Senderos de Gloria
Capítulo I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Marchan muy desaliñados —afirmó el más joven.
—Como marcharías tú si hubieras tenido que pasar por lo mismo que ellos — replicó el otro.
Los dos soldados se encontraban, medio escondidos, tras un grupo de árboles junto a la carretera. Una ligera brisa del noreste traía el sonido de lejanos cañonazos que el mayor de los dos reconoció como las postreras notas de los bombardeos del amanecer. Los dos hombres tenían la vista fija en el cuerpo de ejército que se acercaba por la carretera. Se trataba de un regimiento de infantería y, a medida que se aproximaba a ellos, sus no del todo rítmicos pasos se oían con más nitidez y borraban el ruido de la distante artillería. El más joven habló de nuevo:
—¿Cómo sabes que han tenido que «pasar por algo»?
—Hay varias formas de decirlo —aseguró el mayor de los dos, preparando su explicación con una pausa que expresaba, al mismo tiempo, hastío por la obviedad y placer por la ocasión que se le brindaba de dar rienda suelta a su arrebato didáctico—. No es sólo porque estén sucios y sin afeitar. No hace falta una guerra para eso. No. Pero mira sus caras. ¿No ves esa especie de tinte grisáceo en la piel? No lo tienen por haber pasado la tarde del domingo sentados en un café. Y fíjate en algunas de esas mandíbulas. ¿No te das cuenta de que la mandíbula inferior parece desencajada, como si les colgara un poco? Es una reacción. Señal de que han tenido que soportar una gran tensión. Echa un vistazo a sus ojos. Los tienen abiertos, pero dan la sensación de no ver gran cosa. Lo han pasado mal, seguro. Sus ojos parecen de vidrio. Casi todos están estreñidos, por supuesto, pero no se trata de eso, sino…
—Ahora sí sé que me estás tomando el pelo. Todo el mundo dice que el frente te provoca justo lo contrario.
—¿Sí?
—Sí. Mira, precisamente el otro día le pedí una pastilla al oficial médico. Me preguntó: «Va a unirse a su regimiento, ¿verdad?». Yo contesté: «Sí, señor». Y él me dijo: «Bueno, aquí tiene la pastilla, pero es la última que necesitará hasta que termine la guerra. A partir de ahora los artilleros alemanes se encargarán de mantener sus intestinos bien abiertos».
—Ese médico era un imbécil. Y lo que es más, está claro que jamás ha visto el frente de cerca, o no hablaría así.
—Pero todo el mundo…
—Sí, ya lo sé. Pero no olvides esto: no todo el aire caliente de este ejército está almacenado en la sección de globos aerostáticos.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es lo siguiente: los alemanes tienen localizadas todas las letrinas de nuestra trinchera, y nosotros también las suyas. Pues bien, a los soldados no les gusta ir a sitios localizados. Y es más, no les gusta bajarse los pantalones porque cuando uno tiene los pantalones bajados no puede ni saltar ni correr. Por tanto, ¿qué hace? Se le convierte en una dura bola dentro. Llevo en este frente casi dos años y todavía no he visto un solo caso de diarrea. Y el motivo es que cuando los hombres tienen miedo, se ponen tensos y todo en su interior se solidifica. Sus funciones vitales se detienen. Las secreciones se secan. Cuando percibes el sonido de una granada que viene hacia ti, contienes todo, hasta el aliento. No puedes evitarlo. Por esa razón las caras de esos tipos adquieren un aspecto grisáceo. Tienen la piel reseca. Y los ojos, además de por la falta de sueño. De ahí su apariencia de vidrio. Por algún motivo lo primero que se relaja son las mandíbulas. Cada vez que un hombre viene del frente, en su interior ocurre algo comparable a cuando salta la manecilla de las horas en un reloj. Además, da la casualidad de que sé que a esos tipos les han dado una paliza terrible en el valle de Souchez.
—Sabes muchas cosas, ¿no?
—No, no tantas. Sólo procuro tener los ojos y los oídos abiertos, eso es todo. Pero sé de buena tinta que lo han pasado mal porque se trata de mi regimiento y en la terminal del ferrocarril me encontré con un sargento al que habían herido allí y me lo contó.
—¿Qué regimiento es?
—No sé si debo decírtelo. Haces tantas preguntas que quizá seas un espía. Es el regimiento 181… o lo que queda de él.
—¡Vaya!, es al que me han ordenado unirme. Vamos a seguirlos. Nos evitaremos la caminata de quince kilómetros de ida y vuelta a Villers. Venga, coge tu petate…
—¡Eh! ¡Eh! Espera un momento. No hay prisa. Deja que me ocupe yo de esto y así no tendremos problemas.
—Es curioso. He visto el número que llevas, pero por alguna razón no me he dado cuenta. La emoción de dirigirme al frente y todo eso, supongo… Bueno, me llamo Duval. ¿Y tú? ¿De dónde vienes? ¿Del hospital?
—No, soldado de primera Langlois. Hace nada estaba en el Edén o, lo que es lo mismo, de permiso.
Los dos hombres se dieron la mano, se miraron por primera vez a los ojos con intensidad, por un instante, y luego sonrieron. El regimiento en el horizonte azul (a aquella distancia, era el azul de un horizonte en el que se fraguaba una tormenta) empezaba a quedar fuera del alcance de su vista y se mezclaba con los álamos que flanqueaban la carretera. El sonido de sus irregulares y fatigados pasos también se había alejado de ellos.
—Bueno, ¿qué hacemos? —preguntó Duval.
—Alguien dijo que un buen soldado es el que sabe cuándo desobedecer. Tenía razón, y yo soy un buen soldado. Nos han ordenado incorporarnos a nuestro regimiento en Villers. Sin embargo, parece que acaban de venir de allí, así que nos vamos a evitar una absurda caminata de treinta kilómetros. Pero tampoco vamos a ir con la lengua fuera detrás de ellos. ¿Te queda dinero? Vale. Entonces vamos a volver a aquel bistro junto al que pasamos, en el cruce; tomamos algo y hacemos tiempo. Allí nos dirán qué camino ha tomado el regimiento y saldremos para alcanzarlos a la hora de comer. ¿Nos vamos?
Se echaron las mochilas al hombro, se colgaron los fusiles y treparon en dirección a la carretera. Al girar a la izquierda, echaron a andar sin prisa tras la estela del regimiento mientras intercambiaban información acerca de sí mismos. Langlois se enteró de que su compañero trabajaba en un banco de Belfort y vivía con sus padres en los suburbios de la ciudad. Su reemplazo comenzaba a incorporarse al frente, y él, de algún modo, quedó rezagado debido a la orden de unirse al 181. Por eso estaba solo. Era una complicada historia de órdenes confusas, y Langlois no le prestó demasiada atención. Duval, tras lanzar una involuntaria y fugaz mirada a los galones de Langlois, dijo que esperaba ganar una medalla y se preguntó qué posibilidades tendría de lograr un ascenso en el plazo de un año o algo así. Langlois le respondió que bastantes, siempre que se encomendase de manera exclusiva al paso del tiempo y a las bajas entre los oficiales. Por su parte, Langlois no quería ningún ascenso. Bastante tenía con cuidar de su propio pellejo como para encima preocuparse por un montón de hombres más. Era ingeniero, le confesó a Duval, y añadió con sorna que por esa razón estaba, sin duda, en infantería. Duval señaló que el general Joffre era ingeniero, pero Langlois simplemente se rió.
Empezó a caer una ligera lluvia y pronto la conversación languideció. Langlois se preguntó por qué la lluvia siempre parecía poner fin a una charla durante las marchas. Acogió bien el silencio y lo utilizó para disfrutar de la sensación de alivio que le producía alejarse del frente. Duval, por el contrario, estaba bastante decepcionado por la dirección que habían tomado y se hallaba algo molesto a causa de ello. Se consolaba con el lejano sonido de la artillería. A fin de cuentas, reflexionaba, había oído el ruido de la guerra: la Orquestación del Frente Occidental. Aquellas palabras surgieron en su imaginación, en mayúsculas y todo, tal y como las había visto en un titular de periódico. Pronto vería la guerra. Su romanticismo y su inexperiencia le protegían de la idea de que quizá también la sentiría.
Caminaban uno junto al otro. Ambos hombres se sentían ya camaradas. Langlois pensaba en que aquella amistad, nacida de forma tan repentina, moriría, como tantas otras, de igual manera. Ese pensamiento penetró en su cabeza sin saber cómo ni por qué y dejó que allí se disolviera. En cuanto tuviera ocasión, debía enviar una nota a su mujer para decirle que su regimiento iba a descansar en la retaguardia durante una semana o diez días y que durante ese tiempo podía estar tranquila.
Era una mañana de principios de primavera y el chubasco había pasado. El campo se refrescó con las lluvias y el paisaje parecía a punto de hacer estallar sus delicados verdes. Los dos hombres se detuvieron para encender un cigarrillo, se pusieron de nuevo en marcha con parsimonia y descubrieron un inesperado placer al hacerlo de ese modo. En cualquier caso, tenían tiempo de sobra.
***
El regimiento llegó al cruce, rodeó el café que allí había y dobló a la derecha para abandonar la carretera principal. Algunos de los hombres levantaron la vista de las pantorrillas de los que los precedían y miraron hacia el Café du Carrefour. No se trataba de un interés abstracto, ya que era el primer edificio entero que habían visto en tres semanas; más que eso, era un lugar donde tendrían la oportunidad de beber algo y que anticipaba la existencia de sitios similares más adelante, en alguno de los cuales esperaban finalizar la marcha.
—Casi hemos llegado —afirmó Didier.
—¿Adónde? —preguntó Lejeune.
—Al lugar al que vamos, por supuesto.
—¿Cómo sabes cuál es?
—No lo sé. Pero sé que casi hemos llegado porque si un regimiento se pasa cuatro horas andando por una carretera principal y de pronto se desvía de ella, es que está llegando a algún sitio.
Entre las tropas se oían otras voces:
—¡Oh, descanso! No me vendría mal descansar un poco…
—A mí tampoco, chico. No eres el único…
—Dormir es lo que necesito yo, dormir; un sueño largo y tranquilo…
—Y quitarme las ropas. Están tiesas. Tengo un estómago fuerte, os lo aseguro, no queda más remedio en esta guerra, pero casi no puedo soportar mi propio olor.
—Estoy contigo, amigo mío —asintió el hombre que estaba detrás de él—. A mí tampoco me resulta muy agradable cómo olemos.
—Pero si hay que elegir, prefiero mi olor al tuyo —replicó el primero.
El teniente, que caminaba junto al sargento a la cabeza del pelotón, le comentó:
—Eso suena mejor. Ya están empezando a soltar la tensión. Lo que me pone nervioso es que los hombres dejen de bromear.
—Sí, señor —asintió el sargento sin comprender del todo el significado de las palabras del oficial.
Comenzó a caer una fina lluvia, y las conversaciones, que bullían desde que abandonaran la carretera principal, se fueron difuminando. Los hombres agacharon la cabeza para proteger el rostro de la lluvia y se encogieron de hombros con el fin de evitar que el agua les cayera por el cuello. Suspiros y expresiones de alivio golpeaban los oídos del teniente: «Descanso… Mis pies… Descanso… Vaya marcha… Dormir… Descanso…».
«No cabe duda de que su capacidad de resistencia está por los suelos —decía el teniente hablando consigo mismo—. Y su moral también. Pero ¿quién puede reprochárselo? ¿Hasta dónde tendremos que llegar? Si al menos nos dijeran de antemano a dónde vamos, sería posible mentalizarse para la marcha. Podríamos saber que empezaría a llover nada más pisar el barro del camino…». Súbitamente furioso contra las pequeñas y eternas perversidades de la vida, el teniente dejó de pensar y, a cambio, permitió que una retahíla de expresiones blasfemas y obscenas empezase a dar vueltas por su mente; una vez agotadas, se obligó a repetir el proceso. Sus labios se movían al ritmo del vehemente lenguaje interior, pero no salió un solo sonido de ellos hasta que, apaciguado por aquella explosión silenciosa, se dirigió una vez más al sargento y afirmó:
—Nos tendrán que dar por lo menos diez, yo creo.
—Por lo menos diez, señor —confirmó el sargento.
Hablaban de manera elíptica, tal y como hablan los hombres obsesionados por un tema vital y omnipresente, tal y como se habla cuando a nadie se le ocurre que sea posible pensar en algo distinto al lugar común. Ninguno de ellos, no obstante, acabó por convencerse a sí mismo o al otro de que conseguirían de verdad un permiso de diez días.
El regimiento pasó por una aldea, atravesó un arroyo y subió por una colina boscosa cubierta de un barro lleno de surcos. Los hombres iban dando tumbos, se resbalaban, se empujaban unos a otros y maldecían, y la formación perdió el poco orden con el que había llegado allí. El bosque terminaba de forma abrupta y definida en la cima de la colina y se vieron ante los campos situados en una baja meseta. Cruzaron la llanura mientras echaban pestes de aquella ruta que los obligaba a caminar haciendo eses en lugar de en línea recta. En cuanto se dieron cuenta de que el desvío en el trazado no estaba causado por obstáculo natural alguno, recrudecieron las maldiciones contra el camino, transformado en una absurda S.
«Estas cosas son las que hacen que uno se enfade como un demonio —reflexionó el teniente—. La hostilidad de los objetos empieza a parecer real, sobre todo cuando estás exhausto. Y cuanto más te enfadas, más te cansas, y viceversa». Estaba a punto de entregarse de nuevo a una andanada de blasfemias silenciosas, cuando el regimiento giró a un lado y comenzó a bajar por una senda que conducía a un valle poco profundo. Varias voces estallaron tras él:
—Por fin hemos llegado.
—Interesantes ruinas, sin duda…
—De ruinas, nada. ¡Mirad! Las casas tienen tejado.
—Entonces no son para nosotros.
Pero esta vez el escéptico profesional estaba equivocado. El pueblo situado en el fondo del valle iba a ser el suyo; las casas con tejado iban a ser sus casas. Los hombres, al avistar su destino final, avivaron el paso, deslizándose por el camino. Todo el mundo conversaba y lo hacía en un tono más alto del utilizado durante muchos días. Entre lo empinado y resbaladizo del trayecto, los hombres iban casi corriendo, deseosos de llegar a aquel lugar. De pronto, la masa azul se apelotonó, se plegó como un acordeón y se detuvo por completo. El coronel, al frente de la columna, estaba hablando con el oficial encargado del alojamiento; éste, a un lado del camino, tenía a su comitiva en formación tras él, como si de una guardia de honor se tratase.
La fila no tardó en ponerse otra vez en marcha, despacio y a tirones. A medida que iba pasando cada compañía, uno de los hombres del grupo encargado del alojamiento se destacaba del mismo, saludaba al mando de turno y le indicaba el camino:
—Por aquí, señor. Mostraré a cada pelotón su alojamiento y después podrán volver a formar para ir recibiendo una comida caliente de las cocinas de campaña. Las órdenes del coronel, señor, son que los hombres quedan rebajados de todo servicio hasta mañana a mediodía.
***
En el Café du Carrefour, Langlois le escribió una nota a su mujer. Puso todo su empeño en transmitir la información de la manera más vaga posible para así asegurarse de que la carta pasara con toda celeridad ante el censor.
Tan sólo unas líneas, amor mío, para decirte que no estaré en el frente hasta dentro de una semana o diez días, por lo menos. Por tanto, aún no tienes que preocuparte por mí durante una temporada. En realidad no tienes que preocuparte por mí en absoluto porque, como te he dicho tantas veces, estoy absolutamente convencido de que mi destino es sobrevivir a esta guerra. Ya sabes, algunos de nosotros deben lograrlo y estoy seguro de que yo soy uno ellos. No hay ninguna granada ni bala alemana que lleve escrito mi nombre…
Era muy consciente de la necedad que suponía escribir así y también de lo inútil que resultaba. Pero ¿qué podía hacer un hombre cuando sorprendía aquella mirada en los ojos de su mujer; cuando sentía que la mano de ella apretaba de tal modo la suya; cuando la veía, cada vez con más frecuencia, dejar de hacer lo que estuviera haciendo, venir hacia él y abrazarlo, abrazarlo con una increíble ternura?
… Estoy contento de la decisión que tomamos el pasado jueves. (Contó
con los dedos). Quizá tengas alguna noticia que darme la próxima vez que
volvamos de nuestro viaje a las trincheras. (Estuvo pensando un buen rato sin
apartar la mirada de la carta, sin verla, y entonces aventuró una frase repleta
de implicaciones). Espero que sea una niña. Con esto acabo. Escribiré pronto
otra vez. Con todo mi amor, mi vida…
Cerró la carta y la guardó en su cartera con la intención de llevarla esa misma tarde a la oficina de correos del regimiento. «Espero que sea una niña». Se preguntaba si el censor consideraría aquella frase como prueba de sus tendencias derrotistas. Se preguntaba cómo interpretaría su mujer aquella esperanza, qué conclusiones sacaría de ella. Quizá no debería haberlo dicho, después de todo. Había sido deseo de ella, mencionado de forma inesperada dos días antes de que terminase su permiso, tener un hijo. Aquello significaba invertir por completo su parecer previo y su común acuerdo sobre el tema, pero él comprendió sin problemas su cambio de opinión… tanto más cuanto que ella se había abstenido de darle razón alguna.
La puerta del café se abrió y entró un cabo. Estaba cubierto de barro, pero era el barro con que uno se salpica por los caminos, no el barro seco y endurecido de las trincheras. De un vistazo captó la presencia de Duval y de Langlois, fijándose primero en la insignia de su regimiento y luego en sus rostros. Parecía tener mucha prisa.
—¿Dónde está vuestro regimiento? —preguntó, discriminando instintivamente entre el recluta Duval y el veterano Langlois, y finalmente se dirigió a este último—. He estado buscándolo por todo el frente.
—No lo sé —respondió Langlois—. Yo también he estado detrás de ellos. La vieja de aquí dice que un regimiento de infantería se desvió por ese camino esta mañana. Lo más seguro es que sean los nuestros. De todas formas, ¿qué ocurre?
—Tómate algo —propuso Duval, que ya había bebido lo suficiente como para mostrarse amigable con un extraño.
Es improbable que el cabo le oyera, no obstante, porque ya estaba saliendo por la puerta (que no se preocupó de cerrar) mientras hablaba Duval. Y, en caso de que el estruendo del motor y el derrape con el que la motocicleta dobló la esquina fueran una señal, es aún más improbable que hubiera aceptado la oferta, de haberla escuchado.
—¡Uf! ¡Vaya tornado! —exclamó Duval—. Pero ¿qué mosca le ha picado?
—Es uno de esos mensajeros en moto —explicó Langlois—. Siempre actúan como si fueran importantes. A veces lo son.
—¿A qué vienen esas prisas? ¿Crees que los cabezas cuadradas han roto ya nuestras líneas o algo por el estilo?
—Dios mío, no. Puede que sea una invitación para que nuestro gran jefe acuda a una comida de la división. A lo mejor es que organizan una lotería para sortear unas cuantas medallas…
—Así es como conseguiste la tuya, en una lotería, ¿no? —ironizó Duval, que esperaba una inmediata negativa y se sorprendió bastante al comprobar que ésta no se producía.
—Sí, prácticamente. Escucha, mi joven camarada, no dejes que lo de las medallas te sorba el seso. Te obliga a hacer estupideces y, si eres paciente, lo más probable es que logres la medalla en cualquier caso sin necesidad de hacer tonterías. No te hagas el indignado. ¿Qué otra cosa podía ser salvo una lotería? Todos esos hombres merecen una medalla, si es que le tienen que dar medallas a alguien, por lo que han sufrido en Souchez. Pero sólo algunos las obtendrán. Por tanto, es una lotería, ¿no crees?
—Bueno, tú has tenido bastante suerte porque te ha tocado una croix de guerre con dos palmas, por no hablar también de tu médaille militaire. No deberías quejarte.
—Y no me quejo. Sólo digo que es una lotería. Aunque en un aspecto es distinta de las loterías al uso: cada vez que ganas un premio, se incrementan las posibilidades de ganar otro. Parece que así funciona esto. O sería mejor compararlo con ganar dinero. Tras el primer millón, el resto viene con más facilidad… Vaya, se está haciendo tarde. Hay que largarse.
Duval pagó las bebidas y se asomaron a un paisaje sobre el que el declinar del sol desparramaba largas sombras, unidas a bandas de resplandor dorado. El aire era suave y la luz iba haciéndose cada vez más tenue. La tarde poseía la efímera calidad de una caricia y Duval se entregó a ella, abrió sus ojos de ciudad, sus pulmones de ciudad, su carne de ciudad. «¡Merece la pena luchar por un país así!», pensó, con la sensibilidad en su punto álgido gracias a la cantidad adecuada de vino. Era consciente de que una sola copa más lo habría estropeado todo, le habría hecho comportarse de manera ridícula gritando «¡Vive la France!». Pero así se sentía, tuvo que admitir para sus adentros.
Langlois avanzó dos pasos para desviarse a propósito y darse el capricho de plantar la bota en la rodada que la ruidosa motocicleta había dejado en el barro.
—¿Qué demonios llevaba ese tipo en la valija? —se preguntó—. Jamás había visto a un cabo rechazar una copa, sobre todo cuando es gratis. ¡Bueno! Pronto lo sabremos. O, mejor aún, nunca lo sabremos.
Tras doblar la esquina, los dos hombres iniciaron la marcha por el camino embarrado. Pasaron por una aldea, atravesaron un arroyo y subieron por una colina boscosa, uno detrás de otro, poniendo gran cuidado al caminar por el lodo lleno de surcos. El bosque terminaba de forma abrupta y definida en la cima de la colina y se vieron ante los campos de una baja meseta. El camino les obligaba, ahora ya andando codo con codo, a hacer continuas eses al cruzar la llanura. Se trataba, pensó Langlois, de una tradición de agradable informalidad que había que agradecer a los caminos. La más ligera elevación en la ruta le devolvía de nuevo el efecto del atardecer; ya había anochecido en una ocasión mientras él se encontraba en el bosque. Lo sinuoso de la senda le proporcionaba una segunda despedida y se sintió agradecido por ello.
Al final de la planicie, el camino comenzaba a descender en dirección a un valle poco profundo. En ese momento, Langlois se detuvo y se volvió para lanzar una última mirada al crepúsculo antes de bajar hacia las sombras, que pronto se convertirían en noche. Estuvo un rato contemplando, aunque no tanto como hubiera deseado, la callada y hermosa campiña sobre la que plácidamente se cernían los arreboles del sol poniente.
«Eso es —su pensamiento empezó a cobrar cuerpo—, paz, tranquilidad. Lo que estoy mirando es su auténtica esencia. Yo soy la única prueba de que la escena no es una ilusión». Se dio la vuelta, olvidó durante unos instantes la presencia de Duval y bajó la vista hacia su propio uniforme, como para verificar la falta de armonía. Vio la culata del rifle empujando el portafusil hacia delante, vio la tela azulada de su rodilla y después la bota militar negra. Veía la bota lo bastante alejada, mientras daba un primer paso, como para percatarse de que, al dar el segundo, volvería a pisar la rodada de un neumático de motocicleta.
—¿Qué demonios llevaba ese cabo en…? —de nuevo su mente se puso en funcionamiento. Pero, antes de completarla, la pregunta obtuvo como respuesta un toque de corneta proveniente del fondo del valle.
Estaban tocando para reunir a la tropa.
***
Si las notas de la corneta hubieran sido lo bastante potentes como para oírse a unos diez kilómetros al sur, habrían llegado hasta el cuartel general de división, instalado en la mairie de un pueblo; por estas notas, el mayor de los dos hombres reunidos en la planta habría sabido que sus órdenes se estaban cumpliendo.
Se trataba de un hombre en ese período de la vida en que el aspecto puede resultar muy distinguido: su madurez no transmitía sensación alguna de decrepitud. Tenía conciencia de ello, se percibía en la pulcritud del uniforme y en la forma de llevarlo; también en lo cuidado del rostro, bien rasurado excepto en lo que se refiere al bigote: una línea blanca sobre un fondo rosado y saludable. Tenía los ojos azules, serenos y amables, sin rastro del carácter sanguíneo que escondían. La boca y la barbilla no eran muy poderosas, pero en modo alguno parecían endebles. Había dos filas de insignias sobre la parte izquierda de su pecho y, en la derecha, cuatro pequeñas presillas, en las que se podía colocar la estrella de Gran Oficial de la Legión de Honor en ceremonias o actos importantes. Era el teniente general al mando del decimoquinto ejército.
El otro hombre, el general de división Assolant, en un principio no daba la impresión de merecer el apodo con el que se le conocía en el estado mayor: General Insolente. Mostraba una actitud demasiado respetuosa, lo cual sorprendió al teniente general, que había esperado algo distinto de aquel formidable subordinado, al que, gracias a los informes, conocía bien, pero que no había visto hasta entonces. El teniente general escrutó a Assolant con un interés que no se molestó en disimular.
Lo que tenía ante la vista era un cuerpo robusto y de corta estatura sostenido por un par de sólidas piernas de soldado de caballería, unas piernas cuyos talones podían juntarse, pero no así las rodillas. Veía un uniforme tan poco convencional como práctico. Las botas y las polainas en espiral eran de las que utiliza la tropa y no cabía duda de que los pantalones habían salido del almacén de un furriel de artillería. La capa era de segunda mano, aunque de buen género: una prenda envidiable por su comodidad y la libertad de movimientos que proporcionaba. Nadie que viese aquel uniforme pensaría que pertenecía a un oficial de alta graduación hasta que sus ojos se toparan con las tres estrellas situadas por encima de los puños. Pero el rostro era el de un hombre de acción, el rostro de un hombre que sólo podía sentirse satisfecho en un puesto de mando. Pertenecía con toda claridad al tipo de los considerados duros, aguileños, incluso brutales. Un bigote negro y muy recortado delataba que la ranura inferior era una boca. La ranura se plegaba hacia abajo por los extremos, el bigote seguía el mismo camino y así se tenía la impresión de que la carne de las mandíbulas estaba también obligada a descender. Esto ayudaba a hacer aún más angulosa una barbilla que ya lo era de por sí. Tenía la nariz ganchuda y prominente y los pelillos le salían erizados por las dos impertinentes fosas nasales. Los ojos eran oscuros, enérgicos, ambiciosos. Las cejas, al igual que la boca, se doblaban hacia abajo en sus extremos y acentuaban el desdén de la expresión. El pelo fuerte y negro, peinado con un tieso tupé, nacía casi a la altura de las cejas. Al teniente general no se le escapaba que el tupé cumplía la función de añadir altura a una frente que debería ser más alta.
«No —pensaba el teniente general—, el trato respetuoso no le cuadra. Es ocasional. Pero vale. Cumplirá su función». Preguntó en voz alta:
—Creo que estuvo usted a mis órdenes en Argelia, ¿no es así, Assolant?
—Sí, señor. Cuando usted era el jefe del estado mayor del decimonoveno ejército. Por entonces yo tenía el grado de mayor y estaba destinado en Aïn-Sefra.
—Oh, sí, ya me acuerdo —apuntó el teniente general para, acto seguido, cambiar de tema antes de que se notase que no lo recordaba en absoluto—. Le contaré el motivo por el que he venido a verle. No podía hablar de ello por teléfono. Por cierto, ¿están avanzando todas sus tropas?
—Todas las que están disponibles, excepto las del 181, y éstas ya deberían haberse puesto en marcha. Al mensajero le resultó difícil encontrarlos. Si me permite decirlo…
—Sí, sí, ya lo sé. Pero aguarde a que le haya puesto en antecedentes y después oiré lo que usted tenga que decir. ¿Ha leído el parte militar de esta mañana?
—Yo no leo partes, señor, yo los hago —expuso Assolant con una sonrisa con la que esperaba suavizar su insolencia.
—¡Vaya! —exclamó el teniente general mientras ignoraba tanto la sonrisa como la insolencia—. Bien, ha tenido lugar un lamentable error que ahora mismo le explicaré. Usted sabe que el comandante en jefe ha estado quejándose durante algún tiempo porque no se ha logrado tomar el Grano. De un tiempo a esta parte ha insistido en ello, por la razón que también le haré saber. Ha habido varios intentos de hacerse con esa colina, el último ayer por la mañana, con los tirailleurs. Todos han fracasado.
—No me extraña; es un Gibraltar en miniatura.
—El motivo de preguntarle por el parte es que, al parecer, y debido a alguna equivocación, en él se informa de la toma del Grano. No quiero que me malinterprete. Lo que quiero decir es que eso no tiene nada que ver con…
—Lo entiendo muy bien, señor. ¡Lo que me va a pedir es que gane con mis bayonetas lo que un cagatintas del cuartel general ya ha logrado sin querer con la punta de su pluma!
—Ésa es exactamente la conclusión a la que no quería que usted…
—Así que se trata de eso, ¿no? —Assolant no se anduvo con rodeos y se expresó con una excitación alimentada por su fobia obsesiva contra los partes militares.
El teniente general, que estaba al tanto de aquellas rabietas porque salían a relucir siempre que se mencionaba a Assolant, estaba presenciando una por sí mismo.
—Así que se trata de eso, ¿no? —repitió Assolant—. En el cuartel general ya no les basta con servirse de las ofensivas como decorado para sus partes. ¡Ahora tienen que dar un paso más y convertir esa literatura infernal en un fin en sí misma! Debo leer el comunicado, ¿verdad? Ahí es donde encontraré las órdenes referentes a mis operaciones, ¿no? Mi reputación en este ejército como jefe de unidades de combate me obliga a rechazar…
—Ya basta, general —interrumpió con brusquedad la voz del teniente general—. No hace falta dramatizar, sobre todo si tiene la amabilidad de escucharme.
—Le pido disculpas, señor. Me he dejado llevar…
—Está bien —señaló el teniente general con tono conciliador y no del todo molesto por el arrebato de su subordinado. Por el contrario, le agradó el genuino fuego de aquel hombre, una cualidad que Assolant necesitaría por encima de todas las demás a la hora de llevar a cabo el trabajo que se le iba a encomendar—. Esto debe permanecer en el más absoluto secreto —añadió—, esta parte de la cuestión, quiero decir. De ninguna manera debe saberlo nadie más que su jefe de estado mayor, y ni siquiera él, a no ser que esté usted seguro de su discreción. Hay un conjunto de tropas agrupándose en este frente para lanzar una ofensiva dentro de unas tres semanas, momento que el comandante en jefe ha elegido para romper por completo las líneas enemigas. Sin embargo, ningún ataque logrará su objetivo mientras los cabezas cuadradas sigan en posesión del Grano. Como usted sabe, se trata de una posición clave que puede frenarnos y hacer mucho daño a nuestro avance desde el inicio. Por consiguiente, debe ser tomada… y hay que defenderla. Estuve con Joffre hace un par de días y me dio órdenes de carácter oficial para tomar el Grano no más tarde del día ocho, es decir, pasado mañana…
—Pero señor…
—He confiado esta misión a dos generales, como usted ya sabe, y ambos me han fallado. Si hay un hombre en este ejército que pueda hacerlo es usted, Assolant. Y le hubiera llamado en primera instancia, pero estaba usted hasta el cuello con lo de Souchez.
—Bueno, debo decirle, señor, que no podía haber elegido peor momento que el actual para acudir a mí. Mi división está hecha añicos, y los hombres que me quedan, exhaustos. No, es absurdo. No estoy en condiciones de defender el Grano y mucho menos de tomarlo. Es incuestionable. ¿No puede usted hacer que el comandante en jefe mande tropas de reserva del cuartel general para este cometido? Estarían frescas y…
—Sí, pero no serían tropas de asalto y el éxito de esta misión va a estar en manos de tropas de asalto.
—Bueno, las mías ya no son tropas de asalto y no lo volverán a ser hasta que hayan disfrutado de un buen descanso para recuperarse como es debido.
—Puedo proporcionarle toda la artillería que desee, sin dar cuentas a nadie.
—La artillería no servirá de mucho en el Grano, señor. Conozco el lugar. No es un grano, es un forúnculo. Es un nido de ametralladoras y por la parte de atrás está conectado con un pasaje subterráneo que tiene varias salidas. No. Las granadas no hacen más que rebotar; ya lo hemos visto antes. Es una fortaleza.
—Entonces, ¿cómo propone tomarlo?
—De ninguna forma. Lo que propongo es que lo haga el comandante en jefe con parte de las tropas que va a utilizar para la ofensiva principal. ¿Por qué no lleva a los marroquíes? Son buenos con la bayoneta, y así es como habrá que tomar ese lugar, cuerpo a cuerpo. Además, ellos son de piel oscura, y puesto que tendremos muchas pérdidas…
Durante unos instantes el teniente general pensó en expresar su rechazo más vigoroso contra aquel comentario, que le inspiraba una repugnancia intensa. De inmediato se dio cuenta de que Assolant no entendería una palabra de lo que le dijera.
—No querrá ni oír hablar de ello. Como le he dicho, espera romper las líneas enemigas del todo. ¿Sabe usted dónde se encuentran los objetivos del primer día? A treinta kilómetros. En esas «operaciones menores», como las llama él, no utilizará un solo hombre de los que ha reservado para la ofensiva. Tienen que estar absolutamente frescos para sacar partido del gran avance: de forma indefinida, si es necesario. Está convencido de que este ataque será el último de la guerra.
—Lo cierto es que el ataque contra el Grano será el último de mi división.
—Vamos, vamos, Assolant, tiene usted una división que es de lo mejorcito. Puede que estén un poco cansados, sí, pero el nuevo reemplazo que se les ha unido debe reanimarles y reavivar sus fuerzas.
—Vaya, señor, no me irá a decir usted que los reclutas son el material adecuado para una tarea de este tipo…
—¿Por qué no? Son jóvenes, fuertes, con buena salud: llenos de ardor juvenil. No sueñan más que en cargar con la bayoneta. Ni siquiera sabrán que el ataque es un poco… ¡hummm!… un poco… in… insólito.
La satisfacción que el teniente general extrajo del hallazgo de esta última palabra bastó para disipar el ligero malestar que le procuraba su propio cinismo, hasta que Assolant, sin tacto alguno, le hizo reparar en ello.
—Eso es muy cierto. Y nunca tendrán la oportunidad de descubrirlo.
—¿Cuál de sus unidades está en mejor forma? —el teniente general cambió de tema con rapidez una vez más para no quedar enredado en el que no le interesaba.
—Supongo que el regimiento 181. Gracias a lo estúpido que es el mensajero, tienen que haber dormido cinco o seis horas —explicó Assolant, sin darse cuenta de la ironía.
—Ah, el 181, sí. Los he visto citados en las Órdenes del Ejército en más de una ocasión. Colóquelos en primera línea y haga que sus otros regimientos los apoyen y consoliden la posición.
—Podría lograrse —aventuró Assolant casi hablando consigo mismo.
—Por supuesto que puede lograrse. De cualquier modo, debe lograrse. Un regimiento de primera categoría que está, justo en este momento, en su mejor condición, compuesto mitad por reclutas y mitad por veteranos. Los reclutas pondrán el entusiasmo, los veteranos lo apaciguarán. No cabe mejor combinación. Y, como ya le he dicho, dispondrá de todos los cañones que quiera.
El teniente general sabía que estaba adornando el asunto, pero vio con satisfacción que Assolant, siempre reticente cuando de ofensivas se trataba, se iba contagiando de su entusiasmo sin preocuparse nada por lo engañoso de la descripción.
—Ahora preferiría el descanso a la artillería, señor. Sin embargo, esta experiencia es nueva, lo de disponer de munición sin límites. ¿Cuántas cargas de gas puedo conseguir? Si el viento es favorable, me gustaría asfixiar ese Grano con gas…
—Pídaselo a De Guerville y también a su jefe de estado mayor… ¿Cómo se llama? Couderc. Nos ocuparemos de ello sin dejar cabos sueltos. Y no vacile ante Couderc, sin reservas. Estas noticias corren como la pólvora.
—No se preocupe, señor, estoy decidido. Le conseguiré el Grano si usted me da carta blanca y un buen puñado de granadas, además de la artillería.
—Le daré más que eso cuando haya terminado, Assolant. Le daré un cuerpo de ejército completo… ¿Cree usted que mañana podríamos habernos hecho con el Grano?
—Imposible, señor. Pero pasado mañana se lo serviré para comer. En realidad, puede ya ponerlo en el parte. ¡Oh, no! Lo había olvidado. Ya está en el parte. Bueno, haré que sea oficial. Puede que haya oído, señor, que jamás he dejado de tomar una posición que hubiera dicho que tomaría.
—Y usted puede que haya oído que jamás he dejado de cumplir una promesa que hubiera dicho que cumpliría.
—Sí, señor. Y eso me lleva a preguntarme si…
El teniente general esperó a que Assolant terminara la frase, pero al darse cuenta de que no pensaba acabarla, buscó con la mirada los ojos de Assolant. Sin embargo, sus miradas no se encontraron porque la del general estaba deliberada y significativamente fija en las cuatro pequeñas presillas de su propia chaqueta, las cuatro pequeñas presillas en las que se podía colocar la estrella de Gran Oficial de la Legión de Honor en ceremonias o actos importantes.
—Quizás… —dijo el teniente general disimulando su desprecio—. Ahora, ¡a trabajar! Pida a los mandos que pasen.
Entonces añadió, hablando consigo mismo: «¡Qué vulgaridad! ¡Qué sinvergüenza! Pero tomará el Grano».
***
Ya había anochecido. El súbito ruido de las tachuelas de las botas al golpear el adoquinado, y su igualmente repentino final, indicaban a cada una de las compañías del regimiento 181, siguiendo los pasos de la precedente, que estaban atravesando una carretera principal.
Didier, de la compañía número 2, era, quizá, el único de los tres mil soldados que conocía el lugar en que se encontraban o que podía sentir algún interés personal por él. Aunque su interés tampoco era excesivo, porque estaba tan cansado y preocupado por sus doloridos músculos como el resto. Identificar su paradero, no obstante, era una función automática, propia de un antiguo guardia fronterizo y vigilante nocturno, y esa función seguía activada a pesar de la fatiga. No la cumplía con menos eficacia porque estuviera oscuro. Por el contrario, los sentidos, que durante el día habían estado latentes, sin por ello dejar de absorber impresiones, afloraban a la superficie por la noche e intensificaban su capacidad de percepción; después de todo, la oscuridad sólo le había privado parcialmente de uno de ellos: la vista.
Didier tenía muy desarrollado el sentido de la orientación; tan desarrollado que, de hecho, tendía a ser poco tolerante con los que no lo tenían y los despreciaba por su pereza, a la que él atribuía tal carencia. Didier sabía con exactitud dónde se hallaba; era para él una cuestión de orgullo el saberlo. Sabía que el regimiento había dejado el pueblo poco después de la caída de la noche por el mismo camino por el que había entrado. Sabía que había subido una colina. Había sentido los campos abiertos de la baja meseta y lo sinuoso de la ruta que los atravesaba. No era capaz de distinguir el contorno del bosque en el que de pronto se habían internado, pero sabía que estaban en un bosque porque sentía el espacio y el ruido delimitados con más nitidez en torno a él. El sexto sentido que poseía cuando se hallaba al aire libre le decía que aquellos lugares eran los mismos por los que habían pasado esa misma mañana. La orden de romper el paso, transmitida a lo largo de toda la columna a medida que se aproximaban al puente sobre el arroyo, no hizo más que confirmar la certidumbre acerca de su situación; y muy poco después, la ligera modificación tonal en el eco causado por la marcha del regimiento le hizo darse cuenta de que estaba caminando entre muros de ladrillo en lugar de muros de árboles: los muros del pueblo.
De esta forma, cuando oyó que las botas de la compañía precedente golpeaban los adoquines, que resonaban unos instantes, automáticamente tuvo la certeza de que el regimiento estaba atajando por la carretera, pasando junto al Café du Carrefour y dirigiéndose de nuevo hacia otro sector de aquel frente, un sector que, en su opinión, había abandonado hacía muy poco tiempo.
«Así que es eso —se dijo—. Hay orden de entrar en combate y en esa dirección. Pues muy bien, más trabajo. La luna estará arriba pronto, y entonces me podré hacer una idea de cómo es el terreno».
El regimiento caminaba con ritmo cansino y en silencio. Hasta los reclutas recién incorporados habían perdido parte de su ánimo, a causa de los continuos cambios de dirección en la marcha. Los demás estaban demasiado cansados y aturdidos por la falta de sueño como para maldecir. Existe un grado de aturdimiento en la fatiga y la exasperación que sólo puede expresarse mediante un hosco silencio. Cinco horas de sueño habían bastado para que aquellos hombres endureciesen los músculos, pero no para hacerlos revivir. El equipamiento, las botas, la ropa, también se habían endurecido y, lo que era peor, las botas habían encogido un número a causa de la hinchazón de unos pies que los soldados ansiaban liberar…
La cola del regimiento se desvaneció por el lado contrario de la carretera, y a cada momento se hacía más grande el hueco entre aquélla y el Café du Carrefour.
—Otra vez a las trincheras —aseguró la vieja una vez que las últimas tachuelas de la columna callaron al continuar por el camino embarrado y dejar atrás los adoquines: sus adoquines, como ella acostumbraba a llamarlos al pensar en ellos. Estaba sentada junto a la estufa, el local con los cierres echados por completo, bebiendo a sorbos un tazón de negro café. «Otra vez a las trincheras». No añadió: «¡Pobres diablos!», ya que esa compasiva idea no se le pasaba por la cabeza. No hacía más que constatar verbalmente un hecho. Había estado sentada allí, tal y como estaba ahora, durante casi dos años, tomando buena nota de los misteriosos y erráticos movimientos de los ejércitos que pululaban en torno a su cruce. Al principio se sentaba a la puerta y los observaba. El invierno la condujo al interior y allí había permanecido, sola y carente de curiosidad. No había, por otro lado, necesidad alguna de salir porque, como pronto descubrió, había aprendido el significado de los sonidos, y sus oídos ahora le daban tanta información de lo que ocurría en los alrededores del cruce como antes lo habían hecho sus ojos. Era capaz, por ejemplo, de hacer una precisa estimación del tamaño de un cuerpo de ejército, guiándose por la duración y los intervalos del paso que llevaban. Diferenciaba el estrépito de una columna de artillería del de un convoy de camiones y podía decir si éstos iban cargados o vacíos. Distinguía entre el ruido del vehículo de un alto mando y el de una ambulancia y, lo que era incluso más digno de mención, entre una tropa de caballería y una patrulla de policía militar a caballo. Cuando se le preguntaba sobre esto, ella explicaba así su don: «Quien lleva un bistro debe ser capaz de oler a la policía o dejar el negocio». Los soldados se daban una vuelta por el Café du Carrefour con el propósito de hacer esta pregunta y oír la respuesta. Nunca quedaban decepcionados, a no ser que resultaran ser policías.
Por lo tanto, allí se sentaba, en el punto álgido de la guerra en aquella región, a veces dentro de la zona afectada por las operaciones de artillería pesada, bebiendo a sorbos sus tazones de café negro y contando para sus adentros los fragmentos de ejército que pasaban junto a su local, contándolos no porque tuviese algún interés especial, patriótico o de otro tipo, por los asuntos militares, sino por tratarse de numerosos y buenos clientes perdidos.
En la carretera hubo un estruendo, que se iba acercando mientras ella terminaba su tazón de café. Atizó una o dos veces la estufa, encendió una vela y apagó la lámpara. Se dirigió a la puerta y, vela en mano, se detuvo un instante para escuchar.
—Cocinas de campaña —aseguró. Entonces bajó al sótano y se metió en la cama.
***
El coronel Dax marchaba al frente de su regimiento junto con el oficial al mando del primer batallón, el mayor Vignon.
—Siempre se parece a una tormenta lejana, ¿verdad? —sugirió el mayor. Se refería a los resplandores a lo largo del frente y a las reverberantes notas de los cañonazos.
—No tan lejana —respondió el coronel con una voz que no animaba a seguir conversando. El mayor se dio por enterado y se refugió en el silencio. Pero ¿por qué?, se preguntaba, ¿por qué razón se le había invitado a marchar al lado de su jefe? ¿Era sólo para tener a alguien con quien guardar el paso?
«Mal asunto —pensaba el coronel— que uno no pueda pedir a un hombre que camine con él sin que éste dé por sentado que también quieres que hable contigo. ¿Por qué no le puedo decir: “Mire, empiezo a sentir la ansiedad de costumbre cuando se llega a este punto, y su compañía me hace bien? Pero debe ser una compañía silenciosa. Sólo quiero tenerle cerca, que su piel esté cerca de mí, al alcance de la mano. Alivia mi ansiedad y me ayuda mucho”. Pero Vignon no lo entendería en absoluto. Pensaría que estoy loco. No está capacitado para entender por lo que estoy pasando en este momento. Si tuviera alguna sospecha de la crisis a la que me aproximo, lo más probable es que considerase su deber sacar la pistola y meterme una bala en la cabeza. En realidad, eso es precisamente por lo que me es tan necesaria su presencia en estas circunstancias. Tiene un carácter imperturbable».