Proteo
Capítulo 8
–Hermana, le agradezco que haya aceptado venir.
–Ya no soy hermana. Sólo Martha… Martha Moorhouse. Y me complace ayudarle.
Del Valle se movió, gimió y abrió los ojos. Los tenía vidriosos y desenfocados. Spada se inclinó hacia él, Martha lo retuvo.
–Primero la máscara -dijo.
Spada se aplicó la máscara sobre la boca y la nariz. Su voz sonó apagada y extraña.
–Rodo, soy John… John Spada. ¿Me oyes? Si me oyes, aprieta mi mano.
Sintió un débil presión de los dedos delgados y pegajosos. Habló tratando de tranquilizar al joven:
–No intentes contestar. Ahora estás a salvo, ¿entientes? Estás a salvo. Te llevamos a casa, con Teresa.
–¡Teresa! – A través del plástico transparente de la máscara de oxígeno vieron cómo sus labios formaron la palabra; después, volvió a cerrar los ojos, y la mano se aflojó bajo el apretón de Spada.
–Suficiente -dijo Martha-. Que descanse.
–Tengo que ver al capitán -dijo John Spada-. Vendré a reemplazarla en una hora. ¿Dónde dormirá?
–El segundo oficial me prestó su cabina. Al extremo del corredor. Oh, señor Spada…
–¿Sí?
–Supongo que se comunicará con su familia.
–Por supuesto. Usaré la radio del barco apenas salgamos de las aguas territoriales argentinas. ¿Por qué me lo pregunta?
–Que no esperen demasiado… especialmente su hija. Lleva a su casa a un inválido… un inválido permanente, y ese hombre jamás podrá volver a unirse con una mujer.
CAPÍTULO 8
En el viejo jardín amurallado de Bay House, el verano había llegado temprano, con una profusión de rosas y lavanda, el zumbido de las abejas, las peras que maduraban cerca de los muros, los espacios entre las ventanas adornados con clemátides. El cielo se desplegaba azul sobre la piscina, donde una carpa dorada nadaba perezosamente entre los nenúfares; la
sombra del gnomon se perfilaba nítidamente sobre el bronce antiguo del reloj de sol.
En el centro de la pared oriental, protegida del frío marino, había una amplia alcoba semicircular, techada con tejas rojas y adornada con muebles rústicos. Allí, cuando hacía buen tiempo, el dueño de casa podía conversar con sus amigos y complacerse observando el paisaje de su dominio. Ese día, Rodolfo Del Valle estaba en la habitación; era una pequeña figura encorvada en una silla de ruedas. A veces dormitaba y después, respondiendo a breves accesos de energía, escribía en un cuaderno mientras Teresa lo miraba, sonreía con aprobación y volvía a su costura. A los ojos de John Spada y Anna, que observaban desde la ventana, la escena tenía un extraño patetismo pastoral.
–…Como si ellos fueran los ancianos -dijo Anna con tristeza-. Y
nosotros los jóvenes, con la vida entera por delante.
Spada apoyó un brazo protector sobre los hombros de su esposa, y la atrajo hacia sí.
–No pienses demasiado en ello, Anna. Hacen todo lo que pueden.
–No pienso demasiado -negó Anna-. Pero a veces Teresa me habla. Dice que no siente la falta del sexo; después de lo que le hicieron, no lo necesita.
Pero Rodo la inquieta. Él se siente destrozado e inútil. Ella tuvo que alentarlo constantemente para lograr que escribiese, porque Rodo tiene cosas importantes que decir; pero cuando se cansa, teme como un niño.
–No puedes criticar al pobre diablo. Parte de su persona desea anotar lo que vivió; otra parte quiere olvidarlo. Teresa afronta el mismo problema.
Por el momento, todo lo que podemos ofrecerles está aquí: un lugar tranquilo y grato, precisamente cuando lo necesitan.
–¿Y tú, amore? – Anna apoyó la mano suave sobre la mejilla de Spada-.
¿Que necesitas?
–Imagino que lo que tengo. – Spada de pronto adoptó una actitud cavilosa y retraída-. Tú… y mucho trabajo que me mantenga atareado.
–Últimamente no te he servido de mucho.
–¿Acaso me quejé?
–No; pero siempre pasa lo mismo con las mujeres… los hijos parecen necesitarnos más que el marido, sobre todo cuando él es tan fuerte como tú.
No es bueno para nosotros, que tú estés tanto en la ciudad y yo siempre con Teresa y Rodo. De todos modos, me necesitan cerca.
–Lo sé. – Spada se inclinó y besó los cabellos oscuros de Anna. Ya conseguiremos salir de esto.
–Lástima que abandonaste la empresa. Ahora necesitas sentirte atareado.
–¡No! – Spada se mostró demasiado enfático en la respuesta-. No te equivoques, Anna. Después de comprar la Editorial Poseidón consagré todos mis esfuerzos a la reorganización. Estamos inaugurando filiales extranjeras, y un sistema de computación para el almacenamiento y la recuperación de datos. Danos tres meses más y comenzaremos a publicar un material realmente sensacional.
–¿Que clase de material?
–Ya te lo expliqué…
–Sé que me explicaste -dijo Anna con expresión contrita-. Ya escuché, pero oí apenas la mitad… y no entendí el resto. No te enojes conmigo, amore. Sucede únicamente que Teresa y Rodo eran más importantes.
–¡Por supuesto! Pero ahora tenemos que aprovechar las experiencias que ambos realizaron para ayudar a otros, a millares en todo el mundo. Las principales armas de la tiranía son el silencio y la falsa información.
Quebraremos el silencio y publicaremos informes auténticos de lo que suceda en el mundo entero: listas de detenidos políticos, versiones concretas de lo que les sucedió, a ellos y a sus familias; nombres, direcciones, historias personales de los que aprovechan la tortura y el terror. Los miembros de Proteo reunirán la información. La registraremos, y después de verificarla la publicaremos en boletines regulares, hasta que un día. Dios lo quiera, los criminales temerán mostrar su rostro ante la sociedad civilizada. Es una tarea importante y paciente, pero puede ser la más trascendente que yo haya intentado jamás.
–Y también la más peligrosa. – Anna se estremeció y se aferró a su marido-. Detesto el modo en que vivimos ahora, con guardias en la puerta y la playa… y gente que nos sigue adonde vamos. – Es necesario, Anna. Los dictadores tienen brazos muy largos.
–Pero ahora tú provocas más peligro y atraes nuevas amenazas sobre nosotros.
–¿Qué debo hacer? ¿Guardar silencio? ¿Permitir que prosperen los malvados?
–No te enojes. Tengo derecho de decir lo que pienso.
–¡Un momento! – Spada señaló hacia la habitación donde Teresa arreglaba las mantas sobre el cuerpo de Rodo, que domitaba-. Los hombres que los destrozaron todavía caminan libres y respetables, iluminados por la luz del sol. Algunos parecen personas comunes y corrientes. Después de un día de trabajo se lavan la sangre de las manos, se ponen ropas limpias y vuelven a su casa, para acariciar a sus esposas y mimar a sus hijos. Como lo que hacen no se ve, se los ignora, exactamente como hacemos con los embalsamadores y los operarios del servicio de cloacas. Prosperan por el consentimiento tácito de la gente común, que desea tener limpias las calles y que los trenes corran de acuerdo con el horario, y que sus casas estén a salvo de los ladrones de la noche. Los contribuyentes pagan los sueldos. Se los asciende en las listas militares y civiles. Caminan sanos y salvos a la luz del día, mientras sus víctimas se pudren en calabozos que están a cien metros de las plazas principales… Por eso es necesario detenerlos. Por eso…
–¿Por eso estás dispuesto a permitir que todos volvamos a vernos amenazados? – Anna se apartó del abrazo de su esposo y lo desafió con lacrimosa cólera-. ¿No tienes bastante? ¿Jamás volveremos a gozar de un momento de paz?
Un momento después se había ido y subía corriendo la escalera que llevaba a su dormitorio. Spada oyó el golpe de la puerta al cerrarse y el ruido de la llave en la cerradura. Permaneció inmóvil, como petrificado, los ojos fijos en el jardín florecido por el verano. En su vida nunca se había sentido tan vacío, tan absolutamente desolado.
En general, era demasiado orgulloso para quejarse de la actitud de los miembros de su familia; pero esta vez se sentía no sólo perturbado sino completamente desorientado, como si estuviera medio borracho y hubiese cometido una tontería que avergonzaba a otros. Salió al jardín, y con un gesto pidió a Teresa que lo acompañase a pasear por el prado, mientras Rodo continuaba dormitando en su silla de ruedas. Cuando le habló de la explosión de Anna ella adoptó una actitud extrañamente defensiva.
–…Tú no lo ves, papá, porque siempre estás moviéndote, siempre en acción. Mamá está ahora en los años malos. Necesita ternura y estabilidad… el sentimiento especial de que entrará segura en ese período, con el hombre a quien ama. Lo que Rodo y yo soportamos fue una impresión terrible para ella. Tú no estuviste aquí para verlo, pero…
–¡Por Dios! – De pronto la cólera de Spada estalló
–¿Cómo pude ver nada? Estaba en Buenos Aires, arriesgando una docena de vidas para liberar a tu marido.
–¡Por favor, papá! No es eso lo que quiero decir. – Entonces, ¡di lo que quieres decir! Tengo derecho de saberlo y dicho con toda franqueza y claridad. ¿Sí o no?
–¡Sí, papá! ¡Sí! ¡Si! Pero, ¿no entiees? En realidad, no está bien que yo lo diga.
–¿Por qué?
–Porque Rodo y yo somos bajas en esta batalla. Nos quebraron… oh, sí, estamos recuperándonos, un poco cada día; pero nunca volveremos a ser combatientes de primera línea. Todos los días leemos los periódicos y vemos otra historia de terror que reaviva las pesadillas. Estamos atemorizados, porque sabemos que estamos condicionados como perros de Pavlov y somos incompetentes para afrontar más riesgos.
–Por eso he venido a ocupar el lugar que ustedes dejaron. ¿Qué tiene de malo eso?
–¡También tememos por ti!
La vehemencia de Teresa impresionó a Spada. Después de un momento reaccionó, y entonces preguntó con bastante calma:
–¿Se sentirían más felices si yo me retirase? ¿Si me rindiese?
–Más felices, no. Pero sí más seguros. Aunque no tenemos derecho de pedirlo.
–Por cierto que no tienen derecho. – La cólera lo dominó de nuevo-. He sido un buen marido, un buen padre. Ni tú ni tu madre tienen derecho de convertirme en un eunuco.
–Por favor, papá…
–¡Cállate y escucha! No deseo vivir como un esclavo, envejeciendo en una maldita oficina, atemorizado de ir al cuarto de baño porque un anarquista retardado puede haber puesto una bomba bajo el retrete. Si soy una amenaza para ti, para tu madre o para Rodo, me marcharé y me instalaré en otro sitio. Pero no conseguirían que permanezca aquí sin hacer nada, mientras los matones se apoderan del mundo. Voy a luchar, bambina… y al demonio con…
–Papá, por última vez, ¡escúchame!
–Te escucho.
–¡Ya basta! – Rodolfo Del Valle apareció en su silla de ruedas y se interpuso entre ellos ellos como un arbitro-. ¡Cállate, Teresa!
John, antes fui un hombre como usted. Ahora, no duraría diez minutos con los interrogadores. Pero le digo que usted debe seguir su propio camino. ¡Librar su propia batalla! ¡Lo apoyaremos con la escasa fuerza que tenemos!
–¿Y qué dices de mi madre? – Teresa se volvió furiosa contra él-. ¿Ella no tiene derechos?
–Sí, los tiene -replicó Rodolfo Del Valle-. Pero debe reclamarlos a su marido, no a su hija. Teresa, ¿no ves lo que sucede? Estás haciendo exactamente lo que esperan esos asesinos. Quieren que nos atemoricemos, que disputemos y nos odiemos.
–¡Deseo un poco de paz! – Las palabras fueron como un grito quejoso.
–En Martín García rogué a un hombre que me matase -dijo amargamente Rodo
–porque deseaba paz, exactamente como tú ahora.
–¡Quizás hubiera sido mejor que ambos muriésemos!
–Nunca vuelvas a decir eso -declaró en voz baja Spada-. Hombres buenos arrisgaron la vida por ti y por Rodo. Se cometieron asesinatos por ti y ahora nos escupes en la cara. Rodo, ¡trata de que tu esposa demuestre un poco de decencia!
Se volvió y comenzó a alejarse atravesando el prado como un gigante encolerizado. Unos minutos después se había ido, y lanzaba su automóvil a gran velocidad por la autopista, conmovido por la amargura del rechazo.
¿Qué esperaba, amigo? – Maury Feldman dibujó un Narciso musculoso admirando su propio sexo en un estanque de nenúfares-. Usted atravesó el espejo y entró en una dimensión distinta. ¡Yo tampoco lo comprendo muy bien!
–¡Cristo! ¿Es necesario que lo explique con palabras todavía más sencillas? ¿Qué hizo usted en los holocaustos, queridito?
–¡Hijo de perra!
–Eso lo entiendo. – Spada le arrancó el lápiz de la mano y lo partió en dos-. Mi familia ha sido violada. Asesinaron a un viejo amigo. Quiero combatir a los carniceros. ¡Y entonces soy un hijo de perra! ¡Magnífico!
Supongamos que me siento y me lo trago todo y digo: "Gracias, doctor. Esa medicina me hace bien." En ese caso, ¿qué soy?
–Un hombre sensato que no abusa de su suerte. Un buen marido que protege a su esposa y a su familia.
–¿Eso es suficiente?
–Para mí, sí… pero yo no tengo esposa ni familia.
--Para mí no basta -dijo John Spada. – ¿Qué desea entonces… justicia o venganza?
–¡Justicia!
–Pues no la conseguirá. – Maury Feldman retiró otro lápiz de su bandeja, y volvió al dibujo-. Soy un servidor de la ley, y le digo que la justicia es una ilusión… a menos que el Todopoderoso lleve cuentas mejores que lo que parece.
–Digamos, entonces, que estoy buscando que se me paguen daños y perjuicios.
–Es un juicio difícil.
–Porque no hay tribunal ni jurisdicción.
–En efecto.
–De todos modos, tenemos el tribunal de la opinión pública… y por eso he ingresado en el negocio editorial.
–He pensado en ello. – Maury Feldman dejó el lápiz, entrelazó las manos tras la cabeza y estiró las piernas bajo el escritorio-. He pensado muy cuidadosamente en ello, porque usted es un buen cliente y paga bien y a tiempo. Se propone publicar una serie de documentos acerca del terror, el terror institucional, el terror revolucionario. Desea recopilar pruebas: nombres, fechas, lugares, historias personales de víctimas y torturadores…
También se propone difundir en todo el mundo esta información.
–¡Exactamente!
–¿Y personalmente garantiza que todos los materiales que publique serán la verdad?
–Sí, hasta donde es posible. – ¿Y hasta dónde es posible?
–Con los sistemas que estoy instalando, en un buen trecho. – De todos modos, no hay una garantía total… ¡No! ¡No diga nada! ¡Escúcheme! Hay un hecho elemental característico de los terroristas y los criminales políticos. Usan nombres falsos, identidades ficticias, como usted mismo hizo en Argentina. ¿Qué sucede si usted menciona a un inocente y alguien arroja una bomba en su sala y mata a la esposa y los hijos? ¿Qué sucede si usted acusa falsamente a un culpable y él le inicia juicio por libelo o
difamación… y en definitiva sale bien librado? ¿Qué sucede si un servicio de Inteligencia le suministra información falsa y destruye desde el comienzo su crédito? ¿Qué sucede si usted publica la información exacta y ellos entregan un contrato para acabar con su vida y la vida de su familia y sus empleados…?
–Maury, excelentes preguntas. Ahora, yo haré una. ¿Qué sucede si no hago nada?
–Morirá tranquilamente en la cama -dijo Maury Feldman con voz fatigada-. Y yo continuaré mi trabajo… que no lo ayudará, pero conseguirá que yo me sienta mejor, porque usted es un gran tipo y yo lo aprecio muchísimo… ¿desea que llame a Anna?
–No. Ya comprenderá.
–¿A Teresa?
–También la dejaré un día o dos… ¿Cómo están las cosas en la empresa?
Muy bien. Mike Santos es eficaz. Casi hemos completado la compra de los Laboratorios Raymond Serum. Spada Nucleonics resolvió el problema del revestimiento y se consertó un razonable compromiso acerca de los costos con los clientes. Por el momento Liebowitz guarda silencio… pero Kitty se muestra cada vez más inquieta. Desea abandonar la empresa e incorporarse a la editorial.
–Ahora me sería muy útil.
–Hable primero con Mike-. Maury desechó el tema y después frunció el ceño, porque había concebido otra idea-. Deseo sugerir algo…
–¿Qué?
–Una visita a Washington, una charla tranquila con Hendrick, del Departamento de Estado. Por ahora usted no es muy popular allí, y los representantes de la empresa tampoco gozan de mucha cimpatía.
–¿Cuál es la queja?
–Oh, muchos detalles menudos.-Maury adoptó una actitud de teatral indiferencia-. Rumores y chismes que son muy embarazosos para el secretario Hendrick.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, que usted aporta grandes sumas a los fondos de los grupos marxistas europeos. Que usted cooperó con el ERP en Argentina.
Que usted fue cómplice de esa gente en el asesinato del comandante de una cárcel… Los argentinos están trabajanado fuerte contra usted.
–Muy bien. Iré muy pronto a Washington y presentaré mi descargo.
Además, deseo hablar con el embajador Kolchak. El asunto Lermontov está prolongándose demasiado.
–Ahora que usted es amigo del Partido, es posible que los rusos se muestren más tratables. – La sonrisa de Maury era intencionadamente provocativa-. Por donde se lo mire, usted se ha convertido en una figura notoria. No me sorprendería que mereciese cierta atención de la CÍA y el FBI.
–¿Hay pruebas en ese sentido?
–Algunas. Le pidieron a Mike Santos que enviase una lista actualizada de las garantías de seguridad del personal. El momento es un poco desusado. En su lugar, yo revisaría mi apartamento para buscar micrófonos escondidos.
–¡Hermano! Ese tipo de persecución ahora es muy incómodo para mí.
Maury Feldman se encogió de hombros y volvió a inclinarse sobre su boceto.
–Se lo dije, amigo. Usted atravesó el espejo. Será mejor que se prepare para afrontar ciertos encuentros extraños… y quizá también peligrosos.
–La familia está protegida noche y día. Por mi parte, me cubro todo lo posible; pero no hay protección cuando uno camina por una calle de la ciudad.
–Imagino que no… de todos modos cuídese, ¿eh? Si usted muere, yo perderé una hermosa fuente de ganancias.
Había conocido demasiado tiempo a Maury Feldman para tomar a la ligera la advertencia. Ambos habían ascendido desde la insignificancia al ámbito de las grandes fortunas y la alta política. Allí, uno se sostenía precariamente. Un resbalón, un empujón a veces bastaban oara derribar de las alturas al incauto. De modo que cuando llegó a su apartamento hizo un llamado personal al secretario de Estado Hendrick, en Washington. Después de una demora significativa, se le informó que el secretario estaba en conferencia, pero que tal vez podría hablar con él en su domicilio particular, después de las siete. Hasta ahora, todo estaba bien… o mal. El secretario Hendrick no deseaba que se anotase la llamada de John Spada en los registros de su propio despacho.
La llamada siguiente estuvo dirigida a Mike Santos, que si se ajustaba al horario tradicional debía disponer de quince minutos antes de la sesión de las seis en la sala de reuniones. Aquí también tuvo que esperar, pero Kitty Cowan explicó el problema.
–Visitantes, jefe. Un par de muchachos muy atildados del Servicio de Investigaciones para la Defensa.
–¿Qué sucede?
–Según dicen se trata de proyectos relacionados con la seguridad de los productos para la defensa. Desean actualizar las medidas que aplicamos para custodiar los documentos y las precauciones que se adoptan para controlar el acceso a las áreas de alta seguridad de nuestras fábricas… Por lo menos, ésa es la documentación que me entregaron.
–¿Hace mucho que están allí?
–Aproximadamente una hora. Seguramente se marcharán en un minuto.
Mike les dijo claramente que tenían que marcharse a las cinco y cuarenta y cinco… ¿Cómo están sus cosas, jefe?
–Más o menos. Teresa y Rodo mejoran lentamente, pero Anna siente la tensión. Y yo también.
–Lo extrañamos aquí. ¿Por qué no pasa a saludar?
–No es mi estilo, amiga. Y usted lo sabe. ¿Por qué no pasa usted y cena conmigo… por ejemplo esta noche?
–De acuerdo. Llegaré a eso de las ocho, después de la conferencia en la empresa… Un momento, los muchachos atildados acaban de salir. Lo comunicaré con Mike.
Mike Santos parecía fatigado y malhumorado con el mundo, pero realizó un valeroso intento de mostrarse cordial.
–…Esos tipos son un auténtico fastidio, John. Siempre se muestran tan serios que uno creería que tienen una línea privada que los comunica con Dios.
–¿Problemas?
–En realidad, no. Nuestros sistemas de segundad son muy eficaces.
Formularon quejas menores acerca de la custodia del material secreto, pero me pareció que estaban interesados sobre todo en usted.
–¿Qué? – Spada se mostró alerta y prudente-. ¿Qué clase de preguntas formularon?
–Actividades recientes en el extranjero… les dije que no eran asunto mío. Posibles servicios futuros para la empresa… les dije que usted había aceptado aportar asesoramiento y consejo cuando se le pidiera. Preguntaron en qué áreas. Les dije que en cualquiera… pero específicamente y ahora necesitaba su ayuda para reorganizar los Laboratorios Raymond Serum. Lo cual es absolutamente cierto.
–¿Cómo reaccionaron?
–Vacilaron y dieron largas al asunto y al fin preguntaron si todavía deseábamos una autorización de máxima seguridad para usted, y les contesté que sí, que así era y que queríamos que fuese permanente y total.
–Gracias, Mike.
–¡De nada…! Y mientra estamos en esto, ¿dispondría de tiempo para conversar acerca de los Laboratorios Raymond? Estuve seleccionando candidatos para hacerse cargo de la empresa cuando el viejo Raymond se retire, pero la mayoría material de segunda clase.
–Si lo desea, me instalaré allí un tiempo y reorganizaré el lugar para usted.
–Se lo agradecería… pero sé que es pedir mucho a un ex presidente.
–De ningún modo. Es un campo nuevo para mí. – Spada se echó a reír-.
Y usted puede pronunciar un breve sermón acerca del asunto en la próxima conferencia ejecutiva. Todos para uno, uno para todos, ese tipo de cosas.
Además, compré la firma; lo que puedo hacer es entregársela en buenas condiciones… ¿qué le parece si almorzamos el lunes próximo?
–Es posible,.
–¿Otros problemas?
–Nada que no pueda esperar. Gracias, John. Lo veré el lunes.
Cuando cortó la comunicación, Spada frunció el ceño. No se hacía ilusiones acerca de las actividades de los agentes secretos norteamericanos y de sus investigaciones colaterales en el submundo de los negocios y la política. Como había dicho cierta vez Maury Feldman: identificaban muchos rastros falsos, pero también descubrían muchas cosas ciertas. Tan pronto hubiesen comprobado la relación de Spada con un grupo revolucionario, su prontuario pasaría a la categoría de los activos. Se vería sometido a vigilancia constante, y la red de Proteo podría verse gravemente comprometida.
Se sirvió una copa y esperó, con creciente impaciencia, hasta que llegó la hora de llamar al secretario Hendrick. Eran casi las ocho cuando pudo comunicarse. El secretario se mostró amable, pero levemente más formal que de costumbre.
–¿Qué puedo hacer por usted, John?
–Oí decir que están disparándome un poco de fuego antiaéreo. Me agradaría hablar con usted del asunto.
–No se lo recomiendo, por lo menos ahora. Usted me ha puesto en una situación un tanto embarazosa.
–¿Puede ser más concreto, señor secretario?
–Sí. Los argentinos reclaman su extradición, para afrontar un proceso, acusado de conspiración con el fin de cometer actos de violencia armada y obtener la fuga de detenidos, y por complicidad en el asesinato de un oficial militar. Les pedimos que presentaran pruebas. Felizmente para usted, son circunstanciales, y algunas fueron obtenidas bajo tortura. Les señalamos que este tipo de material no se sostendría en el ámbito del proceso legal norteamericano. Sin embargo, enviaron mucha información a la oficina local de la CÍA, y la mayor parte de los datos terminó sobre mi escritorio, y fue enviado, como asunto de rutina, al FBI. John, esa información no lo muestra bajo una luz muy favorable.
–¿Puedo preguntarle qué habría hecho en mi lugar?
–Felizmente, no necesito responder a esa pregunta, pero estoy seguro de que usted comprenderá que no puedo permitir que los sentimientos personales enturbien mi juicio político.
–Naturalmente. ¿Puedo hacerle otra pregunta?
–Adelante.
–Ésta es muy personal. Me afecta, y afecta a mi familia. ¿Están tendiéndome una trampa?
–Este departamento no. Su propia compañía, quizá. Los muchachos de Buenos Aires muy probablemente.
–¿Y no puedo contar con la intervención oficial?
–En absoluto… A menos que usted pueda demostrar que hay una amenaza evidente, o estuviese dispuesto a ofrecer… digamos mucho material secreto viable.
–Dudo de que eso fuera posible.
–Me lo imaginaba.
–Pero le ofreceré una seguridad personal; no participo en actividades subversivas contra Estados Unidos.
–Nunca creí que lo hiciera. – Había una débil nota de humor en el tono del secretario-. Pero eso tampoco nos ayuda mucho, ¿verdad?
–Supongo que no. De todos modos, se lo agradezco… le agradezco mucho su franqueza.
–En todo caso, no me pida que repita mi actuación. Tengo más dificultades de las que puedo afrontar. Cuídese, ¿eh?
–Me cuidaré -dijo secamente John Spada-. Gracias, señor secretario.
Fue la despedida fría e ingrata de un viejo amigo; pero no tuvo tiempo para cavilar acerca del asunto, porque deseaba llamar a Anna, que estaba en Bay House, y apenas disponía de tiempo para afeitarse y cambiarse antes de que llegase Kitty Cowan.
–¡Huele mal, jefe! ¡Huele como pescado podrido!-Kitty Cowan estaba encaramada en el taburete, frente al bar, disparando carozos de aceituna sobre un plato-. Los argentinos lo odian, lo cual es natural; pero que en la empresa haya alguien… ¡bien, eso es para vomitar!
–Hendrick no lo habría dicho sin motivo. Recuerde que él leyó los documentos.
–Pero, ¿qué puede decir un miembro de la compañía? Las únicas personas que conocen realmente sus asuntos privados son Maury Feldman y yo. Ni siquiera Mike Santos sabe tanto como nosotros.
–No necesitan saber, Kitty. Sólo tienen que sugerir que puede haber motivos para una investigación de seguridad. El FBI y el Servicio de Investigaciones para la Defensa se ocupan del resto. Recuerde que no me convocan ante un tribunal. Se limitan a compilar información… por lo menos ahora.
–Pero, ¿de qué les sirve, si no pueden usar esa infomación?
–¡Oh, ciertamente pueden usarla! – Spada comenzó a preparar otra ronda de bebidas-. Es la técnica más antigua del oficio y continúa siendo la más eficaz. Primero, uno aisla a la víctima, y después le corta las líneas que lo comunican con las fuentes del poder; más tarde, difunde información en el sentido de que están investigándolo. Al llegar a este punto, es como si estuviera apestado. Nadie quiere saber nada de él.
–Pero, ¿por qué? ¿Quién puede tratar de perjudicarlo? Ya abandonó la presidencia de la empresa. Con su fortuna, usted puede comprar y vender a
la mitad de la población de este país.
–No se trata del dinero, Kitty. Se trata del poder y la influencia, de la capacidad de crear y orientar situaciones, y eso es cuestión de crédito y prestigio personal. Por ejemplo: actué en favor de Mike Santos. Pero todavía poseo un número suficiente de acciones, o casi suficiente, para luchar y regresar, si deseo hacerlo… Cuando saqué de Argentina a Rodo, la prensa, manejada por les colegas de Rodo, me convirtió en héroe popular, en una especie de Pimpinela Escarlata. No era un papel que me agradase, pero los medios de difusión lo crearon para mí. De modo que cobré nueva importancia en el mundo de los negocios. Y también en política, si deseara intervenir. Mi actitud fue la del héroe del Salvaje Oeste, la antigua frontera.
Había un nuevo héroe en la ciudad… y mucha gente le teme, o siente celos, o ambas cosas.
–¿Por ejemplo?
–¿Quizá Max Liebowitz?
–¡Oh, hermano! ¿Cree que se rebajaría a eso? Es como cometer un asesinato, ¿verdad?
–Podría ser un auténtico asesinato, muchacha. Esto no es un polígono de tiro al blanco con patos de cartón. No es necesario anunciar públicamente que se inicia la temporada de caza… Además, está la nueva empresa editorial. Mucha gente mira con malos ojos su aparición.
–¿Es necesario que continúe en eso?
–Anna me formuló la misma pregunta. La respuesta es afirmativa.
–¿Por qué? – Ella lo miró con expresión grave y turbada-. ¿Por qué tiene que ser usted?
–Porque si yo no lo hago, me sentiré avergonzado por el resto de mi vida. Así de sencillo es.
–Sencillo para usted. ¿Y la gente que lo ama… yo incluida, John Spada?
–Teresa respondió a esa pregunta, aunque es probable que ya haya olvidado lo que dijo: "Este es el horror que ellos crean.Incluso el amor es un arma en sus manos." ¿No comprende, muchacha?… -Extendió la mano y la apoyó suavemente en la mejilla de la mujer-. ¡Ésta es una brutalidad intolerable! Prefiero morir antes que someterme. Usted es una buena muchacha judía. De modo que por lo menos debería entender.
Ella se llevó a los labios las manos de Spada y la besó.
–Usted es un hombre muy duro, John Spada… y no se engañe con las muchachas judías. Nos atemorizamos tan fácilmente como las goyim.
–Señor, la cena está servida -dijo Carlos desde la puerta.
El resto de la semana estuvo atareado, día y noche, con los asuntos de Editorial Poseidón, instalada en dos pisos de un nuevo edificio de oficinas de la Tercera Avenida. Había designado director a un canadiense-escocés, Andrew Maclean, que poseía veinte años de experiencia en la publicación de guías industriales, índices biográficos, almanaques y enciclopedias. Era un antiguo miembro de Proteo, y había organizado las primeras células de la estructura en Ottawa y Montreal. La segunda persona importante era un húngaro, Lajos Forman, a quien había sacado de IBM con el fin de que instalara el equipo de computadoras y diseñara la programación. Forman también era responsable de seleccionar y entrenar a los operadores, y Maclean debía organizar la recolección y análisis de los datos y la contratación de traductores y personal de redacción.
Incluso en su etapa embrionaria, era una operación costosa, y la diversidad de detalles parecía abrumadora. Sin embargo, Maclean era un general ordenado y meticuloso, que sabía exactamente lo que deseaba.
–…Partamos exactamente de cero, John, porque después habrá muy escaso margen de error. Primero, está el material de las fuentes, los diarios, los boletines, las revistas, los periódicos en diferentes idiomas. Habrá informes de organizaciones como Amnistía, la Cruz Roja, los grupos religiosos, lo cual significa que necesitamos mucho personal. Después, tenemos el material de los miembros de Proteo, secreto y muy delicado.
Tendrán que enviarlo fuera de sus respectivos países de modo que llegue aquí, a Nueva York. ¿Cómo se propone resolver eso?
–Le contestaré con un ejemplo-dijo John Spada-. Consideremos un área peligrosa como Rusia, donde se ejerce intensa vigilancia, la censura es rigurosa y nuestros miembros corren graves peligros. En este momeno tenemos unos cien miembros de Proteo distribuidos en la Unión Soviética.
Uno de nuestros hombres es miembro del Politburó. Aproximadamente una docena son diplomáticos, y tres o cuatro están relacionados con proyectos que tienen que ver con construcciones en el extranjero. Estas personas son nuestros canales de salida. Reciben información de los grupos locales y la transmiten al contacto exterior más próximo. Por ejemplo, de Leningrado el material pasa a Tallinn y después, utilizando el ferry de los turistas, a
Helsinki. De Helsinki viaja a Estados Unidos… pero no a Nueva York. El corresponsal de Helsinki está en Boston.
–Parece un trayecto muy largo -dijo dubitativo Maclean.
–Es seguro -dijo John Spada-. Recuerde que no estamos imprimiendo un periódico. Estamos formando archivos. El tiempo es mucho menos importante que la exactitud.
–Aceptémoslo así por el momento. La información llega a Estados Unidos: Florida, Boston, San Francisco y otros lugares. Ahora, tiene que venir a Nueva York. ¿Dónde se la entrega? Detesta la idea de que estos datos tan explosivos viajen a un lugar en el bolso de un cartero.
–No es así. Hay un servicio de correo. Viene por mano.
–¡Dios mío! Los gastos serán enormes.
–Mac, tengo dinero suficiente para vivir tres veces. Y no puedo llevármelo conmigo.
–Sí. – Mclean suspiró incómodo-. Pero veamos si es posible usarlo más eficazmente, ¿eh? Bien, ¿quién centraliza todos los contactos?
–Los jefes de los grupos locales, que informan a un jefe de área y éste en definitiva se subordina a mí.
–¿Y cómo sabe usted que quien informa es él y no un agente policial?
–Hay un signo de identificación.
–¿Qué sucede si, Dios lo permita, usted cae muerto en la calle?
–Mi sustituto ocupa el lugar.
–¿Y cómo sabremos que es la persona indicada?
Spada se desabrochó la camisa y mostró a Mac una cadena de oro colgada al cuello. De la cadena pendía un medallón religioso y una llave dorada. Sobre la llave estaba grabado el símbolo del pez en la caja.
–Él les mostrará el equivalente -dijo John Spada-. Es la llave de la caja fuerte donde se guardan los archivos de Proteo.
–Usted confía mucho en mí -dijo gravemente Mac.
–En este trabajo demostrará que lo merece -replicó Spada-. Cuando comencemos las publicacines, usted arriesgará la vida todos los días…
Ahora, hablemos un poco más acerca de la seguridad. ¿Quién se ocupará de seleccionar a su personal?
–Denman Calder. Es una empresa cara, pero fidedigna. También tiene excelentes relaciones con los organismos oficiales.
–Que es más de lo que puede decirse de mí; y en nuestro carácter de grupo privado de inteligencia, nuestra popularidad no crecerá.
–No estaría tan seguro de ello. – Maclean se mostró más optimista que lo que Spada había previsto-. Cuando comprueben que nuestro material es exacto, se sentirán muy felices de utilizarlo… Oh, ¿sabe que necesitaremos microfilmes, además del almacenamiento en la computadora? No me agrada depender de un solo sistema… y también recomendaría que tuviéramos una bóveda, para guardar los duplicados.
–Ya alquilé una a la Union and Chemical.
–¿Supongo que con nuestro propio sistema de cerradura?
–En efecto, Mac.
–Es un placer trabajar con un hombre cuidadoso… ésta es una muestra de las tarjetas de registro que utilizaremos para cada asunto. Lajos programará todo para la computadora. Usted observará que la información está clasificada de acuerdo con la confiabilidad y que las fuentes responden a un código, sólo para referencia interna. Ahora bien, aquí hay una maqueta de tres publicaciones: un boletín mensual, un sumario trimestral, clasificado por países, y dos libros negros anuales, uno acerca de los detenidos, el otro relacionado con los profesionales conocidos del terror y la brutalidad institucional. Ésta será la lista inicial de circulación…
Todo estaba cuidadosamente preparado, y Spada se sintió inmensamente alentado; pero aún faltaba algo. En el plan general había una falla, y Spada sabía de su existencia, pero no atinaba a identificarla. De pronto, durante un fin de semana en Bay House, Rodolfo Del Valle se la señaló.
Era el final de un día luminoso y cálido, y estaba sentado en el pabellón con Rodo, mientras Anna y Teresa cortaban flores de lavanda y rosas para los canastos que Anna preparaba con el fin de regalarlos a sus amigos.
Rodo parecía ahora más animado, aunque aún se lo veía lamentablemente pálido y enflaquecido. Había escrito cuatro o cinco páginas, y parecía complacido con su labor. Dijo:
–Vea, John, creo que descubrí la llave que abrirá nuevamente mi espíritu. Todo este tiempo estuve tratando de escribir una acusación… un alegato con detalles terribles acerca de lo que sucede en mi país y en el mundo. Hoy deseché ese texto. Estaba demasiado cansado para continuar argumentando. En cambio, traté de recordar las cosas buenas que habían sucedido en la prisión. Era extraño cuan numerosas eran: el viejo Pascarelli
con sus cigarrillos y sus pildoras de vitaminas, Chávez con sus brazos fuertes que me sostenían cuando regresaba al calabozo, el extraño joven de la enfermería que me daba sopa preparada por él mismo… mis camaradas del patio de la prisión, desafiando a los fusiles para protegerme… Era un alivio pensar en eso. Pude escribir sin cansarme. De pronto, me asaltó un pensamiento distinto: el mal es tan monótono y la compasión es una sorpresa tan dulce…
–Sé lo que quiere decir -observó John Spada.
–No sé si lo comprende,John. – El desafio sorprendió a Spada-. Yo era muy semejante a usted en algunos aspectos. Para mí la máquina de escribir siempre era un arma… una espada contra los impíos. Ahora, no sé muy bien si la blandí valerosa o temerariamente… oh, fui buen testigo, lo sé, y también un testigo necesario, exactamente como usted intenta hacer ahora con su nueva editorial. Pero hoy me pregunté si quizás incluso la gente buena está tan endurecida frente a la obscenidad que ya nada la conmueve, y si lo único que puede llegar a abrir sus espíritus es la inocencia: la sonrisa de un niño dormido, una anciana abuela dormitando al sol. Usted publicará documentos acusatorios. ¿No debería publicar también las cosas buenas, las pequeñas lucecitas en la oscuridad…?
–Rodo, ¿por qué no las escribe para mí?
Del Valle meneó entristecido la cabeza.
–Usted sabe y yo sé, John, que lo que ahora haga será muy pequeño.
Pero hay otros, muchos otros. Difunda la noticia de que está buscándolos.
Acudirán a usted… ¿Cómo atrajo inicialmente a los miembros de la organización Proteo? Les dijo que deseaba tender puentes de benevolencia.
Fueron sus palabras, John no las mías.
–Rodo, si usted señala el camino, yo lo recorreré, hasta donde pueda.
Pero no olvide que el mal siempre está allí.
–Lo sé… y parte de lo que digo es una excusa por mi propia debilidad; pero no todo. ¡Créame, John! ¡Créame!
Deseaba creer. La sobria admonición de Rodo lo había conmovido casi hasta las lágrimas. Era el testamento de dos seres amados que habían estado en el infierno y regresado. No deseaba refutarlo. Intentaría llevarlo a la práctica, pero ahora anidaba en él un núcleo duro de escepticismo. En el jardín amurallado de Bay House un hombre podía entrever visiones y soñar; por afuera, en el mundo grande, ancho y maravilloso de la gente común,
había francotiradores en los techos de las casas y carniceros en los cuartos de la Feria de las Diversiones.
El lunes almorzó con Mike Santos, y después fue a Wilton para echar una primera ojeada a la casa matriz de los Laboratorios Raymond Serum, una sucesión de edificios antiguos agrupados alrededor de una administración central, que parecía más el cuartel de un regimiento que un moderno instituto serológico.
La historia de la corporación era bastante común: una constante expansión a partir de la estrecha base del capital en poder de la familia, buenos antecedentes de producción, con una administración anticuada y costosa, un fundador envejecido con un hijo que era un investigador brillante, un cuerpo ejecutivo disciplinado por años de regimentación. Era el tipo de situación que agradaba a Spada. Podía comprar a bajo precio la empresa, incorporar capital líquido, reformar la administración, elevar el valor de las acciones y después vender la firma o continuar explotándola.
Pero esta vez la situación ofrecía otros atractivos. Spada ansiaba actuar.
El campo de la investigación y la producción de sueros era nuevo para él.
Tenía la oportunidad de organizar una operación propia, sin las cargas y las distracciones de la responsabilidad por una gran corporación. Además, en un buen equipo de investigación siempre existía la posibilidad de descubrir algo nuevo y marcar un hito en la historia de la medicina.
El anciano Raymond era un guía amable, ansioso de retirarse, pero todavía entusiasmado por el trabajo mismo y orgulloso del talento de su hijo. El joven se mostró al principio reservado y prudente, pero Spada lo atrajo prometiéndole nuevas instalaciones de investigación y capital suficiente para incorporar talentos nuevos al equipo.
El joven habló francamente de sus propios defectos. No sabía una palabra de finanzas, pero podía dirigir una investigación. Poco antes había identificado una variante del Tipo A botulinus boise, y la había conservado estable a través de una serie de cultivos. Aún trataba de comprobar si la variante era una cepa existente o se había mutado en condiciones específicas de laboratorio.
Spada se sintió intrigado. El bacilo botulinus era un de los que aparecían incluidos en los manuales militares por su posible utilización en la guerra biológica. Su efecto tóxico era intenso. El índice de mortalidad superaba el cincuenta por ciento, y el período de incubación era mínimo. Podían
aplicarse antotixinas, pero normalmente se las obtenía sólo en los casos tardíos o menos severos de un brote.
Esta discusión condujo naturamente al problema de la política general de la empresa. Laboratorios Raymond siempre había rehusado aceptar contratos oficiales asociados con la guerra biológica. A su vez, el joven Raymond era un decidido defensor de esa actitud. ¿Spada se proponía modificarla?
Spada le aseguró que no era ésa su intención. En el mundo había horrores suficientes sin necesidad de aumentarlos. Sin embargo, le interesó saber qué precauciones se adoptaban para evitar la difusión del bacilo, el robo de cultivos de un laboratorio o de una carga en tránsito. Por lo que vió, eran más bien elementales. Por supuesto, las normas aplicadas en el laboratorio eran rigurosas. Contaban con las acostumbradas alarmas contra robos y con una patrulla de seguridad. Las cargas se enviaban en cajas acolchadas y selladas, y había agentes de transporte que se especializaban en la manipulación de materiales de laboratorio. Fuera de eso, el joven Raymond desechó el tema. El mercado era excesivamente limitado, y no alentaba a los ladrones. Los documentos relacionados con la investigación eran mucho más vulnerables que los propios cultivos…
Eran casi las siete de la tarde cuando Spada terminó su inspección.
Aceptó la invitación a beber café con el anciano, y después volvió en automóvil a Nueva York. Traía el bolsillo colmado de anotaciones, y estaba convencido de que Spada Consolidated había realizado una excelente compra.
Cuando llegó al apartamento advirtió sorprendido que Anna lo esperaba. Se sentía aburrida en Bay House. Creía que Teresa y Rodo estarían mejor si se los dejaba solos un rato. Además, extrañaba a su esposo y quería estar con él. Spada se mostró complacido. También él estaba harto de su propia compañía y de pronto tenía conciencia del rápido pasar del tiempo y de la ausencia de los momentos amables en que podía relajarse y hablar confiadamente con su mujer.
Cuando pasó a la sala, el brazo apoyado en los hombros de Anna, vio un paquete sobre la mesa. Lo recogió. Era un ancho sobre de papel madera, dirigido al señor John Spada y tenía escritas las palabras: DOCUMENTO
PERSONAL URGENTE. Lo depositó nuevamente sobre la mesa y preguntó:
–¿Cuándo llegó esto?
–Poco después de las siete -contestó Anna-. Lo trajo el portero.
Spada experimentó un sentimiento de incomodidad. En general los documentos de la corporación no venían por mano del portero. Un mensajero de Spada los llevaba al apartamento, y exigía un recibibo firmado. Spada se acercó al teléfono y marcó el número privado de Kitty Cowan.
–¿Kitty? John. ¿Me envió documentos esta tarde?
–No. – Era evidente que Kitty estaba desconcertada-. Tampoco lo hizo Mike. Yo despaché personalmente toda su correspondencia antes de salir.
¿Qué clase de documentos son?
–Todavía no abrí el sobre.
–Nosotros no lo enviamos.
–Está bien. Eso es todo. Iré allí por la mañana. Que pase bien la noche.
Cortó bruscamente la comunicación. Anna preguntó: -John, ¿sucede algo?
–No lo sé, Anna. – Guardó silencio un momento, y después dijo en voz baja-: Por favor, llama a Carlos. – Pero, John…
–¡Haz lo que digo, Anna!
Cuando apareció Carlos, Spada le impartió breves instrucciones.
–Quiero que vayas con la servidumbre y la señora Spada y que cenen todos en el Restaurante du Midi. Llamaré al restaurante y te diré cuándo deseo que regresen.
–Pero, señor, la cena está pronta para servirla aquí.
–Lo sé, pero haz lo que te digo. Apaga las hornallas y avisa al personal.
–Sí, señor.
El criado salió desconcertado e incómodo. Anna preguntó:
–¡John, por favor! ¿Qué significa todo esto?
–Ese sobre. No lo enviaron Kitty ni Mike Santos. Deseo que la policía lo examine… y que todos ustedes salgan del apartamento. Esperaré la llegada de los agentes.
–¡Dios mío! – Anna palideció repentinamente-. ¿Esta locura jamás acabará?
–¡De prisa! – dijo John Spada.
Después de que todos se marcharon, descolgó el teléfono y llamó a la policía.
–…Habla John Spada, de Spada Consolidated Holdings. Acaban de entregar un paquete en mi departamento. Tengo motivos para creer que contiene explosivos. Por favor, ¿pueden enviar a alguien a esta dirección…?
Hubo una pausa, mientras el operador policial copiaba la dirección y después Spada recibió una pregunta levemente escéptica: -Señor, ¿puede indicarme la razón de su sospecha?
–Sí. Soy un empresario conocido, con vínculos políticos que no puedo discutir por teléfono.
–Gracias, señor. Enviaré a alguien en pocos minutos. No toque el paquete. Cierre la habitación y aléjese todo lo posible.
Cinco minutos después dos hombres de la Brigada de Explosivos aparecieron en el apartamento. Se mostraron bruscos y taciturnos. Las declaraciones podían esperar. Se apoderaron del paquete y salieron, recomendándole que esperase junto al teléfono. Media hora después uno de ellos llamó.
–Habla Mallard… Brigada de Explosivos. Señor Spada, ese paquete estaba activado. Media libra de plástico, con dos detonadores preparados para explotar apenas abriese el sobre.
–¿Alguna idea del origen?
–Todavía no. Estamos buscando impresiones digitales. Probablemente encontraremos sólo las que correspondan a personas inocentes. Por supuesto, necesitaremos su declaración.
–¿Puede esperar hasta mañana?
–Es su vida, señor Spada. – Habló como si no la valorase mucho.
–Ustedes ya tienen todos los hechos. El resto es conjetura. Sin embargo, puedo decirles que es probable que el asunto esté bajo la jurisdicción del FBI.
–Eso lo decidiremos nosotros después de conocer su declaración. Por favor, venga mañana a las diez.
–Estaré allí. Y gracias.
–Encantados, señor John Spada. Ah, si sale esta noche, ándese con cuidado. ¡Quien entregó la bomba puede estar esperando cerca, para escuchar la explosión!
La línea enmudeció. Spada pensó un momento en la posibilidad de llamar a Teresa, que estaba en Bay House; pero después decidió desechar la idea. Los guardias nocturnos estaban en sus puestos; a lo sumo, él podía
aconsejar que se duplicase la vigilancia. Llamó al restaurante y habló pocas palabras con Anna, para decirle que terminase tranquilamente su cena. No, no se reuniría con ellos. Era necesario arreglar ciertos detalles. ¡Detalles!
Cuando depositó el teléfono en la horquilla, descubrió que estaba temblando, como si sufriera un ataque de malaria. Cruzó hasta el bar, se sirvió una buena ración de licor, bebió la mitad de un trago y después se sentó, encorvado, los brazos apoyados en el mostrador, sosteniendo el vaso en las manos, hasta que el temblor cesó.
Ahora no había modo de esquivar la sombría realidad. Habían entregado un contrato por su vida. Los asesinos habían comenzado su labor. Y poco les importaba que en el intento de liquidarlo otros cayesen con él.
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