Principios del Conocimiento Humano
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Principios del Conocimiento Humano
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George Berkeley
Principios del Conocimiento
Humano
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PRÓLOGO
George Berkeley, sucesor, filosóficamente, en línea directa, de Locke, nació en Irlanda en el año 1685. Cursó sus primeros estudios en la Kilkenny School, donde veinte años antes estudiaron Congreve y Swift. Ingresó en el Trinity College de Dublín hacia el 1700. El Essay concerning Human Understanding, de Locke, publicado en 1690, se había comenzado a difundir entre los profesores y estudiantes de Dublín ya antes del comienzo de los estudios de Berkeley en el citado centro. La filosofía del pensador inglés halló en el joven estudiante un eco entusiasta y batallador. No obstante, sus primeras aficiones se inclinaron a las matemáticas. Al alcanzar su grado de «master» (1707) publicó anónimamente Arithmetica y Miscellanea mathematica.
El primero de sus trabajos filosóficos fue Essay towards a New Theory of Visión. Desea demostrar en él que, al ver, interpretamos siempre signos visuales y que el mundo material es real, en el sentido de que se percibe. Este mismo año, 1709, se ordenó diácono en la capilla del Trinity College. A los veinticinco años publicó su obra capital: Principies of Human Knowledge, a la que el lector va a enfrentarse en este volumen.
Fue a Londres en 1713, y en este mismo año sacó a luz sus Three Dialogues between Hilas and Philonnouss, incluido también en este volumen. Posteriormente viajó por Francia e Italia. En 1721 estaba de nuevo en Dublín, siendo nombrado deán de Dromore (1721) y, más tarde, deán de Derry (1724).
Después de largos preparativos, pasó a América con el propósito de establecer en las Bermudas un centro de evangelización; pero sus proyectos no pudieron realizarse y tuvo que vivir dos años en Rhode Island Aquí concibió Alciphron or the Minute Philosopher, el más extenso y acabado de sus trabajos. No habiendo recibido la ayuda que
esperaba, tuvo que regresar a Inglaterra, donde publicaría el Alciphron en 1732. Designado obispo de Cloyne en 1734, desempeñó su cargo hasta que renunció a él en 1752, retirándose a Oxford, donde murió al año siguiente. Fue enterrado en esta ciudad, en la catedral de Christ Church.
Berkeley reaccionó vivamente ante la filosofía de Locke.
Los principios que éste dejó solamente sugeridos los desarrolló Berkeley con amplia libertad de espíritu y con un vigor desusado, sin retroceder ante ningunas consecuencias extrañas que pudieran parecer en su tiempo a sus contemporáneos. Hombre de profundo espíritu religroso, sus sentimientos y creencias se manifestaron en la exposición de su doctrina filosófica.
Como es sabido, su intención era refutar definitivamente a los ateos escépticos. A pesar de su vigorosa y consecuente doctrina, su espíritu no cesó de evolucionar, según se puede observar tanto en su Commonplace Book (Diario) como en Alciphron, y en Siris, otro de sus últimos escritos. El cambio desde los Principios… hasta Siris es enorme. El tono dogmático y polémico de aquella obra se transforma en mesurado y pensativo en ésta. Reconoce en sus últimos años que, para interpretar correctamente la realidad, los datos que aporta la experiencia son insuficientes.
Pensamiento
Pocos pensadores hay en la historia de la filosofía que hayan despertado el mismo apasionamiento que Berkeley.
Las ideas del obispo irlandés son siempre actuales, porque constituyen un magnífico exponente de lo que se viene llamando idealismo metafísico. La rigurosidad, la perfección lógica y el vigor de su doctrina causan admiración incluso a sus contradictores. Cada obra de Berkeley es una joya filosófica inestimable, se esté o no de acuerdo con sus ideas.
¿Cómo es posible, entonces, que un filósofo tan riguroso y una doctrina tan difundida hayan sufrido tantos
malentendidos en la historia de la filosofía? Pues el hecho es que la mayor parte de las exposiciones que se hacen de Berkeley son erróneas. Incluso pensadores de cierta talla han desbarrado sobre él. La opinión más vulgarizada que circula es que Berkeley negó la existencia de los cuerpos.
Basta leer, por ejemplo el § LXXXII de este libro para darse cuenta de lo absurdo de tal interpretación.
Así, pues, en este breve estudio se intenta ofrecer al lector tanto una exposición del pensamiento de Berkeley como una aclaración de los fundamentos en que descansa su doctrina. Esperamos que pueda contribuir, al menos, a que ésta no se desvirtúe, ya que el filósofo irlandés es perfectamente claro para un lector atento. Como es natural, lo que hay que hacer para conocerlo es leer sus obras y no querer comprenderlo mediante manuales de historia de la filosofía, que en su mayoría son resultado del estudio y consulta de otros manuales.
La obra capital de Berkeley es Principios del conocimiento humano. Una exposición con propósitos vulgarizadores la constituyen los Tres diálogos entre Hilas y Filonús. En la primera de éstas, Berkeley se propone, según él mismo nos dice, descubrir los principios que han introducido en la filosofía incertidumbre, dudas y opiniones contradictorias.
A su juicio, la primera causa es la creencia de que pueden formarse ideas abstractas. No existen ideas abstractas, sino concretas y singulares. Berkeley comienza los Principios… con una refutación de la abstracción, porque considera que quizá creer en las ideas abstractas origina la creencia en la existencia de los cuerpos con independencia del sujeto percipiente. La idea abstracta es perfectamente inconcebible; y ¿cabe un género de abstracción más sutil que distinguir la existencia de los objetos sensibles del hecho mismo de ser percibidos? La estrecha relación que existe entre el pensamiento y el lenguaje ha originado la admisión de las ideas generales como ciertas, ya que nos
valemos de palabras generales para comunicarnos. No obstante, es una ilusión. Es necesario sustraer los principios del conocimiento a la confusión creada por las palabras, porque, de no hacerlo así, caeremos en el más lamentable error. Lo importante es no dejarse engañar por las palabras y atenerse exclusivamente a las ideas mismas, «a las propias ideas al desnudo, sin disfraz alguno», como nos dice al final de la Introducción de este libro.
La negación de la materia
¿Qué significa el término «idea»? La aclaración es precisa, porque, sin comprenderlo, no es posible conocer la filosofía de Berkeley «Idea» es representación sensible de algo; y por ser sensible, y porque no existen representaciones abstractas, es siempre particular. Pero
«idea» es, al mismo tiempo, la cosa misma percibida.
Aunque usada en ambos sentidos, la significación de la palabra «idea» es desafortunada; sin embargo, desde el punto de vista de Berkeley no existe confusión ni contradicción entre ambas concepciones, puesto que todo es representación. Es decir, no existen cosas con independencia del espíritu que las percibe. Por esto puede decir Berkeley que sólo existen ideas en este doble sentido, y la vaguedad del término hace posible que quede afirmada la realidad del mundo exterior en sentido corriente y al mismo tiempo negada su existencia absoluta en sentido metafísico.
Las consecuencias que se derivan de esta doctrina son decisivas para el desarrollo posterior de la filosofía de Berkeley. Si todo lo que existe es, en última instancia, idea, el ser de las cosas consiste en ser percibidas. La realidad última de las cosas no es material sino espiritual. De esta concepción procede, pues, el principio esse=percipi, culminación de todo el sistema metafísico de Berkeley.
La afirmación sobre la no existencia de la sustancia material es, a primera vista, muy extraña y radical. Pronto atrajo violentos ataques contra su filosofía. Pero esta
afirmación no era algo derivado de los principios berkeleyanos. Por el contrario, Berkeley se asignó en la vida la misión de refutar la pretendida existencia de la materia, ya que creía firmemente que ésta era la causa más poderosa del ateísmo y del escepticismo. Pero la lucha que sostuvo contra la pretensión de la existencia de la materia no implicaba, como se ha sostenido erróneamente, la aniquilación del mundo exterior; acerca de ello confronte el lector los § XXXVII, XL y LXXII de los Principios; lo mismo se observará leyendo con detención los Tres diálogos entre Hilas y Filonús. Berkeley no se cansa de repetir que el mundo exterior, tal como es percibido, existe en toda su realidad. Entiéndase bien que alude a su fundamento metafísico. Es la existencia de la materia en sentido filosófico la que niega vigorosamente.[1] Valiéndonos de un símil, diremos que su concepción es parecida a la de la física actual, que reduce la materia a ondas, aunque sostiene la realidad del mundo exterior. Y ambas cosas son compatibles John Locke había negado anteriormente la existencia de las cualidades secundarias, y aunque vislumbró los problemas que implicaba la admisión de las primarias, sin embargo, no las atacó. La idea de sustancia, aunque la llamó «un no sabemos qué», continuó siendo para Locke irrefutable. Berkeley no se sintió satisfecho con la posición de su gran antecesor. Según él, la idea de sustancia material surgió en filosofía por determinados motivos o razones; pero, una vez que tales motivos se han extinguido, no hay razón para que continuemos admitiéndola. En tanto se creía en la existencia de las cualidades secundarias fuera del espíritu era natural que se creyera también en cierto sustrato no pensante al que se adherían aquellas. Una vez desaparecida tal creencia, es decir, admitido que los colores; sonidos, etc., no tienen existencia fuera de la mente, carece de sentido mantener la existencia de este sustrato. De este modo creía Berkeley refutar las causas del escepticismo, puesto que admitir la
existencia de la materia implicaba, en parte, desconocer en qué consistía.
La fundamentación de la realidad
La afirmación inmediatamente siguiente es la inmaterialidad de las cosas exteriores. De otro modo sería inexplicable dogmáticamente que las representaciones ocasionadas en la mente humana no pueden ser producidas por la materia.[2] La existencia de las cosas no es nunca una existencia en sí, sino en el espíritu. Pero existencia en el espíritu no ha de entenderse de modo subjetivista, en «mi»
espíritu. Estar en el espíritu quiere decir percibido por alguien; equivale a negar la realidad de las cosas con independencia de que alguien las perciba. Cuando un hombre deja de percibir las cosas, éstas siguen existiendo, naturalmente, porque en último término son percibidas por Dios.
La apelación a Dios de Berkeley como base final en la que residen las cosas tiene justificación dado su punto de partida. Según él, el único poder activo es la mente, el espíritu. La realidad externa no es capaz de obrar activamente. «Las cosas -dice A. C. Fraser, exponiendo a Berkeley- están en perpetuo flujo, pero es un flujo dentro de un sistema cósmico que el inmutable principio de causalidad nos obliga a referir a la Mente Eterna como su causa sustentadora y suprema; pues la mente es el único poder activo del que tenemos idea, o mejor, noción.[3] Así, pues, el principio de causalidad se encuentra como fundamento de la doctrina de Berkeley El último eslabón de la cadena causal es Dios y por esto, finalmente, el ser de las cosas consiste en ser percibido por la mente de Dios.
Como puede observarse, Berkeley depende en sus doctrinas tanto de Descartes como, en mayor grado, de Locke. Sus puntos de vista son muy personales y siempre es profundo y original. A grandes rasgos su sistema queda expuesto en las líneas anteriores, especialmente tal como aparece en las obras de su juventud y madurez. En sus
tratados posteriores, como Alciphron, el mundo sensible se transforma en un mundo de efectos, carente de causalidad eficiente. En la última época de su vida, cuando escribe Siris, se aproxima a la doctrina de Platón. Nos dice que una fuerza o influencia divina penetra todo el universo. La razón construye el mundo de los sentidos. En ciertos aspectos, Berkeley parece adelantarse con esta obra a las grandes construcciones metafísicas de Hegel.
Valoración de su doctrina
La filosofía de Berkeley surgió como un intento de salvaguardar la existencia real del mundo del espíritu frente a la supremacía que quería conceder a la existencia de las cosas exteriores. Quiere demostrar por todos los medios que no es posible hablar de existencia sin, al mismo tiempo, implicar una mente que la perciba. Existencia significa percepción, y pensar de otro modo es contradictorio. No hay existencia absoluta, es decir, con independencia de una mente que la perciba. Berkeley se valió del concepto de
«idea» para fundamentar su opinión. Creer que todas las cosas externas son ideas es reducir el mundo exterior a la conciencia. Si Berkeley no hubiera partido, ya desde el comienzo, de la existencia de Dios, inevitablemente habría llegado a ella. Su filosofía tiene que fundarse en una teodicea. Sin la admisión de Dios su doctrina se hunde, ya que si suponiendo que no existiera Dios, se le preguntara qué ocurre con las cosas cuando el hombre deja de percibirlas no habría respuesta para tal cuestión, a menos de caer en el absurdo. Dios es el fundamento último de la existencia de las cosas. Las cosas existen porque Dios las percibe.
Berkeley habría estado en lo cierto si se hubiera detenido en la afirmación general de que el ser externo sólo puede ser aplicable a partir del sujeto que lo percibe. Es una extralimitación, que ninguna razón justifica, suponer que toda la existencia del ser exterior consiste en que se le perciba. La desafortunada expresión del término «idea» le
hizo incurrir en una confusión entre el acto de sentir y lo sentido, unificando cosas que son realmente distintas.
Luis Rodríguez Aranda
PRINCIPIOS DEL CONOCIMIENTO