Runas
Capítulo 4
Durante los siguientes quince días, Maddy escuchó las enseñanzas del Tuerto con una determinación que no había mostrado jamás hasta ese momento. Nat Parson siempre había dejado claro que tener la sangre sucia era algo tan vergonzoso como ser un lisiado o un bastardo, pero aquí había un hombre que defendía justo lo contrario. Ella tenía habilidades, le había dicho el Bárbaro, habilidades que eran únicas y valiosas. Ella era una alumna capaz y el Tuerto, que había venido al valle como comerciante de medicinas y remedios, y que rara vez se quedaba en ninguna parte más de unos cuantos días, en esta ocasión prolongó la visita hasta casi un mes, mientras la niña absorbía cuentos, mapas, letras, ensalmos, runas y cada trocito de información proporcionado por su nuevo amigo. Fue el comienzo de un largo aprendizaje, uno que acabaría, por cambiar la faz del mundo para siempre.
Ahora, el pueblo de Maddy creía en un universo de Nueve Mundos.
El primero era el Firmamento, la Ciudad del Cielo del Orden Perfecto.
Bajo el mismo se hallaban los Cimientos, o Trasmundo, que conducían a los tres territorios de la Muerte, el Sueño y la Condenación, desde donde se accedía al Pandemónium, el hogar de todo el Caos y todas las cosas profanas.
Y entre ellos, o así se lo habían enseñado a Maddy, se encontraban las Tierras Medias: el Continente, las Tierras Bárbaras y el mar Único, con
Malbry y el valle del Strond en el mismísimo centro, como una diana en el tiro al blanco. De todo esto era fácil concluir que los habitantes de Malbry en realidad no tenían ningún mal concepto de sí mismos.
Sin embargo, ahora Maddy estaba aprendiendo sobre la existencia de un mundo más allá de los confines de este mapa. Un mundo con muchas partes y lleno de contradicciones, un mundo en el que Nat Parson o Adam Scattergood, por ejemplo, podrían volverse locos por una cosa tan pequeña como una fugaz visión del océano o una estrella desconocida.
Ella no tardó en comprender que un hombre podía considerar heréticas las creencias de otro en un mundo como ése, y también que la ciencia y la magia podían yuxtaponerse, las casas podían construirse en ríos o bajo tierra o altas en el aire; incluso las leyes del Orden en Finismundi, que ella siempre había considerado universales, podían curvarse y doblarse hasta acomodarse a las costumbres de este nuevo mundo mucho más extenso.
Sin duda, sólo un crío o un idiota habrían pensado que Finismundi era realmente el Fin del Mundo. Todos sabían de la existencia de otras tierras y en algún momento había habido comercio con las mismas, comercio y algunas veces guerra, pero estaba muy extendida la creencia de que las Tierras Bárbaras habían sufrido tanto por la Tribulación que su gente mucho tiempo ha se había sumido en el salvajismo y nadie iba allí para nada, al menos si era civilizado.
Pero claro, el Tuerto sí había estado más allá del mar Único, o eso aseguraba. Poblaban aquellas tierras hombres y mujeres de piel tan oscura como la turba y pelo tan rizado como una zarza. Según él, esa gente ni había conocido la Tribulación ni había leído el Buen Libro, sino que en su lugar adoraba a sus propios dioses, salvajes hombres de tez oscura con cabezas de animales, y llevaba a cabo su propia clase de magia, y eso era para ellos tan respetable y tan cotidiano como los sermones dominicales de Nat Parson en el lado más lejano de las Tierras Medias.
–Nat Parson dice que la magia es cosa del demonio -dijo la aplicada alumna.
–Pero me atrevería a decir que hace la vista gorda si le viene bien. – Maddy asintió, sin apenas osar sonreír-. Entiende, Maddy -continuó él-, que el Bien y el Mal no se definen con tanta claridad como te ha hecho creer el párroco.
El Buen Libro predica el Orden sobre todas las cosas y que sólo el Orden es el Bien, y claro, como la energía mágica funciona con el Caos, la conclusión es que la magia es cosa del demonio, pero a un instrumento lo hace bueno o malo el que lo usa. Y lo que es bueno hoy puede ser malo mañana.
Maddy frunció el ceño.
–No lo entiendo.
–Escucha -dijo el Bárbaro-. Desde que el mundo empezó, y lo ha hecho varias veces, ha terminado otras tantas, y ha sido rehecho una y otra vez, las leyes del Orden y el Caos se han opuesto la una a la otra, han avanzado y retrocedido por turnos a lo largo y ancho de los Nueve Mundos, conteniéndose o desbaratándose según su naturaleza. El Bien y el Mal no pueden hacer nada contra esto. Todo vive y muere de acuerdo con las leyes del Orden y el Caos, las fuerzas gemelas contra las que ni siquiera los dioses abrigan la esperanza de resistirse.
Miró a Maddy, que seguía con el ceño fruncido. «Es demasiado joven para esta enseñanza -pensó él-; sin embargo, es esencial que la aprenda ahora».
Incluso el año siguiente podría ser demasiado tarde, ya que el Orden estaba ya extendiendo sus alas, enviando más y más examinadores desde Finismundi.
Se tragó su impaciencia y comenzó de nuevo.
–Hay un cuento de los æsir que te ayudará a comprender el sentido de mis palabras. Versa sobre el general de los videntes; se llamaba Odín, el Padre de Todo. Juraría que has oído ese nombre.
Ella asintió.
–Sí, el de la lanza y el caballo de ocho patas.
–Ah, sí. Bien, él figuraba entre los que rehicieron el mundo en los primeros tiempos, en el alba de la Era Antigua, y trajo consigo a todos sus guerreros, Tor, Tyr y los demás, para construir una gran fortaleza con la que contener el Caos que podría haber aplastado el nuevo mundo antes incluso de que se completara su creación. Su nombre era Ásgard, la Ciudadela del Cielo, y se convirtió en el Primer Mundo en aquellos tiempos antiguos. – Maddy cabeceó. Conocía la historia, aunque el Buen Libro reivindicaba al Innombrable como el constructor de la Ciudadela del Cielo, y sostenía que los videntes la habían tomado con artimañas-. Pero el enemigo era fuerte -
continuó el Tuerto- y tenía muchas capacidades de las que carecían los æsir.
Por eso, Odín asumió un riesgo. Buscó a un hijo del Caos y se hizo amigo suyo debido a sus habilidades y se lo llevó a Ásgard como si fuera su hermano. Supongo que le conoces. Le llamaban el Embaucador. – Maddy asintió de nuevo-. Su nombre era Loki y tenía una naturaleza similar a la del fuego abrasador. Circulan muchas historias sobre él.
»Algunas le muestran desde una perspectiva maligna y otras dicen que Odín se equivocó al llevarlo consigo, pero al menos durante un tiempo, Loki fue tan deshonesto como útil y sirvió bien a los æsir, hasta el punto de ser
considerado un as[3]. La energía mágica fluye con facilidad en los niños del
Caos y fueron esa energía y esa astucia las que le mantuvieron cerca de
Odín. Su naturaleza acabó por hacerse demasiado fuerte y hubo de ser
sometido, pero los æsir pudieron sobrevivir tanto tiempo principalmente
gracias a Loki. Quizás ellos tuvieron una parte de culpa al no haberle
vigilado más de cerca. De cualquier modo, el fuego arde, ésa es su
naturaleza y no puedes tener la esperanza de cambiar eso. Puedes usarlo
para cocinar la comida o para quemar la casa de tu vecino, pero ¿acaso se
diferencia en algo el fuego que tú utilizas en el hogar del que usas para
quemar cosas? ¿Significa eso que te comerías crudos los alimentos?
La muchacha sacudió la cabeza, todavía confusa.
–Así que lo que pretendes decirme es que… no juegue con fuego -dijo al final.
–Claro que debes hacerlo -repuso el Tuerto con gentileza-, pero no ha de extrañarte que se vuelva en contra tuya.
Al final, llegó el momento de la partida del Tuerto. Se pasó la mayor parte de ese día intentando convencer a Maddy de que no podía irse con él.
–Por el amor de los dioses, tienes apenas siete años. ¿Qué voy a hacer contigo por el camino?
–Trabajaré -insistió la niña-.Ya sabes que puedo hacerlo. No me da miedo.
Y sé un montón de cosas.
–¿Ah, sí? ¿Tres ensalmos y un par de runas? Eso te llevará bien lejos en Finis…
Se interrumpió y comenzó a atar una de las correas que sujetaban su mochila, pero Maddy no era ninguna simplona.
–¿Finismundi? – inquirió, con los ojos dilatados-. ¿Vas a Finismundí?
El Tuerto no dijo nada.
–Oh, por favor, déjame ir -suplicó Maddy-. Te ayudaré, te llevaré las cosas, no te causaré ningún problema…
–¿No? – se rió él-. La última vez que me informé, el secuestro estaba considerado un crimen.
–Oh. – No había pensado en eso. Si ella desaparecía, habría partidas que saldrían detrás de ellos desde Fettlefields hasta el Hindarfial, y el Tuerto sería llevado a la cárcel, o colgado…-. Pero te olvidarás de mí -dijo ella-.
Nunca, nunca te volveré a ver.
El Tuerto sonrió.
–Volveré el año próximo.
Sin embargo, Maddy no le miraba, clavó los ojos en el suelo y no dijo una palabra. El Tuerto esperó, sonriendo con ironía. A pesar de ello, Maddy no alzó la mirada, aunque salió un solo resuello pequeño pero feroz bajo la mata de pelo.
–Escúchame, Maddy -se dirigió a ella con dulzura-. Si quieres ayudarme de verdad, hay un modo en que puedes hacerlo. Necesito conseguir un par de ojos y de oídos. Necesito mucho más esa tarea que el beneficio de tu compañía en el camino.
Maddy alzó la mirada.
–¿Ojos y oídos?
El Tuerto señaló hacia la colina, donde el contorno borroso del Caballo Rojo relucía como brasas enterradas en la redondeada ladera.
–Vas mucho allí, ¿no? – comentó él.
Ella asintió.
–¿Sabes lo que es?
–¿Un túmulo de tesoros? – sugirió Maddy, pensando en los cuentos acerca del oro enterrado bajo la colina.
–Algo mucho más importante que eso. Es una encrucijada que conduce al Trasmundo, con caminos que llevan hacia abajo, lo menos hasta el reino de Hel, y tal vez hasta el río Sueño, que vierte sus aguas en el Strond.
–¿No hay ningún tesoro? – inquirió Maddy, decepcionada.
–¿Un tesoro? – Él se echó a reír-. Ah, sí, si quieres verlo de ese modo. Es un tesoro perdido desde la Era Antigua. Ése es el motivo por el que hay tal cantidad de trasgos. También es por eso por lo que el lugar está tan cargado.
¿No lo notas, Maddy? – añadió-. Es como vivir encima de un volcán.
–¿Qué es un volcán?
–No importa. Simplemente obsérvalo, Maddy. Mira a ver si observas algo extraño. Ese Caballo sólo está medio dormido, pero si se despierta…
–Ya me gustaría a mí despertarlo -dijo Maddy-. ¿A ti no?
El Tuerto sonrió y sacudió la cabeza. Era una sonrisa extraña, y al mismo tiempo cínica, o quizás incluso triste. Se ajustó la capa en torno a los hombros.
–No -contestó-. Dudo mucho que fuera de mi agrado. Ése es un camino que tomaría con mucho cuidado, y no a menos que obtuviera a cambio tanto oro
como en el Rescate de la Nutria[4]. Aunque quizá llegue un momento en
que no me quede otra alternativa.
–Pero ¿y el tesoro? – repuso ella-. Podrías ser rico…
–Maddy -suspiró-. También podría estar muerto.
–Pero seguramente…
–Hay cosas bastante peores que los trasgos de ahí abajo, y no olvides que los tesoros rara vez duermen solos.
–¿Y qué? – replicó ella-. No tengo miedo.
–Ya lo creo que no -contestó el Tuerto con voz seca-, pero escucha, Maddy, tienes siete años. La colina, y lo que vive debajo, sea lo que sea, ha estado esperando durante mucho tiempo. Creo que puede aguardar un poquito más.
–¿Cuánto más? – El Tuerto rompió a reír. Ella añadió-: ¿Hasta el próximo año?
–Ya veremos. Apréndete las lecciones, vigila la colina y búscame el mes de la Cosecha.
–¿Me juras que vas a volver?
–Por el nombre de Odín.
–¿Y por el tuyo?
Él asintió.
–Así es, chiquilla. Por el mío también.
Después de esa ocasión, el Tuerto había regresado a Malbry una vez al año, nunca antes de Beltane o después del cumpleaños de Maddy al final del mes de la Cosecha, para comerciar con telas, sal, pieles, azúcar, remedios y noticias. Su llegada se convertía en el punto álgido del año para Maddy; su marcha, en el comienzo de una larga oscuridad.
Cada vez, él le formulaba la misma pregunta:
–¿Qué hay de nuevo por Malbry?
Y cada vez ella le relataba las mismas historias sobre las travesuras de los trasgos: ataques a despensas, saqueos de bodegas, robos de ovejas y leche derramada. Y cada vez, él repetía:
–¿Nada más?
El viajero parecía relajarse cuando Maddy le aseguraba que eso era todo, daba la impresión de que le hubieran quitado un gran peso de los hombros, aunque fuera sólo de forma temporal.
Y claro, con cada visita, le enseñaba nuevas habilidades.
Al principio, aprendió a leer y escribir. Repitió sin cesar poemas, canciones y lenguas extranjeras; tradiciones populares sobre medicinas y plantas y kenningar e historias hasta sabérselas de carrerilla. Estudió algo de historia, cuentos tradicionales, dichos y leyendas; memorizó la carta celeste y los mapas con los ríos, montañas y valles, piedras y nubes.
Y lo más importante de todo, aprendió las runas. No sólo los nombres, los valores y las digitaciones, sino también…
…el modo de tallarlas en las piedras de la suerte, echarlas para leer un atisbo del futuro o atarlas como tallos para hacer una muñeca de maíz, y también el modo de crearlas con un palo de fresno o cómo susurrar los versos de un ensalmo, además de a brincar sobre ellas como en el juego de saltar piedras, lanzarlas como petardos o proyectar sus sombras con los dedos.
Aprendió cómo usar Ar, para asegurar una buena cosecha…
…y Tyr, para que una lanza de caza encontrara su objetivo.
…y Logr, para localizar agua bajo tierra.
Para cuando cumplió diez años, se conocía ya las dieciséis letras del Alfabeto Antiguo, algunas eran runas bastardas, procedentes de países extranjeros, y centenares de kenningar y ensalmos. Supo entonces que el Tuerto viajaba bajo el signo del Raedo, el Viajero, y que su runa estaba invertida; una runa boca abajo era señal de mala suerte e implicaba que había pasado por muchas pruebas y tribulaciones a lo largo del camino.
La propia runiforma de Maddy no estaba rota ni invertida, sino que, según el Tuerto, se trataba de una runa bastarda no incluida en el Alfabeto Antiguo, lo cual la convertía en impredecible.
–Las runas bastardas tienen sus trucos -le explicó-. Algunas funcionan mal y otras ni siquiera sirven. Las hay incluso que tienden a salirse de las alineaciones, a tambalearse un poco, de forma taimada, a deformarse igual que se pandean las flechas abandonadas debajo de la lluvia, que rara vez alcanzan su objetivo… si es que lo hacen.
»Sin embargo -continuó-, tener una runiforma es un verdadero regalo. Una runa del Alfabeto Antiguo, sin invertir y sin romper, sería demasiado a lo que aspirar. Los dioses habían ejercido ese poder alguna vez. Ahora, la gente hace lo que puede con lo que ha sobrevivido. Eso es todo.
Pero bastarda o no, la de Maddy era fuerte. Rápidamente superó a su viejo amigo, ya que la escasa energía mágica del viajero se gastaba enseguida, y la muchacha acreditó una puntería tan buena como la de él, si no mejor.
Además, era avispada y cazaba los conocimientos al vuelo. Se aprendió las hug-rúnar, las runas mentales, y las rísta-rúnar, las runas talladas, y las sig-rúnar, las runas de la victoria. Estudió runas que ni el mismo Tuerto era capaz de hacer funcionar; nuevas runas y runas bastardas sin nombre y sin versos, y aun así, le parecía insuficiente, siempre quería más.
El Tuerto le contó relatos acerca del interior de la colina, y acerca de la serpiente que mora en las raíces de Yggdrásil, siempre comiéndose los cimientos del mundo. Le contó historias sobre las piedras erguidas y de islas mágicas perdidas, así como de círculos encantados, sobre el Inframundo, el Averno y las tierras del Sueño y del Caos que había más allá de ellos. Le habló también de Hel la Nonata, y de Jormungard, la Serpiente de los Mundos, y de Surt el Destructor, el Señor del Caos, y del Pueblo del Hielo y el Pueblo del Túnel, y acerca de los vanir y sobre Mímir el Sabio.
Pero los cuentos favoritos de la muchacha eran los de los æsir y los vanir.
Nunca se cansaba de escucharlos, y en los largos meses solitarios entre las visitas del Tuerto, los héroes de esas historias se convirtieron en los amigos de Maddy. Tor el Tonante y su martillo mágico; Idún la Sanadora y las manzanas de la juventud; Odín el Padre de Todo; Bálder el Bello; Tyr el Guerrero; Freya Ala de Halcón; Héimdal Ojo de Águila; Skadi la Cazadora; Njord el Hombre del Mar; y Loki el Embaucador, el cual en muchas ocasiones había supuesto tanto la liberación como la división de los viejos dioses. Aplaudía sus victorias, lamentaba sus derrotas y aunque fuera un pensamiento antinatural, se sentía más emparentada con todos estos seres pertenecientes al Pueblo de los Videntes, desaparecidos hacía ya mucho, que con Jed Smith o Mae. Conforme pasaban los años, más necesitaba estar en la compañía de los de su propia clase.
–Ha de haber más como nosotros en alguna parte -decía-. Personas como nosotros… ígneos. – «Familia», pensaba-. Si pudiera encontrarlos, entonces, quién sabe, quizá…
Sin embargo, en eso se sentía decepcionada. En siete años, jamás había tenido el menor atisbo de alguien de su clase. Estaban los trasgos, por supuesto, y algún gato o conejo ocasional que nacían con una runiforma y a los que despachaban bien rápido.
Pero en cuanto a personas como ellos…
–Escasean -le había respondido él-, y la mayoría carece de algún poder
digno de mención. A lo sumo conservan un chispazo de magia, y eso es tener buena suerte, ya que poseer más les supondría una vida realmente peligrosa.
Pero ¿y si tenían mala suerte? En Finismundi, donde el Orden había gobernado durante cien años, una runiforma, incluso una rota, habitualmente servía para ser arrestado, y después de eso, sometido a un Examen tras el cual solía tener lugar con bastante frecuencia un ahorcamiento, o Depuración, como preferían llamarla en ese lugar.
No obstante, era mejor no pensar en eso, le aconsejaba el Tuerto, y aunque a desgana, Maddy siguió su consejo, aprendiendo las lecciones, contándose los cuentos para sus adentros, esperando pacientemente las visitas anuales e intentando muy en serio dejar de pensar en lo imposible.
Este año, por primera vez, se estaba retrasando. El cumpleaños de Maddy había pasado hacía dos semanas, la luna de la Cosecha había adquirido ya la forma de gajo y empezaba a sentirse inquieta al pensar que quizás esta vez su viejo amigo no pudiera regresar.
El Tuerto había vuelto bastante cambiado el año previo. Se había apoderado de él una cierta agitación muy similar a la impaciencia. Se había quedado más delgado en los últimos doce meses, bebía más de lo que era bueno para él y, por primera vez, había visto que su cabello gris oscuro se hallaba salpicado de hebras blancas. Los viajes anuales a Finismundi se estaban cobrando su precio. ¿Quién sabía cuándo terminaría por caer en la red después de aquellos siete peregrinajes tan temerarios?
La respuesta de las runas le había dado motivos de preocupación.
Maddy poseía su propio juego de piedras de la fortuna, hechas de guijarros de río procedentes del Strond, cada una pintada con una runa diferente.
Descubrió que podía lanzarlas sobre el suelo y estudiar el esquema trazado al caer; éste ofrecía en ocasiones la oportunidad de adivinar el futuro, aunque el Tuerto le había avisado de que las runas no siempre eran sencillas de leer y tampoco era fácil ver el futuro en las piedras.