Primero estaba el mar
Capítulo 4
4
—Al frente de aquella isla está la casa —dijo Julito.
Elena y J. no vieron una sino tres minúsculas islas paralelas a la playa donde estaría la casa.
—¿De cuál de todas, Julito? —preguntó Elena.
—La que tiene palmeras, seño.
Era mediodía. El sol, reverberante, caía a plomo sobre el mar verde oscuro. J. llevaba un sombrero blanco, de paja; ella una gorra verde con visera. Cerca de la playa bandadas de alcatraces se desplomaban sobre las aguas. Alrededor de las islas sobrevolaban las gaviotas.
Al entrar a la bahía los motores se fueron suavizando y J. empezó a sentir bajo su cuerpo, no la velocidad de la lancha, sino el balanceo del mar.
En la base de la montaña, ya en tierra firme, estaba la casa. Destartalada y grande, construida con tablas, su parte posterior se apoyaba contra la tierra y la anterior se sostenía sobre pilares de ladrillo. El techo estaba formado por dos alas largas a los lados y un ala al frente, que nacía tres metros abajo del vértice y cubría un corredor amplio que daba al mar. A medio metro del vértice había una especie de claraboya que sugería un zarzo. Pero no había tal. Las cinco habitaciones de la casa terminaban directamente en las tejas de zinc del techo; y lo que parecía claraboya era solamente un hueco redondo cubierto por un anjeo oxidado y roto.
Sin embargo, el desembarco no se hizo frente a la casa. Julito dijo que allí había mucha piedra y la lancha podía romperse. Llegaron a una pequeña playa de arena blanca y agua muy quieta, a unas dos cuadras de la casa. El ayudante se dejó caer al agua, que en ese sitio le llegaba a las rodillas, y empujó la proa contra la arena.
—Mejor te quitás los zapatos para bajar —dijo J.
Los dos se descalzaron. Con los zapatos en la mano y el bluyín arriba de las rodillas, J. saltó de la lancha. Caminó hacia la orilla, puso los zapatos a salvo y se devolvió a ayudar a Julito y su ayudante, que trataban de varar la embarcación. «Un, dos, tres…» decía Julito, y todos daban un empujón. Cuando la proa quedó firmemente atascada en la arena, Elena saltó a la playa y corrió para que la ola no la alcanzara; una vez en sitio seco se sentó en un tronco y prendió un cigarrillo. J. entretanto recogió los maletines de mano y los llevó hasta la playa; luego regresó, se echó una maleta al hombro y la llevó adonde Elena estaba. Cuando descargó la otra, ya el ayudante había bajado el baúl.
—¿Qué lleva aquí, jefe, un muerto? —preguntó.
—Libros —dijo J. secamente.
Sobre el hombro de Julito y bajo la mirada atenta de Elena, la Singer salió del mar con las patas hacia el cielo, como un enorme marisco. Cuando todo el equipaje estuvo en la playa J. preguntó:
—Entonces qué, Julito, ¿llevamos las vainas a la casa?
Julito dijo que no. Alegó que estaba tarde y el mar podía ponerse feo para el regreso. J. le pagó.
—Se les agradece, maestros —dijo—, que regresen bien.
—Los de la vereda les ayudan con las cosas, jefe.
—Seguro, hermano, no se preocupe. El de p’irsen, señores.
Los lancheros lo miraron con simpatía y se bebieron un trago largo. Entonces empujaron la lancha hasta que flotó de nuevo.
—Cuando me necesite, jefe, ya sabe: Julio Gutiérrez, servidor y amigo.
—Llévese el cuncho que queda, Julito, para que no se aburra en la vuelta —dijo J. y lanzó la botella, que el otro recibió, ágil.
Se treparon a la lancha. El ayudante tiró de la polea de uno de los motores, que comenzó a sonar suavemente, luego encendió el otro. Los motores rugieron con fuerza y la lancha se internó en el mar.
—¡Qué mierdas! —dijo Elena.
—¿Qué querías? ¿Que les cogiera la tarde por ayudarnos?
J. se sacudió la arena de los pies con las medias y se puso los zapatos.
—Esperame aquí mientras voy a ver quién nos puede dar una mano — dijo, y empezó a caminar hacia la casa. Ella se quedó mirando el mar, fumando, pensando con rabia en el aguardiente que J. había regalado a los de la lancha.
Caminando hacia la casa la arena empezó a colársele a J. entre los zapatos; se los quitó y siguió caminando descalzo por la playa.
Las olas le mojaban los pies. Le gustaba la sensación que entraba a su cuerpo desde el agua. Miró el mar. Pensó en darse un baño después de organizar las cosas.
—¡Buenas! —gritó ya en el corredor.
—¡Bueenas! —contestó una voz de mujer desde la parte de atrás de la casa.
Caminó entonces, con los zapatos en la mano, hacia el lugar de donde venía la voz. En la parte trasera había un cobertizo bajo con techo de palma. Sobre una estufa de leña una olla grande, en la que hervía algo, levantaba la tapa y la dejaba caer, y la espuma chorreaba hasta las brasas. Sobre una hornilla apagada había una chocolatera con el molinillo adentro. Una mujer negra, sentada en una silla recostada contra el pilar, con los talones desnudos apoyados en el travesaño, daba de mamar a un niño.
—Permiso —dijo J.
—Está en lo propio. Prosígase.
El niño, desnudo, macizo, chupaba con placidez. Una de las manos de la mamá, grande, con un anillo de oro, lo sostenía por las nalgas. Las rodillas de ella eran negras, brillantes y redondas; sus senos se veían escurridos. Era joven. La calva cabeza del niño era negra y también brillante.
Cuando J. le explicó quién era, ella dijo que no lo esperaban tan pronto, que don Carlos sí les dijo que había vendido la finca y que los nuevos dueños pensaban vivir en ella, pero que posiblemente sólo llegaban hasta julio.
—¡Mañe! —gritó—. ¡Mañee…!
Se oyó un rápido ruido de pies sobre las tablas y un niño de unos ocho años apareció entonces, descalzo y sin camisa.
—Ve y dile a tu padre que llegó don J. ¡Corre!
El niño salió disparado, sin decir palabra. Diez minutos después llegó el padre, acompañado por otros tres negros. Era bajo y fuerte; su pelo, empezando a encanecer, le daba una apariencia digna y seria.
—No lo esperábamos tan rápido —dijo—. Gilberto Rendón, un servidor.
J. les estrechó la mano. A los otros les dijo «buenas», y ellos contestaron.
—En la maleta traigo una carta para usted, Gilberto —dijo J.—. El equipaje de nosotros quedó allá en la playa.
Los hombres salieron por las cosas y J. se quedó en el corredor. A diez metros de la casa había una playa pedregosa; piedras medianas, pedazos de caracol y ripio de coral producían al caer las olas un ruido acascabelado, como de maracas. «Ahí debe haber erizo», pensó.
En un potrero pequeño, al lado izquierdo de la casa mirando hacia el mar, había árboles de mango. Uno de ellos, especialmente grande y bien proporcionado, se hacía notorio. Era muy frondoso. Sus ramas bajas habían sido recortadas por el ganado a la misma altura. «Así me imaginaba el árbol del bien y del mal», pensó J. Una vaca cebú con su cría se escondía del sol bajo su sombra. «La deben tener ahí para ordeñarla… Pero mejor dejar este corral para los semilleros y para sembrar naranjos o lo que sea. No poner los semilleros debajo de los mangos. La gente los va a pisar cuando venga a coger mangos. En fin… Toca hacer un inventario de lo que hay en la casa, herramientas y tal».
Se puso de pie y entró en la casa.
Olía a polvo. Una bandada de murciélagos comenzó a revolotear a lo largo del caballete. J. intentó desclavar con las manos una de las tablas con las que habían condenado las ventanas, pero no pudo. «Hay que buscar un martillo o una varilla», pensó. Siguió revisando la casa desordenadamente y en uno de los cuartos, apoyado contra la pared, vio un rimero de catres de madera. Abrió uno y sobre la lona, ennegrecida por el mal de tierra, quedaron unas cagarrutas como de ratón o murciélago. Sólo tres catres tenían lona, los demás eran sólo el esqueleto.
En el piso había periódicos amarillentos, Vanidades y Selecciones del Reader’s Digest a medio comer por los ratones. También había mecheros de aceite puestos por ahí, en la base de las ventanas o en el suelo. En uno de los cuartos de atrás, que no tenía ventanas, encontró varias llaves inglesas oxidadas, tres fumigadoras de cobre abolladas y una infinidad de plásticos rotos y pedazos de alambre.
Armado de una llave inglesa volvió al cuarto donde estaban los catres.
Cuando abrió la ventana, la luz del mediodía entró como una explosión. Una lagartija se escurrió, centelleando, por la ventana. La visión del mar desde el interior de la casa le llegó a los intestinos y lo hizo sentir feliz.
«Este va a ser el cuarto», decidió, y empezó a patear periódicos y revistas hacia la puerta. «Hay que fumigar también».
Entretanto los otros llegaron con las cosas.
—Pónganlas aquí —gritó J. desde el cuarto.
El baúl, la máquina y las maletas fueron descargados.
—Ustedes se reparten —dijo J. y le alargó un billete a Gilberto.
Gilberto no miró el billete, ni dijo nada, sino que se lo guardó doblado en el bolsillo de la camisa. Llevaba pantaloneta roja, sandalias de cuero y una camisa vagamente azul a la que le habían sido arrancadas las mangas.
—¿Me decía que don Carlos había mandado una carta? —preguntó entonces. J. abrió una de las maletas, sacó la carta y se la entregó. Sin abrirla, Gilberto la dobló y la metió también en el bolsillo de la camisa.
Elena no había entrado a la casa. Sentada en una de las sillas de madera del corredor miraba el mar mientras pensaba que los de la lancha habían abusado. Tenía calor. Sentía la piel pegajosa y los pies calientes. Se quitó los zapatos y las medias, que se había puesto otra vez en la playa, antes de caminar hacia la casa. «Tengo que buscar las sandalias en la maleta», pensó. «Me baño y me pongo un vestido limpio… Hay que barrer esto».
—Me decía don Carlos que usted podía trabajar para nosotros —dijo J.
—Seguro —dijo Gilberto—. Yo a don Carlos lo conozco de años. Gran patrón.
Convinieron los sueldos. También acordaron que de un mercado comprado por J. la mujer de Gilberto cocinaría para ellos y para su propia familia. Era el arreglo que siempre se había hecho con don Carlos, el anterior propietario.
Por la noche, la mujer les dio café negro, plátanos fritos y una posta de róbalo. Tuvieron que dormir separados, cada uno en un catre.
—Tenemos que inventarnos una buena cama —dijo J. antes de dormirse.
A las tres de la mañana lo despertó el ruido de las tejas sueltas de zinc que, con el viento, golpeaban en el techo. Media hora después dormía de nuevo.
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