar Grande. Los puntos indican la singladura de los barcos y los sitios en que anclaron. Para colocar las islas en su verdadera posición geográfica he utilizado los mapas de Robert y de Bellin, en los que tienen frecuentemente los mismos nombres o, al menos, poco diferentes. No ignoro que hay errores en la posición de las islas, y que su arrumbamiento no está de acuerdo algunas veces con la latitud y la longitud dadas por el autor; pero sé también que estos errores no son raros ni aun entre los navegantes y los geógrafos de nuestros días, que tienen tantos medios para determinar la verdadera posición de los lugares. Es preciso observar, además, que de todas las islas que Pigafetta dibujó no vió mas que una parte, y que trazó a menudo sus mapas siguiendo los datos de los isleños, y sobre todo de los pilotos indios que navegaban en el mismo barco que él. En una palabra, hizo alguno de sus mapas como

el padre Cantova en 1722 trazó el de las islas Carolinas [55] y como el célebre Cook ha publicado actualmente el mapa de las islas del mar del Sur sobre las indicaciones

del otaitiano Tupia [56].

 

Este método, por inexacto que sea, tiene la inapreciable ventaja de que las islas fueron indicadas por Pigafetta con los nombres que les daban

los indígenas, lo cual es útilísimo para la geografía, casi ininteligible en seguida cuando cada navegante ha querido, ya por ignorancia de la verdadera denominación, ya por vanidad o por adulación, dar a las comarcas descubiertas un nuevo nombre tomado de los santos, sus reyes, sus amigos o protectores y su propio país; lo cual ha lanzado a la geografía en la confusión y en la incertidumbre, como puede comprobarse comparando los mapas publicados por los diferentes pueblos que se establecieron sucesivamente en las islas del Sur.

Muchas veces la diferencia del nombre sólo consiste en la pronunciación, lo que no sorprenderá a los que saben que el mismo nombre, pronunciado por las mismas personas, ha sido entendido y escrito diferentemente por los navegantes de nuestros

días, tales como Bougainville [57], Cook, Anderson, Forster, etc. Sin embargo, para que se comprenda mejor a nuestro autor, he añadido a los nombres que cita los adoptados por otros geógrafos, tanto antiguos como modernos, lo que nos ofrece al mismo tiempo una prueba de la veracidad de su narración.

 

Desde este punto de vista, para confirmar y esclarecer lo que dice Pigafetta he añadido en notas, a los nombres dados por el autor a los

animales y a las plantas, los nombres adoptados por los naturalistas, y que he tomado, generalmente, de Linneo. He tratado también de rectificar las faltas en que frecuentemente ha incurrido, sobre todo cuando ha querido hablar de fenómenos que él había visto o de que le habían hablado.

 

Pigafetta, como ya he dicho, procuró formar vocabularios de los pueblos nuevos a medida que los visitaba; pero he creído que sería

más útil y menos enojoso para el lector encontrarlos todos reunidos al fin del viaje, de modo que pueda apercibirse de las relaciones entre las diferentes lenguas. (Véase el discurso que he puesto al frente de la colección).

Doy de él un extracto, rogando que se lea el discursito que le precede, para que se vea cuánto interesa a la historia de la astronomía y de la navegación, aun por sus errores.

 

Después de todo lo que acabo de exponer, pienso que no se juzgará inútil mi trabajo, aunque tengamos ya en otras

colecciones una relación de este viaje. Todo lo que sabemos de éste ha sido generalmente por el libro de Fabre que ya mencioné en la sección XXIII. Pero Fabre no publicó mas que un extracto, puesto que él mismo dice: Aquí acaba el extracto de dicho libro, traducido del italiano en francés.

Debo añadir que el extracto de Fabre es malo; que ha omitido muchas cosas para evitarse la molestia de traducirlas, como le dice muy bien Ramusio; que ha cometido muchos errores que no están en el original, así como ya lo he observado en la sección XIV con respecto a la línea de demarcación. Podría citar otras muchas notadas al comparar el extracto de Fabre con nuestro manuscrito. Daré una muestra, copiando la primera página del extracto:

«El viaje y navegación a las islas Molucas, descrito y hecho por el

gentilhombre Antonio Pigafetta, vicentino, caballero de Rodas, comenzó

dicho viaje el año mil quinientos diez y nueve, y la vuelta fué en mil

CCCCCXXII, el octavo día de septiembre.

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

El primer capítulo contiene la carta, y cómo cinco navíos salieron del

puerto de Sevilla. El principal capitán era Fernando de Magallanes. Y los

signos que hacían por la noche los navegantes, por medio de hogueras, los

unos a los otros para que supiesen qué tenían que hacer. Y el orden que

llevaban los navíos. Y de las guardias o centinelas que hacían en ellos».

 

Comparando este pasaje con la traducción que yo publico, se verá que Fabre dice de una manera ininteligible y en pocas líneas lo que Pigafetta expuso claramente en nueve páginas. No pretendo, sin embargo, con este ejemplo hacer creer que el extracto está en todas partes tan reducido como en la primera página; pero, en general, es demasiado conciso, muy obscuro y poco exacto.

Fabre, y después Ramusio, dividieron la obra en muchos capitulitos; pero yo no los imitaré, pues esta división no se encuentra en nuestro viajero. No obstante, parece que Pigafetta cortó su narración según las estaciones de su viaje, y, siguiendo su ejemplo, dividiré igualmente en cuatro libros la traducción, la cual confío en que será mirada como una nueva obra, interesante, instructiva y honrosa para Italia.