Pulsiones

Carme Riera · Capítulo 3 de 3

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Pulsiones

La novela experimental

 

 

—Esta vez no será como las otras. Te lo juro. Esta vez lo tengo claro, perfectamente anotado en la cabeza, con todos los hilos tensos y, además, ya he empezado. Dos noches en blanco llevo sin pegar ojo. ¡Ojalá fueran veinte! No me importa con tal de ver que adelanto. Porque, no te lo vas a creer, por estos pagos nadie ha hecho una cosa así. Quizá en el extranjero. En América puede, pero no tan experimental como la mía. ¡Qué va!… Ni por asomo. Si estuvieras al día podrías comprobarlo, pero aunque no lo estés tampoco importa. Como eres espabilada, en cuanto leas dos páginas te darás cuenta… Si no te molesta, una tarde de estas en que no tengas demasiada faena te traigo una muestra. Quiero que seas tú la primera en catarlo, rubia.

Ella le observa sin escucharle, acodada en la barra, pero asiente con la cabeza de vez en cuando, con cansina suavidad. El gesto perfectamente calculado la exime de prestar atención y le permite divagar a sus anchas mientras parece que atiende, hasta con solicitud, los aburrimientos conyugales de la mayoría de sus clientes. Ya no es joven pero no tiene otro remedio que aparentarlo y se viste como si lo fuera. Lleva una camiseta escotada y una minifalda que, al cruzar sobre el taburete las piernas de avestruz, limita al norte casi con la raya del pubis. Por las noches, porque ya no está para top less, luce una especie de sujetador con agujeros, diseño propio.

—Te lo explicaré por encima porque de buenas a primeras es difícil, muñeca —le dice, adoptando un aire de peliculero que no le va—. Te lo explicaré por encima porque es difícil y además trae mala suerte hablar de lo que no está terminado, no me vaya a pasar como las otras veces, aunque esta vez es distinto. Te juro que le doy carpetazo en dos patadas. Y además, quién sabe si las paredes oyen y me lo pisan. En esta profesión hay mucha envidia… Acuérdate de cuando me robaron… Y no te rías… Prométeme que no se lo dirás a nadie, a nadie, Clemen, ¿eh?

Clemen sorbe agua mineral con hielo a precio de ginebra cara y niega con la cabeza sin decir palabra, esbozando una sonrisa.

—Una cosa así tan nueva, tan diferente, sólo se me ocurre a mí. No tiene nada que ver con lo de los demás. Nada. Mira, todo lo que sucede es instantáneo. Doscientas páginas o quizá doscientas cincuenta y cinco en un flash continuo, un flash momentáneo. Todo sucede al minuto en el instante en que se lee y es, además de novela, teatro, ensayo y poesía. Todos los géneros confundidos y reunidos en un solo libro, un compendio de géneros. ¿Qué más quieres? Cada página por separado puede ser representada, declamada o leída en voz alta para ser luego discutida o, por el contrario, sólo leída con los ojos del pensamiento. ¿Me sigues, Clemen? Me explicaré. Verás. Representada, eso quiere decir que sirve para la escena, para el teatro. Las acotaciones surgen del propio contexto. ¿Lo vas captando? Declamada, porque a pie de página doy diversas instrucciones y rimas para que el lector por sí mismo pueda ponerlo en verso. Leída, como si fuera novela, porque es historia y ficción y, finalmente, entendida como ensayo porque ofrezco una particular y sintética visión del mundo… ¿Qué te parece?

Clemencia tampoco contesta esta vez. Le mira envolviéndolo en un silencio casi compasivo. Luego le pasa el índice por la mejilla y le sonríe para intentar disuadirle de alargar la aburridísima perorata.

—No me distraigas, peluca de plata, que habrá tiempo luego para que hablen los cuerpos, y déjame que te cuente mi obra maestra que habrá de enorgullecerte de mi amistad, ya lo verás. Pues bien, como te decía, todo va explicado con las palabras imprescindibles, nada de las parrafadas retóricas de mis obras anteriores, nada de frases largas a las que mis años de seminario me hicieron proclive, sino todo breve. Sin adjetivos. Sustantivos desnudos, Clemencia mía, desnuditos. Telegrafía pura. Un morse inteligible, claro y no sólo para expertos, hecho de contraseñas, de guiños y complicidades, como en las batallas de amor, ¿me vas comprendiendo?, como cuando se ama, ¿me sigues? ¿Por qué, dime, en la cama apenas se habla? ¿Se dice poco, no es así? Apenas lo imprescindible, lo fundamental… Por suerte impera la ley del silencio. Pues lo mismo debería ocurrir en literatura. A la literatura le sobra verborrea y le falta fundamento. Lo vengo diciendo hace mucho, pero nadie me quiere oír. Pero ahora lo demostraré y en la primera entrevista que me hagan voy y lo suelto y caiga quien caiga. «¿Qué opina usted del panorama editorial?». Y yo: «Pura mierda, como suena». «Me importa un carajo vivo todo lo que se escribe». Allá va. Y si se cabrean mejor, que a mí… Yo no tengo nada que perder. A mí nadie me ha dado nada, excepto, quizá, Cervantes… y está por verse. Todo por mis propios medios. Bueno, como te decía, esta vez me presento al Planeta y lo gano, luego me dan el Nacional y poco antes el de la Crítica. Fíjate bien: trío de ases… Y si eso no ocurre, es que no hay justicia y que todos son unos vendidos que sólo premian a los enchufados… Aunque en este terreno también sabré moverme. Si hay que comprar eléctricas, allá iremos… ¡Faltaría más! Lo que son las cosas, Clemen, y para que veas la seriedad del asunto, esta vez hasta la casualidad se pone de mi parte. Anteayer recibí una visita. ¿A que no dirías de quién? Bueno, no importa, luego te lo cuento. Y ayer conocí casualmente a un hermano de la cuñada de la mujer de Lara que me dijo que hablaría con él en cuanto yo tuviera el recibo en la mano, conforme me había presentado, porque, por si no lo sabes, en el Planeta te dan un recibo, que me lo dijo Luis Rebollo o Rebollar, no me acuerdo bien, finalista por tres veces, tú le conoces, algunas noches venía por aquí. Ahora hace tiempo que no le veo, un tipo cascado que se sentaba al fondo para hablar con Mavita, ¿me sigues? Pues, lo que te decía, pocas palabras, las imprescindibles, las irrenunciables. Nada por aquí, nada por allá y de repente, ¡flash!, una paloma. Una paloma surgida de la chistera del prestidigitador y la paloma arranca un murmullo de admiración entre el público. Es la PALOMA, la única, la verdadera cuya presencia arrastra la ovación.

»Pues bien, igual va a ocurrir en mi libro. De la página, como de la chistera, por obra y arte de mi magia surge la palabra paloma sin añadidos, ni blanca ni mensajera ni suave. Espíritu puro. Pura palabra creadora de mundos, engendradora de actos. No la toquéis ya más… Lo dijo Juan Ramón… Tú no sabes quién es ni falta que te hace… Pero a lo que iba, Clemen, fuera estorbos. Abajo las rémoras. Fuera el incordio de los adverbios con su pesado cuerpo muerto, abur, abur… Fuera la lata de los adjetivos encubridores de esencias, tránsfugas de cualidades… ¡Viva únicamente el nombre!, ¡viva el verbo!, ¡viva la sustancia y la acción!, ¡mueran los aditamentos! Una prosa como agua que surja para calmar la sed del lector en un modesto vaso y antes borbotee cristalina en el origen del manantial… Buen final de discurso, ¿no te parece? Deberé anotarlo para cuando salga académico, que todo se andará, ya verás, porque para mí están guardadas grandes cosas, Clemencia, no lo sabes bien. Y para que veas que no me olvido de nada hasta la tipografía he de cambiar. Para eso también he sido designado, rubia, y seré el más revolucionario de todos. Verás, aboliré los márgenes, tanto los laterales como los de arriba y abajo. Las líneas ya no tendrán que ser rectas, podrán ser onduladas o curvas, según convenga, quizá zigzagueantes o escalonadas. Depende. Formarán figuras, ideogramas o lo que me salga de las narices. A veces se alejarán como paralelas, como horizontes infinitos, y otras se encontrarán en un punto como tangentes, arracimando letras, amogollonciando posibles palabras que el lector escogerá a su antojo, ¿me sigues? De este modo la página ganará en posibilidades visuales que le aclararán las propuestas. Circulará por la página con la misma tranquila intranquilidad que por la calle, puesto que contará con señales de tráfico y pasos preferentes, y si gusta podrá retirarse a un museo y contemplar la belleza del mejor abstracto. Me sigues, ¿verdad? Y si fuera posible —ya estudiaré con calma el asunto— incorporaré sonidos y olores… ¿Conoces algo más evocador, más sugestivo que el olor? En cuanto a la voz… estoy seguro de que muchas páginas de obras maestras ganarían aún más si de repente, como quien no quiere la cosa, el lector pudiera escuchar la voz del propio autor leyendo los fragmentos más significativos de sus páginas inmortales con la justa, exacta y precisa entonación. Piénsalo, Clemen, aunque, bueno, eso a ti… Pero a mí me parece genial. Te confieso que desde hace días le doy vueltas al asunto y no puedo menos de imaginar lo que sería oír a Shakespeare recitando el monólogo de Hamlet, aunque a mí el tal inglés nunca me ha caído muy bien, y menos ahora que me he enterado de una cosa… Bueno, pero a Cervantes… ¿Te imaginas a Cervantes dando voz, en ciertos pasajes, al propio don Quijote? Porque te puedo asegurar, Clemencia, que la voz de Cervantes es perfecta, agradable, más bien grave… En fin, a lo que iba, ¿no te parece que he tenido una idea fuera de serie? Mira, recuérdame que le pregunte a Carmelo Vilariu, cuando venga por aquí, si conoce algún invento parecido, él que es inventor, porque si no, lo patento. Anda, Clemen, reina, dame tu opinión, que todavía no me has dicho qué te parece.

A Clemencia Solares Expósito, soltera, cuarenta y dos años, madre de dos hijos, no le parece absolutamente nada y tampoco sabe qué contestar. De manera que se encoge de hombros y se limita a sonreír, mientras le muestra el vaso vacío para que la invite otra vez.

—Lo que a ti te apetezca, princesa, faltaría más. ¿Y todo este cambio radical para qué? Pues para mi única meta: potenciar la imaginativa del lector. Porque has de saber, Clemencia, que el lector tiene siempre la última palabra. Porque, en el fondo, dime: ¿qué es un libro sin unos ojos que lo lean? Nada. Un libro sólo cobra sentido si se lee, se dice ahora, pero yo ya lo sabía hace un siglo cuando enseñaba el abecé a mis primeros alumnos… Y a mucha honra. ¿A que tú no sabes que entre mis párvulos de entonces cuento con dos académicos? Pablito Piferrer, el laureado poeta, y el filólogo Roberto Marcusino… Mira por dónde mis enseñanzas quizá hayan tenido en ellos una compensación crecida. Porque yo siempre les decía: «Niños míos, hombres del mañana, respetad los libros. En los libros se compendia el universo entero, si sabéis leerlos». Pues eso, Clemen, la letra impresa es siempre cosa de los ojos del lector… O de las manos, no creas, porque en estas páginas que tengo acabadas, de todo hay, como en botica. Algunas, ni te cuento, son totalmente porno, excitantes, masturbatorias y animadoramente provocativas hacia el otro sexo. Fíjate que no digo cuál, porque otra de las cualidades de mi obra es la ambigüedad, ¿qué te creías? No me vengas ahora con que quiero dar cancha a los travestis, que no, mujer, que no es eso, que ya sé que os hacen una competencia desleal. No me refiero a ellos. Para nada. Sino a que, como hay muchas lectoras mujeres —¿a que no te lo imaginabas? Pues sí, un montón—, pues hay que tenerlas en cuenta para que te compren y te sigan comprando al sentirse incluidas, y todos felices. Aunque pienso dejar bien claro que el punto de vista dominante es el del varón. ¡Faltaría! Así que si el lector, o la lectora, quieren meterse mano a sí mismos, pues adelante. Están en su derecho. También están en su derecho de metérsela a su prójima o prójimo si lo tienen y se deja, o de irse corriendo a una casa de putas, con lo cual las profesionales del ramo me lo agradecerán, e incluso, como quien no quiere la cosa, me refiero a los servicios esmerados que las camareras de esta casa prestan a los clientes, pongo al desgaire el nombre de este local e incluyo el tuyo. Así, como lo oyes.

Clemencia vuelve a beber agua que ella misma se ha servido a modo de ginebra y bosteza sin ningún disimulo, hartísima y molesta, como cada vez que alguien se mete con su profesión, porque no tolera las bromas relacionadas con el oficio.

—No me digas que prefieres hablar de fútbol con cualquier pelagatos o que te cuenten desgracias de cornudos —le espeta para provocarla—. Deberías estar contenta de tener un cliente escritor, un escritor de talento, que promete, que por fin va a ser reconocido. Anda, Clemencia —susurra casi—, aún no me has dicho qué encuentras, ¿qué te parece mi proyecto?

—Qué quieres que te diga, me gustaba más el otro.

—¿Cuál?

—El primero, el mío. Era el mejor de todos los que me has contado.

—Los tiempos han cambiado, cariño. Las historias como la tuya no están de moda. No sirven, no venden. ¿Entiendes? Se han escrito muchas de ese estilo. Si entonces hubiera podido terminarla, sí que hubiera sido un éxito. Sin duda me hubieran dado el Espejo de España, que es de ensayo. Pero ahora no, ya que no se lleva… La guardo, no te vayas a creer, por si acaso… En una carpeta, la tengo archivada, no sea que algún día pueda sernos útil. No hay tiempo que no vuelva. Nunca se sabe, y menos en literatura. Menuda puta está hecha, con perdón… Ahora lo que funciona es algo rápido, excitante, con marcha, que te abra los sentidos, que te coloque en dos patadas. Un libro total, ¿comprendes? Esta vez no me equivoco… Y es que no puedo equivocarme… Cuento con un protector, con el mejor de los padrinos… Sorprendida te quedarás cuando lo sepas.

—Algo te pedirá a cambio —interrumpe Clemen, rotunda.

—Al contrario, nada. Sólo que triunfe. Sólo que sea el mejor. ¿Quién era el mejor en el XIX? Galdós, ¿estamos? Pues en el XX, yo, Daviu, Matías Daviu, Clemencia, el mismo que viste y calza. No puedo fallar, no puedo equivocarme. No le puedo dejar en la estacada después del honor que me hace al escogerme. Y no le dejaré. Te lo juro. Lo tengo claro. Todo metido ahí en el caletre. Será dinamita pura. O mejor, amonal mezclado con metralla. Un bombazo que hará temblar los cimientos literarios de la nación.

—Creo que estás loco, Matías, y ándate con cuidado, no te vayas a meter en un lío.

—Anda, Clemencia, anda, que es un decir. Hay que entenderlo literariamente. Ya me veo abriendo la década en letras de molde: «Matías Daviu arrasa», «Cambios revolucionarios en la literatura española: resucita Cervantes», o «Matías Daviu inaugura el género total». ¿Qué te parece? Como titulares no están nada mal.

—Qué quieres que te diga, a mí todos estos escándalos no me gustan nada.

—Es que no lo entiendes, Clemencia, y lo siento. Tus ánimos me vendrían muy bien.

—A mí la que me gustaba era la mía. Fue una lástima que no la acabaras, te lo aseguro —reitera ella con fastidio, mientras se levanta—. Me voy a telefonear porque, como dices tú, me estoy telefoneando.

Mientras, Daviu enrojece porque teme los desabrimientos de Clemen cuando le recuerda, siempre que a él se le ocurre alguna nueva idea, que ni siquiera fue capaz de acabar el libro documento que empezó con su ayuda. «Ya verás —le decía las tardes en que se presentaba en el local de alterne que ella regentaba, con una libreta en la mano y el bolígrafo sobresaliéndole del bolsillo de la chaqueta—. ¡Ya verás qué obra, Clemencia! Nos haremos ricos porque las ganancias, para empezar, serán a medias y tú podrás poner una peluquería y dejar todo esto si te apetece, y acostarte el resto de tu vida con quien te dé la gana, sin necesidad de cobrar. En cuanto a mí, ni te digo. Todo me vendrá rodado. Me llamarán de un montón de editoriales y me pedirán artículos y libros de encargo, y yo diré éste quiero y éste no, y discutiré las condiciones, los plazos de entrega y los royalties, si es que no me agencio a la Balcells, como Cela y como Gabo y como Mario… Eso ya lo decidiré luego. Y me haré famoso denunciando la injusticia, las lacras de la sociedad, la hipocresía, para que historias como la tuya, nena, no vayan a suceder otra vez. ¿Estás conmigo, Clemen? Y quién sabe si a ti en vez de la peluquería no va a interesarte más lo de la tele. Porque mira, a la presentación, que será por todo lo alto en un hotel de lujo, vendrá la tele y te harán entrevistas. ¿Quién no te dice que no vayan a darte un contrato y un programa?… Palmito no te falta, rubia, que a buena no te gana ni la Madre de Dios, y mira quién te lo dice… Pues en cuanto te lo den, tú les adviertes que yo seré el guionista, porque en el fondo, Clemen, yo soy tu Pigmalión…».

—Pigmalión… —dice ahora en voz alta, como si contestara a la pregunta del camarero con el nombre de su cocktail predilecto. «Pigmalión», repite para sus adentros, como suele hacer cada vez que recuerda de memoria viva sus parrafadas, como cuando aprendía en lengua masai los sermones para predicarlos en las misas dominicales a los indígenas convertidos de la misión… No, la historia de Clemencia ya no sirve. Tampoco la del rapto del Príncipe por un comando estalinista —¡a estas alturas!— y su posterior educación en presidio para que, tras adquirir el síndrome de Estocolmo, implantara por fin la revolución. Ni la que le ocupó a máquina casi cien páginas, en la que desgranaba asuntos de teología moral. ¿Era culpable el misionero que disparaba sobre una multitud de catecúmenos? En realidad, su intención era enviarlos directamente al Cielo sin tener que soportar siquiera las penas del Purgatorio. Pero ¿a quién interesaban los asuntos religiosos en la sociedad de hoy? Probó con la novela negra, pero no se le daba… Ahora, por fin, estaba en el camino seguro y quizá después retomaría alguno de los proyectos fallidos cuando, tras el éxito, las editoriales se interesasen por todo lo demás. Porque el resto de su producción, ¿qué era sino el antecedente de su obra cumbre? El cuaderno de prácticas, el borrador silvestre, el esbozo, el preludio de la gran sinfonía final, el ensayo general de la gran representación. Porque la gracia de Flash, flash, título provisional —aunque menudo anglicismo, ¡toma castaña, Miguelito, que va por ti!, y hasta Clemencia lo ha visto con su talento natural—, es que todo funciona al unísono. Todo.

Clemen acaba de acodarse nuevamente en la barra.

—Perdona, chico, la línea estaba ocupada… No me has dicho si termina bien, como la mía.

—Los finales felices son agua pasada. El argumento es lo de menos. Ahora se trata de otro intento, de otra historia. ¿Comprendes, Clemencia?, de subvertir el orden, de dinamitar los cimientos…

—Yo que tú escribiría la historia de la dulce Neus, que ésta sí que tuvo cojones, la mala bestia, aunque me gusta más la del Lute, pero llegas tarde. Ya la echaron por la tele. Y qué bueno estaba Imanol Arias. Si algún día cayera en mis manos, ni los rabos… ¿entiendes?, ni los rabos iban a quedar de él. Me lo comería enterito, si se dejara, que no iba a ser fácil. Mira, si tú terminas la novela pide que él te la ponga en la tele y entonces tú me lo presentas, y que me firme un autógrafo…

—Eso está hecho, Clemencia. Supongo que lo prefieres con foto, ¿no? Pues, tuyo. En cuanto me lo presenten voy y se lo pido. Yo creo que podría hacerlo bien. Y si no se amolda, otro, porque mi personaje, no te vayas a creer, es muy suyo. Tiene cosas de mí pero no soy yo exactamente. También es funcionario de Correos, pero esto no se dice en la obra. ¿Para qué? El lector no gana nada con saberlo. Digamos que es un dato superfluo, una nadería. Lo importante es ver a Miguel Ángel, porque se llama Miguel Ángel, ¿qué te parece?, como tu hijo. Ya sé que me hiciste caso cuando te propuse el nombre que es mi predilecto. Fíjate: Miguel Ángel Buonarroti, el coloso. En apariencia normal, y por dentro esa capacidad creadora del artista que puede remontarse hasta las cumbres más agrestes. Lo peor, Clemencia, créeme, no es concebir la historia, lo difícil es la lucha por la creación, porque en el fondo todos los escritores escribimos de un solo tema para conjurar los demonios, como me dijo un día Mario, paseando por las Ramblas. Ya en mi otra obra la lucha estaba presente, la lucha por salir de la prostitución, ¿entiendes, rubia de mis entretelas? El hombre, pues, enfrentado a sus contradicciones, a su escisión. Éste es el meollo. Mira, te lo explico con un ejemplo personal. Yo estoy por la mañana clasificando sacas, comprobando códigos, embebido en la rutina de la maquinaria estatal —no olvides que pertenezco a un Cuerpo del Estado y que en estado de emergencia pueden militarizarnos—. Pues bien, estoy allí en mis tareas matutinas. Con el piloto automático atiendo a cuanto es necesario, pero mientras me escapo, ando por otros lugares y voy y vengo pendiente de mis afanes de escritor, de mi trabajo intelectual, como si estuviera encerrado en mi despacho rodeado de libros, atento únicamente a los problemas de la creación. ¿Y en qué sitio estoy más de verdad? Tú dirás que en la oficina, donde me siento sin moverme ocho horas. Pues no creas, estoy a medias, con las manos, pero sin la cabeza. La cabeza trabaja en el otro lugar. Eso es complicado, pero fácil, ¿no te parece? Es como cuando tú decides oír a tus clientes como quien oye llover, y estás pero te vas con la cabeza a otras cosas. En el fondo, Clemen, y no es la primera vez que te lo digo, vosotras y nosotros somos parientes. Las hetairas y los poetas. Alguien lo dijo. ¿Quién fue? No me acuerdo ahora. Da igual. Porque amáis sin saber a quién y ni siquiera amáis…

—Contigo no —susurra Clemencia casi al oído—. Contigo siempre ha sido diferente, Matías. Y pensar que te hice un hombre…

—Te debo el primer polvo. Es cierto, es cierto… La libertad de follar. Desde que sé que esta vez lo consigo ni pienso en el sexo. Al escribir me tiro al universo entero y lo fecundo, rubia. ¿Tú sabes el poder que otorga esta sensación? No la cambiaría por ninguna otra. Te lo juro. Como que me hice cura y estoy más que curado… Además, Clemencia mía, hay otra cosa, otro punto importantísimo que no sé si debo decirte. No sé si estás preparada para poderlo creer, pero te juro que es absolutamente cierto, rubia.

—Por Dios, Matías, en qué líos andas ahora.

—Te lo diré por el cariño que te tengo y guárdame el secreto. A veces pasan cosas raras, cosas especiales, no a todo el mundo, claro, sólo a unos pocos. Tú misma, además, me comentaste el caso de aquel escritor bajito, aquél tan feo con cara de mono, ¿te acuerdas?, que viste en la tele…, te acuerdas, ¿verdad?, a quien se le había aparecido la Virgen… Pues bien, a mí hace dos noches, justo antes de comenzar esta obra, se me apareció, no la Virgen, que tantas veces vi junto a mi cama en el Seminario consolando mis noches de celibato, sino otra persona. Y no un santo, aunque en el Cielo está. Te lo puedo jurar porque estoy seguro… Te lo describo como si lo viera: de nariz aguileña y rostro enjuto, barba canosa y pelo blanco, algo desdentado en honor a la verdad, pero de continente noble y facciones regulares.

»—Soy el manco inmortal —me dijo en cuanto reparó en que le había visto—; no temas. He venido para augurarte grandes éxitos, nobles hazañas que sólo para ti han sido guardadas desde los siglos de los siglos. A mi imagen y semejanza habrás de renovar la novela demostrando a todos tu valor.

»—¿Cómo ha de ser eso? —le pregunté, ya que no podía dar crédito a lo que veía y me frotaba los ojos para librarlos del sueño—. ¿De qué manera podré hacerlo? Vos sabéis que, en puridad, nunca he podido terminar nada. ¿No podríais vos, ya que os habéis dignado apareceros, darme el pie?

»—Así ha de ser —me contestó—. Desde ahora quedas bajo mi protección. Yo viviré en ti, triunfaré en ti y con mi aliento te daré vida y ser. Dios todopoderoso me concede una vez por siglo un don. Puedo reencarnarme parcialmente… En el siglo pasado le tocó a Galdós. En éste has sido tú, Matías Daviu. Dime, ¿no estás contento? Con mi ayuda llegarás a ser el number one del ranking.

»—Cepos quedos —le contesté yo—, señor don Miguel. Eso me huele a trampa saducea. Deberé pediros alguna prueba de que en realidad sois vos, porque ¿cómo siendo el paradigma de la lengua patria osáis hablar en inglés?

»Porque tú, Clemencia, no puedes percatarte de lo que esto significa. Es como si el Papa os otorgara indulgencia plenaria a todas vosotras cada vez que ejercéis vuestra profesión. Un desafuero.

»—Los tiempos han cambiado, muchacho, tanto que hasta allá arriba llegan las salpicaduras de la bajiparla de la siempre pérfida Albión, aunque, a decir verdad, en mi caso la culpa es de Shakespeare, mi vecino de cuarto. No sólo me gana todas las tardes la partida de dominó, sino que además me contamina con sus anglicismos. En fin, créeme que lo siento. Me enmendaré.

»Y mientras decía esto, como si se hubiera sentido avergonzado por tamaña metedura de pata, desapareció de repente sin despedirse ni darme el pie que me había prometido… Y eso ocurrió hace dos noches, Clemencia mía, pero aun así yo lo tengo por un aviso, un augurio estupendo de que, en efecto, me va a cambiar el porvenir. Pronto me llegarán otras pruebas, estoy seguro. Mientras, ya ves, he empezado a escribir. Y, dime, ¿no te parece un proyecto extraordinario? Si Cervantes está conmigo, no hay Planeta que se me resista…

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