Sed

Marie-Claire Blais · Capítulo 1 de 1 · parte 9/12

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Sed

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

una serpiente bajo el agua, el canto de Venus, su música, su voz que desgarraban el aire, la noche, con sus trances, con sus hechizos compasivos

y desaforados, lamentos de alegría y furor que Renata creía oír surgir del fondo de sí misma, mientras cantaba Venus, bailando descalza en el estrado,

entre los músicos, y era esa música la que también desprendía Samuel, con

la discreta repetición de sus gestos, de sus movimientos, podía esperarse que poco a poco se volviera, como Venus, endiablado, poseído por esa música, bailando descalzo, había visto tantas veces a Venus cantar para los

Blancos, en sus fiestas, sus bodas, en sus tiendas en Navidad, para sus hijos, en sus iglesias y sus templos, esa misma danza en todo su despliegue se apoderaba dócilmente de Samuel, que se dejaba atrapar por su ritmo, y

Renata volvía a notar esa sensación de frescor que había tenido al admirar al violinista adolescente, en el estrado, admiraba en Melanie y en Samuel su

pura resistencia a ser lo que ella no sería mañana, seres, maravillosas criaturas del futuro como el violinista adolescente, esa resistencia de Samuel, de Melanie a las cosas más feas de la vida, a las desgracias más espantosas, era una resistencia que parecía tan bien modelada en la carne como el granito de sus pensamientos, porque debían aprender ya a resistir a

todo lo que pudiera ofender esa pureza, pero por muy agudos, por muy sensiblemente iguales que fueran ambos, sería la firmeza, más que la dulzura, la que los ayudaría a vivir con esa fe que habían instaurado en sí

mismos, como las olas yendo a morir casi a sus pies, bajo las persianas de

las ventanas, en la hierba del jardín, una ola cálida, la voz de Venus, el sobresalto de esa voz parecía extenderse alrededor de ellos con el fuego tibio de las lámparas, y la noche irisada envolvía sus perfiles, sus rostros tan semejantes, ellos, idealmente perfectos para una fructífera supervivencia, estarían ahí, en esa tierra, cuando ella no fuera ya más que una imagen en

sus recuerdos, ellos la prolongarían hasta su resplandeciente inmortalidad mortal, y en sus recuerdos, qué sería Renata, una pariente de paso en una

noche de fiesta, cuya dignidad habrían descubierto en la prueba que la fisura, porque les había dicho a todos que estaba curada, deseando que fuera

verdad, pero desde que estaba con ellos ya no dudaba de que fuera verdad,

y Melanie dijo a Renata que Vincent dormía en el cuarto de arriba, podrían

subir a verlo sin hacer ruido, y de repente Melanie preguntó inquieta si no

había aún demasiada humedad en el aire, y Renata no veía traslucir la inquietud de Melanie de tan elogiosa que se mostraba Melanie al hablar del

recién nacido, de su fuerza, de su encanto, ya los dedos de Vincent se abrían como pétalos, la expresión exquisita de su sonrisa, es que era el vivo retrato de su padre, con esas pestañas tan largas y esos ojos que también eran de un

color singular, ni marrones ni garzos, sus abuelos italianos lo adoraban, pero igual el aire estaba un poco cargado esa noche por culpa de esa humedad malsana, observaba Melanie, o quizá fuera el cansancio como

cuando se había tenido que acostar ella esa tarde, sin duda lo había hecho

para tumbarse junto a Vincent unos instantes, en la complacencia de su amor, acariciando a ratos la pelusilla de sus cabellos, los dedos, esos

pétalos, todo lo que era la obra y la vida de Melanie, ella había escrito a Renata que el niño se encontraba bien de salud, ya excepcionalmente fuerte,

y en el cuarto donde dormía Vincent, Renata y Melanie se habían inclinado

sobre el niño, y Melanie había pensado que era verdad, sí, su hijo era guapo

y estaba sano, su respiración era acompasada en su sueño, quizá Melanie,

Jenny y Sylvie, que velaban por turnos a Vincent, se hubieran alarmado demasiado pronto por unos síntomas sin fundamento, Vincent, Melanie,

Samuel, Augustino, su padre, todos prolongarían a Renata cuando ella ya no estuviera en esta tierra, y a Renata eso le había parecido una buena idea, gloriosa, luego había pensado que Melanie, quien, como ella, era mujer, estaba ya mutilada, aunque no se notara, igual que la poeta de origen brasileño, pensaba Renata, desaparecida, cuya casa había alquilado, una mujer no nacía para durar, para implantarse, Melanie, al contrario que su marido y sus hijos, no era de solidez permanente en esta tierra, como Renata, era un ser de fisuras, de la misma condición, de idéntica

servidumbre aunque hubiera dado la vida, y Renata sentía por Melanie esa

ternura que sienten a veces los animales entre sí, y dijo de repente, mi querida Melanie, al ver que la mano de Melanie rozaba la frente, los ojos de

Vincent, la pelusilla de sus cabellos, porque Melanie había traicionado la fisura interior, el fallo de la mujer, al mencionar lo que las concernía profundamente a ambas, dijo ella, una compilación, un informe que habían

sido publicados en un periódico de una universidad americana, unas

violaciones cometidas a mujeres de cinco a ochenta años en la antigua Yugoslavia, durante el invierno, unas estudiantes, mujeres que estudiaban derecho, poseían en sus ordenadores las confesiones de las víctimas de esas

violaciones, de esas agresiones, habría un tribunal de crímenes de guerra, y

ahora se investigaban esos archivos con atrocidades aún tan recientes, dijo

Melanie, un tribunal de guerra como no se veía desde hacía años, y Renata

había conmocionado a Melanie diciéndole que el trabajo, la búsqueda de la

verdad de las estudiantes de derecho y las abogadas voluntarias era admirable, pero que por esos cinco mil asesinatos y violaciones los asesinos

nunca serían castigados, esos sangrientos archivos dormirían entre otros inconmensurables archivos de las crueldades de la historia, y a esos asesinos, a esos violadores no se les vería jamás ante unos tribunales

organizados por mujeres, y ellos seguirían violando, matando, toda esperanza de persecución sería vana porque las mujeres, las niñas,

mutiladas para siempre apenas llegadas a este mundo, si había que

representárselas mediante una imagen, tenían en sus manos para ofrecerlos,

sus pechos, su útero, todos esos órganos dispuestos para la tortura y la violación, para la mutilación de los hombres, o estaban abocadas a

desapariciones de todo tipo, reducidas al silencio, por una violación, un crimen, tenían al nacer entre sus manos esos órganos tanto de su vida como

de su destrucción, a menudo era su mente humillada la que desaparecía antes que su cuerpo, por la violación, la tortura, en este nuevo siglo, dijo Melanie, se encontrarán todas las pistas, Melanie iría con sus hijos a la reunión de ese tribunal internacional, oiría la voz de las víctimas, vería a los asesinos encarcelados, no, dijo Renata, nada de eso puede suceder, nuestros

archivos siempre estarán manchados de sangre, de nuestra sangre, una sangre, unos órganos siempre nuevos, cada vez más nuevos y más jóvenes,

se respetarán cada vez más los derechos de la persona, dijo Melanie, de eso

Melanie estaba segura, y en su sueño uno de los dedos de Vincent enlazaba

los dedos de Melanie, las mujeres, los hombres, los niños, dijo Melanie, en

el futuro no tendrán que sufrir atentados tan graves a sus derechos morales,

no, pues gobernarían unas mujeres que cambiarían la mentalidad de los hombres, hoy la mujer vivía en su país como en un país totalitario, pero eso

iba a cambiar mañana, dijo Melanie, cuando se mata a los hombres en una

guerra, dijo Renata, sus viudas son entonces el ganado de los hombres supervivientes, están ahí para ser asesinadas y violadas, en cuarteles militares de Perú, durante meses, son torturadas con descargas eléctricas o

intentan ahogarlas, se las detiene sin inculpación en cuanto hay un golpe militar en muchos países, son deliberadamente maltratadas y retenidas en condiciones terribles, las presas políticas son apaleadas, atadas, antes de ejecutarlas, yo no veo el fin de esas violencias, de esas violaciones de las

mujeres y sus hijos, dijo Renata, cuando defiendo a una mujer, sé que ha nacido y morirá en el dolor, incluso en los casos de infanticidio que he tenido que afrontar, dudo, he dudado de la culpabilidad de las mujeres, aunque puedan matar y maltratar a los demás también ellas, dudaré siempre

de su culpabilidad real, conocemos a las más peligrosas, a las más

criminales, que siguen en búsqueda y captura en Estados Unidos, en Canadá, en México, Montserrat, Berta, Sharon, Valerie, habían matado al portero de un hotel para robarle, eran toxicómanas, se habían escapado de

correccionales, de cárceles donde sin embargo parecían ir por el buen camino, habían obtenido el diploma de guardianas de seguridad, pero su personalidad era falsa e hipócrita, eran perversas, según se decía, a menudo

psicóticas, como Berta, de Guatemala, metida en el fraude, en la venta de

cocaína, trabajaba para un hombre, eran las represalias de esas vidas miserables, dijo Renata, habría que conocer el relato de cada una de ellas,

descender hasta las raíces de la verdadera desgracia de su infancia, antes de la escalada de todos esos crímenes habían sido niñas violadas por un padre,

un hermano, blindadas contra sus agresores, su alma, su mente se habían evaporado, estaban ahí, todos esos crímenes, su acumulación, los indicios de esa desaparición de la mente, del alma, desapariciones tan corrientes, cada una de esas mujeres había sido víctima de malos tratos, de abusos sexuales, de un acto de tortura que la había mancillado, Renata dudaba de la

culpabilidad de cada una de esas mujeres, a menudo le ocurría que no podía

dormir por la noche, pensando en esa madre infanticida, Laura, condenada

por el juez a la silla eléctrica, Laura, la madre de ese al que llamaban Caramelito, debía morir, era poco frecuente que una mujer fuera condenada

a la pena capital, pero Laura Nadora había matado al pequeño Caramelito,

su crimen había sido premeditado, decía el juez, Laura Nadora había oído

esas palabras en el tribunal, a las nueve y veinticinco de la mañana, después de una noche de angustia y miedo, en su celda, Laura Nadora, queda usted

condenada a la pena de muerte, salga de aquí, criminal, había oído también

mientras murmuraba con voz temblorosa, los ojos desorbitados de espanto,

Señoría, escúcheme, luchando contra los que la mantenían custodiada,

había dicho varias veces, el juez tiene que escucharme, tengo que hablarle,

como si, en esa patética llamada, hubiera esperado la ayuda de un confesor,

de un amigo, en tierras extranjeras, al principio no había entendido lo que le decía el juez, Caramelito había sido azotado, golpeado hasta la muerte, es

culpa de ese hombre, había exclamado ella, de ese hombre y la cocaína, pero es él quien lo enterró en la playa, crimen odioso y cruel, había comentado el juez, crimen sin perdón para una madre, mientras Laura

Nadora seguía gritando que era inocente, ella no era inocente del crimen del que se la acusaba, dijo ella, pero que la escucharan, un hombre la había arrastrado a todas esas ignominias, un hombre que no quería saber nada de

su hijo, los ojos desorbitados por el miedo en el rostro de la joven cubana

veían, más allá del juez, de su sentencia, de la sala del tribunal, de esa grandiosa hostilidad que le resultaría fatal, el acto de condenación, de tortura, cometido en la oscuridad de su vida, hacía tiempo que la habían herido, era inconcebible que, habiendo emigrado a ese país para conocer la

libertad, un juez sin compasión que no hablaba su lengua, pero sí la lengua

de la libertad, la lengua de la abundancia, que un hombre de buena fe, y sin

duda cristiano, la enviara así a la silla eléctrica, ella llevaba ese día un vestido de flores, se había lavado y arreglado el pelo, en su enajenación mental, pero acaso nadie se daba cuenta de que necesitaba ayuda, había rogado a su hijito que la perdonara por perder la razón, pero sobre todo que

preservara su vida, él que había muerto por accidente, pensaba ella, porque

se sentía acobardada y muy asustada, Caramelito, que estaba siempre

chupando un caramelo, le daban caramelos todo el día porque no tenían tiempo de ocuparse de él. Caramelito, que había muerto a consecuencia de

los golpes recibidos, seguía con su manita pegajosa de chocolate puesta sobre la mano de su madre, sus mejillas estaban manchadas de sangre, aunque fuera muy pequeño para hablar, le decía a su madre que todo iría bien, porque él era el ángel del amor, y acababa de morir el ángel de la venganza, y Laura ya no se acordaba de él, de si estaba enterrado bajo la

arena de una playa, bajo las lagunas del mar; él había huido, solo permanecía junto a ella un niñito bueno, no el que ella nunca había deseado,

sino otro, su único defecto es que le gustaban demasiado los dulces, estaba

siempre manchado, y ahora le decía a su madre que con el pelo limpio, el

vestido de flores color malva, todo iría bien, todo iría bien, condenada a morir en la silla eléctrica, había dicho el juez, y ella no podía creerlo, repitiendo hasta que la llevaron a su celda que era un error, que ella no era culpable, que le dejaran hablar a solas con el juez, pero el juez era un hombre, dijo Renata, que ese juez fuera un hombre conllevaba sin duda la

muerte para la acusada, moriría en la silla eléctrica, en ese país, en el extranjero, en el exilio, donde, a costa de sus propios crímenes contra sí

misma, y de la inocencia de su hijo, había venido a conquistar su libertad, y moriría pensando que eso no podía sucederle a ella; era una pesadilla, y la

sonrisa de Dios que ella había invocado le abriría el cielo, pues en su alma

desaparecida, matada, poco a poco se despertaba, con el duelo de su hijo, un

alma inocente, Dios tenía que existir, pensaba ella, como le habían enseñado de niña, para que se reparase el crimen de la injusticia, su muerte, la sentencia capital, dijo Renata, y Melanie escuchaba esa voz baja y algo

ronca en su oído, mientras caminaba por los senderos del jardín, y pensaba

en Augustino, que también era goloso, en Vincent, que dormía

apaciblemente ahí arriba, Augustino era su hijo, y Caramelito, que ni siquiera tenía un nombre de verdad, nacido para ser exterminado, el hijo de

Laura, una madre infanticida, una madre culpable, pensaba Melanie,

ninguna violación, en la infancia de Laura, ninguna herida habría

justificado el horror de su acto, culpable, profundamente culpable era esa mujer, pensaba Melanie, levantando su frente con gesto firme en la noche.

Y hay una sombra, al otro lado del portal, del cercado del jardín, dijo Jenny, huyendo con Augustino hacia la casa, es que no veis esa sombra cuya pérfida cabeza se esconde bajo una capucha, es que no oís esos silbidos de

odio, Daniel se acordó de esa sombra gris mientras estaba sentado junto a

Charles, con las manos, como Charles, apoyadas en el mantel blanco, en medio del destello de las lámparas, el atlético Adrien, de mayor

envergadura que sus compañeros, se había puesto en pie para reunirse con

Suzanne, igual de alta que él, tenían que levantarse pronto mañana, irían a

la pista de tenis, dijo Suzanne, un entendimiento total, había entre ellos un entendimiento total, pensaba Jean-Mathieu, que miraba junto a él la silla vacía, de una blancura reluciente, con el mantel y las flores blancas en un

jarrón, sobre la mesa, en la noche, de repente le impactó esa inmaculada blancura, la amplia silla de jardín que Adrien acababa de abandonar, todo

ese lado del jardín era blanco, pero quiero hablar a ese joven autor de su manuscrito, decía Adrien a Suzanne, la forma, quiero hablarle de la forma,

necesitaría unas correcciones, el manuscrito debería titularse A orillas del río Eternidad, las aguas negras de los ríos de Dante están muy presentes, esos círculos del Infierno encierran los espíritus malditos, las calamidades, tutti son pien di spirti maladetti, pronunció él con voz fuerte y dramática,

tutti son pien di spirti, sí, pero también tenemos que ir a buscar a nuestro hijo al aeropuerto, dijo él a Suzanne, con un tono de complicidad íntima, de

repente, sabemos los dos lo distraído que es ese muchacho, seguro que ya se

ha olvidado de la hora de llegada de su vuelo, no, no se olvidará, dijo Suzanne, es distraído, es cierto, pero es un excelente matemático, qué vida

es esa, las matemáticas, dijo Adrien, sí, unas correcciones serían

indispensables, añadió Adrien, tengo que hablar con Daniel de sus Extraños años, y Daniel veía a esa pareja unida que formaban Adrien y Suzanne pensando, un día nosotros seremos así, Melanie y yo, quién sabe si nos dará

por discutir, y dónde estarán los niños, A orillas del río Eternidad, y Daniel veía las sombras, la Sombra de cara colorada disimulada bajo una capucha,

a lo largo del cercado del jardín, del portal, alrededor de Jenny, de Sylvie, esas sombras cuyos rostros son encarnados como los monstruos enrojecidos

a la llama fría del Inferno, el de Dante, o era el de Daniel, no, dijo a Adrien, esos monstruos no estaban allí tan lejos, a orillas del río Eternidad, de forma abstracta, estaban aquí cerca, no veo nada, confieso que no veo nada, dijo

Adrien encogiéndose de hombros, y Daniel pensaba en esa placa indeleble

de la que le había hablado Julio, en el barco de Samuel, la Sombra y sus silbidos, pensaba Daniel, tutti son pien di spirti maladetti, esas sombras escalaban los muros de la casa, hacia el cuarto donde dormía Vincent, con

los huracanes del infierno de Dante, habían pintado el barco de Samuel con

la pintura roja de su odio, el barco surcaba las olas en las hermosas mañanas soleadas, con un niño a bordo, el círculo de Dante, el círculo de los condenados también levantaba olas, alrededor del barco de Samuel que era

feliz, inocente y no sabía nada, ni su hermano Augustino, bajo su capa de

superhombre, pero sin duda, como había escrito Daniel, en esas secciones,

esos círculos del Inferno circulaban entre las olas negras de las almas inocentes, esas olas y los ríos del mar Eternidad, el manuscrito de los Extraños años desbordaba de esas almas inquietantes, era un poco violento volver a verlos a todos, había dicho Adrien a Daniel, se preguntaba incluso

si era de buen gusto acordarse de ellos, de ellas, pero Daniel era un escritor de su siglo, tenía, aunque era aún muy joven, una memoria dilatada, y es que tenía un corazón demasiado tierno, vulnerable, desprotegido, decía Adrien, entre Daniel y su círculo de condenados cuando, con su talento, su

extraordinaria familia, la vida habría podido ser para él muy agradable, sensual y dulce, por qué no, preguntó Adrien, pero el desdichado tenía una

conciencia, él que lo tenía todo para estar de maravilla, acaso no era desolador, mañana, la pista de tenis a las ocho, había que estar preparado,

había dicho Adrien a Suzanne, por desgracia, del manuscrito de los

Extraños años desbordaban todos ellos, los que se habían visto rechazados a las puertas del infierno, porque había almas que no entraban allí, decía Daniel, en su libro, esas almas, esos espíritus rechazados respiraban eternamente un aire de una sustancia irrespirable, Daniel había descrito a esos seres como si los hubiera conocido, en un búnker, una mujer y sus hijos habían sido envenenados, qué habían hecho para que los condujera hasta allí un pariente condenado, muerto también con ellos, en el búnker, esos cadáveres de niños bien vestidos, de suicidas involuntarios, qué hacer

con los hijos de Goebbels o con el perro de Hitler, acaso su infierno no había sido nacer entre las manos de sus verdugos, nadie había sentido compasión por las almas inocentes nacidas de la condenación, un bebé, un

niño pequeño, ¿podían ser culpables de la destrucción de poblaciones enteras? Y sin embargo, en el juicio de los hombres, ellos sí lo eran, y de

todos ellos, y eran multitudes como esas multitudes de Dante, rechazadas a

las puertas del infierno, de todos ellos arrancaba Daniel lamentos y gritos,

porque era de temer, había escrito él, que, una vez proscritas en el umbral

del infierno, y también del paraíso, que nunca había podido ser conquistado,

esas almas, la del perro, las de los niños testigos de tan atroces acontecimientos, volvieran, decepcionadas, y nos cruzáramos con ellas hoy,

entre esas sombras vengadoras, iniciadas al crimen antes de su nacimiento

en la tierra, envenenadas antes de su crecimiento, esas almas, esos cuerpos,

había escrito Daniel, eran las almas, los cuerpos arruinados de los que hablaba Dante, pero por qué maldición quizá de orden divino habían

soportado así esas almas la calamidad, ellas que eran inocentes, porque alrededor del barco de Samuel, que surcaba las olas, otras olas negras invadían el mar abierto, el estuario, el golfo, esas almas eran los mismos ángeles de antaño ahogándose bajo las aguas apagadas de las marismas, de

los humedales, en el estancamiento de los pantanos cenagosos, y ellas, inocentes, reclamaban el derecho a la inocencia de no haber querido nacer

nunca, sus lamentos eran los de la eterna sed en ese aire de una sustancia irrespirable, esos círculos que encerraban a los espíritus malditos cuyos quejidos eran los de perros que ladran, tutti son pien di spirti maladetti, hijos de padres y de madres condenados, en ese círculo de las olas donde se

habían ahogado, desde allá, tan lejos, nunca veían la orilla, y nunca saciarían su sed, ese escritor moderno, cómo calificarlo, se preguntaba Adrien, ese escritor, Daniel, había escrito sin duda sus Extraños años bajo la influencia de algún producto pernicioso, la heroína, quizá, una

ambulancia lo había recogido con la espalda rota en su vehículo, en un puente cerca de Brooklyn, pensaba Jean-Mathieu, examinando, por debajo

de sus gafas, esa luz amarilla en los ojos de Daniel, salvado por la escritura, él había escrito esa apoteosis de las profundidades negras, para ellos el arte, la beatitud, porque nosotros vamos a marcharnos, Daniel nos sustituirá, y la

parte esencial de la vida es el sueño, al formar parte del senado de los inmortales, Jean-Mathieu vería a Gertrude Stein, entre Virgilio y Dante, sentadas a la mesa del banquete estarían también Caroline y Suzanne, escuchando las alabanzas de sus méritos en la tierra, mujeres escritoras, mujeres de escritores, qué martirio, pensaba Jean-Mathieu, poetas,

traductoras, acaso se habían leído bien sus libros, estarían en la esfera del sol o en la de la luna, alrededor de ellas la augusta luz ya no tendría sombras, Caroline había sido una de las primeras mujeres de su generación

en pilotar un avión, había tenido que renunciar a la arquitectura durante la

recesión, se sentarían todas en el lugar de esos santos y esas santas de las

iglesias de Dante, junto al león, al leopardo aureolados de fuego, avanzarían con el mismo paso flexible de Suzanne al franquear los anillos del sol y sus

rayos que, según dicen, nos ciegan, todos bailarían sumidos en una alegría

cada vez más exuberante, come, da più letizia pinti e tratti, Gertrude Stein

se parecería a ese retrato que había pintado de ella Picasso, los tonos otoñales serían los mismos, Picasso había interrumpido a menudo ese

retrato, interrogando a su modelo, retomándolo, peinando y cepillando su lienzo, el pálido rostro de la escritora bajo la cinta negra de sus cabellos poseía la intensidad religiosa de un Greco, a Picasso, que por entonces era

pobre, le gustaban esos colores del sol, esos tonos de una luz encendida para apagarse después, signos de una madurez interior, Jean-Mathieu

conservaba en su mesa de trabajo una reproducción del retrato de Picasso que le inspiraba cada mañana sus leyes de rigor, la espera del sol en otoño,

en invierno, el Invasor, el Ocupante estaba a las puertas pero la escritora había permanecido imperturbable en su piso de la calle de las Flores, el arte, el lenguaje, las letras triunfarían sobre todo, parecía decir ella a los pintores que la visitaban, y era verdad, pensaba Jean-Mathieu, ellos triunfarían sobre esos odiosos y mezquinos desórdenes de los hombres, sobre la depravación

y la corrupción de sus guerras, come, da più letizia pinti e tratti, que su danza sea alegre y exuberante, Gertrude Stein ocuparía un lugar en el senado de los inmortales, entre Virgilio y Dante, Suzanne y Caroline también estarían allí, qué es una vida de hombre sin la parte esencial del sueño, así se iban y se dispersaban en el aire las almas en ruinas, pensaba

Daniel, esas almas rechazadas a las puertas del Infierno de Dante, a las puertas de las ciudades epidémicas, la multitud de huérfanos contagiosos cuyas madres ya habían perecido merodeaba sin atenciones, sin cobijo, en

la ciudades de Nueva York, San Juan de Puerto Rico, qué hacer con tantos

huérfanos condenados, muertos entre los vivos, tales como el perro

asesinado, los rígidos cadáveres de unos niños con sus bonitos atuendos en

un búnker, ya no despertaban la compasión de los hombres, se veían sus fantasmas esqueléticos asomados a las ventanas de las casas, serían

innumerables y les cerrarían las puertas de los hospitales, quién aseguraría

su subsistencia en una tierra superpoblada donde solo crecía el hambre, confundidos con otras siluetas diezmadas por las hambrunas, no serían ni alimentados ni vestidos, el algodón, el azúcar, el espárrago, el cacahuete no serían para ellos, esos desterrados, que sus formas cadavéricas se fundan al

sol, entre el cascajo y las basuras de las chabolas, porque eran los condenados de la tierra, y se desintegrarían las almas de esos huérfanos en

el aire corrompido por todos los desastres, pensaba Daniel, cuántos habían

perecido ya, en esa noche de fiesta; sin duda bajo la influencia de la heroína, del cannabis, había escrito Daniel esas profecías insensatas, pensaba Jean-Mathieu, era el niño mimado de su padre, Joseph era el jefe

del laboratorio de biología marina, Daniel había empezado a estudiar ciencias en Nueva York antes de caer en la droga, sin embargo, era el pasado de Joseph lo que había destruido a Daniel, el hijo de buena familia

de futuro prometedor, cómo había visto, cómo había sabido cuál era el secreto que guardaba Joseph ante todo el mundo, la matrícula en el brazo de

su padre, quizá, aunque Joseph nunca hubiera hablado de su pasado a ninguno de sus hijos, oh, que tampoco se enteren de lo del tío abuelo Samuel fusilado en el gueto, pero se habían enterado, Daniel lo había intuido todo, de repente, durante sus experiencias con las drogas duras, Melanie lo había visto chillando, de pie sobre una roca, junto al océano, durante unas vacaciones en la costa atlántica de Maine, qué gritaba, en medio de la enajenación de su éxtasis, que estaba de pie sobre una de esas

cabezas descarnadas de Dachau, de pie sobre esos cráneos, esos rostros lívidos surgiendo de los mares, de los océanos, vociferando, poseído, de pie

sobre la cabeza ensangrentada del tío abuelo Samuel, un accidente de coche

en el que Daniel había estado a punto de morir lo había curado de su intoxicación, por supuesto, escribir el manuscrito de los Extraños años era prueba de cierto coraje, pensaba Jean-Mathieu, mientras pensaba que era hora de volver a casa, todos esos jóvenes de la orquesta eran demasiado alborotadores, aunque fuera cosa de la edad, no se les podía echar en cara, a qué hora pasaría mañana el correo, esos jóvenes son bastante simpáticos y

educados, pero no me gustaría que vieran que necesito un bastón para volver a casa, voy a salir por el portal sin que me vean, está bien que Melanie piense en serio en meterse en política, habrá un partido nuevo, podría salir elegida, es una mujer inteligente, pensaba Jean-Mathieu, apoyándose, para salir, en su bastón, estaría ella en la esfera del sol o en la de la luna, en medio de un flujo continuo de luz, más en la del sol que en la de la luna, con Gertrude Stein entre los inmortales, y esta vez, Suzanne, sin Adrien, qué podían decirse el uno al otro con ese aire tan pensativo, es verdad que seguían enamorados, esos estetas, cómo aceptarían los estragos

de la vejez, su inercia, su lenta parálisis cerebral, esos granos, esos gérmenes mancillando la belleza de sus cuerpos, una decrepitud frente a la

cual no tenemos elección, quién sabe, igual han firmado, como otros, un pacto, un pacto secreto, una inconfesable convención de la que no podrán

hablar a sus hijos, pero acaso los padres no tienen derecho a callarse, por

qué habría que contarles todo, en otro tiempo los padres reinaban con más

autoridad sobre su familia, esos Extraños años de Daniel desteñían sus

coloraciones oscuras sobre nosotros, sus lectores, Daniel escribía con cloro en el tejido, en la capa de protección de quienes lo leían, al perro de Hitler, por supuesto, había que declararlo inocente igual que al hijo de Mussolini, a falta de pruebas, pero sin duda ese muchacho estaba un poco loco, pensaba

Jean-Mathieu, mientras saludaba galantemente a Melanie, señora, una

velada inolvidable, dijo, mirando hacia la calle que estaba oscura y desierta, es tan tarde, pronto oiremos el canto de las tórtolas y las palomas, y Veronica Lane será mi novia, pensaba Samuel, que bailaba junto a Venus,

en el estrado, se casarían en el fondo del Atlántico con sus trajes de buceo, a veinticuatro pies bajo la superficie de los mares, como esos otros esposos de los mares, Rachel y Pierre, otras bodas submarinas se sucederían junto a la

estatua de los mares, el Cristo de las rocas, esculpido por los marineros en

el bosque, una estatua móvil, como lo serían ellos mismos, Samuel y Veronica, entre las rocas y los peces, la fauna azul activa y trémula, las arañas rayadas, saltando del flotador de la tabla de surf o del barco de Samuel, buceando tan lejos con sus tubos de aire, sus linternas

impermeables, sus arneses y sus cinturones de plomo, como Rachel y

Pierre, bajo sus máscaras, calzados con aletas, estarían reunidos, Samuel y

Veronica, cuándo volvería ella de Nueva York, boda húmeda y cálida, tendrían muchos hijos a los que pasearían en un cochecito al que le habrían

puesto unos patines de translúcidas reverberaciones, como los patines de Samuel en el asfalto, por la noche, y una sombrilla para el sol, por el día,

sobre sus cabezas, sin dejar nunca de patinar, de rodar en medio del constante zumbido de las moscas y las abejas, Samuel, Veronica, y Samuel

había cantado también unos salmos con su voz de contralto, con Venus, en

el coro de la escuela, y acaso era verdad lo que decían sus padres, que ninguna compensación, ninguna, podría aliviar a quienes habían perdido sus

casas, sus templos, sus iglesias en el pueblo de Bosque de las Rosas, mucho

tiempo después, Sylvester, su madre y su perro Polly, tirados detrás de los

árboles, con un fusil en las sienes, desde la puerta entreabierta se oían sus oraciones, venid a bailar, decía Venus, porque esta es nuestra casa, también

se oían unas risas huecas, el chirriar de dientes, boda húmeda y cálida entre los escarabajos, las ranas, Samuel y Veronica, en el mismo instante, unos astronautas empezaban sus días de vuelo, quizá un investigador, Joseph, el

abuelo de Samuel, lanzado a la estación espacial, efectuara sobre sí mismo unos experimentos por cuenta de los médicos de su laboratorio, cómo se adaptaba el organismo humano al espacio, puede que hubiera que introducir

una sonda para averiguar el ritmo cardiaco durante esos días de vuelo sin

gravedad, unos ratones viajarían con ellos, animales menudos en órbita, cómo reaccionarían a los análisis a los que los someterían las tripulaciones

americanas, soviéticas, ninguna promesa de aterrizaje con semejantes

naves, sin embargo se aterrizaría en Marte por migraciones, cada uno de ellos, desde tan lejos, se acordaría de este dulce mundo, de la dulce tierra, después de varios años de vuelo, los pilotos de los transbordadores espaciales sentirían de repente la nostalgia de la tierra, pronto se casarían, Samuel y Veronica, a veinticuatro pies bajo la superficie del océano, como

Rachel y Pierre, ellos mismos estatuas móviles, como el Cristo de las rocas

extendiendo los brazos hacia el cielo bajo sus máscaras, pues en esas noches de fiesta, cuando se destilaban en el aire perfumado las flores del jazmín, de las acacias, Venus cantaba que perdure mi alegría, qué sensación

de frescor encontrarse con todos de nuevo, pensaba Renata, con Daniel, con

Melanie, con Samuel, que había crecido tanto durante el invierno, Daniel,

Melanie, esa pareja luminosa que no conocía aún la penosa realidad de las

tensiones, de los desgarros, qué frescor, era como la esperanza de poder nadar pronto en las aguas verdes, ávida de agua, de lluvia, sobre su cuerpo

ardiente, por qué no iba a retrasar su viaje, de repente se había vuelto muy

sensible a la diferencia de ideas entre ella y Claude, el misterio de esa mujer desconocida que había escrito una obra bajo la vegetación trepadora de la

casa alquilada, seguro que iba a serle revelado, los escritos de una mujer eran a menudo impenetrables, todas imponen a la audacia de sus

sentimientos de rebeldía el blindaje adquirido en una educación arcaica, qué

desasosiego, sin embargo, qué vértigo acostarse y levantarse sola aquí, sin

voluptuosidad, privada de fuerzas en ese limbo insular, con el reloj que marcaba que pronto amanecería, se haría de día, y ella estaría igual de sola, oyendo la voz de Claude, por la noche, cuántas veces iba a hablarle él en

tono de reproche de sus cigarrillos, de la pitillera de oro, objetos de una irrecuperable saciedad, oh humo ligero en el aire que perfumaba el jazmín,

objetos calmantes, beneficiosos, como lo sería el agua verde del océano en

la piel encendida por un fuego suave en medio de ese calor suave, cuando fuera caminando a la playa, impregnándose del aire húmedo, del calor y del

vago deseo de estar en otra parte, evadida, disuelta en la vida de esa otra parte remota, fantasma de una existencia de mujer sobre el que había soplado el viento, aunque, según decían, ella hubiera escrito versos admirables en la soledad de esa vegetación frondosa, abundante, ella, desaparecida en ese lugar como lo habría estado en otro sitio, había salmodiado el quejido de su alma, había aprendido hebreo, griego clásico,

había escrito «en esta habitación donde reinan la tensión, el desorden, la discordia, detrás de esta puerta, mi espíritu iluminado se retira», así que su espíritu se había emparedado en la reclusión, a quién había esperado, amado, contra qué hombre, qué amor, se había defendido sola con la tensión

de su espíritu habitado y ferviente, no había podido vivir sin esperar, sin albergar esperanzas, el estudio del griego clásico, de la lengua hebraica había sido su tesoro oculto en el abotargamiento del calor, y poco a poco,

del abandono, como Renata, ella había tenido miedo de ese centinela tras la

puerta, se había sobresaltado cuando alguien había estornudado en la calle,

por la noche, a unos pasos de ahí, tan cerca, había siempre una sombra, el

centinela negro de la puerta, la presencia opaca y repentina del antillano derrumbado contra una cerca, en la acera, como esa otra mujer que, también

ella, había escrito versos que nadie había podido descifrar, en el centro de

deportación de un gueto, había dejado unas palabras legibles, ayuda, ayuda,

antes de ser conducida a un tren, ese tren iría a Treblinka, aquí, me retiro

con mi espíritu iluminado, no se leería ninguno de sus versos, en esa habitación donde reinan la tensión, la discordia, tras la puerta, ayuda, esa existencia había sido solo un fantasma sobre el que había soplado un viento

de demencia, y antes que huir a Brasil, donde había muerto, la mujer desconocida que había escrito unos versos admirables había sido

secuestrada por un hermano, por un amigo, en nombre de la fe cristiana, del

silencio, de la opresión, en un hospital psiquiátrico donde de repente había

dejado de escribir, atontada, aturdida, entre las paredes de su celda blanca, en hebreo, en griego clásico, había intentado esbozar unas letras sobre esas

paredes, ayuda, había salmodiado el quejido de su alma, en la habitación del

desorden donde, entre tanto grito y lamento, su voz se había perdido, había

alrededor de las mujeres, incluso de recién nacidas, esos misterios de su desaparición, en la India, en China, sus madres las tumbaban de dos en dos

en esos agujeros de la tierra que serían sus tumbas, esas mismas madres que

las habían estrangulado suavemente con bolas de arroz, y ahora

descansaban, con unas muñecas enredadas bajo su cabellera de lino, esos haces de sus vidas segadas, con sus manos juntas bajo el velo de la tierra

sucia y polvorienta, improductivas, sin dote, sus madres las habían

estrechado contra ellas, como si las hubiesen amamantado con una leche asesina, último destete de esa garganta constreñida, manteniéndolas tan cerca de sus pechos, quién oyó las palabras que pronunciaban esas madres a

sus hijas, sofocadas, llorando, oh improductivas, sofocadas, llorando con sus hijas mientras introducían las bolas de arroz, esas madres cuyos dedos

eran tijeras que hacían una incisión en la boca, en la garganta de sus hijas, cizallando las venas de esos gaznates de pajarito, esas mismas madres, asistidas por el mismo cómplice, en otros países, abandonaban a los pasajeros de su furgoneta, a la orilla de una playa, una chica, un chico, unos niños, con una pala, un cubo, desde hacía cuánto tiempo ya, pronto caería la

noche, ellos esperarían a que volviera el coche nuevo, su perfil bajo y reluciente, esa mujer, al volante de su coche, que era su madre, durante el

viaje tan largo de la casa a esa playa lejos de la ciudad, ellos habían ido durmiendo, tranquilos, con el seguro echado, y de repente estaban solos, junto a sus cubos, a sus palas, en la arena de una playa, y la furgoneta circulaba muy deprisa hacia otras carreteras, sin su madre, que estaba al volante, qué sería de ellos, la noche murmurante de sonidos hostiles los envolvía, una madre, Laura, una madre a la que nunca podía disociarse de

su crimen, la madre de Caramelito o de los huérfanos de la playa, una madre amenazada con desaparecer, con ser raptada por el secuestrador, los

había traicionado, abandonado o matado, algunas de esas mujeres se

acordaban de su desaparición, de su secuestro, colegialas, saltando a la cuerda, en los parques, un chico, casi un hombre, las había invitado a ir a

tumbarse a su lado en la hierba, esos días de mayo, cuando la tierra estaba

perfumada, se acordaba de su desaparición en ese parque, en ese jardín, a

veces habían sido sacadas, como por la brisa de la noche, de la cama donde

dormían la siesta, apenas si las habían desvirgado, luego las habían vuelto a

colocar en la cama donde se las encontraría su madre, y curar sus heridas, oh, el alegato de Renata sería infatigable, en defensa de esas vidas, víctimas o criminales, sola, con Claude, ella sería incansable, decía Renata a Melanie, y viendo a las dos mujeres tan cerca la una de la otra en una conversación apasionada, la mano de Renata tomando en la suya la de Melanie, en un arrebato protector, como si Melanie se encontrara aún entre

esas jovencitas que acababa de describir, raptadas de sus camas durante una

siesta por un seductor precavido que había entrado por la ventana tras bajar

por uno de los muros, Madre recordó la soledad de sus reflexiones, esa tarde, en la piscina, los hombros desnudos de Renata bajo la chaqueta de satén, la forma en que esa mujer orgullosa y bella atraía a los hombres jóvenes a su alrededor desagradaba de repente a Madre, y sobre todo la influencia, aunque fuera discreta, que Renata parecía ejercer sobre Melanie,

que la escuchaba con una atención respetuosa, aunque si hablaban de política o de maternidad, Melanie, la hija de Madre, acabaría llevándose el

gato al agua, porque no se podía abordar esos temas con Melanie, igual es

que volvía a estar embarazada, esperaba un cuarto hijo, como había

preguntado Madre a Melanie esa tarde en el balancín, con tal de que Madre

se viera preservada de todos esos nietos, ya tenía muchos que visitar, educar, instruir, sobre todo teniendo en cuenta que Madre estaba a menudo

sola debido a las infidelidades de su marido, y que Melanie tenía tanto que

hacer, ella, tan lista, es cierto, como le había explicado a Madre el amigo

arquitecto, que un estanque habría sido una idea encantadora junto al pabellón de las azaleas, Madre recordaba un castillo, el castillo de Marconnay en el valle del Loira, los detalles de esa arquitectura de los siglos XV y XVI, el valle del Loira, dijo Madre, sus castillos, sus bodegas, la cultura de los caracoles y las setas sabrosas, las manzanas secadas que se asan en las brasas, el fervor gastronómico de Madre se despertaba con sus

recuerdos, hace tiempo que vi ese castillo, fue en compañía de mi

gobernanta francesa, decía Madre al arquitecto, el refinado erudito

escuchaba a Madre, repitiendo, ah, estuvo allí, estuvo usted en el valle del

Loira, pero la emoción de Madre, cuando hablaba de su gobernanta

francesa, no le conmovía, los ojos de Madre se posaron de nuevo con tristeza en Melanie y Renata, bajo los almendros negros, en Samuel que

bailaba junto a Venus, hace solo unas horas Melanie se enfadaba con Madre por una observación de Madre diciendo que ella no aprobaba, una

observación sobre todo de orden moral, que unas modelos de pasarela exhibieran en bikini su avanzado estado de gestación en las portadas de las

revistas y en la televisión, en otro tiempo las modelos se retiraban de la vida pública cuando esperaban un niño, qué significaba ese alarde en las portadas de las revistas, de las publicaciones periódicas ilustradas, de esos cuerpos deformados por la maternidad, pero ahora resultaba que esas

jóvenes se exhibían con ostentación a veces en el séptimo mes de embarazo,

poniendo de relieve con sus manos la indecencia de sus vientres

redondeados, desnudas o en bikini, qué moda era esa de hacer niños, de presumir de ellos antes de que nacieran, en el negocio de la costura los modistos no deberían haber permitido a esas jóvenes humillarse así, decía

Madre, y por qué deberían interrumpir esas jóvenes su carrera, había replicado Melanie a su madre, así que se habían enfadado, habían discutido

unos instantes, los hijos de esas madres evolucionadas, había dicho

Melanie, pero es que su hija era un poco idealista, pensaba Madre, esos hijos verían la luz en un mundo desarmado para ellos, esperados por sus madres con tanto orgullo, tal como aparecían en las portadas de las revistas, las grandes potencias firmaban acuerdos de paz, nunca más se contemplaría

periódicamente el genocidio por armas nucleares, y mientras Melanie

hablaba a su madre, Madre había imaginado a esos técnicos de la muerte bajo el camuflaje de sus guantes, de sus batas, de los laboratorios, desmantelando cuidadosamente las bombas que habían fabricado, esas

bombas que eran como sus hijos y de las que hablaban con ternura, las meterían en la cama después de haberlas conocido en la cuna, decían tristemente, suprimirían el material atómico, el arsenal de la destrucción, en los ascensores de esos laboratorios la parada de la música había significado

durante mucho tiempo el ultimátum, la urgencia sin recurso posible, los técnicos desmantelaban sus juguetes, unos convoyes armados transportarían

las bombas muertas por carreteras sinuosas, donde serían enterradas,

inhumadas, tan cerca de la arena, de la tierra, se colocaba el cargamento explosivo, lo metían en la cama, con pena, se pararía toda la música en los

ascensores, cuatro mujeres jóvenes radiantes exhibían sus vientres

redondeados en las portadas de las revistas, de los periódicos, dónde serían inhumadas esas bombas difuntas, bajo qué colinas, qué montañas, debajo de

la arena de qué desierto californiano, esos hijos verían la luz en un mundo

unido, desarmado, y Madre había compartido sus estúpidas observaciones con su hija, y de repente había surgido esa discrepancia entre ambas, sí, Madre había sido feliz en el país del Loira, hace tiempo ya, dijo al amigo

arquitecto de la familia, era cuando estaba con su gobernanta francesa. Y

apoyándose en su bastón, Jean-Mathieu se dirigió hacia la calle oscura y desierta, Daniel y Melanie son adorables, pensaba, qué eran ese rumor de

coches y esos gritos procedentes de las avenidas principales, empezaban las

fiestas, esas fiestas tan ruidosas y carnavalescas para un hombre mayor, por

todas partes, demasiado ruido, agitación, las sensaciones percibidas por el

oído se amplifican por nuestros ruidos internos, esas ondas, en nosotros, cuando al poeta le habría gustado vivir en el silencio, en el bulevar del Atlántico demasiado ruido, los motores de los barcos, de los coches, todo

ese estruendo, Jean-Mathieu había olvidado que las fiestas empezaban tan

pronto este año, bastaba con evitar las avenidas principales, ir hacia el puerto, por supuesto, en otro tiempo Daniel y Melanie habían tenido varias

razones para ilusionarse al llegar aquí, era el paraíso, estábamos gobernados por la libertad y la poesía, o las dos a la vez, la isla era la Atenas de nuestro alcalde socrático, la Atenas de Platón, éramos la ciudad del liberalismo con

Martin, con su compañero Johann, por todas partes, en las terrazas, los poetas leían sus obras, el artístico Johann fundaba galerías de arte, el pelo de los jóvenes caía ondeando hasta la cintura, no siempre estaban limpios,

dormían en las playas, por la noche, esa Atenas, en América, ese islote de

paz había seducido a Daniel y Melanie, era como ellos, de su edad, el

«perpetuo devenir» estaba aquí, decía Martin, cuando cayó enfermo le sucedió un poeta, Lamberto, igual de imaginativo y resuelto, era un gourmet al que le gustaban la buena comida y las mujeres, con ellos la corriente de ideas se ampliaba, se eligió como representantes a algunas mujeres, a algunos magistrados negros, la Atenas de Martin, la isla epicúrea

de Lamberto, y de repente llegaron, no se sabe cómo pudieron infiltrarse entre nosotros, al principio no los vimos, apenas se les oía, ah, demasiado

tarde ya para pensar en ser útil a la sociedad, quién quiere oír las protestas

de un hombre mayor, un día, quién sabe, igual le hacen caso, con una mano apoyada en su bastón, Jean-Mathieu se detuvo para contemplar el océano al

que estaba acercándose, pobre Martin, pensó, conteniendo la respiración, cuando lo vi en el hospital, esos tumores, esas cosas en la cabeza, decía él, en la ciudad del «perpetuo devenir», y de repente, ahí estaba todo vestido de blanco, con esa bata, con Johann a su lado, Martin pidió un vaso de agua a

Johann, y cuando este volvió del cuarto de baño, Martin ya nos había dejado, Martin había dicho siempre que no creía en esas cosas que te roen

como gusanos, no creía en la muerte, decía, mañana él sería el primer albor

del amanecer porque, ya veréis, ninguna luz se pierde, Jean-Mathieu había

avanzado demasiado rápido por la calle oscura, desierta, evitando esos ruidos, tan cerca, procedentes de las avenidas principales, se oían ya los tambores, el pobre Martin había dicho hay que bailar con la muerte, el pobre Martin, pensaba Jean-Mathieu, apoyándose en su bastón, había

ignorado siempre que los buitres estaban entre nosotros. Y la camiseta negra de Tanju, el pantalón de pana, las botas cuyo cuero no había tenido

tiempo de desgastarse, esos objetos, la hermana de Jacques los había ordenado, igual que el cuaderno de notas sobre Kafka, la traducción inacabada de un poema de Huldrych Zwingli, uno de cuyos versos, Gsund,

herr got, gsund! , era esperanzador, sano, Dios mío, otra vez sano, Ich mein, ich ker schon widrumb her, quiero decir, me estoy recuperando, fuera del alcance de la muerte, esos objetos, esas palabras, ella tenía que ponerlos en orden, esos versos se dirigían a ella ahora, Gsund, herr got, gsund! , ella estaba fuera del alcance de esos objetos que había tenido tanto tiempo sobre

sus rodillas, de la camiseta negra de Tanju, el pantalón de pana, las botas

cuyo cuero no había tenido tiempo de desgastarse, porque estaba sana y viva, ella era Jacques, traduciendo las palabras de su resurrección, saliendo vencedor del humillante tránsito, ella era Jacques, escribiendo en su cuaderno, Gsund, herr got, gsund! , sano, Dios mío, otra vez sano, puede que esté fuera del alcance de la muerte, ella era esa mirada dirigida hacia el cuaderno, esa mano aplicada que escribía, oh, sano, Dios mío, quiero decir,

vuelvo a estar sano, pues tras el humillante tránsito, la alteración completa del cuerpo, qué había sucedido de repente; la mejora, el perfeccionamiento

de una vida, un albor, una luz solar en medio de la noche, cada uno de los

objetos había sido ordenado, pensaba la hermana, la amiga, en esas mañanas, esos amaneceres pronto renacientes alrededor de Jacques, habría

entre ellos ese vínculo armonioso, toda la ira se habría desvanecido con sus

cenizas, Gsund, sano, Dios mío, toda la ira se había desvanecido ya entre

ellos cuando Jacques había indicado a su hermana, en sueños, ese lugar donde se encontraba una llave, en ese cajón es donde ella guardaba las cosas de los niños para la escuela, en otoño, sus bufandas, sus gorros de lana, que abriera rápido el casillero del cajón, ya no habría ninguna incomunicación, solo el orden, y qué radiante impresión le producía a la vista lo que descubrió, eran obras de pintura que le legaba su hermano, cuadros quizá imprecisos pero que difundían una claridad rosa, qué radiante

impresión producían esos cuadros en el alma, al mirarlos había recuperado

el valor, de esa claridad rosa se desprendían los pálidos dibujos de sus rostros de niños, en ese tiempo en que habían sido dulces el uno con el otro, sin ira, antes de que Jacques fuera despreciado por los suyos, le había parecido de repente sentir un consuelo con la presencia de su hermano, acaso no estaba ahí de pie junto a ella indicándole la vía, ahí, toma esa llave, abre el casillero, esos cuadros son para ti, la luz del amanecer la había despertado, no sabía si había dormido, si había soñado, con esos objetos, la

camiseta de Tanju, el pantalón de pana, las botas cuyo cuero no había tenido

tiempo de desgastarse, esos objetos, los había ordenado, Gsund, sano, herr got, gsund! , ella estaba fuera del alcance de la muerte, se convertía en esa mano aplicada de Jacques, esa mirada dirigida hacia el cuaderno, y la luz

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