Sed

Marie-Claire Blais · Capítulo 1 de 1 · parte 1/12

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Sed

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

Marie-Claire Blais

Sed

ePub r1.0

Titivillus 25.02.2022

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Título original: Soifs

Marie-Claire Blais, 1995

Traducción: Lydia Vázquiez

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

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Mi más sincero agradecimiento al Conseil des Arts de Canadá, que me ha permitido escribir este libro, así como a mis angelicales amigos, que me han

apoyado siempre, Claude y Erik Eriksen, Stell Adams, Mary Meigs.

Agradezco su acogida y su generosidad en París, en el hotel Saint-André-

des-Arts, a Odile, a Henri, al añorado Philippe Le Goubin, así como a Patricia Lamerdin en Key West, a Dorothea Tanning, en Key West, que me

hizo redescubrir a Max Ernst en su presentación del libro de Max Ernst A

Little Girl Dreams of Taking the Veil. También quiero dar las gracias a la

desaparecida Gwendolyn MacEwen por su obra admirable, y a Bonnie, que

me permitió escribir durante horas en su bar Sloppy Joe’s en Key West.

M.-C. B.

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A Pauline Michel, artista y escritora, incomparable

amiga y lectora de este libro desde su nacimiento.

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Permitidme que alce mi canción de gloria. Bendita sea la soledad. Dejadme solo. Dejad que me quite y arroje lejos este velo del ser, esta nube que cambia al más leve soplo del aliento, noche y día, y toda la noche, todo el

día. Mientras estaba aquí sentado, he cambiado. He visto cómo el cielo cambiaba. He visto cómo las nubes cubrían las estrellas, cómo liberaban las

estrellas, cómo volvían a cubrirlas. Ahora ya no observo el cambio de las

estrellas. Ahora nadie me ve y he dejado de cambiar. Bendita sea la soledad

que ha quitado la presión de los ojos, la invitación del cuerpo, y toda necesidad de mentiras y frases.

VIRGINIA WOOLF, Las olas

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Habían ido allí para descansar, para relajarse, el uno junto al otro, lejos de todo, la ventana de su cuarto daba al mar Caribe, un mar azul, tranquilo, casi sin cielo en los reflejos del sol poderoso, el juez había tenido que mantener su veredicto de culpabilidad antes de su partida, pero no era esa

sentencia justa lo que inquietaba a su mujer, pensaba él, era un joven que no estaba muy familiarizado con los tribunales, ya el asunto ese de

delincuentes y proxenetas enviados a la cárcel lo había abrumado, la temible profesión de magistrado, en otro tiempo la de su padre, quizá no fuera mucho tiempo la suya, pensaba él, Renata había dejado los pleitos súbitamente y no le gustaba descansar varios meses, pero no era solo por esa preocupación de una salud repentinamente frágil, amenazada, también

estaba eso otro que se interponía entre ellos, en medio de un abrazo o de una discusión, eso, ese acontecimiento que, aparentemente, había sucedido

lejos de ellos, de su vida, en una habitación, una celda donde reinarían por

mucho tiempo los vapores fríos del infierno, la ejecución de un negro desconocido en una prisión de Texas, la muerte por inyección letal, una muerte velada, discreta porque no hacía ningún ruido, una muerte líquida intravenosa, de una eficacia ejemplar, puesto que el condenado podía infligírsela a sí mismo con los primeros rayos del alba, sabía que ella había pensado en ese hombre, en su cuerpo caliente, o apenas enfriado tras los impactos imperceptibles que lo habían sacudido, del que aún emanaba, unas

horas después, un hedor agrio, pestilente, el del miedo, de la estéril angustia que había tenido tiempo de sentir, por un segundo quizá, antes de su espantoso final, los dos habían pensado toda la noche en el condenado de

Texas, habían estado hablando mucho rato de él y luego lo habían olvidado

precipitándose el uno en los brazos del otro en un alegre frenesí que ahora

les costaba explicarse porque, nada más acabar sus tiernas caricias, habían

vuelto a sentir la misma impotencia, ese hombre no tenía que haber muerto,

repetía Renata tercamente, ese hombre era seguramente inocente, decía, con una arruga de preocupación que le ensombrecía la frente, esa frente de pensador en una mujer, se decía el juez, mientras miraba a su mujer a los

ojos, a ese hombre que revestía el otro sexo, ella no solo era todo lo contrario que él, además era arisca, por qué no la retenía cogiéndola de la

mano, iba a escaparse, a salir, ya estaba vistiéndose para ir al casino, el casino, ella que no era frívola, de repente una frivolidad parecía poseerla, y viendo que ya se alejaba de él, con esa arruga severa imprimida en la frente, con ese aire de vigilancia inquieta en la mirada que había dejado de ocuparse de él, sustituido por preocupaciones más elevadas, como la muerte

de un condenado en una prisión de Texas, él había pensado que esa frente

terca de Renata lo empujaba constantemente a la aspereza de la resistencia,

pues ella quería hacer de él un hombre mejor, diferente o mejor, tales eran

todas las esperanzas que siempre había puesto en esos jóvenes a los que amaba, que fueran capaces de superarse, como Franz, en la música, pero Franz le había dicho que no puede esperarse de una naturaleza exánime, sensual y perezosa acciones honrosas, y a propósito de esa naturaleza exánime de los hombres, pensaba el juez, acaso Renata no se había dado cuenta de que solo uno de entre todos los jueces había levantado la voz contra la pena de muerte, en Estados Unidos, y nadie le había escuchado, a

propósito de esa naturaleza exánime, no hacía tanto que el padre de Claude,

un padre, un abuelo, no hacía tanto tiempo, pensaba Claude, que esos mismos jueces aceptaban que en su país se ejecutara en la horca a mujeres y

hombres, y estaba convencido de que, por mucha superación, nunca se conseguía lavar las faltas de los padres, y se preguntaba apesadumbrado si

alguna vez llegaría una generación de hombres equitativos, y los

pendientes, que no se le olviden los pendientes para ir al casino, así, al recomendar a Renata que no olvidara los pendientes, disimulaba su

congoja, ese malestar que sentía de repente frente a sí mismo, en esa habitación, y le parecía que todos los hombres miraban a Renata cuando salían juntos los dos a la calle, o quizá fuera por ese perfume de vida, de

muerte, de una convalecencia que flotaba a su alrededor, su mujer le parecía

vulnerable, con su amplia frente, sus orejas desnudas, con el lóbulo atravesado por una luz rosa, como la carne de los niños cuando está herida,

esas orejas desnudas, había que adornarlas, cubrirlas, con los pendientes, queda más bonito, dijo él, pero por qué vas tan a menudo a ese casino, se

fuma mucho, es malsano, luego, al acercarse a la ventana, había sentido el

roce de Renata, de su majestuosa cabeza contra su hombro, ella había desaparecido en dirección al ascensor, en el hall del hotel ya se había confundido con la muchedumbre, encendiendo deprisa un cigarrillo,

después otro, había estado esperando tanto tiempo ese momento, ningún gesto de ternura, ninguna atención habían podido retenerla, pensaba él, esa

sed temblorosa era propia de ella, de Renata, y todo parecía oscuro, ingobernable, cuando ella sabía que podía morir, él la había visto tantas veces en esa misma actitud de distracción lejana en la que, inmóvil, sin mirarlo, se animaba de repente para repetir un gesto de autómata, el de contemplar con avidez el cigarrillo del que expulsaba enseguida el humo, dejando el mechero de reflejos brillantes sobre un mueble, cerca de la cama,

y el objeto maléfico los perseguía entonces en los repliegues de su destino

secreto, ahora, pensaba él, había que borrar esas siniestras huellas en la habitación, lo que aún quedaba de su conversación de la noche, un

periódico que habían leído juntos, la víspera, el nombre del condenado, su

fotografía, y para qué, demasiado tarde, la naturaleza exánime de los hombres, el alma humana está cargada de una eternidad de penas pero no

por ello deja de seguir viviendo, en el olvido, el placer, la despreocupación, y él oía ese murmullo de las risas frívolas, en la playa, en las habitaciones, Claude era como esos turistas, se nutría como ellos de agua y crema solar,

todos y cada uno estaban vivos, triunfantes, satisfechos de su precaria estancia en la tierra, pero si Renata le huía para apagar su sed, pensaba él, era sin duda porque había sido demasiado severo imponiendo esa sentencia

a los delincuentes y a los proxenetas, volvía a ver esa expresión de conmiseración impresa en su rostro, y pensaba en esas cosas turbadoras que

habían dicho durante la noche, él había vuelto a prohibirle que fumara en la

cama y ella se había rebelado y de repente habían hablado de Dostoievski,

en el último segundo, un zar ensoñador había perdonado la vida a

Dostoievski, de otra manera habría sido asesinado como su padre antes que

él, acaso no era sorprendente, ese soberano corrupto que había salvado a un

hombre, pero el pensamiento del último segundo había obsesionado a

Dostoievski, y durante mucho tiempo había oído el chasquido de la ráfaga, y Renata caminaba sola hacia el casino, sola, y siempre pesaba, para una mujer, ese sentimiento de libertad, de dignidad, siempre observada,

vigilada, con la mirada de los otros constantemente pegada a sus andares, al

movimiento de sus caderas, de su cuello, al resplandor de las joyas cuya fragilidad procuraba esconder, ahí, tan cerca de las sienes donde Renata alisaba con sus propios dedos sus finos cabellos plateados, y más arriba, hacia la frente, de ahí descendía la iluminación, el destello de esa pálida verdad que penetraba a veces el alma con incertidumbre, y a él le parecía

oír esas palabras de manera muy clara, el destino de una mujer, mi destino

es un destino incomprensible e informe, yo no estaba prevista en los planes

de Dios, qué sensación de dolorosa ociosidad la había empujado a decirle a

su médico, extirpe ese tumor maligno, lo más penoso era el recuerdo del mechero olvidado en la habitación del hotel, seguramente sus sentidos serían demasiado pobres para saborear ese mundo suyo, ni de Claude ni de

Franz, ese mundo, un magnífico jardín, fragmentado, roto, pero el suyo, pensaba Renata, tener treinta años como sus sobrinos, Daniel y Melanie, a

los que esperaba volver a ver muy pronto, sus únicos parientes, tener treinta años como ellos, conocer la despreocupada dicha de que se criara ahí su familia, ella iría a visitar un museo mañana, caminaba con paso largo, entusiasta, no había pensado en la audacia de su gesto, pero era esencial para ella sacudirse el yugo de una libertad prohibida y así poder atraer a su lado a un hombre con traje blanco al que pedía que le encendiera el cigarrillo, el hombre era un negro americano, flaco, que se acercaba a ella

que era muy alta, formando con su mano una especie de refugio para la llama, esa llama que ascendía entre sus miradas mientras ella le daba las gracias con voz sencilla, y el hombre había levantado la cabeza, observando

con altivez a la que se había atrevido a abordarlo cuando iba acompañado

por una mujer, luego la había visto salir corriendo, con ese gesto de pedir

fuego, controlando su turbación, Renata había adquirido más espacio en ese

territorio donde se debatía su pensamiento, esa era la singularidad de su destino, pensaba ella, atreverse a esos gestos que le daban la certidumbre de que existía libremente, autónoma y rebelde, ese nombre, grabado en su puerta, con letras negras sobre una placa dorada, Renata Nymans, abogada,

solo servía para proteger, para defender esa condición femenina constantemente violentada, pero también era un nombre relacionado con su

cautividad, cautividad burguesa junto a un marido, o profesional, con los privilegios de su clase social, solo era el principio de su convalecencia y ya renacía de otra manera, pensaba ella, había notado su aliento sobre la llamita, por encima del cigarrillo, venía de Los Ángeles, la llama los había

unido, un instante, en una isla extranjera, Claude nunca formaría parte de esos viejos jueces estancados en la indiferencia y el tedio ante la suerte de los seres humanos, ella le reconocía unas cualidades morales, pero le parecía que era demasiado severo con esos delincuentes, jóvenes traficantes

de droga detenidos en pisos míseros, tirados en medio de la basura, antes que nada tendrían que haber sido rehabilitados, deberían haberles prodigado

cuidados médicos, las atenciones de Claude se veían exacerbadas por esas

constantes disputas, su marido no habría aprobado tampoco esos desafíos tan poco sustanciales con los que animaba su vida durante los días de descanso que le parecían tan largos, la mirada del negro americano que ella

había buscado a él le habría desagradado, esa mirada sonriente y fría, ella

seguía notando la fuerza atrayente de los ojos oscuros mientras avanzaba,

era como cuando vivía con Franz, puede que despertara siempre a su paso

el fenómeno de una inexplicable compasión, qué no habría hecho ella para

complacer a Franz, entregada a los cuidados de una manicura en París, había visto a la modesta empleada de ese lugar con su zafio calzado de enfermera, su caja de guata en la mano en medio del montón de pelo cortado desparramado por el parqué encerado de negro, ella veía sus uñas

pulidas, relucientes en medio de la tenue claridad de una tarde invernal, hojeaba una revista, y de repente sintió vergüenza, por qué asistiría a esa velada de beneficencia con Franz cuando él había dejado de amarla, la manicura introducía la guata húmeda entre sus dedos, Renata veía su cara

en el espejo, esa cabeza austera cuyos cabellos había mojado el peluquero

antes de peinarlos hacia atrás, ella había pensado, así voy a ser a partir de ahora, eran esa cabeza, ese cráneo los que surgían victoriosos del abismo de

la humillación de Franz, de sus infidelidades, pero por qué ese oscuro desahogo que parecía incitar repentinamente en la manicura, acaso Renata

le recordaba a una de esas figuras estigmatizadas como las que se ven a

menudo entre la muchedumbre, nuestros rostros no nos pertenecen del todo, sino que proceden de los estragos del tiempo que nos ha precedido, de las

crueldades de la historia, un rostro cerrado y silencioso se convierte en el de una madre, una tía, una prima desaparecida en circunstancias misteriosas, la

cabeza que Renata veía en el espejo estaba privada repentinamente de los

adornos que le daban un aire alegre, vaporoso, pues sin los pendientes las

orejas parecían menudas, ligeramente pegadas al cráneo rígido, se veía ese

punto rosa en los lóbulos delicados que la aguja había atravesado, y en las

calles cálidas y ruidosas de una ciudad extranjera, Renata se preguntaba si

no era esa cara la que había visto en el espejo la manicura, la que el negro

había apercibido, rozado casi y luego barrido con su sonrisa altiva, y el juez recorría el hall del hotel, notando el frío contacto del mechero, de la pitillera de oro en la que Renata guardaba los cigarrillos, se había refrescado de sus discusiones jugando al tenis, había nadado en la piscina,

habían necesitado, pensaba él, ese penoso incidente en sus vidas, la operación quirúrgica de Renata en Nueva York, para que se tomara un tiempo para descansar junto a su mujer, se había paseado mucho rato desnudo por la habitación, todas esas horas en un despacho, consumidas por

unos dosieres, trabajando los dos hasta muy tarde por la noche, había pensado mientras se ponía la camisa, qué disfraz esa toga de los jueces, sentirse investido del poder de la ley y reinar por la fuerza, por el terror como hizo mi padre, o acaso no le reprochaba Renata que hubiera

conservado a los sirvientes de su padre, un cocinero, un chófer, exconvictos

de los que Claude no conseguía separarse, y a los que alojaba en una especie de cabaña cerca de su residencia, qué pena no sentir por más tiempo

la caricia del sol en su espalda, sus caderas, mientras estaba de pie en la ventana, alegrándose de su inalterable vitalidad, siempre sucedía eso cuando por fin uno aceptaba relajarse, se recuperaba la inalterable vitalidad de la juventud, saldría sin esperar a Renata, seguramente se sentiría molesto al caminar de repente a su lado sin que ella girara la cabeza hacia él, porque cuando ella huía así a paso rápido dejaba de verlo, irresistible para ella ese chasquido seco de la pitillera de oro que abría orgullosa, temiendo tropezarse con su marido por la calle, Renata cedía sola y aislada a sus ritos, saboreando prolongadamente un cigarrillo tras otro, exhalaba el humo, a la

vez que se apoyaba en una tapia, porque seguramente llevaba ya mucho tiempo andando, aunque no supiera exactamente adónde iba, ni siquiera tenía el menor sentido de la orientación, así había recorrido muchas ciudades europeas enteras, y qué escribía en esos cuadernos que no le dejaba ver, cómo conciliar el amor y la errancia, y acaso el arte de la magistratura le parecía a Renata de una hostil inhumanidad, los hombres, pensaba el juez, condenaban sin duda más allá de sus fuerzas, se volvían satánicamente débiles cuando se les confiaba un poder, una tarea

monstruosa, sí, más allá de sus fuerzas, él caminaba sumido en el aire cálido, húmedo de la calle, no diría nada cuando viera a Renata con otro cigarrillo más entre los labios antes de devolvérselos, entonces manosearía

durante mucho tiempo entre los dedos la pitillera de oro, el encendedor, dudando si ir a reunirse con ella o no. Y a lo largo del océano, unos edificios militares alineados en la periferia de la playa, los hijos del pastor Jeremy jugaban, perseguían a los gallos que se desgañitaban durante todo el

día en el césped reseco, delante de la casa pintada del mismo verde oscuro,

un poco siniestro, que el de los edificios militares, es una casa de verdad,

pensaba el pastor Jeremy, aunque en realidad se pareciera demasiado a una

choza aplanada por el sol blanco que le caía encima, dentro se oía el ruido

de las olas del Atlántico, muy cerca, era la hora de reunir a los niños para la oración, el pastor Jeremy habló con esa voz fuerte suya, atronadora, venid a

prepararos para ir a la iglesia, y qué hacíais en casa de los vecinos, otra vez robando fruta, el profesor iba a llegar de un momento a otro, los amigos estaban ya en el aeropuerto esperándolo, qué diría el profesor al ver a esos

ladronzuelos en los árboles de su jardín, eh, qué diría, subiéndose por mis

limoneros, mis naranjos, es cierto que hace tiempo que no había nadie que

estuviera ahí para recoger la fruta, el profesor era un hombre extraño, pero

nunca se sabe cómo viven esos Blancos, y esos gallos parlanchines que no

paraban de cantar, el pastor Jeremy diría a todos esos niños que releyeran el Evangelio según san Mateo, el Señor es mi pastor, acaso Él os ha

abandonado alguna vez, y no sois más que unos granujas que robáis en los

árboles y ellos contestarían al unísono, el Señor es mi pastor, amén, amén,

las niñas estarían delante con sus vestidos blancos almidonados, sus pesados cabellos trenzados, rizados, retenidos por lazos, apenas concluida

la celebración del oficio divino el pastor los vería salir disparados por todas partes levantando polvo, pero mientras, que se queden quietos, el pastor tendría enseguida ante la vista esa fila de cabezas ensortijadas agitadas por tics, movimientos maliciosos, sí, el revuelo de todas esas cabezas durante sus sermones, eso cuando al gran gallo rojo no se le ocurría entrar también

al templo, que vengan todos, piando y riendo en medio de una nube de plumas, bienvenidos todos, les diría el pastor, venid, esta es la iglesia de los elegidos y de los profetas, como todos los domingos a mediodía

disfrutaremos de nuestro festín de carnes asadas en calles y patios del barrio de la calle Esmeralda, qué dirán vuestras madres si os mancháis los vestidos

de barro, y ellos no escuchaban y los gallos y las gallinas revoloteaban por

todas partes, un cachete en la mejilla, así os castigarán vuestras madres, y

os sentiréis conmocionadas y se os oirá lloriquear en la iglesia, y poco a poco el rebaño del pastor Jeremy iba reuniéndose, con su ropa de domingo,

y él pensaba, no, que no aterrice el avión ahora, sería maravilloso descender hasta el fondo de esta agua cristalina ya, sin esperar, transformarse en ese

rocío de la mañana sobre la hierba fresca, junto a las playas, ondear en ese

aire, esa agua, estar ya disuelto en las nubes, se acabó la lucha contra la materia que solo puede venceros empezando desde el principio, por la degeneración de vuestras células, y acaso no era conmovedor ver todos esos

cráteres azules surgiendo de debajo de las olas, esos islotes de vegetación

submarina que nunca había visto hasta ese día, pero rodeado por el océano,

el avión del profesor se posaría demasiado deprisa sobre la tierra, todas las casas de la calle Bahama temblarían, el pastor Jeremy veía en el cielo azul

el avión del profesor descendiendo lentamente hacia la pista, el profesor llegaría enseguida a su casa, hacía tanto tiempo que su jardín estaba abandonado, que su gato estaba solo, espantando a todas las aves libres del

entorno, repetid conmigo, el Señor es nuestro pastor, decía el pastor con su

potente voz, guiando a su familia hacia el templo, bajo el sol que empalidecía la piel del tío Cornelius y de sus músicos mientras caminaban,

en cortejo, desgarbados embutidos en su indumentaria almidonada de los domingos, a la vez que bailaban, saltaban, a lo largo del cementerio hasta la iglesia, dirigiendo de vez en cuando sus ojos entornados hacia el cielo, y esa burbuja de champán, o de aire venturoso en el que Jacques había sido

encerrado, durante el vuelo, estallaba de repente, se destilaba, el avión aterrizaba, dando brincos en el aire, saltos bruscos, y a partir de entonces Jacques ya no estaría solo con los sobresaltos de sus carnes nerviosas, impacientes y magulladas, pensó, Luc y Paul y una mujer que ya estaba al

volante de su coche cuando él llegó se habían hecho cargo de su persona,

qué triste misión les había sido encomendada a todos, pensó Jacques, esa tarea de la agonía donde de repente resultaría más fácil morir, porque todo

se desarrollaba ya como él había previsto, estaba en su casa, le habían dado

un baño, le habían puesto el pijama, tumbado en su cama junto a la ventana

abierta, contemplaba su jardín, toda esa vegetación masiva y desordenada que le gustaba tanto, por eso les había prohibido que arrancaran la mala hierba, parecía que la tormenta había torcido los limoneros, los naranjos, y

las buganvillas y las rosas lo habían invadido todo, doblándose debido a la

abundancia de sus flores, sobre una alfombra de hojas de palmera cortantes

como cuchillas, ese era el jardín espeso y asfixiante que Jacques había querido volver a ver con tanta ansia, así que era verdad, había llegado la hora para sus amigos de ejecutar el ritual invencible, y una semana antes,

había cenado con sus estudiantes, y esa noche, si le preguntaban qué quería

cenar, diría que platos orientales porque su aroma seguía cosquilleándole la

garganta, y de pie, junto a él, con las manos sobre sus hombros, Luc y Paul

decían, fue un largo viaje, pero quién era esa mujer, pensaba Jacques, que

había venido con Luc y Paul a recogerlo al aeropuerto, ese ser enigmático

lo obsesionaba, una amiga que residía en la isla, Jacques había pensado a

menudo que se ve varias veces en una vida el rostro anunciador de su propia muerte, la ambigüedad de nuestra memoria no permite que ese rostro

se nos quede grabado, por qué esa mujer digna y bondadosa que le había preguntado si estaba cómodo entre los cojines en la parte trasera del coche,

lo mismo que la presión de los dedos de Paul, de Luc sobre sus hombros, en

la ventana, con todos esos bienes reunidos, el mar, el aire, por qué, se preguntaba él, ese perfil clásico de la desconocida formaba parte, junto con

Luc y Paul, de la ceremonia de las últimas caricias, de las últimas miradas,

quizá los habían enlazado furtivamente para la misma danza, acaso era la privación de los platos orientales lo que lo empujaba a una sentimentalidad

tan lacrimógena, se arrepintió inmediatamente, habló de salir, de ser

lascivo, incontinente de lujuria, de violar con la mirada, de poseer, él pronunciaba esas palabras mientras un destello de duda atravesaba sus ojos

azules, diciéndose que tales pensamientos pasan por la cabeza de todos los

moribundos, pero no pueden confesárselos a nadie, qué había visto ese día

que había deseado no olvidar jamás, a una adolescente nadando con su perro que ella agarraba por el collar, iban a la deriva, arrastrados por las olas, la inocencia de una imagen que él no quería olvidar, y si esa mujer, al volante del coche, le había provocado esa indecible emoción, es también porque estaba viva, porque seguiría viviendo cuando él ya no estuviera allí,

aunque ella tuviera la edad de ser su madre, mientras se hundía en los cojines del coche un miedo glacial se había apoderado de él, el amanecer y

el atardecer del sol sobre el mar, la joven agarrando a su perro por el collar en medio de las olas, habría tenido que cesar ese movimiento vital, imperturbable y alegre que proseguiría sin él, el avión habría tenido que dispersarse entre los granos de arena en medio de un estruendo metálico, y

así no habría tenido que contestar con voz acongojada si estaba cómodo en

medio de los cojines, en un coche que lo conduciría al término de su existencia, en un lugar paradisiaco, acaso no había despreciado desde siempre la delectación de los cristianos en el sufrimiento, el castigo, acaso no era eso lo que había enseñado a sus alumnos en sus clases sobre Kafka,

la Carta al padre era uno de esos ejemplos elocuentes, en la literatura, de una voluptuosidad en la humillación puesto que la llamada de socorro de Kafka al padre acusado y denunciado no había sido escuchada nunca, sí, pero acaso habían entendido sus estudiantes el sentido de sus observaciones

aburridas, esos estudiantes que nunca volvería a ver, y esos lagartos que serpenteaban perezosamente sobre las piedras, todo el día, Jacques no los envidiaba, con sus pechos rojos henchidos por una felicidad apacible, el amor, ese recuerdo del movimiento alegre, imperturbable que era la vida, pronto se proclamaría la evolución de la ciencia, retrocedería la

enfermedad, ah, que nazca la esperanza que iba a librarle de sus males, pero

sus trabajos lo esperaban aquí, ese ensayo sobre Kafka que acabaría por fin,

lo sometería en otoño al juicio de sus colegas de la universidad, subrayaría

la relación odiosa que unía a Kafka con su padre, la conjunción biológica de

esos dos monstruos, uno sensible y refinado, otro perverso, cuya única

salida había sido La metamorfosis, por la maldición, la de la escritura, pues acaso no fue a través del símbolo del insecto prisionero en una habitación

como Kafka castigó al padre y al hijo, y así trataría el tema del castigo gratuito, de la maldición, con el tono de la insolencia amarga, desengañada,

puesto que nunca había creído, hasta ese día, que el tema de su estudio sobre Kafka fuera él mismo, además de esa fauna malsana que germinaba

bajo su caparazón; repentinamente vencido por el sueño, la somnolencia, observaba fijamente con los ojos entreabiertos a uno de esos reptiles que había saltado al borde de la ventana, la minúscula lagartija parecía mirarle

también a él de reojo bajo su membrana parpadeante, era todo pereza y languidez, pensó Jacques, y por muy lisiada, por muy mutilada en sus formas que fuera su presencia al sol, como la adolescente y ese perro suyo

del collar en las olas, o la mujer que lo había traído del aeropuerto, esa lagartija se convertía también en una de esas figuras inolvidables que avanzaban con Jacques hacia las costas de la eternidad, se sentó pues en la

cama, buscando el mar con la mirada, pero solo vio una breve zona azul entre los pinos que habían plantado recientemente en la gran playa de los

militares, puede que se durmiera así, con la cabeza sobre el pecho, dejándose caer entre las almohadas de su cama, luego se sobresaltó, contento al descubrir una sombra familiar, entre la maleza, bajo los limoneros, la sombra se escurrió por un agujero de la alambrada, era el Tarado o Carlos, era el ladrón o su hermano mayor que reventaba con su navaja las ruedas de las bicicletas, los hijos del pastor se habían escabullido con su botín, al otro lado de la calle y en el aire iba desgranándose la risa burlona de sus dientes blancos, sanos y vengadores, y quién se habría atrevido a quejarse cuando, si no, la fruta se acabaría pudriendo en los árboles, mientras Jacques sentía, a pesar de su cansancio, una suerte de satisfacción ácida, como ese sabor de los limones verdes que se habían llevado los ladrones, pensaba él, por haber sido testigo de una escena ilícita como lo había sido tan a menudo en su vida, o acaso robar a un Blanco cuando se era un muchacho negro no era un acto de desobediencia suprema,

esa satisfacción le venía también de haber recibido una visita cuando se sentía tan solo; al mismo tiempo le invadía cierto malestar, ¿no se reirían Carlos y su hermano cuando le vieran dirigirse al mar con un bastón? Y qué

tipo de fe era la del pastor Jeremy, a quién veneraba así en su iglesia, el buen hombre le diría seguramente, como de costumbre, señor profesor, están los que entran en el valle de las Orquídeas y los que no entran, pero

no lo vemos a usted muy a menudo por nuestros templos, nuestras iglesias,

así que se pasa todo el día escribiendo, de la mañana a la noche, pero también hay que rezar a Dios, y cruzaría sus manos regordetas sobre su vientre con aire pensativo, ah, sí, los que entran en el valle de las Orquídeas y los que no entran, ahora voy a regar el césped porque hace días que no

llueve, de la mañana a la noche entre libros, eh, profesor, también tengo que podar las flores y preparar el sermón, a Jacques enseguida le cansaría la confianza bonachona del pastor Jeremy en esas fuerzas divinas que él negaba, echaría de una patada a los gallos y las gallinas hacia el césped reseco, aplastaría una hierba en su puño, que no, que el valle de las Orquídeas está aquí abajo, pastor, puedo asegurárselo, lo he visto, o bien le diría que los Blancos no merecen entrar ahí y el pastor Jeremy asentiría con

la cabeza mientras el silencio de la noche iría cayendo sobre ellos. Desde su cama crepuscular Jacques partía de nuevo hacia las rutas de Asia, se subía

corriendo a un tren, oía el silbido de las locomotoras, el valle de las Orquídeas está aquí abajo, pastor, lástima que ya no pudiera comer platos

muy especiados, que no pudiera sentir en su garganta una quemadura

lancinante, aun cuando no bebiera más que agua, el aburrimiento, el fétido

aburrimiento era sin duda de origen cristiano, eso era lo que había olvidado

decirle al pastor en sus conversaciones, en medio de ese césped reseco, de

los niños y de los gallos, delante de la casa pintada de un verde tan oscuro, tan triste, como si el color verde se hubiera teñido de negro, y yéndose tan

lejos lo que hacía era neutralizar ese fétido aburrimiento, el insidioso aburrimiento de esas ciudades donde la gente se acuesta pronto por la noche

y vive entre el campus universitario y el campanario de la iglesia, sí, pero

¿para qué huir tan lejos si es para verse bruscamente incapaz de salir solo a la calle sin la ayuda de un bastón? Abandonado a la pesada embriaguez que

le producían las medicinas que ingería a diario, pensaba, es el aceite o el fuego o la luz lo que baja en la lámpara, las palabras del pastor Jeremy invadían de repente su meditación, mientras dormitaba, cuando ya no queda

más aceite en la lámpara, se apaga, profesor, y las aves del paraíso cierran

sus corolas lustradas por la lluvia, pero todavía quedaba aceite en la lámpara, acaso no se había sentido atizado el fuego de sus sentidos por ese

perfume obsesivo que lo proyectaba de nuevo a las rutas arenosas, ese perfume del hachís que fumaban sus amigos apartados en la cocina

estrecha, dijo él, levantándose de la cama, cómo podéis tenerme tan olvidado, y aquella fue la primera risa que compartieron, pensó,

aprovechando ese momento de sincera alegría pidió papel, lápiz, porque quería escribir sus sueños, era tan insensato, dijo, la incoherencia de todos esos sueños que tenía medio despierto, en una especie de trance, pero el milagro no era la extraña febrilidad de sus sueños sino esa involuntaria cascada de risas que compartió con sus amigos, mientras fumaban juntos en

el jardín y se disipaban en el aire perfumado los círculos de un humo acre

cuyo olor se mezclaba poco a poco con el olor a maíz quemado, aroma persistente que se respiraba en todos los patios de la calle Bahama, pensó,

ese olor viajero que lo transportaba hasta Oriente, mientras que una mano

repentinamente firme escribía sus sueños en su cuaderno, por ejemplo la mujer que estaba al volante del coche, del cortejo fúnebre, pensaba, acaso

no la había invitado en ese mismo coche, entre los cojines, a una carrera desenfrenada en una ciudad que habría podido ser París, durante los bombardeos, acaso no le había advertido de que conducía demasiado

rápido, ella le había contestado, con la amable sonrisa de su bello perfil, yo le había prometido a usted que vendría a saber cómo estaba, una vez aparcado el coche en la linde de un bosque y, tras abrir la puerta, la mujer

había ordenado a Jacques que se bajara, esa orden era tranquila y carente de

toda violencia, la mujer dijo, venga, venga a mis brazos, tengo fuerza para

sostenerle porque es usted frágil como una concha, venga, iremos hasta el

claro donde el tiempo está más fresco, luego Jacques había constatado que

seguramente se había dormido mientras escribía el sueño, la casa, el jardín

estaban vacíos, Luc y Paul habían vuelto a la biblioteca donde trabajaban ambos, pensó que pronto sería el final del semestre, para sus estudiantes, que quizá vinieran a verlo durante las vacaciones de primavera, esa fulgurante interrupción en la monotonía de los días de las salas de estudio, y acaso era verdad que habían enviado a Carlos a un correccional ese invierno, Jacques hablaría de ello con el pastor Jeremy, Carlos, esa masa

algodonosa derrumbándose en la acera, mientras se vertía en un arroyo de agua sucia la colada de la familia, era ese muchacho que se parecía a un payaso con su pantalón de cuadros, tirado en la acera, borracho perdido, y

le traerían ese estudio de un erudito alemán sobre Kafka, de la biblioteca,

cogió el lápiz, se esmeró en describir lo que todavía estaba confuso, en su

mente, de ese sueño, había participado en una competición de natación, la

anomalía de esa competición exigía de él que se lanzara desde una altura extrema mientras sobrevolaba unos maderos de roble en una piscina, el salto era peligroso, pero como si hubiera tenido alas, lo conseguía a veces

con una velocidad prodigiosa, ahí donde otros atletas se partían el cráneo en las tablas, superaba la prueba gracias a una natación aérea que lo precipitaría a las olas del océano, estaba a salvo, pensaba él, mientras posaba su mirada con gratitud en la hoja, el cuaderno, los lápices que había

dispuesto ante él, con el vaso de agua mineral entre los hielos que centelleaban al sol; ninguno de esos objetos, cuando se salía de un sueño tan sofocante, parecía haber sido rozado, tocado, los envolvía el halo de una pureza absoluta. La tierra estaba agrietada y rugosa alrededor de los cactus, pensaba el pastor, era la señal de una próxima sequía, y qué había visto en

el templo durante el oficio, a esas chicas maquilladas, las suyas, con los labios hinchados, era la hinchazón del deseo, del apetito sexual, por qué Dios había decidido en su sabiduría que hubiera chicas, ya tenía bastantes

problemas con Carlos y sus otros hijos, Dios había creado la sequía y a las

chicas, esos demonios que insultaban al Señor, a dos de ellas todavía les daba el pecho su madre, las gemelas Deandra y Tiffany, y qué harían más

tarde, mejor no pensar en ello, quién sabe si las decisiones del cielo son calculadas, no hay quien las entienda, como la ciudad le daba derecho a una

pequeña ración de agua, el pastor Jeremy había regado sus cactus y se disponía a cortarle el cuello a un pollo para la comida dominical cuando recordó que el pecado estaba en su casa, debajo del tejado de su casa baja

entre las sillas y las sombrillas corroídas por la desidia de la humedad que

lo penetraba todo, con su moho, no lo había soñado, había visto de verdad

unas cadenas y unos candados de bicicletas en el cobertizo al ir a buscar sus herramientas, el pecado y sus vilezas estaban dentro de su casa y tenía que

ser cosa de Carlos del que tan orgulloso se había puesto cuando hubo aquel

combate de boxeo de la escuela, Jeremy se sacudió la arena de las sandalias porque Mamá se enfadaba cuando entraban en casa con arena en los

zapatos, esas chicas provocadoras, Venus, sus hermanas, con los labios pintados, maquilladas, embutidas en esos vestidos almidonados de los

domingos y esa escandalosa turgencia bajo sus camisetas los días de labor

donde se podía leer Malos hasta la médula, la hinchazón del deseo, del apetito sexual, y en cuanto a las cadenas de bicicletas, ningún error, había

tenido que ponerse las gafas para verlas bien, no había duda, el botín robado estaba en el cobertizo, en ese rincón de grisura membranosa y tentacular, a

su edad ya no podía calentarles la badana con la correa, sobre todo cuando

ganaban combates de boxeo y un Blanco se derrumbaba en el ring, y luego el segundo, Carlos, también había sido él quien había lanzado un día sus botines agujereados al cable y toda la calle se había quedado sin

electricidad, un granuja, un golfo, los botines seguían ahí, columpiándose al viento, con lo cara que costaba la educación de los niños, el Tarado que tenía diez años seguía sin saber leer, no sabía si iba a la escuela o no, arrastraba la pierna derecha detrás de la otra, qué se podía hacer, era de nacimiento, una segunda ojeada al cobertizo y el pastor Jeremy descubriría

una billetera, un cinturón de cuero, el Tarado, o Carlos, acaso no lo conocían los turistas por su mano ligera, desde luego en el correccional no

iba a acabar campeón de boxeo, habría que mandarlo a casa de esos granjeros blancos de Atlanta, volvería más moderado, le darían palizas si no

escuchaba, los botines lanzados ahí arriba por una mano experta, ese Carlos

era musculoso y fuerte, el pastor Jeremy henchía el pecho, orgulloso, Carlos

no era un cualquiera, el pastor había atrapado el pollo y el cuello degollado derramaba sangre por su mano, en medio de unas plumas rojizas, el pastor

Jeremy no diría nada de las cadenas de las bicicletas a su mujer, un domingo era un día de descanso, jugaban al balón en el patio, se bañaban en

el mar y los más pequeños aprendían a andar junto a su madre en la arena

de las playas, y de repente el pastor Jeremy recordó que durante mucho tiempo le había estado prohibido el acceso a las playas públicas, se veía a sí mismo transportando tierra en los camiones, los días de permiso, el camión

circulaba por la ciudad casi sin ruido, durante el almuerzo dominical de los

Blancos ocultos bajo el tul de los porches, contra los mosquitos, el camión

donde iban de pie, se habría dicho que con los pies sujetos por cadenas en una carreta, cinco muchachos negros de cabello hirsuto, labios carnosos, cuyos ojos, en el fondo de las órbitas, parecían carentes de sueños. Y

Jacques pensaba en esa mujer que lo había llevado en su coche, por qué el

rostro anunciador de su muerte le había resultado seductor, reconfortante, maternal, quizá esa cara estuviera vinculada a la de la enfermera que llegaría pronto, para los cuidados paliativos, cuando estuviera demasiado débil para alimentarse solo; de su sangre enlutada que sembraba el pánico,

la muerte, por todas partes, surgiría, gracias a múltiples transfusiones, el éxtasis de la sangre clara, purificada, era como cuando Paul se había refrescado la cara con el agua de la fuente, esa tibieza del agua en sus sienes, por qué el rostro anunciador de su agonía le había resultado dulce,

tranquilizador, cuando era todo lo contrario, como esa mujer que le había preguntado si estaba cómodo entre los cojines, en la parte trasera del coche, parecía decirle, soy la muerte, amable, domesticada, me embriago junto a ti

con todas las fragancias de tu jardín, el resplandor de sus colores, el verde de las plantas, de las hojas, es más deslumbrante que ayer, todo es abundancia a tu alrededor, y Jacques había pensado en todas las mañanas en

las que se había despertado con el cuerpo tendido hacia curiosidades anhelantes, con su sexo enhiesto, triunfante, a la espera de los besos de Tanju, del lánguido cuerpo que iba a estrecharse contra el suyo, pero aunque

se había encaprichado de Tanju en Pakistán, de repente no había sabido qué

hacer con él, en el campus de la universidad, en su trabajo, revestido de ese rigor profesional propio de él cuando se dirigía a los profesores de su departamento, el de literatura y lenguas extranjeras, ¿no había pensado en

todo eso al escoger una profesión que le permitiera viajar? Había dicho a Tanju con su voz autoritaria que volviera a su país, qué amenaza, qué tormento al sentir de repente a Dios sobrevolando alrededor de uno, porque

la dominación del amor era eso, pensaba él, la feroz dominación de una persona ajena, acaso las cartas del estudiante paquistaní no habían sido rotas en mil pedazos por esa mano traidora que había querido, acariciado,

amado tanto, al repudiar a Tanju, al no contestar nunca a sus apasionadas

cartas, él había conocido ese cobarde deleite que tanto condenaba en el caso

de Kafka, así y todo, era como si se hubiera enganchado una uña en las

fibras del caparazón y eso le hubiera impedido moverse, tumbado en el suelo, como el insecto gordo y llorón de Kafka, su espalda sufría el insulto

de las manzanas podridas, aliviado y curado del amor tras la partida de Tanju, furioso porque la uña divina le había recorrido el espinazo, en su cura súbita, moría ahora del mismo amor, y qué amenaza sentir a Dios sobrevolando alrededor de uno cuando se estaba sin defensa, como un alpinista que se hubiera roto la espalda en su caída, y Tanju repetía entre lágrimas inocentes, ¿entonces tan solo era un objeto para usted, un instrumento de placer? ¿Así que no me ama? Y Jacques contestaba con frialdad, así es, no puedo dar más de mí, soy así, que se me deje en paz, el

deleite cobarde intervenía, pensaba él, cuando Tanju se ponía a derramar lágrimas sin parar, que broten, que chorreen, decía para sí estremeciéndose

una vez más al pensar en ese cruel goce que había sentido al ver a alguien, y sobre todo a un ser adorable, procurarle esa victoria, sufrir de amor por él.

Luego Jacques ladeó la cabeza, se quedó dormido, preguntándose si tendría

ánimos para apuntar todos sus sueños porque le temblaba un poco la mano;

y volvió a verla, de repente estaba junto a él, era una tarde de tormenta y las olas estaban muy altas, la que tenía el rostro anunciador de su muerte había

cambiado, la elegancia de esa persona, al volante de su coche, se había vuelto más pesada, más descuidada, era una mujer corriente que pintaba, sentada en una roca junto al agua, seguía llevando el mismo calzado playero, blanco y de tacón plano, el pantalón amarillo bien cortado, pero ya

no se percibía la suavidad de sus rasgos bajo el sombrero grotesco que la

protegía del sol, dibujaba o pintaba, sin mirar a Jacques que había empezado su gimnasia cotidiana en la playa, de hecho no hacía más que agitarse en vanas contorsiones sobre los guijarros de esa playa a la que acudían los perros, seguro que sus piruetas en esa playa infestada de conchas pestilentes los atraían, y su olor, la mujer dibujaba sobre una carpeta azul y roja donde estaba escrito Venga Es Urgente, dibujaba y pintaba de manera caótica sin mirar a ninguna parte, Jacques empezó a temer que volviera la cara hacia él y lo viera en esa postura humillante, luego se despertó, Mac había saltado desde un árbol a sus rodillas, Jacques

metió la mano en el pelo anaranjado de Mac, en sus lomos flacos, y le preguntó si esa camada de gatitos debajo de las adelfas era suya, y qué

había hecho, otra vez, el terror de los gallos de la calle Bahama, durante su ausencia, la prole de cachorros, con manchas pelirrojas, como Mac, se estiraba al sol, protégelos, padre casquivano, dijo Jacques, podrían pisarlos al caminar sobre las hojas, todas las hembras te tenían miedo este invierno,

y esos gatitos tontos, ya verás cuando pase dentro de poco el exterminador

de alimañas con su chorro de gas por debajo de los cimientos de las casas,

pero en qué andáis pensando todos, eh, y, mientras, jugaba con Mac, hostigándolo hasta la mordedura porque sabía que Mac no le mordería, estaba demasiado contento de verlo de nuevo, sus brazos, sus manos

esqueléticas le producían asco, la simpática admiración que había sentido tan a menudo por sí mismo ya no volvería más; entonces por qué no se levantaba, el aire salado del océano le habría sentado bien, esos paseos despreocupados que tantas veces lo habían estimulado, repuesto, no,

tampoco volverían en este mundo esas horas de relajación distendida, algo

ensoñadora, a orillas de un mar, de un océano, el año pasado, ¿era una premonición?, había visto un velero negro en medio del océano, un velero y

a sus tripulantes, ¿habéis visto alguna vez un velero negro?, había preguntado a sus amigos, la despiadada premonición se convertía de repente

en una realidad sobrecogedora, era la cama de hospital conducida hasta la

casa, hasta el umbral del jardín, incluso esa raya que separaba su cabello iba haciéndose más clara, pensaba él, y el juez bajaba hacia el hall que lo conducía al casino del hotel mientras pensaba, en el caso de los proxenetas

puede que hubiera bastado un año, pero los demás, esos traficantes, había

que desarticular su red, un telegrama le esperaba en recepción, lo leería más tarde, Renata, solo pensaba en Renata, una reacción impulsiva la había hecho volver sobre sus pasos, le había dado un beso, qué le estaban diciendo, que en el almuerzo los empleados del hotel se habían negado a servir a los clientes, que habían tenido que servirse ellos mismos en la mesa de los banquetes, en la sala del fondo, Renata, enfadada, dando pruebas de

una hostil desconfianza, aprobaba la insurrección, esos días de huelga, Claude le había dicho que fuera prudente con sus palabras, siempre

poniéndose del lado de los humillados, dijo a su mujer que ella era como

una presa al acecho del cazador, la tórtola que oye el chasquido de los perdigones en el zumbido de sus alas, Claude, que había cazado mucho con

su padre, en otro tiempo, decía, el cazador la derriba de un tiro pero a menudo no la mata, la deja palpitando largo rato sobre la hierba, y su conciencia, que aún no se ha visto alterada, refleja el cielo en un velo de sangre, escucha las risas de los cazadores a lo lejos y los latidos de su corazón que va parándose, pero Renata ya no estaba junto a su marido, la

vio en la sala de juegos entre otros jugadores, un grupo de asiáticos fumando cigarrillos en medio de una densa humareda, y le pareció que Renata estaba fuera de lugar en ese medio que frecuentaba por la noche, con su amplia frente iluminada por una luz pálida, su refinamiento secreto

próximo a la frialdad, esa conquistadora timidez que, en ella, irritaba tanto como atraía a los hombres, pensó Claude, sin embargo su mirada estaba fija, parecía jugar con aire implacable, como si su concentración hubiera sido profunda, dudó que fuera verdad, la conciencia de Renata, pensó, vagabundeaba siempre por otros lares, se dejaba llevar hacia insondables repliegues, ese condenado de Texas, no pararía de hablarle de él, cuando llegó a su lado ella se volvió hacia él y le sonrió, él sintió su aliento tibio y con olor a whisky, mientras las fichas rodaban hacia Renata sobre el tapete verde, él pensó, esas horas de la noche entre los hombres le pertenecen, lo

mismo que sus pasiones oscuras por el juego, el alcohol, pero cuánto temo

el humo de estos espacios, al 17, ella había doblado la apuesta, las fichas

seguían acumulándose delante de ella, pero no parecía tener ninguna prisa

por cogerlas, molesta por el humo de sus compañeros, se dirigió hacia el bar, y de repente el juez vio que no quedaba nada en el sitio donde había

jugado Renata, las fichas habían desaparecido, y un hombre con una camisa

abierta bajo la que asomaba su torso desnudo había ocupado el lugar de Renata, era un antillano pobre y andrajoso que venía directo de la calle, en

unos instantes recibiría una enorme suma de dinero que no le estaba destinada y que perdería inmediatamente después, en esa desesperación que

lo empujaba cada noche a jugarse aquí su sueldo de miseria y su vida, y Renata, con ese desinterés altivo, o quizá fuera cansancio, aburrimiento, o

incluso, pensó Claude, puede que la motivara esa pasión suya a menudo demasiado caritativa, ¿no sería la responsable del descalabro de ese hombre? Inmóvil, subyugado, sabía que Renata había visto el robo

descarado de las fichas sobre el tapete, como seguramente también había

sido consciente de que el antillano menesteroso se convertía de repente en víctima de un azar terrible, por culpa suya, ese mismo azar que habría podido aliviar su pobreza, hacerlo rico, ay, las oscuras pasiones de las mujeres, pensaba Claude, qué buscaría ella en lo que a él le parecía un ambiente infernal, el descanso o el conocimiento, acaso no se lo había dicho

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