Quiéreme siempre

Nuria Gago · Capítulo 6 de 39

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Quiéreme siempre

Capítulo 2

2

 

—¿Mamá?

—Es que no lo entiendo.

—¿El qué no entiendes?

—Nada nada, haz lo que quieras.

No le iba a explicar que era evidente que no estaba haciendo lo que quería, estaba haciendo lo que podía. Me miraba fijamente, apenas se movía, a veces pensaba que era Skype, que se había colgado, pero no, era ella, que no tenía nada que decir ni que hacer.

—Llego mañana.

—¿Y dónde te vas a meter?

—¿Puedo dormir en casa hasta que encuentre algo?

—Sí sí....

Pero su cara decía NO. Decidí obviar su cara, no tenía fuerzas.

En cuanto encontrara una habitación me iría.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a buscar trabajo? ¿O te piensas volver a París?

—No lo sé.

—«No lo sé»...

—Sí, mamá, no lo sé. Tranquila, que no me quedaré mucho.

—No no, si a mí no me molestas.

Creo que se dio cuenta de que su cara la había delatado. De repente le cambió la expresión. Una idea cruzó por sus ojos. Sonrió levemente. No pregunté.

—Pues nada, te esperamos aquí, ya avisarás de a qué hora llegas, más o menos.

—Mi vuelo llega a las seis de la tarde. Entre que cojo el tren y todo, pues sobre las siete y media.

—Muy bien, hasta mañana.

—Adiós.

Agathe me acercó una copa de vino.

—Menos mal que me voy de tu casa, voy a acabar alcohólica.

—Española exagerada.

Cenamos en su casa, bebimos y hablamos. Me contó que Paul le había pedido que me preguntara que qué opinaba yo de que fuéramos hablando de vez en cuando, o si prefería no saber nada de él.

Me dio ternura. Y a la vez pensé: «¿Por qué no me escribe a mí y me lo pregunta directamente?». Pero ya he dicho antes que Paul no se muestra con tanta facilidad. Le mandé un wasap: «Puedes escribirme cuando quieras. Me vuelvo a Barcelona. Un beso, Paul». Me llamó. Se disculpó y lloró por teléfono: «Lo he jodido todo». Le dije que sí, que lo había jodido todo. Le dije que tenía que colgar. Me preguntó que cuándo me iba. Mañana.

—Merde...

—Hasta pronto, Paul.

—À bientôt.

—À bientôt.

Dormí mejor de lo que cabía esperar. Agathe y yo nos acurrucamos como dos nutrias marinas, ella se había pedido fiesta al día siguiente para acompañarme al aeropuerto y pasar el día conmigo.

Cuando salíamos de su casa, cargadas con mis maletas, empezó a diluviar. París a veces llora como si fuera una adolescente desconsolada, como si le acabaran de prohibir salir esa noche, como si estuviera injustamente castigada, con un ímpetu que parece imparable pero que a los diez minutos afloja porque sus padres no le hacen ni caso y no le van a levantar el castigo. París hacía eso, berreaba, pero todos allí estaban acostumbrados a sus berrinches, sacaban sus paraguas y seguían con sus vidas. Y ella, decepcionada, paraba. Como si no hubiera pasado nada.

Llegamos al RER empapadas, le pedí a Agathe que se quedara en la estación, que no hacía falta que fuera hasta el aeropuerto. Se negó. Y cuando en el aeropuerto nos abrazábamos sospechando que ese abrazo podía ser el último en mucho tiempo, me dio un sobre. «Léelo en el avión, no lo hagas antes.» Le di mi palabra.

Cuando estuve sentada en mi butaca y me hube abrochado el cinturón, lo saqué de mi bolso. Dentro estaba la polaroid del otro día. Del revés, y un pequeño papel escrito a mano: «Cuando le eches de menos, mira esta fotografía, mira tus ojos tristes y repítete a ti misma que tú no te mereces eso. Nunca vi tan poca luz en tu mirada. Je t’aime, Lu, et tu vas me manquer. Vuelve pronto, s’il te plaît».

Miré por la ventanilla, París volvía a llorar. Yo me contuve, no íbamos a montar un drama las dos.

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