Relojes de hueso

David Mitchell · Capítulo 23 de 31

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Relojes de hueso

El laberinto de un horologista, 2025

EL LABERINTO DE UN HOROLOGISTA

 

2025

1 DE ABRIL

 

Mi vieja casa, iluminada desde atrás por el resplandor viscoso de Toronto, parece embrujada esta noche. Las estrellas son como luciérnagas metidas en las jaulas de las ramitas entrelazadas. «Apaga los faros, apaga la radio», le digo al coche, y From Me Flows What You Call Time de Toru Takemitsu se detiene a media frase. Las 23.11, marca el reloj del coche. Estoy demasiado abatido para moverme. ¿Somos mutantes? ¿Hemos evolucionado de esta manera? ¿O es que nos han diseñado? Y si es así, ¿quién? ¿Por qué llegó el diseñador hasta tales extremos de prolijidad para después hacer mutis por el foro y dejarnos con la incógnita de por qué existimos? ¿Para entretenerse? ¿Por perversidad? ¿Para burlarse de nosotros? ¿Para juzgarnos? «¿Con qué fin?», le pregunto al automóvil, a la noche, a Canadá. Tengo los huesos, el cuerpo y el alma consumidos. Esta mañana me levanté antes de las cinco para coger el vuelo de las 6.55 a Vancouver, y cuando llegué al Hospital Psiquiátrico Coupland Heights no me encontré con un paciente con delirio mesiánico y premoniciones agudas, sino con un montón de periodistas acechando la entrada principal. En el interior, el doctor Adnan Buyoya, ex estudiante y amigo, estaba viviendo el peor día de su vida profesional. Me senté en una reunión con la esposa de Óscar Gómez, su hermano, su abogado y un trío de directivos. El representante de la seguridad privada del hospital «no había tenido más remedio que ausentarse», aunque su abogado estaba tomando notas. La cara de la señora Gómez era un poema lleno de surcos de lágrimas. Oscilaba entre la tristeza y la furia.

—¡Hay cámaras de televisión a la puerta de nuestra casa! Los niños han visto a su padre en YouTube, pero no saben si es que hace milagros, o es que es un delincuente o un lunático o… o… No nos atrevemos a encender la televisión o meternos en internet, pero tampoco podemos evitarlo. ¿Dónde está? Este es un centro seguro, o eso dice en los carteles. ¿Cómo puede ser que Óscar se haya esfumado sin más?

Adnan Buyoya es un joven psiquiatra lleno de talento, pero lo único que podía decir es que aún no sabía cómo se había escapado el señor Gómez de una habitación cerrada, sin que el personal del hospital lo viera ni lo grabase el circuito cerrado de vigilancia, que debía de haber sufrido algún fallo. El enfermero que estaba de guardia la noche anterior le comentó a Adnan que el señor Gómez había afirmado que san Marcos iba a bajar por la escalera de Jacob durante la noche para conducirlo al cielo, a discutir la construcción del reino de Dios en la tierra… pero, claro, el enfermero no se había tomado muy en serio la advertencia en el momento. El gerente del hospital le aseguró a la señora Gómez que la prioridad absoluta era localizar a su marido, y le prometió una investigación exhaustiva respecto al fallo en la seguridad. Adnan observó que después de setecientas cincuenta mil visitas en YouTube —posiblemente ya fueran millones— solo era cuestión de tiempo que se identificara al «vidente de la calle Washington». Yo no dije nada hasta que se me invitó a prever cuál podría ser el siguiente movimiento del señor Gómez, momento en que hice notar que la mayoría de los que sufren de delirio mesiánico mueren jóvenes, pero que, debido a la falta de historia clínica del señor Gómez, no tenía datos que dieran base a una suposición.

—La hostia —susurró el hermano de la señora Gómez—; otro especialista que no puede darnos ni una puta información.

En realidad, podría haberle proporcionado al hermano de la señora Gómez un montón de putas informaciones, pero algunas verdades son inadmisibles entre los cuerdos. En cualquier caso, la señora Gómez no se habría creído que se ha quedado viuda, y que sus hijos morirán con la incógnita de qué le ocurrió a su padre el 1 de abril de 2025. Tras la reunión, lo único que pude hacer fue interrumpir las disculpas de Adnan por hacerme recorrer tres husos horarios para encontrarme con un paciente que se había escapado unas horas antes de mi llegada. Le deseé buena suerte a mi ex alumno y colega y dejé el hospital Coupland por la cocina. Me llevó un rato localizar mi coche alquilado en el vasto y lluvioso aparcamiento. Cuando lo conseguí, mi día dio un giro aún más inesperado, y no para mejor.

Una lechuza ulula. Muévete. No puedes quedarte toda la noche aquí sentada.

 

Sobre la mesa de la cocina me espera un paquete del tamaño de una caja de zapatos que me ha reenviado Sadaqat, pero no he comido en todo el día, así que lo dejo a un lado y meto en el microondas un plato de berenjenas rellenas preparadas por la señora Tavistock, la asistenta que viene una vez a la semana. Lo pongo al máximo de temperatura. La nieve se ha derretido por completo pero aún no da sensación de primavera. Remojo la cena con un vaso de rioja y leo un artículo en la Revista psiquiátrica de Corea. Solo entonces recuerdo el paquete. El remitente es un tal Åge Næss-Ødegård, de una escuela para sordos en Trondheim, Noruega, país que no he visitado desde que fui Klara Koskov. Llevo el paquete al despacho para pasarle un detector manual de explosivos. La luz LED sigue verde, así que quito las dos capas exteriores de papel de estraza. Dentro hay una caja de cartón resistente que contiene una crisálida de plástico de burbujas que a su vez envuelve una segunda caja de caoba. Levanto la tapa unida con bisagras y me encuentro una bolsita hermética que contiene un walkman Sony de esos achaparrados de los ochenta. Lleva conectados unos auriculares de metal, plástico y espuma. Dentro del walkman hay una cinta BASF C30, marca cuya existencia misma había olvidado. Tras pasarle el detector de explosivos al walkman leo la carta de tres páginas que también venía guardada en la caja de caoba:

Øvre Fjellberg Skole for Døve

Gransveien 13,

7032 TRONDHEIM

Norge / Noruega

15 de marzo de 2025

Querido «Marinus»:

Para empezar, le ruego que me perdone. No sé si «Marinus» es señor, señora o

doctor, su apellido o su nombre de pila. Perdone también mi pobre inglés. Me

llamo Åge Næss-Ødegård. Quizá la señora Esther Little le haya dicho mi nombre,

pero en esta carta presupondré que no. Soy un noruego de setenta y cuatro años

que vive en Trondheim, ciudad de mi Noruega natal. Por si no sabe por qué un

desconocido le envía un viejo reproductor de sonido, aquí va la historia al

completo.

Mi padre fundó la escuela Øvre Fjellberg en 1932, porque su hermano Martin

nació sordo, y en aquella época la actitud al respecto era primitiva. Yo nací en

1950 y me comunicaba con fluidez en el lenguaje de signos (noruego, por

supuesto) antes de cumplir los diez años. Mi madre llevaba la oficina de la escuela

Øvre Fjellberg y mi tío Martin era el encargado de mantenimiento, así que, como

ya se imaginará, la escuela y sus alumnos eran la vida de la familia. Me licencié en

educación por la Universidad de Oslo en 1975, y volví a Trondheim para enseñar

en la Øvre Fjellberg. Creé un departamento de música y teatro, porque también

siento pasión por el violín. Mucha gente no-sorda no se imagina que los sordos

también pueden gozar de la música de varias maneras, así que era costumbre que la

escuela colaborase con la orquesta local de aficionados para ofrecer un concierto

de primavera a un público tanto de sordos como de no-sordos. Se usan signos,

danza, material adicional, imágenes, etcétera. En 1984, cuando tuvo lugar la

historia que nos ocupa, elegí «El cisne de Tuonela» de Jean Sibelius para nuestra

actuación anual. Es muy hermoso. Quizá lo conoce usted.

Bueno, pues en 1984 apareció una nube negra en nuestro paisaje (¿se dice eso

en inglés?). Concretamente, lo que ocurrió fue que la situación financiera de

nuestra escuela pasó por un momento crítico. Øvre Fjellberg es una fundación

benéfica, pero necesitábamos una gran subvención de Oslo para pagar los salarios

y esas cosas. No voy a aburrirlo con política antigua, pero el gobierno nacional de

esa época suprimió la subvención para obligar a nuestros estudiantes a asistir a otra

escuela que estaba a dos horas en coche. Nos opusimos a la decisión, pero sin

independencia financiera ni poder político, el destino de nuestra preciada escuela

era cerrar tras medio siglo de excelente trabajo. Era una tragedia para nuestra

familia.

Sin embargo, un día de junio de 1984 recibí una visita en mi despacho. Era una

señora en la cincuentena, quizá. Tenía el pelo corto y gris, un rostro lleno de

historias y llevaba ropa masculina. En un noruego de extranjera, se disculpó por

molestarme y me preguntó si podíamos hablar en inglés. Le dije que sí. Dijo que se

llamaba Esther Little. Esther Little había asistido recientemente al concierto de

nuestros alumnos y había quedado encantada. También había oído hablar de la

mala situación económica de la escuela, y deseaba ayudar, si era posible. Le dije:

«Si tiene usted una varita mágica, por favor, la escucho». Esther Little puso una

caja de madera sobre mi mesa. Es la caja de caoba que le envío a usted. Dentro

había un radiocasete y una cinta. Entonces Esther Little explicó el trato. Si

guardaba unos años esos objetos, y luego los enviaba por correo a su amigo

«Marinus» a una dirección de Nueva York, le diría a sus abogados de Oslo que

efectuasen una gran donación para nuestra escuela.

¿Estaba yo de acuerdo? Esther Little me leyó el pensamiento. Dijo: «No, no

soy narcotraficante, ni terrorista ni espía. Soy una filántropa excéntrica de la

Australia Occidental. La cinta es un mensaje para un amigo, Marinus, que

necesitará oírlo cuando llegue el momento adecuado». Mientras escribo hoy esta

carta, no sé por qué la creí, pero a veces se conoce a gente a quien se cree. Es un

instinto. Yo creí a Esther Little. Sus abogados de Oslo eran un bufete conservador

de lo más respetable, a lo mejor eso influyó en mi decisión. Le pregunté por qué no

les pagaba a sus abogados de Oslo para mandar el paquete a Nueva York en una

fecha determinada del futuro. Esther Little contestó: «Los abogados van y vienen.

Aun los más discretos son visibles, y todos ellos trabajan por dinero. Pero usted es

un hombre honesto en un rincón tranquilo del mundo y que vivirá muchos años».

Para terminar, escribió la donación que ofrecía. Estoy seguro de que me quedé

blanco como un fantasma cuando vi la cifra en el papel. Nuestra escuela quedaría a

salvo durante al menos cinco años. Esther Little dijo: «Dígale a su junta

administrativa que la donación fue obra de un rico donante anónimo que cree en el

trabajo de la escuela Øvre Fjellberg. Es la verdad». Lo que yo entendí fue que la

caja y nuestro trato debían ser un pequeño secreto.

Nos dimos la mano. Como es natural, mi última pregunta fue: «¿Cuándo le

envío la caja a “Marinus” a Manhattan?». Esther Little sacó de una caja una

estatuilla de porcelana de Sibelius, la colocó en un estante alto y dijo que el día en

que Sibelius se rompiera en pedazos sería el día en que debía enviar la caja. Pensé

que no había entendido su inglés, así que la interrogué minuciosamente sobre su

petición. Si la estatua se rompía a la semana siguiente, debía enviar la caja a la

semana siguiente. Si se rompía en el año 2000, debía mandar la caja en el año

2000. Si me moría antes de que la estatua se rompiera, entonces nunca mandaría la

caja. Sí, ese era el trato, me confirmó Esther Little. «Ya le he dicho que soy una

excéntrica», dijo. Nos despedimos, y, para ser sinceros, cuando se marchó me

pregunté si lo habría soñado todo. Pero al día siguiente llamó un abogado de Oslo

para pedirnos el número de cuenta, y se nos transfirió hasta la última corona que

nos había prometido Esther Little. Øvre Fjellberg estaba a salvo. Tres o cuatro años

después, las ideas del gobierno cambiaron mucho y se realizó una gran inversión

en nuestra escuela, pero, sin duda, la señora Little nos rescató en el peor momento.

En 2004 me convertí en director; hace unos años que me jubilé, pero aún soy

miembro de la junta de administración, y aún hoy en día uso mi antigua oficina

como estudio. Durante todos estos años Jean Sibelius vigilaba la oficina, como un

hombre que conoce el secreto.

Creo que puede adivinar el final. Ayer fue el primer día templado de primavera.

Como la mayoría de los noruegos, abrí la ventana para dejar entrar aire fresco en el

despacho. Había alumnos jugando en la pista de tenis debajo de la ventana. Me fui

del despacho para hacerme el café matinal. Oí un ruido. Cuando volví, Jean

Sibelius estaba en el suelo. El pecho y la cabeza estaban rotos en muchos pedazos

pequeños. Había una pelota de tenis por allí. Había una probabilidad de diez mil

contra una, pero llegó el momento. Así que le mando la caja, como prometí, con

esta extraña historia. Espero que el mensaje de la cinta se oiga claro después de

cuarenta años, aunque nunca llegué a escucharlo. Si la señora Little sigue aún en

este mundo (si es así, seguro que tiene más de cien años), dele las gracias y

salúdela de parte de un hombre honesto en un rincón tranquilo del mundo que ha

vivido, en efecto, mucho tiempo.

Sinceramente,

ÅGE NÆSS-ØDEGÅRD

El corazón me va a toda prisa, y no veo la línea de llegada. ¿Una trampa? Cojo mi pizarra y shirabúo «Øvre Fjellberg Skole for Døve»; ahí está. ¿Será una página de internet falsa? Podría ser, pero la estatuilla de Sibelius y el remanso noruego son completamente típicos de Esther Little. Si dejó esta marca en junio de 1984, fue como reacción a alguna visión del Guión. Si la Primera Misión estaba escrita en el Guión, entonces quizá, solo quizá, no fuera la derrota demoledora que llevamos cuarenta y un años creyendo que fue. Pero ¿cómo podrían ser las muertes de Xi Lo, Holokai y Esther Little parte de un plan mayor? Por suerte, tengo algunas pilas AA en el cajón de la mesa —están prácticamente extinguidas—, así que las meto en el walkman. ¿Funcionarán todavía? Conecto los auriculares, vacilo y aprieto el play. Los cabezales giran. Hay unos cuantos segundos de «encabezamiento» silencioso, luego un siseo magnético, y por último un ruido sordo cuando empieza la grabación. Oigo una moto a lo lejos, y una voz familiar cuyo timbre ronco me corta el aliento; mi corazón se llena de dolor por una amiga a quien perdí hace tiempo.

«Marinus, soy Esther, el… 7 de junio de 1984. Antes de que nos reunamos todos en Gravesend, he hecho una escapadita a Trondheim. Una ciudad bonita. Sin mucha actividad. Muy blanca: un conductor de taxi me preguntó de qué parte de África era.» Oigo su suave risa cacareante mientras se enciende un cigarrillo. «Mira, Marinus, he tenido visiones del Guión acerca de la Primera Misión. Parciales y vagas, por supuesto, pero veo fuego… vuelos… y muerte. Muerte en el Crepúsculo y muerte en una habitación soleada. Si el Guión es exacto, sobreviviré, en cierto modo, pero necesitaré una madriguera. Necesitaré asilo. Tiene que estar oculto e incomunicado, para que cuando vengan a buscarme los anacoretas, como seguro que hace Constantin, no lo vean. Eso quiere decir que necesitaré que me saques de nuevo. Tendré que mandarte la llave.» Oigo un ruido de vidrio arrastrado, y supongo que Esther ha movido un cenicero sobre la mesa. «El Guión me mostraba tumbas entre los árboles, y este nombre: “Blithewood”. Encuéntralo y ve allí en cuanto puedas. Te encontrarás con alguien que conoces. Esa persona me ha dado asilo. Hay muchas cerraduras, pero ya te he mandado una señal para decirte en qué cerradura encajará la llave. Encuéntrala, Marinus. Ábrela. Rescátame de entre los muertos.» Oigo el repiqueteo de una carretilla de helados en aquel verano noruego. «El hecho de escuchar esta cinta es un detonante. Un enemigo te hará una proposición muy pronto. Oculta la señal. Oculta la caja. Ya lo tienes cerca. El Guión no dice si puedes confiar en él o no. Su propuesta traerá la semilla de la Segunda Misión. Las cosas irán rápido a partir de ahora. En siete días terminará la Guerra, sea cual sea el resultado. Si todo va bien, nos encontraremos antes de entonces. Hasta entonces, entonces.» Clonc.

La grabación termina, la cinta sisea, le doy al botón de stop. Me asaltan a golpes las suposiciones, las semisuposiciones y las preguntas. Mis amigos y yo siempre hemos creído que el alma de Esther sucumbió a sus heridas tras matar a Joseph Rhîmes y borrarle la memoria a Holly Sykes. ¿Cómo explicar si no la falta de contacto con Esther desde 1984? Sin embargo, esta cinta apunta una dramática alternativa. La de que después de la Primera Misión, el alma de Esther se desmadejó hasta un punto crítico, pero que no resultó fatal. Entonces buscó asilo en lo más profundo de un huésped sin que este lo supiera y quedó oculta, de modo que ningún cazador de la Senda Sombría conducido por el Contraguión pudiera encontrarla y matarla. Y al enviarme por adelantado la llave y las señales, espera que pueda localizar y liberar del asilo su alma remadejada, tras cuarenta y un años. Es una esperanza tan escuálida que podría pasar por anoréxica. El discernimiento se disipa tras pasar unas cuantas horas en el paralaje de los recuerdos ajenos. Tras tantos años de incorporeidad, ¿sabrá el alma de Esther su nombre siquiera?

Contemplo el rostro de Iris Fenby reflejado en la ventana que enmarca el bosque de Kleinburg. Los labios más bien gruesos, la nariz chata, el pelo corto y rizado, apenas plateado por la madurez. El bosque es el remanente de la vieja selva que cubrió Ontario la mayor parte del Holoceno. Los árboles han perdido, más o menos, la guerra contra las subdivisiones, la agrosilvicultura, las autopistas de seis carriles y los campos de golf. ¿Podrá ser que Esther Little siga viva? No sé. No lo sé. Esther controlaba la apertura, así que ¿por qué no buscar asilo en un horologista? Porque era demasiado obvio, quizá. ¿Y qué hay de la última parte del mensaje de Esther? ¿«Un enemigo te hará una proposición muy pronto»? ¿«Ya lo tienes cerca»? Da la medianoche en la casa blindada y a prueba de balas situada en una zona rural y acomodada que hace las veces de retiro al noroeste de Toronto, cuarenta y un años después del día en que Esther pronunció las palabras conservadas en la cinta magnética. Incluso para un horologista visionario, requiere mucha fe pensar que pudiera haber previsto con precisión…

Vibra el dispositivo sobre mi candelabro. Antes de responder, un instinto me hace esconder el paquete de Noruega tras unos libros. El dispositivo no identifica a la persona que llama. Es tarde. ¿Debería responder?

—¿Sí?

—Marinus —dice una voz masculina—. Soy Elijah D’Arnoq.

Me quedo estupefacto, aunque tras la llamada de Hugo Lamb en Vancouver no debería.

—Esto sí que es… una sorpresa.

Silencio sepulcral.

—Imagino que debe de serlo. Yo sentiría lo mismo.

—¿«Imaginar»? ¿«Sentir»? Qué manera de echarse flores.

—Sí. —La voz de D’Arnoq suena pensativa—. A lo mejor sí.

Aún agachado, desenchufo la lámpara de la pared para no ser visible desde el exterior.

—No quisiera parecer maleducado, D’Arnoq, pero ¿podemos pasar a la parte en la que te recreas en lo de Óscar Gómez, para que pueda colgar? Es tarde y, como ya sabrás, he tenido un día muy largo.

Un silencio cenagoso y afligido.

—Quiero dejarlo.

—¿Dejar qué? ¿La llamada? Por mí estupendo. Hasta…

—Que no, Marinus. Quiero pasarme al otro bando.

Busco algún error en la última frase.

D’Arnoq lo repite como un crío malhumorado:

—Quiero pasarme al otro bando.

—Y ahora yo digo «¿De verdad?», y tú dices: «Ni en tus mejores sueños». La última vez que fui al instituto la cosa iba más o menos así.

—No puedo… no puedo soportar otra decantación. Quiero desertar.

El tono del anacoreta, desprovisto del bravuconeo usual, resulta aún más extraño que sus palabras. Pero aún estoy a años luz de tragarme esto.

—Vale, D’Arnoq —digo—, ahora que estás al tanto de las artes de sentir e imaginar, intenta hacer lo siguiente: si tú estuvieras a este lado del dispositivo, ¿cómo corresponderías a tal muestra de arrepentimiento por parte de un alto cargo anacoreta?

—Sería de lo más escéptico. Preguntaría: «¿Por qué ahora?».

—Qué comienzo tan excelente. ¿Por qué ahora?

—No es de ahora. Es una… náusea que ha ido creciendo durante los últimos veinte años. Pero ya no puedo ignorarlo más. Yo… Mira, este año, Rivas-Godoy, el décimo anacoreta, introdujo a un niño de cinco años de Paraisópolis, una favela de São Paulo. Enzo, se llamaba el niño. Enzo no tenía padre ni amigos, vivía acosado, tenía un ojo-chakra vívido, y Rivas-Godoy se convirtió en su hermano mayor… Una introducción de manual. Yo hice el chequeo de ingreso y Enzo estaba puro, ni rastro de horología. Así que di mi aprobación, y estaba en la capilla para el Acto de Renacimiento cuando Rivas-Godoy subió con el niño…

Ya me he mordido la lengua cinco veces para no interrumpirlo con un comentario venenoso.

—… para que conociera a Papá Noel.

Hay una mueca en la voz de D’Arnoq.

—Varón caucásico. Rondando los sesenta. No-existente.

—Así es. Habíamos elegido a Enzo porque decía que Papá Noel podía ser real. Así que Rivas-Godoy le dijo a Enzo que él lo llevaría a Laponia. Y la Vía Empedrada se convirtió en un atajo para el Polo Norte, la capilla era el comedor de Santa Claus y la vista sobre el Crepúsculo era… Laponia. Enzo nunca había salido de la favela, así que… —Enzo suelta un suspiro entre dientes—. Qué iba a saber. Rivas-Godoy le explicó que yo era el veterinario por si se ponían malos los renos. Enzo contestó: «Uau». Luego Rivas-Godoy le dijo a Enzo: «Ve a ver a Santa Claus, Enzo, está allí en el cuadro. Es un cuadro mágico que habla, ve a saludar». El último minuto de la vida de Enzo fue el más feliz, supongo. Pero después, en el Solsticio del Renacimiento, mientras nos bebíamos el Vino Negro y Rivas-Godoy se reía del tonto del niño brasileño… yo apenas podía vaciar el vaso.

—Pero de algún modo te las apañaste, por supuesto.

—¡Soy un alto cargo anacoreta! ¿Qué otra opción tenía?

—¿Salir de la Apertura y caer por la fosa de las Marianas? Se te quitaría la culpabilidad, contribuirías a la fauna marina, y me librarías a mí de tus lagrimitas de cocodrilo.

El de D’Arnoq es un suspiro quebrado.

—Las decantaciones deben terminar.

—Enzo, el niño de São Paulo, debía de ser una verdadera monada. Deberías saber, por cierto, que no sé hasta qué punto es seguro este dispositivo…

—Soy nuestro hacker jefe, nadie puede oírnos. No ha sido solo Enzo. Ni Óscar Gómez hoy. Son todos. Desde el día en que Pfenninger me habló del Cátaro Ciego, de lo que construyó y de lo que hace, he formado parte del… Mira, si necesitas que use la palabra «mal», la usaré. Me anestesié en contra, por supuesto. Me tragué las mentiras. Digerí todo el rollo de «¿Qué son cuatro al año contra ocho mil millones?». Pero ya estoy harto. De la introducción, del aseo, del asesinato, del animicidio. Harto del mal. La horología tiene razón. Siempre habéis tenido razón.

—¿Y cuando se desvanezca tu atractivo de muchacho, D’Arnoq?

—Entonces volveré a estar vivo de nuevo, no… como ahora.

Algo cruje en el porche.

¿Me estarán tendiendo una trampa? Miro hacia fuera: un mapache.

—¿Has compartido tu nuevo parecer con el señor Pfenninger?

—Si te vas a quedar ahí sentado riéndote de mí, Marinus, soy yo el que va a colgar. La apostasía es un crimen capital en el Códice de la Senda Sombría. Un hecho que deberías tener en cuenta, por cierto: mi única oportunidad de sobrevivir es ayudaros a aniquilar a vuestro enemigo antes de que me maten a mí.