Proteo
Capítulo 1
Era un hombre que viajaba mucho y siempre en condiciones muy cómodas, de modo que apenas sentía la curiosidad del turista, y en cambio padecía la viva impaciencia del ejecutivo que debe despachar sus asuntos y partir otra vez.
Sin embargo, ese domingo de Pascua en Roma era diferente. Era una celebración familiar, una ocasión tribal, y todo el resto -los antiguos esplendores de la ciudad, el movimiento de los peregrinos, la misa papal en San Pedro, incluso la proclamación del pontífice dirigida a la Ciudad y el Mundo- formaban el trasfondo y la panoplia. Era un día en la vida de este hombre en que él deseaba respirar hondo y gritar: "¡Mírenme! ¡Miren a John Spada, que hoy cumple cincuenta y cinco años, y se siente agradecido por cada minuto de su vida! ¡Miren a mi Anna, todavía tan bella como el día que la conocí! ¡Miren a Teresa y al hombre con quien ella se casó, un individuo valeroso y bueno, que me dará un nieto, heredero del imperio Spada! ¡Me siento tan orgulloso y feliz que podría abrazar a todo el mundo, este mundo absurdo y maravilloso!"
Por supuesto, no dijo nada de todo esto. Tenía demasiado dominio de sí mismo para incurrir en tales manifestaciones. Incluso allí, en el país de sus padres, era medio extranjero: John Spada, de Nueva York, presidente de una multinacional, príncipe de mercaderes entre la antigua nobleza y los plebeyos ahora inquietos de esa ciudad de emperadores y papas. Pero aunque él no lo dijera, Anna sabía que él se sentía muy feliz. Apretó el cuerpo contra el de su marido, sonrojada y excitada, mientras él se abría paso a través de la multitud que ocupaba la plaza de San Pedro, en dirección al callejón que corría detrás del Borgo Santo Spirito, donde el chófer del tío Andrea los esperaba.
Teresa y Rodolfo caminaban adelante, y él los miraba con orgullo y afecto. Ella era pequeña y morena como su madre. Él, alto y delgado, retoño de una vieja familia de estancieros y criadores de caballos de las pampas argentinas. Él tenía diez años más que Teresa, y eso merecía la aprobación de Spada, porque un hombre debía estar afirmado en la vida antes de formar una familia. A los treinta y ocho años, Rodolfo Del Valle era uno de los mejores directores de periódicos de Buenos Aires, y sus
opiniones acerca de la política de América del Sur eran leídas con respeto en el mundo entero.
El único pesar de Spada y la queja permanente de Anna era que las dos familias debían vivir tan separadas, los diablos mayores en Nueva York, los más jóvenes en Argentina; pero -¡qué diablos!-, con los jets, los teléfonos y el télex, la distancia era un factor nominal. Cuando llegaran los hijos podrían arreglarse formas que permitiesen un contacto más regular.
Además, si se le pedía su opinión -y la formulaba en voz baja cuando Anna estaba cerca- John Spada prefería que Teresa practicase un poco el oficio de esposa antes de convertirse en madre. No deseaba que su hija se viese atada demasiado pronto por los niños.
De todos modos, eso correspondía al futuro. Hoy era un día pleno y satisfactorio. Irían a almorzar a la villa del tío Andrea en Frascati, hablarían de asuntos de familia, de negocios y política, todos un poco somnolientos, reconfortados por el cálido sol de primavera. Eso era precisamente lo que él extrañaba en Nueva York: el sentido de la proporción, de la continuidad, de la definitiva falta de importancia de todo lo que no fuesen los asuntos de familia. Era difícil preocuparse demasiado por el índice de cotizaciones Dow-Jones cuando uno se dirigía a la oficina caminando sobre los huesos de muchos legionarios muertos.
Mientras cruzaban el río, Spada pidió al conductor que fuese por la Appia Antica hasta las Catacumbas de San Callisto, y que después se desviase hacia la Via Ardeatina. Rodolfo debía conocer los restos de los antiguos monumentos funerarios, y el propio Spada tenía que cumplir un menudo acto piadoso. Como preludio a ese gesto pidió al chófer que se detuviese mientras él compraba un ramillete de violetas a una florista instalada en la calle. Las flores eran pequeñas, su fragancia escasa, y el precio que pagó exorbitante. Teresa protestó, pero Anna le palmeó el brazo y le dirigió una represión amable.
–Es el cumpleaños de papá. Hoy hace lo que quiere.
–¿No hace lo mismo siempre?
–Quizás en el trabajo -dijo serenamente Anna-. En casa, hay otras normas.
–Creo haber oído antes lo mismo -dijo Rodolfo del Valle-. Mi madre solía decir a mi padre que él era el mejor entrenador de caballos de la Argentina, pero que no debía traer a casa los modales del establo.
–'Hoy -dijo John Spada-,'soy un santo. Me he confesado.
Asistí a misa. Recibí la bendición del papa. Exijo se me trate con respeto… ¡especialmente las mujeres casadas!
–¿Quién irá a almorzar a la villa del tío Andrea?
–¿Quién no? – Había un toque de malicia romana en el tono de Anna-.
Apenas saben que llega tu padre, comienzan a convocar a los invitados.
Habrá alguien del Quirinal, como siempre uno o dos del Vaticano, Cario Magnoli de Turín, sin duda Fonseca, del Banco de Roma… Por lo menos una docena, con esposas y familias. ¡Eh! En realidad, he perdido la práctica de este tipo de reuniones.
–¡Cálmate, Anna! – Con un gesto Spada rechazó la queja de su mujer-.
Que su hija afronte parte de la responsabilidad. Es una recién casada, y hay que incorporarla al círculo de las matriarcas.
–Papá, de buena gana te asesinaría.
–¿Por qué? Ya fuiste durante mucho tiempo una profesional enfrascada en su propio trabajo. Ahora tienes que incorporarte al club de las matronas.
Hoy harás una buena práctica.
–Hablas como un machista. Soy médica, no chismosa.
–Pero si quieres ser buena médica, necesitas conocer el modo de tratar a la gente. El chismorreo es útil en ese sentido.
–Rodo, deberías defender a tu esposa.
–¿Y oponerme al gran John Spada? Soy director de un diario, no comandante de tanques.
–Aquí nos detenemos. – Spada señaló los portones negros que cerraban el paso al sombrío enclave de las Cavernas Ardeatinas, las canteras donde los alemanes habían ametrallado a trescientos rehenes, como represalia por un ataque de guerrilleros en la Via Rasella.
–Esperaré en el automóvil. – Anna Spada se estremeció y se acurrucó en una esquina del asiento.
–Me quedaré con mamá -dijo Teresa.
Con el ramillete de violetas en la mano, Spada entró caminando en el recinto, y Rodolfo Del Valle lo acompañó. Explicó a Del Valle el significado del monumento conmemorativo y después lo condujo a la cámara penumbrosa donde estaban dispuestos, una hilera sobre otra, los trescientos sarcófagos. Dijo en voz baja:
–Yo estaba en Italia cuando sucedió. Avanzábamos hacia Roma, a través de los pasos de los Abruzzos. No sabía entonces que mi tío Eduardo, hermano de mi padre, era una de las víctimas. Cuando hablé cpn su familia y supe la noticia, tuve que escribir y anunciarlo a mi padre… Le destrozó el corazón. Antes de que muriese le prometí que, cuando viniera a Roma, traería un recuerdo, en su nombre y en el mío.
Depositó las violetas sobre la tapa de piedra del sarcófago y permaneció largo rato con la cabeza inclinada en silenciosa rememoración. Después irguió la cabeza, miró a su yerno y dijo serenamente:
–Tengo miedo, Rodo. Soy un viejo navegante y huelo el viento. Esto podría suceder nuevamente. No será exactamente del mismo modo, pero puede suceder.
–Lo sé -asintió Del Valle-. Ya ha comenzado.
–Deseaba hablar contigo. No tuvimos mucho tiempo… y no quería arruinar la festividad de las mujeres.
–No nos conocemos muy bien, ¿verdad, John?
–Rodo, me alegraría cambiar eso. La próxima vez que vaya a Buenos Aires charlaremos a solas, ¿eh?
–Con mucho gusto.
–Sé que no apruebas del todo mi persona, ni el modo de dirigir la empresa…
–Teresa lo quiere mucho. – Del Valle había adoptado una actitud extrañamente formal-. Y lo respeto, y mucho. Es un buen comienzo. La comprensión vendrá después. Y aquí, en este lugar, he comprendido un poco más.
–Eres un pensador -dijo John Spada-. Yo soy un hombre de acción.
Extraigo minerales del suelo. Fabrico y vendo cosas. Trafico con el dinero y las mercancías y las realidades políticas… cuanto mayor la escala, más simple es todo.
–¿O sólo parece simple? ¿Como extraer el seguro de una granada… o asesinar a trescientos rehenes con una ametralladora?
–Quizás incluso como eso. Pero Rodo, no me juzgues con apresuramiento. Seamos pacientes el uno con el otro, ¿eh?
–Por supuesto. – Del Valle se encogió de hombros y sonrió-. ¡Feliz cumpleaños, suegro!
Apoyó una mano en el brazo de John Spada y lo condujo hacia la luz del sol. Antes de llegar a la puerta, Spada se detuvo de nuevo y señaló las bocas de las cavernas, en cuyo interior habían hallado los cadáveres masacrados.
–Solía soñar acerca de ellos, y de lo que había sucedido ahí adentro.
Pero, cosa extraña, yo nunca participaba en el hecho. Siempre estaba de pie, sobre el risco, mirando hacia abajo. Veía llegar los camiones alemanes, y cómo descendían a los cautivos y los empujaban hacia la entrada. Un momento después estaba aquí, en este mismo lugar, mirando hacia adentro, y observando cómo los soldados apuntaban y disparaban, y cómo caían las víctimas… Nunca hablaba. Jamás me movía. Nadie me veía. Aún estaba allí cuando sellaban las cavernas y el último alemán se alejaba. Siempre me sentí avergonzado, como si yo mismo hubiera sido culpable de la matanza.
Pero ahora hace mucho que no tengo ese sueño.
–¿De modo que eliminó a sus demonios, fueran ellos los que fuesen?
Spada le dirigió una seca sonrisa y esbozó una respuesta.
–O quizá me acostumbré a tenerlos cerca.
–Yo también he visto muchas cosas. – De pronto, Del Valle estaba tenso. En su voz había un matiz de cólera-. No es bonito. ¡Es como… como niños ciegos jugando en un matadero!
Spada se sobresaltó ante la vehemencia del joven. Le dirigió una mirada larga, escudriñadora, y dijo pausadamente:
–Quizá deberíamos hablar ya mismo.
–No hay tiempo. – Del Valle pareció muy seguro de lo que decía-. Si comenzamos a discutir, probablemente discreparemos. Además, usted puede echar a perder la fiesta. Teresa y yo saldremos en avión por la mañana. Le escribiré, trataré de ofrecerle una reseña equilibrada de la situación y del papel que Estados Unidos representa en ella. Si las cosas empeoran, me agradaría utilizar las instalaciones de télex de las oficinas Spada en Buenos Aires.
–Cuando lo desees. Ahora eres miembro de la familia.
–Lo sé. Debería sentirme… me siento agradecido.
Hubo un atisbo de disculpa en la punta de la lengua de Del Valle, pero Spada lo interrumpió con brusco buen humor.
–En esta familia no siempre es necesario ser cortés. Y ahora, volvamos.
Las mujeres seguramente están impacientándose.
Cuarenta minutos después fueron recibidos con todos los honores tribales en la villa del tío Andrea, un hombre que a los setenta y cinco años de edad era el patriarca reconocido del clan Spada, padre de diez hijos, abuelo de veintidós, ex ministro de Justicia, todavía miembro del Club de Cazadores, aficionado a las orquídeas y a las mujeres bonitas. Era un negociador notable, y la villa, rodeada de viñedos y olivares, había sido escenario de muchas maniobras clásicas entre la izquierda y el centro. Para la celebración organizada ese día, la familia -una sólida falange de tías ancianas y primos jóvenes con sus hijos- era el eje. A todos había que identificarlos, abrazarlos y elogiarlos, de modo que se sintieran amados y honrados por sus parientes norteamericanos. Después, se presentaría al nuevo yerno, y se juzgaría su estirpe, sus modales y su virilidad, además de inspeccionar disimuladamente los signos de embarazo en la esposa. Spada y el tío Andrea observaron la ceremonia con diversión levemente maliciosa.
Finalmente, el anciano sonrió e hizo un gesto de aprobación.
–¡Bien! Tiene fuego en el vientre y sesos en la cabeza. Creo que deberías sentirte feliz.
–Lo estoy, tío. También tengo miedo.
¿De él?
–Por él y por Teresa. ¿Sabes lo que está sucediendo en América del Sur?
–Lo sé todo, Giovanni. ¿Qué hora es?
–Casi las dos. ¿Por qué?
–Me pareció que sería mejor terminar primero el asunto de familia, y por lo tanto invité a los restantes huéspedes para las dos y cuarto.
Comenzaremos a las tres. Después, podremos charlar en la biblioteca.
–¿Quiénes vienen?
–Magnoli, Frantisek, Fonseca… todos los nombres que ya conoces; pero esta vez habrá dos nuevos. – Vaciló un momento y después agregó, casi como disculpándose-: Los tiempos cambian. También nosotros debemos cambiar. Uno de ellos es Castagna, del Partido Comunista italiano.
Está muy cerca de Berlinguer.
–¿Y el otro?
–Hugo von Kalbach.
–¿Por qué lo elegiste?
–Porque es uno de los grandes pensadores contemporáneos. Está concluyendo una obra fundamental titulada Los fenómenos y la
epidemiología de la violencia. Creo que puede aportarnos elementos valiosos.
–¿Y Castagna?
–Los comunistas obtuvieron el treinta y ocho por ciento de los votos en la última elección. Tenemos que cooperar con ellos si queremos que el país continúe funcionando. Castagna es un escéptico, y teme a los fanáticos…
Lo cual me recuerda-hizo un gesto en dirección a Del Valle, que estaba consagrando su encanto y su paciencia a la tía más anciana-, ¿se lo dijiste?
–Todavía no.
–¿Estás seguro de él?
–Sí.
–Entonces, tráelo. Pronto sabremos de qué madera está hecho… y si tiene algo que enseñarnos.
Anna se acercó en ese momento, sonriente pero decidida.
–Vamos, ustedes dos. ¡Nada de conciliábulos antes del almuerzo!
¡Reincorpórense a la raza humana! La familia quiere hablar contigo, John.
Y usted, tío, debería salvar a Rodo. Creo que ya soportó bastante.
Tomó del brazo a los dos hombres y los obligó a descender con ella los peldaños para pasar a la terraza, donde los criados estaban distribuyendo limonada entre los niños y champaña entre los mayores.
Cuando Spada se aproximó, las mujeres convergieron sobre él como los campesinos sobre un vendedor ambulante en una plaza de la aldea.
Deseaban obtener noticias, novedades, y atraer la atención de este Spada que tanto había prosperado. Querían que protegiese a sus hijos, que prometiera su ayuda en los tiempos malos que, según creían todos, se acercaban rápidamente. La tía Lisa, de setenta y ocho años, arrugada como una manzana invernal, resumió la situación con su áspero acento romano.
–…Ahora tienen listas de candidatos al secuestro. En las esquinas de las calles hay muchachos que esperan meter una bala en el cuerpo de un hombre cuando se dirige a comprar el diario… ¿Qué importa que pertenezcan a la derecha o a la izquierda? El resultado es el mismo.
Desconfianza, desorden, falta de fe. ¡Hemos retornado a los tiempos de los bandidos y los condottieri! Lo sé, tu tío Andrea lo sabe. Hemos pasado por dos guerras y toda la época de los fascistas… se repiten todos los signos…
Estamos casi al borde del estallido…
Spada rodeó con el brazo los delgados hombros de la anciana y trató de calmarla.
–¡Vamos, tía Lisa! No es tan grave como tú crees, ni mucho menos.
–¡Para ti es fácil decirlo! No vives aquí.
–No, pero tengo grandes intereses en este país. Sé cómo funciona el sistema. Los extremistas hacen mucho ruido; el gobierno cae; se forma otro nuevo; pero siempre hay pan y vino sobre la mesa. Es una especie de magia, un encantamiento.
–Pero el público está cansado de la magia política. Ya no le interesa.
Busca otra clase de teatro. Quiere una obra con un héroe y después desea caminar seguro y tranquilo por la calle… -Volvió los ojos hacia el grupo-.
Ésta es la nueva generación. Pregúntales qué piensan.
Spada sonrió y meneó la cabeza.
–No lo haré antes del almuerzo. ¡Y menos el día de mi cumpleaños!
Dime, ¿qué piensas de nuestro Rodo?
Las mujeres más jóvenes rieron y cambiaron miradas. La tía Lisa emitió una risa aguda, que casi parecía un relincho.
–¡Por tratarse de un extranjero, no está mal! Pero no lo domesticarás tan fácilmente.
–No deseo domesticarlo. Quiero que haya un hombre en mi casa.
–Ojalá tenga hijos sanos… y que tu Teresa se interese en tener familia.
–¿Por qué no habrá de interesarle?
–¡Bien! Estas mujeres modernas, con sus carreras y sus ideas liberadas…
–Teresa es muy buena médica.
–Ahora está casada. Tiene que cuidar a su marido. ¡Él no querrá volver a casa para encontrar una esposa fatigada, que huele a éter y a yodo! Ya se lo dije a Teresa.
–Tía Lisa, estoy seguro de que ella se arreglará muy bien.
–Más vale que así sea; tu Anna no lo pasó demasiado bien contigo.
–¿Oíste que se quejara?
–No. Pero tú eres un Spada… ¡y suelen durar más que la mayoría de los hombres!
–¡Tía Lisa, tienes una mente sucia!
–Eso también es útil, muchacho. – Empujó afectuosamente al hombre-.
Los invitados están llegando. ¡Ve a reunirte con tu tío Andrea!
El almuerzo se sirvió en la terraza soleada, donde el tío Andrea, buen estratega social, había distribuido a sus invitados en grupos de seis por cada mesa, de modo que la conversación pudiera ser más libre e íntima, y los extraños no tuviesen que soportar el hastío de los temas de la familia. Spada se encontró junto a Hugo von Kalbach, Luigi Castagna, la tía Lisa y dos de las mujeres jóvenes más inteligentes, de quienes el tío Andrea había dicho con gesto huraño:
–No son las más bonitas del grupo, pero por lo menos no charlan y pueden leer palabras de tres sílabas.
Von Kalbach era la figura más impresionante del grupo, un gigante encorvado con un mechón de cabellos blancos y una mirada límpida e inocente como la de un niño. Su italiano era un poco duro, pero escuchaba con atención, alerta a todos los detalles de la conversación. Castagna, el hombre del partido Comunista, era un individuo de diferente clase: delgado, moreno y sombrío, con un frío ingenio y la lógica implacable del hombre que tiene muy claras todas sus premisas y conoce todas las normas del libro.
Incluso antes de que hubiesen concluido las pastas, la tía Lisa comenzó a probar las defensas de Castagna.
–De modo que es florentino, ¿eh?
–Por mi madre. Mi padre nació en Arezzo.
–¿Qué hacía su padre?
–Era albañil, signora. Se especializaba en lápidas.
–¿Y usted?
–Yo avancé, signora… de los epitafios a los folletos políticos.
–Tal vez compruebe que los epitafios duran más.
Castagna rió con una risa sonora y feliz, sorprendente en un hombre tan medido. Spada sonrió y palmeó la mano de la anciana.
–Tía Lisa, estoy seguro de que tu epitafio aún tardará mucho tiempo. Y
ahora, ¡compórtate! Si llega la revolución, necesitarás amigos.
–Estoy interesado. – Von Kalbach se esforzó por mostrar una actitud amable, con su italiano cuidadoso y correcto-. Somos un grupo muy heterogéneo… un gran capitalista norteamericano, un diputado comunista, un obispo del Vaticano, un banquero, un fabricante de automóviles, un editor liberal, un filósofo quebrado… ¡todos invitados por un demócrata cristiano que vive como un príncipe!
–Andrea se complace en la comedia -dijo bruscamente la tía Lisa.
–Y tiene talento para los compromisos razonables -dijo Castagna con ecuanimidad-. Es necesario en los tiempos que corren.
–De acuerdo. – Von Kalbach de pronto se mostró elocuente y animado-.
Ahora nos amenazan los absolutistas… el terrorista que trata de modificar el curso de la historia con una bomba, el tirano que quiere perpetuar el presente en que él florece.
–¿No es una diferenciación demasiado tajante? – El tono de Castagna era engañosamente suave-. ¿No omite a las organizaciones que patrocinan el terror y a los que promueven la tiranía en beneficio propio?
–¿Como su partido, por ejemplo?
No era fácil silenciar a la tía Lisa.
La respuesta de Castagna fue cortés pero aguda.
–O quizá las compañías Spada, que contribuyeron a entronizar a Pinochet en Chile, y que sostienen regímenes análogos en otros países.
Todos los ojos se fijaron en Spada que permaneció en silencio, asimilando la acusación, consciente de que también él estaba a prueba.
Castagna era demasiado inteligente para dejarse arrastrar a una disputa con una vieja sagaz. El propio Spada también debía tener inteligencia suficiente para evitar la misma trampa. Reflexionó un momento más y después dijo, con bastante serenidad:
–¿Ese no es en sí mismo un juicio absoluto? En el mundo de los negocios uno convive con lo que existe; uno trata de adaptarse a lo que sucede. A semejanza de los viejos jefes de las caravanas. Tenían que firmar tratados con las tribus del camino y pagar tributo al rey a las puertas de la ciudad. De lo contrario, el tráfico se paralizaba.
–Ya veces también pagaban a los conspiradores para elevar a un nuevo rey… o se unían a los soldados del rey para aplastar a las tribus.
–Pero nosotros, que no estuvimos allí, ¿podemos formular juicios válidos acerca de ellos?
–Bien dicho, amigo mío. – Castagna sonrió y esbozó un gesto despectivo-. Pido disculpas por mis malos modales. Quizá después podamos hablar del presente.
–Con mucho gusto. – Spada se volvió hacia von Kalbach-. El tío Andrea me dice que usted ha escrito un nuevo libro acerca del fenómeno de la violencia.
–Está casi terminado. – El anciano erudito tenía una actitud extrañamente moderada-. No sé muy bien cómo terminarlo… o incluso si tendré tiempo para hacerlo.
–¿Por qué no, profesor? – La pregunta provino de una de las jóvenes.
–Bien… -Von Kalbach hizo una pausa, tratando de formular la respuesta en italiano-. Todos estamos familiarizados con los fenómenos, con las cosas que suceden: asesinatos, secuestros, bombas, la violencia practicada por la policía y los servicios de seguridad, los torturadores profesionales… Lo que está en duda es nuestra respuesta. ¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Qué moral es aplicable?
–¿Y cuál es su respuesta, profesor? – preguntó John Spada.
–No la tengo. – El tono del anciano era más sombrío-. No importa qué camino siga, me encuentro en un dilema. Puedo elegir, como cristiano, la resistencia pasiva. ¿Tengo derecho a permanecer indiferente mientras maltratan a otro? No he escrito una respuesta, sino un enigma: "Si actúo, me convierto en uno de ellos. Si no actúo, me convierto en esclavo de los violentos."
–Creo que usted debe actuar -dijo firmemente la tía Lisa-. ¡Es su derecho y su deber como hombre!
–¿Lo cree, querida signora? – Von Kalbach se volvió para mirarla-. En tal caso, quizá deba informarle que en mi propio país estoy en la lista de condenados de un comando Baader-Meinhof, porque se afirma que soy un instrumento de los reaccionarios. En Rusia, un colega distinguido fue encerrado en un instituto para enfermos mentales, reducido por las drogas a la condición de vegetal, porque protestó ante la invasión de los derechos humanos en su propio país. Es muy posible que pronto estemos muertos.
¿Qué hará al respecto, signora? ¿O usted, señor Spada? ¿O ustedes, jóvenes damas, qué dirán a sus hijos?
–Las damas no harán nada -dijo serenamente Castagna-. Porque son individuos impotentes contra las organizaciones… Spada no hará nada que pueda perjudicar su prestigio o sus ganancias.
–¿Y usted Castagna?
–Yo soy afortunado. – Había más que un atisbo de humor en la respuesta-. Pido directivas al partido y hago lo que me dicen. Es tan reconfortante como tener un padre confesor.
–Me agradaría creerle. – Spada sonrió-. Creo que usted siente la misma comezón que afecta a todos, y que se rasca con tanta fuerza como los demás… Usted debería pedirle a la tía Lisa que le cuente la historia de su soldado desconocido.
–¿Sí? – Castagna pareció desconcertado.
La tía Lisa volvió a relinchar. Spada explicó.
–Durante la retirada alemana había un destacamento SS alojado en la villa. Uno de ellos era un bruto borracho que aterrorizaba constantemente a las mujeres de la casa. Una noche salió y nunca volvieron a verlo. Solía haber un viejo pozo al fondo del viñedo más alejado. Ahora ha sido cubierto con ladrillos. El sargento todavía está en el fondo.
–Era muy profundo -dijo tía Lisa-. Y en primavera se secó, de modo que no nos hemos privado de agua.
–¿Y usted, signora, lo mató?
–Así dice la leyenda -afirmó serenamente la tía Lisa-. Nunca consideré necesario confirmarla o refutarla.
–Ya lo ve -agregó finalmente John Spada-. Es muy difícil juzgar de antemano el modo en que reaccionará la gente, o después si acertó o se equivocó. ¿Qué les parece si cambiamos de tema?
Una vez concluida la comida el tío Andrea llevó a algunos invitados a la biblioteca. Un criado trajo café y licores, y después se retiró. El tío Andrea realizó un breve anuncio informal.
–En el caso de tres de los que están aquí, es la primera visita a mi casa.
Como les dije en privado antes del almuerzo, se los invitará a participar en un trabajo que viene realizándose desde hace un tiempo. Ustedes me han dado seguridades, como caballeros, de que al margen de que decidan aceptar o no, conservarán el secreto de lo que hoy se diga aquí. ¿Entendido?
Hubo un murmullo de asentimiento de Del Valle, Castagna y von Kalbach. El tío Andrea hizo un gesto dirigido a John Spada, que metió la mano en el bolsillo, extrajo un anotador, encontró la página que buscaba y después comenzó a hablar al pequeño grupo.
–Algunos de ustedes saben que la empresa que hoy poseo comenzó en esta habitación, con una reunión muy semejante a ésta. Entonces, como ahora, el tío Andrea era el anfitrión y también estaban Cario Magnoli y Freddie Fonseca. El obispo Frantisek no había venido… todavía no era más que un cura en Filadelfia. ¿Yo? Yo era un jovencito de Nueva York, con la
cabeza repleta de ideas y quinientos dólares en el banco. Bien, el tío Andrea y sus amigos tuvieron fe en mí y me ayudaron a construir lo que tenemos hoy… Hicieron más. Cuando alcancé la meta, me dejaron libre. Por todo lo cual les estaré agradecido hasta el último instante…
Se interrumpió y con un gesto anticuado tomó la mano de su tío y la llevó a los labios.
El tío Andrea dijo amablemente:
–Diles el resto.
–A medida que la empresa se amplió, decubrí que estaba atrapado en una cárcel que yo mismo había contruido. El éxito levanta muros alrededor de un hombre. Se acostumbra tanto a leer balances e informes comerciales que no ve al hombre que carece de calzado, a la madre que no tiene leche para su hijo. Pero simpre hay una absolución automática de sus pecados.
Sin su capital, no existiría la fábrica y no habría trabajo para los obreros.
Como la fábrica está allí, o se trata de una mina o un yacimiento petrolífero, también hay una ciudad, una escuela, un hospital, que en otras condiciones no existirían. Como es un realista, puede lograr que los políticos sean más o menos honestos, y que los banqueros arriesguen capital en nuevas empresas. De modo que no todo es blanco y negro, como un cartel de propaganda… Aunque a veces, como en Chile, Corea, Irán o Brasil las firmas del tipo de la mía son prostitutas que comparten el lecho del tirano y prosperan bajo la protección de su policía… de todos modos, es fácil condenar a las prostitutas. No es tan fácil determinar qué convierte a una mujer honesta en una trotona… o lo que puede suceder si ella desea arrepentirse y ser virtuosa… No sólo su compañero de lecho, sino también muchos otros aprovechan lo que ella hace. – Rió y abrió las manos en un gesto de derrota-. ¡Ya lo ven! ¡Incluso aquí hablo como el abogado de la defensa! Lo que intento decir es que uno no puede desmantelar una gran empresa para calmar su propia conciencia culpable. A lo sumo, puede usar el poder que ella otorga para construir lo que el tío Andrea cierta vez denominó "puentes de benevolencia", no sólo entre los neos y los necesitados, sino entre los que, si no existe un mediador, podrían continuar siendo enemigos; entre los amigos que no pueden hablarse a causa del protocolo, entre los hombres de buena voluntad divididos por las fronteras o las ideologías… Este grupo es uno de esos puentes. Hay otros en el mundo… en Irán, en Corea y en muchos otros lugares. Todos son secretos y
todos se identifican con un símbolo común… en esta habitación hay tres hombres que no conocen el símbolo porque aún no están iniciados totalmente. Antes de continuar, quiero preguntarles si desean saber más o si prefieren retirarse sin mayores compromisos.
Hubo un silencio prolongado, y después Rodolfo Del Valle preguntó fríamente:
–Estoy casado con su hija, y sin embargo me trae sin aviso previo a este grupo. ¿Por qué?
–Porque yo no lo controlo. Los miembros deben aprobarte, como aprueban todo lo que se propone.
–¿Usted financia los grupos?
–Sólo en parte. Otros miembros contribuyen de acuerdo con sus medios.
Los fondos son controlados localmente en cada sector.
–¿Cómo se ejerce este control?
–Por el voto de la mayoría.
–Por lo tanto, ¿cada grupo es autónomo?
–Sí.
–¿Cada miembro es autónomo? Por ejemplo, el obispo Frantisek…
¿habla por sí mismo o por el Vaticano?
–Sólo por mí mismo-dijo derechamente Frantisek-. Me comprometo a actuar de acuerdo con mi propia conciencia.
–Pero, ¿si el voto se opone a su conciencia?
–Me abstengo de actuar. Incluso puedo retirarme totalmente del grupo.
Hasta ahora, no me he sentido obligado a hacer ninguna de las dos cosas.
Luigi Castagna se incorporó al diálogo.
–Vine porque me atrae el concepto de la construcción de puentes de benevolencia. Me sentiría más cómodo si supiera algo de lo que ya se hizo.
Esta vez el tío Andrea contestó:
–La semana pasada, en Chile, cuatro miembros veteranos del partido de Allende salieron de la prisión y pudieron abandonar el país. También se confirmó que se redujeron drásticamente las atribuciones de la DINA, el servicio de seguridad. Mi sobrino y algunos de sus colegas fueron responsables de dicho paso.
–¿Cómo?
–Negándose a respaldar nuevos préstamos bancarios a Chile hasta que se adoptaran las medidas pertinentes. Hubo tensas negociaciones entre los
diplomáticos de Washington y los banqueros de Nueva York, pero en definitiva obtuvieron el apoyo necesario.
–Ayer-dijo Cario Magnoli- el jefe del Movimiento Cristiano de Protesta de Corea del Sur llegó a Tokio. Nuestro grupo de Seúl consiguió sacarlo del país un instante antes de que lo atrapara la policía secreta del presidente Park.
–Hace tres meses -dijo el banquero Fonseca-, un conocido director periodista de Sudáfrica fue puesto bajo arresto domiciliario. Uno de nuestros grupos consiguió sacarlo subrepticiamente del país y llevarlo a Inglaterra.
–Podría decirse que somos secuestradores. – Spada sonrió a su yerno-.
O si te agrada la historia, puedes concebirnos en el papel de hombres dedicados al rescate, los hombres que en la Edad Media dedicaban su vida a liberar a los cautivos de los moros.
–Me gustaría saber -dijo Castagna con voz suave-, quién les dio mandato para afrontar esta tarea.
–Yo la asumí -dijo francamente Spada-. No necesité mandato para extraer cobre del suelo o iniciar un programa de investigación de drogas.
¿Por qué necesitaría mandato para salvar una vida o devolver la libertad a un hombre?
–¿Y cómo proceden? – volvió a preguntar Del Valle.
–Utilizamos los medios disponibles: la negociación diplomática, los arreglos comerciales, el soborno, el chantaje, a veces…
–¿A veces qué?
–Digamos -dijo amablemente John Spada-, que en esta clase de trabajo es necesario ser muy flexible. Rodo, ¿el proyecto te interesa?
–Tal vez. – Del Valle se mostraba cauteloso y reservado-. Pero desearía saber más. Por ejemplo, ¿ustedes actúan en Argentina y Brasil?
–Así es.
–Nunca lo supe.
–Eso es un cumplido a nuestra discreción. Pero necesitamos más miembros. Es difícil encontrar hombres eficaces, y por eso fuiste invitado a esta reunión.
–¿Cómo eligen a las personas a quienes deciden ayudar?
–Nos recomiendan los casos. – El tío Andrea respondió a la pregunta-.
Por ejemplo, el profesor von Kalbach nos ha pedido que contemplemos el
caso de su colega Lermontov, confinado en una institución psiquiátrica que está en las afueras de Moscú. Ahora estamos trabajando en ese caso.
Castagna desea que intervengamos en el asunto de un estudiante detenido por la policía en Milán, bajo la falsa acusación de haber puesto una bomba hace seis meses.
Del Valle guardó silencio. Spada lo apremió.
–El mandato te molesta, ¿verdad?
–En cierto sentido, sí.
–Entonces, pregúntate qué mandato tienes para los editoriales que escribes, los artículos que publicas… ciertamente, no recibiste ningún mandato de un gobierno o un partido.
–No, para mí es asunto de conciencia.
–¿E intentas formar la misma concienca en tus lectores?
–Así es.
–Hacemos lo mismo -dijo el tío Andrea-. ¿Por qué nuestros motivos tienen que ser más sospechosos que los suyos?
Castagna sonrió levemente, y después agregó un comentario casi burlón.
–Amigo mío, afronto el mismo dilema. Es difícil creer que el capital posea conciencia social.
–O que la Iglesia rechace la tiranía -dijo el obispo Frantisek-. Todos soportamos las culpas de la historia.
–Y la vergüenza del presente-dijo von Kalbach-. Los anarquistas que me amenazan parten de una premisa muy sencilla: los males de nuestro sistema tienen un solo remedio, la destrucción total y un comienzo nuevo.
Tenemos que demostrar la posibilidad de la protesta y la reforma.
–Deseo formular una pregunta más a mi suegro.
–Hazla -dijo John Spada.
–¿En este… en esta labor… ha dado muerte a algún hombre?
–Lo hice. Y volvería a hacerlo.
–Y usted, obispo Frantisek, ¿qué dice acerca de eso?
–Nada -dijo el obispo-. Nunca afronté la exigencia del momento. No sé lo que haría. John Spada jamás me abrió su conciencia. No tengo los medios ni el derecho de juzgarlo.
–De todos modos, ¿está dispuesto a trabajar con él?
–Sí.
–Yo no -dijo Rodolfo Del Valle-. Lo siento, John. No puedo mantenerme al lado de asesinos.
–Respeto tu decisión-dijo Spada-. Confío en que respetarás el compromiso que asumiste al participar en esta reunión.
–¿Necesita peguntarlo?
–Sí. – El tono de Spada era duro-. ¡Están en juego mi vida y la vida de todos!
–Nada tiene que temer de mí -dijo Rodolfo Del Valle-. ¡Discúlpenme, caballeros!
Se puso de pie, esbozó una breve reverencia y salió de la habitación. La puerta se cerró tras él con un golpe seco y duro.
Hubo un silencio prolongado, y después el tío Andrea preguntó con voz suave:
–Giovanni, ¿eso era necesario?
–Era necesario -dijo John Spada-. Ahora, profesor von Kalbach, ¿cuál es su posición?
–Si puedo ayudar, lo haré. – El anciano erudito asintió serenamente-. No me queda mucho tiempo. No puedo pasarlo como un niño en un balancín.
–¿Y usted, Castagna?
–He consagrado al Partido los mejores años de mi vida. Ya no estoy tan seguro de que él posea todas las respuestas. De modo que reservaré un poco de mi personalidad para mí mismo. Sí… pueden contar conmigo.
–Gracias-dijo John Spada-. Ahora, vamos a jugar un pequeño juego. –
Trazó un tosco boceto en su anotador, arrancó la página y la sostuvo en alto, sometiéndola a la inspección de los presentes-. Éste es el símbolo de nuestra organización. ¿Comprenden el sentido?
El boceto era un cuadro incompleto y en su interior había un pez.
Castagna y von Kalbach estudiaron atentamente el dibujo, ydespués se declararon derrotados.
Spada explicó, con elocuencia poco usual en él: -El dibujo rectangular es una de las formas más antiguas de la letra P. El pez no es sólo un pez. El dibujo representa a Proteo, el dios marino, pastor y guardián de todas las criaturas que viven en las profunidades: las focas, los delfines, los atunes y
los pequeños peces. Poseidón le confirió el conocimiento de todas las cosas pasadas, actuales y futuras y también el poder de transformarse a voluntad adoptando una multitud de formas diferentes: una llama de fuego, un león, una flor, una serpiente, o un jabalí… -Se interrumpió, sonrió con cierta timidez ante su propia retórica y después explicó-: Ya ven la relación entre el símbolo y lo que hacemos. Somos guardianes de los que viven en un medio extraño, apartados de la atención humana. Disponemos del conocimiento y la inteligencia en el mundo entero. Podemos adoptar muchas identidades, cumplir muchas funciones… Cuando nos vemos amenazados, podemos refugiarnos en las cavernas del mar y reaparecer con otra forma. Si atrapan a un pez, siempre hay otros que ocupan su lugar. Por el momento yo soy Proteo, porque dispongo de los medios necesarios para desplazarme y actuar con más libertad que la mayoría de nuestros colaboradores. Pero si algo le sucediera a John Spada, un hombre nuevo asumiría mi título y mi función. Todos nuestros códigos se basan en los nombres de las criaturas marinas. Nos conocemos mediante este dibujo, que un niño puede trazar.
–Es un divertido engaño -dijo Luigi Castagna.
–Yo lo considero más bien conmovedor -dijo Hugo von Kalbach-. Me agradó su frase acerca de los seres que están apartados de la atención humana. ¿Cuántos miembros forman la organización?
–No preguntamos -dijo el tío Andrea-. Cuando necesitamos colaboradores en otros países, hablamos con Giovanni, que está en Nueva York. Él suministra el contacto adecuado. Es una medida de seguridad…
basada en procedimientos normales de Inteligencia.
–¿Pero alguien seguramente tiene la lista completa?
–Esa lista existe-dijo John Spada con expresión cautelosa-. Yo soy la única persona que conoce dónde está y su contenido. En caso de que yo muera o me vea incapacitado, pasará a una de dos personas designadas para continuar la labor.
–Interesante -dijo secamente Luigi Castagna-. Para liberar a los cautivos, establecemos una dictadura.
–Hay otro punto de vista -dijo el banquero Fonseca-. John Spada fue el primero que inició la tarea. Hasta ahora ha trabajado en suelo muy estéril.
Hemos aprendido a confiar en él.
–Yo aprendo lentamente -dijo Luigi Castagna-. Espero que tengan paciencia conmigo.
–En un mundo terrible como éste es útil ser prudente. – Spada extendió la mano para sellar el pacto-. Ahora, el trabajo. Ante todo, profesor, me pregunto si usted contemplaría una invitación para ir a Nueva York…
Mientras regresaban en automóvil a Roma, en el prolongado atardecer, Rodolfo Del Valle se mostró silencioso y retraído. Después de un rato, Teresa preguntó, con su habitual estilo franco:
–Algo sucedió hoy entre tú y papá. ¿Qué fue?
–Una cuestión privada -observó secamente John Spada-. No te concierne.
–Hablaremos del asunto en el hotel. – Anna señaló al chófer con un gesto furtivo-. Éste no es el momento ni el lugar.
–Rodo y yo partimos mañana. – Teresa no se dejaba vencer fácilmente-.
No queremos cargar sobre las espaldas todos los problemas de la familia.
–No hay problemas. – Del Valle se mostró firme-. Tu padre me hizo una propuesta. Yo la decliné, como tenía perfecto derecho de hacer. El asunto está cerrado.
Spada cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
–Una de las cosas más difíciles en un matrimonio es respetar la intimidad del cónyuge. Teresa, ¡deja en paz las cosas! Rodo y yo nos entendemos.
–Él entiende. – Del Valle hizo un valeroso esfuerzo por mostrarse alegre-. ¡Yo todavía estoy tratando de aclarar el panorama! Pero tiene razón.
¡Quédate tranquila, querida esposa!
–Es precisamente lo que detesto en Italia. ¡Cuando uno menos lo advierte, ya tiene una conspiración en las manos!
–Pues cuando estás en Manhattan -dijo Anna-, la situación no es mejor.
Allí no tienes conspiraciones… directamente asaltos a mano armada. Me agradan las cosas pequeñas que se convierten en importantes… Pero cuando son grandes y complicadas, me cubro la cabeza con la sábana y me duermo.
–Me rindo. – Teresa suspiró con expresión fatigada-. Seré una simpática esposa latina, obediente y aburrida, y permitiré que los hombres maravillosos continúen resolviendo los grandes problemas.
–¡Magnífico! – Spada esbozó un gesto teatral de alivio-. Al fin, querida Anna, podemos tranquilizarnos. ¡Nuestra hija se ha convertido en mujer!
–¡Vete al infierno, papá!
–Con mucho gusto, bambina. ¡Allí están todas las muchachas bonitas!
De modo que pasó el primer mal momento, pero nubo que soportar otro antes de que acabase el día. Eran las diez de la noche. Anna y Spada habían terminado la cena, y cuando se preparaban para subir a su habitación, Del Valle apareció y propuso un paseo antes de acostarse. Spada estaba mortalmente fatigado, pero aceptó. Se reunieron en el vestíbulo y caminaron lentamente por la Via Bissolati en dirección al Véneto.
Del Valle dijo derechamente:
–John, hoy usted me ofendió mucho.
–¿Por qué?
–Había dado mi palabra de que guardaría el secreto. Entre caballeros, eso es suficiente.
–Me llamaste asesino. ¿No fue un juicio muy duro?
–En efecto. Pido disculpas.
–No quise ofenderte cuando te pedí que confirmases tu promesa. Lo siento si te lastimé, pero quería que recordaras muy claramente el momento.
–¿Por qué?
–Has pensado en lo que puede suceder cuando regreses a Buenos Aires y continúes escribiendo contra el gobierno?
–A menudo. Podría desaparecer, como muchos otros.
–¿Qué significaría eso?
–Que me matarían… lo cual no sería tan grave; o me encarcelarían para torturarme… lo cual sería infinitamente peor.
–En definitiva dirías lo que sabes.
–Inevitablemente.
–Entonces, lo que te ayudara a resistir un día, una hora más, sería un don y no un insulto, ¿no te parece?
–Sí.
–Eso es lo que intenté hacer hoy: suministrarte un momento que pudieras recordar.
–No lo entendí así.
–Del mismo modo que nunca pensaste en lo que Frantisek denominó "la exigencia del momento"… el momento en que tienes que decidir que
matarías a un hombre.
–Estoy dispuesto a oponerme a todo lo que sea muerte y violencia. Es necesario acabar de una vez con la vendetta social.
–Es muy fácil. Enarbola la bandera blanca. Ríndete. Cuelga tu arpa junto a las Fuentes de Babilonia y gime.
–Sabe que ésa no es la solución.
–Entonces, dime cuál es tu solución, Rodo. Dime qué hago cuando Teresa me llame y me diga que has desaparecido.
–Viene a Buenos Aires y la trae de regreso a casa.
–¿Y qué respondo cuando ella rehuse partir y me pida que intervenga para defenderte? ¿Hasta dónde podré llegar? ¿En qué momento también yo me detengo y me rindo?
–Tiene una inversión de ochenta millones de dólares en Buenos Aires, y quinientos empleados… todos son rehenes del régimen. No puede ponerlos en peligro… Además, es posible que nunca suceda.
–Pero, ¿y si sucede?
–No sé. De veras, no lo sé.
–En ese caso, ¡más vale que de una vez te decidas! – Spada se mostró irritado y brutal-. Cuando te sientas frente a tu escritorio y redactas un editorial, no eres un erudito de cabellos blancos que desgrana fórmulas sabias para la posteridad. Estás armando bombas de tiempo, como cualquier maldito terrorista en una trastienda de Munich. Exactamente como él, tienes que considerar el costo, medir el efecto, afrontar la responsabilidad. No digo que debas renunciar y apartarte… ¡Nada de eso! ¡Pero no te engañes, hijo! Estás en un duelo con armas letales. De modo que no te sorprendas cuando veas sangre en el piso…
–Vaya discurso -dijo Del Valle-. Me agradaría escribirlo.
–Imprímelo sobre la palma de tu mano. Léelo todos los días. Léelo a tu esposa en la cama.
–Creo que ella ya lo conoce.
–¡Por Dios! – La cólera de Spada se agotó súbitamente, como fuego que recibe un cubo de agua-. No disputemos. Amo a Teresa más que a mi propia vida… casi tanto como a Anna. Creo que ella se casó con un nombre bueno.
Pero ten cuidado, ¿eh? Y si alguien se te acerca y te dice la palabra Proteo o te muestra el dibujo de un pez en una caja, ayúdale, ¿eh?