Promesa de sangre

Brian McClellan · Capítulo 26 de 41

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Promesa de sangre

Capítulo 26

Capítulo

26

 

Adamat pasó casi una semana investigando a Ondraus el tesorero antes de concertar una reunión para entrevistarlo. Estuvo a punto de cancelar la reunión a causa de los brutales rumores que habían llegado a la ciudad esa mañana: la desaparición de Tamas de la Cacería del Valle del Huerto el día anterior, un comandante de brigada sin escrúpulos, hechicería en el Bosque del Rey. Nada de todo aquello podía confirmarse, por lo que siguió adelante con la entrevista, aunque tenía la incómoda sensación de que quizá ya no tuviera trabajo.

Llegó al hogar del tesorero cinco minutos después de la hora prevista; llegó tarde porque había pasado cuatro veces por delante de la casa sin encontrarla. La casa en sí estaba ubicada detrás de un seto, metida entre dos mansiones, y era muy fácil de confundir con una especie de pabellón para sirvientes. Entre el seto y la entrada principal había un pequeño jardín meticulosamente cuidado, sin una brizna de hierba ni un pétalo de flor fuera de lugar. La casa era utilitaria, una estructura en forma de A construida con ladrillos de buena calidad, aunque no caros.

La puerta se abrió a la vez que Adamat levantaba la mano hacia la aldaba. Una anciana le clavó la mirada. Llevaba un vestido de sirvienta de un color apagado: una camisa simple de lana que le llegaba hasta los tobillos.

—Vengo a…

—Ver al tesorero —lo interrumpió ella—. Llegáis tarde.

—Lo lamento, no podía encontrar…

La anciana dio media vuelta y se alejó cojeando en mitad de la frase. Adamat se calló. Se tragó su irritación y la siguió hacia el interior de la casa.

El interior era tan corriente como el exterior. La repisa de la chimenea estaba libre de trastos, los estantes estaban limpios e igualmente vacíos, salvo por dos hileras de libros de contabilidad. Había una única silla delante de la chimenea vacía. Había tres puertas. Una llevaba a una cocina que parecía un nicho, cuya única señal de uso era una hogaza de pan recién hecho que descansaba sobre la mesa. La segunda puerta estaba cerrada, probablemente el dormitorio. La tercera estaba abierta y dejaba ver al tesorero sentado ante un pequeño escritorio ubicado en un rincón, con los lentes colocados en la punta de la nariz y pasando los dedos por la página de un libro de números.

El ama de llaves hizo un chasquido con la lengua y fue a la cocina, por lo que Adamat tendría que anunciarse a sí mismo ante el tesorero. Adamat la observó un momento y se preguntó si la cocina se usaba para algo; no había olor a nada que estuviera horneándose, ni el calor remanente de un fuego para cocinar, por lo que ella debía de haber comprado el pan en otro lado. El ama de llaves se volvió, lo vio observándola y cerró la puerta de la cocina.

Adamat volvió su atención al hombrecillo que estaba sentado ante el escritorio. «Es más que lo que aparenta», le había advertido Ricard. Bueno, ¿y qué aparentaba? Un tenedor de libros en absoluto interesante. Un contable, aunque había que reconocer que era el mejor de Adro. Entonces, ¿qué más podía ser? Cualquier cosa, supuso Adamat.

—Llegáis tarde. —El tesorero no se molestó en levantar la mirada mientras Adamat entraba.

—Mis disculpas. Las calles están abarrotadas de gente, con esto del festival. —Adamat no se tomó la molestia de agregar lo inusual que era celebrar una reunión durante una tarde de festival. Algo le dijo que el tesorero no disfrutaba de divertirse.

—Guardaos las excusas para los demás. No me hagáis perder el tiempo, investigador. No traté de hacer asesinar a Tamas. No tengo ni la paciencia ni el tiempo para responder a vuestras preguntas. Hay que seguir llevando los libros, incluso en la ausencia de Tamas. —Hizo una mueca al darse cuenta de que se le había escapado algo.

—¿Entonces sí que ha desaparecido? —preguntó Adamat.

El tesorero lo miró con fiereza.

Adamat lo estudió un momento. Ondraus era un hombre pequeño, encorvado tras haber pasado años inclinado sobre un escritorio, con los hombros hundidos. Tenía el rostro alargado, las mejillas amarillentas y los hombros estrechos. Era uno de los hombres más conocidos de Adopest. Eso era todo un logro, considerando que rara vez mostraba el rostro en público, nunca había posado para un retrato y, según se decía, trataba de ofender a todas las personas que conocía. Adamat vio que eso último parecía ser verdad. También notó que Ondraus no iba a hablar con él acerca de la desaparición de Tamas.

La semana que Adamat había pasado investigando había arrojado muy pocos resultados, lo que le había resultado muy frustrante. Ondraus administraba el tesoro de la nación (a excepción de los fondos del rey, aunque corría el rumor de que eso había cambiado con la ejecución de Manhouch) desde ese pequeño escritorio. Tenía una oficina en la calle Joon, a la que nunca iba, donde un equipo de contables hacía la mayor parte del trabajo. Todo lo que hacían ellos era verificado por el tesorero. No se le conocían pasatiempos, ni amigos. Su ama de llaves llevaba más de cuarenta años trabajando con él, pero nadie consideraba que fueran amigos. También contaba con un guardaespaldas que lo acompañaba cada vez que salía de la casa, lo que era inusual.

Corría el rumor de que el tesorero había ido a la cacería, que había estado allí cuando desapareció Tamas. Adamat no podía imaginárselo a caballo.

—Vos no parecéis ser la clase de hombre capaz de traicionar a su país — dijo Adamat—. Como tesorero de la ciudad, podríais socavar Adro desde dentro, sin la ayuda de Kez. No es una cuestión de dinero. Según mi investigación, sois uno de los hombres más acaudalados de Adro. Recibís doscientos mil kranas al año por servicios prestados, y tenéis un millón y medio de hectáreas de tierra de cultivo en Fatrasta, doscientas mil hectáreas en la costa bakashcana, que incluyen un puerto principal, una mina de carbón en Deliv y la mitad de una sociedad mercantil en Kez. No puedo dejar de preguntarme sobre todos esos bienes en el extranjero. ¿No tenéis fe en vuestro país?

—Lo sabríais si fuerais más minucioso —dijo Ondraus—. Soy dueño de tres minas de oro y de doce carreteras de peaje de la Guardia de la Montaña. Tengo ciento veinticinco mil hectáreas de viñedos y financio un gremio de comerciantes en el norte. —Hizo un gesto de desdén con la mano—. Preguntad a vuestro amigo Ricard Tumblar si queréis saber más. Yo personalmente doy empleo a tres mil trabajadores de su sindicato en mis fundiciones.

—Entre otras de vuestras fábricas —dijo Adamat.

Ondraus entrecerró los ojos.

—Vos ya lo sabíais.

—Me causaba curiosidad saber qué catalogaríais como lo más valioso.

—Si no sospecháis de mí, ¿para qué estamos teniendo esta conversación?

—En ningún momento he dicho que no sospeche de vos. Sí admitiré que estáis entre los últimos de mi lista. Quiero saber qué os dicen los libros.

—No entiendo a qué os referís.

Por el modo en que Ondraus apretó la mano sobre el libro de registros, Adamat supuso que entendía perfectamente.

—Al dinero. Vos lleváis la cuenta de todo. Incluso de cosas que un tesorero no debería saber. —Adamat señaló el libro de registros con su bastón —. He echado una mirada a vuestros libros en la calle Joon. Muy exhaustivos. Muy impresionantes.

—Esos no están abiertos al público —dijo Ondraus bruscamente.

—Yo no soy el público. Tuve que intimidar a vuestros empleados para que me dejaran pasar. Os son muy leales. Bien, decidme, ¿qué os dice el flujo de dinero?

Ondraus lo observó durante un buen rato antes de responder. Estaba haciendo cálculos, permitiendo que sus pensamientos se ubicaran.

—Si el motivo es el dinero —dijo Ondraus—, que es lo que sucede casi siempre, entonces no tenéis nada que sospechar ni del Propietario ni de lady Winceslav. Tengo acceso a los libros de ella desde hace meses y no hay absolutamente nada irregular en ellos. El Propietario… bueno, sea o no un delincuente, paga sus impuestos. Hasta el último centavo, incluso sobre sus ganancias ilícitas. A un hombre que paga así sus impuestos no le preocupa el día a día del gobierno. Lo único que quiere es un mundo estable en el que pueda ir expandiendo su influencia lentamente, con seguridad.

—Una guerra puede suponer grandes ganancias para un oportunista.

—Los oportunistas no pagan impuestos —respondió Ondraus.

—¿Y los otros miembros de la junta?

Ondraus tomó aire.

—Prime Lektor es un misterio. Sus finanzas no existen. Eso es muy extraño. Es como si por sus manos no circulara dinero, salvo alguna ocasional subvención de la universidad. Ricard Tumblar es un hombre de negocios. Dibuja los libros lo mejor que puede. Últimamente ha recibido grandes sumas de dinero de Brudania y de bancos de Fatrasta y de Gurla.

—Brudania es uno de los principales aliados de Kez.

—Y los bancos de Gurla son propiedad de Kez.

—Fatrasta no es una aliada —dijo Adamat—. Y no estoy seguro de poder fiarme de lo que decís de Ricard. La sindicalización de vuestros trabajadores debe de haberos enfurecido.

—¿En serio? —Ondraus levantó una ceja—. Sus sindicatos han organizado la producción de una manera que ni siquiera yo pude lograr. Los ingresos de mis fundiciones y mis minas de oro han aumentado un tres por ciento desde que llegaron los sindicatos. Preguntad a Ricard. Yo no les he obstruido el camino. Yo les he dado la bienvenida. —Ondraus hizo un gesto de desdén y continuó—. Luego está el archidiocel. Como hombre del clero, sus movimientos se mantienen completamente en secreto. Nadie fuera de su orden puede siquiera echar una mirada en dirección a sus libros. Y aun así, gasta tanto dinero que haría llorar a un rey. Mucho más que lo que recibe de pago como archidiocel. Es algo que siempre me ha extrañado.

—¿Y vos?

—¿Debo sospechar de mí mismo?

—¿Tenéis algún motivo para querer eliminar a Tamas?

—Tamas está gastando mucho dinero en el ejército y en espías. Pero estamos en tiempos de guerra y sus gastos son por cuestiones prácticas. Ha aumentado las raciones públicas más que lo que a mí me gustaría, pero eso ha sido a partir de un acuerdo previo que teníamos. Incluso un hurón podría gobernar este país mejor que Manhouch. Al menos Tamas hace caso de mis consejos. Si Tamas muriera, los líderes militares no estarían a la altura de las circunstancias para rechazar a los keseños. Kez conquistaría Adro, y Adopest recibiría impuestos. Kez tiene un gran historial de impuestos excesivos en sus colonias de Fatrasta y de Gurla. No serían diferentes con nosotros, y las arcas de la ciudad estarían aún peor que cuando reinaba Manhouch.

Adamat consideró, no por primera vez, la singular posición de poder que tenía Ondraus. Si él quisiera desbaratar los planes de Tamas, podría hacerlo de manera mucho más sutil que ordenando su muerte. Podría decirle que no había dinero para pagar al ejército o alimentar al pueblo. Tamas tendría disturbios en menos de un mes y quedaría acabado en menos de dos.

Le molestaba lo que Ondraus había dicho sobre Ricard. Su amigo quizá fuera el líder de los Guerreros del Trabajo y hubiera recibido mucho dinero, pero no era acaudalado en el sentido que la gente como Ondraus o Charlemund entendía por riqueza. No era un rey. Kez tenía el dinero necesario para convertirlo en uno.

—Gracias por vuestro tiempo —le dijo—. Creo que ya he terminado aquí. Volveré si tengo más preguntas. —El tesorero volvió a sus números sin decir otra palabra—. Ya conozco la salida.

Tanto si temía a Tamas como si no, Nikslaus no estaba corriendo ningún riesgo. Su prisionero iba en el carruaje mirando hacia atrás. Tenía grilletes en muñecas y tobillos, encadenados al suelo al estilo de los carromatos de presos. Había un Guardián sentado junto a Tamas, y su cuerpo retorcido presionaba a Tamas contra el lateral del carruaje. Tamas sentía que se le erizaba la piel al estar tan cerca de una de esas criaturas.

 

A pesar de los grilletes, el carruaje era digno de un duque. Nikslaus iba sentado frente a Tamas sobre un cojín de terciopelo, lo que le dejaba mucho espacio para las piernas. El entelado de las paredes y las cortinas de las ventanas hacían juego con el cojín y amortiguaban un poco los sonidos del exterior. Un poco antes, el carruaje había dejado de moverse de lado a lado, y ahora avanzaba por una calle de adoquines. A juzgar por el ruido del tráfico creciente, estaban acercándose a la ciudad.

Nikslaus parecía absorto en sus pensamientos. Los dedos le bailaban sobre el regazo, envueltos en guantes de Privilegiado. Tamas se preguntó si estaría lanzando alguna especie de hechicería invisible o si solo estaba pasando el tiempo. Levantó un dedo a las cortinas y echó una mirada hacia fuera. No había nada interesante. Al oír el tintineo de las cadenas, Nikslaus lo miró. Le hizo un gesto con la cabeza al Guardián, que se estiró y retiró con firmeza la mano de Tamas de la ventana.

Tamas suspiró. Al menos su visión se había aclarado. Habían dejado la casa a media tarde del día anterior. Algo había tranquilizado a Nikslaus, y ya no parecía preocupado por que los atraparan. Extendió sus sentidos hacia dentro, luego hacia fuera. Trató de abrir el tercer ojo.

Los magos de la pólvora eran la única clase de hechiceros cuyo poder se podía anular de esa manera. Tamas no sabía cómo se había descubierto ni cuándo, pero tener oro en el flujo sanguíneo podía inutilizar completamente los poderes del mago. Incluso bloqueaba su capacidad de ver el Otro Lado. Se decía que cortarle las manos a un Privilegiado evitaba que manipulara el Otro Lado, pero no que lo viera.

—No soy una mala persona —dijo Nikslaus de pronto. Tamas le echó una mirada. El duque le clavó la vista con una expresión de intranquilidad—. No hallo placer en vuestro malestar ni sonrío al pensar en vuestro funesto destino.

—El hecho de saber eso no me impediría estrangularos hasta mataros, si tuviera la oportunidad —dijo Tamas.

Nikslaus le sonrió distraídamente.

—Será un gusto no daros esa oportunidad. —Hizo una pausa—. Precisamente estaba pensando cómo sería si yo no pudiera usar mi hechicería. Si me quitaran las manos y perdiera la capacidad de tocar el Otro Lado. Ha sido un pensamiento espeluznante.

—No obtendréis nada de simpatía de mi parte —dijo Tamas.

—Simplemente quiero que sepáis —respondió Nikslaus— que no hago nada de esto por placer. Actúo según la voluntad de mi rey. Solo soy un sirviente.

—¿Y erais un sirviente cuando enviasteis la cabeza de mi esposa en una caja de cedro? —preguntó Tamas. La pregunta comenzó calma. Para cuando terminó de formularla, estaba gritando con la ira a flor de piel. Lo había atravesado como una oleada. Sus cadenas tintinearon y resonaron. El Guardián le echó una mirada peligrosa.

Nikslaus calmó al Guardián levantando una mano.

—Sí —dijo—. Era un sirviente.

—Lo disfrutasteis —dijo Tamas apretando los dientes—. Admitidlo. —Su voz chorreaba de rencor—. Disfrutasteis al ordenar que la decapitaran, disfrutasteis al enviarme su cabeza y ver mi dolor, y ahora disfrutáis al verme incapacitado.

Nikslaus pareció pensar en eso.

—Tenéis razón —dijo finalmente.

Tamas se quedó en silencio, sorprendido de que Nikslaus hubiera admitido semejante cosa. No era digna de un duque.

—Cuando lo planteáis de esa manera… Sí lo disfruté, y aún lo disfruto — dijo Nikslaus—. Pero no por los motivos que vos creéis. Esto no es personal. Los magos de la pólvora son una mancha. Un punto negro en la hechicería. Yo no me regocijo en el sufrimiento de otra persona. Me enorgullezco al ver a un mago de la pólvora abatido, como lo hice cuando Ipille ordenó la muerte de vuestra esposa.

—Eso no hace que vos seáis menos monstruoso —dijo Tamas. Miró de lado al Guardián—. No sois menos monstruoso que el que hizo esto.

Nikslaus entrecerró los ojos.

—Dijo el mago de la pólvora. Vuestra estirpe es, de lejos, más monstruosa que los Guardianes. —Miró el techo del carruaje—. Nunca entenderé la mente de las personas como vos, Tamas. Ambos tenemos nuestros prejuicios, supongo. —Resopló—. Si hubierais nacido como Privilegiado, habríais sido un aliado formidable.

—O un oponente —dijo Tamas.

—No. Un oponente, no. Nuestro mutuo antagonismo está basado únicamente en el hecho de que vos sois un mago de la pólvora.

—Yo soy adrano —dijo Tamas en voz baja—, vos sois keseño.

—Y la camarilla adrana habría sido incorporada a la Camarilla de Kez, si se hubieran firmado los Acuerdos. Como debería haber sido.

—¿De verdad piensa Ipille gobernar Adro?

Nikslaus lo miró sorprendido.

—Por supuesto. —Tamas vio en los ojos de Nikslaus que no le cabía la menor duda. Qué arrogancia—. Desde que llegaron las noticias de vuestro golpe de estado, no he dejado de preguntarme: ¿qué fue lo que lo provocó? ¿Fue simplemente venganza? ¿O pensáis sinceramente que teníais en mente el interés de Adro?

—¿Pensáis vos sinceramente que lo que más le conviene a Adro es arrodillarse ante Kez? —contrarrestó Tamas—. No, no respondáis. Lo veo en vuestro rostro. Sois un noble ciego y un secuaz de la monarquía, como todos los que envié a la guillotina. ¿No leéis los periódicos? ¿No estáis enterado de los disturbios de Gurla? Sé que sentisteis la punzada de la rebelión cuando Fatrasta se alzó y echó a vuestros ejércitos.

—Idiotas, todos y cada uno de ellos —dijo Nikslaus.

Tamas persistió.

—El mundo está cambiando evidentemente. La gente ya no existe para servir a su gobierno o a su rey. Los gobiernos existen para servir a su pueblo, por lo tanto el pueblo debería poder tener voz en esos gobiernos.

Nikslaus lanzó una risa burlona.

—Imposible. Las decisiones no deben quedar en manos de la chusma.

—Una persona no debe ser gobernada por otra —dijo Tamas.

Nikslaus juntó los dedos. Ese gesto solía ser significativo cuando involucraba a un Privilegiado, sobre todo si llevaba los guantes puestos.

—O estáis jugando conmigo, o sois un tonto ingenuo. Vos habéis servido en Gurla, en Fatrasta y en media docena de países salvajes donde los miembros de los Nueve reclamaron tierra. Yo, también. Los campesinos y los salvajes necesitan ser domesticados. Como Adro y los magos de la pólvora necesitan ser domesticados.

—Vos y yo hemos aprendido dos cosas diferentes de nuestras experiencias —dijo Tamas.

La expresión de Nikslaus dejó claro que a él no le interesaba oír lo que Tamas había aprendido.

—¿Quién me ha traicionado? —preguntó Tamas. Él también respuestas que conseguir.

Nikslaus le echó una mirada.

—¿Creéis que voy a arriesgarme a decíroslo? —Meneó la cabeza—. No. Cuando la hoja de la guillotina esté a punto de caer, quizá os lo susurre al oído. Ni un segundo antes.

Tamas abrió la boca y estuvo a punto de mofarse de Nikslaus con la información de que el comandante Barat era un traidor. Se detuvo. ¿Nikslaus estaba preocupado de que fuera a escapar? ¿Realmente consideraba que Tamas tenía alguna oportunidad? Estaba desprovisto de sus capacidades y no podía usar la pierna. ¿Cómo diablos iba a poder escapar?

Nikslaus se removió en el asiento. Apartó la cortina lo suficiente para mirar hacia fuera, luego volvió a sentarse con una expresión de irritación en el rostro.

—¿Nos están siguiendo? —preguntó Tamas en un tono lo más despreocupado posible.

—¿Sabéis una cosa? —dijo Nikslaus ignorando la pregunta de Tamas y volviendo a mirar por la ventana—. Muchos miembros de la corte real están contentos con vuestro golpe de estado.

—Me imagino. Si tomáis Adro, os repartiréis las tierras que hemos confiscado a la nobleza.

—¿Que habéis confiscado? Que habéis robado. Las tierras y los bienes volverán a los familiares de la nobleza que sigan con vida. Se restaurarán los títulos. Habrá un impuesto, pero debe extenderse una mano de hermandad a la nobleza violentada.

—Entonces, Ipille no es tan necio como yo pensaba —dijo Tamas—. Ni tan codicioso.

Por un momento, Nikslaus pareció estar a punto de golpear a Tamas. Pero evidentemente lo pensó dos veces y simplemente alzó la nariz.

—¿Cuál fue el error en vuestra educación que os ha llevado a tener tanta falta de respeto por vuestros superiores?, ¿tanto desprecio por vuestro rey, elegido por Dios?

—A Ipille no lo eligió un dios. —Tamas resopló—. O ese dios es un imbécil.

—Mi límite es la blasfemia —dijo Nikslaus—. Esta conversación se ha terminado.

El día continuó, la mañana dio paso a la tarde y el interior del carruaje se tornó muy caluroso. Tamas se aflojó el cuello de su camisa de montar, ya toda manchada de sudor. Su chaqueta de caza había sido reemplazada por un abrigo marrón poco llamativo. Hacía calor y el aire estaba demasiado cargado allí dentro, y Tamas deseó que Nikslaus abriera la ventana. Ni el Privilegiado ni el Guardián parecían verse afectados.

Tamas logró identificar el momento en que cruzaron el canal. El puente estaba hecho de piedra sobre acero a lo largo de muchos metros, y las ruedas del carruaje rodaban con facilidad. Estaban acercándose al puerto. Se daba cuenta por el olor.

Nikslaus seguía echando vistazo tras vistazo por la ventana. Tamas se preguntó qué era lo que detectaba con su hechicería. ¿Iba Sabon siguiéndoles el rastro? ¿O simplemente Nikslaus estaba nervioso por encontrarse tan cerca de la guarnición de la ciudad? Respiró hondo y estudió al Privilegiado. ¿Nervioso? Sí. ¿A punto de entrar en pánico? No, ni cerca. Y entraría en pánico, si pensaba que la camarilla de la pólvora se le acercaba.

Tamas prestó atención a los sonidos que se oían fuera del carruaje, tratando de determinar dónde estaban. Algún lugar cerca de los muelles y del canal. Si habían tomado el puente Roan, verdaderamente estaban muy cerca. Podrían abordar un barco contrabandista en cualquiera de los embarcaderos. Nikslaus no perdería el tiempo esperando algo elegante. Querría irse con su trofeo lo más rápido posible.

El carruaje se detuvo. Nikslaus levantó la cortina y sonrió por lo que vio. A Tamas se le cayó el alma a los pies. Habían llegado.

Tamas no supo qué lo sobresaltó más: si la explosión o los relinchos aterrorizados que siguieron. Todo el vehículo se zarandeó, y Tamas se golpeó contra sus cadenas. Se mordió la lengua para ahogar un grito cuando su peso y el peso del Guardián le presionaron la pierna herida contra el lateral del carruaje.

Nikslaus abrió la puerta de una patada.

—Si me capturan, mátalo —le dijo al Guardián mientras saltaba del carruaje. El eco de su hechicería chocó contra la pared del carruaje y lo sacudió aun más que la explosión anterior.

Tamas y el Guardián se miraron. La criatura se colocó en el asiento de Nikslaus y extrajo un cuchillo.

Siguieron más explosiones. Había gente gritando. Se oían entremezcladas las voces de mujeres y niños. Tamas se sintió enfermar. Había gente muriendo allí fuera. Transeúntes, que en medio de sus quehaceres de fin de semana se habían visto atrapados en un conflicto forjado en el abismo. Sonó una andanada de disparos, seguida de los chasquidos casi inaudibles de los fusiles de aire de los Guardianes. Una bala destrozó la ventana, pasó entre Tamas y el Guardián, y dejó un agujero en el otro lado del carruaje. El Guardián abrió aún más los ojos.

—¡Abrid paso! —oyó Tamas que gritaba el cochero—. Trataremos de huir.

Tamas apretó los dientes. Quería atacar, extender las manos y luchar con el Guardián para quitarle el cuchillo. Sin pólvora habría perdido, pero al menos habría hecho algo. Con manos y piernas encadenadas, y sin sus poderes, no podía hacer nada más que quedarse sentado y escuchar, y hacer una mueca cuando algún hechizo o una explosión chocaba contra el carruaje.

De pronto comenzaron a moverse. El obstáculo que había bloqueado el camino (probablemente un carruaje en llamas, uno lleno de Guardianes) ya no estaba. El cochero azotó a los caballos, que galoparon con frenesí. Los disparos y los hechizos quedaron atrás. El carruaje se agitaba con violencia. El Guardián se agarraba a las paredes del carruaje con ambas manos, manteniendo el equilibrio sin expresión alguna. Tamas se movía de acá para allá, imposibilitado de hacer lo mismo con las cadenas puestas, y oía sus propios gemidos cada vez que se le movía la pierna.

El Guardián miró por la ventana.

—Ya casi hemos llegado —dijo. Extrajo una llave y, a pesar de las violentas sacudidas del carruaje, se las arregló para quitarle las cadenas. Le dejó puestos los grilletes. Blandió el cuchillo y le dijo en adrano con un fuerte acento—: Si me dais problemas, os entierro esto en el pecho.

El carruaje se detuvo. El cochero saltó de su asiento y abrió la puerta. El Guardián se volvió para salir y se quedó congelado.

La criatura tardó una fracción de segundo en volverse hacia Tamas con el cuchillo en alto. Él paró el golpe con las muñecas y usó sus grilletes como palanca para desviar la hoja. Luego se encontró tendido de espaldas sobre el asiento del carruaje, con luces revoloteando ante sus ojos y los oídos retumbándole. Casi ni registraba el dolor de la pierna.

Tardó un momento en volver a sentarse erguido. Cada centímetro le causaba un sufrimiento eterno. La pierna le gritaba de dolor. Sintió sangre en un lado del rostro; después de todo, no había logrado evitar el cuchillo. Se apoyó contra la pared del carruaje y percibió un olor a pólvora.

El Guardián ya no estaba. Había un agujero del tamaño de un Guardián en el carruaje, en el lado contrario de la puerta. Su cuerpo estaba fuera, en el suelo, con una pierna aún apoyada en el borde del carruaje y atravesada por un fragmento de madera.

Tamas bajó la mirada y vio a Olem depositando un cañón de mano en el suelo del carruaje. El soldado gruñó por el esfuerzo, y luego miró a Tamas. Había alivio en sus ojos.

—Así que no me he equivocado de carruaje —dijo.

Olem ayudó a Tamas a bajar del vehículo. Estaban en un callejón ubicado entre dos edificios de ladrillos. El fuerte olor del mar y el rumor de las olas indicaban que estaban muy cerca del agua. En cuestión de segundos, el callejón se llenó de soldados adranos. Uno trató de ocupar el puesto de Olem como apoyo de Tamas. Olem lo rechazó con un gesto.

—¿Dónde está Sabon? —preguntó Tamas.

—Persiguiendo al Privilegiado con Vlora —dijo Olem. Parecía cansado. ¿Podía cansarse?—. El muy cabrón se la largado cuando ha visto cuántos éramos.

Más soldados se metieron en el callejón, y Tamas abrió mucho los ojos. Había más en las calles.

—¿Has traído a toda la guarnición?

—A todos los que estaban cerca —dijo Olem.

—¿Cómo diablos me habéis encontrado? —Olem sonrió y miró hacia abajo. Fue entonces cuando Tamas reparó en el perro que estaba sentado a sus pies mirándolo con unos ojos como platos. El animal movió la cola. Tamas no pudo hablar. Se inclinó a pesar del dolor y acarició a Hrusch en la cabeza—. Eso es imposible —logró decir después de un momento.

—Sabon entrenó a Hrusch para que os encontrara bajo cualquier circunstancia. Entrenó al condenado desde que nació. Lo ayudó una vieja bruja de una granja que hay al norte de la universidad, una Dotada que sabe entrenar animales. Hrusch puede captar vuestro olor en cualquier lado, aunque estuvierais dentro de una caja sellada en el medio del mar.

—No tenía ni idea —dijo Tamas.

—Era su pequeño secreto. Un plan de emergencia —dijo Olem—. Ojalá nunca lo hubiéramos necesitado.

Tamas sintió que aquellos dos días de miedo, rabia y expectativa se derretían ante la mirada de Olem. El guardaespaldas lo miraba como un padre a un niño que ha estado perdido. En sus ojos, el enfado luchaba contra el alivio. Los soldados se amontonaron alrededor expresando su preocupación. Tamas respondió con una sonrisa de agradecimiento. Un momento después, se derrumbó.