Principios del Conocimiento Humano

George Berkeley · Capítulo 2 de 6

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Principios del Conocimiento Humano

Humano

DONDE SE INVESTIGAN LAS PRINCIPALES CAUSAS DE

ERROR Y DIFICULTAD EN LAS CIENCIAS, COMO TAMBIÉN EL

FUNDAMENTO Y ORIGEN DEL ESCEPTICISMO, ATEÍSMO E

IRRELIGIÓN

DEDICATORIA

AL MUY HONORABLE THOMAS, CONDE DE PEMBROKE, ETC., CABALLERO DE LA MUY NOBLE ORDEN DE LA JARRETERA Y LORD DEL MUY HONORABLE CONSEJO

PRIVADO DE SU MAJESTAD

SEÑOR: Os sorprenderá quizá que una persona oscura, como yo, que no tiene el honor de ser conocida de Vuestra Señoría, presuma dirigirse a vos, como yo lo hago.

Pero el que un hombre que ha escrito algo con el deseo de promover en el mundo la difusión de conocimientos útiles y de la religión haya elegido como protector a Vuestra Señoría, no extrañará a nadie que conozca el actual estado de la Iglesia y de la instrucción y sepa de la prestancia y ayuda que vos a una y otra proporcionáis.

No obstante, nada me hubiera inducido a dedicaros este menguado fruto de mis pobres desvelos, si a ello no me animara la integridad y nativa bondad que son partes destacadas del carácter de Vuestra Señoría.

Debo añadir, Señor, que el extraordinario favor y bondad que os habéis dignado mostrar hacia nuestra sociedad, me da la esperanza de que secundaréis benévolamente el esfuerzo de uno de sus miembros.

Estas consideraciones son las que me han movido a poner a los pies de Vuestra Señoría este pequeño tratado.

Tanto más, cuanto que por razón de la elevada cultura y

virtud que el mundo justamente en vos admira, tengo la pretensión de saber que soy, Señor, con el más sincero y profundo respeto, de Vuestra Señoría el más humilde y adicto servidor,

george berkeley

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PREFACIO

El contenido de este pequeño libro que ahora publico me ha parecido, después de un serio y prolongado estudio, ser de una evidencia clarísima y de no menor utilidad, particularmente para aquellos que sienten el vértigo y la seducción del escepticismo, o necesitan una demostración de la existencia e inmaterialidad de Dios y de la inmortalidad del alma.

El lector juzgará imparcialmente: sólo me cabe la satisfacción de ofrecerle mi obra para que pueda apreciarla, ya que estoy persuadido de que su éxito dependerá únicamente de su exacta conformidad con la verdad real.

Y en nada obsta este criterio para que, sea quien sea el lector, le recomiende yo suspenda su juicio hasta que haya leído por lo menos una vez toda la obra, con la atención y reflexión que la materia requiere. Pues se encontrarán pasajes que, tomados aisladamente, se prestarán con toda seguridad a falsas interpretaciones y a deducir consecuencias erróneas, lo que no ocurrirá ciertamente después de una lectura cabal de la obra.

Y aun leído todo el libro, si sólo se pasó de ligero y sin la atención debida, es muy probable que se desvirtúe el sentido de lo que escribo, que, sin embargo, para un lector acordado y reflexivo, resultará evidentísimo con claridad meridiana.

Alguien podrá tachar de novedad o singularidad algunos de los conceptos que aquí expongo: considero innecesario insistir sobre este punto, pues todos juzgarán de escaso talento y muy poco familiarizado con las ciencias al que se atreva a rechazar una verdad demostrable, por el simple hecho de ser nueva, esto es, recientemente adquirida, o por ser contraria a prejuicios inveterados.

He creído necesario hacer estas advertencias a fin de evitar en lo posible la precipitada censura por parte de cierta clase de personas, que siempre están dispuestas a

condenar una opinión que no es suya, aun antes de haberla comprendido bien.