Proyecto XI
Cuarta parte
Finlandia
4 al 6 de febrero de 2011
Capítulo XXVII
Dentro estaba oscuro. Víctor Crest palpó la pared, hasta que su mano topó con un interruptor. Cuando lo pulsó una solitaria bombilla iluminó el vestíbulo. Este tenía un aspecto rancio, abandonado, la pintura de las paredes pedía a gritos la extremaunción y unos buzones oxidados pendían a su izquierda. Frente a él, a poca distancia, ascendía un tramo de escaleras. Se precipitó hacia ellas.
Las subía corriendo tan deprisa como podía. Cuando llegó hasta el rellano de la primera planta su respiración era agitada, en el de la segunda resollaba y al alcanzar su destino, frente a la entrada del tercero segunda, había perdido el aliento. Se dobló sobre sí mismo, apoyando las manos en las rodillas, e intentó capturar el aire que le faltaba manteniéndose en esa posición.
Luego miró hacia delante.
La puerta estaba abierta.
Se acercó y desde fuera estudió el interior del piso. De un pequeño recibidor partía un pasillo que permitía el acceso a varias estancias. Las luces estaban encendidas. Aguzó el oído pero no logró escuchar ningún sonido.
Entró.
El piloto anunciaba mediante una señal luminosa que el ascensor ya descendía hacia la planta baja.
—Yago —dijo una voz a su espalda.
Sobresaltado dio un respingo. Cuando vio a Hugo, que se acercó hasta él, suspiró aliviado.
—Me has dado un susto de muerte —aseguró llevándose una mano al pecho—. No esperaba encontrarte aquí abajo.
—Lo siento… Tengo a uno de los mendigos. Néstor. Está en el cuarto de los vigilantes. Inquieto, pero no creo que dé problemas. Tiene pinta de buen tipo. Ha tomado una ducha y ahora come algo.
—Ocúpate de él, ahora yo no puedo. Estamos en plena crisis…
Las puertas del ascensor se abrieron.
—Pero sobre todo retenlo, no puede marcharse bajo ningún concepto. Ni siquiera te separes de su lado. Intenta que duerma unas horas, nos vendrá bien tenerlo fresco —dijo desde dentro a modo de despedida.
Luna permanecía sentada frente a la mesa de trabajo. Tenía una mano caída en el regazo y la otra posada, inmóvil, sobre el ratón del ordenador. Lloraba quedamente aunque no apartaba la mirada de la pantalla que mostraba las imágenes emitidas por el ordenador de Jon Vivaldi. La señaló con un gesto. Al otro lado, en el estudio del antiguo inmueble, no se veía a nadie.
Yago Durán se acercó. Se inclinó sobre ella y besó su nuca. Le rodeó con un brazo la cintura y dejó su mano sobre la de Luna. Los dedos se enlazaron.
—¿Dónde está Anna? —le susurró al oído.
—Ha caído de la silla —murmuró, su voz sonaba ronca—. Hace poco, a lo sumo un par de minutos.
Víctor Crest entró en el estudio. Sobre la mesa descansaba el portátil de Jon Vivaldi, desde cuya pantalla Luna y Yago lo contemplaban. Estaban abrazados. En el suelo, fuera del alcance de la cámara, se encontraba Anna Krauss. Estaba tumbada boca arriba, sobre un espeso charco de líquido verde. Permanecía inmóvil.
Cuando la vio una idea galopó por su mente.
Está muerta.
Como siempre que veía un cadáver, el último había sido el de su hermano fallecido unos años atrás, se le revolvió el estómago. Se dijo que quien acuñó el término cuerpo sin vida lo hizo contemplando a un muerto. La piel de Anna presentaba una palidez extrema. Mantenía los ojos cerrados y las facciones del rostro, más que relajadas, parecían abandonadas a su suerte por el espíritu. Una enorme mancha del líquido que aún brotaba de la comisura de los labios y la herida de la ceja invadía la blusa.
Corrió hasta la cocina.
En uno de los congeladores halló lo que buscaba. Extrajo una bolsa de plástico llena de polvo rojo. La depositó sobre la encimera y rasgó la cubierta utilizando el cuchillo que encontró en un cajón. De un armario sacó el primer recipiente que encontró, que resultó ser un plato grande, y volcó en él una ración generosa de polvo rojo.
Regresó al estudio.
Se arrodilló junto a Anna Krauss, que no se había movido.
¿Dónde?, se preguntó.
Y decidió comenzar por la herida de la ceja. Agarró un puñado de polvo rojo y se disponía a dejarlo caer suavemente cuando Anna se movió. Lo hizo tan rápido que lo cogió desprevenido. La mano de ella sujetó su muñeca con una fuerza descomunal, más propia de un gigante que de aquel cuerpo de mujer. Sin demasiadas dificultades apartó el brazo de Víctor, alejándolo de la cara. Su rostro había cobrado ahora una expresión furiosa, con los labios curvados hacia abajo y las aletas de la nariz dilatadas, y mantenía los ojos abiertos: ausentes de pupila e iris, tenían el color de aquella sustancia. Forzado por el dolor Víctor abrió la mano, dejando caer el polvo rojo en el suelo.
Pero ella no lo soltó.
El dolor ya era insoportable.
—¡Anna! —aulló.
El suplicio, que ascendía desde el brazo e invadía el hombro, provocó que Víctor rompiera a llorar. Los tendones chillaban y los músculos amenazaban con desgarrarse, pero haciendo un esfuerzo extraordinario utilizó la mano libre para tantear el suelo, donde recordaba haber dejado el plato. Dio con él. Aunque lo levantó con torpeza consiguió arrojar buena parte de su contenido sobre la cara de Anna Krauss.
Ella le soltó inmediatamente y se llevó las manos al cuello.
Víctor cayó hacia atrás. Quedó sentado en el suelo. Impulsado por las piernas retrocedió, alejándose de ella. Sujetaba el brazo herido con el sano y gemía lastimeramente. Su espalda chocó contra una pared, donde permaneció recostado.
La contempló.
Anna Krauss se curvó, formando un inverosímil puente que contaba con dos únicos puntos de apoyó: los talones y la cabeza. Después se derrumbó, golpeando el suelo. El ambiente se llenó entonces con un profundo siseo. Asombrado, comprobó que el ruido procedía del rostro. Una densa humareda oscura brotaba de la cara y el olor de la carne quemada, propio de las heridas al cauterizarse, impregnó la habitación. Entonces ella se incorporó. Abrió la boca, como si fuera incapaz de lograr que en sus pulmones entrara el suficiente aire para respirar, y entre convulsiones vomitó.
Luego se desplomó y se mantuvo inmóvil.
Víctor continuaba pegado a la pared. El dolor del brazo remitía, pero aún era intenso. Lo movió y aliviado dedujo que no tenía ningún hueso roto. Sentía miedo, temía la reacción de ella si se acercaba otra vez.
Pero el color de la piel había mejorado, adquiriendo el ligero tono rosado habitual en ella. El rostro no presentaba ni el menor rastro de quemaduras. Parecía descansar en paz.
Gateó hasta Anna. De cerca estudió su aspecto. En su interior parecía habitar de nuevo la vida. Le acarició un brazo con cautela y comprobó que su temperatura era la normal. Le tomó el pulso: latía con regularidad.
—¿Me oyes?
Sus párpados se abrieron. Los ojos lucían ahora con normalidad.
Asintió.
—¿Puedes moverte?
Pero ella no respondió.
Víctor la cogió en brazos. Se situó frente al ordenador portátil de Jon Vivaldi. Desde allí miró a Luna y Yago, que le contemplaban inquietos. La escena había discurrido fuera del alcance de la cámara.
—Está mejor —dijo sin dar más explicaciones.
La llevó hasta el dormitorio y la depositó sobre la cama.
Abandonó la estancia y se dirigió al baño, de donde regresó con varias toallas mojadas. Le pasó una de ellas por la frente. Ella se estremeció.
—Anna, tengo que quitarte la ropa. Voy a lavarte.
Ella masculló una frase que Víctor no logró escuchar. Se acercó y pegó la oreja a sus labios.
—Sí, por favor —repitió.
La descalzó, retirando primero los zapatos deportivos y luego los calcetines de algodón. Desabrochó el cierre del pantalón, bajó la cremallera y lo deslizó a lo largo de las piernas. Procurando no tocar la mancha verduzca, desabotonó la blusa. Arrojó la ropa sucia al suelo, donde quedó hecha un amasijo.
Ahora llega la parte más delicada, pensó Víctor.
Tomó asiento en el colchón. Como siempre le ocurría cuando intentaba desnudar a Marisa, forcejeó sin pericia durante muchos segundos con el cierre del sujetador. Cuando consiguió abrirlo lo retiró, intentando no mirar los pechos generosos, de pezones grandes y aureolas rosadas. Con monacal rigor sujetó el elástico de la braga y tiró hacia abajo. La prenda se enganchó en las nalgas. Para ayudarle Anna Krauss elevó ligeramente las caderas. Logró quitársela.
Los ojos de Víctor recorrieron su cuerpo. Cuando llegaron hasta el rostro comprobó que ella le miraba. Se sonrojó.
—No te apures. Lávame, por favor, yo no puedo hacerlo. Siento asco.
Él asintió.
—¿Cómo has entrado, Víctor?
Mientras casto y fraternal limpiaba con esmero su cuerpo, le resumió su vinculación con La noche eterna.
Hugo contemplaba a Néstor, que dormía pese a las luces encendidas. El aspecto del mendigo había mejorado de forma considerable.
¿Cómo ha llegado hasta ese estado?, pensó mientras lo miraba.
Hecho un ovillo entre las sábanas ronroneaba de vez en cuando como un niño. Su respiración era suave.
¿Cómo ha llegado hasta ese estado, repitió, la humanidad, permitiendo que algunos hermanos duerman sin techo que les cobije, pasen hambre o mueran de enfermedades curables?
Néstor dio media vuelta sobre el colchón y murmuró en voz baja el nombre de una mujer: Elvira.
Como todos tiene un pasado, se dijo, y sueña con él.
Si seguía por esos derroteros acabaría durmiéndose. Se puso en pie y estiró los brazos. Valoró la posibilidad de ir a por un café, pero desistió cuando recordó las instrucciones de Yago: no debía dejarlo solo.
Decidió distraerse un rato. Accedió a internet desde su teléfono móvil y entró en el blog de un dibujante de cómics que seguía con asiduidad. Poco después, tras disfrutar de un par de tiras, reía por lo bajo.
—Ahora duerme.
Desde la planta cuarta de la biblioteca, Luna y Yago lo contemplaban. Se les hacía raro ver a Víctor al otro lado, encerrado en el estudio, en el lugar donde solía sentarse Anna Krauss.
—Está tranquila y agotada —añadió—. La suerte ha estado de nuestro lado. Creo que se va a recuperar.
Víctor reparó en un objeto que parecía llamarle a gritos.
—¡Un paquete de tabaco! —exclamó mientras lo cogía.
Comprobó su contenido. Dentro encontró cuatro cigarrillos y un mechero de plástico. Extrajo uno y lo olió, deleitándose con su sutil aroma. Lo prendió.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó mientras exhalaba el humo.
—Te diré cómo solemos proceder —resumió Yago Durán—. Te gustará. El siguiente libro es La espuma de los días, de Boris Vian. Lo buscamos aquí y lo arrojamos contra el suelo. Intentamos que nadie nos vea para que no nos encierren en un manicomio ni nos acusen de causar daños a los bienes públicos. Automáticamente los Bastian Powers se ponen en marcha y el libro cae también en Babilum. Lo localizamos con las cámaras del CCTV, te explicamos dónde se encuentra y tú vas a por él.
Víctor sonrió. Dio una fuerte calada al cigarrillo, que le supo a gloria.
—Pero tranquilo, esta movida forma parte de un camino que solo tiene noventa y nueve pasos… y ya hemos recorrido algunos. En concreto dos.
Luna lo miró de soslayo.
—No le hagas caso, Víctor. Si no fuera por ti, Anna estaría muerta.
—Gracias, Luna —contestó él—. No olvidéis un extremo: existe un atajo, que parte de la infancia de Bastian. Cuando Anna esté algo más recuperada deberemos trabajar en esa dirección. Es la única opción que veo. Sinceramente, la posibilidad de sobrevivir a varias excursiones en Babilum me parece remota. Pero ahora mismo debemos centrarnos en otra cosa.
—¿Cuál? —preguntó Luna.
—Dormir. Cuando menos ocho horas seguidas. Idos a casa. No quiero que nadie se quede de guardia en la biblioteca. Hugo también, por supuesto. Yo estoy fresco, velaré el sueño de Anna.
—¿Y qué hacemos con Néstor?
—Llama a alguien de Arácnida, ahora, para que venga a ocuparse de él.
—Son las cinco de la madrugada…
—Da igual, es una emergencia. Nos vemos mañana.
Se puso en pie.
—Yago, ocúpate de interrogar a Néstor. No podemos retenerlo indefinidamente.
Víctor Crest, derrotado por la tentación, quiso alcanzar un nuevo éxtasis. Sin pensarlo dos veces encendió otro cigarrillo.
—Iré a ver cómo se encuentra Anna.