Saludos al jefe

Ed McBain · Capítulo 4 de 12

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Saludos al jefe

Tres

 

No leo nada.

No tengo por qué leer nada. La pandilla ha salido en los periódicos un par de veces y siempre hay periodistas husmeando por aquí. Pero yo no hablo con los periodistas y no leo lo que escriben. Así estoy tranquilo. Cuando tenemos una reunión soy el hombre más tranquilo de la sala. Eso se debe a que mi cabeza no está confusa. Casi nunca voy al cine o veo la televisión, a no ser el fútbol. Me gusta el fútbol. Me gusta observar las jugadas. Es como observar la vida, ¿sabes lo que quiero decir? Esos muchachos en el campo están pensando constantemente, alertas al peligro y listos para reaccionar automáticamente. Antes de graduarme en Whitman, que es el instituto de Crestview, estaba en el equipo de fútbol. Es lo único decente que saqué de esa escuela, estar en el equipo. No era defensa ni nada, solo estaba en la alineación. Soy un tipo grande, ya sabes, y era todavía más duro cuando era un chaval. Eso siempre vive conmigo, mi experiencia en el equipo de fútbol. Ver los partidos en la televisión me relaja, y me ayuda a tomar decisiones. Leer solo me confunde. Una persona tiene que tener la cabeza clara todo el tiempo.

De cualquier modo, fue Mace el que me trajo los periódicos el miércoles y me leyó lo del tipo que había cogido la pasma, que tal vez tuviera alguna relación con el tipo de la barba al que Chingo y sus colegas habían disparado.

El periódico decía quién era el muerto, un tipo llamado Andrew Kingsley, que acababa de llegar de California hacía poco. Tenía que haberse quedado donde estaba. No decía lo que estaba haciendo en aquel centro de hispanos y tampoco quiénes eran los hispanos. Eso me lo imaginaba. Si conozco un poco a los Cabezas de la Muerte (¡tío, ese nombre de veras que me mata!), está claro que no iban a ir corriendo a la pasma a identificar a ninguno de los suyos. Por aquí la pasma siempre es un problema, no importa de qué lado estés. Los llamas porque alguien te ha roto las piernas con un bate de béisbol y te acaba mandando a la cárcel a ti por sangrar en la acera. Los Cabezas sabían que era mejor no decirle a los Polis que al que habían disparado y arrojado a la zanja era su cabecilla, tendrían que averiguarlo solos, y según la historia que Mace me leyó, estaban haciendo un buen trabajo para lograrlo. Y los Escarlatas tampoco iban a decir nada a la poli. Si pensaban hacer algo, sería intentar empatar el marcador. Y por eso andábamos con mucho cuidado los primeros días que siguieron al golpe.

De todas formas, tenemos un gran sistema de seguridad aquí. No dejamos que nadie se nos acerque. Tenemos centinelas apostados en todos los tejados y en todas las esquinas. Nadie puede acercarse al club sin que nosotros lo sepamos primero. Incluso antes de que Mace llamara a la puerta y me trajera el periódico, yo ya sabía que estaba de camino. No confío en nadie, ni siquiera en Mace. Todos los miembros tienen órdenes de que cuando alguien se acerca al club, aunque sea otro miembro, tiene que saberlo primero el jefe. Cuatro minutos antes de que Mace llamara a la puerta, un mensajero vino y me dijo que venía para aquí. Así me gusta.

El club está en el tercer piso de un edificio abandonado en la 57. Lo tenemos pintado de bonitos colores Day-Glo con una especie de diseño abstracto ¿sabes? El Bala, además de ser un experto soldado para el combate, es también bastante artista. Él diseñó los dibujos de las paredes y los pintó con la ayuda de algunos de los muchachos más jóvenes de la pandilla. No tenemos pinturas obscenas en las paredes como tienen los de las otras pandillas. Ningún dibujo de mujeres desnudas, nada de eso. A mí no me va ese tipo de cosas y dejé bien claro a los demás que no toleraría nada de eso en el club. El sexo es una cosa privada que se hace en privado con la persona que amas. No me van las cosas sucias y no me va el lenguaje obsceno tampoco. Una de nuestras reglas es no blasfemar. ¿Me has oído decir alguna palabrota en todo el tiempo que he estado hablando contigo? Apuesto a que no. Me enorgullezco de ello. ¡Oh, claro! Ya sé que es más fácil expresarse en lenguaje incorrecto. Pero nunca he sido una persona que tomara el camino fácil. No voy buscando hacer las cosas de la manera difícil, pero supongo que está en mi naturaleza asegurarme que las cosas salen bien ¿sabes? Y eso vale también para el lenguaje. Por eso nunca blasfemo, ni siquiera digo «infierno» o «maldito», solo las estoy diciendo ahora como ejemplo. Y tampoco se lo permito a ninguno de los que me rodean. Claro, podía ser tolerante, dejar que los chicos digan lo que quieran, dejarles que traigan a sus chicas y se las monten en medio del club, dejarles fumar marihuana, todo eso. Pero no creo en esas cosas. No están bien, nada de eso está bien.

Ya sé que se han formado comisiones que han hecho informes sobre el hash y dicen que no hace daño fumarlo, y que no crea hábito y todo eso. No me importa lo que digan las comisiones. Mientras yo sea el jefe, solo oiré lo que mi corazón y mi cabeza dice que está bien o mal. Y que no me digan que esas películas que están poniendo, esas revistas que hay en los kioscos y esos libros obscenos que se escriben están bien. Porque no lo está. Está mal. De la misma manera que blasfemar es malo. Cuando estaba en el equipo de fútbol de Whitman, cada vez que el entrenador oía a alguien decir una palabrota, le hacía dar ocho vueltas alrededor del campo. ¿Alguna vez has dado ocho vueltas corriendo alrededor de un campo de fútbol? Aprendes a no blasfemar demasiado rápido.

Mace dijo que los polis, «¿fuisteis vosotros, chicos?», habían pillado a un tipo llamado David Harris, que empezó a dispararles en el momento en que llamaron a la puerta. Se trataba de un trabajador en paro que estaba fichado por asalto y robo. Lo que admitió, después que lo interrogaran los polis, fue que había asaltado un almacén de licores la víspera en Calm’s Point y que cuando llamaron a la puerta y dijeron que era la policía, se imaginó que venían a pillarlo por robo a mano armada. Le preguntaron qué relación tenía con aquel tipo, Andrew Kingsley, el que Chingo y los muchachos se cargaron junto al Cabeza hispano y su chica. Harris dijo que apenas conocía a Kinsgley. Lo había visto en un bar una semana antes, más o menos y empezaron a hablar de la vida en la Costa, donde Harris había pasado una temporada, posiblemente en la cárcel, más tarde Kingsley le dijo que subiera a conocer a su hermana y eso era todo. Harris dijo que no le había caído demasiado bien la hermana de Kingsley, a la que describió como una dama muy envarada. También dijo que él no sabía que Kingsley había aparecido muerto en una zanja del lado Norte, ya que Harris (al igual que yo) no lee los periódicos. Estaba bien. Los polis aún no sabían quiénes eran las otras personas de la zanja y tampoco estaban a punto de saberlo.

Pero entonces Midge abrió la boca.

 

El teléfono del despacho de Carella sonó a las dos y cuarto de la tarde del miércoles 9 de enero, un día después de coger a David Harris y acusarlo de robo a mano armada. La historia de este arresto había salido en los dos periódicos matinales y tuvo grandes titulares en la edición de la tarde. Las fotos de las seis víctimas desconocidas seguían saliendo en los tres periódicos y Carella confiaba todavía, pero no lo esperaba, que alguien viniera a identificarlos. La identificación de Andrew Kingsley, más que simplificar las cosas, las había complicado para Carella y Kling, ya que hasta entonces habían sospechado que las víctimas de la zanja tenían relación con el crimen organizado. (Tienes que empezar por alguna parte y el crimen organizado es un punto de partida tan bueno como cualquier otro cuando tienes seis cadáveres amontonados en una zanja abierta). Su suposición no había sido del todo irracional, recientemente la policía de toda la ciudad había estado atormentada por violentos tiroteos, resultado de una pelea entre delincuentes blancos de la vieja guardia y principiantes negros y portorriqueños.

El motivo de esta pelea era muy simple. Los blancos habían tenido el control absoluto del lucrativo comercio de narcóticos durante mucho tiempo y, si bien no les importaba vender droga a los negros y portorriqueños, no querían que estos interfirieran en su pequeña pero vigorosa industria e intentaran quedarse con algunas ganancias. Hay una manera eficaz de desalentar a la libre empresa; poner una bala en las narices del competidor. Cuerpos sin identificar seguían apareciendo en callejuelas desiertas, en estacionamientos al aire libre o en el capó de Plymouths abandonados de origen desconocido. Y debido a que el submundo (blanco o negro) observaba estrictamente el código de la omertá, toscamente traducido del italiano como «Mamá es la palabra, cariño» no había alguien lo bastante valiente o estúpido como para presentarse e identificar un cadáver desconocido. Por lo tanto, existía la posibilidad de que los seis cuerpos de la zanja tuvieran que ver con la guerra racial de narcóticos. Pero eso no explicaba la presencia del hombre blanco de barba, Andrew Kingsley, que no tenía ficha alguna y que, según su hermana, solo participaba en empresas nobles en la Costa Oeste. Como se vería más tarde, los polis habían acertado pensando que se trataba de una guerra entre bandas, pero pensaban en algo grande. La llamada de la chica, Midge, les hizo bajar algo sus miras.

—Steve, soy Dave Murchison del despacho de abajo.

—Sí, Dave —repitió Carella.

—Hay una chica en la línea, dice que quiere hablar con el que se encarga del asesinato de la zanja. Supongo que ese serás tú.

—Pásamela —pidió Carella y acercó un block al teléfono.

—¿Hola? —preguntó una voz de chica. O estaba susurrando o tenía mucho catarro; Carella no podía decir qué.

—Aquí el inspector Carella —informó—. ¿Puedo ayudarla, señorita?

—¿Inspector qué? —murmuró.

—Carella. ¿Quién habla, por favor?

—Midge.

—¿Cuál es tu apellido, Midge?

—No importa —dijo la chica—. Tengo que hacer esto rápidamente. Ahora estoy sola, pero regresarán. Si me pescan llamándolo…

—¿De quién estás hablando, Midge?

—De los que mataron a esa gente de la zanja. No sabía que había un bebé involucrado. En cuanto Johnny me dijo que había un bebé…

—¿Johnny qué?

—No importa. Me lo dijo antes de que yo viera las fotos del periódico. Le dije que iba a llamar y decir quién lo había hecho. Me dijo que me romperían los brazos y las piernas.

—¿Quién, Midge?

—El hombre negro de la zanja era Lewis Atkins, el jefe de un club llamado los Vengadores Escarlata. La chica era su mujer… ¿Está usted escuchando?

—Estoy escuchando, Midge —aseguró Carella.

—El bebé que mataron era de ellos. Eso no estuvo bien. Le dije a Johnny que no estaba bien y dijo que lo diría en la junta.

—¿Cómo se apellida Johnny?

—No quiero meterlo en líos —dijo la chica—, ya tuvo problemas una vez por defenderme. No quiero que vuelva a pasarle otra vez.

—¿Quiénes eran las otras personas de la zanja? ¿Puedes decírmelo?

—El tipo hispano era el jefe de los Cabezas de la Muerte. Su verdadero nombre es Eduardo Portoles, pero se hace llamar Edward el Primero. La chica, no estoy segura. Creo que se llama Constantina, pero no estoy segura.

—¿Quién los mató, Midge?

No hubo respuesta.

—Midge, ¿desde dónde hablas?

Seguía sin haber respuesta. Carella, de pronto se dio cuenta que la línea estaba muerta. No había oído el clic del auricular al colgarse. Alguien había cortado el cable o arrancado el teléfono de la pared.

 

Ya tuvimos problemas con Johnny y su chica anteriormente, así que esta vez no fue ninguna novedad. Solo que ahora fue un poco más serio.

El primer problema lo tuvimos cuando Midge quedó embarazada y quiso abortar. Ya sé que el aborto es legal en este estado, pero para mí eso es asesinato. Midge pertenecía a nuestras mujeres auxiliares, y eso la convertía en un miembro de la pandilla, es decir, que tenía que acatar las reglas, y las reglas dicen que no hay que matar a menos que sea en defensa propia. Quiero que esto quede claro. Todo ese rollo que pasó con los Escarlatas y los Cabezas y todo el rollo que pasó más tarde, fue en defensa propia. Se hizo para el bienestar general de los miembros. Para proteger a la pandilla. Lo que le hicimos a Midge, también fue para proteger a la familia. Fuimos suaves con ella porque se trataba de una chica.

El primer problema fue por lo del aborto, en abril del año pasado, mucho antes de que yo fuera reelegido. No tengo nada que objetar de la vida privada de los miembros y sus chicas, mientras no se hagan demostraciones públicas en el club. Okay, Johnny tenía que haber tenido más cuidado, pero no lo tuvo. Así que Midge quedó embarazada, vino a verme y me dijo que estaba pensando en ir a una clínica para abortar. Tengo que explicar cómo es esta chica, Midge. En primer lugar, tiene una boca muy grande. No solo grande sino también ruidosa. Y siempre está hablando por teléfono. Yo pensaba que yo era el campeón mundial del teléfono, pero Midge me deja corto cuando se trata de hablar por teléfono. De todas formas, yo no uso el teléfono para cotillees. Llamo a alguien para felicitarlo. Por ejemplo, a uno de los muchachos de la pandilla, si ha hecho un buen trabajo, lo llamaré para decirle cuánto lo aprecio. O también solía llamar a las emisoras de radio. Eso fue hace unos meses, antes de que una de las emisoras enviara aquí un periodista para hablar con los muchachos de todos los clubes y habló con cada uno de los clubes menos con nosotros. Así que, naturalmente, hablaron mal de nosotros, aunque no tenían ni idea de cómo operamos o de lo que intentamos hacer. Ya no llamo a las emisoras, pero solía llamar a los disc-jockeys, sabes, y les decía que era el jefe de un club de Riverhead y que en ese momento estábamos oyendo su programa y pensábamos que estaba haciendo un gran trabajo y si nos pondría esta canción o aquella. Era algo amistoso ¿sabes? No quiero saber nada con esos tipos de la radio desde que empezaron a hablar mal de nosotros. Y, voy a decirte, mejor tienen cuidado con lo que dicen en un futuro. Quiero decir, si esto sale en los periódicos, ¿crees que saldrá en los periódicos?, más vale que tengan cuidado con lo que dicen. Tenemos muchos miembros. Muchos.

Pero Midge solía colgarse al teléfono solo para chismorrear. Por ejemplo, pasaba algo, habíamos hecho algo e inmediatamente allí estaba calentando la línea, divulgándolo entre las otras chicas de la pandilla. Era una bocazas, simple y llanamente. Y siempre estaba abrazando a todo el mundo, tirándose a sus brazos en cuanto entraba por la puerta y llamando a todos «cariño» o «cielo» o «querido». Era un asco. Nunca me gustó esa chica. La aguantaba solo porque pensaba que Johnny era un hombre valioso. Tendríamos que haber sido más estrictos con ella y tal vez haber tenido cuidado de él al mismo tiempo. Nos habríamos ahorrado muchos dolores de cabeza más tarde. Pero nadie es perfecto. Intento controlar las cosas según van viniendo y no siempre vienen según las reglas del juego. Este es el momento de planificar, moverse rápidamente y solucionar las cosas equilibradamente. Este es el momento en el que sirve ser el hombre más tranquilo de los alrededores, no espantarse.

Le dije, el pasado abril, que no iba a abortar. Ella quiso saber qué se suponía que tenía que hacer. Solo tenía quince años, no quería un crío y la madre de Johnny no les dejaba casarse. Le dije que diera al crío en adopción. También le dije que fuera a comprarse unas pastillas, un diafragma, una espiral o lo que fuera (lo cual no era charla obscena, estaba hablándole como lo haría un médico o un sacerdote) y evitaría ese tipo de accidentes en el futuro. Tuvo el bebé en noviembre y la gente de la adopción se lo llevó sin que ella pudiera verlo. Ni siquiera supo si era niño o niña. Por supuesto, como era una bocazas, fue por todo el barrio diciendo que yo le había robado a su bebé. Casi le doy un sopapo en la boca cuando lo supe. Johnny me dijo que la perdonara porque era de carácter muy excitable y que el haberle quitado el bebé de aquella manera la había trastornado emocionalmente. Le dije a Johnny que había sido ella la que había querido matar al bebé en un principio, así que, ¿por qué estaba chillando ahora? Johnny dijo que hablaría con ella y la tranquilizaría. Pero, tío, cuando estás con una bocazas como Midge, no puedes hacer nada con ella, solo tener cuidado.

Eso hicimos cuando la encontramos en el teléfono.

Fue Johnny, ya sabes, el que montó todo el lío en la junta cuando supo que Chingo había matado al bebé accidentalmente. Más tarde, resultó ser que Johnny solo estaba diciendo lo que Midge le dijo que dijera. Parece que había todo un rollo psicológico en desarrollo que venía de cuando ella dio a su propio bebé para adoptar. No me preguntes sobre ello porque no entiendo mucho de toda esta psicología. Hubo un tiempo en que tuve problemas. Me obligaron a ir a ver un loquero, porque estaba en libertad condicional ¿sabes? Tío, no aprendí nada de aquel tipo. Más tarde, cuando me nombraron jefe de la pandilla por primera vez, alguien tuvo la idea, para ensuciarme ¿verdad?, de que yo había estado viendo a un loquero y tal vez no estaba calificado para ser jefe, y todo eso. Como que un jefe se supone que tiene que tomar decisiones rápidas, tranquilas y no estar desequilibrado, el tipo que salió con esa idea (me olvidé su nombre, se fue a Chicago con su madre), dijo que tal vez yo estaba loco porque este loquero me había visto por orden de mi oficial de libertad condicional. De todas maneras, gané la elección. Y fui reelegido también.

Pero lo que estoy diciendo es que Midge tenía una gran confusión en la cabeza con el bebé que Chingo mató accidentalmente y con el bebé que la agencia de adopción le quitó en noviembre y empezó a darle la lata a Johnny para que él montara un escándalo en la junta, aunque no fuera a conseguir nada. El bebé ya estaba muerto ¿no? Más tarde, cuando él volvió con ella y le dijo que yo le había parado los pies, que le había dicho que diera un paseo y se calmara, bueno, la cosa siguió cociéndose en su interior, hasta que finalmente decidió llamar a los polis. Dos de los muchachos estaban arriba en casa de otra chica, Ellie es su nombre. Les apetecía tomar una pizza, así que Ellie y ellos dos bajaron a buscarla y dejaron a Midge sola con el teléfono. No puede resistirse a un teléfono. Ve uno mientras está sentada aquí, tío, y le entra un picor hasta cogerlo, marcarlo y empezar a abrir su bocaza. Así que en cuanto se quedó sola llamó a los polis y estaba diciéndoles los nombres de la gente de la zanja, cuando el Bala regresó porque se había olvidado los cigarrillos, oyó lo que estaba diciendo y arrancó el teléfono de la pared.

La hicimos comparecer ante la junta. Fue duro para Johnny porque se trataba de su chica y había hecho algo francamente mal y él era uno de los tipos que tenía que decidir cuál sería el castigo. Podíamos haber hecho con ella lo que hubiésemos querido. Su madre está muerta ¿sabes?, y su padre es un alcohólico que la violó cuando tenía once años y del que ella tenía miedo hasta para compartir el mismo edificio. Casi todo el tiempo dormía en el club, a pesar de que allí la única calefacción son unas estufas de Kerosene. Es un edificio abandonado ¿te lo había dicho?, creo que te lo dije. Así que podríamos haber hecho lo que quisiéramos, nadie lo iba a saber, y a nadie le importaba, excepto, tal vez, a Johnny. Podríamos haberla matado. Estaba amenazando nuestra seguridad.

La junta votó que se le cortara la lengua.

Johnny pidió clemencia y se la concedí. A la junta no le gustó mi veto, pero si la junta se equivoca no me importa lo que haya votado. Cerca de las Navidades votaron que el dinero de nuestra tesorería se lo diéramos a un grupo del barrio que estaba intentando convertir uno de los solares vacíos en un parque. Pintar los muros de los edificios de alrededor, ya sabes, y poner bancos e incluso hasta plantar césped. Había doscientos sesenta dólares en la caja, y no me parecía bien gastarlos en un solar vacío cuando todavía necesitábamos más armas y municiones para la defensa de la pandilla. Así que dije que no. Soy el jefe y tengo el poder del veto. Pero la junta derrocó mi veto y votó otra vez, así que, ¿sabes lo que hice? Le dije a Big Anthony, que es el tesorero y el encargado de la libreta de ahorros de la pandilla que fuera al banco y sacara el dinero, dejando solo un par de dólares para mantener la cuenta en activo. Me trajo doscientos cincuenta y cinco dólares y me hice guardián de los fondos. Todavía lo tengo. Está en un sitio seguro y no tocaré ni un centavo porque pertenece a la pandilla. Pero tampoco se lo voy a regalar a esos bienhechores del barrio, no importa lo que haya votado la junta.

La razón por la que veté que se le cortara la lengua a Midge no tiene nada que ver con la súplica de Johnny por clemencia. Lo que pensé, fue que ella ya había hecho el daño, ya había hablado con los polis. Lo cual significaba que ellos vendrían por aquí a buscarla, para sacarle el resto de la historia. Así que, o teníamos que matarla para callarla completamente o teníamos que sacarla de circulación. En cuestiones de seguridad, generalmente no muestro clemencia, no bromeo. Y esto era, sin duda, un asunto de seguridad. Pero supongo que ese día me sentía generoso. Podía haber dicho: «deshaceos de ella» y Chingo o El Bala la habrían tirado al río en un abrir y cerrar de ojos.

La tía de Big Anthony tiene un sitio en el próximo estado, justo encima del Puente Hamilton y va allí por el verano, siembra maíz, es un lugarcito bonito. En invierno permanece cerrado, pero Big Anthony tiene una llave y a veces vamos allí con las chicas, encendemos un fuego y nos sentamos alrededor. Le dije a Big Anthony que escogiera a otro miembro, el que él quisiera, llevara a Midge allí y la retuviera durante una semana o así hasta que las cosas se calmasen. También le dije que le diera veinte latigazos en la espalda cada mañana y cada noche y a ella más le valía no gritar. Si gritaba, y Midge estaba allí de pie mientras decía todo esto, quería saberlo, y entonces olvidaría lo decente que estaba siendo y le diría a la junta que siguieran adelante y le hicieran todo lo que quisieran.

Entendió el mensaje. O al menos así lo parecía. Pero, a pesar de lo que nos vimos obligados a hacer más tarde, creo que en este momento hice lo correcto. Podía igualmente, con toda facilidad, haber perdido la calma y haberle dicho a la junta que hiciesen lo que querían. Pero no lo hice. Por eso yo soy el líder y ellos son la junta. Cuando eres el líder tienes que saber cuándo debes usar el poder que tienes y cuándo no. Tienes que ser absolutamente duro algunas veces y otras tienes que ser moderado. Es un equilibrio que alcanzas, ¿sabes lo que te digo? Cuando fui reelegido hice un pequeño discurso en el club. Les dije a los miembros que quería que rezaran para que yo tuviera la ayuda de Dios para tomar decisiones que fueran buenas para ellos.

Yo mismo le rezo a Dios cada noche para hacer siempre lo que está bien. Y creo que mi gente debe rezar también por mí, como les he pedido. Porque hice lo que tenía que hacer con Midge, a pesar de que más tarde pudiera parecer que me había equivocado.

 

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