Roy Grace 1 - Una muerte sencilla
Capítulo 5
Con la mano en el bolsillo para que no se notara el bulto, regresó corriendo a la grúa.
Capítulo 5
Michael pulsó el botón de «Hablar».
–¿Davey?
Silencio.
Volvió a pulsar el botón.
–¿Davey? ¿Hola? ¿Davey?
Silencio de blanco satén. Silencio total y absoluto, que bajaba, subía, lo aprisionaba por ambos lados. Intentó mover los brazos, pero por mucho que los extendía, las paredes le devolvían la presión. También intentó estirar las piernas, pero se encontraron con lo mismo, paredes que no cedían. Dejó el walkie-talkie sobre su pecho y empujó hacia arriba la tapa de satén, que tenía a sólo unos centímetros de los ojos. Era como empujar un bloque de hormigón.
Luego, se levantó tanto como pudo, cogió el tubo rojo de goma y miró por el agujero, pero no vio nada. Se lo llevó a los labios e intentó silbar por él; pero el sonido era patético.
Se dejó caer. Tenía un dolor de cabeza atroz y muchísimas ganas de orinar. Pulsó el botón otra vez.
–¡Davey! Davey, tengo que mear. ¡Davey!
Silencio otra vez.
De sus años de navegación, había adquirido mucha experiencia con las radios bidireccionales. «Inténtalo por otro canal», pensó. Encontró el selector de canales, pero no se movía. Pulsó más fuerte, pero tampoco se movió. Entonces vio por qué: lo habían pegado para que no pudiera cambiar de canal, para que no pudiera sintonizar el canal 16, el canal internacional de emergencias.
–¡Eh! Ya basta, cabrones, vamos. ¡Estoy desesperado!
Se pegó el walkie-talkie a la oreja y escuchó.
Nada.
Se colocó la radio en el pecho y, luego, despacio y con gran dificultad, bajó la mano derecha, la metió en el bolsillo de la chaqueta de piel y sacó el resistente móvil sumergible que Ashley le había regalado para cuando saliera a navegar. Le gustaba porque era distinto a los típicos móviles que