Queridos niños
Segunda semana
I had rather servant in my way
than sway with them in theirs
WILLIAM SHAKESPEARE,
Coriolanus [14] , acto II, escena I
1. Ávila
A alguien se le había ocurrido la feliz idea de programar un acto de mediodía en ese domingo que deberíamos haber utilizado para descansar. En un principio tú no debías asistir, pero el pavor a nuestra situación en las encuestas hizo que Candi te presionara. La obligación de un candidato la víspera del debate es plancharse la cara, respirar, que sus gestos no delaten el desvelo. Pero tú no pudiste disfrutar de ello.
En el autobús aprovechamos para preparar respuestas a los ataques más previsibles de tus rivales en el debate televisado de la noche siguiente. La mayoría ya habían enseñado las cartas durante la semana y sus intenciones eran bien amenazantes. Negarte todo lo que querías ser. Nos pesaba el lastre de representar al partido manchado por innumerables casos de corrupción, cuyo anterior presidente se había visto obligado a dimitir. Cuando nos alanceaban por ese costado teníamos la respuesta ensayada para que olieras a lavadora recién abierta.
—Yo precisamente estoy aquí porque no tengo nada que ver con las cosas que se hicieron mal, soy nueva, soy independiente, yo soy la regeneración.
Te beneficiaba haberte enfrentado al vicepresidente Mario Nieto en las primarias del partido y tu gestión decente en el cargo de ministra. Carlota se fingía contenta, al menos tenía un motivo. Había comprado todos los periódicos de buena mañana y entre la literatura dominguera el trabajo del Tano Allegri ya asomaba con su fortaleza habitual. No parecía haberle costado demasiado pinchar el globo del escándalo sobre tu alquiler ilegal. El profesor Julián Calderón aparecía despedazado en los reportajes de La Mano Amiga y Pis&Caca. Ya no se trataba de un inocente inquilino sorprendido de que su casera tramposa quisiera presentarse como candidata a presidenta. Resultaba que su pareja había militado seis años en el partido de la Cachorra y él se había beneficiado de un puesto fijo en la universidad que orbitaba alrededor de Los Lobos y sus afines. Todo ello le convertía en pieza necesaria de una trama interesada contra ti.
A mis queridos niños nada les desanima más que detectar tras un ataque los intereses espurios. Quieren ejecuciones limpias, guillotinas centelleantes de justicia irrefutable. En varios medios habían tratado de recabar la opinión de la líder rival, pero se sacudía la responsabilidad. No conozco a esa persona, declaraba la Cachorra. Era imposible que ella, que había conocido todos los eslabones del partido hasta alcanzar el liderazgo en un ejemplo de perseverancia, ignorara una sola pieza que naciera de ese entorno. Tampoco salía bien parado del escrutinio personal tu acusador. El tal Julián Calderón había sufrido un expediente disciplinario en su universidad por opinar del escote de una alumna en mitad de clase. Su escote es invasivo, le había soltado a una alumna de las primeras filas en un día infausto para él. Aunque la polémica quedó archivada por la jefatura universitaria, también resultaban oportunísimas las declaraciones de dos estudiantes anónimas que lo acusaban de haber intentado propasarse con ellas a cambio de subirles la nota y de un comportamiento de depredador de campus. Testimonios no acreditados, pero que ensuciaban su presencia mediática. Si las cosas no se calmaban, es muy posible que perdiera el puesto de trabajo antes del martes. A partir de ese momento tu antiguo inquilino no volvió a pisar el charco. Regresó a su guarida y maldijo el día en que quiso para sí los cinco minutos de protagonismo.
El rastro de esta demolición llevaba la firma reconocible del Tano Allegri. Una de sus estrategias principales solía limitarse a atacar al atacante. Con su fuerte acento argentino solía repetir eso de que en el fútbol, como todo el mundo sabe, donde mejor te defiendes es en campo contrario. En apenas veinticuatro horas desde mi encargo había armado la causa, se había desplazado a los contornos del profesor Julián Calderón y el tipo había recibido un claro mensaje práctico. Mejor ocúpate de tus asuntos o nosotros nos ocuparemos de despedazarte. Carlota me sonrió desde el pasillo del autobús.
—Creo que no vamos a tenernos que preocupar demasiado de este asunto en el futuro.
—No, creo que no.
Luego tú, en un pequeño aparte, me pediste que te dijera la verdad.
—¿Todo esto que cuentan de las alumnas acosadas es verdad o lo ha inventado tu amigo?
—No lo sé, Amelia, yo solo le pedí que se esforzara por sacarnos del atolladero.
—Ya, pero no quiero que nadie trabaje para mí con malas artes.
—¿Malas artes? Yo lo llamaría el derecho de réplica, ¿no te parece? Si te atacan, atacas.
Como hacía frío y el pinar elegido para el acto de campaña os confería un aire de pícnic, pusieron de forillo un coro de militantes y cargos entre banderas que el viento agitaba con toda la gracia de la que carecían sus caras. Era ya un estilo impuesto. Detrás del líder, unas filas de acólitos que asienten con la cabeza y murmuran ¡sí! y ¡exacto! como si estuvieran pensando en lo que dices y no en cómo van a salir en los noticiarios. Te escuché quejarte a Cuca de que la ropa elegida te marcaba las caderas de forma desmesurada. Probó a anudarte a la cintura un jersey y parecías una estudiante insegura. Al final elegiste ponerte un poncho que te cubría hasta casi la rodilla y te daba un aire ridículo. Cualquiera hubiera dicho que ibas a interpretar el repertorio de una cantante oronda paraguaya acompañada con un guitarrón. Peleaste duro por cerrar el capítulo del alquiler.
—Han intentado inventarme una trama con un piso alquilado hace mil años y ahora resulta que se vuelve contra ellos. Quien me acusa tiene demasiado que ocultar.
Ya empezabas a mostrarte algo más felina. Nunca me diste las gracias por recurrir a alguien resolutivo como el Tano Allegri. De nada.
Arroba, en cambio, seguía empeñado en que nuestros mensajes no llegaban. Él usaba la expresión romper. Teníamos que romper. De hecho sostenía que cometer un error, un gazapo, en ocasiones podía permitir que hablaran de ti, que saliéramos de la rutina. Se contabilizaban las horas de presencia mediática, más que el sentido de esa presencia. Por eso habíamos ensayado una tontada, para ver si desde Ávila llegábamos a nuestros queridos niños con potencia.
Era un reto muy sencillo. Habíamos escrito una frase simple.
—Mis rivales me miran como a una extraña, porque no pertenezco a su gremio de políticos profesionales, me ven como una profesora que se interpone en su ruta.
Pero al llegar ese momento tenías que simular un tropezón dialéctico y, en lugar de ruta, decir puta. Puta, la palabra prohibida.
Ya viste el resultado. Habría que reconocerle al insustancial de Arroba que tenía toda la razón. Tú misma, cuando cometiste el error forzado, te quedaste callada un segundo eterno y seguiste adelante. El desliz apareció en todas partes, se hicieron bromas y se repetía en bucle. Puta, puta, puta, nada gusta más a mis queridos niños que las palabrotas en bocas inesperadas. Lo celebran como escolares en clase.
Según los cálculos de Arroba habíamos robado presencia al discurso de los rivales. Y lo más importante de todo, seis horas después del gazapo ya solo eras desconocida para un 8 % de los votantes.
Yo sugerí que comiéramos en Ávila, conocía el mejor asador de la provincia, Las Lanzas, pero tú querías descansar en Madrid con tu momio. Así que te subiste al autobús tras el pícnic sin sustancia. Tania me dijo que ella sí se dejaba invitar a comer, la glotonería es una patria. Carlota nos organizó un coche para que nos recogiera al terminar. Luego una de las mentes brillantes del poder local nos hizo la reserva en el sitio adecuado y allá que nos íbamos como una parejita en barbecho cuando se nos unió Arroba.
—Bueno, venga, me habéis convencido, voy con vosotros.
Le habría clavado sus propias gafas de pasta en el gañote. No sé lo que habría ocurrido si Tania y yo hubiéramos podido estar a solas en esa comilona bestial que nos metimos. Por desgracia, Arroba tenía muchos asuntos que repasar con nosotros. Envidiaba la destreza del departamento de prensa del Santo para dar todos los días con soluciones epidérmicas que triunfaban en los medios. Su candidatura no despegaba en votos, pero su popularidad era evidente. El tal Juan Veloz era un mago de la nueva comunicación tan solo por los vídeos que ponía a circular a favor de su jefe. En el último aparecía vestido de jardinero con unas enormes tijeras de podar y presentaba todos los lugares donde podía reducirse el gasto nacional sin afectar a los servicios sociales, era una especie de Barrio Sésamo político que funcionó muchísimo. También volvimos a comentar el desastre de tu vestuario, Arroba estaba de acuerdo en que el poncho lindaba con la ofensa a los sentimientos latinoamericanos.
—Es horrible, tenemos que hacer algo con la ropa de Amelia…
Consideraba a Cuca, y en eso estaba de acuerdo conmigo, una carrinclona insufrible que sumaba a tu aire ya de por sí monjil y mustio un gusto por la ropa aburrida y sin riesgo. A Cuca la habías heredado de la casa madre, al parecer ya vestía al presidente en sus actos más comprometidos, pero un hombre en política es fácil, especialmente si es conservador. Chaqueta, corbata, camisa, chaqueta, corbata, camisa, así hasta que vomitas regoldando azules, pistachos y blancos.
—Una mujer —decía Arroba—, una mujer tiene que explotar su aspecto. La paleta de colores que puede usar le da ventaja por encima de los hombres.
Tania estaba de acuerdo y mi desmedido afán por follármela me obligó a mostrar interés por el asunto.
—La verdad —dije— es que Amelia viste como una croqueta rancia de barra de bar.
Nos instalaron en el mismo reservado en el que años atrás dos oscuros diputados decidieron una presidencia autonómica con su desaparición el día de las votaciones. Lo sabía por el jefe de sala, cercano y afable, muy aficionado a las confidencias. Aquella conjura vino acompañada de un intercambio de dinero nunca del todo aclarado, pero certero y eficaz. Fue en los años en que vivía en Estados Unidos y mi país entraba en la era del saqueo que yo observé en la distancia. Se privatizaron todas las grandes empresas nacionales y se nombraban presidentes inéditos, gestores con conocimientos mínimos, compañeros de pupitre, colegas de infancia, parejas de tenis, hasta el urólogo de un presidente podía ser puesto al frente de la firma mayor hidroeléctrica si al responsable le salía de la polla. Repartirse el tesoro y la dirigencia desde los mejores asientos en consejos y sillones en las juntas alimenticias pasó a ser la caza mayor del reino.
En los ratitos en que Arroba nos dejaba en paz para consultar sus éxitos mediáticos, Tania y yo nos mirábamos con intensidad. ¿Cómo transmitirle a una mujer todas las ideas malsonantes que se acumulaban en mi cabeza? Desde joven fui muy tímido con ellas, no creas. Mi cara surcada de marcas de granos te haría imaginar, y con razón, una adolescencia acneica de apartamiento y complejos. Había aprendido, a hostias, que lo más eficaz para seducir a una mujer era escucharla como si te fuera la vida en ello. Durante la comida, le presté toda la atención a Tania, incluso cuando volvió a repetir sus recuerdos venezolanos y lo mucho que echaba de menos a sus papás. Puse de inmediato dos de mis secretos de seducción en marcha. Uno consistía en tocarle el antebrazo en algún momento de la conversación. El otro en criticar alguna de sus prendas de ropa.
—Esos pantalones no te van bien, ayer en cambio ibas preciosa con la falda que llevaste a la tele.
—Vaya, ¿también vas a criticar mi ropa?
—Es que te favorece mucho cuando aciertas. En Jaén, por ejemplo, la blusa que llevabas te realzaba el color de ojos.
—¿Tú crees? ¡Qué observador eres!
Luego cambiamos de asunto. Hablamos de cómo las telenovelas habían transformado la televisión. Pasaron de ser un género denostado a reconducir el modo en que se organizaban los concursos de realidad, los maquillajes de las locutoras y el desarrollo narrativo de cualquier noticia. El mundo se había culebronizado. Incluso la política. Ella se sorprendió de que conociera algunos de los éxitos de la producción venezolana en su época dorada.
—Yo entonces iba a la universidad y estaba mal visto ver telenovelas, pero eran muy populares, me encantaban.
—¿Qué bueno? ¿Cuál era tu favorita?
—¿Venezolana? No sé… Cristal y La sabiduría de la sangre.
—Ya me dijeron que aquí eran muy exitosas. Mi hermano Gonzalo escribió para La sabiduría de la sangre, pero lo dejó porque quería dedicarse a algo más serio como escritor.
—Claro, como era algo vergonzante, nadie confesaba que le gustaban. Pero cuando los norteamericanos transformaron el mismo formato en algo más prestigioso, ya vino el triunfo de las series.
—Sí, ahora todo el mundo ve series.
—Porque ahora quedas bien cuando lo dices. Se refinó el petróleo y ahora es gasolina.
—Se acabó la maldición.
—Exacto. ¿Sabes que fui crítico de televisión durante años? En la radio.
—¿Qué me dices? No sabía.
—El Rey Catódico.
Tania no estaba familiarizada con el nombre, pero Arroba saltó en su silla.
—¿Tú eras El Rey Catódico? Me encantaba oírlo de pequeño.
Tania, al escucharlo, posó su mirada sobre mí con refrescado interés. A lo mejor yo era alguien interesante y no solo un gordo salido y rijoso. Imité el tono de voz con el que interpretaba a El Rey Catódico, con la gangosidad de los Panero y un deje de pijo altivo, y Arroba recuperó al niño que fue cuando me escuchaba. Era igual de feo y molesto que el adulto. Yo volví a volcar mi atención en Tania. Resultaba que su hermano había muerto en los Estados Unidos por complicaciones del sida. Era diez años mayor que ella, y esa tragedia parecía anidar en su memoria. Le confesé que yo también había perdido a un hermano, herida que no se borra. Me miró entonces con un crudo encantamiento. Ay, qué cerca está siempre el dolor del placer.
—Mi hermano fue mi mejor amigo, quizá el único auténtico que tuve nunca, mi cómplice en los años más duros de colegio.
Tania también había sostenido una intensa relación con su hermano perdido, fue para ella como un segundo padre, antes de que se involucrara en el mundo loco de la farándula, como describió ella su carrera en las telenovelas y su posterior fracaso como escritor serio.